Capítulo VI
La Villa del Crepúsculo era un lugar tranquilo a pesar del caos que conformaban sus calles. Había sido construida sin orden ni concierto alrededor de una gran fuente coronada por una sencilla estatua que representaba el exilio del pueblo twili al reino de las sombras. Las calles partían de aquella plaza circular formando un auténtico laberinto de callejuelas y callejones sin salida. Entre ellos destacaban cuatro avenidas más amplias, coincidiendo con los cuatro puntos cardinales que albergaban los negocios más importantes de la Villa. Las casas de los habitantes se mezclaban con los comercios, estos últimos únicamente diferenciados por los rótulos de madera colgantes que anunciaban los diferentes servicios que en ellos se prestaban. El color gris dominante de la piedra sólo contrastaba con los pequeños parterres que adornaban las ventanas de algunas viviendas, la hiedra que se extendía como una plaga sobre los muros y los pendones de tela negra con marcas azuladas que servían de única referencia para orientarse en aquel laberíntico lugar y encontrar el camino de regreso a la plaza central desde donde era mucho más sencillo hallar la salida de la Villa. Aquel código de signos presente en los pendones era conocido por todos los habitantes por lo que para ellos aquel paraje no entrañaba ningún misterio. En algún que otro recodo podía encontrarse un escondido parque, pequeño, conformado por varios árboles que se habían abierto un hueco entre aquella maraña de piedras e incluso minúsculos estanques formados por la filtración del agua.
Puesto que en el Crepúsculo no existía la noche ni el día propiamente dichos, los comercios abrían a todas horas, alternándose en ellos los distintos propietarios para cubrir las necesidades de los mismos y satisfacer las demandas de los usuarios. Eran poco los lugares de ocio de la Villa, sólo un par de tabernas y las risas de los infantes que correteaban por las distintas travesías daban un punto de alegría a aquel sobrio lugar.
Caminaba aferrada con fuerza a su mano. Tenía que alzar la vista si pretendía observarlo en su totalidad. Su porte esbelto y su semblante serio que a otros les infundía temor, en ella obraba un efecto tranquilizador y protector, como si estando a su lado jamás pudiera ocurrirle nada malo. Recorrían la plaza de la Villa del Crepúsculo bajo la atenta mirada de la guardia real, siendo el objeto de las murmuraciones y las reverencias de los habitantes twilis que encontraban a su paso. A pesar de que aquella actitud por su parte era lo habitual, a ella toda esa parafernalia le incomodaba sobremanera. Deseaba poder pasear por aquellas calles sin que nadie reparase en su presencia, entrar en los distintos comercios y perderse por los numerosos callejones sin que ello desencadenase en la alarma generalizada de los guardias que, muy a su pesar, les acompañaban. Por ello, siempre que visitaba la Villa con él escondía la cabeza tras su robusto brazo, intentando en vano pasar desapercibida.
-¿Por qué nos miraban así, papá?-. se atrevió a preguntar con aquella voz infantil en cuanto emprendieron en camino de regreso al Palacio, al fin alejados de tantas miradas pendientes de cada uno de sus movimientos.
-Soy el rey y tú la princesita más hermosa que jamás hayan visto, es normal que lo hagan-. su padre la miró alegre, con aquella sonrisa que sólo empleaba con ella.- Es su forma de demostrar respeto y admiración.
-Pero si no estamos haciendo nada de reyes y princesas, sólo estábamos paseando como papá y yo-. soltó la mano del rey con algo de brusquedad, inflando los mofletes con el ceño fruncido.
-Midna -su padre se puso en cuclillas ante ella, tomando su pequeño rostro entre ambas manos.- Uno nunca deja de ser rey o princesa, aunque realice la tarea más mundana. Algún día lo comprenderás.
Al abrir los ojos tardó un poco en ubicarse. Su cuarto. No recordaba cómo había llegado allí. El dolor martilleante de su cabeza copaba toda su atención cuando los recuerdos de lo sucedido asaltaron su mente como si de una oleada se tratase. Había estado investigando en su despacho y cuando al fin parecía tener una pista, se había topado con otra puerta cerrada que aplazaba sus planes. La ausencia del Espejo lo complicaba todo. Recurrir a la sombra no era viable puesto que ya había comprobado lo que esto conllevaba. Aún podía percibir esa sensación de pérdida de control sobre sí misma que había precedido al desmayo. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había transcurrido desde entonces, aunque no le parecía que fuese demasiado.
Una de sus doncellas irrumpió en ese momento en su alcoba dejando una bandeja de plata con un vaso de leche y algo de bizcocho sobre la mesita de noche. Sin decir una sola palabra se marchó tal como había venido tras una sobria reverencia.
