Shiryu y Seiya se miraron, un poco avergonzados. Y esto contaron:


Shiryu se encontraba de lo más confortable leyendo un libro de filosofía en su sillón favorito. De pronto, Seiya le arrebató el preciado libro de las manos y después de hojearlo, lo lanzó detrás de su espalda.

-¡Me aburro! - exclamó con voz destemplada.

Shiryu, tranquilamente, fue a buscar su libro, solo para encontrarse a Seiya ocupando su sillón.

-¡Me aburro! - repitió Seiya.

Shiryu suspiró y se sentó en una incómoda butaca. Seiya se acercó a él y volvió a quitarle el libro.

-¡Me aburro! - repitió y arrojó el libro al otro lado de la habitación.

-¿Y qué quieres que haga? - se quejó Shiryu, molesto pero haciendo acopio de toda su santa paciencia.

-Acompáñame a un lugar donde haya gente real.

Shiryu lo miró sospechosamente un rato y sonrió con indulgencia.

-Nosotros somos reales, Seiya.

-No me refiero a eso. Hablo de gente real, con problemas cotidianos, cuya mayor desgracia en la vida sea que su equipo perdió un partido, algo así. Estoy harto de tratarme día a día con gente que debe luchar por mantener a los humanos vivos. Estoy cansado de toparme a cada rato con encarnaciones de dioses y guerreros, quiero sumergirme en la humanidad real. ¡Quiero vivir!

Shiryu suspiró y recogió su maltratado libro.

-Deberías hablar con Shaka. Él, como Buda encarnado, te dará...

-¡Eso es lo que no quiero! Te lo dije, estoy harto, harto de estas personas celestiales, sublimes, heroicas y bla bla bla. Quiero conocer a alguien común y corriente, reírme de chistes idiotas y beber cerveza.

-Bien sabes que no podemos beber cerveza. Somos menores de edad.

-¡Los menores de edad beben cerveza! A escondidas, claro, pero lo hacen y no por eso el mundo se acaba. ¡Quiero experimentar peligros que no puedan matarme! ¡Quiero jugar fútbol con chicos que no van a pulverizarme si les meto un gol! ¡Quiero ver televisión sin que nadie me diga que debo dedicar mi tiempo a cosas mejores!

Shiryu, sabiendo que no podría seguir leyendo en paz, guardó su libro y trató de sonreírle al pobre de Seiya.

-Bueno, ¿qué sugieres?

-Vamos a un pub. Ahí tienen cerveza, ven fútbol y hay gente normal. Hablaremos con ellos y quizás nos consigamos unos amigos normales.

-¿Y qué hacemos con los amigos que ya tenemos?

-Invité a Shun, pero se horrorizó ante la idea de tomar cerveza siendo menor de edad. Ikki dice que odia los pubs. Y Hyoga está inubicable, pero él hace eso a menudo.

-¿Así que fui tu última opción?

-Estaba seguro que me dirías que no – dijo Seiya, guiñándole un ojo – Veo que me equivoqué.

No sería su ultima equivocación...

Dos horas después, habiéndose escapado de la Mansión y perdido a sus guardaespaldas, Shiryu y Seiya llegaron triunfalmente a un ruidoso y humeante pub, lleno de gente normal que se reunía después del trabajo para conversar, beber, fumar y ver partidos de fútbol.

-Eso no me gusta – murmuró Shiryu – no tengo idea de cómo portarme en este lugar. ¿Qué se hace, se pide una cerveza y después la pagas? ¿O la pagas y después la pides? ¿Y cómo te las arreglas para conseguir una mesa? Están todas ocupadas.

-Yo tengo la solución – dijo triunfalmente Seiya, y le mostró su teléfono móvil.

-¿Qué tiene?

-Bajé una magnífica aplicación. Te dice las frases que debes usar para conversar con la gente en los pubs y hacer amigos.

Shiryu leyó lo siguiente:

Frase de saludo: ¿Qué tal, hermano? ¿Viste el partido?

Frase de inicio de conversación: Esos entrenadores no saben nada.

Frase de desarrollo: El árbitro es un idiota.

Frase de desarrollo nº 2: Eso no era penal.

Frases comodines: Maldito arquero, maldito defensa, maldición, el partido estaba arreglado.

Frase de despedida : Voy por otra cerveza.

Se recomienda volver con la cerveza si ha conseguido un amigo. Recuerde: las cervezas compran amigos.

-¡Yo no voy a hacer eso! - exclamó Shiryu – Es absolutamente vergonzoso invadir así la intimidad de las personas que...

No alcanzó a terminar la frase, pues Seiya ya estaba conversando con un tipo que, sentado solo en una mesa, miraba atentamente el partido de fútbol.

