Disclaimer: Todos los derechos de autor de la presente obra, le pertenecen a Katee Robert. Yo sólo la adapto a los personajes de Crepúsculo de Stephanie Meyer, con fines exclusivamente lúdicos o de entretenimiento.


Capítulo 14

Bella saltó sobre un pie mientras se ponía los pantalones y corría a la cocina dejando a Edward en el sofá. Respiró profundamente mientras cogía el teléfono e intentaba sonar como si no hubiera estado justo al borde de un orgasmo.

—¿Hola?

—Bells, ¿qué en el nombre de Dios te tomó tanto tiempo? No puedes estar durmiendo. Son las nueve de la mañana.

Dio un vistazo culpable hacia el comedor y se adentró más en la cocina.

—Hola mamá. Sólo estaba limpiando.

—¿Estás bien? Suenas rara.

Rara ni comenzaba a cubrirlo. Todo su cuerpo estaba tan tenso que quería gritar. Y no de la buena manera. Por suerte, no había nada como el miedo a Dios para extinguir cualquier deseo remanente que tuviera.

—Sí, estoy bien.

—Ya veo. —No sonaba convencida, pero aparentemente era un respuesta lo suficientemente buena porque comenzó a parlotear sobre el inminente viaje con su padre a Maryland. Escuchó a medias, murmurando sí y no cuando era necesario, pero una parte de su atención estaba tratando de averiguar lo que hacía Edward. ¿Estaba enfadado? Esperaba que no. Quizás hubiera sido mejor dejar que el teléfono fuera al buzón de voz de nuevo, pero no era capaz de hacerlo, especialmente con su madre, principalmente porque la mujer se negaba a dejar un mensaje; en cambio, prefería continuar llamando hasta que contestaba. Escuchó pasos en el piso superior y la ducha se encendió. Suspiró, el alivio y la decepción enfrentándose en su interior.

—Bells, ¿estás escuchando?

—¿Qué? Por supuesto que sí.

Su madre suspiró.

—No, no estás haciéndolo. Hago tiempo en mi mañana para tratar de hablar contigo y estás completamente distraída. ¿Qué está pasando?

Durante un momento de pánico, estaba segura de que su madre lo sabía todo.

Mordió su labio, empujando fuera la insana urgencia de confesar.

—Nada, mamá. Sólo estoy limpiando. Esta casa es una pocilga.

—Sabes que hemos hablado de eso, tienes que poner más esfuerzo en mantener tu casa. Buen Dios, ¿qué pasa si un hombre viene y ve cuán asquerosa está?

Considerando que había un hombre ahí ahora, no pensaba que su "asquerosa" casa fuera un impedimento. Edward no era del tipo que se preocupara de que las casas estuvieran inmaculadas. Y, en serio, ¿quería acabar con un hombre que se obsesionara por cosas como esa? Respiró profundamente.

—Es por eso que estoy limpiando. Su madre resopló.

—Al menos estás siendo proactiva. He organizado una cena de bienvenida para Emmett en cuanto tu padre y yo volvamos de Maryland y me gustaría que vinieras.

La invitación verbal era una redundancia, debería haber sido evidente con solo mencionar la cena. Su madre estaba tramando algo.

—¿Qué no me estás diciendo?

—Ahora estás siendo imperdonablemente grosera, jovencita. Y estaba evitando la pregunta.

—Mamá.

—Oh, de acuerdo, si insistes. He invitado también a Sammy.

No podía afrontar hablar sobre otro hombre cuando sus piernas todavía estaban temblando por el casi orgasmo.

—Tengo que irme. Hablaremos de esto más tarde.

—No sé qué te está pasando, Bells, pero no estoy impresionada. Sólo trato de hacer lo que es mejor para ti. Te quiero contenta.

¿Contenta? Sí, claro. Estaría horrorizada si supiera lo que estaba haciendo, sin importar cuán contenta había estado al borde de ello.

—Lo sé. Te quiero también. Adiós, mamá.

Dejó el teléfono en la encimera. ¿Qué debería hacer ahora? Lo inteligente sería ir a limpiar el comedor y esperar que Edward acabara con su ducha, pero había una parte de sí misma que quería encontrarlo y ver si terminaba lo que había empezado.

