Título: ¡Cuidado con los ojos!
Sumary: AU- Un experimento ilegal basto para que la humanidad fuera expuesta a una gran plaga que tan solo existía en la ficción. Las esperanzas se pierden al igual que las vidas cada día, pero un grupo de jóvenes se levanta a pesar de los terribles pasados de sus miembros. — ¿Enomoto? — ¿Kisaragi?—Él está muerto— Recuerda, mentir es mi especialidad.—¡Detente!
Propiedad: Kagerou Project no me pertenece, si no a su creador. Oh sexy Jin.
Capítulo 7
Reunión
Kido secó su frente. Eran demasiado para hacerles frente con su katana y Kano, para variar, había desaparecido.
Ese idiota la sacaba de quicio, pero en aquellas circunstancias tan arriesgadas se tendría que fiar que él sabía lo que hacía. Si llegaba a morir, ella lo mataría otra vez.
Se había separado para variar; Shintaro se dedicó al muchacho albino y la chica, que por cierto le era bastante familiar, les pisaba los talones.
Su corazón estaba siendo acelerado por el miedo, aquel que susurraba en sus oídos que los perdería y solo volvería a ver para ahorrarles el fatal destino de rondar por las calles buscando más carne fresca, mientras que la pudrición de sus propias carnes se hacía evidente. Kido Tsubomi no quería eso.
Activó su mirada, exhausta, y se dejó caer contra una pared. Ya no sería notada por un rato.
Buscar provisiones siempre era un drama que quería transformarse en tragedia.
Tomó su teléfono y marcó las teclas con serenidad, aunque bastaron un par de minutos para darse cuenta que la pantalla estaba en negro a causa de la batería. La suerte no estaba de su lado de hace días. La culpa sería de Kano. Cada vez que él desaparecía pasaban cosas malas.
Su plan de acción estaba listo y quedarse descansando ya no era una opción.
Aquella mujer—Azami, como la habían nombrado antes— lo había dejado solo y a su propio destino junto a ese retorcido hombre. Kuroha, lo nombró ella, siendo la única información que tenía de éste junto al olor a muerte que emanaba por cada paso que se acercaba.
—Concentración, mocoso, ¿o buscas que te coman los sesos? —escuchó Hibiya a su espalda. Solo miró de reojo, pero bastó para dar con la escena de un caminante a centímetros de su nuca con la punta del cuchillo en su frente cayendo inerte a la acera. No agradeció, no era necesario con aquel sujeto, solo sería razón de burlas.
Siguió caminando, ahora tras de ese hombre que ya había entrado en un gran edificio. Vio como Kuroha llamaba el ascensor y subía en él solo para apretar todos los botones y bajar.
—Iremos por las escaleras—dijo a Hibiya, el cuál de la impresión casi cae sobre su espalda. — ¿Cansado ya?
El castaño tragó saliva y acomodó el gran rifle que yacía colgado en su espalda. Un rifle de francotirador cuyo peso variaba entre los doce kilos y era fácil de armar, era un International as-50 o algo así había escuchado de la boca de Kuroha, pero el nombre no quitaba lo jodidamente pesada que el arma era.
¿Por qué lo llevaba él? ¿Por qué tenía un arma de tal calibre?
Todo era simple, un entrenamiento para hacerlo hombre y el sujeto se estaba tratando de deshacer de él haciéndolo cargar cosas pesadas mientras que en sus talones los zombies lo rozaban.
Cerró los ojos un momento, su vista estaba algo adolorida hace días después de las inyecciones que Azami le habría proporcionado. Prácticamente en esos días con la mujer no tenía ni voz ni voto, el preguntar sus destinos estaba prohibido y actuar por sí mismo también. A pesar de todo, Hibiya pudo ver a través de los fríos ojos de Azami a una mujer que intentaba cuidarlo con su vida, con nervios y miedo, temblorosa y orgullosa. Vio a una mujer que había sido madre y quizá aquella historia no tuvo un final muy feliz.
