Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 12: Demonio contra miko
23 de abril
—Es hora de seguir adelante —dijo Miroku suavemente, sin atreverse del todo a tocar el hombro del demonio perro para llamar su atención.
—¿Seguir adelante? —gruñó Inuyasha.
Miroku retrocedió un paso, nunca era buena señal cuando se podía ver un atisbo de rojo en sus ojos.
—¿SEGUIR ADELANTE? —Así que tal vez había escogido mal las palabras.
Inuyasha se puso en pie de un salto, aunque no avanzó hacia el monje. No se atrevía a apartarse del agua. Había estado sentado junto al agua desde que les habían arrebatado a Kagome, esperando (impacientemente) a que apareciese su reflejo. Bueno, tras su corto desmadre destructivo, claro. Mirándolo por el lado positivo, tenían mucha leña.
—¡No nos vamos a ir sin Kagome!
Miroku suspiró. Sabía que no iba a ser fácil convencer al demonio perro para que siguiese adelante. Pero no podían quedarse allí sentados eternamente mirando al agua con la esperanza de que la chica fuera a salir de ella. Shippo a menudo se sentaba con él. Ninguno hablaba, sólo se quedaban mirando fijamente el agua. Esperando.
Hacer nada no estaba logrando nada.
Por supuesto, Kikyo estaba casi igual de mal que Inuyasha. También se pasaba todo su tiempo con la mirada fija en el agua. Aunque ahora se mantenía a una saludable distancia de Inuyasha. La última vez que se había acercado a unos metros de él, la había lanzado al agua y le había sujetado la cabeza bajo ella, gritándole que le devolviese a Kagome. Habían hecho falta Sango y él para rescatar a Kikyo. Aunque temía que su mujer había estado un poco reticente con el rescate. Al menos, se dijo, no ayudó a Inuyasha a ahogarla.
Aún.
—Tenemos que buscar una forma de traerla de vuelta —dijo Miroku usando su voz más tranquilizadora y relajante—. No podemos hacer eso desde aquí.
—Yo no me voy.
—Mientras tengamos a Kikyo, tendremos un modo… —Porras. Había TENIDO que ir y decir su nombre. Casi se había olvidado del miedo que podía dar Inuyasha cuando alguien la mencionaba. Le preocupó el agarre que tenía en su espada. Parecía listo para pelear. Miroku no estaba seguro de si le atacaría a él primero o a la mujer que ahora los estaba mirando con cautela.
—No es culpa mía, Inuyasha. —Era curioso que la mujer pudiera hacer que su nombre sonase como una palabra peyorativa. Pero de verdad que Kikyo debería parar de provocarle—. Y si te atreves siquiera a desenvainar esa espada, cercenaré esas orejas peludas que a Kagome tanto parecen gustarle. —Y, por supuesto, tenía el arco tensado. En estos días iba siempre armada. Lo que era bastante inteligente por su parte, teniendo en cuenta a sus temperamentales compañeros.
—Te voy a matar.
—Inténtalo, perro.
Miroku miró hacia Sango en busca de ayuda, pero la exterminadora parecía estar ignorando la pelea mientras envolvía a su hijo y comenzaba a atárselo en preparación para la larga caminata que tenían por delante. Temía las razones por las que podía estar ignorando la pelea. Era bastante probable que no fuera a levantar un dedo, o una espada, para detener a Inuyasha.
—¡Kagome es la que está con MI marido! —Uuuuh… probablemente no era muy inteligente recordarle eso a Inuyasha…—. ¡Está viviendo en MI casa con aire acondicionado, comiéndose MI helado, jugando con MI hija y durmiendo en MI cama!
Puede que Inuyasha no le hubiera saltado al cuello si no hubiera añadido la única palabrita que lo llevaba al extremo. Sí, para él era una palabra que puede que describiera a la hembra de los demonios perro y, en ocasiones, él mismo se lo había llamado a Kagome, pero sólo cuando se dejaba llevar y pensaba en ella como suya. Pero Kagome le había dicho lo que significaba la palabra donde ELLA había vivido. Y nadie se salía con la suya si insultaba a Kagome.
¡Zzzzing!
La flecha voló hacia el demonio perro que estaba avanzando, pero fue capaz de esquivarla ágilmente. Afortunadamente, Miroku se había estado esperando esto y ya había comenzado con los cánticos necesarios para erigir una barrera fuerte. Pero la barrera no evitó que Inuyasha intentase cortarla y arañarla para abrirla. Una gota de sudor bajó por el rostro del monje mientras se esforzaba por mantener la barrera con su fuerza de voluntad. Al mirar de reojo a Sango, se dio cuenta de que todavía estaba recogiendo con calma lo que quedaba de sus provisiones. Shippo le estaba echando una mano, aunque sin ningún entusiasmo.
