Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 21

Hubo un quejido, alto, largo, y de manera explícitamente doloroso. Más de cerca se parecía al de un animal herido. Aunque con un animal, no habría habido tantas palabrotas. Estos ruidos que venían detrás de mí no eran de diversión. No, estos ruidos venían de un nivel especialmente particular del infierno llamado: La mañana después de un camión cargado de alcohol.

—Calabacita. —Enterró su cara en la parte posterior de mi cuello, presionando su piel caliente contra mí—. Mierda.

—¿Hmm?

—Duele.

—Mm.

La mano enterrada en la parte delantera de mis bragas se flexionó y curvó. Presionó todo tipo de lugares interesantes, haciéndome retorcer.

—¿Por qué pones mi mano dentro de tu ropa interior mientras duermo?

—¿Qué es eso? —murmuró—. Dios, mujer. Estás fuera de control. Me siento violado.

—Yo no lo hice, cariño. Lo hiciste tú.

Gimió de nuevo.

—Fuiste muy insistente con tener tu mano allí. Me imaginé que después de que te durmieras podría moverte. Pero no fue así. —Froté la mejilla en mi almohada, su bíceps.

—Este coño es mío.

Sus dedos se estiraron, empujando contra la tela de mi ropa interior, acariciando accidentalmente sobre la parte interna de mis muslos. No era el momento para excitarnos. Teníamos pendiente una charla.

—Sí, eso fue lo que dijiste. En repetidas ocasiones.

—No nos escondíamos, de todas formas.

—Buen punto. Lo siento, calabacita, no hay ninguna buena noticia. Las cosas se pondrán un poco locas por un tiempo.

Gruñó y bostezó, luego frotó sus caderas contra mí. Su erección mañanera presionando contra mi culo.

—No deberías haberme dejado beber tanto. Eso fue muy irresponsable de tu parte.

—Me temo que eso también lo hiciste tú. —Traté de sentarme, pero su brazo me sujetó.

—Todavía no te muevas.

—Necesitas agua y Advil, Naruto.

—Está bien.

Su mano se retiró de mi entrepierna y se dio la vuelta, quedando de espaldas, jadeando y resoplando. No conseguí meterlo en la ducha la noche anterior. En consecuencia, esta mañana los dos apestábamos a sudor y whisky.

Le conseguí una botella de agua y un par de pastillas y me senté en el borde de la cama. —Siéntate. Trágatelas.

Abrió un ojo legañoso.

—Tragaré si tú lo haces.

—Hecho.

—Será mejor que lo digas en serio. A un hombre no le gusta que le mientan acerca de ese tipo de cosas.

Muy lentamente se sentó, su lacio pelo rubio colgando en su cara. Sacó la lengua y dejé caer las pastillas, luego le entregué el agua. Por un rato se quedó ahí, bebiendo agua y mirándome. No tenía idea de lo que venía después, lo que debería decir. Era mucho más fácil simplemente hacer bromas estúpidas que intentar ser profundo y significativo. Para ayudarlo.

—Lo siento —dije, sólo para romper el silencio.

—¿Por qué? ¿Qué hiciste? —preguntó en voz baja.

—Me refiero a lo de Kushina.

Encogió sus piernas, apoyó los codos en las rodillas y agachó la cabeza. No se escuchaba ningún ruido, excepto el del aire acondicionado al hacer clic, el tintineo de los cubiertos o algo de la habitación de al lado. Cuando finalmente levantó la mirada, vi sus ojos enrojecidos y cristalinos. Los míos de inmediato hicieron lo mismo con empatía. No había una parte de mí que no doliera por él.

—No sé lo que se siente, así que no voy a fingir que lo hago —dije. Sus labios se quedaron cerrados.

—Pero lo siento mucho, Naruto. Y sé que eso no ayuda, no realmente. No cambia nada.

Todavía nada.

—No puedo ayudarte y odio eso.

Lo cierto era que una parte de querer aliviar el dolor de otra persona era hacerte sentir útil. Pero nada que pudiera decir quitaría su dolor. Yo podría exponerme por completo, entregarle todo, y aun así no detendría lo que estuviera mal con Kushina.

—Ni siquiera tengo una relación que funcione con mi madre, así que no tengo idea. La verdad es que solía desear su muerte todo el tiempo. Ahora sólo deseo que me deje en paz —solté, luego me detuve, tambaleándome en mi propia estupidez—. Mierda. Eso es lo peor que puedo decirte.

