Cuidado con los ojos
Capítulo 1
Memorias y tiempo perdido
Los años pasaban y no desaparecía aquella sombra, sino, cada vez se hacía más fuerte. El recuerdo de un intenso sol sobre sus dos siluetas se hacía presente atormentando a su mente, haciéndolo culpable de sus actos.
Ahí se encontraba ella, mirándolo con ese tan raro aspecto para lo que acostumbraba a ver; deslumbrante y sonriente. Lamentablemente yacía en esos momentos con un semblante angustiado e intentando tapar con su carmesí bufanda sus titubeantes labios.
—No te vayas…— dijo ella tomando su mano entre las suyas. El tacto ajeno le pareció tan cálido en comparación a su fría piel. Tranquilizante y sofocante, no podía seguir así.
Se soltó con fuerza, zafándose del contacto.
—Déjame tranquilo. Eres molesta—esa frase resonó en su mente tantas veces que no pudo contarlas, pero todas le eran igual, ninguna perdía el tono. Estúpidas y sin sentido, ni siquiera las había meditado antes de decirlas.
La miro de reojo, ella levantó su rostro sin moverse de su lugar.
Nuevamente esa débil sonrisa le observaba a la vez que esos tristes ojos chocolate intentaban simular lo que esas insensibles palabras le causaron. No podía evitar cambiar el rumbo de lo que seguía, pues nada cambiaría. Él se daría vuelta e iría cruelmente, sin arrepentirse en ese momento de lo que acababa de hacer.
15 de agosto.
Un grito salió de su garganta, seco y doloroso señalando que las frías mañanas ya lo habían terminado por enfermar. Su cuerpo estaba cubierto de una capa de sudor mientras que su corazón seguía latiendo sin cesar fruto de los recuerdos vividos en esa dulce pesadilla.
Aún vivía, ese era el hecho que lo hizo caer de lleno de vuelta a su cama.
Kisaragi Shintaro, 18 años. Dos años de abandonar sus estudios ¿Razones? La respuesta se basaba en lo innecesario que sería el saber más, pues él no lo necesitaba. Shintaro sabía de sobra que era una excusa para evitar cierto tema, pero por ahora seguiría intentando olvidar los detalles de su pasado. Nada recuperaría con ello.
Se revolvió nuevamente entre sus sábanas para encontrar una molestia en su espalda, decidió moverse con bastante pereza para descubrir sus audífonos aún conectados a su teléfono. Escuchaba una leve vocecilla por los auriculares y la razón la tenía bien clara.
—Hum… —fue lo único que salió de su boca, no estaba del todo convencido pero cerrando los ojos se colocó un auricular en la oreja con algo de recelo.
— ¡MAESTRO! — el fuerte sonido de la voz femenina le hizo llegar a erizar la piel por el sobresalto— ¿Acaso me quería ignorar?
—Ene…—nombró él.
—Y no lo niega… ¡Me siento tan herida!
Y he ahí la razón de por qué casi creyó que la locura lo había invadido hace mucho: Ene.
Un año anterior, un raro correo apareció en su computadora, sin procedencia y tentador de abrir. Ene, una especie de virus de apariencia humana excesivamente tierno que se presentó ante él sin tener ninguna memoria más que su nombre. Cayó en la trampa al parecer, pues cada día en todo lo que la llevaba conociendo le hacía la vida imposible con chantajes, lágrimas de cocodrilo y mucho más.
Shintaro debía admitir que gracias a ella no estaba demente, cosa que nunca le diría por su orgullo.
— ¡Escúcheme!
— ¿Qué pasa, Ene? —dijo sin ganas de entrar en discusión como cada mañana. Eso significaría un alboroto y su cabeza no estaba de buenas en esos momentos.
—Su madre salió a comprar víveres y su hermana fue a dar un paseo, maestro… ¿Sabe?, El día esta precioso—escuchó por los audífonos. Ella quería algo y su voz lo decía todo: Tímida y sin llegar al punto. —.El sol al parecer es cálido, eso dicen los pronósticos para hoy. Bueno, eso leí por la web…
¿Salir? ¿Él? No, no podía.
Su día estaba totalmente programado con beber unas cuantas sodas, sentarse frente a su computadora, comer algo y vivir. Eso era el día actual y el resto de su vida. No le importaba podrirse lentamente, ya nada le importaba a esas alturas.