Mala idea. Realmente una mala idea. Si comenzaban de nuevo, no había manera de que pararan. Había perdido la cabeza cuando puso sus manos sobre ella, sin contar su boca, y era demasiado fácil para que las cosas se salieran de control.

¿Pero sería eso realmente tan malo?

Giró su teléfono pensando sobre anoche. Desde el momento en que le dio las flores, hasta cuando se durmieron uno en brazos del otro, no había hecho ni una cosa que encendiera sus alarmas internas. De hecho, se había salido de su camino para cuidarla. La sopa de pollo con fideos y el chocolate en la encimera eran suficiente testimonio de ello, sin mencionar la manera engañosa en que la había forzado a tomar el Benadryl. En realidad, incluso aunque la hizo enfadar en el momento, mirando atrás fue bastante lindo.

Todo ello la hacía llegar a la conclusión de que quizás se equivocara. Oh, Dios, estaba asustada de incluso esperar que el hombre que había sido durante las últimas doce horas fuera la realidad.

Pisadas sonaron por las escaleras y Edward apareció, llevando sólo los tejanos de anoche. Sostenía su camiseta.

—Me imaginé que era mejor que no tentáramos al destino. Él sabio. Claro.

Lanzó la camiseta al vestíbulo y palmeó sus manos en señal de un trabajo bien hecho. No se movió, sin estar segura cómo tomar el que fuera tan normal después de lo que acababan de hacer. ¿Iban simplemente a pretender que no había pasado?

—¿Quieres hablar sobre ello?

Parpadeó.

—¿Hablar sobre ello?

—Estabas un poco agotada después de la última conversación que tuviste con tu madre. —Hizo un espectáculo de mirarla por encima del hombro—. Ahora tienes la misma mirada en tus ojos.

—No estoy segura de qué decir. —Se apoyó en la encimera y suspiró—. Son sólo cosas de familia.

Sonrió, su expresión tranquila hizo que su estómago cayera.

—Así que dime sobre tu familia.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Tengo un hermano mayor. —Arrugó su nariz—. Es un engorro a veces. Emmett está en el ejército y, ahora mismo, está asignado a Japón. —A decir verdad, lo echaba de menos, incluso si Emmett era completamente agobiante.

Edward asintió como si acabara de confirmar algo.

—Eres cercana a tus padres.

No era una pregunta, pero respondió de todos modos.

—Sí. Ellos viven en el South Hill, pero tratamos de cenar al menos una vez a la semana. —Suficiente acerca de ella, quería saber más acerca de él. Tamborileó con los dedos sobre la encimera, preguntándose si desestimaría sus preguntas. A Jasper no le gustaba hablar de su familia, y no percibía diferente a Edward.

Él miró el incesante movimiento de su mano.

—Pregunta.

—Sé que tienes a Jasper. —Lo que todavía la extrañaba un poco, si iba a ser honesta—. ¿Otros hermanos?

—Nop. Sólo nosotros dos.

Probablemente era algo bueno. No creía que su mundo pudiera manejar a otro hermano Cullen, especialmente un hermano varón.

—¿Qué pasó con tus padres? —Lo preguntaba porque ya no estaban en su vida, estaba segura de ello.

Edward rebuscó en los armarios, algo inquieto. Esperó, poco dispuesta a presionarlo.

O bien se abría a ella o no, pero no podía forzarlo.

Inhaló tan profundamente que realmente pudo oírlo, casi como si se estuviera preparando para una pelea.

—Es la típica triste historia. Papá era un borracho que le gustaba abofetearnos cuando estaba en casa, lo cual no era a menudo. No podía mantener un trabajo y le gustaba sacar su frustración con nuestra mamá. Por último, se largó sin ni siquiera un adiós y abandonó a mamá con el cuidado de dos niños que apenas podía mantener.

Se tragó las palabras compasivas que amenazaban salir de su boca. Por la expresión de su rostro, no las apreciaría. Pero, Dios, no podía imaginar crecer de esa manera, sin el amoroso, si bien exasperante, apoyo de su familia. Se mordió el labio y sin decir palabra, esperando que continuara.

