Disclaimer: Todos los derechos de autor de la presente obra, le pertenecen a Katee Robert. Yo sólo la adapto a los personajes de Crepúsculo de Stephanie Meyer, con fines exclusivamente lúdicos o de entretenimiento.
Capítulo 21
¿Qué carajos le pasaba a esa mujer? Irrumpió en la habitación, lo miró, y salió pitando, evidentemente empeñada en pensar lo peor de la situación. Estaba tan horrorizada al ver que se limpiaba el lápiz labial del rostro, que no esperó una explicación.
Lynn no lo había besado, no así. Acababan de darse su habitual beso en cada mejilla y Bella abrió la puerta antes de que tuviera oportunidad de limpiar la mancha de maldito labial, que aún podía sentir ensuciando su rostro.
Para cuando llegó a la calle, ya se había ido y no respondió el teléfono. Estuvo en al auto en tiempo récord y prácticamente voló a su casa, pero las luces estaban apagadas y, obviamente, no había nadie.
Mierda, ¿y si estaba en problemas? Spokane no era exactamente el peor lugar del mundo, pero lo malo pasaba de vez en cuando. Una mujer que caminaba sola por la noche podría ser más que suficiente para que los depredadores husmearan alrededor. Especialmente si era tan bonita como Bella.
Maldita sea. Para empezar, si no se hubiera escapado de esa manera, no estarían en esta situación. Marcó sin mirar y sostuvo el teléfono pegado a la oreja. Después de tres timbres, Jasper atendió.
—¿Que está pasando?
No tenía sentido entrar en detalle del número de formas en que la noche se había jodido.
—Hubo un malentendido y Bella se fue. No puedo encontrarla.
—¿Estás seguro de que no está en su casa?
—Acabo de comprobarlo, y su teléfono va directamente al correo de voz. La última vez que la vi, estaba prácticamente corriendo lejos del club. —Escapando de él. De nuevo. Cristo, se estaba convirtiendo una costumbre de la que podía prescindir. Pensó que estaban más allá de los juicios precipitados y su actitud engreída. Al parecer, era algo que nunca pararía—. ¿Adónde iría?
—Su hermano está en un despliegue, por lo que debe estar con Rosalie o con sus padres.
Rápidamente analizó la situación. Sería un desastre. Entre el sexo y la fecha en sí, no iba a ser capaz de hacer frente a sus padres, sobre todo, no tan tarde en la noche.
—¿Tienes el número de su amiga?
—Déjame ver. —Escuchó el débil sonido del teclado del teléfono de su hermano mientras este buscaba la información y luego estaba de vuelta. Recitó a toda prisa el número—. Mira, hombre, hay una buena probabilidad de que si está allí no quiera verte. Es decir, si estoy leyendo la situación correctamente.
—Lo estás. —Maldita sea, llevarla al club fue un error. Quería que conociera su negocio e involucrarla en sus noches, quiso mostrarle como era la mitad de su vida. No era tan aterrador y extraño como creía. No podía haber previsto que Lynn apareciera o que Bella saltara a la peor conclusión posible.
Ni idea de cómo llegó a la misma.
—Gracias, Jasper.
—No hay problema. Llámame mañana para mantenerme al tanto.
—Lo haré. —Colgó y apenas esperó a que el teléfono estuviera listo antes de teclear el número. Le respondió una voz femenina.
—Habla Rosalie.
La reconoció como la misma mujer con la que Bella había salido a cenar la noche que le había dado las flores. Antes había estado de su parte, tal vez lo haría esta vez también.
—Rosalie, soy Edward. Estoy… —El teléfono hizo clic y se cortó.
¿Qué? lo sacudió con el ceño fruncido. Le colgó. De ninguna manera. ¿Quién hace eso? Apretando los dientes, marcó de nuevo. Esta vez apenas sonó una vez.
—¿Qué demonios quieres?
Obviamente hablaron. Era algo bueno. Significaba que estaba al teléfono antes de apagarlo. Lo que redundaba en que disminuyera la probabilidad de que fuera herida o atacada.
—¿Sabes dónde está Bella?
—No quiere hablar contigo.
El alivio casi lo envió fuera de la carretera. Estaba bien. Enojada como el infierno, pero bien.
