N/A:Hola! Este capítulo está situado entre el capítulo 27 y el epílogo de This is Bones uwu Espero que les guste.
Fuego
Era un día gris, y lo sabía. Era más que consciente, podía escuchar cómo las gotas de lluvia chocaban contra la ventana, las tormentas de verano se hacían presentes y la melancolía se colaba en su corazón como un intruso. Veía la televisión sin que sucediera nada interesante, había perdido las ganas de seguir viendo pero no podía apartar la mirada del televisor, después de todo sabía que si dirigía su atención hacia algo más sería aún peor. Tenía la fecha del calendario en su pared totalmente tachada, las ganas no le habían faltado de arrancar la hoja de ese mes sin más, pero sabía que sería importante conservarlo mínimamente para tener una noción del tiempo, aunque hasta ahora se preguntaba el "para qué tenerlo" de todas maneras.
Se cumpliría un año más desde que decidió salir de South Park y, como siempre, no tenía nada que celebrar.
Durante esa mañana recibió unos mensajes preocupados de Kyle, que intentaban chequear que todo estuviera bien. Él no respondió a ninguno de sus llamados, se levantó a las tres de la tarde e ignoró su celular, incluidos los mensajes de Kenny, y con nada en su estómago desde entonces se había dispuesto a enraizarse en el sofá. Hacía zapping sin parar, su dedo se encontraba un tanto entumecido, hasta que de pronto, por causa de un rayo que aparentemente cayó cerca de su casa y un estruendo que hizo temblar los vidrios, la luz se cortó y se quedó sin conexión alguna. A oscuras. Totalmente a oscuras, o bueno, con apenas la tenue luz que se entrometía por la ventana, dio cuenta de cuán solo estaba. Las voces que profería el aparato mermaron y sólo dio paso al inquebrantable silencio. Vio cómo poco a poco el ventilador de techo dejaba de moverse. Se echó hacia atrás en el sofá y suspiró pesadamente, dejando su cuerpo a merced de las últimas brisas que ese ventilador fue capaz de escupir.
Puso el dorso de su mano en su frente, movió con ella los cabellos que apenas se posaban sobre su rostro y los echó hacia atrás en un intento de acomodarlos. Se quedó viendo al techo, tan sólo escuchando el sonido de la lluvia cayendo y quizá de algún que otro auto que pasaba en la calle. Por un minuto creyó que tanto silencio lo estaba aturdiendo y pensó que quizá lo mejor sería ver su celular, sin embargo aún quería esconderse un poco más, durante ese día no tenía los ánimos suficientes para aparecer y tener que pretender algo que realmente no sentía. Cerró sus ojos lentamente, y al cabo de un momento decidió salir del sofá y dirigirse a la cocina para prepararse algo de comer.
No tenía ganas de cocinar, sólo puso a hervir agua y buscó en su alacena alguna sopa instantánea de fideos que le fuera suficiente para callar los sonidos de su estómago. Dio con el objetivo y apenas hirvió volcó el líquido lentamente hasta donde le era indicado, lo tapó nuevamente y se sentó en una silla a esperar que se cocinaran. Lo único que resonaba en la cocina eran las manecillas del reloj pasando, cosa que observó. Esperaba que con su mirada el tiempo caminara más rápido, los segundos se apuraran, pero sentía que tenía el efecto contrario, tal vez si simplemente lo ignoraba sería mejor.
Es cierto. Odiaba ese día, odiaba el gris que se colaba por las ventanas, odiaba la lluvia que inundaba las calles de la ciudad y su mente con sonidos blancos que realmente no quería escuchar. Prefería el cantar de las aves, los días despejados y la claridad en el cielo, el sol cálido y cómo se sentía su corazón en esos momentos. Aunque odiaba todo eso tal vez sólo por la fecha que marcaba el almanaque en su habitación que estaba tan descuidado que daban ganas de llorar por lo ultrajado que se veía. Ayer no había sido más interesante, como mucho había estado estudiando y jugando a juegos en la computadora e hizo una llamada con Kenny durante la noche. Le había dicho que iría a visitarlo pero nunca aclaró el horario, asumía que sería luego de su trabajo pero ¿por qué sentía que tardaba tanto? Incluso empezaba a cuestionarse si aceptar había sido una buena idea, pese a que el día anterior se había escuchado fenomenal. Estaba en pijamas y no quería tener que vestirse, aunque Kenny era su novio y sabía que aceptaría verlo en cualquier estado en el que sea que se encuentre.