Kikyo, que parecía decidida a entorpecer todos los intentos de Miroku por ayudarla, colocó otra flecha y la hizo volar por el aire hacia Inuyasha con un rastro de centelleante luz azul, impactando contra la barrera.
La barrera cayó.
Así que Miroku hizo lo único que se le ocurrió. Se interpuso entre la miko y el demonio. Inuyasha estaba agachado, con la espada desenvainada y las garras extendidas. Miroku pensó que aquello era un exceso, ya que cualquiera de las dos armas bastaba. Kikyo había montado otra flecha para disparar. Lo único que se interponía entre ellos era… bueno… él. Miroku tragó con dificultad e intentó no pensar en lo frágiles que eran los huesos y la carne humanos.
—No hagas esto, Inuyasha.
—Apártate de mi camino, monje.
—Kagome no querría esto.
—Kagome no está aquí, ¿verdad? —dijo Kikyo entre dientes.
Miroku frunció el ceño, pero no apartó los ojos de Inuyasha.
—Por favor, Kikyo. —No estaba seguro de qué le estaba pidiendo exactamente, aunque lo más probable era que sencillamente le estuviese pidiendo que no atizase más el temperamento de Inuyasha.
Vio el momento en que Inuyasha decidió que iba a atravesarlo. Por primera vez desde que pudo recordar, Miroku tuvo genuino miedo de su amigo. Pero antes del momento del impacto, sintió una brisa. Al abrir los ojos (y se preguntó cuándo había cerrado los ojos exactamente), vio a su mujer de pie delante de él. Estaba armada y furiosa. ¡Y extraordinariamente preciosa! Sus manos se movieron. Hizo falta todo su autocontrol (y un pequeño recordatorio de que estaba entre dos criaturas muy peligrosas que estaban intentando matarse) para evitar tocarla. Pero eso no evitó que mirase. Estaba en peligro, no muerto.
—No vas a tocar a Miroku —le advirtió a Inuyasha, luego se giró para dirigirle a Kikyo la misma mirada de advertencia.
Inuyasha no se movió, pero se pudo sentir su retumbante gruñido a través del suelo. Kikyo también se quedó paralizada, aunque no soltó su arma.
—TIENES que estar de broma, pervertido —le susurró Sango por encima del hombro a Miroku cuando sus manos evidentemente no hicieron caso a su cerebro con lo de que se estuvieran quietas—. ¿En qué diablos estás pensando?
—Eres la mujer más hermosa sobre la que he puesto nunca los ojos —dijo con un toque de asombro en su voz.
Ella puso los ojos en blanco y volvió a dirigir su atención a los dos enemigos. Pero Miroku la vio sonrojarse. De verdad que era la mujer más hermosa que hubiera visto nunca. En especial con su arma lista y colocada como si fuera la guerrera más poderosa del mundo. Ryoku le hizo gorgoritos desde su sitio en el canguro a la espalda de su madre. Sí, era sin duda el hombre más afortunado del mundo.
—Deja mi manada —gruñó Inuyasha.
Miroku levantó la cabeza de golpe. Se dio cuenta con alivio de que el demonio perro no le estaba hablando a él. Le estaba hablando a Kikyo. Hablar era bueno. También lo era que envainara la espada. Tal vez podían acabar con esto sin derramar sangre alguna, después de todo.
Kikyo dejó caer el arco a su costado y volvió a meter la flecha en el carcaj.
—No.
—¿No?
Kikyo le sonrió a Inuyasha, aunque carecía de cualquier auténtica calidez.
—No. No me voy a ir.
Inuyasha parpadeó por un momento, luego se cruzó de brazos.
—Sí que lo vas a hacer —discutió—. Vete. Ya.
—No.
—¡Sí! ¡Vete o te voy a destripar aquí y ahora!
Miroku vio que Kikyo respiraba hondo. Finalmente, apartó los ojos de Inuyasha y miró a Sango. A una Sango muy enfadada.
—Me disculpo por lo que dije de Kagome —le dijo Kikyo a la exterminadora—. Estaba molesta y hablé sin pensar. Dejé que la ira me controlase y lo siento. Por supuesto que Kagome es una persona maravillosa y en absoluto una… bueno… —Miró con cautela a Inuyasha—. En absoluto lo que le llamé.
—Aun así, se va a ir —le informó Inuyasha a Sango. ¿Cuándo se había convertido su mujer en la líder de todo esto? No es que se quejase. Estaba impresionante así de brazos cruzados y con una expresión tan severa. Con la ceja arqueada muy ligeramente.
