¡Men Backers: ¿Makubex y Ban?
Plot: Ban y Ginji pelean por dinero, así que Ban decide terminar con los Get Backers y formar los Men Backers junto a Makubex! ¿Qué hará Ginji ahora…?
Disclaimer: ¡¿Por qué no son míos los Get Backers?
Bueno, este es el capítulo final… ¡Tenía qué terminarlo! TuT ¡No me importa nada! X)
Pues, tengo qué agradecer a Hika Sei por haber sido mi único lector a través de toda la historia XDDD
Y, por supuesto, agradezco a quienes leyeron algunos capítulos sueltos (XD)
Y una mención especial a Mekare-Soulquien también leyó esta historia no Yaoi! :3 Yaaaay!
¡Ah! Y si hay algún despistado por ahí que diga: "aaah, qué flojeeera: reviews" también quiero agradecerles por haberse tomado su tiempo, y leer!
No escribo más, lean el capítulo final!:
Ginji y Ban pasearon la mirada rápidamente por toda la habitación, en busca de la caja fuerte donde, según la historia de la clienta, el yakuza tenía guardadas las cosas que le robó al carguero.
El señor Kenji empezó a ponerse realmente insoportable, forcejeando para soltarse del brazo de Ban, lo cual le sería francamente inútil, además, estaba sorprendido porque había pulsado el botón de emergencias, y nadie había acudido.
No sabía que era culpa de Ginji y su descarga eléctrica, que desactivó el sistema de seguridad.
Seguía jaloneándose, y se le ocurrió empezar a gritar.
— ¡Maldición! — exclamó Ban, mientras Ginji cerraba la puerta. — ¡Tendré qué usar el segundo jagan!
Ginji se adelantó e hizo fluir la electricidad a través de sus dedos, tocando la piel del mafioso. El señor Kenji quedó inconsciente en los brazos de Midou como un muñeco de ventrílocuo. Ban quedó sorprendido de la determinación de Ginji. Es decir: Ginji la tenía, pero normalmente, su determinación surgía en momentos desesperados que le tomaban el corazón y se lo retorcían como un trapo… No en cualquier trabajo que no tenía ningún tormento emocional involucrado.
¿Por qué sería…? ¿Se estaba superando ahora que Ban no lo reprimía? Espera… ¿Lo reprimía?
Ban se lo pensó seriamente durante unos segundos, pero entonces, su orgullo le presentó una nueva propuesta: ¡Ginji era un desgraciado tramposo, que haría cualquier cosa para ganarle este trabajo de recuperación, sin importare nada!
— ¡Jamás te dejaré ganar, Ginji! — exclamó Ban, aventando al yakuza como si fuera la ropa sucia. Esperaba que el rubio se cohibiera, sintiéndose mal, pero Amano sonrió, desafiante.
— Tampoco yo. Hoy no es tu día, Ban-chan. — cuando lo terminó de decir, logró un efecto diabólico con esa sonrisa de shinigami que resplandecía sobre un fondo oscuro. Sólo faltaba que se adornara con una carcajada proveniente de los infiernos.
— ¿Qué…? ¬¬U
— ¡Kyaaaaaaaahhh! — Ginji atacó la pared circundante de la caja de seguridad, destruyendo las bisagras de alguna manera. Ban caviló rápidamente: Ginji había calentado el metal a tal punto, que eran fácilmente maleables, y fue así que pudo sacar las cosas: la caja fuerte tenía adentro un brazalete de oro, con un pequeño dije en forma de corazón, tallado en un cristal brillante. — ¿Qué? ¿¡Una pulsera de mujer? — exclamó Ginji, tomándolo entre sus manos. — ¿Por qué el carguero tenía esto entre sus pertenencias personales? ¿Y por qué el mafioso se lo robó?... — el rubio se encogió de hombros, con una sonrisa de resignación. — Supongo que no puedo juzgar las preferencias sexuales de los clientes…
— ¡Aprendiste de mí, pequeña! — exclamó Ban, cuyas manos Ginji no supo de dónde provinieron, pero le arrebataron el delgado brazalete. Ginji lo soltó instintivamente, evitando que se rompiera.
— ¡¿CóMo Me Dijiste, bAn-cHaN? — Ginji hizo que la electricidad jugara entre sus dedos como chispitas saltarinas y crujientes. — ¡YO NO SOY EL QUE SE LA PASA FANTASEANDO CON AKABANE CUANDO SE EMBRIAGA!