—Lo hizo hasta que me gradué de la escuela secundaria. Jasper estaba tan sólo un año detrás de mí, un senior en aquel momento. Un día mamá estaba bien y al siguiente recibimos una llamada del hospital diciendo que había tenido un ataque cardíaco. Aclaró su garganta, con la mirada perdida en la distancia, su mente vagando, obviamente, años en el pasado.

—Yo... yo sinceramente no sé cómo lo superamos. Trabajaba en dos empleos y Jasper dejó el fútbol y consiguió uno. Quería abandonar, pero que me condenen antes de dejarlo tirar a la mierda su diploma. Mamá no lo habría querido. No fue fácil, pero pasó la graduación y se unió al ejército. Y entonces, un día, de la nada, un abogado se presentó en nuestra puerta con el testamento de papá. Supongo que bebió hasta la muerte o algo así, pero había tenido una jodida tonelada de dinero familiar que ninguno de nosotros conocía.

Había un mundo de condena en su tono. Sabía lo que estaba pensando, ese dinero podría haber hecho la diferencia con su madre. Incapaz de contenerse más tiempo, se bajó del mostrador y cruzó la cocina para estar parada delante de él. Abrió sus brazos, ofreciendo el apoyo que sabía no aceptaría en palabras. La atrajo hacia él, envolviéndola como si fuera el que la confortara. Demonios, tal vez lo era.

—¿Y qué me dices de ti? ¿Cuál es tu trato con tus padres?

Le dio su respuesta evasiva sin pensarlo.

—Lo normal.

—Perdóname, pero eso es mierda.

No estaba segura de que le gustara ser la única destinataria de su atención, pero compartió su historia. ¿Podría hacer menos? Además, era más fácil hablar si no estaba mirándolo al rostro.

—Los amo, pero... Mi papá es relajado, casi demasiado relajado. Mi mamá está sobre él, sobre todos nosotros. Es intensa.

Parecía una cosa realmente patética de qué quejarse después de lo que le había dicho, pero Edward no se burló o rodó sus ojos cuando se apartó. En su lugar, la miró atentamente. Con una respiración profunda, siguió hablando.

—Yo sólo… no sé. Nunca seré lo suficientemente buena a sus ojos, nunca conseguiré el trabajo correcto, ni me casaré con el hombre adecuado, ni elegiré la vida que quiere para mí.

—No conozco a tu mamá, pero por lo que he visto, conoces tu propia mente. Tú, Bella Swan, eres una mujer de la que estar orgulloso.

Sonrió.

—Y tú, Edward Cullen, eres un buen hombre.

¿Un buen hombre?

Edward la miró, bastante malditamente seguro de que su boca estaba abierta.

¿Realmente acababa de decir eso?

—¿De verdad crees que soy un buen hombre?

Sonrió tan dulcemente que su corazón dio un golpe extraño.

—Lo sé.

Acunó su rostro, maravillándose de que estuviera sucediendo, que esta mujer realmente estaba parada allí, después de escuchar su triste historia, sin un rastro de lástima en los ojos o cualquier muestra de la repugnancia que imaginaba sentía hacia él. En su lugar había... ¿admiración? No había nada más que hacer excepto besarla. Lo hizo, tratando de hacerle entender cuánto sus palabras y su comprensión significaban. Más de lo que posiblemente podría expresar en voz alta.

A medida que su lengua trazó su labio inferior, se abrió. Sin dudarlo. Sin contenerse. Se derritió en sus brazos con un gemido. Se apartó lo suficiente para decir—: Quiero terminar lo que empezamos en el sofá.

Asintió.

—Sí, sí, muchos sí.

Respuesta suficiente. Por medio segundo, consideró ponerla en la encimera y saborearla allí mismo, se moría por hacerla venir contra su cara, pero no parecía correcto. No después de lo que acababan de compartir. Así que la tomó en sus brazos y se dirigió al dormitorio. Ella besó su cuello, mientras subía los escalones de tres en tres, necesitando tenerla desnuda y debajo de él.