La sopa estaba lista, se dispuso a comer despacio, con cuidado de no quemarse, las manecillas del reloj seguían retumbando en la habitación.
Tenía que bañarse, más si esperaba que Kenny llegara durante esa tarde, pero no estaba seguro de querer hacerlo. Claro, tenía que hacerlo, su pelo estaba grasoso y sus axilas empezaban a tener olor, pero realmente le parecía un calvario tener que exponer su piel al agua caliente. Sabía que era una sensación que le agradaba, incluso más en días fríos y lluviosos, pero no quería tener que hacerlo hoy. Justamente no hoy. Pensó en la mesa qué sería de su existencia y quiso ponerla en pausa un rato, tener la oportunidad de saltarse las cosas básicas de la vida aunque sea por un momento, lo que durara un día entero, ya mañana volvería a hacer las cosas normales, volvería a levantarse a tiempo, atender su celular cuando sea que suene, prepararse una comida digna y gastar su aliento hablando horas por teléfono, quizás incluso podría salir de su casa. Pero hoy no. Hoy no, por favor. Tiró el contenedor de la sopa en la basura y volvió al sofá. Intentó prender la televisión por inercia, había olvidado que habían cortado la luz. Se sintió estúpido de tan sólo intentarlo.
Su mirada deambulaba perdida, sentía como buscaba algo que observar, un insecto, lo que sea, algo que sea más interesante que la nada misma. Sus ojos vagaron por la habitación, recorrieron la repisa, el televisor apagado, la ventana apenas decorada con pequeñas gotitas de agua, la salida hacia el balcón, hasta que dio cuenta de un mueble que tenía sus puertas cerradas y empezó a preguntarse cosas que no podía recordar. ¿Qué era lo que había guardado ahí? No sabría decirlo, su memoria era borrosa, quizá habían sido libros de su facultad, tal vez las memorias de South Park y su adolescencia, quizá las tinturas que había usado para teñirse de azul cuando tenía dieciséis o tal vez un secreto embarazoso que no quería sacar a la luz. La curiosidad empezó a volcarse en su cerebro. Sea lo que sea, averiguar aquello seguramente era más interesante que lo que estaba haciendo. Se levantó y se dirigió hacia el mueble. Dudó unos segundos más pero terminó abriendo la puerta y presenció el interior en silencio.
Dio cuenta al instante de que había cometido un error.
Por supuesto que se había olvidado, había hecho todo lo posible para olvidarlo. Meses habían pasado, incluso años y tan sólo el polvo era testigo de eso. Se encontraba entera, había estado incitándolo a buscarla desde mucho antes de tener consciencia pero en otros momentos había sido capaz de ignorar aquella voz curiosa que, por esta vez, ganó la batalla, ocupó aquel terreno mental.
No supo qué hacer. Lo primero que pensó fue deshacerse de aquello pero recordó aquel significado especial que le había atribuido. ¿No había sido durante un día como hoy? Sí. Claro que sí. No pudo haber casualidad mejor que esa. Estaba seguro que había sido un día igual o más lluvioso que ese, tan alejado de su casa en South Park como estaba y quizá la única diferencia es que había sido una noche y ahora era de día aunque la diferencia era casi mínima, de todas maneras no había mucha luz.
Pasó su dedo sobre el polvo. Luego, sacó la botella y cerró la puerta nuevamente. La apegó contra su cuerpo cosa que hizo que su pijama se ensuciara. La puso sobre la mesa ratona y se sentó nuevamente en el sofá, mirándola fijamente. ¿Cuánto tiempo había pasado realmente? Casi tres años, tal vez. Se encontraba entera, de no ser por el polvo diría que como nueva, estaba seguro que ni siquiera había podido abrirla. Examinó con su vista lo que era, aquella etiqueta negra con letras doradas, la palabra Whiskey en una tipografía de tamaño apenas menor. El líquido ámbar daba cuenta de la calidad del objeto y la botella parecía fina, totalmente delicada. Por un segundo se preguntó cómo sería aquel olor pero pensó dos veces antes de abrirla.
