Capítulo V

Latoan es la región más austral de Hyrule, según algunos fue el refugio de muchos Hylianos que huyeron dejando atrás la guerra civil que asolaba el reino y se ocultaron en aquella zona boscosa de orografía compleja surcada por lomas, riachuelos y despeñaderos. Al abrigo de la masa arbórea los Hylianos asentaron una pequeña aldea junto a una fuente de agua cristalina, un acuífero que afloraba desde la tierra de forma casi milagrosa, bendecida por un espíritu de luz que se erigía como guardián de aquellas tierras y enviado por las diosas. La aldea no estaba demasiado alejada de la frontera con la antigua ciudadela que quedó hecha ruinas y de la que sólo se conservó el templo de modo que junto a los refugiados se hallaban algunos soldados que custodiaban la zona, protegidos y ocultos por el forraje y los abruptos riscos, que finalmente se decidieron a emprender una vida apacible una vez que los ecos de la guerra se apagaron, conformando así un abigarrado grupo de habitantes.

Nombrada como Ordon, la aldea enclavada en un pequeño valle regado por un arroyo permitía a sus moradores disfrutar de un suelo fértil en el que cultivar y pastorear el ganado, el exceso de aquello con que subsistían constituía la manera de obtener un sustento al comerciar acudiendo a los mercados cercanos o a la propia ciudadela. La calma se había asentado en aquel primigenio refugio de desertores e Hylianos huidos, conformando una comunidad humilde cuyo prosaico discurrir sólo se veía alterado quizá por algún que otro salteador de caminos, alguna mala cosecha o la enfermedad repentina de las reses que habían de ser sacrificadas, no obstante, el grupo de aldeanos se mantenía cohesionado, prodigándose ayuda mutua, hasta el punto de conformar una gran familia.

Con el discurrir de los años, los griteríos infantiles comenzaron a llenar la aldea, de entre los nuevos miembros destacaba Link, un joven de ojos de un azul intenso y cabellos cuyo rubio oscuro y apagado se asemejaba a los campos de trigo. Hijo de un antiguo soldado de Hyrule que colgó las armas al llegar a la aldea y de una joven campesina de la que aquel caballero se prendó al instante, el chico era sumamente curioso, vivaracho, noble y observador. Criado en la naturaleza estaba acostumbrado a pastorear y a ordeñar cabras, tarea en la que colaboraba con su padre, pero no dudaba en escaparse a veces, eludiendo dichas responsabilidades pese a las advertencias maternas y buscar ardillas o libélulas persiguiéndolas con ahínco para tratar de cazarlas. En sus correrías, tenía como compañeras a Epona, la potranca que había nacido en los establos de la aldea proveniente de los caballos traídos por los soldados e Ilia, la hija del jefe de la aldea, una niña de penetrantes ojos verdes y edad próxima a la suya que no dudaba en acompañarle en cualquier disparatada empresa que ocupase su mente. Pese a que Epona aún era demasiado débil para soportar en su grupa a los pequeños no dudaban en llevarla de las riendas para que pastase o bien conducirla hasta la fuente del espíritu con el propósito de que abrevase o limpiarla, aunque finalmente acabasen más empapados que la propia yegua.

Su infancia transcurrió sin sobresaltos. Por las noches se acercaba a la hoguera dispuesto a oír las historias que los soldados relataban, aquellas que quizá eran demasiado horribles o cruentas para ser escuchadas por un niño de su edad, pero con las que se deleitaba enormemente, en especial con las que su padre narraba, a quien apreciaba y tenía como máximo referente y protagonista de todas sus aspiraciones. Deseaba en el futuro igualar su valor y su pericia y esperaba con ansia el momento en que este le dejase empuñar una espada aunque fuese de madera. Cuando su madre descubría que se había aprovechado de los arbustos para oír furtivamente aquellos relatos, le tomaba de la mano y le guiaba hasta la casa familiar construida sobre las ramas de un robusto árbol justo a la entrada del pueblo, levantada por su padre, había sido en principio un puesto avanzado desde el que vigilar el bosque. Entonces, le llevaba hasta el lecho y allí le arropaba con solícitas caricias dejando un beso en su frente para después entonar suaves nanas hasta que lograba hacerle rendirse al sueño. Su madre era la antítesis de su padre, rebosaba dulzura y lozanía, la amable y sempiterna sonrisa adornando su dulce rostro, jamás apreció en sus palabras tono alguno de reprimenda aunque le advirtiese de algo o le diese sabios consejos.

