Confusiones
Más confusiones.
Hyoga salió de la sala de interrogatorios, decidido a contactarse con el Poderoso Fénix. Pero no podía llamar del teléfono de la estación, se podía prestar a comentarios desconfiados de parte de los policías. Así que hizo lo que le pareció muy astuto: le pidió prestado el teléfono móvil a uno de los policías que más lo seguía.
-¿No puedes usar el teléfono de la estación? - le preguntó el policía.
-Prefiero mandar mensajes de texto – respondió Hyoga.
El policía le pasó el teléfono, mirándolo con suspicacia, pero Hyoga lo ignoró y escribió el mensaje:
"Atrapados en el cuartel policial. Sácanos de aquí. Saludos, Hyoga"
Hyoga quedó muy feliz con el mensaje. Corto, preciso y conciso. Devolvió el teléfono (no sin antes borrar el mensaje, como se lo había advertido Shiryu) y volvió a la sala de interrogatorios con tres cafés para pasar el rato, mientras esperaban el rescate del poderoso Fénix.
Ikki recibió el mensaje y reflexionó sobre su contenido. Por un segundo pensó en contarle a Shun y a Saori, pero luego decidió hacerse cargo él mismo del problema.
-Atrapados por la policía corrupta – murmuró Ikki -. Una nueva prueba de la brutalidad policíaca. Habla muy bien de ellos que no hayan usado sus poderes contra los mafiosos que los atraparon, pero yo no soy tan bueno. ¡Los rescataré y reduciré a cenizas la cueva de ladrones en la que seguramente los han maniatado, torturado y maltratado!
Ikki no había tenido buenas experiencias con la policía. Cuando su madre recién había muerto, antes de que fueran "rescatados" por la Fundación Graude, Ikki fue detenido por un par de policías, por robar en un puesto de frutas. No le hicieron nada, en verdad, pero lo amenazaron con acusarlo con su madre la próxima vez que lo pillaran. Ikki no les dijo que su madre estaba muerta, pero odió profundamente a los policías por burlarse (según él) de su tragedia.
La segunda mala experiencia fue cuando se escapó de la Fundación, cansado de los maltratos de Tatsumi. Obviamente los policías lo pillaron y lo devolvieron, cosa que Ikki jamás perdonó.
La tercera y definitiva mala experiencia fue cuando vagaba por las calles después de la ceguera de Shiryu. Estaba tan deprimido que compró una cerveza y tuvo la mala ocurrencia de tomársela cerca de un jardín de niños. Lo detuvieron por mal comportamiento en público, Shun tuvo que ir a buscarlo y las lágrimas que asomaban de los ojos de su hermano hicieron que odiara aún más a la policía.
No, definitivamente la policía no era confiable para Ikki. Así que se preparó para salvar a sus pobres hermanos.
Una amable policía joven y guapa fue a dejarles galletitas a los chicos, que aún estaban en la sala de interrogatorios.
-¿Cómo va el trabajo? - le preguntó a Hyoga.
-Bien, creo que pronto llegaremos a algo – se inventó Hyoga.
-Perfecto – dijo ella, feliz – porque el Comandante quiere verte y saber cómo ha sido tu día acá. Creo que vas a conseguir un ascenso. ¿No es maravilloso? Es posible incluso que nos asignen juntos para el caso Beverly Hills.
-Ah, claro – repuso Hyoga, tratando de poner cara de entendido.
Shiryu y Seiya guardaban silencio, mirando a los dos como conversaban.
Luego se hizo un incómodo silencio.
-¿Te gustaría... tomar un café? - preguntó ella con una dulce sonrisa.
-Ya tomé, pero no importa. Me gustaría otro – dijo Hyoga – con dos de azúcar. Ustedes, eh... delincuentes encubiertos, ¿quieren café?
Shiryu se palmeó la frente mientras Seiya lanzaba una risita. La policía, con expresión avergonzada, se fue murmurando que traería la cafetera.
-Tú no te das cuenta de nada – se burló Seiya, apuntando a Hyoga. En eso, sintieron una explosión en el cuartel.