— ¡CÁLLATE, MALDITA ANGUILA PARLANCHINA! — Ban se calló cuando a la habitación entró todo el equipo de Ginji, de improviso, y se pusieron todos bloqueando la puerta. Los serenos ojos azules de Midou se posaron en todo el equipo de fenómenos, como él los llamaba secretamente. Shido, aún un poco desubicado por el reciente jagan, pero más furioso que nunca con él, trataba de ganarse un nuevo poder: MATAR A MIDOU CON LA MIRADA. ¬¬ … No creo que le resulte, la verdad.
Como si pudiera leer su mente, Kazuki se paró frente al ventanal de la habitación, para que Ban no intentara escaparse por ahí. Su desfile hacia la ventana estuvo acompañado del suave tintineo de sus cascabeles.
— No tienes escapatoria, Midou-kun. Ni siquiera tú tienes oportunidad contra todos nosotros. — dijo Kazuki, creyendo fielmente en las habilidades de su equipo, ilusamente, sin considerar que Ban era un caso especial y maravilloso que nadie podía vencer… Además, Ban no veía a Cacabane por ningún lado, y él era el único que podía ser… competencia, para él.
Ban Midou suspiró, con los ojos cerrados, como si estuviera llegando de un viaje largo y tedioso. Se pasó los dedos por entre el puntiagudo y rebelde cabello y los enfrentó de una vez por todas.
— ¿Cuál es su maldito problema conmigo? — les preguntó, con la mente abierta.
— Es un truco, ¡quiere matarnos! — exclamó Juubei, poniéndose frente a Kazuki.
— NO, no, en serio. Díganme — los alentó Midou, con el tono que utilizan los psicólogos escolares.
Nadie supo qué decir, confundidos por la actitud amistosa y motivadora de Midou. ¿Era un truco? ¡Maldita sea, claro que era un truco! ¬¬ — A ver, tú… — Ban pretendió que escogía entre una numerosa multitud. — Fuyuki.
— No me hables de esa forma, estúpido puerco espín… ¡con granos! — añadió, a pesar de que Midou no tuviera ninguno. Eso hizo que Ban pusiera los ojos en blanco al darse cuenta de la fantástica imaginación del hombre mono. Todos miraron a Shido, como si quisieran que hablara por todos. — Tú… Tú… ¡NOS ROBASTE A GINJI! — Ban suspiró, cansinamente. Al ver desechada rápidamente su razón, Shido se apresuró a terminar la historia: — ¡Y LUEGO LO ABANDONASTE! ¡DECÍDETE, ¿QUIERES, MALDITO… CERRO QUE EMERGE DE RANAS?
Caída masiva a lo anime.
— ¡ShiDo! — exclamó Ginji, protestante. — ¡Piensa los insultos antes de decirlos!
— ¡Sí, Shido, nos pones en vergüenza! — le reclamó Kazuki, con la cabeza gacha, y el tintineo de los cascabeles.
— Tranquilo, Kazuki, ya pasó. — dijo Juubei, dándole una palmadita en la espalda.
— ¡Déjame en paz, Juubei!
— ¡Uyuyuy, ¿problemas en el paraíso?
— ¡¿Ya VeS? ¡Por tu culpa, todo el mundo piensa que somos gays!
— ¡¿Por MI culpa? ¡Yo no soy el que se inyecta estrógenos para parecer mujer!
— REPITE ESO, KAKEI.
— ¡Cállense la pinche boca todos, CON UNA FREGADA! — exclamó Ban, exasperado. Todos obedecieron inconscientemente. — A todo esto, ¿por qué todos están TERCOS en tratar a Ginji como un mocoso? ¿Por qué no lo dejan defenderse a él solo, eh?
Silencio.
— ¿Qué es lo que TÚ quieres decir, Ginji? — lo presionó Ban.
Todas las miradas se clavaron en él, cohibiéndolo intensamente. Ahora, Ginji jamás sería capaz de abrir la boca. Le gustaba hablar, claro, pero cuando todo el mundo estaba pendiente de sus palabras, la lengua se le trababa, tartamudeaba, las ideas se le cruzaban, fusionaba unas palabras con otras creando una nueva y sensacional palabra… Y parecía un tarado, más que en ningún otro momento.
Ban lo sabía, ¡Ban pasaba la mayor parte del tiempo con él, y si no sabía que sufría esa parálisis verbal, entonces el idiota era él! Pero no.