Llevaba sobrio mucho tiempo, quizá unos cinco o seis meses. Era consciente de cómo había estado hasta entonces y del orgullo que había causado en sus amigos todo lo que había transitado. Recordó la conversación que tuvo en su momento con su madre, ¿realmente valía la pena perder algo de eso? Ese día se sentía como un intruso en su mente, intentaba permanecer cuerdo pero sólo podía sentir el deseo. Tal vez un vaso no sería tan malo, tal vez era la única forma en la que podría pasar este día. Después de todo, sería divertido como siempre fue divertido. El tiempo se escaparía de sus manos como siempre suele hacer, quizá incluso se encontraría de mejor humor para ver a Kenny y podrían disfrutarse mucho más el uno al otro. Aunque, ¿realmente Kenny querría verlo en ese estado? Ese pensamiento lo hizo frenar en seco.
¿Qué hay sobre Kenny? ¿qué podía decir de lo que causó en él? Bueno, tenía vergüenza, ahora que daba cuenta de ello. ¿Sería capaz de mirarlo una vez que muerda la manzana o sería como enfrentar a un Dios severo? Ahora se lo cuestionaba, pero su deseo cobraba cada vez más fuerza. La fecha del almanaque empezaba a retumbar como si fuera un corazón escondido en el suelo como aquel cuento de Poe y pensó por un momento que todo se había tratado de una trampa, ese día le había tendido una trampa, o quizá un embrujo, pero sea lo que sea no encontraba salida de él. Él había caído en esas redes y no tenía cómo salir más que de la manera que había aprendido durante todos esos años y quizá esa salida tan sólo se trataba de ahogarse sólo como él sabía hacer.
Pudo sentir ojos sobre él, quizá eran los de su madre preguntándose por él. Sintió cómo su teléfono había empezado a vibrar sobre el sofá pero lo ignoró sin darle más importancia. No. Esos ojos no eran los de su madre, ni siquiera eran los de Kyle o Kenny. Ni siquiera eran los de los viejos decrépitos de la internación de Cartman que le habían recordado a su abuelo demente. No se trataba de nada de eso. La botella se tornaba cada vez más extraña, si se concentraba lo suficiente podía jurar que tenía una voz que le hablaba y empezaba a doblegar su voluntad. Él no era fuerte. Como siempre dijo Kenny, la carne es débil y empezó a sentir realmente el peso de esas palabras. La botella seguía observándolo, desafiante, hasta parecía que tenía un rostro encarnado. Podía jurar que lo miraba con el ceño fruncido, desaprobando que dudara tanto. Siempre había obedecido sin chistar, ¿por qué ponía tantos "pero" ahora? El galopar en su pecho se hacía cada vez más pronunciado, su corazón tomaba las riendas y sentía cómo la habitación lentamente se reducía en espacio. Sintió cómo el balcón quedaba fuera de su alcance, cada vez más alejado, sentía cómo la sala se hacía cada vez más pequeña e incluso el sonido del celular se había escapado en el aire. La botella lo observaba y eso era todo lo que sabía. Esperaba por él, lo necesitaba. La habitación se redujo hasta que sólo quedaron esas dos presencias llenas de miradas incómodas. Stan dudó un poco más.
Quizá lo merecía. El día se prestaba para ello.
¿Lo merecía realmente?
Bueno, tal vez sólo sería una vez, ¿no?
Pero, ¿qué hay de sus motivaciones?
¿Realmente quería ser como su padre?
No. Claro que no quería ser como Randy Marsh.
Pero si lo pensaba, y si realmente lo pensaba...
¿Qué tan diferente era?
Fueron cortados por la misma tijera, ¿no?
Dicen que la manzana no cae lejos del árbol.
Quizá... quizá tenían razón todos esos dichos.
