Capítulo II

Se miró al espejo una vez más. Habían pasado ya varias semanas desde su regreso, pero todavía se le hacía extraño verse de nuevo con su forma original. La imagen que el espejo devolvía se le antojaba irreal, como si estuviese contemplando a otra persona en lugar de a si misma y los ropajes que llevaba en aquel momento no ayudaban demasiado a habituarse a su nueva situación. Sabía que tarde o temprano iba a llegar aquel día. Lo había estado posponiendo todo lo que había podido, pero aquel trámite no admitía más demora.

Desde que había vuelto al que se suponía era su hogar, destruyendo el Espejo a su paso, las cosas no habían resultado fáciles. Se había visto obligada a atender sus obligaciones como soberana del Crepúsculo, sin tan siquiera tiempo para adaptarse, para asimilar aquella nueva situación. Dado lo precipitado de su marcha, no había podido prepararse para semejante carga. Se sentía confusa, desorientada, fuera de lugar. Pero lo peor de todo aquello es que no tenía nadie en quien confiar. Aquel que se suponía su hogar, el lugar al que pertenecía, parecía no serlo más. Allí ya no le quedaba nadie. Su hogar había muerto junto a sus seres queridos y ahora se sentía una extraña. Sabía que, en parte, se sentía así por todo lo acaecido durante su periplo por Hyrule. Aquella aventura había dejado una gran huella en ella. Se sentía diferente, cambiada. Lo que había vivido, las personas a quienes había conocido, eran recuerdos demasiado valiosos que atesoraría por siempre en su memoria, especialmente todo lo referente a quien había sido su compañero durante tanto tiempo. Había aprendido tanto de él, aquel al que había guiado a lo largo de su viaje...Link. Al principio no había sido fácil. Recelaba demasiado de los seres de luz e incluso llegó a dudar de sus aptitudes y de la veracidad de la leyenda. Era consciente de que al inicio de su periplo no lo había tratado como merecía, había sido muy dura con él. Se había aprovechado de su desesperada situación y aún así, él nunca dudó en seguir sus directrices y obedecerla. Con el paso del tiempo fue viendo más allá, llegando a descubrir en él su noble carácter, su valentía innata, la honestidad de la que siempre hacía gala, la sencillez y la humildad con la que siempre conducía sus pasos. Por todo ello se había ganado su respeto y su admiración. Pero lo que terminó por romper la dura coraza que ella misma se había impuesto, lo que había llegado hasta lo más hondo de su ser, fue ver cómo se preocupaba por su persona, cómo fue capaz de arriesgar todo por ayudarla, cómo siempre que lo necesitó había tratado de socorrerla. Casi sin darse cuenta, aquel que había comenzado siendo su compañero se había convertido en su amigo, la única persona en la que confiaba ciegamente. Ahora, en la distancia, entendía todo lo que aquello significaba, cuán profundos eran los sentimientos que albergaba hacia el héroe.

En cambio, en ese momento, se veía condenada a aquella vida de hastío, sin más entretenimiento que los libros de la biblioteca, sin más compañía que la de aquellos que permanecían a su lado únicamente por obligación. Sabía por su padre que la tarea de gobernar un reino no era cosa sencilla, pero nunca había imaginado que hasta tal punto. Las lecciones que había aprendido a lo largo de su infancia no le habían preparado para todo lo que reinar suponía. Pasaba los días encerrada en su despacho, revisando pilas de documentos, concediendo audiencias y permisos, soportando a todos aquellos que se acercaban a ella únicamente para obtener su favor. ¿En quién podía confiar? No sabía quienes de los que la rodeaban estaban a su alrededor únicamente por oportunismo, por lealtad a su padre o a ella misma, incluso sospechaba que entre sus súbditos aún quedaban algunos adeptos del usurpador. Sus pocos instantes de ocio consistían en largos paseos por los jardines y alguna que otra incursión a la Ciudadela, donde había encontrado un inesperado pasatiempo, relatando su aventura por las diversas tierras que conformaban el gran reino de Hyrule a los niños, siempre encantados de escuchar aquella historia.

Los días se sucedían lentamente, en parte por culpa de ese ocaso perpetuo donde nunca se alternaban el sol y la luna, donde era imposible saber si el tiempo discurría con normalidad o si, por el contrario, se había detenido.

Sacudió la cabeza, tratando de alejar de su mente aquel desasosiego, aquella melancolía que parecía haberse instalado permanentemente en lo más hondo de su ser. Revisó de nuevo, una vez más, todos los detalles de su indumentaria. Se podía decir que se sentía de todo menos cómoda con aquel vestido de gala, la elaborada capa y las joyas que recorrían prácticamente cada centímetro visible de su piel. Suspiró, intentando que aquel simple gesto le infundiese valor, antes de darse la vuelta, dispuesta a abandonar sus aposentos. Mientras descendía la gran escalinata, su nerviosismo iba acrecentándose. Después de aquel día, ya no habría marcha atrás. Los pasillos estaban prácticamente desiertos salvo por los guardias que los custodiaban. Apenas se oía otra cosa que su respiración agitada y sus pasos sobre las frías y estériles losas.