Kuroha se acercó con rapidez hasta un escalón más arriba del cual ya estaba el chico y con una navaja limpia liquidó al caminante que tenía sus mandíbulas rozando el cabello del menor. Ahora sí que Hibiya tenía razones para enojarse, pues apenas que el tipo sacó su arma de las carnes del zombie, éste cayó de lleno sobre él con las carcajadas del sádico hombre. Ahora con un cuerpo sangrante y podrido se le agregaba más peso de lo que tenía.
— ¿Quieres ayuda? —canturreó Kuroha con una sonrisa despiadada. Si bien la situación no lo mataba, lo cabreaba de tal manera que si tuviera que escoger un arma para asesinar a aquel muchacho, sería un cepillo dental. Sí, algo doloroso y lento.
Su mirada llena de odio indicó su rotunda respuesta.
—Bueno—sentenció el muchacho sin quitar aquella tan jodedora sonrisa—, te esperaré en la terraza, ¿Si? — Y Kuroha se dio vuelta para seguir con el camino por las escaleras. Casi juró haberlo escuchar tararear— ¡Procura que no te maten!
Hibiya lo odiaba.
Estaba demasiado silencioso y no le gustaba. Por lo que observaba alguien más, vivo, yacía por los sectores, pues varios cuerpos tenían cortes en la cabeza. Era inteligente en ese aspecto, utilizar balas solo traería a más caminantes y matarlos a sangre fría ahorraba todo ese problema, pero el problema yacía en que ese sujeto, ¿sería un aliado?
Se oscurecería luego y eso significaría que llegarían montones de caminantes, más vivos que nunca y buscando de alguien para alimentarse y por supuesto que ella no quería ser eso, comida. Ocupó el teléfono público para llamar a Seto, algo difícil al tener que recordar número por número.
Alguien contestó, a su suerte.
— ¿Seto? —se atrevió a preguntar, esperando no haber fallado.
— ¡Kido, estás bien! —exclamó al otro lado de la línea su buen amigo. Suspiró con alivio. — ¿Dónde te encuentras?
— No tengo mucho tiempo—miró su reflejo; sus ojos volvían a la normalidad. — ¿Shintaro volvió?
Un caminante se pegó en los vidrios de la cabina causando que chillara en voz baja.
— ¡¿Estás bien?! —Kido se mantuvo en silencio.
Al final éste cayó y siguió su camino, si no la escuchaba ni olía, nada pasaría. Secó el sudor que empezó a acumularse en su frente.
—Sí, perfecta.
Escuchó las voces de todo el Mekakushi-dan a través de la línea. Tanto Mary como Momo hacían preguntas a Seto, que por su respiración, parecía nervioso y tenso.
—Shintaro volvió junto a un chico, sano y salvo.
Un miedo menos, pensó la líder sonriendo.
— ¿Y Kano? —quizá habría sido una pregunta estúpida, el chico podría haber vuelto por su cuenta.
—No… ¿no está contigo, Kido?
Maldijo de todas las maneras existentes y por existir, tanto en su mente como en voz alta.
¿Por qué siempre les hacía eso? ¡Kano iba por su cuenta como sí ellos no fuesen dignos de él!
Acribillado y rebanado, ese sería el futuro del rubio si no aparecía en alguna parte de la ciudad y daba una disculpa digna de su desaparición… aunque el verlo de pie, sonriendo como siempre, sería el mejor regalo en esa tarde.
—Kido, iré por ti, ¿dónde está…—la línea se cortó. No, el teléfono fue destrozado a bala por su espalda.
¿Quién estaba siendo el enfermo que la confundía con un zombie? No importaba qué, su Katana lo destrozaría si escuchaba tan solo un disparo más.
Pateó la puerta y salió. Observó los lugares más altos, pero no encontró a nadie que fuera autor del aquello.