Por su parte, su padre mantenía una expresión severa, para algunos ruda y huraña, parco en palabras y estricto con la educación de su hijo pero al mismo tiempo protector y leal, fue él quien le enseñó a escribir y a leer bajo el pretexto de que no le permitiría blandir un arma o alistarse en el ejército siguiendo sus pasos si antes no se convertía en un hombre de provecho. También le aseguró que Epona se convertiría en su montura y no dudaba en compartir con él sus conocimientos sobre la vida en los bosques, la historia de Hyrule y las batallas en las que había tomado parte, pero se mostraba reticente en hablar sobre la guerra civil como si aún hubiera heridas latentes en él pese a mostrar las cicatrices fruto de los numerosos lances de las diversas contiendas. Al contrario que su madre no le brindaba demasiadas muestras de cariño ni exteriorizaba en demasía el orgullo que su hijo le provocaba, pero era un hombre íntegro y honesto pese a la coraza que su pasado le había obligado a crear.

Cuando Link contaba ocho años llegó a la aldea un misterioso vendedor ambulante que afirmó haber sido vendedor de máscaras en el pasado con las que deseaba proporcionar felicidad a sus compradores. Se trataba de un hombre de tez macilenta y una sonrisa fría e inexpresiva que dotaba de cierta rigidez a su rostro, como si pudiera deshacerse en cualquier momento o se tratase de arcilla agrietada. Portaba un enorme petate que ocupaba toda su espalda y le obligaba a encorvarse, no obstante, parecía acarrearlo con suma facilidad como si no su contenido fuera liviano. Informó al jefe de la aldea de que había estado vagando durante años para vender sus máscaras pero que su mercancía ya se había agotado y había hallado aquella aldea que no figuraba en los mapas y solicitaba cobijo mientras reflexionaba sobre cuáles serían sus siguientes pasos.

El vendedor de máscaras fue acogido hospitalariamente y enumeró a todos los habitantes de la aldea que quisieron oírle todas sus peripecias y las maravillosas mercancías que había vendido, la felicidad que había repartido con ellas, lamentando no poder dejar un pedazo de aquella dicha en Ordon. No sólo había viajado por todo Hyrule sino también por tierras y reinos vecinos como la lejana Términa en la que había recuperado una peligrosa máscara con poderes demoníacos que al parecer había sido despojada de su influjo maligno por el mismísimo Héroe del Tiempo. Algunos le tomaron por un embaucador ya que la leyenda del Héroe del Tiempo cuyas hazañas eran bien conocidas se había desarrollado años atrás y era imposible que hubiera estado presente en aquel acontecimiento a menos que se tratase de un ser inmortal o bendecido con la eterna juventud. Por otro lado, algunos, más crédulos, tomaron por ciertas sus palabras, entre ellos el pequeño Link que al oír hablar del Héroe del Tiempo cuyo valor le resultaba casi tan admirable como el de su propio padre quiso indagar más sobre el tema, pero sólo obtuvo del vendedor evasivas y respuestas enigmáticas que remitían a un destino prometedor y grandioso.

Apenas dos semanas tras la llegada del vendedor a la aldea, este decidió reunir a todo el pueblo frente al lago para comunicarles su firme decisión de partir aunque previamente deseaba agradecerles su cálida acogida y afirmaba haber encontrado un propósito futuro y un modo de compensar el trato que había recibido.