—¿Está contigo? ¿Se encuentra bien?
—¿De qué estás hablando? Señor, te lo juro, los hombres en estos días son idiotas. Mira, no quiere tener nada que ver contigo, déjala malditamente sola. ¿De acuerdo? Está bien. —Hizo clic.
Aflojó el pie del pedal y consideró tratar de localizar la vivienda de la chica Rosalie. No, no podía hacerlo. Probablemente Bella estaba lo suficientemente asustada como para presentarse a sacudir algo de sentido en ella, al igual que un acosador loco.
Incluso si era exactamente lo que sentía correcto en este momento.
Girando en U, se dirigió hacia el norte. No había nada más que hacer esta noche, sólo tratar alejar los demonios en su cabeza, cada uno de los hijos de puta que exigían que se rindiera y la dejara ir. Pensó que era demasiado buena para él, siempre lo sería. Se había hartado de estar en los barrios bajos, y estaba lista para volver a vivir su sueño y esperar un caballero que barriera frente a sus pies.
Pues bien, que se joda eso. ¿No se dio cuenta de que los verdaderos caballeros no eran del tipo de barrer por cualquier persona en cualquier lugar? Eran hombres como Edward, el tipo de hombre etiquetado de Neanderthal y que sobresalía en eso.
Bueno, seguro como el infierno que no se rendiría.
Marcó el número de Bella una vez más y esta vez contestó.
—Hola. —Cristo, estuvo llorando. Podía oírlo en su voz.
—Bella.
—¿Qué es lo que quieres?
Muy bien, no esperaba que estuviera de acuerdo con él después que se fue, pero la frialdad en su voz lo heló con más eficiencia que si hubiera colgado.
—Bebé…
—No, no me llames de esa manera. Ya no.
Cada una de sus palabras era una cuchillada en su estómago.
—Que…
Pero al parecer, no iba a dejar que terminara.
—No quiero tu explicación. —Vaciló—. Yo. No te quiero.
¿Así que estaba a punto de sentarse en su trono de juez y dictaminar su comportamiento? La idiota mujer estaba tan segura de tener razón, que no quería escuchar nada de lo que dijera. Que así fuera. Nunca tuvo que dar explicaciones antes a princesas nacionales del maíz y seguro que no iba a empezar ahora. No necesitaba esta mierda en su vida.
Debería mantener su maldita boca cerrada, pero estaba demasiado hasta arriba de todo.
—¿Sí? Porque no lo dijiste esta noche.
Emitió un sonido que era mitad risa, mitad sollozo.
—¿Sabes qué? Esta noche reafirmé que estaba en lo cierto. Así que gracias. La próxima vez no cometeré el mismo error. Adiós, Edward. —Su voz era tan gruesa por el llanto, que apenas podía entenderla—. Por favor no me llames de nuevo.
Mantuvo el teléfono pegado a su oreja durante mucho tiempo después que colgara. Parpadeó, sólo percatándose en ese instante, que había estado estacionado en una señal de parada desde que contestó su llamada. No sabía qué hacer. Su primer impulso fue encontrarla, pero parecía que ya había tomado su decisión. No importaba lo que sentía o cómo conectaron o que todo fuera grandioso hasta esta tormenta de mierda, no quería tener nada que ver con él. No podía dejarlo más claro, si lo explicara con su labial color rosa, el mismo puto lápiz de labios en el que no podía dejar de pensar.
Edward sacudió la cabeza, tratando de aclarar el zumbido en su cerebro. Necesitaba escapar, al menos por unos días. Aclarar su mente. Averiguar lo que quería. Hacer otra cosa que sentarse en esta señal de parada dejando que el pozo dentro de su estómago se lo tragara entero.
Mentalizándose, condujo a su casa. El solitario lugar parecía burlarse de él mientras caminaba por el pasillo a su habitación. Allí, de cara a la manifestación física de su soledad, supo que irse era la decisión correcta. En su habitación, arrojó un par de cambios de ropa en una maleta de equipaje de mano. Iría a cuidar el club de Los Ángeles, ya que ese era un problema que se podía resolver.