Quizá había llegado el momento en el que tenía que dejar de contenerse y retornar a su verdadera naturaleza. A eso que siempre había sido.
¿Yoga? ¿por qué mierda se había anotado en yoga?
Eso no era él. Claro que no.
Él siempre había sido un inútil, toda su vida. Toda su vida había estado amargado repitiendo las mismas cosas una y otra vez, siempre se había sentido vacío, ¿eso no era lo normal?
O bah, lo más importante es que él sabía llenar ese vacío. Siempre lo hizo. Y eso empezaba con un simple paso...
Descorchar la botella fue sencillo. Llevar su pico hasta su boca lo fue aún más. Sentir cómo el alcohol quemaba su garganta fue como probar el elixir de un Dios al fin. Si esa era su manzana, era consciente de que habían razones por las que estaba prohibida, pero era tan jugosa, tan deliciosa que quizá sí valía la pena arriesgar el paraíso sólo por ese momento. Su estómago recibió con gusto el líquido y sentía como una fuerza inmensurable lo poseía, una que lo obligaba a mantener sus labios posados en el cristal. Cerró sus ojos. Su mano ya no obedecía a las señales de su cerebro y por un momento se arrepintió de lo que estaba haciendo, ¿no era que se intentaba mantener limpio? ¿no fue sobre eso su vida durante todo este tiempo? Tantas salidas en las que se mantuvo al margen parecían que no tenían sentido y quizá nunca lo tuvieron. Todo lo que le daba sentido era que él en teoría no volvería a acercarse nunca más a una botella, ¿qué mierda pasaba si no podía cumplir con eso? Su voluntad era débil. Apenas había visto un whiskey y había caído sin igual. Pensó que era realmente un fracasado. ¿Qué valor tenían aquellos cinco meses ahora? No sabía qué responderse, sólo sentía la decepción más profunda por sí mismo y para más mal no sabía cómo detenerse, o tal vez no quería detenerse y eso hacía que la historia sea otra.
Apartó sus labios de la botella al fin. Había tomado quizá un cuarto de ella y casi sin respirar. Sintió que le faltaba hielo por lo que fue a sacar unos del refrigerador y llevó con él un vaso con la idea de ser un poco más civilizado, tal vez. Se sirvió un poco junto a los hielos. Ya no pensaba en nada y prefería no pensar en nada, ahora simplemente ahogaba sus neuronas sin vacilar. Había dado inicio a aquel extraño ritual y poco a poco sus pensamientos comenzaron a tornarse más lentos por fin. La botella que antes lo miraba embravecida ahora empezaba a sentirse más amable, como si un brazo hubiera salido de ella y acariciara sus cabellos sucios con el afecto de una madre. Sintió que quizá la combinación de una sopa de fideos con alcohol en su estómago no era la mejor, pero no se quejaría al respecto.
Aún no se había bañado. Tampoco había recogido el desorden de su habitación ni mucho menos se había vestido. ¿Qué hora era? No llegaba a distinguir bien las manecillas del reloj, apenas y podía alcanzar a sentir el ruido del pasar de los segundos. Acabó el primer vaso y apenas atinó a servirse el segundo, que pronto se convirtió en un tercero. Sabía que mientras estaba ahí sentado no pararía hasta terminar con la botella entera. Empezó a sentir cómo sus mejillas cobraban más temperatura, y cómo poco a poco su cabeza empezaba a dar vueltas y sentirse un poco más pesada. Aquello que quemaba su garganta empezó a sentirse como un delicioso mimo. Sabía que en cualquier momento podría llegar Kenny, quizá incluso ya se encontraba subiendo las escaleras hasta su departamento, pero ¿qué era capaz de decirle? Nada. Sus actos daban respuesta suficiente, o al menos eso creyó. Se acomodó en el sillón.