—No. No me voy.
Oh, sí. Cierto. La discusión todavía continuaba.
Inuyasha volvió a desenvainar su espada y Sango se interpuso en su camino. Era la persona más valiente que conocía Miroku. Le recordó que le diese las gracias a los Dioses por su buena fortuna. Pero primero tenían que sobrevivir a esto.
—No puedes dejar que se las arregle sola, Inuyasha —dijo su hermosa mujer—. Está embarazada. —Antes de que el demonio perro pudiese informarle que sí que podía dejar que se las arreglase sola, Sango añadió—: Y puede que sea nuestra única oportunidad de volver a ver a Kagome.
Inuyasha maldijo y taló el árbol que tenía al lado.
—¡Mantenla lejos de mí! —gritó mientras saltaba a los árboles.
—Gracias.
Sango le dirigió una mirada a Kikyo que enfrió incluso la sangre de Miroku.
—Quiero que vuelva mi amiga.
Cuando la exterminadora regresó con un zorrito estresado, Miroku admiró lo grácil que podía parecer incluso mientras se marchaba echando humo antes de volver a girarse al campo de batalla donde todavía estaba Kikyo. Estaba ignorando al grupo y volviendo a mirar al agua.
—Me odian —dijo sin emoción.
—¿Por qué deseas quedarte?
Kikyo lo miró con ojos que brillaban con lágrimas sin derramar.
—Porque ¿y si Inuyasha es la clave para que yo vuelva? Estaba allí el día en que Kagome y yo cambiamos de lugar. ¿Y si Kagome y yo no bastamos para que ocurra el cambio? Le necesito. Y… —dijo mientras volvía a dirigir su atención al agua—… él me necesita a mí si quiere volver a ver a Kagome.
Miroku se la quedó mirando, con cuidado de no acercarse demasiado por si su encantadora, pero temperamental, esposa decidía que ya no iba a interpretar el papel de mediadora.
—Tienes que parar de pelearte con Inuyasha. Es peligroso. Sango es peligrosa. Tenemos que trabajar en equipo y estas peleas sólo lo hacen todo más difícil.
—Lo sé —dijo mientras se sentaba en el suelo—. Simplemente echo de menos a mi familia. —Soltó una pequeña carcajada—. Lo gracioso es que ni siquiera estoy enfadada con Inuyasha. Ni siquiera con Kagome. Vale, tal vez estoy un poco enfadada con Kagome, pero no por nada de lo que tenga la culpa. Es sólo que duele, Miroku. Duele mucho estar lejos de la gente que amo. Y me siento incapaz de volver con ellos. Quiero pelear, atacar, pero no hay ningún enemigo contra el que luchar.
El monje no estaba precisamente de acuerdo con su última frase. Estaba bastante seguro de que Inuyasha podría ser su enemigo hoy en día. Y tal vez Sango. Posiblemente Shippo. Aunque era buena señal que el zorrito hubiera parado de gruñirle cada vez que estaba cerca.
—Estas peleas no solucionan nada.
Ella suspiró.
Miroku sintió la necesidad de consolar a la consternada mujer. Pero antes de que pudiera apoyar una inocente mano de consuelo en su hombro, su mujer estaba cerniéndose detrás de él, carraspeando.
—Vamos —ordenó.
Una vez más, Miroku se maravilló de lo impresionante que parecía cuando estaba a punto de dar una buena p… oh… era él quien estaba a punto de recibir la paliza… Vale, menos impresionante… más bien, ahora daba miedo. Retrocedió un paso apresuradamente y sostuvo las manos en alto.
—Sólo iba a darle una palmadita en el hombro para consolarla, mi querida esposa.
—Ya.
—¡Es verdad! No amo a nadie más que a ti.
Sango lo miró amenazadoramente, luego a Kikyo.
—Ajá. Pongámonos en marcha.
—¿Adónde vamos? —preguntó la miko mientras se ponía de pie y se sacudía la ropa.
La exterminadora le lanzó una bolsa a Kikyo para que la llevase, casi haciéndole perder el equilibrio y caer al agua.
—Vamos a ir a buscar a Midoriko.
—¿Crees que nos ayudará? —preguntó una vocecita.
Miroku bajó la mirada y vio unos esperanzados ojos verdes. Levantó al zorrito y se lo puso en el hombro. Siguió a Sango mientras empezaban su viaje, sabiendo que Inuyasha probablemente los estaba observando desde algún lugar en lo alto de los árboles.
—Lo hará. —La voz de él estaba mezclada con acero mientras hacía la promesa.