Daría unos días para que esto se enfriase, y luego averiguaría dónde ir a partir de allí. Tal vez si podía sentarse a hablar con ella el tiempo suficiente, podría explicar toda la situación. Tenía que entrar en razón, una vez que se diera cuenta de lo que había pasado en realidad. Por otra parte, no parecía estar exactamente dispuesta a escuchar razones. Tal vez era mejor cortar por lo sano ahora.
Sería tan fácil irse, recorrer sus clubes, y hacer todo lo necesario para conseguir que esa maldita mujer saliera de su sistema. Si se mantenía ocupado, probablemente podría incluso ignorar los dardos cortando a través de su pecho.
Estúpida. Era tan malditamente estúpida. Tiró de la manta a su alrededor con más fuerza. Que Dios la ayudara, pero si Rosalie decía "te lo dije" iba a perder la cabeza.
—Y entonces me fui.
La morena le pasó una humeante taza de té verde, mostrando simpatía en sus ojos verdes.
—Lo siento, cariño.
Las palabras burbujeaban, un veneno que no podía seguir manteniendo dentro.
—Me siento como una puta.
—Oh por Dios. No lo eres. Eres una mujer.
—Una mujer como la maldita Jezebel
Rosalie se acomodó en el sofá y sacudió la cabeza.
—No creo que Jezebel fuera así de dramática
Dolor la atravesó, la tristeza apenas arañaba la superficie de su aflicción por Edward. Cambió cuando estaba con él, se convirtió en alguien... una persona que dejó de pensar demasiado las cosas, y mira lo que pasó.
—¿De qué lado estás?
—El tuyo, cielo. Siempre el tuyo. Pero es la loca de tu madre quien habla. Ya sabes que odio cuando escucho sus palabras salir de tu boca. No eres una puta, eres un ser humano. Es difícil creer que no eres perfecta, pero así es la vida.
Más lágrimas, al parecer tenía un suministro interminable de ellas, surgieron.
Intentó, pero no pudo reprimir un sollozo.
—Yo e—era feliz c—con él. —Esa era la peor parte; le gustaba la persona en la que se convirtió alrededor de Edward. Y estaba mintiéndole todo el tiempo. Imperdonable.
—Lo sé. —Tomó un sorbo de té—. ¿Qué vas a hacer?
La pregunta de su vida. Todo solía ser simple, quería su carrera, su marido, un par de niños, una buena vida. Ahora... ahora, no sabía lo que quería.
—No estoy segura.
—Va a seguir llamando. Lo sabes, ¿verdad?
—No estoy lista para hablar con él. —No estaba segura de que alguna vez lo estaría. Cada vez que pensaba en Edward, veía labial rojo en su mejilla. Tal vez no hablarle era lo mejor. Sin duda era más seguro.
—Bueno. Tomaré las llamadas telefónicas por un tiempo.
—Gracias. —Intentó pero no pudo mostrar una sonrisa—. ¿Puedo... puedo quedarme aquí hasta el lunes?
—Por supuesto.
Rosalie no podría ser su protectora para siempre. Eventualmente tenía que volver al mundo real y enfrentar la situación. No se hacía ilusiones por la tenacidad de Edward, la encontró antes, y lo haría otra vez.
El truco consistía en averiguar qué demonios le diría cara a cara cuando lo hiciera.
—Tal vez puedas simplemente tomar unas vacaciones o algo así. Estoy segura que Florida es muy agradable en esta época del año.
—Cariño, es temporada de huracanes.
Ahí iba ese plan. Se acomodó más profundamente en el sofá.
—Podría ir a visitar a Emmett en Japón.
—Estará allí sólo por unas cuantas semanas más.
—No me lo recuerdes. —Por mucho que quisiera ver a su hermano mayor, realmente no quería tener que explicarle todo lo ocurrido con Edward. Se volvería loco si se enterara de todo lo ocurrido. Sí, mejor que viviera en una feliz ignorancia. Lo que significaba que necesitaría una buena historia para antes de que todo terminara. Suspiró.
—¿Canadá?
—Tres cosas. —Levantó igual número dedos—. Osos, pumas, y tejones. Una risa patética se le escapó
—No creo que los tejones deben estar en las tres primeras cosas que debes evitar en Canadá.
—Piensa lo que quieras. —Se estremeció—. Son aterradores.
