Título: ¡Cuidado con los ojos!
Sumary: AU- Un experimento ilegal basto para que la humanidad fuera expuesta a una gran plaga que tan solo existía en la ficción. Las esperanzas se pierden al igual que las vidas cada día, pero un grupo de jóvenes se levanta a pesar de los terribles pasados de sus miembros. —¿Enemoto? —¿Kisaragi?—Él está muerto— Recuerda, mentir es mi especialidad.—¡Detente!
Propiedad: Kagerou Project no me pertenece, si no a su creador. Oh sexy Jin.
Capítulo cinco
Tiempo y ganancias
La ciudad era una tragedia.
Familias separadas, robos indiscriminados, falta de cooperación entre la ciudadanía, olvido por parte de los más ricos a quienes necesitaban un mínimo de ayuda, silencio por las calles y niños llorando esperando a su fin.
Un par de meses pasaron para el Mekakushi-dan.
Shintarou logró darle su ubicación a su madre, quien ya estaba muy lejos de sus hijos en un refugio. Un alivió profundo sintió el Kisaragi al escuchar el regaño de su progenitora, el sentirla tan cerca de él con esas palabras.
"Eres un imbécil, ¿cómo se te ocurre desaparecer así con tu hermana? Niñato tonto." Dijo ella tan enojada como cuando lo veía días tras día en frente de su computadora.
"Mamá, estamos bien" Habría respondido él a pesar de que ella seguía insultándolo tras las líneas del teléfono. "No creo que podamos volver, má…"
"¿Cómo que no van a volver?" Gritó su madre y lo supo bien, sus tímpanos casi reventaron.
"Solo… No podremos, aún"
Shintaro mantuvo su respiración esperando una exasperada respuesta, pero lo único que escuchó fue un sollozo que le partió el corazón pedazo por pedazo.
"Confía en nosotros, por favor."
"Confío en ustedes, pero no en lo que les rodea. No le pidas a una madre que no tema cuando sus hijos están pendiendo en un hilo… Cuídense, pues si vuelven con un solo rasguño les daré una paliza, ¿sí?"
"Te quiero, mamá" Shintaro se tragó todo su orgullo y lo dijo. "Momo lo dice también y te manda saludos"
La pequeña risa salió de su madre.
"Los quiero, hijos."
Lo que Shintaro no sabía en esos momentos que su progenitora colgó con una enorme sonrisa llena de lágrimas. Su hijo ya había madurado, hablado con tanta determinación que se conmovió con facilidad. Orgullosa, dichosa, esas palabras eran poco para expresar lo que sentía ante su hijo mayor que luego de dos años de una nula comunicación y encierro hablaba sin titubear.
— ¡ME PUEDEN DEJAR DE MIRAR COMO SI TUVIERA UN INSECTO EN LA CARA! —explotó el número 7 luego de aguantar las miradas acosadoras del resto del grupo en el transcurso de toda la llamada.
Clik, Clik, Clik.
—Listo. Foto del maestro sonrojado hasta las orejas, sacada— dijo Ene mostrando una enorme sonrisa en la pantalla del celular del pobre chico.
Enomoto Takane perdía la conciencia bastante seguido.
No recordaba ni que hacía al despertar, solo sentía en dolor en su cabeza por estrellarse con el piso de la casa de su padre. No lo daba importancia, después de todo no podía dedicar tiempo a preocuparse de su dudosa salud.
Salía del lugar solo cuando era necesario, pues de armamento y comida estaba bien por esos momentos, lo único que revisaba era que su pista fuera pérdida.
Una vida solitaria.
Era curioso, en momentos así era vulnerable a caer en recuerdos de sí misma diciendo que viviría mejor sola o cosas por el estilo. Takane era orgullosa, bastante, tanto como para odiar a una persona que le ganara en un videojuego, y le daban ganas de volver el tiempo exclusivamente para darse unas bofetadas en la cara.
Haruka, él la mantenía de pie en esos momentos y también atada a esa ciudad para eliminar todo rastro de Kagerou-daze que quedará.
La ciudad estaba casi vacía, los caminantes ya se habían apropiado de las calles y solo pequeños grupos rondaban arriesgando sus vidas. Del total de la población que la ciudad registraba, casi el 85% ya había muerto, suicidado o convertido.
Dichosa vida que le tocó, lamentarse no servía de nada, la experiencia lo decía.
¿Qué paso?
