Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 11: ¿Donde está mi lugar?

23 de abril

¡PUM!

—¡Au!

Kagome aterrizó de cara tras caer a través de la luz. El dolor que se disparó por su nariz le hizo preguntarse si se la había roto. Eso no sería bueno. Después de todo, no es que hubiera muchos cirujanos plásticos buenos en donde estaba.

Hundiendo los dedos en la hierba, se irguió rápidamente sobre sus rodillas. Sólo que… no era hierba…

—¡Kikyo!

Antes de que pudiera orientarse, un par de brazos la rodeó, desequilibrándola un poco. Gotas de agua salpicaron su cara y cuello. Lágrimas, se dio cuenta insensiblemente. De repente, fue apartada a la fuerza. Consiguió mantener el equilibrio y se puso en pie de un salto por si había otro ataque. Tras parpadear un par de veces, pudo mirar a su asaltante. Era un hombre. Un hombre que le resultaba vagamente familiar.

—¿Hojo?

Se parecía a él, pero sólo apenas. Estaba demasiado delgado y demacrado, como si no hubiera comido en semanas. Tenía los ojos muy abiertos y parecían estar ligeramente hundidos. Estaban tan rojos que apenas podía distinguir de qué color eran. Decir que estaba desaliñado sería en realidad un cumplido. ¿Cuándo había sido la última vez que se había peinado? ¿O que se había cambiado de ropa? ¿O afeitado? ¿O lavado los dientes?

Se sintió mal por sus pensamientos desagradables hasta que él la agarró por los brazos y empezó a sacudirla como a un sonajero.

—¿Dónde está Kikyo?

—No… no lo sé… —¿Estaba en casa?

—¿DÓNDE ESTÁ KIKYO?

—¡No lo sé! —Miró alrededor de la habitación frenéticamente. Sí, sin duda estaba al otro lado. El lado equivocado.

—¡Tráela de vuelta!

Su rostro estaba manchado de lágrimas. Le dolió el corazón por él. Pero la sensación de sus manos en sus brazos la estaba poniendo de los nervios. Estaba un poco sobresaltada porque siguiera tocándola. Después de todo, Inuyasha nunca dejaba que nadie la tocara, mucho menos que la sacudieran.

Inuyasha.

De repente, su corazón ya no tuvo espacio para sufrir por Hojo. Tenía su propio dolor.

Apartando a Hojo a un lado, Kagome buscó el espejo, pero sólo vio su propio reflejo desesperado. Tenía que irse a casa. Tenía que volver con Inuyasha. Sus dedos chocaron contra el sólido cristal mientras intentaba empujar para volver. Arañó el espejo. Lo golpeó. Le gritó. Lo amenazó. Le rogó y suplicó. Pero el cristal siguió siendo un simple espejo.

—¿Papá?

Kagome y Hojo se giraron hacia la puerta y vieron a una niña pequeña con un pijama rosa. Tras secarse los ojos, Hojo estiró las manos hacia su hija.

—Kaede. Quiero presentarte a alguien.

Kaede caminó hacia su afligido padre y le dio un abrazo y una palmadita de consuelo en la mejilla. Después se giró hacia su visitante involuntaria.

—Hola, tía Kagome.

Kagome y Hojo se miraron con sorpresa. A lo largo de los años, habían tenido cuidado de mantener a Kaede alejada de esta parte extraña de su vida. En cambio, Kikyo y Hojo contaban la historia mediante cuentos de antes de irse a dormir y cuentos de hadas. Kagome tuvo la inquietante sensación de que Kaede sabía mucho más de lo que debería saber una niña de tres años. Sus ojos no eran los ojos de una niña pequeña. Le recordaban a… bueno… a la otra Kaede. Tranquila y sabia.

—Eh… hola, Kaede.

La pequeña se salió de los brazos de su padre y fue hasta Kagome, quien estaba desplomada en el suelo junto al espejo. Kaede se estiró y también le dio una palmadita en la mejilla.

—Todo irá bien —dijo.

Kagome se rio. Parecía tonto que la consolase una niña tan pequeña. La hija de Kikyo. Entonces, Kagome lloró.


Parecieron pasar horas antes de que Kagome fuera capaz de parar de llorar, a menudo acompañada por Hojo. Kaede había observado pacientemente. Finalmente, Kagome se lavó la cara y se peinó, luego llamó a su madre. No iba, no obstante, a perder de vista el espejo.

Ring.

Ring.

Ring.

—¿Hola? —La voz estaba cansada pero cautelosa. Kagome no se había molestado en mirar el reloj. Había pasado mucho tiempo desde que se había tenido que preocupar de la hora que era.

—Hola, mamá.

—… —Hubo silencio, después una lenta y profunda inhalación—. ¿Kagome? —susurró.

Kagome quiso decir algo ingenioso. Algo que hiciera sonreír o reír a su madre. Pero no pudo hacer nada además de llorar. ¿Quién iba a pensar que le quedaban siquiera lágrimas por derramar?

—Shhh… shhhh… no pasa nada, Kagome. Todo va a salir bien. Respira hondo, cariño.

La honda respiración ayudó un poco y Kagome fue finalmente capaz de encontrar su voz.

—Estoy en casa de Hojo. No sé cómo llegué aquí, mamá. —Le temblaba la voz, pero al menos fue capaz de pronunciar las palabras.

—Estaré ahí en unos minutos, cariño. —La voz de su madre chirrió un poco—. ¡Oh, cuánto te he echado de menos!

Kagome colgó el teléfono con dedos temblorosos mientras se esforzaba por controlar sus emociones descontroladas. Iba a volver a ver a su madre. Iba a poder tocarla de verdad. Darle un abrazo. Darle un beso en la mejilla. Una parte de ella se sintió culpable por aquel granito de felicidad.

La espera no fue larga. De hecho, apenas tuvo oportunidad de empezar a regañarse por sentirse feliz por volver a ver a su familia antes de que la puerta principal se abriese de golpe. Evidentemente, Kikyo y Hojo no se habían mudado lejos de su familia.

—¡KAGOME!

—¡HERMANA!

—¡KAGOME!

Le tembló el labio al oír las voces familiares. Recibió a la mujer de un salto en la puerta. Ambas lloraron, hablaron y lloraron un poco más mientras se abrazaban. Entonces, su hermano y su abuelo se turnaron para darle torpes abrazos.

—Mamá… te he echado de menos. Os he echado de menos a todos.

—Nosotros también te hemos echado de menos, Kagome.

—¿Cómo era? —preguntó su hermano pequeño con entusiasmo—. ¿De verdad cazabas demonios? ¿Conseguiste matar a alguno? ¿Las orejas de Inuyasha son de verdad? ¿Has vuelto para siempre? ¿Has…?

La madre de Kagome puso un dedo suavemente en la boca de su hijo.

—Tendremos tiempo más tarde para hacer preguntas, Souta. ¿Por qué no lleváis el abuelo y tú a Kaede a la cocina y nos hacéis un té? Tal vez unos bocadillos también estarían bien. Iremos con vosotros en un momento.

Souta resopló, pero hizo lo que le dijo.

Tras cerrar la puerta, la mujer se giró hacia Kagome y Hojo.

—Me alegro de verte, Kagome. Pero sé que aquí no es donde está tu corazón. Siempre hay esperanza. —Estiró los brazos hacia su yerno y su hija para que se acercaran. Los tres se abrazaron. Todos lloraron—. Todo se acabará solucionando —prometió en voz baja.