5. Los Weasley siempre se levantan

Alicia se estaba mirando al espejo, peinándose su melena azabache una y otra vez. Hacía ya tiempo que su pelo estaba perfecto y no necesitaba más cuidados, pero ella seguía ensimismada mirando a un punto infinito sin darse cuenta de que los minutos pasaban rápidamente.

— ¡Alicia! — golpeó la puerta Angelina repetidamente — ¡me voy a hacer vieja si te sigo esperando!

Al escuchar la voz de su amiga, Alicia dio un respingo y volvió a la realidad. Abrió la puerta del cuarto de baño, avergonzada por haber perdido la noción del tiempo:

— Perdona, yo… no me di cuenta de que había estado tanto tiempo dentro — se disculpó.

— ¿En qué diablos estabas pensando? — preguntó Angelina con una mirada cómplice, sabiendo exactamente la respuesta que iba a conseguir.

Ella no contestó, pero se puso tan colorada que hizo sonreír a Angelina:

— Roger Davies, ¿verdad? — preguntó pícaramente.

Alicia bajó la cabeza avergonzada y su amiga no necesitó más, sabía que había acertado:

— ¡Lo sabía! — exclamó en un grito triunfal — vas a ir a verle al entrenamiento de esta tarde, ¿verdad?

Alicia asintió nerviosamente con la cabeza, sentándose al lado de su amiga dispuesta a contarle todo.

Todo había comenzado el día de San Valentín, cuando la cazadora de Gryffindor decidió enviarle una linda postal a Roger Davies, el capitán de Ravenclaw. La verdad es que Roger nunca se había fijado en ella más que en el terreno de Quidditch, pero la primera vez que se lo topó después de enviarle aquella postal le dijo que le gustaría verla en los entrenamientos.

Y eso le había puesto muy nerviosa. No pensaba en otra cosa desde entonces y estaba deseando que llegase el momento de verle, por muchos sofocos que le dieran sólo de imaginarlo.

Cuando bajó las escaleras vio a Fred y George, que, como de costumbre, estaban planeando nuevas bromas. Justo en el momento en que ella apareció por la sala común, George se levantó de su asiento, dispuesto a volver a su habitación y largarse de allí.

Alicia no era tonta, sabía que algo estaba ocurriendo, ya que hacía semanas que George la estaba evitando y no sabía por qué. ¿Qué había hecho ella para que él se enfadase? Eran amigos, ¿no se suponía que si había algún problema se lo tendrían que decir?

Con un suspiro, resignada a llegar tarde al entrenamiento, tiró del brazo del gemelo para que se detuviese.

— ¿Me vas a decir qué te pasa? — le dijo mirándole directamente a los ojos, desafiándole a confesar qué era lo que estaba ocurriendo.

George esquivó su mirada como si tuviese algo que ocultar y eso no hizo más que irritar a la cazadora, cuya rabia iba aumentando por segundos.

— ¡Llevas semanas evitándome! — exclamó desesperada — ¡Ahora mismo me estás evitando! ¡No me voy a ir de aquí hasta que me digas qué es lo que te pasa!

Él se encogió de hombros:

— No me pasa nada, Leesh — intentó sonar relajado él, aún sin mirarla a los ojos — estoy cansado y quiero ir a echarme un poco.

Ella le miró de arriba a abajo, indignándose ante su desfachatez. Sabía que le estaba mintiendo.

— No soy tonta — dijo mientras posaba su mano sobre su hombro, ante lo que el pelirrojo se estremeció y apartó enseguida — ¿ves? ¡A esta clase de cosas me refiero! ¿Ahora tengo la peste o qué?

— Mira, Leesh, ahora no me apetece hablar. Estoy muy cansado, de verdad. No me pasa nada, créeme.

— Perfecto — bufó ella, todavía enfadada — bueno, pues vete a dormir, yo me voy al entrenamiento…

— ¿Qué entrenamiento? — le interrumpió él — ¿hoy hay entrenamiento? — preguntó confundido.

— No, de Gryffindor no — se rió ella — de Ravenclaw.

— ¿De Ravenclaw? ¿Qué vas a ir a hacer tú a un entrenamiento de Ravenclaw…? — pero de repente se calló, cuando se dio cuenta de lo que eso significaba.