—Sé lo que piensas y es un rotundo no—Y puso a cuenta regresiva el lagrimeo que vendría, el infantil berrinche y al final la resignación.
Algo que no predijo le dio un escalofrío por toda su columna: Una risa que no tramaba nada bueno, la risa de Ene.
—Sería una lástima que ese proyecto en que trabajaba sea enviado a cada persona que tenga conexión a Internet…
— ¡No podrías! —exclamó Shintaro levantándose de golpe—No está ni terminado… ¡¿Cuándo lo tomaste?!
—No lo sé, quizás cuando tuvo que ir al baño... ¡Nadie sabe!
— ¡Sabía que no era buena idea ir!
A simple vista parecía un loco gritándole a su teléfono sin sentido o cordura, ya se entendía el porqué su madre entraba a su habitación lo mínimo.
— ¿Qué sacas con querer salir? No podrás disfrutar nada, ni siquiera sentirás el calor que hace. Una salida sin sentido. — volvió a repetir lo dicho en su mente comprendiendo el error que había cometido ¿Eso le decía a quien sus sentidos físicos estaban desactivados? Era un estúpido en ese instante y lo supo.
—Eso…—dijo Ene con cierta pausa y con la voz apagada— Es cierto lo que dice, yo…
Maldijo esa culpabilidad que ardía en su pecho, ese insecto que le recordaba que debía meditar antes de decir algo. Lamentó lo que diría para remediar aquella situación.
—Salgamos.
Y notó como la vida volvió a verse en la pantalla de su teléfono al igual que una sonrisa adornaba el pixeleado rostro del virus.
Su viaje seguía.
¿Cuánto tiempo pasó deambulando de ciudad a ciudad? Ni ella misma lo sabía y tampoco le tenía demasiado preocupada.
—Esta por empezar lo que creaste, Kenjirou—susurró tomando su ligero equipaje para subirse a un tren que estaba a punto de partir. Vio por última vez el paisaje tan moderno que presenció toda una temporada para ir a buscar un asiento cerca de alguna ventana.
Del bolsillo de su abrigo sacó un papel que pareció haber estado doblado varias veces antes y con la yema de sus dedos lo aliso levemente para leer su contenido, o mejor dicho, una parte que en realidad le inquietaba cada vez que releía.
« Luego de tanto investigar he podido comprender lo que había hecho mal por tanto tiempo. Comprendí el final que tú, Azami, le quisiste dar a ése proyecto.
He logrado crear el virus que tanto buscabas hace años, ese que tendría tal grado de destrucción a nivel genético que sería de temer.
Odiabas la humanidad, ¿Verdad?
Está claro y lo comprendo, también me ha quitado más de la cuenta con la crueldad de su rumbo.
Aún está en experimentación, pero me sería grato que trabajáramos juntos otra vez.
Atentamente, Tateyama Kenjirou»
Suspiró profundo para guardar la carta de nuevo en sus bolsillos.
—Cometiste una error, Kenjirou, uno que pagaremos todos…
El sol le parecía demasiado sofocante para que sus ojos pudieran ver con claridad, su chaqueta daba la impresión de ser más gruesa de lo que pensaba solo por el hecho que estaba empezando a sudar. Se acomodó sus audífonos para evitar que se resbalaran de sus orejas al caminar.
— ¿Feliz? —interrogó Shintaro con el ceño fruncido.
— ¡Como nunca! —chilló feliz Ene sin perder ningún segundo de su alrededor. Se había salido con la suya, claro que estaba feliz.
Se masajeó la sien con su mano libre. En realidad ya estaba cansado a pesar de que el trayecto haya sido patéticamente corto. Hasta mareado se sentía y eso ya lo estaba humillando más de la cuenta, sin contar el dolor que aún tenía en su garganta.
— ¿Se siente bien?
—Sí, solo… no me acostumbro aún a esto.
El distrito comercial, lleno de personas superficiales comprando como si se acabara el mundo y gritando con emoción de un lado para otro. Viendo escenas como esa podía decir con toda la honestidad posible que nada de eso extrañaba encerrado en su cuarto.
Una canción pegadiza y de moda sonaba en todo el recinto, algunas chicas tarareaban junto a sus amigas y otros solo seguían su rumbo. Algo le pareció extraño y era la aparición de una mujer bastante pálida para lo usual, con la mirada perdida en algún punto.