-Queridos habitantes de Ordon-Depositó su petate en el suelo uniendo las manos a la altura de su torso a modo de agradecimiento manteniendo aquella sonrisa que petrificaba su expresión-he de agradeceros vuestra dedicación y vuestro desinterés. Estuve reflexionando sobre cómo proporcionaros la misma felicidad con que obsequié a los clientes que me compraron mis preciadas máscara y afortunadamente encontré la respuesta.-Se acercó a su petate y sacó un paquete envuelto en una tela raída que parecía haberlo estado llenando por completo y lo depositó a su lado, con delicadeza-Las personas que se cubrieron con mis máscaras fueron felices porque consiguieron que aquella máscara reflejase la realidad que sus rostros no podían manifestar u ocultar tras ellas sus inseguridades, de modo que quiero legaros esto.-Descubrió el paquete dejando caer la tela mostrando un espejo rectangular con un sencillo marco de madera de caoba ricamente tallado y ornamentado, su cristal, empero, parecía ser demasiado opaco y oscuro, como cubierto con una pátina de polvo que le hubiera arrebatado su lustre-He aquí este espejo en que aquellos que se colocaban mis máscaras se vieron reflejados, sin duda ha de contener algo de su felicidad, pues un espejo nos muestra la realidad pero somos nosotros quiénes debemos interpetarla, como debemos dilucidar acerca de la verdadera naturaleza de las máscaras y lo que ocultan, si el rostro bajo ellas es veraz o no.-Acarició con la yema de los dedos el frío cristal-He decidido que este bello aunque común objeto descanse en la casa de la familia de Link, pues en él veo un futuro alentador que sin duda el espejo sabrá aclararle.

Dicho aquello, el padre del joven Link acarreó cuidadosamente junto con su hijo el artilugio mientras la madre acompañada del resto de aldeanos despidió al vendedor de máscaras, quien partió al instante dejando las mismas dudas que suscitó su repentina llegada. Había algo lóbrego en aquel espejo, de modo que pese a que Link y su madre quisieron probar a buscar en él un reflejo de felicidad o un atisbo del futuro, sentían verdadera desazón ante su oscura superficie, con lo que en poco tiempo quedó relegado al sótano, junto al resto de barriles, cajas, sacos y bártulos de distinta clase, en la esquina más remota del mismo, cubierto por una sábana que ahogase el brillo que cualquier fuente de luz pudiera arrojar sobre él.

Aquel artefacto era ciertamente un portal, un objeto maravilloso y que albergaba un poder arcano, no se sabe con exactitud de dónde pudo haberlo obtenido el vendedor pero realmente estaba ligado a las épocas más oscuras de Hyrule y Términa. Cuando algunos Hylianos renegados huyeron de Términa junto con algunos Terminianos que escapaban de la venganza y el castigo que las diosas habían lanzado sobre la tierra de Ikana, desearon vengarse y poder recuperar el omnímodo poder que Majora les prometía enfrentándose así a la propia trifuerza. Posteriormente, el control de la trifuerza dorada, el poder que sostenía Hyrule y que permitiría obtener a su portador todo cuánto desease se transformó en un anhelo pernicioso que se unió al propósito de encontrar a Majora. Ante semejante horda cegada por sus propios intereses y que sembró en el resto de los Hylianos la pútrida semilla de la ambición, la monarquía Hyliana hubo de plantarles cara, pero aquello sólo acrecentó la animadversión y las rencillas, dando lugar al estallido de la guerra civil. Para evitar que la plaga se extendiera los sabios crearon un portal en forma de espejo que los enviaría al Mundo Oscuro, lo que otrora fue el Reino Sagrado en que yacía el áureo poder y que habían contaminado con sus malas artes. El ingenio funcionó, pero algunos de ellos buscaron imitar aquella magia y crearon espejos de menor tamaño confiando así en escapar algún día de su cautiverio y vengarse de aquellos que los confinaron como alimañas.

El espejo que el vendedor de máscaras había legado a Ordon era uno de aquellos dudosos experimentos, el propósito que albergaba o el conocimiento que poseía sobre el mismo bien podría haber sido erróneo o ciertamente subyacía una férrea intención o una conducta totalmente inconsciente. No obstante, Ordon comenzó a sufrir malas cosechas, cultivos que se marchitaban súbitamente pese a haber sido cuidados y regados con plena dedicación, fiebres que asolaban el ganado acabando con muchas de sus cabezas… lo cual hizo que la pacífica aldea comenzase a verse sometida a un duro clima de frustración y penuria que ni tan siquiera los espíritus protectores de Latoan parecían poder solventar.