¿Cómo no se había dado cuenta antes? Por supuesto. Estaba más claro que el agua: iba a ver a Roger Davies.

— Bueno, nada, olvídalo, mejor no me expliques nada — dijo mientras se escabullía a su habitación — vete al entrenamiento de Ravenclaw, diviértete.

En ese momento llegó Oliver Wood, vestido con su informe de capitán, lo que extrañó a los miembros del equipo. Pero antes de que pudiesen preguntar nada, él ya estaba dando órdenes:

— ¡He reservado el campo para toda la semana! ¡Vamos a ganar ese partido contra Hufflepuff, ya veréis! — dijo emocionado.

— A ver si lo he entendido bien, ¿toda la semana? — repitió Fred incrédulo, que se acababa de levantar de su cómodo asiento para protestarle al capitán, otra de sus aficiones favoritas.

— No puede ser… — murmuró Alicia — Ravenclaw está entrenando ahora, ellos tienen el campo…

— Sí, pero terminarán enseguida — no le dio importancia él — nosotros entrenaremos todos los días después de cenar, así que id yendo ya a cenar para darnos prisa en empezar.

— ¿Después de cenar? — se indignó George, que ante la llegada de Oliver aún no se había ido a su habitación como tenía pensado — ¿es una broma?

— ¡No, claro que no! — dijo Oliver, que aún no entendía que el resto de la humanidad tuviese otra prioridad que no fuese el Quidditch — ¡Hay que entrenar duro si queremos ganar el sábado! Y bueno, era la única hora que quedaba libre…

— Porque nadie quiere esa hora, Oliver — dijo Fred.

— No sé por qué — se defendió él — es una hora espléndida…

— Una hora perfecta para dormir, Wood — le interrumpió George.

— Últimamente sólo piensas en dormir — murmuró Alicia, aún enfadada.

— ¡Bien! ¡Un poquito de sentido común! — reaccionó Oliver ante las palabras de la cazadora — voy a llamar al resto… me he encontrado a Harry antes, así que sólo faltan por avisar Angelina y Katie. Alicia, ¿te encargas de avisárselo a Angelina?

— Sí, pero…

— ¡Perfecto! — le interrumpió Oliver — ahora sólo queda Katie, ¿sabéis dónde está?

— Estaba con Leanne en la biblioteca — respondió Alicia resignada.

¿Qué remedio les quedaba? Si a Oliver se le metía entre ceja y ceja entrenar, no había nada que hacer.

Adiós a su "cita" con Roger Davies. Perfecto…

Ese primer entrenamiento sólo fue el comienzo de una semana agotadora para todos los miembros del equipo de Quidditch de Gryffindor. Apenas tenían tiempo para nada: terminar las clases, cenar, entrenamiento y dormir.

No había siquiera tiempo de hacer los deberes que se les iban acumulando y eso estaba poniendo muy nerviosa a Alicia. Odiaba dejar las cosas para el último momento.

Aunque en esos instantes ésa no era la única de sus preocupaciones. George cada vez se estaba comportando más raro con ella y no entendía por qué. Era imposible hablar con él, cada vez ponía excusas más absurdas y sus entrenamientos eran los más fríos y secos que habían jugado nunca. Antes, por muy cansados que estuviesen, siempre había tiempo para unas pocas bromas o risas entre jugada y jugada. Eran incontables las ocasiones en las que George le guiñaba un ojo y se ponía a imitar a Oliver o iba corriendo a salvarla de una bludger exagerando la situación como si fuese una doncella en apuros: "¡George al rescateeeeeeeeeeeee! ¿Qué harías sin mí?" solía decirle.

Todo eso se había ido. De la noche a la mañana. Y ni siquiera sabía por qué. Por más que intentaba hablar con él y pedirle una explicación, era imposible. El gemelo no era sólo ingenioso a la hora de planear bromas, también a la hora de escabullirse.

Pronto llegó el sábado y la hora de jugar el partido contra Hufflepuff. Oliver estaba muy nervioso calentando entre los postes, Katie repasaba mentalmente las tácticas que le había aconsejado Oliver para el partido mientras los gemelos golpeaban con sus bates al aire, calentando los brazos.

De repente, la profesora McGonagall entró en el campo con un gran megáfono, por el que habló enseguida:

— El partido se suspende — anunció la profesora.