Se detuvo al pie de la cama y la dejó en el suelo. Se contemplaron el uno al otro por un momento eterno. Estaba sucediendo, apenas podía creer que fuera real, pero no iba a dejar que la experiencia fuera nada menos que perfecta.

—Amo ese tatuaje. —Corrió su mano por sus pectorales y bajo su costado. Con un rápido vistazo, se agachó y lamió a lo largo del borde de su tatuaje—. He querido hacer esto desde que lo vi.

Infiernos, podía hacerlo cada vez que quisiera. Entrelazó los dedos en su cabello y tiró de ella arriba para besarla de nuevo. Persuadió a su boca a abrirse y burló su lengua hasta que se retorcía contra él. Lento. No importa lo mucho que quería fijarla contra la pared y tomarla con fuerza, esto iba a ir despacio.

Le quitó la blusa sin mangas e hizo el mismo pequeño trabajo con sus pantalones cortos. Entonces sólo había Bella, desnuda como el día en que la había conocido. Si antes había pensado que era una mujer de fantasía, ahora la sensación era mucho más fuerte.

Con su maldito arco de Cupido ofreciendo demasiada tentación, mordió su labio superior y luego calmó el punto con la lengua. Bella enlazó sus brazos alrededor de su cuello, dejando todo su cuerpo disponible para ser explorado. Pero la necesitaba en la cama para sacar el máximo provecho de ello. Con otro beso persistente, la empujó hasta que sus piernas chocaron con el colchón.

—Acuéstate.

Al instante, obedeció. La detuvo antes de que pudiera deslizarse fuera de su alcance, agarrando sus rodillas. Utilizando sólo el mínimo de presión, abrió sus piernas.

Incluso desde esa distancia, pudo ver lo mojada que estaba. Para él.

—No hay palabras para describir esto. —Corrió sus manos por sus pantorrillas, deteniéndose sobre sus rodillas cuando ella rio—. Maravilloso. Hermoso. Jodidamente indescriptible.

—Edward. Mordió su labio, no precisamente encontrando sus ojos.

Mordisqueó su muslo. Un suspiro tembloroso fue su única respuesta. Bueno, eso, y Bella separando sus piernas para darle un mejor acceso. Metió un dedo en su humedad, dibujando un círculo rápido alrededor de su clítoris.

—Voy a decir algo, pero por favor no lo tomes a mal.

Se tensó, como si esperara un golpe. Lo que le hizo preguntarse por qué, pero alejó el pensamiento. Era algo para preocuparse más tarde. Dibujó otro círculo alrededor de su clítoris.

—Podría pasar días con mi boca entre tus piernas, y nunca estar satisfecho.

Su jadeo sorprendido se convirtió en un gemido cuando la besó allí, usando su lengua para explorar cada pulgada. ¿A quién quería engañar? Días nunca serían suficientes. Ya su sabor era una adicción, algo de lo cual nunca conseguiría suficiente.

Tener la boca de ese hombre allí, era suficiente para que perdiera la razón. Al igual que antes en el sofá, se tomó su tiempo explorándola, como si fuese verdad lo que dijo de que podría continuar durante días.

No sabía si podría sobrevivir durante días. Era demasiado bueno. Antes nunca perdió el control, nunca fue nada menos que tranquila y refinada. Y sin embargo, fuera de control era todo lo que había estado desde aquella primera noche con Edward. No pudo evitar aferrar su cabello y montarlo, desesperada por más, por menos, por algo.

Inclinó la cabeza con el orgasmo, y aulló, sus uñas clavándose en el cuero cabelludo manteniéndolo en el lugar. Por su parte, Edward, no se detuvo, se burlaba de sus réplicas hasta que no estaba segura de poder recordar su nombre. Comenzó a empujarlo, su cuerpo gritando que era demasiado, pero de alguna manera lo sabía, y se puso a mordisquear el camino hacia arriba por su cadera.

—Nunca voy a conseguir suficiente.