Sabía en su interior que todo era culpa de que era aquél día. Si hubiera sido otro día seguramente no llovería, ni caerían rayos ni se cortaría la luz. Si fuera otro día no sería un día gris y seguramente el cantar de las aves habría sido lo primero en escuchar en la mañana y no una maldita cadena de oración. Si fuera otro día tal vez no se sentiría tan vacío y dios, deseaba tanto que sea otro día, uno en el que nunca encuentre la botella del mueble, uno en el que nunca tenga la oportunidad de caer nuevamente. Pero era tarde, sabía que era tarde para él. Veía como poco a poco la botella se vaciaba en su vaso, los hielos no llegaban ni a derretirse en la bebida y casi que ni siquiera llegaban a cumplir su función de enfriar. El líquido duraba apenas unos minutos en el vaso hasta que finalmente la botella se quedó vacía y sintió como de pronto la habitación volvía a ser poco a poco como antes. Pudo ver el reloj de reojo. Eran las ocho y media.
Ya no tenía más tiempo, tampoco tenía más ganas. Su cabeza daba vueltas y apenas pudo echarse en el sillón otra vez. Sintió como su celular se ponía a vibrar una vez más y dios, le pareció tan molesto que prefería tirarlo por el balcón, pero por esta vez decidió ver de quién se trataba. Era Kyle. Quién sabe cuántas veces lo habrá tratado de contactar ese día. Obvió la llamada, dejando caer su celular al piso.
Por primera vez sabía que lo que había hecho era malo y sentía un poco de culpa. Recordó aquella vez en la que Kenny y Kyle fueron a rescatarlo en su habitación y aquel estado en el que se encontraba. Recordaba poco y nada pero era consciente de la magnitud de su error, ¿por qué se había permitido errar otra vez? La única fortuna en esto es que él no era un borracho violento, bah, no más allá que un par de gritos sin mucho sentido y quizá mayor impulsividad, pero su manera de consumir era diaria, casi como una costumbre o un ritual, a no ser que pasaran muchos días sin haber consumido nada y en ese momento se convertía en un pozo sin fondo. Incluso en ese momento ansiaba consumir más, pero realmente en su casa no quedaba más nada y salir no era una opción para él. Daba cuenta de que ahora se quedó solo, con ansias y sin saber que hacer durante un día gris. Totalmente gris. El viento violento chocó contra las ventanas y se preguntó por Kenny, ¿qué habría sido de él? ¿sería capaz de llegar pese al mal tiempo? ¿será que lo llamó? Tomó su celular, levantándolo del piso y desganado como estaba intentó ver qué había de novedad. Encontró unos mensajes que Kenny había enviado horas atrás pero no refería a si podría o no ir esa noche. Pensó en escribirle pero descartó la posibilidad, después de todo no quería ser encontrado, o al menos no como estaba ahora.
¿Su novio seguiría siendo su novio pese a haberle fallado? ¿Kenny seguirá con ganas de verle aún pese a su lamentable estado?
Su estómago comenzó a rugir, sabía que aquella mala combinación del picante de la sopa con lo poderoso del whiskey empezaba a cobrarle factura. Sus oídos empezaron a palpitar y sintió cómo el sudor frío empezaba a ganar terreno. Sabía lo que eso significaba, que el desorden que había causado en su estómago imploraba salir al fin. Pero él no quería. No quería vomitar y que se acabe su diversión, pese a que esa diversión sólo era sentir cómo su cabeza daba vueltas echado en el sillón. Sus mejillas ardían, su cuerpo se sentía divertido al fin y él por un momento pensó que todo había vuelto a la normalidad. Quizá Kenny querría seguir saliendo con él pese a esto, ¿no es así? No sería muy diferente a cómo se encontraron en primer lugar.
