Disclaimer: Todos los derechos de autor de la presente obra, le pertenecen a Katee Robert. Yo sólo la adapto a los personajes de Crepúsculo de Stephanie Meyer, con fines exclusivamente lúdicos o de entretenimiento.
Capítulo 22
Bella se detuvo en el camino de entrada para mirar el paquete que se inclinaba contra la puerta principal. A juzgar por el sencillo papel marrón, con un hilo atado y el tamaño, era una especie de pintura.
¿Qué estaba haciendo aquí?
Pero no podía fingir que no lo sabía. Sólo había una persona que estaría dejando cosas en su puerta delantera, y no quería saber nada de él ahora mismo. Una semana no fue lo suficiente para resolver cómo se sentía. Un año no sería suficiente.
Con un suspiro, abrió la puerta y acarreó el paquete al interior. Una voz cobarde insistió que lo tirara a la basura, pero eso era muy grosero, no importa quién le hubiese dado el regalo. Bella se conformó con meterlo detrás del sofá. Trataría con eso más tarde, cuando no estuviera a punto de echarse a llorar.
Señor, ella era un desastre.
Mientras que avanzó la noche, Bella no se pudo tranquilizar. Se movió de una parte de la casa a otra, tratando con la misma parte de un libro hasta que se hizo evidente que no podía concentrarse en las palabras, se empujó a través de la nevera, pero no tenía hambre después de todo, antes de que finalmente subiera para doblar algo de ropa. Pero ante la enorme pila de ropa limpia, decidió que no quería hacer eso. Nada podía mantener su interés
Tenía que hacer algo al respecto.
No, no quería verlo. Tenía que ser algo que Edward mandó, no merecía el tiempo y esfuerzo de ir hacia abajo y desenvolverlo.
Por último completamente disgustada con ella misma, Bella agarró su móvil. El tono de llamada sonó un par de veces antes que Rosalie respondiera—. Rose, te necesito.
—¿Qué pasó?
—Creo que Edward dejó algo para mí. Yo… tengo miedo de abrirlo.
Rosalie suspiró y Bella la amó más porque no le colgó en ese mismo momento. — Voy en camino.
—Te amo, Rose.
—Sí, más vale que lo hagas. —Colgó, probablemente estaba maldiciendo a Bella.
Bella se sentó en su cama, meciéndose hacia adelante y atrás, hasta que oyó que la puerta se abrió. Durante un momento de locura, estaba segura que Edward había regresado y cada célula de su cuerpo saltó a la vida. Pero después la voz de Rosalie hizo eco a través de la casa. —¿Bella?
—Arriba.
—Umm jumm. Correcto. ¿Estoy asumiendo que esto es una pintura? Voy a averiguarlo.
El sonido del papel siendo rasgado tuvo a Bella saliendo de la cama en tiempo récord. Ella bajó corriendo las escaleras para encontrar a Rosalie con la pintura en la isla de la cocina. Durante varias respiraciones, se negó a conciliar lo que estaba viendo. —Eso es…
—Sí, parece la pintura por la cual has estado obsesionada por meses —inclinó la cabeza hacia un lado—. Quiero decir, es muy bonita, pero en verdad yo no le veo lo llamativo.
—Es… —Ni siquiera podía empezar a encontrar las palabras para expresar sus emociones. Bella había visto el precio de la pieza; agonizó sobre la realidad que nunca sería capaz de pagarla. Ni en un millón de años.
Edward la compró para ella.
—La tengo que regresar.
Rosalie le dio una mirada como si hubiera perdido la cabeza. —¿De qué hablas?
—No puedo aceptar esto. Es demasiado.
—Cariño, escúchate a ti misma. —Fue a agarrar la pintura, pero Rosalie la sostuvo fuera de su alcance—. Detente un segundo y piensa en esto. ¿Por cuánto tiempo has querido esta pintura?
—Cinco meses.
Rosalie esquivó otro alcance. —¿Y alguna vez serías capaz de comprarla por ti misma?
—¡No! ese es el punto. —Golpeó su cadera con la esquina de la isla lo suficiente para lastimarse. Ouch. —Malditamente no me la puede comprar.
—Realmente no creo que esté tratando de hacerlo. —Cuando la boca de Bella se abrió, ella le entregó un sobre cerrado—. Mira, entiendo que tengas sentimientos encontrados con ese chico, pero tendría que ser ciega para no saber que ese tipo está loco por ti. Lo menos que puedes hacer es leer lo que escribió.
Bella retrocedió como si el sobre en la mano la mordiera—. No quiero saber lo que dice.
—Entonces eres una idiota.
Eso la detuvo en seco. —¿De qué lado estás?