Por si sus tribulaciones fuesen pocas, a ellas ahora se sumaba aquel extraño sueño en el que evocaba un recuerdo de su tierna niñez, cuando todavía desconocía lo que significaba ser princesa en aquel reino lleno de intrigas y traiciones. Las palabras que antaño pronunció su padre resonaban una y otra vez en su mente "Algún día lo entenderás". Claro que lo entendía. Hiciera lo que hiciese, no podría dejar atrás nunca su pasado ni lo que era, por mucho que eso le pesase. Hubo un tiempo en el que lo intentó, trató por todos los medios de ser vista únicamente como una chica normal. Escapaba de sus aposentos para reunirse con la gente de su edad pero no pasaba mucho tiempo hasta que alguien daba la voz de alarma y los guardias salían en su búsqueda, obligándole a regresar al Palacio donde le esperaban aquellas odiosas lecciones. A pesar de todo, ahora en la distancia que había impuesto el tiempo y con una mente más preclara que entonces, no podía evitar pensar que en aquellos días tal vez su padre ya se hubiese dado cuenta del trasfondo oscuro de la mente de Zant, el que era el legítimo heredero, e intentaba advertirle pese a su corta edad del destino que tal vez se viese forzada a afrontar. Quizá albergaba la secreta esperanza de que aquello no ocurriese, de que la cordura se impondría a semejantes desvaríos, pero por si fuera necesario, había sido educada del mismo modo que el heredero, sin ningún tipo de distinción. En aquella época tomaban juntos las clases de historia, protocolo, oratoria, lenguas antiguas y en definitiva, todo lo que un buen soberano necesitaba para gobernar de manera diligente.
La visita del médico real en su alcoba, probablemente tras el aviso de la doncella, interrumpió el transcurso de sus pensamientos. La contusión que había sufrido en la parte posterior de su cabeza al caer era leve, pero su debilidad aún era manifiesta, por lo que le conminaba a guardar algunos días de reposo. Por suerte, achacaba el desmayo a esa fragilidad que le atenazaba los últimos días y no sospechaba que había otras causas subyacentes en el mismo. En cuanto el médico se hubo marchado, desoyendo sus consejos y tras cerciorarse de que ningún guardia se percataba de su ausencia, salió de su habitación para regresar una vez más a su despacho. Todo había sido ordenado, los libros y papeles que quedaron por el suelo se hallaban sobre el escritorio perfectamente colocados. Buscó entre aquella montaña de tomos el que había copado su atención, el que contaba con la ilustración del soporte del espejo. Por suerte para ella no tardó demasiado en encontrarlo. Debía cerciorarse de que la información que había retenido en su mente era verídica y no fruto de alguna alucinación provocada por su debilidad o incluso por el golpe recibido al caer. Cogió una pluma y en un trozo de pergamino tradujo aquel párrafo de la lengua arcana a la suya. El texto no dejaba lugar a dudas. El espejo debía ser reparado desde Hyrule, puesto que allí fue donde se creó y donde se encontraban los materiales necesarios para su restauración. El párrafo no daba ninguna pista sobre cuáles podrían ser dichos materiales pero confiaba en que en algún lugar del reino se conservase algún escrito que dejara constancia de cómo el espejo fue concebido y detallase con minuciosidad el proceso.
Apoyó la cabeza sobre el respaldo del sillón con la mirada perdida en el techo. Cualquier pista, por pequeña que fuese le devolvía al punto de partida. Todo cuanto se proponía pasaba primero por regresar a Hyrule.
Se incorporó de golpe al cabo de un rato, cuando una idea descabellada empezó a tomar forma en su bulliciosa mente. Salió de su despacho como una exhalación, ignorando las miradas de reproche que encontraba a su paso por parte de las doncellas y los guardias, seguramente por desoír tan pronto las indicaciones del médico, mientras dirigía sus pasos hacia la cámara real.
Cuando Zant les arrebató los fragmentos de la Sombra Fundida en el lago Hylia, se cercioró de que no pudiesen continuar con su periplo, maldiciendo a cada uno de una forma diferente. Con lo que éste no contaba era con que una piadosa Zelda sería la clave para liberar a ambos de su maleficio. Seguramente, el usurpador desconocía la existencia de la Espada Maestra o al menos, del poder purificador que ésta poseía. Sin quererlo, les había dejado un valioso obsequio. Aquel cristal oscuro que albergaba la esencia de la magia que Ganondorf le había otorgado, con el que pretendía sentenciar a Link a toda una vida como bestia, en su momento les permitió utilizar aquellos portales residuales que se habían formado tras la aniquilación de las bestias de las sombras como un atajo, una manera de desplazarse de forma más rápida y eficaz por las vastas tierras de Hyrule, ahorrándoles un precioso tiempo que bien habían sabido utilizar en su propio beneficio. Al regresar al Crepúsculo había guardado aquel cristal como un recuerdo de lo ocurrido pensando más en el valor sentimental que albergaba que en el poder que aún pudiese conservar en su interior.