Shiryu se alejó lo más que pudo, para no ser testigo del desastre que seguramente se avecinaba, y pidió una cerveza en la barra. Se la tomó lentamente, tratando de entender el juego de fútbol, pues recordaba haber jugado un poco de eso cuando niño, antes de llegar a China, pero la mayoría de las reglas las había olvidado. Era algo de correr, creía.

De pronto su conciencia le remordió y lo obligó a acercarse a Seiya. Se sorprendió gratamente al verlo rodeado de varios jóvenes un poco mayores que ellos, que reían juntos y se veían de lo más felices. Seiya estaba calladito, eso sí, pero se veía feliz. Cuando Shiryu se acercó, lo saludó con gran alegría y lo presentó a los otros tres miembros de la mesa.

-¡Acá está Shiryu! Les dije que él nos ayudará.

-¡Bravo, Shiryu! - dijo el más alto de los hombres - ¿Así que te unirás a nuestro equipo?

-¡Tienen un equipo, Shiryu! ¡Y nos invitaron a unirnos a él!

-¿Es verdad que sabes manejar, amigo? - preguntó un tipo pelado y gordo.

-Sí, sí lo sé, pero no veo en qué se relaciona eso con el equipo.

Lo que dijo les causó gran risa a todos, hasta a Seiya, aunque al parecer él no estaba seguro de por qué reían.

-¡Estos chicos llegarán lejos! - dijo uno de pelo morado – Bien, Seiya, recuerda: Nos juntamos en una hora en la dirección que te di. ¿De acuerdo?

-¡De acuerdo, hermano! - dijo Seiya, alegremente. Los otros tres se despidieron con grandes muestras de alegría y los dejaron solos.

-¿Van a jugar fútbol tan tarde? ¿En una hora más? - se extrañó Shiryu.

-Así es la gente normal, Shiryu. No respetan horarios. ¡Me siento tan vivo!

Se quedaron un rato más en el pub, pero Seiya estaba nervioso y se fueron rápido a la dirección indicada por los nuevos amigos, de los que Seiya no sabía el nombre, para gran consternación de Shiryu.

-¿Vamos a juntarnos en un equipo con gente desconocida? Eso es muy riesgoso – se quejó.

Seiya le lanzó una mirad burlesca.

-Riesgoso para ellos. Si tratan de hacerte daño, los puedes destruir con el dedo meñique. ¿Cómo puedes estar preocupado?

-Eso no es el caso. Quieres juntarte con gente normal, así que está fuera de discusión el usar los poderes.

Seiya resopló y sonrió alegremente cuando llegaron al sitio de reunión: un botadero de chatarra. Los otros tres integrantes del equipo ya estaban ahí.

-¿Acá vamos a jugar? - preguntó Shiryu, dudoso.

-No, amigo, nos iremos en auto – dijo el de pelo morado – y para eso tú manejarás, claro.

-Bien, chicos, ya saben el plan. Nosotros atrás, entramos rápido, ustedes vigilan y mantienen el automóvil encendido, apenas entremos de vuelta arrancan. ¿De acuerdo?

-¡Si! ¡Todo por el equipo! - exclamó Seiya.

-¿Y cuando jugamos nosotros? - preguntó Shiryu. Los hombres se carcajearon de lo lindo y no dijeron nada. Fue ahí cuando Shiryu sintió un mal presentimiento.

Shiryu manejó el auto hasta la entrada de un banco. Sintió que los hombres bajaban, y en eso Seiya vio una heladería abierta. Fue a comprar helado, y cuando volvió, Seiya vio algo que le congeló la sangre. ¡Un asalto, en el banco donde habían entrado sus compañeros de equipo!

-¡Un asalto, Shiryu! ¡Debemos detener a esos ladrones! ¡Quizás están dañando a nuestros amigos normales!

-No son nuestros amigos, pero aún así tienes razón. Llamaremos a la policía, eso es lo que se debe hacer.

Obedientemente, Seiya desde su teléfono última generación llamó a la policía, que respondió rápidamente, como en todo robo a un banco. Cuatro minutos después, escucharon aliviados la sirena policial.

-Pese a todo, creo que debimos entrar y ayudar a nuestros amigos normales – dijo Seiya, sentado en el interior del auto junto a Shiryu.

-No podemos estar involucrados en algo así. Imagínate, dañamos a los ladrones y salvamos a esos tipos que llamas amigos normales, y después, ¿qué? ¿Nos fichan por usar mi Dragón Naciente?

Estaban en eso cuando las puertas del auto de abrieron y los otros tres integrantes del equipo entraron rápidamente.