Un zombie cayó a diez metro, aproximado, de ella y luego empezaron a caer varios más simultáneamente. Fue el momento que una bala rozó su hombro cuando determinó con exactitud la dirección de las balas; una azotea que tenía un tenue luz debido al reflejo de un gran arma.
Empezó a esquivar y esconderse tras las estructuras de las antiguas tiendas, cortando a cualquiera que se despertara por los ruidosos estruendos que se golpeaban contra la acera. No importaba quien fuera, estaba disparando a matar. Kido intentó salir de su escondite, pero paso que daba marcaba una bala en el piso. ¿Qué estaban haciendo? Ella no era un juguete y menos un caminante.
Kano podría esperar, pues, quien estaba disparando tendría su merecido… Si lograba acercarse.
Corrió con su arma en manos, su torso se iba hacia delante para captar más velocidad al cortar. Las garras de los zombies eran lo de menos cuando una bala pasaba por su nuca en busca de encajar en su cerebro. Se acumulaban con rapidez en su espalda y lados, acorralándola.
—Bien.
Clavó el filo en la cabeza de uno y sin dejarlo libre ocupó su cuerpo para contener el futuro proyectil, pateó la carne podrida de la frente del cual quería lanzarse a sus pies y volviendo al uso de su Katana cortó el cuello de otro. Con el camino ya libre, empezó a correr con dirección al edificio, con las balas queriendo acompañarla y ocupando a sus no-vivos amigos como escudos entre sus pasos ya planificados.
Una bala, solamente, se filtró. En fracción de segundo calculó la ruta y cortó; el proyectil cayó a sus dos extremos, rebanada perfectamente.
Activó su mirada y desapareció de la vista de su oponente.
—Te falta precisión, mocoso—dijo el despreciable hombre. Hibiya gruñó. — ¿No puedes con un simple blanco en movimiento? ¡Azami desperdicio todo en ti!
Hibiya apretaba el gatillo con fuerza y dolor, el calibre del arma tenía su hombro hecho trizas y las palabras causaban que sus nervios palpitaran presionando su cabeza.
—Quizá es muy básico…—murmuró a sus espaldas. Vio que se acercaba a orillas del fin del edificio y apuntaba la cabina telefónica. —Intenta con eso.
No era solo la cabina, había una mujer …pero, ¿antes había estado ahí?
— ¡¿Estás loco?! —se sobresaltó Hibiya. — ¡Esta viva!
Él rió. Solo rió. Una carcajada tan enferma como su cabeza.
—Nosotros estamos vivos, ellos lo estuvieron y ella morirá ahí sola, ¿no entiendes? Estamos en medio del fin, mocoso. Una muerte más tan solo va a ser una mierda menos.
Eso heló su cuerpo, pero más fue la cuchilla que amenazó su cuello.
—Dispara.
—No…
—Dispara o lo hago yo.
Hibiya cerró sus ojos con fuerza y empezó a disparar. Si no la mataba, él moriría…
Corazón, pecho y pies; esos eran los puntos más usuales en disparar. Si bien su vista estaba adolorida, tenía mayor puntería en esos momentos, casi como si hubiera disparado toda su vida, pero no era suficiente cuando no tenía la intención de arrebatar una vida. Ella era ágil y astuta, no era una principiante y el arma lo indicaba.
Un juego de vida o muerte. Sonrió al ver que al fin una de sus balas fue directo a su cabeza. Se sintió enfermo y las náuseas lo sucumbieron tras la felicidad ante su éxito… No podía haberla asesinado, él no estaba tan mal de la cabeza como Kuroha… El miedo le rompió el corazón y sus ojos se empezaron a aguar.
— Un espécimen más… ¿eh? —habló Kuroha. Hibiya observó otra vez.
Ella ya no estaba ahí, ni siquiera el cuerpo que debió haber caído.
Todo era borroso, era increíble el asunto, aunque todo ya no era del todo coherente de hace meses. Sintió un maullar y el como un pequeño gato oscuro se acercaba y auto-acariciaba contra su mano caída. Un recuerdo volvió a su mente de niño, ese de la sonrisa y delicadeza de Hiyori, también las escenas de cuando caminaba y reía, lo utilizaba y luego regañaba, pero la imagen de ella acariciando un gato siempre quedaría en él.