Solo escuchaba las ruidosas respiraciones que se aclaraban concordes a que su mente despertaba. Abrió los ojos para levantarse.
Muchas personas le rodeaban, aunque sus expresiones no eran nada lindas, bueno, tampoco eran muy agraciados. Sus pieles algo verdosas y algunos cortes eran signos de que algo andaba mal con su salud, ¡hasta algunos les faltaba parte de la cabeza! Estaban mal… Si ellos estaban así, ¿él lo estaría también?
Tocó su torso y brazos desnudos, manoseó su cabeza para aliviarse por dentro. Nada de nada.
Los observó de nuevo, se acercaban a él babeando. Tenían hambre. Él también tenía hambre. Quizás ellos tenían tanta hambre que querían ver si tenía comida y robarle.
—No. —dijo queriendo aclararles la situación, en vano.
¿Y si en verdad llevaba comida consigo y no lo sabía? Debía correr y huir de ellos para averiguarlo, sí, eso era lo mejor.
Una misión, la líder había ordenado buscar comida.
Mary se quedaría, pues tenía un ligero miedo a las multitudes y bueno, los zombies. Seto, Momo y Ene acompañarían a Mary, pues a pesar de la timidez de la albina se descubrió que con las dos últimas podía hablar e interactuar con facilidad.
Kido, Kano y Shintaro caminaban por las calles, sigilosos. A pesar de llevar armas de fuego utilizaban cuchillos y la katana (en caso de Kido), pues no eran ruidosos y por ende, no atraerían a ningún ser indeseado.
— ¿Miedo, Shintaro-kun? —dijo Kano soltando esa risa tan característica suya, el séptimo no respondió, pues la respuesta era obvia ¡Estaban en medio de una masa de caníbales! ¿Cómo no tener miedo? Entendía perfectamente el humor de Kido ante el rubio, cada palabra que soltaba estaba directamente predestinada para ser golpeado al final. Kano al parecer era un masoquista o algo por el estilo, eso era lo que pensaba Shintaro.
— Shhh—susurró la líder. Tanto ella como Kano se escondieron dando un paso para atrás.
¿Qué hacía Shintaro? Entró en pánico y solo atinó a mirar hacía todos lados. Tenía un cuchillo en mano que por culpa de sus manos temblorosas cayó al piso.
Una enorme cantidad de caminantes venía a toda velocidad, perseguían a una presa: Un chico…. ¿semidesnudo? Bueno, era carne a los ojos de los infectados.
—Kisaragi—gritó Kido indicando que se acercara, él iba a hacerlo pero sus torpes pies tropezaron con su arma y quedo estampado al piso.
El chico de antes se acercaba más y más, al igual que los zombies. Ya el sudor empezaba a salir de los nervios. Lo esquivaría y el pobre de Shintaro sería la comida. Su destino sería cruel, lo sería.
Lo pisó. El chico lo pisó tal como un insecto y lo peor, no siguió corriendo ya que tropezó cayendo unos metros más lejos. Y cuando Shintaro pensó que ganó el premio de verse patético, ese chico se lo arrebató.
Un caminante se abalanzó hacía Shintaro quien apenas captando tomó el cuchillo que estaba al lado de su cabeza y lo enterró en medio de la frente para que con ayuda de sus piernas lo lanzó a un lado. Kano en un parpadear ya se había deshecho de un par y Kido que sacó de la vaina su Katana cortó a los que le rodeaban en un delicado movimiento.
—Kukuku—rió Kano— Tendremos que volver.
No se dijo ninguna palabra más para empezar a correr. El semidesnudo chico se levantó y siguió corriendo delante de los miembros del Mekakushi-dan.
Lo importante era escapar y bueno, más tarde harían preguntas.
Takane miraba por la ventana, veía el cómo algunos seres se comían a una presa reciente. Rasgaban la piel con los dientes, los mismos dientes que antes ocupaban para sonreírle a la vida. Era repulsivo, pero desde el lugar donde estaba nada malo pasaría.
Curioso fue ver que algunos alzaban sus cabezas para gruñir ante la presencia de comida fresca.
Un chico de cabello blanco semidesnudo corría, atrás estaba Kisaragi y dos chicos más y pisándoles los talones los tan adorables zombies.
Volvió a repasar la escena.
Un chico albino semidesnudo. Kisaragi. Un rubio y ¿una chica? Zombies.