—Continúa.

Mierda, hablaba en serio. Abrí la boca y mi garganta se cerró. Las palabras fueron sacadas pataleando y gritando.

—Ella, um... nos abandonó, a Matsuri y a mí. Papá se fue y ella se acostó. Esa fue su gran solución para remediar el problema de nuestra familia desintegrándose. Sin tratar de obtener ayuda, sin médicos, simplemente tumbándose en la oscuridad sin hacer nada. Casi se quedó en su habitación durante tres años. Un tiempo después, los servicios de protección de menores vinieron. Nos las arreglamos para persuadirlos de que no era una completa pérdida de espacio. Qué ridículo.

Me miró fijamente, sus labios delgados y blancos.

—Llegué a casa un día y se sentaba en el borde de la cama con todas estas pequeñas pastillas de colores alineadas en su mesita de noche. Sostenía ese gran vaso de agua. Su mano temblaba tanto que salpicó por todas partes, su camisón se hallaba todo mojado. No hice nada, no al principio. —Ese instante fue terriblemente claro en mi cabeza. Al pasar por la puerta de la habitación, decidiendo qué hacer. Sería homicidio, mantenerme al margen y dejar que sucediera. Algo así te marca—. Quiero decir, era tan tentador —dije, con la voz quebrada—, la idea de no tener que lidiar más con ella... Pero entonces pensé en Matsuri, y la habrían llevado a una casa de acogida y seguramente nos separarían. No podía arriesgarme. Se encontraba mejor en casa conmigo.

Su mirada era desolada, con el rostro pálido.

—Así que me quedé en casa para cuidarla. Intentó suicidarse un par de veces más, luego se rindió en eso también, como si incluso morir fuera demasiado esfuerzo. Hay días en los que pienso en lo mucho que hubiera deseado haber llegado cinco minutos más tarde. Se las habría arreglado para terminarlo. Entonces me siento culpable por pensar de esa manera.

Ni siquiera parpadeó.

—La odio tanto por hacernos pasar por eso. Sé que la depresión ocurre y es una enfermedad grave, una enfermedad terrible, pero ni siquiera trató de encontrar ayuda. Planeé sus citas con los médicos, trate de obtener folletos e información y sólo... ya sabes, tenía hijas, no tenía el puto lujo de simplemente desaparecer su propio culo. —Las lágrimas se deslizaron por mi rostro descontroladas—. Papá no era mucho mejor, al menos enviaba dinero. Supongo que debería estar agradecida de que no nos olvidara por completo. Le pregunté "por qué" cuando se iba y me dijo que no podía hacerlo más. Fue realmente una excusa de mierda. Como si hubiera marcado la casilla incorrecta en un formulario o algo así y ahora lo siento, pero optaba por salir. ¿Familia? No. Oh mierda, ¿dije que sí? ¡Uy! Idiota de mierda. Como si diciendo lo siento cambiara todo cuando atraviesas la puerta.

»No aprecias la cantidad de tiempo que toma manejar una casa, pagar las cuentas, cocinar, hacer la limpieza, hasta que todo depende de ti. Mi novio estuvo conmigo por un par de meses, pero luego se resintió porque yo no podía salir los sábados por la noche a los juegos y fiestas, y esas cosas. Él era joven, quería salir y divertirse, no quería quedarse cuidando de una maníaca-depresiva y una niña de trece años. ¿Quién podría culparlo?

Agaché la cabeza, tratando de alinear los detalles importantes en mi mente. No era fácil, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que pasé tratando de olvidar.

—Entonces Matsuri se rebeló y eso acabó por hacer todo mucho más difícil. Ella odiaba a todo el mundo, ¿y quién podría culparla? Por lo menos cuando se comportaba como una chica inmadura y egoísta escondía una razón real detrás de ello. La atraparon robando en una tienda. Me las arreglé para hablar con el propietario para que no presentara cargos. El susto pareció despertarla. Se calmó y regresó a su trabajo escolar. Una de nosotras tenía que llegar a la universidad porque yo lo intenté, pero no existía manera de que me mantuviera al día con la escuela por mi cuenta. —Que puta escena que hacía. Parpadeé con furia y sequé las lágrimas—. Sabes, en realidad quería animarte o algo así. Cualquier cosa.