Hubo un grito de indignación en el campo. Oliver descendió rápido hasta donde se encontraba la profesora para intentar convencerla de lo importante que era el partido. Pero ella no le hizo caso:

— Volved a vuestras salas comunes, vuestros jefes de casa os informarán de lo ocurrido. Id lo más rápido posible, por favor.

Pronto los alumnos se enteraron de que Hermione Granger y Penelope Clearwater habían sido atacadas. Demasiadas víctimas en un curso que parecía estar maldito. Hogwarts ya no parecía un hogar seguro.

Las normas se habían vuelto cada vez más estrictas. No se podía salir a partir de las seis de la tarde, había que ir a las clases acompañado de un profesor… y las actividades extraescolares, incluido el Quidditch, habían sido suspendidas.

El ambiente estaba tenso. Se notaba en cada esquina del castillo. Se podía percibir en la cara asustada de los niños de primero, que se daban la mano al avanzar por los pasillos para sentirse más reconfortados. Se notaba en la supuesta entereza de los prefectos, que intentaban aparentar calma y tranquilidad, pero cuyos ojos esquivos demostraban que también estaban muertos de miedo.

Todo el mundo estaba preocupado y nadie sabía qué era lo que iba a ocurrir. ¿Habría más víctimas? ¿Estaban seguros? ¿No era mejor volver a casa?

Parecía que estaban viviendo lo peor que había ocurrido en la historia de Hogwarts, todos los alumnos sentían un vacío por dentro ante el desconcierto que sentían ante un futuro incierto. Pero lo peor estaba por llegar.

Ginny Weasley había sido atacada. Y ahora estaba en la Cámara de los Secretos. Era el fin de Hogwarts. El Expreso saldría al día siguiente.

Y ésa fue una de las tardes más largas de sus vidas. Harry, Ron y los gemelos se sentaron en un rincón de la sala común, incapaces de pronunciar una sola palabra. No podían. Percy había ido a mandar una lechuza a sus padres y, mientras tanto, la torre de Gryffindor experimentaba su tarde más silenciosa.

La torre estaba abarrotada como nunca antes lo había estado, pero, sin embargo, su silencio era sepulcral. Nadie se atrevía a decir ni una sola palabra y las miradas inquietas se intercambiaban constantemente.

Alicia, Katie y Angelina habían intentado hablar con los gemelos, darles algunas palabras de ánimo. Pero la garganta les dolía y eran incapaces de decir nada. En su lugar, un abrazo fue el encargado de transmitirles que estaban allí. Que pasara lo que pasara, no estaban solos.

Pero era demasiado difícil. Los gemelos, que irradiaban siempre una felicidad contagiosa, ahora miraban al suelo con caras largas y semblantes preocupados. Su hermana pequeña estaba atrapada. Nadie sabía qué era lo que iba a pasar…

No pudieron soportarlo más y, cuando faltaba poco para que el sol se fuese, los dos se retiraron a sus habitaciones, incapaces de permanecer más tiempo allí.

Cuando llegó su familia, los gemelos fueron a encontrarse con sus padres en el despacho de Dumbledore. Allí se enteraron de que Ron y Harry habían ido a rescatar a Ginny.

Sólo se escuchaban sollozos de la señora Weasley, interrumpidos por algún abrazo que le daba a sus hijos, intentando calmar los nervios sin éxito.

Los minutos parecían horas. Fred daba vueltas por la habitación sin detenerse ni un solo segundo, como si moverse constantemente le evitase pensar. George, al contrario que su hermano, se había sentado en un sillón y había ocultado su cabeza entre sus pecosas manos. No se había movido desde entonces y su respiración fuerte y profunda inundaba la habitación.

De repente, escucharon unos pasos en el exterior. ¿Sería…? Todos se sobresaltaron. La señora Weasley, que se encontraba llorando frente a la chimenea, se giró ansiosa. El señor Weasley, que se encontraba a su lado reconfortándola, también se volvió hacia la puerta, esperando lo inevitable. George había descubierto su rostro y Fred se había detenido de repente.

Y entonces entró Ginny en la habitación, seguida de Ron, Harry y el profesor Lockhart.

Es difícil explicar con palabras el alivio y la alegría que la familia sintió en esos instantes. Las lágrimas de alegría y los abrazos sólo cesaron para dejar que Harry hablase y explicase todo lo que había ocurrido.