Ginji supo que lo hacía a propósito; que quería ponerlo en dificultades cognitivas en frente de todos.
—Ban — dijo finalmente el rubio. — Ban, te odio.
Nadie se había esperado que dijera eso, con el rostro ensombrecido y la voz grave; era algo parecido a la fase posterior del Emperador Relámpago.
Aún así, todos confiaban en que Ginji no podía ser TAN voluble como para convertirse por algo así.
¿O sí…? No, no había manera de que pudiera convertirse en el Emperador del Mal, fuera de la Fortaleza Ilimitada. Además, a Ban le parecería ridículo que Ginji llegara al límite por su culpa, cuando supuestamente Ban era la única persona que podía frenar la terrible transformación de Amano.
Aún así, lo miró cautelosamente, como si fuera una granada sin seguro. Los demás no parecían tan sorprendidos como Ban, pues no tenían ninguna fe en el autocontrol del rubio artificial. Ver a Ban tomar su distancia debió haberlos atemorizado.
Pero no fue así.
Era raro…
Por desgracia, Ban no lo notó.
Las chispas empezaron a crujir alrededor de Ginji, así como sus ojos se oscurecieron, como si no poseyeran ningún iris. El cabello empezó a alborotársele hacia atrás, de una manera rígida y frívola. Toda la apariencia de Amano cayó en una depresión que era visible, y mirarlo era como tener frente a las narices a la representación tangible del odio y el sufrimiento. Era una mezcla desesperante, que podía afectar el estado de ánimo de cualquiera que estuviera cerca del rubio. Y Ban se sintió decepcionado: ¿por qué acababa de provocarle a Ginji algo así? ¿Había sido tan malo, había sido tan infantil? Ahora no le cabía duda de que había hecho sufrir a Ginji.
A pesar de haberlo sacado de su perdición, de haber trabajado día con día para su salvación, y haber logrado una alegría pura e inmaculada en la vida de Ginji, ahora mismo, Ban era el culpable de su corrupción.
Pero dejando eso de lado…
La cosa se había puesto seria: el viento había empezado a entrar por las ventanas de una manera exagerada, haciendo ondear las cortinas a su merced. Ban sintió cómo una especie de campo magnético le impedía acercarse un milímetro más; empezó a escuchar los latidos de su corazón y a sentirlos… dolorosamente, en la garganta, en el pecho... Estaba atrapado, si no podía acercarse a Ginji, si tenía qué ver cómo ese personaje descontrolado tomaba posesión de su cuerpo y acababa con él; si tenía qué verlo llegar al límite hasta que no pudiera más. La tristeza de su pasado estaba reflejada en esos ojos oscuros, despiadados, del que no hacía más daño a nadie más que a sí mismo. Ban ni siquiera estaba preparado para pelear una vez más con el Emperador Relámpago, ni física ni emocionalmente. La verdad, nunca había planeado que las cosas salieran así, cuando decidió ir tras Makubex a la Fortaleza. ¿Cómo dejó que pasara?
— Ginji. — dijo Ban, finalmente. Sabía que tenía qué disculparse, pero jamás lo había hecho, y las palabras de disculpa simplemente no afloraban de sus labios así… tan fácil como decir: "En Parangaricutirimicuaro la otorrinolaringología promueve el uso de metilcloroisotiazolinona" ¬¬ … Es lo peor que he escrito.
— n.n Ban-chan — Ginji le arrebató el brazalete de sus manos inmóviles. — ¡Te engañé!
— ¡¿qháááá? — farfulló Midou, todavía consternado. La fuerza aislante que lo mantuvo a raya desapareció, haciendo que Ban perdiera el equilibrio al haber estado empujándose hacia delante; sin embargo, adelantó un pie y evitó caer.
— ¡Ginji-san! — exclamó Kazuki, pidiéndole un pase. Ginji se lo dio, y Kazuki corrió junto a todo el equipo de Amano. Se lo fueron pasando unos a otros, corriendo como alma que lleva el diablo, con la adrenalina envenenándoles la sangre… Y ninguno pareció notar que Midou no hizo el más leve intento de correr tras ellos.
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— La regué.
Fue lo único que pudo pensar Ginji, una vez que su equipo le entregó el brazalete al carguero del puerto.
La historia salió de sus labios: ese brazalete era un regalo que le había hecho a la mujer del mafioso.