—¿Te estás escuchando a ti misma? Estás enojada con él porque… ¿por qué exactamente? ¿Por limpiarse labial de la cara? No es como si lo encontraste bombeando a esa perra contra la pared. ¿Por ser demasiado parecido a James? Porque en verdad no le veo parecido con el estúpido de tu ex novio. ¿Por dejarte? Cariño, tú eres la que se apartó y le dijiste que perdiera tu número. ¿O tal vez porque te dio múltiples orgasmos? La verdad que eso no suena tan malo tampoco, Bella. —Bajó la pintura y se alisó el cabello—. Te amo, pero esto es ridículo. ¿El hombre te hace feliz?
Ella quería decir que no, pero no podía mentirle a su mejor amiga. —Sí.
—Entonces, una vez más, ¿cuál es el problema?
—Me mintió.
—¿Lo hizo? ¿O bien no le diste la oportunidad de explicarse?
—Lo vi besar a esa mujer.
—Lo viste limpiándose labial. Mira, es muy sencillo. ¿Echarás a la basura la oportunidad de ser feliz por un mal entendido?
—No es un mal entendido. —No lo era.
¿O lo era?
—Lo que te quieras decir a ti misma, cariño. Me voy a casa. —Rosalie se giró y salió de la habitación, dejando a Bella mirándola.
Bien, ahora se las había arreglado para alejar a la última persona en la tierra a su causa. Si Edward realmente estaba tratando de comprar su perdón, estaba haciendo un muy buen maldito trabajo. Sólo había una manera de saberlo con seguridad, sin embargo. Se desplazó más cerca.
Conteniendo la respiración, sacó la carta. Bella se atragantó con una risa. Claro que estaba escrita a mano y la hoja arrancada de un cuaderno de espiral. ¿Por qué ni siquiera la sorprendió eso? Una parte de ella quería burlarse de ello, ¿no podía poner un poco de más esfuerzo? Pero sofocó esa voz. Edward simplemente le había dado el regalo más abrumador de su vida, muchísimo mejor que de cualquier tipo con los que salió. Mordiéndose el labio, comenzó a leer.
Entonces el significado de sus palabras la golpeó. Buscó a tiendas el taburete de la cocina, incapaz de apartar los ojos de la hoja. Este no era un regodeo de "¡Mira lo que te traje!" en una carta. No, esto era algo completamente distinto. Bella leyó dos veces, la dejó y la volvió a agarrar. Miró la pintura y después la carta, ohm sí, él iba en serio.
Bella.
Nena, me gustaría decir que esto lo hiciera mejor, pero ambos sabemos que no soy bueno con las palabras. Así que te voy a decir lo que siento en este momento, y entonces decidirás en dónde estás parada.
Sé que todo esto conmigo no es lo que imaginaste que debería haber sido, y realmente, jodidamente lo siento por lo de la otra noche. Sé que no me vas a creer, pero juro por Dios que no pasó nada con Lynn. Ella es la gerente de mi club en Los Ángeles y fue ahí porque había estado ignorando mis responsabilidades para estar contigo. Me dio un beso en la mejilla como siempre lo hace. Nada más y nada menos.
Pero alejando toda esa mierda, me preocupo por ti. Diablos, mujer, me estoy enamorando de ti, fuerte y rápido y ni siquiera sabía que estaba en ese camino. Es decir, Cristo, me sentí como si hubiera ganado la lotería cuando te metiste a mi cama, pero estar contigo se ha convertido en mucho más que sexo alucinante. Me haces querer cosas que nunca me he permitido antes, y que me han hecho más feliz que en años.
Lo siento, nena, realmente lo siento. Por favor, perdóname. Pero sólo te he encontrado. No quiero perderte.
—Edward.
No era una declaración de amor, pero no lo hubiera creído si él hubiera ido por ese camino. No, no era eso en absoluto. Sólo la pureza de Edward. Presionó el papel en sus labios, su mente dio vueltas. Se estaba enamorando de ella. Lo hacía feliz.
Dejando la carta en el mostrador, se concentró en la pintura. Una muestra de lo loco que estaba por ella, no tratando de comprarla. Dios, Rosalie estaba en lo cierto.
Estaba tan ocupada en vivir en el pasado, que saltó en la peor conclusión posible sin darle la oportunidad de explicarse. Y ni siquiera tenía por qué hacerlo. Al darse cuenta se sintió como una tonta.
Era mucho que pensar. Bella subió las escaleras y fue a la habitación de invitados. La pintura que empezó esa mañana hace dos semanas seguía de pie, medio cubierta, exactamente donde la había dejado. Cruzó la habitación en pasos vacilantes y tiró de la sábana. Incluso después de verla una sola vez, había capturado el tono muscular de su pecho y lo amplio de sus hombros.
Edward sin duda dio una impresión.
Ella paseó en sus recuerdos de su tiempo juntos, centrándose en la mañana siguiente de la reacción alérgica. El desnudó su alma hacia ella para hablar de su pasado, de su madre. Esa era la verdad.
Su gusto por los hombres no era tan malo como pensaba.
Lo que significaba que tenía que encontrar la manera de hacer esto bien. Bella agarró su pincel y lo llevó a la lona. Ya era hora de terminar lo que empezó. Sólo tenía que encontrar el valor para dar ese paso.
