Capitulo dos

Locura

— ¿Estás bien, novato? — burlesco y sonriente se presentó su salvador luciendo el arma que al parecer había pertenecido al policía. La mujer seguía agarrada de su propia pierna, pero ahora un disparo adornaba toda su cien y cualquier rastro de movimiento.

Un chico rubio con una mirada gatuna, sonriendo como si haber matado hubiera sido normal y de lo más divertido; eso era lo que destacaba Shintaro de la apariencia del tipo.

Sin más análisis se soltó con delicadeza del cuerpo, tratando de ser respetuoso con aquella vida deshecha. Ese chico no le daba buena espina, sobre todo cuando se veía tan relajado balanceando la pistola como si fuesen un juego de llaves al abrir una casa ¿Quién en su sano juicio haría eso? ¡Estaban en medio de una situación de emergencia donde ya habían varias personas intentando matarles!

— ¡Ene! —Shintaro como pudo alcanzó su teléfono y colocó tembloroso el auricular esperando escuchar algo del virus. No tuvo tiempo, más de las personas se acercaban a él con la misma expresión de la difunta anterior.

El rubio alzó su mano para disparar a uno que estaba cerca de ambos resultando dos disparos: Mejilla y corazón. No causó mucha precisión, pues éste seguía balanceándose a su dirección sin haber soltado ningún mero gemir.

Cualquiera persona normal habría caído muerta. Shintaro empezó a comprender y meditar… Piel de un color infernalmente enfermo, paso dudoso y ojos desorbitados, se contaba el hecho del gusto por la carne: Ellos en pocas palabras eran…

— ¡Zombies! —exclamó Shintaro eventualmente sintiendo como sus piernas tambaleaban y su corazón latía por temor. Era ficción, todos esos seres eran netamente de la imaginación ingeniada para satisfacer a los grandes miedos que se tenía en la mente humana. No, no eran reales, no lo aceptaba.

—Caminantes, zombies, infectados—dijo divertido el rubio apuntando y cerrando un ojo para un futuro disparo en la cabeza al sujeto de antes. Jaló el gatillo solo para no escuchar nada. —.Vaya, no quedan balas… ¿Se te da bien correr?

¡Él reía! No tan solo eso, se tomaba la situación como un simple y estúpido chiste. Correr, escapar, huir… Eso era lo que pasaba por su cabeza por cada palabra que escuchaba del misterioso chico.

Escuchó como por los estacionamientos se emitía un fuerte ruido, un choque quizás, pero lo suficientemente sonoro para que los sujetos voltearan a la dirección.

Atraídos por el sonido, eso le pareció interesante.

—Novato, ¿te quedaras todo el día ahí o me seguirás? Bueno— seguía el chico mientras se daba media vuelta y caminaba hacía las escaleras del recinto —, vivirás si me sigues, Kisaragi Shintaro.

— ¿Cómo sabes mi nombre? —interrogó más confundido de lo que ya estaba. Las respuestas se alejaban más y más al igual que su única opción de intentar volver a su hogar. Apretó su teléfono dentro de su chaqueta y emprendió rumbo a lo que dicto su cordura.


Una mujer gritó desde un a carril delantero, el miedo se empezó a dispersar junto a la interrogante.

Azami ya sabía a la perfección que pasaba y lamentó que pasara en ese exacto momento.

La ola de terror inundó todo el tren. La gente empezó a correr con desesperación aplastándose entre sí para hacerse paso, sin importarles la vida del que se sentó a su lado en el, antes, agradable viaje. Indiferente solo tomó un pequeño bolso y observó la cantidad de personas; niños, jóvenes, adultos. No importaba que fueran, todas sus reacciones indicaban que sobrevivir a lo desconocido sin intentar luchar, era típico del instinto humano, cosa que le apestaba.

— ¡¿Qué es eso?!

— ¡Mi hijo, salven a mi hijo!

— ¡Ayúdenme!

Y ahí estaban, las creaciones que no quería que salieran a luz. Pasó más rápido de lo que había planeado. Agresivos al contacto del olor a carne fresca y sensibles a sus sentidos de olfato y auditivos. Eran lo que quería conseguir hace un tiempo y a la vez no. Quería ver a las personas en todos sus sentidos, traerlas a la vida tal como un milagro que solo lo divino podría brindar; estos solo eran monstruos buscando ponerle fin a la humanidad

El tren se detuvo abruptamente asegurando que ya todos estaban enterados de la situación. Pudo distinguir hasta vidrios rompiéndose por el temor de seguir en los mismos vagones que esas bestias.