El carguero había trabajado arduamente y había ahorrado mucho dinero, no demasiado, pero sí suficiente, para poder casarse con esa mujer. Lo tenía todo solventado: comprarían una casa modesta cerca del puerto, sobrevivirían con el dinero que él podía conseguir diariamente, y la vida jamás habría sido más dulce. El carguero sabía que ella también lo amaba intensamente.
Sin embargo, antes de que él pudiera proponerle matrimonio, ella le llegó con la historia de que ya estaba casada, y con un mafioso.
Ella lamentaba haber jugado con sus sentimientos, pues desde que lo conoció, ella ya tenía marido.
Las esperanzas y el corazón del carguero se rompieron, pero no le guardó ningún rencor, incapaz de transmutar el amor que sintió por ella, en odio.
Entonces, tomó todo ese dinero, y compró el brazalete más caro que pudo encontrar: era de oro blanco, con un dije de diamante tallado en forma de corazón; y se lo regaló a la mujer del mafioso.
Sin embargo, ella no podía llegar a casa con algo así, además, no podía hacerle eso al carguero. Así que lo rechazó. Y él jamás volvió a verla.
A pesar de eso, el mafioso se enteró de la historia gracias a sus redes de información, y le pareció que lo más adecuado no sería vengarse con su mujer por la traición que le acomodó; sino que iría con ese bastardo infeliz y le quitaría su más preciada posesión: el brazalete.
Fue entonces cuando la esposa del mafioso contrató a los Get Backers para que robaran el brazalete de la caja fuerte del mafioso, y se lo regresaran al carguero.
El carguero escuchó eso con lágrimas en los ojos, conmovido de que ella hubiera hecho algo así por él, cuando pensó que ella lo odiaba. Esa acción valía mucho más que el brazalete, era algo que el carguero atesoraría, sin riesgo de que le fuera robado.
Ginji también se sintió intensamente conmovido, pero eso era normal en él.
Los demás estaban regocijados.
Todo ese sentimiento agradable se intensificó aún más, cuando el carguero decidió que ese recuerdo le era suficiente. Y les regaló el brazalete, como si fuera una especie de paga por haber sido los mediadores entre la última buena acción que tuvo la mujer que amaba irracionalmente, y él.
Trataron, por supuesto, de disuadirlo, pero el hombre estaba contento; era joven y trabajador, y vivía con el dinero que conseguía al día. Finalmente, Shido les comentó que mejor no se metieran con las posibles torcidas facultades mentales de un hombre que idolatraba a una mujer, y aceptaron el regalo.
La mujer del mafioso también les pagó muy bien: dos millones de yenes a cada uno: a Ginji, Shido, Kazuki y Juubei.
Por supuesto, Amano no pudo disfrutar de esa paga, ni de la del brazalete, pues ya debía ese dinero a Shido.
Ginji simplemente deseaba que la mujer del mafioso regresara con el carguero, pues jamás encontraría una devoción parecida en ninguna persona, y eso sólo podría traer una felicidad inmensa, y que valía la pena sacrificarlo todo por ella.
Su equipo cambió el brazalete por dinero y lo repartieron.
Hicieron una fiesta en el Honky Tonk por una recuperación exitosa, y cada quien se fue para su casa.
A pesar de que el ambiente festivo se quedó pegado en las paredes y regado en el suelo, Ginji se sentía como… Sí, eso era: como mierda.
— ¿Qué te pasa, Ginji-san? — le preguntó Natsumi, mientras lavaba los últimos platos. Era una pregunta social: a la gente nunca le iba a interesar la respuesta.
— Saboteé el trabajo de Ban-chan de la manera más ruin. — susurró Ginji, como si ya no le quedara suficiente aire en los pulmones. Enterró la cabeza en los brazos que tenía cruzados sobre la barra. — ¡Cada vez la riego más y más! ¡Primero, rompo la concha millonaria, luego saboteo su trabajo con una bola de montoneros, y para rematar… Le quito el brazalete de las manos con una vil actuación del Emperador Relámpago que DABA PENA AJENA…! — Ginji Empezó a sollozar descontroladamente.
— … Bueno, Ginji-san… — Natsumi pensó en qué decirle para remediar la situación, pero su mente se quedó en blanco. — n.n Es cierto: Suena como si tuvieras la culpa de todo. :D No es por nada…
— ¡Natsumi-chan! — Ginji la jaló para abrazarla y llorar en su hombro, haciendo que la pobre mesera enterrara la cara en la espuma del jabón lavaplatos.
