Disclaimer: Los personajes no me pertencen, son creación de Rumiko Takahashi. FF creado sin fines de lucro.

* Publicación: 16 de Abril 2023


LA CAÍDA DEL TAISHO

La noche de la Luna Nueva

Aún bajo la mirada gélida del grupo de guardias, Kagome mantuvo la barbilla en alto y los ojos firmemente posicionados en el que parecía encabezar al grupo. La larga trenza del hombre bailó tras él mientras daba varios pasos hacia ella y la cuestionaba con ojos intensamente azules.

—¡Identifíquese! —exclamó.

Kagome tragó saliva de la forma más delicada que pudo, reconsiderando tardíamente su estrategia que carecía de un "plan" propiamente dicho principalmente porque olvidó incluir algunos elementos que podrían haber resultado útiles: un arma, quizás… o una ¿resortera? No estaba segura.

—¡No me haga repetirlo, señorita! —exclamó el hombre con menos paciencia que antes.

Con el labio inferior tembloroso, removió la capucha que cubría su rostro para dejar que la luz amarillenta de los faroles lo ilumine por completo.

—¡Mi nombre es Kagome y exijo que dejen a este hombre en paz!

La convicción en su voz hizo que el hombre de la trenza soltara una carcajada que heló la sangre de Miroku.

"¡Maldición! Perdió la cabeza….", pensó mortificado.

—Señorita, creo qu- ¡OYE!, ¡¿PORQUÉ HICISTE ESO?!

Miroku trastabilló casi cayendo al suelo, frotándose el hombro donde le habían encajado de un golpe el pomo de la espada.

—¡Guarda silencio, basura!

—Dejen de perder tiempo—exclamó el hombre más alto—. ¡Ginkotsu! ¡Renkotsu! Registremos la carreta y acabemos con esto de una vez.

"¿Ginkotsu? ¿Renkotsu?"

El aire alrededor de los pulmones Kagome se tensó. ¡Los siete guerreros legendarios! Legendarios por su crueldad y experticia en el arte de la tortura. ¿Habían enviado a los Shichinintai sólo para una barricada? ¿Por qué? "¿Por qué?", Kagome se lo preguntaba una y otra vez. Cuando Ginkotsu levantó el cobertor que cubría la parte trasera de la carreta, la imprudente joven soltó un sollozo.

—¿De qué se trata esto? —preguntó Renkotsu.

Los ojos de Miroku brillaron con astucia y fingida inocencia.

—Se lo dije, oficiales. Son juguetes para los niños del pueblo, para el festival de San Nicolás —explicó.

—¿Eh?

Todos se giraron a observar a Kagome, quien no podía ocultar su asombro.

—El festival de San Nicolás, señorita —repitió, burlonamente el de la trenza.

Ahora Kagome reconocía a ese hombre como Bankotsu, líder de los Shichinintai. El hombre era popular entre las doncellas por su gran atractivo físico, sus ojos azules, su piel bronceada y sus facciones marcadamente masculinas eran motivo de suspiros. En ese momento, Kagome no podía ver más allá del brillo sádico que iluminaba sus ojos.

Con tres de los guardias revolviendo la carreta, la pequeña mujer comenzó a hundirse en las consecuencias de su impulsividad. Miroku sí tenía un plan y estaba resultando mucho mejor que el suyo nacido de la imprudencia. Kyokotsu, el más alto de todos —que parecía más un gigante que un humano—, tomó un caballo de madera tallado a mano y comenzó a inspeccionarlo.

—Estos juguetes, ¿cómo los consiguieron? —preguntó extrañado por la calidad de sus detalles.

—Son donaciones de Lord Naraku, oficial.

—Lord Naraku, por supuesto —masculló despectivamente Bankotsu por lo bajo—. ¡Ya! Déjalo ir Renkotsu, estamos perdiendo el tiempo.

El guardia, cuya finas facciones contrarrestaban con la agudeza de su mirada, asintió con la cabeza y bajaron del vehículo sin molestarse en ordenar su revoltijo.

—Apura el paso, vas a despertar a todos con ese ruido —exclamó Bankotsu.

Aunque Miroku bajó la cabeza en agradecimiento, se perdió en la noche la gota de sudor que se deslizó por su sien. ¿Qué harían con Kagome? La miró removerse incómoda, su rostro ya no ocultaba su desesperación.

¡No podía dejarla ahí!

—Señorita, ¿desea que la acerque a su hogar? —preguntó a tientas, aunque la respuesta que recibiría era más que obvia.

—¡Sí! Por favor... —rogó Kagome.

—¿Ha perdido la cabeza por completo, señorita? —preguntó Renkotsu, haciendo énfasis en la última palabra.

—No estará sola, ¡yo la acompañaré! —exclamó Sango, saliendo a la luz de los faroles.

"¡Me estás jodi-!" Miroku no aguantó y se llevó la mano a la frente. ¿En serio? Dos doncellas, mandándose al frente de los guardias más implacables que habían pisado el reino… ¡MIERDA!

Sango no iba a quedarse a oscuras, mientras se llevaban a Kagome. ¡Jamás!

—De ninguna manera dejaremos a dos jovencitas solas con este maleante —dijo Kyokotsu.

Bajando el arma, se dirigió a Miroku con un ademán de la mano.

—¡Vete de aquí! Antes de que cambiemos de idea…

Kagome miró a los ojos a Miroku, y asintió levemente. Comprendía a la perfección que la revolución era más importante que ella misma. Admitía su error, por su imprudencia se había puesto en una situación sin salida y había arrastrado a Sango consigo.

Bankotsu se acercó a Kagome y tomó entre sus dedos la insignia que ostentaba como broche en la capa.

—¿El escudo de los Higurashi?

Los ojos azules de Bankotsu relucieron.

—Así que la hija revoltosa del Comandante Keitaro anda haciendo de las suyas otra vez, ¿eh?

—Por favor, sólo déjenla ir —suplicó Sango—. Prometo que iremos directo a la casa.

Los siete hombres estallaron en una risa que enfureció a Kagome y silenció a Sango.

Una pregunta quedó colgando en el aire: ¿cómo había llegado la hija del Comandante del Ejército Imperial a esa situación?


Sigo viva y escribiendo...

A.