-¡Maldición, arranca, arranca! - dijo el de pelo morado. Shiryu obedeció.

-Nos alegra ver que están bien – empezó a decir Seiya, pero los de atrás no le hicieron caso.

-¡Cómo demonios llegó la policía! ¡Si habíamos sobornado a los guardias! ¡No había testigos, todos los otros negocios están cerrados! ¿Quién le advirtió a la policía?

Lentamente, Shiryu y Seiya comenzaron a entender y se miraron con los ojitos llenos de espanto.

-¿Vieron a alguien ustedes dos? ¿Algún sospechoso?

-Yo creo que ellos son los traidores – dijo el gordo calvo – No los conocemos de antes, no debimos confiar en ellos.

-¡Yo confío en ellos! - dijo el de pelo morado – No puede ser un traidor el hombre que sabe tanto de fútbol como mi amigo aquí presente. Quizás fuiste tú el soplón.

Cuando hubieron llegado al botadero de chatarra, los tres tipos estaban peleándose y acusándose mutuamente, lo que aprovecharon Seiya y Shiryu para salir en total silencio del lugar.

No se habían dado cuenta de que varios autos policiales los habían seguido, con las sirenas apagadas. Cuando los vieron acercarse, se paralizaron de terror.

-¿Qué hacemos, Shiryu? Si nos ven acá, en la entrada de este botader, pensarán que estamos huyendo.

-Estamos huyendo – dijo Shiryu.

-¡Pensarán que tuvimos que ver con el robo!

-Tuvimos que ver con el robo – dijo Shiryu.

-¡Nos meterán a la cárcel!


Y en ese momento, Shiryu se quedó callado, porque Seiya le dio un pisotón.

-¿Y qué más pasó? - preguntó Hyoga - ¿Los vieron en la puerta del botadero, los arrestaron y acá están?

-Nop – dijo Seiya – es que yo...

Shiryu resopló, molesto.

-No es la gran cosa, Seiya. Hyoga no va a reírse.


-¡Nos meterán a la cárcel! - había dicho Seiya, desesperado, cuando Shiryu lo empujó contra la pared y le dio un gran beso, mientras pasaban las patrullas a su lado.

Nadie les hizo caso. Los policías los miraron, claro, pero ninguno tenía ganas de perderse el arresto de unos ladrones de bancos solo por ir a mirar el beso de dos chicos.

Cuando por fin pasaron las diez patrullas, Shiryu soltó a Seiya, que, avergonzado, se mordió los labios.

-Me siento halagado, Shiryu, pero...

-¡Pero nada, idiota! Ahora nos vamos, nadie vio nuestros rostros y esto no pasó.

Se alejaron del botadero, y pasaron frente al pub, que a esas horas parecía un remanso de tranquilidad en comparación al terrible momento pasado.

-¿Entremos a ver qué pasa? - preguntó Seiya.

-No volveré a entrar ahí. La gente normal está loca. Volvamos a la mansión.

Pero Seiya insistió, diciendo que la gente normal era, bueno, normal y que ellos solo habían tenido una mala experiencia. Shiryu, que tenía frío y hambre, se dejó convencer con la promesa de una hamburguesa.

El problema es que el pub que Seiya había elegido era ilegal. Estaba clausurado hace tres días, y la policía hizo una redada, pillando en su interior a los pobres amigos. A la mayoría de los parroquianos los dejaron ir tras un control de identidad, pero como ellos dos no tenían ningún documento, los llevaron a prisión. Y los interrogaron, para averiguar si ellos sabían algo de... bueno, de cualquier cosa. Un tipo sin identidad siempre es sospechoso.


-Tendremos que llamar a Shun para que nos saque de aquí – dijo Hyoga – Ellos creen que soy policía y no dejan que me vaya.

-Puedes decirles que somos tus prisioneros y que nos llevas a otra celda – sugirió Seiya.

-No resultaría. Ellos piensan que soy el policía estrella y me cuidan como a la niña de sus ojos. No, tenemos que llamar a Shun para que nos saque.

-El problema es que si llamamos a Shun, él le dirá a Saori. No puede evitarlo, es demasiado bueno. Y no queremos que Saori se entere, porque entonces contratará a sicólogos y terapeutas que averigüen por qué nos metemos en estos líos. No, lo mejor es llamar a... - dijo Shiryu, y se quedó en silencio.

-Sí, sé a quién te refieres. Hay que llamarlo a él. - dijo Hyoga, sombrío.

Continuará...

Nota de la autora: Si de mí dependiera, llamarían a Sherlock, pero como no puede ser, todos sabemos quién viene: ¡Ikki!