— ¡Wah… Gin-chan...! =u=
— Oi, empalagoso. — dijo una voz grave y peligrosa.
Ginji se giró hacia la puerta.
— Ban-chan…
Incluso Paul Wan levantó la mirada de la sección de Actualidad de su periódico, y eso que estaba a la mitad de un acalorado artículo político.
Natsumi también se le quedó viendo, con la cara espumosa y blanca, como un yeti, con unos ojos enormes e inocentes que se preguntaban qué era lo que iba a pasar a continuación: ¿Una disculpa? ¿Una masacre?
Ojalá tuviera más experiencia en la vida, como para saber cuándo debía correr, y cuándo no.
Paul sabía que este era un momento crucial e importante, un momento que no debía ser interrumpido por ninguna persona, por ningún sonido, ni por ninguna mosca revoloteando entre ellos, dando círculos.
El ambiente debía mantenerse intacto para que el orgullo no pudiera hacer de las suyas una vez que salieran de ese lapso.
Por eso, sabía que lo más conveniente era tomar el periódico, doblarlo a la mitad y tomar a Natsumi escaleras arriba, para que los Get Backers pudieran hablar tranquilamente.
Sin ser percibidos porque, como ya mencioné, nada debía ensuciar este íntimo ambiente.
— ¡Hey, ustedes dos, deudores, agarren sus cosas y lárguense de mi café! ¬¬#
— ¡¿Kháaaa?
Ginji y Ban cayeron estrepitosamente al suelo.
— ¡Sáquense, sáquense! No vuelvan hasta que me hayan pagado cada centavo — siguió insistiendo el dueño del Honky Tonk, sacándolos con una escoba, como si no merecieran si quiera que los empujaran a la salida. Ginji se quedó lloriqueando y quejándose como siempre, del mal trato de Paul, tratando de provocar lástima. Ban simplemente se resignó, poniendo esos ojos de serpiente que solía usar en ocasiones de aburrimiento.
Dentro del café, Paul cerró las cortinas y regresó con Natsumi, haciéndole plática mientras lavaba un enorme plato cuadrado.
— ¡Paul-chan es MALOOO! — sollozó Ginji, con la voz entrecortada.
— OYE — lo interrumpió Ban. Entonces, Ginji se convenció: no era un sueño: ¡Ban-chan volvía a hablar con él…! Después de todo, a pesar de que nadie había dicho ni una palabra sobre la concha de los cinco millones que rompiera el rubio.
Ginji supo que era el momento de disculparse por eso… Ah, claro… Y por haberle usurpado el trabajo. -_-
— Oye… ¿No crees que ya estás demasiado grandecito como para seguir haciendo esas escenitas patéticas de niño perdido? — lo molestó Ban.
— ¡NO ME RIDICULI…! — Ginji lo encaró para gritarle de una manera más eficaz, y fue cuando se dio cuenta de que el cabeza de erizo le estaba sonriendo. —… eh… — Ginji bajó la cabeza, afectado por el repentino cambio de actitud de Ban; ahora, no sabía cómo reaccionar exactamente. Quizás debía bajar la guardia, pero eso podría utilizarlo el aprovechado sinvergüenza de Ban-chan, y entonces… Pegarle, o… Bajarle los pantalones en frente de toda la calle… Uno nunca sabía cómo podía reaccionar. — " =u=U " — está bien, eso de los pantalones era demasiado.
— ¿Entonces…? — insistió Ban, al ver que, al parecer, se había quedado sin hablar ni nada.
— ¿A qué te refieres? Mis berrinches siempre han funcionado para que Natsumi nos dé de comer, y antes no te habías quejado cuando te estabas comiendo esos deliciosos sándwiches de a…
— No, no me refería a este berrinche. — lo cortó Ban.
— Ah… Te refieres a… — Ginji pensó lo único que se le ocurrió: su patética actuación del Emperador Relámpago: peor que un cosplay en una convención de anime de baja calidad, después de que todos se hubieran embriagado con sake a mitad de precio. — Ban… Lo único que quería era ganar ese brazalete. — Ginji apretó los puños, y luego lo miró con determinación. — ¡Porque quería ser mejor que tú! — lo dejó salir, sin consideraciones. Ban abrió los ojos con sorpresa, e incitó a Ginji a que terminara de hablar.