Una desesperada mano tomó su tobillo haciendo que ella bajara su mirada. Un par de ojos suplicantes y llorosos de un pobre hombre que le pedía una simple ayuda, algo que ya estaba fuera de su poder. Quizá este tenía una familia a la cuál amaba, un hogar al que regresar y una vida placentera, pero ahora uno de los infectados se agachaba a la altura de su torso y abría su mandíbula dando el fatal ataque.

—Por favor…— la sangre brotaba sin control a la vez que aparecía otro para darle el final. Cayó sobre la espalda del hombre y tratando de tomar con sus manos la cabeza de este, mordió y estiro la piel del cuello ya destrozando cualquier esperanza de vida que tuviera.

Sin impactarse caminó hacía el inicio de todo viendo como aún quedaban victimas vivas siendo utilizadas de alimento. Pasaba tal como un fantasma sin causar gran impresión, hasta llegar al último y sangriento carril. Un infierno rojo se podría describir al rabillo del ojo, pero no le espantaba, cosas peores habían ocurrido en su vida por lo que hacía esta escena era algo suave comparada.

— ¡Aléjate! —una parte de asiento rozó su rostro, filoso y peligroso. Alzó una ceja para buscar a su atacante: Un simple niño. Estaba sano, pero sus ropas ya rojas decían lo contrario.

—Miedo—afirmo para sí misma. Eso era lo que ese muchacho tenía a pesar de que su actitud mostrara confianza—, ¿no huyes?

El chico pareció bajar el arma y mirar de reojo su espalda como si dijese que la razón era obvia y que su pregunta era idiota. Un cuerpo agonizante de las mismas dimensiones que el niño al lado de un infectado con parte de la cabeza destrozada.

¿Todo por proteger a lo que sería pronto un simple cadáver sin vida? ¿Solo con su disminuida fuerza lo había logrado? Era lo menos coherente y sin ningún sentido que había pensado…, muy honorable, también.

— ¿Acaso quieres morir? —dijo ladeando su cabeza levemente, el niño apretó sus puños mientras que tensando su cuerpo evitaba temblar. Era notorio. —Ahora te pregunto, ¿quieres vivir?

—Quiero que ambos salgamos de aquí... —susurró dirigiéndose al cuerpo casi soltando el miedo que su sistema nervioso reflejaba cediendo a los temblores. Se decepcionó, pensó que sería distinta su respuesta— No, no saldremos… ¡Viviremos! —ahora si sonó convencido de sus propias palabras.

Una sonrisa se formó en sus labios.


Impresionado eran pocas palabras para describir la habilidad del chico al esquivar cada zombie que se cruzaba y mayor aún… ¿Por qué había aumentado el número de infectados en tan poco tiempo? No importaba cuantas dudas tuviera, ninguna se respondería con el simple hecho de pensarlas. Tampoco podía creer que tuvo el deseo de vivir cuando en esos largos dos años se levantaba con el imponente ruego de acabar con su vida. Irónico.

Ese rubio se movía tal como un gato, elegante y hacía parecer toda esa carrera algo simple y nada agotadora. Al contrario que él.

Se detuvo a tomar aire, su cuerpo no estaba hecho para esas situaciones, o mejor dicho, acostumbrado. Habían descendido, subido y dado varias vueltas sin sentido alguno, se estaba más que hartando y arrepintiéndose de haberlo seguido.

—Camino equivocado—rió el rubio caminando hacía su lado.

—No me…has dicho…el cómo…sabes mi nombre…—dijo Shintaro tratando de tomar aire y tranquilizar su agitado corazón por tanto ejercicio.

—Tal como tú sabes el mío.

— ¡Pero no sé quién eres!

— Kano Shuuya. Ya lo sabes, ¿n o es divertido?

El rubio sacó de sus bolsillos su celular y empezó a teclear con rapidez como si estuvieran de paseo, sin notar que predeciblemente estaban siendo rodeados. La primera impresión que tuvo de ese chico desapareció al ver su descuidada estrategia, si se podría llamar así.

—No respires—habló Kano lo más bajo posible mientras que un infectado caminaba tan cerca de él que podía tocarlo. Era verdad, esos seres eran atraídos por el ruido, hasta escuchaban el ruido que el roce podía hacer al parecer. El problema, ¿estos tendrían tan buen olfato? Lo descubriría.

El infectado se detuvo frente al rubio, su nariz se movió levemente a la vez que lanzaba un gruñido hambriento causando el inicio de la cacería. De un salvaje movimiento el brazo de Kano fue mordido rasgando ruidosamente la tela de la ropa y parte de la piel. Horrorizado, Shintaro hizo algo que jamás creyó: Correr hacía el zombie y patear su podrida piel con su pie.