Cuando se reencontró con Kenny tomaba todos los días al menos dos latas de cerveza y una copa de vino en las noches, pero poco a poco esa cantidad había ido in crescendo y él era más que consciente a esas alturas. Lo que eran dos latas se convirtieron en tres, cuatro, hasta finalmente acabar un six-pack y quizá un poco más. Encontrar un límite, el fondo de las cosas, empezaba a costar y cada vez tenía que poner un esfuerzo mayor de su parte. Daba cuenta de ello, joder, daba cuenta de todo el esfuerzo que había hecho para permanecer limpio y aún así se encontraba de esa manera. Sentía que estaba en una pesadilla en la que él mismo se había inducido. El alcohol ya no era divertido, era horrible. La culpa se metía en sus entrañas sin pedir permiso y poco a poco su mente se volvió una prisión de la que pese que intentara no podía salir. Se enfrascó pensando en las posibilidades, en todo aquello que Kenny sería capaz de decirle. La idea más latente que tenía en ese momento es que lo dejaría sin más. Sabía por todo lo que había pasado Kenny y era más que consciente de que no tenía los mejores recuerdos con el alcohol, es algo que durante la relación se lo había dejado bastante en claro en una de las charlas que mantuvieron en el balcón mirando a las estrellas. Pensó en el poco tiempo que le llevó perder todo aquello que ganó, tan sólo eran pocos segundos que fueron fatales, sólo fueron segundos en los que pensó que beber valía mucho más la pena que todos sus esfuerzos. Sintió que era un inútil, que no valía nada y que nunca lo había valido. Era absurdo. Todo la situación era absurda.
De pronto volvió la luz al edificio y el ventilador empezó a funcionar nuevamente.
Abrió sus ojos de a poco, dando cuenta que la tormenta empezaba a cesar por fin. Los autos volvían a andar por la calle según lo que escuchaba y decidió levantarse del sofá con pasos desgarbados yendo hacia el baño. Cayó por las necesidades de su cuerpo, sintió que no le quedaba más que hacer que vomitar. Se arrodilló frente al excusado, inclinó su rostro y permitió que el vómito se desprendiera de él, apenas hizo ruidos con su garganta, apenas se quejó hasta que finalmente vació el contenido de su estómago. Se quedó pensando, aún confundido mirando el resto de los pocos fideos que habían quedado sin digerir. Se sentía cansado y el día ni siquiera había terminado. Pensó que fue culpa de ese día, ¿cómo no serlo? Ese maldito día era tan parecido a aquel otro que le tocó vivir hace tan sólo tres o cuatro años atrás, ya había perdido la cuenta, no quería volver a pensar en cuánto tiempo había transcurrido, prefería que ese tiempo permanezca borroso pero aún así sentía que el día y el mes no se iban de su cabeza por más que tome, por más que salga, no tenía escapatoria. No podía olvidar la fecha en la que todo había ocurrido. Esa fecha maldita que lo perseguía incluso en sus sueños, llegando cada año para hacerlo cada vez un poco más miserable.
Se levantó del suelo y tiró la cadena. Por un momento deseó desaparecer de la misma manera en la que desaparecía su vómito.
Con pasos aún más desganados se dirigió a la cocina en busca de agua, sin embargo sintió cómo la puerta se abría finalmente, un paraguas mojado se apoyó en el suelo y ni siquiera pudo sacar la botella de la heladera que de repente se vio envuelto en unos brazos, aquellos que conocía tan bien.
Dejó que la botella plástica cayera al piso. Ni siquiera cerró el refrigerador pero le daba igual. Inspiró fuerte, muy fuerte, decidió colmar sus pulmones de aquél olor que le era tan familiar. Dejó que la calidez lo abrazara sin poner otro obstáculo y sintió como poco a poco sus ojos empezaban a ponerse vidriosos. Se apegó al cuerpo ajeno, sin querer soltarse por nada en el mundo. La mano de su pareja se posó contra sus cabellos, sin importar lo sucio que estaban y había empezado a acariciarlo dulcemente.
—Perdón por llegar tarde. —Musitó Kenny, contra su hombro. Stan negó con su cabeza ligeramente y aunque tenía temor de que notara su aliento, su olor a alcohol mezclado con vómito, decidió hablar de todas maneras.
—No llegas tarde. —Se separó apenas para observarle y dio cuenta de cuán apenado se veía Kenny. Supo inmediatamente que vio la botella vacía y se imaginó de lo que se trataba todo ello. Kenny cerró la puerta de la nevera y tomó a Stan de sus piernas para cargarlo en sus brazos. Stanley se dejó hacer, aún un tanto confundido por el efecto del alcohol en su cuerpo. Kenny lo llevó a su habitación y lo dejó sobre la cama suavemente, arropándolo con suma delicadeza. Una vez hecho esto fue a buscar la botella de agua que había quedado en la cocina, cerró la heladera y además llevó un vaso junto a la botella y los dejó en la mesa de luz del muchacho.