Las puertas del gran salón real se abrieron para recibirla. Caminaba lentamente, con la vista al frente, sin mirar en ningún momento a ambos lados, a sabiendas de lo que allí encontraría. En los flancos de la estancia, los invitados se iban levantando cuando se acercaba a ellos, ejecutando exageradas reverencias cuando pasaba por su lado. No se dignó a mirar a nadie mientras se abría paso por la alfombra que adornaba el lugar. Quienes habría querido que la acompañasen en un momento tan importante no estaban allí. Al final de la sala la esperaba el trono, su trono, adornado para la ocasión. En cuanto ocupó su lugar, dio comienzo el acto. El maestro de ceremonias, relataba una vez más la historia del reino, de cómo habían sido expulsados de las tierras de la luz, de aquel pueblo de valientes trabajadores que habían sabido adaptarse a aquella nueva e inesperada situación. Prosiguió enumerando uno a uno los reyes que la habían precedido, rememorando las hazañas de los mismos, alabando sus múltiples virtudes y los hechos por los que aún eran recordados. Pero su mente estaba muy lejos de aquella sala. Rememoraba, una vez más, cómo comenzó todo. Cómo había conocido a aquel muchacho que ante sus ojos se había transformado en la bestia de ojos zarcos de la que tantas veces había oído hablar en las leyendas de su pueblo. Cada vez que lo hacía, no podía evitar sentir una punzada de culpabilidad por haberle utilizado como había hecho, a pesar de saber que él no albergaba rencor y la había perdonado. Sus recuerdos eran tan vívidos que podía oler las briznas de hierba de la pradera de Hyrule alzándose al contacto con las herraduras de la yegua al galope, sentir el vapor de la tierra que emanaba en Kakariko, la suave brisa del lago Hylia, el viento cortante de las montañas, el ajetreo de la Ciudadela, el calor abrasador del desierto… Era aquel último lugar el que le traía los recuerdos más dolorosos, los propios de aquella amarga separación. Se maldecía internamente una y otra vez por no haberse atrevido a darle un abrazo, por no haberle dicho lo mucho que significaba para ella, por no referirle cuánto iba a echarle de menos. El cruel destino que tantos momentos les hizo compartir, escatimó en tiempo en lo referente a su despedida.

Las palabras del maestro de ceremonias le devolvieron a la realidad cuando la conminó a levantarse. Se incorporó, posando la mano sobre el libro que aquel sostenía, pronunciando en voz alta y clara el juramento a la corona que tan bien había memorizado. En él, juraba servir, proteger y hacer prosperar al reino del Crepúsculo bajo su mandato, poniendo al servicio del mismo todo su empeño y su propia vida si fuese necesario. El acto finalizó con su coronación simbólica ante todos los presentes y la toma de posesión de una réplica de la desaparecida Sombra Fundida. Abandonó la sala, haciendo caso omiso de las reverencias y los parabienes que los invitados le dedicaban y se encaminó hacia el balcón, donde saludó a los habitantes que allí se habían congregado para ver a la ya oficialmente, soberana del Crepúsculo.

De regreso al interior del palacio, ignoró las recomendaciones de sus consejeros de asistir a la fiesta en su honor y se encerró en su cuarto. No deseaba estar ni un minuto más rodeada que aquellas gentes que fingían ser sus amigos y velar por su bienestar. Era consciente de las habladurías y suspicacias que corrían como la pólvora por el reino en lo referente a su persona. Se decía de ella que era demasiado joven para gobernar, que su temperamental carácter acarrearía problemas al reino, que una mujer sola nunca tendría éxito en semejante empresa, pero aquello no le importaba en absoluto. Les demostraría que estaban equivocados.

Se deshizo rápidamente de la ropa de gala, preparó un baño y se sumergió en las espumosas aguas. Era incapaz de resignarse a que el resto de su vida fuese así. No iba a dejar de lado sus obligaciones, pero estaba dispuesta a luchar por lo que quería, por una vida feliz. En su determinación, concluyó que debía encontrar la forma de regresar de nuevo a Hyrule y aprovechar el regalo que las diosas le otorgaron al permitirle permanecer en el mundo de la luz que de otro modo habría estado vetado para ella, para encontrarse de nuevo con él y mantener una conversación donde pudieran decirse todo aquello que ambos se habían visto obligados a callar en el momento de su partida. Incluso, tal vez, podría ser capaz de restaurar el Espejo. ¿Por qué deberían permanecer ambos mundos aislados ahora que conocían de su recíproca existencia? Salió de la bañera, envolviendo su cuerpo en un albornoz. Echó un rápido vistazo por la ventana, con una sonrisa de esperanza cruzando su rostro antes de dejarse caer sobre la cama. Se durmió, con el firme propósito de que al día siguiente, haría todo lo necesario para poder comenzar una nueva aventura.