La extrañaba; su recuerdo era lo único que tenía para volver al pasado, cuando eran felices con sus vidas. La esperanza de verla otra vez, su razón para seguir con todo esto sin dar paso atrás.
—Levántate—le ordenó la fría voz de Kuroha. —.Tenemos compañía.
Hibiya volteó y retrocedió; la mujer estaba viva. De cabellos verdes y mirada amenazante, portaba un sable de filo sucio a la dirección de su mentor. Kuroha sonreía a gusto, la situación parecía estar controlándola bien al tener un revolver de alto calibre y un cuchillo mercenario.
Kuroha disparó sin dudar, pero la mujer fue lo suficientemente rápida para esquivar y lanzar un corte a su abdomen, que, para suerte del chico, solo cortó su ropa. Un golpe directo de frente de la Katana fue obstaculizado por el filo del cuchillo con tan solo la fuerza de una mano para luego deslizar el arma rival y patear para alejarla un poco.
Ella desapareció para volver a aparecer a espaldas de Kuroha propinando un corte largo, sin profundidad. La risa de su mentor aumentó a tal punto que llegó a erizar sus cabellos. Corrió y sostuvo el filo de la Katana con su mano desnuda, el cuello de la peli-verde quedó expuesto al cuchillo de tenebroso corte.
— ¿Quién eres…?—dijo la chica chasqueando la lengua. Si ella hacía fuerza, le rebanaría la mano, pero si lo hacía él tendría tregua para dejarla desangrar de tan solo una herida.
—Y yo pregunto, ¿qué eres tú? —el silencio habitó hasta que una risa burlona apareció a espaldas de Hibiya. Una mano se colocó en su hombro.
—Esto ya no es divertido—un muchacho rubio empezó a abrirse pasó hasta mostrarle la espalda al menor.
"Pero atrás solamente estaba ese gato" pensó Hibiya dejándose caer asustado.
¡Era el idiota!
Kido, a pesar de su situación, se relajó al fin. Kano estaba vivo y como siempre se aparecía en los momentos justos.
—Te recomiendo soltar a mi líder, por las buenas—dijo Kano con seriedad.
El cuchillo se clavó en su cuello con suavidad; Kido pudo sentir un ligero corte, pero mínimo a lo que ella estaba haciendo con la mano del muchacho de aspecto oscuro. Ella sabía que hacer y no dudó en actuar. Activó su mirada y soltó su katana, evitando así que descubriera su ubicación al sentir el cambió de dirección de su arma.
— ¿Relevo? —exclamó su rival— ¡Y yo qué me estaba divirtiendo!
Pasó.
Kano mostró su mirada, transformándose en un gato negro y aprovechando aquella habilidad para, simultáneamente, volver a la normalidad para atacar con sus cuchillas y movilizarse como un felino ágil alrededor de su oponente. La batalla apenas podía divisarse por la rapidez de defensa y ataque, pero de lo que estaba segura era que Kano tenía una ventaja absoluta.
—Hey, chico gato. —dijo entre risas aquel tipo. Había sacado una granada militar y quitado el seguro. — Te lo regalo.
El temor subió. El rubio sostuvo el artefacto explosivo y lo aprisionó contra su pecho, lanzándose también por la azotea del edificio. El sonido y la sangre derramada, todo fue una mera ilusión y Kido lo sabía, pero no evitó el hecho que cerrara los ojos y volteara la cara a otra parte.
—Lo sabía, pero no fue lo suficiente, monstruo.
Un disparo volcó todo. Kano, aún en su engaño como gato, estaba tirado en el piso con un impacto de bala en su pecho.
La sangre era real, ese olor ni el mejor engaño del número tres podría simular.
¿Qué había pasado?
Fin del capítulo