¿Nunca? La palabra la habría aterrado si pudiese encadenar algunos pensamientos con coherencia. En su lugar, lo sostuvo cerca mientras que su cuerpo se sacudió. Edward trazó un camino errante sobre su piel, acariciándola hasta que se había recuperado lo suficiente como para tocarlo de nuevo. ¿Cuantas veces quiso hacerlo desde que se conocieron? Más de lo que estaba dispuesta a admitir. Exploró sus anchos hombros, los fuertes brazos que no tenían dificultad alguna manteniéndola de pie, el cuerpo que había comenzado a pintar.

Por último, presionó su frente con la de ella, su respiración irregular casi igual que la suya.

—Voy a hacerte una pregunta, y quiero que seas honesta conmigo.

¿Más preguntas? No sabía si podía manejar mucho más.

—¿Sí?

—¿Puedo hacerte el amor?

No había ninguna duda. Ninguna de sus preocupaciones o miedos podría contener el deseo de vencer el tiempo con su acelerado corazón. No dispuesta a darle a la oportunidad de sonar como una idiota, sólo asintió.

—¿Estás segura?

Rio por la repetición exacta de sus palabras. Pero las cosas eran diferentes y ante lo insegura que había estado esa noche, ahora no había ninguna duda.

—Estoy segura.

Se incorporó alejándose tan rápido, que por un segundo aterrador pensó que estaba jugando con ella. Pero entonces lo vio hurgar en su cartera. Regresó con una envoltura de plata, viéndose demasiado satisfecho de sí mismo.

—Se te olvidó algo en tu loca carrera por alejarte de mí la primera vez.

Lo tenía, ¿o no lo tenía? Sacudió la cabeza y extendió los brazos. En vez de obedecerla, sonrió y bajó la cremallera de sus vaqueros. Verlo deslizarse fuera de ellos era más atractivo de lo que podía haber imaginado, pero al parecer su imaginación había sido muy deficiente en todos estos años. Edward desgarró la envoltura del condón y se lo puso, deslizando su mano por su longitud.

—La última oportunidad, nena. Di que no estás lista y está terminado. Sin presión.

—Cállate y ven aquí.

Rio y se arrastró sobre la cama, acomodándose entre sus piernas. Si había pensado que iban a ir a ello, estaría decepcionada profundamente. La besó despacio, a fondo, girando la lengua perezosamente alrededor de la suya. Cuando finalmente inclinó sus caderas, incapaz de esperar un segundo más para tenerlo dentro, se acercó. Entonces

estaba allí, la amplia cabeza de su pene presionando contra su entrada. Trabajé en ella lentamente, dándole a su cuerpo un montón de tiempo para acomodarlo.

Por último, Bella había tenido suficiente. Clavó las uñas en su trasero lo suficientemente fuerte para hacerlo sacudirse, haciendo de golpe el resto del camino. Una ola casi abrumadora de emoción la recorrió cuando Edward se apoyó en los codos y se encontró con su mirada. Miró hacia abajo, donde se unían y los músculos de su rostro se tensaron.

—Joder, Bella.

Utilizando el más elemental de los movimientos, rodó sus caderas, frotándose contra el mismo lugar que sus dedos infalibles habían encontrado antes. Gimió cuando se arqueó para encontrarlo. La presión se estaba construyendo, la cresta de la ola en el horizonte. Captó su mirada como si estuviese memorizando su rostro, pero no había tiempo para preocuparse porque la ola rodó sobre ella, llevándosela. ¿Cómo podría saber que podía ser así? Mordió su hombro, tratando de ahogar sus gemidos. El ritmo de Edward crecía irregularmente, áspero, abriéndose paso dentro de ella una y otra vez. Sólo podía aferrarse mientras se mecía viniéndose con fuerza.

Con un gemido final, se derrumbó, saliendo de ella en casi el mismo movimiento. Se quedó mirando el techo, su respiración entrecortada, y sonrió cuando sus dedos se entrelazaron. Algún tiempo después, se aclaró la garganta.

—¿Esto significa que saldrás conmigo nuevamente?

Ni siquiera tuvo que pensar en ello.

—Sí. Si voy a salir contigo.


Se antoja una, no? lol

-May