— ¿Qué… qué tanto cacareas?
Ginji dejó que su nivel de agitación disminuyera.
Decir lo que sentía no era problema para él, porque sus sentimientos siempre habían sido puros. Pero… En este momento, sus más profundos sentimientos y sus pensamientos eran oscuros, eran los culpables de que hubiera actuado de esa forma tan inusual en él: Había usurpado el trabajo de Ban y, con eso, su dinero. Un dinero que le pertenecía en primer lugar, porque el trabajo había sido ofrecido a Ban y a Makubex.
Ginji se sentía tan mal consigo mismo que tenía ganas de pegarle a alguien.
Ahora, tenía qué confesar esos sentimientos tan despreciables, y no quería hacerlo; a la vez que salían de entre sus labios sin poderlo evitar.
— Quería demostrarte que los Get Backers no eran funcionales nada más por ti. ¡Tenías que darte cuenta de que soy capaz de hacer un trabajo, aunque no esté a tu lado…! Y aunque… Hayas contratado a Makubex, por alguna razón, para sustituirme. — Ginji terminó la oración, con la voz tan afectada que era casi inaudible. — Jamás entenderé tu mente, Ban-chan.
Es…
Rara.
Ban lo miró sin afectación.
Parpadeó un par de veces, tratando de entender la imagen. Ginji estaba hecho un desastre: tartamudeando, ruborizado, golpeado por la culpabilidad.
Esa expresión que Ban jamás podría lograr, era única…
— ¡BWAJAJAJAJAAJAJAJAJJAJJAA!
— ¿Eh?... — Ginji levantó la cabeza para verlo, y sintió cómo enfurecía… — ¡¿Ehhh, POR QUÉ TE ESTÁS RIENDO, CABEZA DE ALFILETERO?
— ¡CÁLLATE! — le ordenó Ban, y siguió riendo.
Ginji se sintió ofendido, pero también se sintió extrañamente aliviado.
— ¡¿Por qué quieres que me calle, PORQUE NO TE DEJO ESCUCHAR TU PROPIA RISA? — Ginji seguía sin entender que mientras más se indignara, Ban más se reiría de él. Era una especie de círculo vicioso del que no podría salir nunca, porque no tendía a quedarse callado una vez que se reían de él, y como consecuencia, la regaba más y más.
Pero Ban se estaba riendo, después de todo.
De pronto, Ginji supo que todo había vuelto a la normalidad. Una sensación de calidez lo invadió, reconfortando cada célula de su cuerpo; y no pudo evitar (estaba siendo movido como una vil marioneta por la intensidad de sus emociones) sonreír.
Ban se dio cuenta del silencio y dejó lentamente de reír. Ginji lo miraba.
— ¿Te enojaste? — le preguntó Ban, cuidadosamente.
— No. — Contestó Ginji, — Siempre te ríes de mí.
— ¡No! — exclamó Ban, sintiéndose incomprendido como un niño pequeño, lo cual era frustrante. — ¡No me refería a eso! — desechó la idea del rubio, haciendo aspavientos innecesarios. Ginji lo miró, aún sin comprender; Ban lo miró con esos ojos azul intenso, radiantes, y todavía con una sonrisa. — Me refería a Makubex.
— ¿A Makubex…? — repitió Ginji, quedándose un momento en silencio, mientras asociaba el nombre con los últimos eventos. — A Makubex… — dijo entonces, — yo jamás podría odiarlo. — aseguró, con una expresión enternecida, como si estuviese hablando de su hermano pequeño.
— ¿Te enojaste conmigo? — preguntó Ban, entonces.
— ¿Contigo? — exclamó Ginji sonoramente, como diciendo "¡No!" de una manera sarcástica. Sin embargo, lo que Ban escuchó fue un — No. — completamente limpio y sin rencores.
— ¿No te enojaste conmigo? — repitió Ban, incrédulo.
— =-= No. — confirmó Ginji, empezando a molestarse.
— ¿Aunque te reemplacé con tu reemplazo?
— ¿Con mi reemplazo? ¿Desde cuándo eres tan redundante?
— No lo fui: — lo corrigió Ban, y se dispuso a explicar: — Makubex fue tu reemplazo dos veces: en los Get Backers, y como líder de los Bolts. — (siempre había creído que era Volts con "v" y resulta que es con "b" jeje…)
— GGG… — Ginji se dio cuenta de que así era. Y su rostro ensombreció diabólicamente. — ¿Estás diciendo que… usaste a Makubex con alevosía y ventaja, para DARME CELOS, porque ya tenía un Historial de haberme reemplazado?