Salieron precipitadamente de la sala de interrogatorios, y encontraron a los policías evacuando el edificio, mientras algunos de ellos apuntaban sus armas al Glorioso Fénix, que con un par de golpes había destrozado la mitad del mobiliario.
En defensa de Ikki, hay que decir que su plan original incluía quemar el lugar y rostizar a todo el mundo. Pero lo cambió por el más humanitario de acabar con el mobiliario y darles un susto de muerte.
-¡No pueden usar la ley para maltratar a los inocentes! - gritaba Ikki -¡No a la brutalidad policíaca! ¡La gente al poder! ¡Organizaciones libertarias al frente! ¡No seremos más ovejas! ¡No a los esclavos de los empresarios! ¡Viva la revolución!
Hyoga, Shiryu y Shun lo contemplaban con los ojos muy abiertos, sin atreverse a mover ni un músculo, hasta que Ikki los vio cuando trataban de esconderse.
-¡Hermanos! ¡Están bien, qué alivio!
Les dio un gran abrazo, y mientras era el turno de Hyoga, se escucharon al menos cincuenta pistolas que se aprestaban a disparar.
-¡Buen trabajo, colega! ¡Capturaste al peligroso terrorista! - le dijo el Comandante a Hyoga, dándole la mano y sacudiéndosela con fuerza.
-Eso fue un magnífico trabajo de equipo. Nunca se me hubiera ocurrido algo tan genial, colegas – habló otro policía, dirigiéndose a Shiryu y Seiya.
-Los infiltrados hicieron algo maravilloso. Pronto atraparemos a todos los integrantes de esta peligrosa célula terrorista. - dijo el comandante, estrechando y sacudiendo también las manos de Seiya y Shiryu.
-Pero lo que hicieron fue tan peligroso – dijo la policía que quería tomar café con Hyoga - ¡Este terrorista pudo haberlos matado! ¡Fue tan valiente que se quedaran acá para atraparlo mientras nos daban la oportunidad de huir y salvarnos!
Rápidamente los policías metieron a Ikki en una celda, limpiaron el lugar, arreglaron el mobiliario que podía salvarse y organizaron otra ceremonia de felicitación, donde entregaron sendas medallas de Valentía a Hyoga, Seiya y Shiryu.
Veinte minutos después, los tres estaban en la celda de Ikki.
-Nos enviaron a interrogarte – le dijeron – creen que somos los únicos que podemos sacarte las respuestas, para averiguar quiénes son los integrantes de tu célula del terror.
-Si no fuera porque tengo que matarlos ahora, me largaría de esta celda y rostizaría el lugar – murmuró Ikki - ¿Por qué me avisan que los están torturando, si es que no era así?
Hyoga suspiró, y le explicó a Ikki todo lo que había pasado, con las oportunas intervenciones de Seiya y Shiryu. Cuando terminaron, Ikki se largó a reír.
-¿No se les ocurrió, simplemente, salir caminando?
-Cuando trataba de salir, alguien me quería acompañar. - explicó Hyoga.
-Y nosotros estábamos detenidos. Era imposible salir de aquí – dijo Shiryu.
-No. No era imposible – les dijo Ikki – Todo era cosa de caminar e ignorar al que quisiera acompañarlos. O simplemente, empujarlos un poco. ¡Demonios, si ustedes pueden derrotar a dioses no van a detenerlos unos cuantos policías corruptos!
-No son corruptos – los defendió Seiya – Nos alimentaron bien, nos han dado mucho café y galletitas.
-Comprados con el dinero de los contribuyentes – murmuró Ikki – Bien, si me disculpan, yo haré lo que dije. Me largo.
-¡No puedes! - exclamó Hyoga - ¿Qué pensarán mis colegas si ven que te dejo marchar?
-No pensarán nada porque ¡no son tus colegas! - repuso Ikki, molesto – Ahora, vámonos rápido. Síganme y no hablen con nadie.
Iba a abrir la puerta de la celda, cuando justo se topó con Saori, que, llorosa, lo miraba con un profundo dolor.
-Ya pagué tu fianza, Ikki. Puedes salir. Shun está esperándote afuera.
Continuará...