Algunos no dejaban que la desesperanza se apoderase de ellos, aferrándose a los espíritus de luz o incluso al mismo Héroe del Tiempo esperaban que la situación mejorase. El propio Héroe del Tiempo había regresado a Hyrule aunque nadie admitiera ya sus hazañas o incluso le reconociera como autor de las mismas, sin embargo, con él también regresó la sombra de sus dudas, frustraciones y odios, aquella de la que el Reino Sagrado y la Espada Maestra le purgaron junto con un fragmento errante de la trifuerza. Aquella contraparte oscura le había sido arrancada de las fibras más profundas y complejas de su alma y la inquina que ambos se profesaban les había llevado a buscarse mutuamente más allá del tiempo y las reencarnaciones, tras un duro enfrentamiento, los espíritus de luz intercedieron para salvaguardar al Héroe, que había regresado a sabiendas de que nadie le recordaría, pero temiendo que las desavenencias y las luchas por el poder volvieran a sacudir el reino por lo que resolvió en su momento ayudar al próximo elegido como buenamente estuviera en sus manos. De este modo, los espíritus le dieron una áurea forma lobuna con la que mimetizarse, aparentando ser uno más de ellos y desterraron a la sombra al Crepúsculo con el resto de los renegados.

Por aquel entonces, la sombra del héroe no era sino una más en un piélago de tinieblas, aún así, seguía deseando vengarse, alzarse contra todos los seres de luz, demostrarles que la obediencia ciega a las diosas les perjudicaría puesto que habían dejado a su alcance un poder inconmensurable sólo para burlarse de ellos. Seguía buscando al Héroe del Tiempo pero no esperaba hallarle, aunque sus impulsos adquirieron nueva fuerza cuando halló aquel diminuto portal entre mundos y además, presentía que aquel joven Ordoniano sería el próximo elegido de las diosas, el nuevo blanco al que dirigir su mirada. De modo que se esforzó en granjearse apoyos entre los que le rodeaban, dispuesto a acabar con aquella amenaza antes de que las deidades a las que tanto aborrecía se atrevieran a dar el paso.

Una vez que se fortalecieron y organizaron las bestias de las tinieblas lideradas por la sombra del héroe usaron el portal todo lo rápido que pudieron, confiando en que su influjo no se extinguiese tras su precipitado abandono del mundo del crepúsculo. Amparándose en la quietud de la noche, mimetizándose con la oscuridad nocturna no tardaron en tomar Ordon. Las horas siguientes fueron una vorágine vertiginosa, el caos se precipitó inundando la aldea, arrebatándole su habitual paz. El fuego iluminó el bosque, el acre olor de la madera carbonizada enrareció el aire haciéndolo irrespirable. Link tomó a Ilia de la muñeca tras saltar desde la ventana de la casa del árbol ágilmente, siguiendo las órdenes de su padre quien le había pedido que se pusiera a salvo y llevase a la chica consigo. Muy a su pesar, obedeció, hubiese querido luchar junto a él y proteger la aldea pero no era más que un niño, advirtió el pánico en sus ojos, la preocupación oscureciendo su mirada.

Ilia y Link corrieron en silencio hasta alejarse todo lo que pudieron dejando atrás el horror, los lamentos y el crepitar de las llamas, corrieron en absoluto silencio, cogidos de la mano hasta que el ardor en sus pulmones se hizo lacerante taladrándolos con una aguda punzada, hasta que saltaron los cercados que delimitaban el bosque para que las reses no se extralimitaran al pastar y se hirieron con las espinas de algunas zarzas. Cuando encontraron una pequeña gruta en la que refugiarse se desviaron en el sendero y se adentraron en ella sin atreverse a alejarse demasiado de la entrada y la agonizante claridad que esta despedía por temor a perderse o a caer en alguna sima profunda. Ateridos y abrazados esperaron en idéntico silencio hasta que llegó el amanecer, incapaces de dormir o de verbalizar sus temores y sospechas, sólo Ilia sollozaba y temblaba de cuando en cuando, empapando con sus lágrimas la camisa de Link. Cuando la aurora derramó su rosácea luminosidad por el bosque, los dos niños deshicieron sus pasos hasta buscar de nuevo la aldea con la incertidumbre de lo que encontrarían.

Al parecer algunos de los aldeanos, antiguos soldados, pudieron escapar a tiempo en sus monturas poniendo sobre aviso a sus compañeros apostados en Eldin o en la frontera de Lanayru, tras avisarles y requerirles su ayuda conformaron un pequeño batallón que logró derrotar a las sombras. En cualquier caso, reconstruir la aldea llevaría su tiempo, así como sobrellevar las vidas perdidas. Los soldados de refuerzo no daban crédito a lo sucedido, de modo que para no alarmar a la población sobre un posible recrudecimiento de la guerra civil lo achacaron a un mero conato de rebelión, apenas unos habitantes del reino sabían la verdad al respecto.