Su silencio me mataba.

—Así que esa es mi trágica historia. —Le di una sonrisa. Sin duda, se vería tan de mierda como se sentía.

—Mamá tiene cáncer de ovario —dijo, con voz ronca—. Le están dando un par de meses en el mejor de los casos...

Sentí como si mi corazón se hubiera detenido. El tiempo se detuvo. Todo.

—Oh, Naruto.

Echó hacia atrás su cabello, entrelazando sus dedos detrás de su cabeza.

— Ella está tan jodidamente feliz de que estés conmigo. Habló toda la cena sobre ti, de lo maravillosa que eres. Eres su sueño hecho realidad para mí. Ha estado esperando a que me establezca durante mucho tiempo.

Asentí, tratando de darle una mejor sonrisa. —Ella es realmente genial.

—Sí. Joder, Hinata. Sin embargo, esa no es la única razón de esto entre nosotros... quiero decir... al principio fue una gran parte de la razón. —Agarró su nuca, sus músculos flexionándose—. Hay más que eso ahora, que hacerla feliz antes de que… —Hizo una pausa, sus labios torciéndose, incapaz de decir la palabra—. Sabes que hay más, ¿verdad? Ya no fingimos. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé. —Esta vez, le di una sonrisa completa—. Está bien. Así que nuestro comienzo fue dudoso. No cambiaba donde nos hallábamos ahora.

—¿Vienes a tomar una ducha conmigo? —Me tendió la mano.

—Me encantaría.

Me mostró un valiente intento de sonrisa. El baño era amplio, mármol blanco con bordes dorados. Incluso teníamos un piano en la sala de estar. Al parecer, sus padres se alojaban en la suite presidencial por lo que nos tuvimos que conformar con lo segundo mejor. El segundo mejor era bastante bueno.

Se quitó el bóxer corto. Dejé que el agua corriera hacia la temperatura adecuada, permitiendo que la habitación se llenara lentamente con vapor. Sus manos se deslizaron sobre mí desde atrás, tirando hacia abajo mis bragas y sacando mi vieja camiseta de Stage Dive. Era la única prenda que aprobó que usara para dormir durante su sabiduría de ebriedad. Estábamos en nuestro pequeño y perfecto mundo en el calor de la ducha. Naruto entró bajo el agua y empapó su cabello, bajando por su hermoso cuerpo. Deslicé los brazos alrededor de su cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Sus brazos alrededor de mí mejoraron todo.

Podríamos hacer frente a las cosas por separado. Por supuesto que podríamos. Pero era mucho mejor juntos.

—La peor maldita cosa es la mañana —dijo, apoyando su barbilla en la cima de mi cabeza—. Por unos pocos segundos, todo está bien. Entonces recuerdo que está enferma, y... es que... Ni siquiera sé cómo describirlo.

Lo abracé con más fuerza, sosteniéndolo como si fuera su salvavidas.

—Siempre ha estado ahí. Nos llevaba a los espectáculos, nos ayudaba al salir a escena. Siempre ha sido nuestra mayor fan. Cuando nuestro disco fue platino se hizo un tatuaje de Stage Dive para celebrar. Con sesenta años, la mujer se tatuó. Y ahora está enferma. Aún no puedo creerlo. —Su pecho se movía contra mí mientras respiraba profundamente, lo dejó escapar lentamente.

Acaricié su espalda, la longitud de su columna, de arriba a abajo, alisando mis manos sobre las curvas de su culo, con mis dedos a la deriva sobre los bordes de su caja torácica. Permanecimos de pie debajo del agua caliente y lo tranquilicé lo mejor que pude. Dejándole saber que era amado.

Tomé la barra de jabón, pasándola sobre él, bañandolo como a un niño. Primero su mitad superior, desde las líneas de sus hombros a los músculos de sus brazos, cada centímetro de su pecho y espalda. Lavar su cabello era difícil debido a la diferencia de altura.

—Agáchate. —Vertí un poco de champú en mi mano y luego lo froté en su cabello, masajeando su cuero cabelludo, tomándome mi tiempo—. Déjame enjuagarlo.

Hizo lo que le pedí sin comentarios, poniendo la cabeza debajo de la ducha. Luego vino el acondicionador. Con cuidado, peine mis dedos a través de su cabello.

