Cap. III - Manifiesto de las Moiras

Para su tercer año, su desempeño académico había vuelto a la par del suyo y no pudo evitar sentir alivio cuando su nombre escaló al primer puesto tras los primeros exámenes. La felicitó sinceramente, admitiendo que era aburrido no tener alguien con quien competir y ella le obsequió la sonrisa más sincera que había visto en mucho tiempo mientras le prometía mantenerlo con la guardia alta para que no se le suban los humos a la cabeza.

Ella le gustaba, se había dado cuenta al resentir su ausencia en más de un aspecto. Ya no coincidían en la clase de educación física, ni en la de Griego y el asunto lo tenía terriblemente aburrido. Compartían la clase de economía y gobierno pero el intercambio más interesante entre ellos fue cuando ella se burló de su excesivamente perfecta predisposición para las cosas más aburridas y su propio ingenio lo abandonó cuando intentó responder a su hábito de concatenar adjetivos al hablar.

Se debatía entre hacer un movimiento o enterrar esos sentimientos en algún lugar recóndito de sí mismo. Él no iba a quedarse más allá de la graduación. Estaba previsto que volviera a Inglaterra y continuara sus estudios allí, deseo de su abuelo. Se decía a sí mismo que no tenía sentido alimentar un vínculo no destinado a perdurar, al mismo tiempo, y por la misma razón, deseaba al menos saborear algo de ese "amor". No ayudaban a su cordura los rumores que la vincularon con el emperador de Rikkaidai a principios de año (aunque ambas partes lo hubieran negado), ni la amistad repentina que había desarrollado con Tezuka. Aunque ésta última fuera culpa suya en realidad. Pedirle a Oyuki que ayude a Tezuka con la lengua alemana en su lugar fue como pegarse un tiro en los pies, si no fuera un acto indigno de un rey, gritaría y se arrancaría el cabello. Casi quería comprarse unas velas o unas piedras mágicas y preguntarle al universo como la había visto hacer, casi.

Por fortuna no fue necesario, el "universo" le dio un mensaje claro incluso para una pregunta no formulada. Debían trabajar juntos en un proyecto y, por una vez, él no tenía ni pizca de ganas de hacer todo el trabajo y adjuntar luego el nombre de su ignoto compañero, quería trabajar con ella. Había aprendido en su primer año que tras su apariencia de niña atolondrada había una mente aguda, muy capaz de análisis complejos por lo que no se sorprendió al ir a su casa y encontrarla semi sepultada entre libros, mapas, notas de todo tipo, su computadora y una pizarra dónde veía algunas fechas y descripciones de rutas comerciales, eran las 10 de la mañana de un sábado y ella ya había hecho una barrida preliminar de casi toda la bibliografía recomendada por el profesor. El trabajo se terminó ese mismo día, listo para obtener una calificación perfecta, se sentía decepcionado por su propia eficiencia, hubiera querido extender sus encuentros a solas unos días más pero las cosas salieron con tanta naturalidad que no pudo evitarlo. La jornada había salido a pedir de boca, y hubiera sido perfecta si la mitad de su equipo no hubiera aparecido por allí para cenar, pero incluso con ellos ahí debía admitir que fue un buen día.

Y a ese le siguieron otros igual de buenos. Su trabajo en equipo había sentado un precedente por lo que se mostraban más cercanos, es decir, se hablaban de verdad en lugar de intercambiar burlas, sarcasmos o sonrientes gestos de desdén. Se atrevió a invitarla a salir, no era una cita formal pero que ella aceptara le dio ánimos. Fueron a un concierto de tango, habían descubierto ese gusto en común y sentado a su lado pudo oírla tararear con suavidad la mayoría de las piezas que fueron interpretadas. Mientras cenaban aprovechó cada oportunidad para saborear su mirada, su sonrisa, el más mínimo gesto que hiciera era admirado. Fue encandilado por la añoranza evidente en sus ojos al contarle de su tierra natal, una ciudad danesa a las puertas del Báltico, podía imaginar todo lo que le describía con tanto deleite. Ella deseaba volver y él deseó poder quitarle la triste nostalgia que empañaba sus ojos al recordar aquel recóndito mar.

Su mayor acercamiento fue durante el encuentro amistoso entre la selección japonesa y la americana, luego de que él y Sanada ganaran contra la pareja americana, Oyuki se acercó a felicitarlos, incluso si ellos le restaron importancia al asunto. Abrazó al emperador y casi se atraganta cuando lo vio sonreír con auténtico agradecimiento, no creyó que ese tipo fuera capaz de expresar algo. Pero él también recibió un abrazo, el gusto de estrecharla entre sus brazos un instante más del debido sólo fue superado por el beso que recibió en su mejilla, se miraron al separarse y sus ojos estaban tan llenos de palabras no dichas que deseó haber sido más valiente para besarla de verdad. Eso no vendría hasta semanas después, la primera clase que compartieron luego de ser eliminados del torneo nacional. Ella era la única persona en el aula cuando entró, no había nadie más, en su escritorio encontró unas golosinas y un papel con un hermoso fénix dibujado a lápiz, bajo este decía sólo fracasan quienes no lo intentan y quienes se dan por vencidos. La miró, ella sólo sonrió.

-Supuse que no querrías hablar, así que pensé que un dulce podría animarte. Al menos, eso funciona conmigo y los muchachos.

-Gracias.

Quería preguntarle si había visto su derrota en sus runas, pero desistió, de todos modos ya no importaba. Le sonrió con sinceridad, ella le correspondió, su cerebro desconectó cables y sin pensar, de dos zancadas cortó el espacio entre los dos y la besó. Fue el mejor impulso que pudo haber tenido. Requirió toda su fuerza de voluntad para separarse, ella susurró su nombre en un suspiro que provocó que la estrechara aún más, fue la primera vez que la vio sonrojada, y podría jurar que vio la vía láctea reflejada en sus ojos, la vista le encantó, también la forma en que se aferró a sus brazos, como si temiera caer. El hechizo se rompió con el timbre que anunciaba el inicio de clases y la llegada de más alumnos, sin embargo, lo que acaba de iniciar ya no podría detenerse, él ya no podría ni quería contenerse.