Cuando Ilia y Link llegaron, los restos aún humeantes de algunas cabañas eran mudos testigos de la magnitud de la tragedia, con la luz del día aquellas cicatrices se apreciaban con mayor fuerza, los padres de Ilia abrazaron a su pequeña y agradecieron a Link su valentía antes de comunicarle la nefasta noticia, sus padres habían perecido a manos de aquellos monstruos.

Pese a la petición del jefe de la aldea de acogerle bajo su techo Link se empeñó en seguir viviendo en la casa familiar, desde aquel entonces la compasión que todos los miembros de la aldea sentían hacia él reforzó el cariño con el que trataban, aunque Link no sabía cómo encajar ni soportar aquella lástima. No podía ser un héroe pese a haber salvado a Ilia, un héroe no abandonaría a su familia, lucharía para salvaguardarla, su padre no lo habría permitido ¿por qué tenía que haber sobrevivido sólo él? ¿acaso era justo? Desde entonces, un enorme sentimiento de culpa le invadió, sentimientos de los que se nutría la sombra del héroe que había podido alcanzar el portal en el momento justo, dejando atrás un rastro de destrucción y sin preocuparse del destino de los monstruos que le siguieron en un principio. Como si del mejor néctar se tratase, la sombra se fortalecía con aquellas emociones, de nuevo apreciaba la flaqueza de un héroe, al igual que sucedió con el Héroe del Tiempo aquel nuevo elegido de las diosas cedería ante el peso de su destino y él estaría en el instante preciso para subyugarle y vengarse, sólo debía tener paciencia.

Con el tiempo, aquellos sentimientos y recuerdos se fueron diluyendo, Link mantuvo su vida sencilla y su dedicación a la aldea y a los que en ella habitaban como un medio de tratar recuperar la normalidad y reintegrarse, volver a sentir que se encontraba inserto en una familia, de ahí que cuando los niños de Ordon fueron secuestrados optase sin dudarlo por salvarlos aún arriesgando su propia vida. Posteriormente se vio inmerso en una serie de aventuras que jamás creyó poder llegar a vivir y por un momento olvidó sus motivos, aquellos recuerdos del pasado más remoto que quiso soterrar, la culpa y el sentirse inútil al no haber podido proteger a aquellos que tan importantes eran para él, tal vez por eso buscaba resarcirse.

Entretanto, la sombra del héroe aguardaba con paciencia, sabía de sus hazañas pero también conocía su afán por volver a encontrarse con la princesa del Crepúsculo y sólo tenía que hallar el modo adecuado de regresar al mundo de la luz para cumplir su cometido, volvería a buscarle y haría renacer en él aquellos sentimientos, dejaría que las malignas semillas germinasen en él, el rencor, el odio, la repugnancia hacia sí mismo. Asestaría de nuevo un golpe a las diosas y paladearía la efímera venganza, pero antes debía actuar en consecuencia con los numerosos cambios que en el Crepúsculo se estaban produciendo, pues en él había arraigado como si siempre hubiera pertenecido a aquella informe amalgama de sombras que lo configuraba.

El usurpador siempre le había parecido un títere pusilánime y aunque había estado a las órdenes de su señor y había sentido cierto resquemor por algo similar a los celos cuando este le escogió como mano derecha en lugar de volver a confiar en él, decidió no volver a emplear sus esfuerzos en resucitarle. Lo había intentado, su regreso a Hyrule estaba en parte condicionado por ello pues pretendía atraer la atención de su señor y al mismo tiempo desahcerse del héroe, pero fue en vano. Con cierto despecho e intentando mantener su orgullo decidió buscar aliados dentro del propio Crepúsculo. Sabía que la princesa, ya reina, contaba con numerosos detractores y que los que habían apoyado a Zant aún pululaban en su camarilla, dirigiendo las intrigas, de modo que sólo tenía que pulsar aquellos ánimos de manera adecuada para desatar la confusión otra vez, la calma era sumamente frágil e inestable.