—Corre…, yo….seré uno de ellos—dijo con bastante dificultad Kano. Su rostro ya estaba pálido y su expresión reflejaba un absoluto dolor, la mordida la tapaba con su mano contraria que ya estaba empapada del líquido. El pánico le consumía las entrañas.

— Vamos, no puede ser así… ¡Levántate…, estarás bien! —ni el mismo podía dar certeza a sus palabras. Era una infección, el contacto de esos gérmenes en una herida abierta era un contagio lógico.

—Vete, yo…—Kano sonrió levemente—Serviré de distracción.

No era posible, no otra vez, esa persona moriría y él no sabía cómo reaccionar. Al ver las muecas de dolor que el chico ponía le hacían recordar el último forzado rostro que vio sufriendo en vida, ese que lo atormentaba hasta el día actual.

Levantó a Kano con ayuda de su brazo para empezar a caminar, no le importaba ya el paso lento en el que iba ni tampoco que morirían de seguro; Shintaro no dejaría ver morir a alguien frente de sus ojos, nadie merecía una muerte solitaria aunque lo desearan.

Maldijo a su propia mente seca de ideas al igual que el jodido día en que decidió romper su rutina como típica dueña de casa cansada de su vida. Sudaba, sus ojos se cerraban solos y de tan solo imaginar su propio fin le sacaba más de una sonrisa irónica. De seguro la sangre del rubio estaba manchando su chaqueta roja, pero, ¿qué más daba?

Ese era el poder de la presión, ese del que todos querían evitar para vivir con plenitud; era molesto e indoloro.

—Ene…—dijo en voz alta Shintaro—, solo quería agradecerte, si es que me estas escuchando. Fuiste mi pilar por este corto tiempo…También quiero disculparme contigo, Ayano…—su rostro empezó a llenarse de lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas hasta su ropa. El peso de Kano se hizo mayor causando una fuerte caída que de seguro le había atontado más de la cuenta.

—Una disculpa no basta para expiar tu pecado— ¿Esa voz era su conciencia? No, era la voz del rubio más siniestra de lo normal.

Junto a algunos hipidos silenciosos y el arrastrar de los caminantes, un pitillo empezó a jugar con su cabeza. Todo era tal como en las películas, pero sin los recuerdos abrumadores y un ángel de forma humana esperándolo con una sonrisa.

Solo un segundo bastó para que al cerrar y abrir sus cristalinos ojos la escena cambiara drásticamente; la chica que le entregó su billetera en la mañana ahora yacía frente a él sosteniendo una imponente Katana y haciendo un certero corte en plena frente de un caminante, que por lo lógico no tardó en caer.

Se incorporó algo en el piso impresionado, ya era la segunda vez que lo salvaban cuando estaba a tan solo segundos de morir. Shintaro no alcanzó ni a esbozar una palabra cuando un zombie tenía su aliento en su mejilla…aunque tampoco su terror surgió, pues un cuchillo se podía ver sobresalir desde la nariz (Si es que se le podía llamar así ahora) y salir con rapidez dejándolo sin movimiento. Un chico de atuendo verde y de gran altura le sonreía con confianza.

— ¡Kano! —exclamó la chica acercándose al rubio. Él estaba muerto, era demasiado tarde.

—Lo siento, él…—trató de hablar Shintaro intentando dar sus condolencias o sonar al menos con aquel tonalidad. La chica se le adelantó y golpeó en seco el estómago de Kano despertándolo a la fuerza.

—Deja de bromear, idiota—dijo la chica con una voz tan tenebrosa que un escalofrío recorrió su cuerpo sin ni siquiera haber sido dirigido a él. Kano, quien sostenía su abdomen adolorido, reía al punto de llorar de la gracia al ver a la chica frunciendo el ceño cruzada de brazos—.Siempre nos haces eso, de verdad pensé que ahora… ¡Imbécil!

— ¿Ninguna lágrima para mí, Kido? —rió Kano con sarcasmo. Un golpe en la cabeza fue su gran respuesta.

— ¿Estás bien? —preguntó ahora el alto chico agachándose a su altura. Sonaba bastante amable — Te vez algo descompuesto.

Trató de asentir con la cabeza, pero se dio cuenta de algo: Ni su propia chaqueta ni la ropa del rubio estaban manchadas con sangre, es más, ni herida ni desgarro de ropa tenía este. Se veía vivo y más alegre que al principio como si hubiera sido una experiencia divertida y llena de emoción ¿Por qué? Si juró verle siendo mordido en todo el brazo, gemir de dolor y sufrir en todo el camino que recorrieron. No tenía ningún sentido, nada ya tenía sentido.

No entendía nada.

« Kisaragi Shintaro, te volviste loco»
Pensó para sí mientras que cerraba los ojos y su mente se dormía.


Fin del capítulo