Dos guardias custodiaban la entrada a la cámara. Se trataba de una puerta circular de robusto metal que sólo se abría al hacer girar a la vez sendas manivelas. Con un gesto de su mano les indicó que abriesen la compuerta. En cuanto hubo el espacio suficiente para pasar, se deslizó por el hueco de la puerta que inmediatamente se cerró a su paso. Recorrió el resto del pasillo casi a la carrera hasta llegar al fin a la segunda puerta, con sendos guardias y similar mecanismo que suponía el acceso definitivo a la cámara. Aquella era una sala rectangular de gruesas paredes sin ningún tipo de ventana que únicamente contaba con dos minúsculas rendijas de ventilación. La humedad de las paredes y el aire viciado de aquel hermético lugar dificultaban su respiración. Las vitrinas de cristal estaban dispuestas en hilera conformando un único pasillo central. En aquel lugar había reliquias traídas en la época del exilio desde Hyrule, báculos de los antiguos magos, las coronas de sus ancestros e incluso los uniformes de gala que algunos de ellos habían utilizado en actos de gran relevancia. Justo al fondo, en sus correspondientes vitrinas, descansaban la corona de su padre y la tiara de su madre. En el pedestal de una de ellas se encontraba un compartimento secreto, casi diminuto, que se accionaba con el cierre de su pasador de pelo. Tanteó la superficie del mismo hasta encontrar la abertura de la que extrajo el cristal de oscuridad que tan celosamente había guardado y lo escondió en una de las mangas de su vestido antes de deshacer el camino que la había llevado hasta allí, regresando una vez más a su despacho. Dejó el cristal sobre su mesa, como presidiendo la misma. De entre aquella pila de libros y papeles sacó un mapa detallado de Hyrule. En el fue marcando todos los lugares en los que recordaba que hubiese algún portal resultante de la aniquilación de las bestias de las sombras. No lograba recordarlos todos pero entre los que había anotado se encontraban tres muy importantes: uno a las afueras de Ordón, otro en el Patíbulo del Desierto y un tercero cerca de la puerta este de la Ciudadela de Hyrule. Aquellos sitios eran fundamentales para la consecución con éxito de su plan de restaurar el espejo. A pesar de la recomendación del médico real, no podía esperar más para ver si sus suposiciones eran ciertas y aquel cristal era, como creía, el medio para acceder al mundo de la luz.
Regresó a sus aposentos donde dejó una escueta nota informativa de sus propósitos. Tras asearse y ataviarse con una indumentaria propia, decidió que había llegado el momento de marchar. Sujetando el cristal entre sus manos con los ojos cerrados, se imaginó a sí misma en el circo del espejo. En ese momento, una ligera sensación de mareo se apoderó de ella seguida de un pequeño cosquilleo desde los pies hasta la cabeza. Notaba su cuerpo mucho más liviano, como si sólo estuviese compuesto por aire. Acto seguido fue consciente de la superficie dura, cálida que se encontraba bajo sus pies. Su organismo parecía haber retomado la consistencia habitual. Al abrir los ojos no podía creer lo que estaba viendo. Frente a ella se encontraba el espejo, únicamente su soporte y, al fondo, aquel gran bloque de alabastro en el que solía reflejarse la energía propia del espejo para crear el paso al Crepúsculo. El el horizonte la luz del sol comenzaba a perderse por el oeste, pronto sería de noche. Hubo de pellizcarse un par de veces a sí misma para cerciorarse de que aquello no era un sueño, que finalmente había conseguido encontrar el modo de regresar a aquellas tierras. Una gran sonrisa de esperanza se dibujó en su rostro. Miró a su alrededor en busca de los pedazos del espejo esperando encontrar algo a partir de lo que reconstruir el mismo, sin éxito. Probablemente, aquella lágrima con la que había roto el cristal, lo dejó reducido a polvo que se perdió entre el viento y la arena del desierto. Se sentó en el soporte del espejo como ya hizo aquella vez pensando en cuál sería su siguiente paso. Tras un breve lapso de tiempo, el cielo, ya nocturno, comenzó a iluminarse con la luz de unos fuegos artificiales. Se incorporó, poniéndose de pie sobre el soporte, tratando de ver mejor de donde procedían. Al parecer, se estaba celebrando algo en el castillo. Parecía cosa del destino que justo aquel día en el que había festejos en Hyrule, ella regresase a aquel lugar. Sin pensárselo dos veces, recurrió de nuevo al poder del cristal para aparecer a las afueras de la Ciudadela. Se abrió paso entre las gentes que abarrotaban las calles de la misma, tan absortos en contemplar los fuegos que no repararon en su presencia. Quienes sí lo hicieron fueron los perplejos guardias que custodiaban la entrada del Castillo. No pusieron ninguna objeción al dejarla entrar, su apariencia era carta de presentación suficiente como para saber a quien tenían frente a ellos. Fue escoltada por los pasillos de la fortaleza hasta llegar al que supuso sería el salón de actos. Tras una elaborada reverencia, los guardias que custodiaban los portones abrieron los mismos para, ante la sorpresa general, dejar paso a la princesa del Crepúsculo.