—No tienes permitido cortarte el pelo —le informé.

—Está bien.

—Nunca.

Me dio una casi sonrisa. Sin duda, se acercaba a una sonrisa cada vez más. Una vez que estuvo terminada la parte de arriba, me arrodillé sobre los duros azulejos, enjabonando sus pies y tobillos. El rocío de la ducha caía sobre mí, manteniéndome cálida. Cara a cara con ella o no, ignoré su polla gruesa. No era el momento. Los músculos de sus piernas largas y delgadas eran tan bonitos. Se estremeció cuando limpié la parte posterior de sus rodillas.

—¿Cosquilloso? —pregunté, sonriéndole.

—Soy demasiado varonil para ser cosquilloso.

—Ah.

Arrastré el jabón sobre la fuerte longitud de sus muslos, hacia adelante y atrás. Que me condenen si no sería el baterista de rock and roll más limpio y más brillante del mundo entero. El agua se deslizaba por su cuerpo, resaltando todos sus picos y valles, la curva de sus pectorales y su piel de satén. Sólo debería llamarle pastel y comérmelo con una cuchara.

—¿Irás más arriba? —El deseo profundizó su voz.

—En algún momento. —Enjaboné mis manos y puse la barra de jabón a un lado—. ¿Por qué?

—Por nada.

El "por nada" apuntaba directo a mí, largo y exigente. Lo sostuve al lado con una mano, deslizando la otra entre sus piernas. Su polla dura calentaba la palma de mi mano. Una mujer con más paciencia no habría curvado sus dedos alrededor, presionándolo fuerte. Yo era una mierda para esperar.

Naruto contuvo el aliento, y su paquete de seis se contrajo bruscamente.

—Amo tu trasero —dije, trazando con mis dedos jabonosos a lo largo de la grieta antes de acunar sus bolas.

Cada parte de él era sublime, cuerpo y alma. Lo bueno, lo malo y lo difícil. Las veces que quise que fuera serio y las veces que no tenía una maldita idea de donde se encontraba. Siempre me hizo querer más mientras que al mismo tiempo me hacía estar profundamente agradecida por lo que tenía. Porque lo tenía a él, se hallaba justo en sus ojos.

—No tengo idea de cómo llegué a ser tan afortunada. —Acaricié el hueso de su cadera con mi nariz, deslizando los dedos sobre la piel lisa de su pene.

—¿Amas tanto a mi trasero?

—No, es más una especie amo todo-de-ti.

Le di a su polla otro apretón y sus ojos se volvieron confusos de la forma que más me gustaba. Las cosas definitivamente se despertaron entre mis piernas, pero esto era todo acerca de él. Las puntas de sus dedos se deslizaron sobre los lados de mi rostro, su toque suave y reverente.

Suficiente de juegos.

Guié la cabeza de su polla dentro de mi boca y succioné fuerte. Manos hundiéndose en mi cabello mojado, sosteniéndolo apretado. Mi lengua golpeando sobre su punta, provocando el borde sensible antes de sumergirla abajo para frotarla contra su punto placentero. Lo tomé más profundo, succionando fuerte, una y otra vez. Sus caderas se movieron, presionándolo más adentro en mi boca. Nunca perfeccioné el arte de tenerlo profundo en la garganta, lo lamento. Naruto me hizo querer aprender. Algo me dijo que no se opondría a tiempo de práctica. Con una mano acuné sus bolas, masajeándolas. La otra se envolvía apretadamente alrededor de la base de su pene, deteniéndolo de ir más lejos y atragantarme. Pero lo tomé tan profundo como pude, retirándolo para colmarlo con la atención de mi lengua. Trazando las venas gruesas y jugando con su hendidura.

Los dedos en mi cabello tiraron más apretadamente, punzando ligeramente. Pero estaba bien. Todo bien. Amaba malditamente ser capaz de hacer esto para él. Lo conduje más profundo y succioné con fuerza, trabajándolo. Se vino con un grito, bombeando dentro de mi boca tan lejos como mi mano podía permitirle. Tragué.

Y dicen que el romance estaba muerto.