—Maestro, ¡mire eso! —señalaba Ene entusiasta a cada cosa que le llamaba la atención, él solo le atendía con una sonrisa distraída. De verdad algo le sabía mal sobre el aspecto de esa mujer. — ¡Yay! Eso se ve genial… ¿Maestro?
—Disculpa, solo estoy algo ido—se excusó con una pequeña sonrisa haciendo que la misma Ene lo hiciera.
Levantó su cabeza para seguir con su inspección, pero ya no estaba aquella mujer. Una mano tocó su hombro de improviso causando que su corazón latiera, hace años no entablaba una conversación con… bueno, gente.
Un chico de cabello largo verdoso le alzó su billetera. ¿Chico? No, casi caía en el engaño. Era una chica y sus rasgos delicados lo decían, aunque la mirada fría le diera cierto aspecto además que el uso de una capucha tapaba cada rastro de feminidad que tuviera.
—Se te cayó esto—dijo la chica causando que con torpeza Shintaro tomara su billetera, agradeciera y diera una exagerada reverencia hasta que ella desapareciera. Escuchó la estridente risa de Ene burlándose de su reacción.
Era gracioso el cómo de un segundo a otro la vida podría cambiar tanto, similar a varias escenas de su pasado, pero más radical; la mujer chocó contra su hombro llegando a moverlo de su lugar y sobresaltando su caminar. Un olor fétido llegó de golpe a sus fosas nasales causando el impulso de contener arcadas simplemente por el respeto.
La vio, esa palidez no era normal y menos aquellos ojos desorbitados decidiendo si observarlo a él o a la dirección contraria. Al fin la mujer le tomó total atención, como si fuera un animal salvaje en busca de su presa, o eso le dijo la saliva proveniente de la comisura de sus labios.
— ¿Qué mier…?—masculló cuando ésta se le lanzó encima llevando sus dientes al punto de rozar su carne del cuello. De un empujón logró alejarla, pero en ese logro alcanzó el inocente pie de un hombre mordiéndolo al acto.
Sangre; mordidas. Un silencio absoluto se hizo en el distrito, hasta que el chillar de una mujer adorno todo.
— ¡Que alguien lo ayude! —espabilaron al fin.
Dicho y hecho, un policía trato de separar a la mujer solo para que al darla vuelta se abalanzara e insertara sus dientes blancos en el cuello del pobre hombre.
El sonido de la carne desgarrada empezó a darle náuseas, quiso acercarse, pero el miedo lo tenía paralizado ¿Por qué nadie más intentaba algo? ¿Todos estaban siendo tan cobardes cómo él?
¿Dónde estaban aquellos héroes que al pesar de las adversidades embestían el peligro con ignorancia? Al parecer solo existían en las películas y series, o su valentía egocéntrica había huido de terror.
—Escape…—fue lo único que escucho de Ene antes que sus piernas empezaran a retroceder. Gran fue su pésame al caer al piso causando que junto al impacto su teléfono quedara lejos de él. Se agregaba el hecho que era una nueva presa de la mujer.
¿Qué era ella? ¿Por qué tenía esos instintos tan primitivos? ¿Por qué las victimas anteriores empezaban a levantarse? Fruto del miedo cerró los ojos, recordando aquella auto-sentencia que se había impuesto,
« ¿Este será mi fin? » Pensó ya resignándose a la muerte.
Kisaragi Shintaro lo supo, no quería morir. La perfecta imagen de la sonrisa cálida que conoció tan bien se dibujó en su mente dándole algo por que luchar, esa fuerza que le quedaba.
Las manos de la inhumana mujer lo agarraron de las piernas y su mandíbula ensangrentada estaba a punto de clavarse en su pierna. Pateó solo causando que el agarre aumentara y que terminara dándose un fuerte golpe contra el piso. Miró hacía alrededor solo para darse cuenta que su teléfono con Ene estaba a algunos metros y que las personas habían huido solo dejando a algunas víctimas nuevas de los ataques. No de la mujer, de los dos antes mordidos.
10 víctimas, calculó, y él sería la 11.
— ¡Ah!—gritó en vano.
El dolor nunca llego, solo un sonido de rebote de una bala contra la cerámica y unos seguros pasos.
— ¿Estas bien, novato?
¿Quién diría que una simple salida terminaría así?