Lo absurdo de que le tuviera miedo a los tejones de todas las cosas le quitó un poco de su mal humor
Realmente tuvo éxito con su sonrisa en esta ocasión.
—Estoy segura de que hay una forma de evitarlos. Sólo mantente en las ciudades.
—Vamos a sacar a Canadá de la lista y lo llamaremos bueno, ¿de acuerdo?
—Bien. —Suspiró—. Supongo que tengo que quedarme en la cuidad y resolverlo,
¿verdad?
—Odio ser la que te lo diga, pero estoy bastante segura de que ese neanthertal tuyo te perseguiría a través de las selvas de Canadá. —Se estremeció—. Entonces tendrías que tratar con él y los tejones. Así que mejor no.
—Buen plan. Definitivamente no. Y no es mi nada. Lo demostró bastante bien esta noche. —Podía hacerle frente. En realidad, podía. Mientras tanto, iba a dejar que Rosalie le distrajera con cualquier cosa menos hablar de sexo en los armarios de almacenamiento y Edward.
—Estoy enferma. Muy enferma. —Forzó una tos.
—No lo estás. —No sonaba como que Jasper tuviera la más mínima simpatía—. Evitas venir al trabajo.
Bueno, mierda. Tragó duro.
—Yo sólo... no puedo.
—Bella, no tienes que preocuparte por encontrarte con él. Ni siquiera está aquí. Está en Los Ángeles.
Por supuesto que lo estaba. Ni siquiera esperó dos días antes de irse corriendo con su otra mujer. No pensaba que podría sentirse más lastimada, pero las astillas en su corazón se torcieron brutalmente.
—Oh.
Jasper suspiró.
—Adelante. Voy a tener café esperando por ti. —Colgó antes de que pudiera pensar en otra excusa.
No se atrevía a iluminar su habitual esfuerzo de alistarse para el trabajo. Se puso un vestido y se peinó el cabello en una cola de caballo y lo llamó bueno. Realmente, ¿quién estaba allí para impresionar? No le importaba si Jasper la veía como menos que perfecta. Rayos, ya sabía la verdad. Era una tonta, dispuesta a creer cualquier mentira con tal que sonara un poco convincente.
No. No más golpes a sí misma. Cometió un error, debería haberlo sabido mejor, pero se terminó.
Jasper levantó la vista cuando entró en la galería.
—Perdóname si sueno como un idiota, pero te ves como la mierda.
—No estás ayudando. —Se detuvo delante de su pintura favorita, pero aun así no pudo aliviar el dolor en su pecho. Tomando la taza de café que le ofrecía, se hundió en la silla de su escritorio. Apenas se había sentado cuando sonó el teléfono. Casi gimió en voz alta cuando miró el identificador de llamadas. Emmett.
Tomando una respiración profunda, se obligó a sonreír.
—Hola, hermano mayor.
—Nunca volviste a llamar.
Sí, porque no sabía qué decir.
—Me dio vergüenza por cómo fue nuestra última conversación.
—Bells, estaba preocupado por ti.
—Lo siento. Todo está bien ahora. Fue un momento de debilidad. —Y no uno que pensara repetir, no importaba lo bien que Edward la hizo sentir cuando estaban juntos.
—No sonaba como una debilidad momentánea. Sonaba como que un idiota te rompió el corazón.
—Ya me conoces, elijo a los ganadores. —Se echó a reír, pero se detuvo cuando no sonó natural
—James no fue culpa tuya.
—¿Qué es lo que dicen? La definición de locura es hacer la misma cosa una y otra vez y esperar resultados diferentes.
Emmett tomó una respiración profunda.
—No estás loca y no eres estúpida. James era un pedazo de mierda. Sacudió la cabeza.
—Ya no importa. Honestamente, estoy mucho mejor. Nos separamos, y no lo he vuelto a ver.
—Ni siquiera sabía que estabas saliendo con alguien.
No sabía si lo que tenían contaba cómo salir con alguien, pero no le iba a decir que sólo tuvieron sexo.
—Sí, no hemos hablado mucho últimamente. —Y nunca lo entendería.
—Lo siento, Bells. Realmente lo siento. —Se escucharon voces de fondo. Emmett suspiró—. Tengo que irme. Simulacros, ¿sabes? Te llamaré pronto. Te quiero.