— ¬u¬ Sí. — contestó Ban, sonriendo de una manera sinvergüenza.
— Ah… Vaya… — Ginji suspiró largamente. — Qué sincero...
— Es mentira. — Ban sacó la cajetilla de cigarros de su bolsillo en la camisa, y extrajo uno de ellos con un movimiento hábil. Lo tomó entre sus labios y accionó el encendedor. Ginji se aproximó y se lo quitó de la boca, sin decir una sola palabra, pero dando perfectamente a entender su sermón de siempre: que ya dejara de fumar, no por él, sino por los pobres fumadores pasivos, quienes no habían elegido morir de cáncer, como él. — Bueno. — Ban se metió el encendedor a la bolsa del pantalón. Morir por fumador… ¡Jah…! Como si fuera tan frágil para morir por una causa tan humana. — En realidad… Saqué al joven Makubex porque quería hacerlo.
Quería que supiera lo que es la vida fuera de la Fortaleza… También quería que se la pasara yuju con una chica, pero no hubo oportunidad. ¬¬
— ¿Que se la pasara qué? -_-U
— Pues parece que le gustó mucho.
— ¿A Makubex? Me alegro. — dijo Ginji, y era verdad. Su corazón se contentó. — Espero que le hayas mostrado lo mejor de nuestra sociedad… — los ojos de Ginji se pusieron grandes como los de un gato chantajista en plena noche… Recibiendo un golpe en la cabeza.
— ¡Tú y tus ideales! — lo regañó Ban, quien no poseía ninguna clase de amor por la sociedad.
— -_-
Ban se dio cuenta de que Ginji volvía a ensombrecerse… ¡Y justo cuando había pensado que ya era el Ginji de siempre!
Tenía qué actuar rápido, tenía qué volver a sacarle una sonrisa, por lo menos.
— Tú también lo sabes, Ginji: una vez que sales de la Fortaleza, cualquier pedazo de ciudad, con basureros y mariguaneros drogándose en un callejón, parecen maravillosos, ¿no es cierto? — le recordó Ban, con una sonrisa de complicidad. Ginji recordó cuando acababa de salir de la Fortaleza; cuando desesperaba a Ban con sus observaciones y comentarios sobre lo increíblemente maravillosa que era Shinjuku.
Ginji también le sonrió.
— Sí, lo entiendo a la perfección. — contestó con nostalgia.
Lo estaba logrando.
Aún así, todavía le faltaba algo, para volver a ser el Ginji de siempre.
Esto le estaba costando trabajo a Ban, pero no le importaba. Las cosas se aprecian mucho más cuando te esfuerzas por ellas, sobre todo si, para eso, tienes qué luchar contra la parte diabólica de una persona, que la hacía ganar poderes insospechados y otro nombre, como… Emperador Relámpago.
— Ban-chan… ¿los Get Backers van a volver?
Tan típico de Ginji: cambiar el tema de repente, porque había estado teniendo una idea desde hace rato, la cual no podía apartar de la cabeza. Ban se sintió como en casa. Quiso contestarle de una forma ingeniosa y burlona, de preferencia, por haber bajado la guardia de esa manera y expresar lo que deseaba su corazón, pero una parte de él le dijo que ya había sido suficiente.
Ban asintió con la cabeza.
— ¡Ban-chan! — Ginji se abalanzó contra él.
— ¡Waaah… pesas! — se quejó Ban, cuando no le quedó más remedio que soportar el peso del rubio.
— Gomen ne, Ban-chan. — se disculpó Ginji, haciéndose chibi para no molestarlo.
…Sí eso era.
Lo que a Ginji le faltaba para volver a ser el mismo de siempre:
Simplicidad.
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— ¿Así que regresaron?
Preguntó Hevn, aunque eso era obvio: de otra manera, los Get Backers no estarían sentados en la misma mesa; de hecho, no estarían sentados en la misma cafetería. Y el detalle de que estuvieran peleándose por el último triángulo de sándwich, sólo reafirmaba la contestación a la pregunta de la voluminosa rubia.
— Ahora entiendo por qué Shido estaba tan enfadado hace rato, cuando me lo encontré por la calle. — dijo la intermediaria, en cuanto Natsumi confirmó. — Por favor, Natsumi-chan, dame un té helado, me muero de calor. — se hizo aire con las manos, atrayendo a Ban hacia su mesa.