Después, la alegría se materializó en forma de un banquete como pocos había habido en Hogwarts. Todos los alumnos estaban en el Gran Comedor en pijama, habiendo recuperado una alegría y una ilusión que habían creído perdida. Hubo ovaciones para Harry, risas, abrazos…

— ¡George! — corrió Alicia a abrazarlo nada más verle — estaba tan preocupada…

Al ver a Fred, también alargó un brazo para que se uniese al abrazo y así los tres se fundieron en un abrazo muy emotivo.

— Todo ha pasado… — dijo Alicia — qué susto, estaba tan preocupada… ¿estáis bien?

— Ahora sí — le sonrió George de oreja a oreja y, por primera vez en semanas, mirándola a los ojos directamente. Alicia sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo al ver que por fin volvían a estar bien. Como siempre.

Angelina y Katie llegaron después y compartieron su alegría con los gemelos, pero Alicia no podía dejar de mirar a George:

— Estoy tan contenta de que todo vuelva a estar bien — volvió a abrazarle efusiva.

George también estaba feliz. Su hermana estaba bien y volvía a tener a Alicia entre sus brazos. Esas semanas evitándola habían sido una tortura y después de lo que había ocurrido con Ginny, se había dado cuenta de que la necesitaba. No podía ser egoísta. Sus sentimientos iban a tener que enterrarse en lo más profundo de su ser, pero evitarla no era la solución. Y ahora se había dado cuenta.

Fue una fiesta estupenda. Gryffindor recibió cuatrocientos puntos entre Harry y Ron, ganando la copa de nuevo. McGonagall anunció que no habría exámenes y Dumbledore les hizo saber a todos que el profesor Lockhart no daría clase el curso siguiente. ¿Qué más podían pedir?

— Pareces contenta — le susurró Fred a Angelina — y yo que siempre pensé que eras otra de las chifladas por Lockhart.

Angelina se rió. Estaba tan feliz… realmente había estado preocupada por la hermana de Ginny y ahora veía a Fred tan bien que… sólo tenía ganas de reír.

— Sabes que tengo mejor gusto — le guiñó un ojo divertida.

— Gracias, gracias — siguió bromeando él.

— ¡Eh, no te tires las flores tú solito! — se fingió ofendida a ella.

— Oh, vamos… — le retó él con cosquillas — reconócelo, todo el mundo se derrite ante mis encantos…

Ella le pegó en el pecho en broma, intentando librarse de sus garras, pero una ola de cosquillas la había atrapado.

Pero no le importaba perder esta vez. Porque estaba demasiado feliz, demasiado contenta, de ver ese brillo de felicidad en los ojos de Fred, ese brillo que en las últimas horas había perdido.

Los Weasley siempre se levantan.


Siento muchísimo haber tardado TANTO en actualizar. Han sido... bufff, me da vergüenza decirlo... ¡cuatro meses! Pero bueno, quienes me conocéis sabéis que he estado muy liada, sobre todo este último mes, que tenía el CAE, módulo de Boston, papeleo de Boston (que aún sigue y es interminable), exámenes, trabajos... ¡de todo! No he parado. Así que PERDONAD, de verdad, el retraso. Espero que disfrutéis del capítulo :)

También este capítulo lleva más retraso de la cuenta porque no me gustan los capítulos tristes cuando se trata de los gemelos y me es muy difícil escribir de ello. Rehusaba a escribir de algo tan triste y, bueno, el trabajo no me ha convencido del todo, ¡pero no os podía dejar esperando más!

¿Tomatazos? ¿Opiniones? Un review me hará feliz :)

Por cierto, lo de la salamandra de fuego del capítulo anterior no me lo inventé yo, en el segundo libro sale que los gemelos le dan una bengala a una salamandra, ¡así que culpad de crueldad a Rowling!

Pronto contesto vuestros comentarios, mientras tanto contesto por aquí los que no tienen cuenta:

Dorothhy: Gracias, cariño, por seguir leyendo. Tú has hecho que haya actualizado por recordármelo por Twitter. ¡Ya me vale!

Belén: Gracias por tus comentarios también. Por fin he actualizado :) ya me contarás qué te ha parecido ;) cuando nos veamos te cuento mis ideas para los próximos.

Gracias a todos por leer :) espero que la próxima vez no tarde tanto.