—También te quiero. —Colgó, sin estar segura de sí se sentía mejor o peor después de hablarle. Tomó un sorbo de café y se sentó con un suspiro. Hora de ponerse a trabajar.
—¿Qué harás?
Apenas resistió el impulso de lanzar su móvil a través de la habitación. Juró por Dios que si su hermano le preguntaba de nuevo qué iba hacer habría consecuencias.
—No lo sé. —Pasó el fin de semana extinguiendo incendios. En Los Ángeles, el viejo G.M. no fue tan difícil una vez que se sentaron en la sala de juntas. Tomó veinte minutos firmar un acuerdo, probablemente no trató de intimidar a Edward como lo hizo con Lynn. Después, hubo media docena de pequeños problemas que resolver.
—No sé qué haré. Creo que intentar hablar con ella. —Y esperaba que fuera la última vez. Recordó el horror en su rostro, la misma expresión que tuvo cuando encendió la luz y se dio cuenta que no era Jasper—. Tal vez esto fue un error.
Algo crujió en la línea.
—Estás siendo estúpido.
—No lo soy. Ella y yo somos muy diferentes.
—No es verdad. ¿Alguna vez pensaste que la razón por la cual funcionarían es porque son muy diferentes?
Por supuesto que lo pensó. Era parte es la razón por la cual la persiguió. Pensó que era todo lo que siempre quiso tener. No estaba seguro de estar equivocado. —No es tan simple.
—¿Estás tratando de convencerme a mí o a ti? Porque apestas en ambos. Sólo junta tu mierda y regresa a ella. Sencillo.
—¿Es tan simple que permitiste que tu chica misteriosa se deslizara a través de tus malditos dedos?
Siempre pensó que la expresión "se pudo oír un alfiler caer" era una exageración. Estaba equivocado. Muy equivocado. El silencio entre ellos era tan grande como una pared sin esperanza de ser escalada.
Finalmente, Jasper indicó—: Voy a fingir que no dijiste eso y sigamos adelante.
Junta tu mierda, Edward, porque estoy cansado de recibir tu ira.
Lo peor de todo era que tenía razón. Lo tenía que dejar ir.
—Lo siento.
Durante un largo segundo pensó que diría que no estaban bien.
—No estoy preocupado por eso.
—¿Te das cuenta? Está chica me tiene mal, no puedo ver correctamente. No es natural.
—¿Te preocupas por ella?
Ni siquiera tenía que pensar en la respuesta.
—Sí. Mucho.
—Bueno, se preocupa por ti. Trató de reportarse enferma hoy, y cuando finalmente apareció, se veía como una mierda.
—Estoy seguro que está bien.
—¿Vas a tener lástima por ti mismo?, pensó lo peor de ti, ¿y qué? Sólo se conocían desde hace dos semanas, dos realmente accidentadas semanas. E incluso después de muchas metidas de pata, te dio otra oportunidad. ¿No crees que necesitas bajarte de tu caballo y hacer lo mismo por ella?
Cuando lo expuso de esa manera, se sintió como un idiota.
—Eres un dolor en el culo.
—No. Es necesario que dejes los lamentos y hagas un movimiento.
La peor parte era que su hermano estaba en lo correcto. Claro, la primera noche había corrido gritando que no era nada como un príncipe azul, ¿pero él no había hecho la misma maldita cosa? Se frotó la mandíbula. Ah, infiernos. Si no lo intentaba, siempre se preguntaría lo que pudo haber sucedido.
Cualquier acto tenía que ser muy, pero muy grande para conseguirla de vuelta a su lado… y a su cama. Su mente giró en un torbellino. El normal "soy un idiota y lo siento" junto con regalos no haría nada. Chocolates, flores, joyas, nada de eso haría nada. Pero había algo que sí, algo que quería más que nada. Se apoyó en el escritorio.
—Tengo una idea. Es desesperada, pero es todo lo que tengo.
En sólo dos semanas, todo su mundo se sacudió. Bella apareció, trayendo un soplo de aire fresco que ni siquiera sabía que necesitaba. No quería volver al vacío que fue su vida antes de ella.
Era el momento de recuperar a su mujer.
Dos capitulos más y acaba!