— ¿Sabes lo que hice? —Preguntó Stan apenado. Kenny sin poder dirigirle la mirada asintió lentamente. —Perdón...
—No es a mí a quien le debes una disculpa, Stanley. —Dijo Kenny, con una sonrisa sutil, aunque se notaba a leguas que era la mueca más triste que podía hacer. Stan se quedó pensando durante unos segundos y suspiró pesadamente. Agarró el vaso y tomó el agua lentamente. Después de haber vomitado se sentía un poco mejor al fin.
—Te amo de todas maneras. —Aclaró, sentándose a un lado del cuerpo de Stan, volteando a verle.
—Me alegra escuchar eso... —Respondió Stan. Sentía vergüenza de mirarle a la cara y era algo que prefirió evitar.
—Hablaremos de esto en la mañana, pero...
—Necesito ayuda, Kenny. —Murmuró Stan, interrumpiéndolo. Kenny no llegó a completar su oración, desvió su mirada nuevamente hacia el suelo y suspiró pesadamente.
—Es una que no puedo darte yo.
—Lo sé, lo sé.
— ¿Buscarás esa ayuda, Stan? —El tono de su voz empezaba a resquebrajarse, no podía contener la ansiedad por la que su pierna empezó a temblar de manera sutil, pero lo suficiente para hacer que la cama se moviera un poco.
Stan asintió, estaba seguro de lo que decía. Kenny suspiró otra vez y llevó una mano a su nuca sin saber muy bien qué otra cosa más decir, después de todo sentía que durante todos esos meses se habían dicho todo, se acercó a él y besó suavemente su frente.
Kenny era consciente de la posibilidad que Stan tenía de recaer, lo había visto en otras personas, incluso en allegados de su familia. Pero eran cosas diferentes, amores diferentes. Ahora le tocaba vivirlo de cerca y aquello le resonaba aún más en su corazón. Sabía que tenía que permanecer fuerte, no por sí mismo sino porque Stan necesitaba de su fortaleza en esos momentos. Se arrepintió de haber tenido que trabajar ese día, él también era consciente de cuán importante esa fecha era para Stanley, Kyle se lo había hecho saber y él fue un tonto por no haber estado disponible durante todo el día. Quizá con su presencia Stan no habría estado sufriendo por ello. Quizá con su presencia algo de todo esto habría sido distinto. Quizá...
—Quiero empezar a ir a un psicólogo. —Masculló por fin Stan.
Kenny se sintió aliviado y se inclinó para abrazarlo otra vez.
—Algún día todo esto dejará de ponerte así y lo sabes. —Murmuró en su oído. Stan no pudo hacer más que asentir y poco a poco ponerse a llorar. —Estaré aquí para ti, Stan. Estaré aquí. —Posó su mano en aquellos cabellos azabaches intentando calmarlo y lo apegó aún más contra su cuerpo, intentando que sus palabras tomen fuerza, intentando que aquellas palabras puedan llegarle al fin.
Stanley sabía que Kenny le era sincero. Sabía que lo más probable es que tenga razón. Vio a sus amigos saliendo de pozos oscuros y él había batallado para salir también. Tal vez el que haya recaído una vez sería algo que quedaría en su historia, sólo como una triste anécdota que se inscribe en los peores días de su vida. Gracioso que se den en las mismas fechas, pero sabía que llegaría ese día al fin. Kenny había germinado en él una esperanza con el tiempo, escuchar su voz hacía que se animara un poco más a creer en sí mismo y así es como se había mantenido. Quizá ese día se había dejado vencer pero no significaba que seguiría de la misma manera y eso es algo que aprendió junto a Kenny. Era un día a la vez. Sólo un maldito día a la vez. Quizá el pasar de los días harían que todo se torne más sencillo, quizá con el pasar de los días se olvidaría de todo esto... quizá el dolor empiece a ser cosa del pasado.
Quizá y sólo quizá, se permitiría soñar... con un futuro en el que la muerte de su papá no lo afecte más.