Siguió de pie, jadeando, con los brazos lánguidos colgando y los ojos cerrados. Joder, él era perfecto. Lentamente me puse de pie, mis rodillas entumecidas temblando. Después del oral, siempre parecía haber un momento como este instante de timidez. Quizás debería haber sido engreída, tirándome con algo de arrogancia. En realidad no había lugar para eso en la ducha, de cualquier manera. Naruto abrió los ojos y me vio fijamente, sus brazos fueron alrededor de mis hombros. Me jaló entre ellos, dejando suaves besos sobre mi rostro.

—Gracias —dijo, la palabra amortiguada contra mi piel.

—De nada.

—Lamento lo de tus padres, calabacita. Malditamente lo lamento.

Mis dedos se apretaron en sus caderas, involuntariamente. Un día, dejaría de reaccionar así y lo dejaría ir.

—Lo lamento por tu mamá.

—Sí. —Frotó mis brazos rápidamente, besando la cima de mi cabeza—. Necesitamos pensar en cosas felices. Y ordenar un montón de tocino y huevos. Y también wafles. ¿Te gustan los wafles?

—¿A quién no le gustan los wafles?

—Exacto. Cualquiera a quien no le gusten los wafles debería de estar en el maldito sistema penal. Encerrarlos y lanzar la llave lejos.

—Absolutamente.

—No más cosas tristes hoy—dijo, su voz áspera.

Recogió el jabón y comenzó a lavarme, poniendo atención particular a mis senos.

—Hay una cosa acerca de la que pienso que deberíamos hablar —dije, mientras trabajaba duro, frotando algún punto imaginario sobre mi pezón izquierdo. Se sentía bastante bien, la verdad sea dicha.

—¿Qué cosa? —preguntó

—Bueno, acerca de lo que dijiste anoche cuando volvimos aquí. Acerca de empezar una familia.

Su mano paró, cubriendo mi pezón derecho. —¿Comenzar una familia?

—Sí. Dijiste que eras realmente serio acerca de eso. Incluso lanzaste todos los condones por la ventana y tiraste todas mis píldoras por el inodoro.

—Eso es malditamente serio. ¿Follamos anoche?

Agité mis pestañas y le di una mirada inocente, aunque diabólica.

—No. Por supuesto que no.

Lo blanco de sus ojos se iluminó.

—Dios… estuviste cerca de darme un ataque cardíaco.

—Lo lamento. —Le besé el pecho—. Lanzaste todos tus condones por la ventana. Sin embargo, no podías encontrar donde guardaba mis píldoras. Luego te acostaste y procediste a nombrar a todos nuestros hijos.

—¿A todos?

—¿Supongo que ya no vamos a tener una camada de trece afortunados?

Sus cejas se arquearon hacia arriba. —Mierda. Um, tal vez no, ¿eh?

—Probablemente sería lo mejor. Planeabas llamar a tres de ellos Sasuke. Podría volverse confuso.

—¿Cuánta mierda hablé anoche, sólo por curiosidad?

—No demasiada. Saliste de la cama un par de veces, tratando de besar los dedos de mis pies y luego te fuiste a dormir.

Lavó el jabón de sus manos y se inclinó por el champú, masajeándolo en mi cabello.

—Auch —jadeé—. Suave.

—¿Qué pasa?

—¿No recuerdas?

Volvió su rostro un poco y me vio por el rabillo de sus ojos. —¿Ahora qué?

—Puede que me hayas pateado accidentalmente la cabeza, muy suavemente, cuando te caíste del taburete de tu batería.

—Oh, no. Joder. Hinata…

—No me heriste. Es un golpe pequeño.

Con el rostro demacrado, cuidadosamente lavó el champú de mi cabello, comenzando con el acondicionador. Se mantuvo sacudiendo la cabeza, con el ceño fuertemente fruncido.

—Oye —dije, agarrando su barbilla—. Está bien. En serio.

—Te lo compensaré.

—Ya lo hiciste. —Coloqué una mano sobre su corazón, sintiéndolo latir contra mi palma—. Escuchaste mi historia sin juzgarme. Me dijiste que pasaba contigo. Esas dos cosas son enormes, Naruto. De verdad que lo son. Estamos bien.

—Lo compensaré más. Joder, eso no volverá a pasar.

—Está bien.

—Lo digo en serio.

—Sé que lo haces.

Me dio una mirada irritada y de pronto sonrió.

—Sé que te daré. He estado pensando sobre esto por un tiempo.