—Maldición—dijo Takane para tomar su arma, tomar unos cartuchos de balas y terminar de abrochar sus zapatillas para salir con rapidez a socorrer a ese singular grupo en apuros.
El paisaje rojo se hizo presente alterando lo poco o nada que de su cordura quedaba, ese líquido tan espeso era tan solo iluminado por la tenue luz del alambrado de las calles. El aroma de la sangre lo enfermó y sus pequeñas manos subieron hacía su garganta conteniendo las náuseas inmundas que se querían manifestar. Miedo, él tenía mucho miedo.
Un cuerpo, dos cuerpos, siete cuerpos; no importaba la cantidad, si no la variedad. Todos con un tipo de tortura en vida distinta, llena de sufrimiento y desesperación para solo encontrar la salvación en la muerte. Las gargantas rasgadas, los ojos al parecer reventados por algún tipo de presión superior y algunos órganos vitales fuera de donde pertenecían.
— ¿Qué es esto? —preguntó Amamiya Hibiya hacía la mujer de no gran altura, quien lo miró con su seria expresión— Estamos en medio de una escena del crimen.
—Menos habla, niño —dijo Azami siguiendo el camino sin ni siquiera mostrar señal de debilidad—Él siente el miedo y si tiemblas de esa manera te matara sin titubear.
—No es-estoy temblando—y era cierto, no lo hacía, las fuerzas para no devolver su almuerzo eran las causantes de que su cuerpo tuviera algunos espasmos.
Un par de meses habían pasado desde el "accidente" del tren y desde ese entonces no supo nada de Hiyori y menos de su familia, optó por acompañar a tal extraña en su búsqueda de la salvación: Salvación hacía su amiga.
¿Qué sería de ella? ¿Estaría bien? ¿Pensaría en él acaso?
Todo se opacaba. Sus esperanzas, sueños de un futuro pleno, el seguir respirando… Nada era estable.
Un estruendo causo su caída al húmedo piso, no por miedo si no por sorpresa. Ladeó su cabeza hacía la derecha para abrir los ojos como platos: Un brillante cuchillo estaba clavado gustoso en la pared, justo en el lugar donde un segundo anterior cruzó.
— ¡Qué sorpresa tengo aquí! —dijo una irónica voz. — La maestra de las maestras en la ciencia y…un mocoso.
Azami suspiró y relajó sus hombros. Hibiya se acercó inconscientemente a la mujer, pues a pesar de escuchar no tenía ni idea de dónde provenía la voz y en el fondo de su corazón ya el bicho de temor empezaba a picar.
— ¿Qué quieren? —el sujeto sonó algo más seco, cansado. — Supongo que necesitaran mi ayuda, algún servicio que pueda realizar… ¿Un asesinato? —Pronto un tono más entusiasta llegó— ¡Ya sé! Me trajiste a ese muchacho para matarlo. Eres tan amable, no debiste, pero como soy educado lo aceptaré.
—Necesito información—dijo Azami dando un paso al frente en ese infernal ambiente. Arrojó su maletín lejos causando un ligero ruido contra el piso. —y ese sería tu pago.
Un largo silencio que Hibiya contó en su mente. Segundo por segundo hasta formar un perfecto minuto. Casualidades que podía presenciar en un momento tan peculiar.
—Sé que sigues en contacto con Kenjirou a pesar de que escapaste—habló Azami, Hibiya no entendía nada, pero escuchar era esencial para comprender
cosas que sabía que nadie se detendría a explicar —. Necesito que consigas su ubicación para este niño.
— ¿Por qué tanta molestia por un mocoso? ¿Es tu nieto? No, espera. Tienes una nieta… ¿entonces?
Hibiya arrugó su nariz ante eso, no le agradaba nada el que le dijeran "mocoso".
— Tengo mis razones. — contestó Azami. — Además sé que debes estar cansado de ser un individuo artificial, una copia, así que aprovecha mi regalo si no quieres que me arrepienta.
Al fin se vio la silueta. Un muchacho, tez blanca y una mirada ámbar, de cabello tan oscuro como la oscuridad que lo cubría. La sonrisa sádica que tenía estremeció a Hibiya, pero no retrocedió.
—Siempre tan directa, Azami—el chico tomando el maletín entre sus dedos manchados de rojo—. Es un placer hacer negocios contigo.
—No puedo decir lo mismo, Kuroha.
Fin del capítulo cinco.