— Entonces, lo mejor será que te echemos una cubeta de agua encima para…
— ¡Ban-kun! — Hevn lo golpeó en cuanto sintió la presencia oscura y pesada detrás de ella, antes de que llegara a tocarla. — ¡Pervertido!
— ¡Hoola, Hevn-san! — canturreó Ginji, llegando hasta la barra de la cafetería. — ¿Qué pasa, qué pasa, nos tienes un trabajo nuevo? — exclamó, totalmente eufórico, como cachorrito. Hevn lo tomó por los hombros con una sonrisa de indulgencia.
— Oye, oye, tranquilízate… Simplemente soy una clienta. — se autodenominó. En ese instante, Natsumi le dio el vaso con el té helado. — ¡Ah! ¡Gracias, Natsumi-chan! — le dijo de todo corazón, y empezó a sorber por el popote. El frío le cayó como unas vacaciones en septiembre. — Pero, oigan, ustedes dos… ¿Qué es lo que pasará con Makubex?
— Volvió a la Fortaleza… — dijo Ban. — Al parecer, se traumó con nuestra maravillosa ciudad. ¬¬ yaay…
— ¡Ban-chan, te advertí que le mostraras lo mejor de la sociedad…!
— ¿Ehhh? ¡Pero si me lo dijiste una vez que ya le había mostrado lo peor!
— ¡Uyyy, Ban-chan, eres de lo peorcito que hay!
— ¡¿CÓMO DICES, SANGUIJUELA?
— Qué alegría que hayan vuelto a reunirse. — exclamó Paul, con resignación al Apocalipsis.
— Pues yo me alegro mucho. — murmuró Natsumi, mirándolos con regocijo.
Ni siquiera le importaba que ya no podría ahorrarse los 5000 yenes mensuales que gastaba en… ¡Comida para los Get Backers! (Inserte comercial aquí).
Por su parte, Shido pagó las cuentas, sin que Madoka se enterara de nada por su cuenta, y digo por su cuenta, porque Shido no soportó más la presión del amor, y le confesó que había abusado de su confianza al gastarse, sin querer, el dinero destinado a las cuentas. Madoka se entristeció, pero luego Shido le dijo que ya todo estaba arreglado.
Entonces, ella le sonrió y lo acusó de tontito, pues no tenía qué haberse tomado tantas molestias para reparar un daño que a cualquiera pudo haberle pasado.
— Ah… Madoka… No te merezco… Gracias. TuT — decía Shido incoherentemente, entre ilusiones, delirios y sueños.
De parte de Kazuki y Juubei, ellos no se enojaron más tiempo, no se preocupen.
Mientras tanto, Emishi recibió a Makubex con los brazos abiertos y chorreando lágrimas y mocos.
— ¡Makubex-han! ¡Todos te extrañamos tanto! ¿¡Cómo pudiste abandonarnos así!
— exclamó, mientras frotaba su mejilla contra la del chico.
— Emishi… — dijo Makubex, quitándoselo a duras penas. Luego, sonrió. — También yo los extrañé.
— ¡Makubex-han! — exclamó Emishi, llorando más.
— n.n …
— ¿Por qué decidiste volver. Makubex? — preguntó otra voz. Era Sakura Kakei. Se escuchaba resentida, por una razón que hizo sonreír al desapellidado.
— ¡Volví por ti! :D
Sakura se ruborizó furiosamente.
— ¡Makubex…!
— ¡Makubex, eso no es justo, no hagas ese tipo de comentarios frente a mí, te mataré…! — se escuchó la voz de Juubei, por algún lado.
Makubex sólo siguió sonriendo.
— "Bueno, finalmente, funcionó.
Ban y Ginji están juntos de nuevo. — Makubex suspiró. Y sintió escalofríos. — ¡Pero jamás volveré a salir de la Fortaleza, lo prometo! :S"
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¡Ese fue el fin! Qué largo estuvo, creo que me pasé… u.u
¡Gracias a quien lo haya leído, aunque no me deje ningún review, pero… De preferencia, hágalo. ¡Apoyen las historias no yaoi de Get Backers! XDDD
De nuevo, iooo gracias!
Estoy feliz de haberla terminado, así como aliviados están ustedes. :D
¡Adiós, sigan leyendo fics en vez de hacer la tarea, onegai!