—No tienes que darme nada. Aunque wafles podría ser realmente una buena idea, estoy hambrienta. —Terminé de lavar mi cabello, lista para salir.

—Tendrás más que wafles. —Sus brazos me rodearon desde atrás, una mano deslizándose hacia abajo entre mis piernas. Suavemente, comenzó a acariciar con sus dedos de un lado a otro por los labios de mi sexo—. Primero, también necesitas venirte.

—Está bien.

Rio entre dientes en mi oído. —Así que considerando tus orgasmos. Me gusta eso.

Enrollé los brazos alrededor de su cuello y lo sostuve apretado. Alzó su mano hacia su boca, humedeciendo algunos dedos. Entonces uno de sus dedos se deslizó por la unión de mi sexo, provocándome. Sentí un hormigueo de pies a cabeza. Lentamente presionó un poco adentro, luego lo sacó de vuelta delineando mi entrada, extendiendo la humedad alrededor. Me trabajó sin apresurarse, mi respiración volviéndose más rápida y superficial. Me retorcía contra su mano.

—Tienes que estar quieta, Hinata —me reprendió, colocando una mano plana en mi vientre. Dos dedos se deslizaron dentro de mí, frotando algo que se sentía increíble—. Vamos, ni siquiera lo estás intentando.

—No puedo.

—Tienes que poder. No puedo hacerlo bien si no te mantienes quieta.

—Oh —jadeé mientras su pulgar se deslizaba sobre mi clítoris, enviando rayos por mi columna.

—¿Ves? Me haces resbalar.

La forma en la que le encantaba burlarse de mí, era a la vez una bendición y una maldición. Sacó sus dedos, dejándome vacía, y toda su atención se dirigió a mi clítoris. Acarició ambos lados a la vez, haciéndome gemir.

—Quédate quieta.

—Estoy tratando.

—Intenta con más ganas.

Suavemente, golpeó la parte superior de mi sexo. La reacción fue inmediata, mis caderas golpearon hacia adelante. Nadie me hizo eso antes. Cada terminación nerviosa en mí estaba lista para explotar.

—¿Te gusta esa percusión? —preguntó.

—Joder. —Era la única palabra que tenía.

Tarareó en mi oído y volvió a trabajar en mi clítoris incluso más rápido. La presión continuaba construyéndose. Tan cerca.

—Naruto. Por favor.

Me golpeó de nuevo y me rompí. Grité, mi cuerpo cediendo. Si él no hubiera estado sosteniéndome erguida hubiera caído al suelo. El hombre probablemente necesitaba estar encerrado por la seguridad de las mujeres en todos lados. El agua paró. Me envolvió en una toalla y me colocó como una muñeca flácida en la encimera del baño.

—Oye, mírame—dijo, parándose encorvado a mi lado.

—Hola.

Cuidadosamente metió mi cabello mojado detrás de mis orejas.

—Siento que deberíamos tocar fondo acerca de esta cosa de la relación. Y yo probablemente debería decir algo profundo aquí. Pero no estoy animado para hacerlo. En especial, no esta mañana. —Exhaló fuerte—. Eres un polvo impresionante, una chica genial, y odio malditamente cuando estás triste, y no me gusta cuando no estás cerca. Incluso estoy acostumbrándome a las peleas y al drama de vez en cuando porque el sexo de reconciliación es buenísimo. Además, para mí, tú lo vales.

La punta de su lengua se frotó sobre su labio superior.

—Básicamente eso. Sin embargo, no necesariamente en ese orden. ¿Está bien?

—Está bien. —Reí, pero sólo un poco. Después de todo, era sincero.

—Eres mi chica. Tienes que saber eso. —Sonrió y puso las manos en mis rodillas—. ¿Necesitas algo más de mí?

Hice una pausa, lo pensé un poco.

—¿Somos monógamos?

—Sip.

—¿Veremos a donde nos lleva esto?

—Mm-hm.

—Entonces sí, estoy bien.

Asintió, me dio un apretón en las rodillas.

—Si necesitas algo de mí, espero que me lo hagas saber.

—Lo mismo va para ti. Cualquier cosa.

—Gracias, calabacita. —Sonrió, se agachó y me besó—. ¿Lista para una gira, Señorita Hyuga?

—Absolutamente.