capitulo 3 : disyuntivas
La recepción en casa de los Greengrass había llegado a su fin y todos comentaban los pormenores de la magnífica fiesta que se había llevado a cabo. Lucius y Narcissa acababan de marcharse y parecía que todo volvía a la calma y a la tranquilidad de siempre en esa enorme residencia que albergaba por ahora a la futura señora Malfoy.
Astoria estaba en su cuarto, sobre la mullida cama estaba sentada tratando de ordenar sus pensamientos, su vida, su mente, su corazón; todo era tan rápido que parecía que fuera ayer cuando le dijo su madre que se casaría con Draco Malfoy y es día se acercaba sin que ella hubiese llegado a conocer nada más que lo que el rubio se permitía mostrar.
-Si él se mostrara interesado en solventar esto -susurraba intranquila mientras volvía a observar la delicada joya que lucía su dedo anular.
El delicado anillo era de una belleza soberbia, tenía engarzada una extraña piedra mágica que cambiaba de color frecuentemente haciendo de la joya una verdadera rareza de exótica apreciación. La chica de ojos verdes se olvidó por un momento de sus cavilaciones para observar atentamente ese juego policromático de destellos y sonrió al ver que el juego de colores continuaba.
-Es original por lo menos -se dijo antes de despojar a su dedo de tal prenda y guardarlo en una cajita de nácar que guardaba desde niña, "Será para contener algo muy especial" se dijo cuando 18 años atrás se la obsequiara su padre, en su cumpleaños número cinco y hoy, a los 23 años por fin esa pequeña caja albergaba algo en su interior.
Volvió a pensar en su prometido, en ese par de ojos grises, en la mandíbula perfectamente dibujada del rubio, en la nariz afilada y en esos mechones de cabello platino, siempre pulcramente recogidos hacia atrás, ella no recordaba haberse detenido a pensar que Draco pudiera ser bien parecido.
Astoria Greengrass estaba interesada desde hace tiempo de un joven mago mestizo llamado Demyre Lyons, pero como era de esperarse, sus padres se opusieron a la relación por el compromiso de Malfoy con ella y él no tuvo más que marcharse a Escocia para evitarle problemas a la chica; nunca supo más de él, puesto que Claudio, su padre, le había convencido de que ella solo sería la esposa de Draco y de nadie más. Había muchas más cosas en riesgo como para permitirle el amor a la más pequeña de sus hijas.
Así fue como la de ojos verdes renunció a su primer enamorado de juventud, dejando una huella que poco a poco borraba el paso del tiempo y cada vez dolía menos. Ahora, recordar a Demyre le traía un sentimiento de agradecimiento por haberle mostrado la dulce dicha del beso primero y del soñar despierta, pero no, eso definitivamente no había sido amor sino ilusión, una linda ilusión adolescente que cada vez era más lejana.
-¿Estás contenta? -interrumpió Daphne entrando de improviso a la alcoba.
-No lo sé -respondió la castaña.
-Me gustaría verte más sonriente Astoria, pero si no eres feliz yo puedo hablar con papá y decirle que…
-Sabes bien que no cederá y menos a estas alturas, Daphne, es mejor dejar las cosas como están.-
-¡Pero tienes derecho a ser feliz como yo! -replicó airadamente la rubia de ojos idénticos a los de su hermana.
-Esa es una dulce mentira hermana, pero no me quejo, intentaré ser feliz con lo que se me ofrece, estoy convencida de eso.
-Astoria…-susurró la mayor de las Greengrass tratando de sonar protectora- en verdad deseo que descubras el amor al lado de Draco, intenta enamorarte de él.
Esas palabras salieron de la boca de la rubia y la aludida levantó la vista con el semblante confundido y sin saber que responder. Ella había considerado llevar un matrimonio con respeto, educación y quizá algo de cariño con Draco al pasar el tiempo, pero enamorarse eran palabras mayores, ni siquiera lo había hecho con Demyre, amar a Draco era prácticamente extraño para la hija menor de Marie Greengrass.
-¿No contestas nada? -retomó Daphne viendo la imposibilidad de Astoria para responder.
-Es solo que…-habló por fin- no lo había considerado así. Y ahora si me permites, necesito descansar.
-Me parece bien, buenas noches -se despidió mientras daba la vuelta caminando pausada y lentamente como todas las señoritas de buena cuna y de posición privilegiada, mirando por encima del hombro a todo mundo que no estuviera a su nivel.
Daphne era una chica arrogante y presuntuosa; sólo se mostraba como era con su familia y su novio, fuera de ahí era una fastidiosa chica de sociedad.
Astoria por su parte, era consentida por todos al ser la pequeña de la familia y un poco introvertida, siempre sobreprotegida, le molestaba que quisieran tomar decisiones por ella.
-Algún día lo entenderás -le dijo una vez su madre y ella montó una rabieta en su habitación que acabó destruyendo todo a su alrededor.
Se preguntaba una y otra vez cuál era el verdadero motivo por el que ella permanecía en casa siempre mientas Daphne salía a divertirse como cualquier bruja de su edad. Sin quererlo le guardaba resentimiento por la libertad que disfrutaba, por qué la mayor sí podría decidir a quien amar y con quien formar una familia, cosa que a ella siempre se le negó.
-Enamorarme de Draco es un verdadero disparate -reflexionó con más tranquilidad- No, eso no puede ser.
No se quitaba al rubio de la cabeza y la imagen del rostro del heredero Malfoy se dibujaba con mayor claridad en su cabeza. La sacudió para liberarse de él y se dispuso a dormir; esa noche, draco la acompañó en sus sueños muy a su pesar.
Draco llegaba a su mansión después de su encuentro con Hermione y aún tenía dentro de él esa mezcla de sentimientos que le hacían revolverse de furia al saber que la castaña de Gryffindor estaba próxima a formar una verdadera familia con Weasley. Apretó los puños al imaginarla en brazos del pelirrojo y que fuera él quien llenara de vida el vientre de la ojimiel y no él.
Por otro lado, sentía que una extraña alegría se posesionaba de su ser al recordar que ella lo amaba. Era la primera vez que lo aceptaba abiertamente, llenándolo de satisfacción viril al saber al Ronald desplazado por su eterno rival: Malfoy.
-Si hubieses querido hacerme caso…-pensó para sí mismo al recordar todas las veces que Granger se había negado a estar con él oficialmente- ¡Maldita responsabilidad tuya!
Con bruscos movimientos empezó a despojarse de la corbata, la camisa y lo demás para colocarse la pijama, pensando en ella, siempre en ella. Hermione era una necesidad vital que le obligaba a mantenerla dentro de su cabeza, clavada en su alma, en sus deseos. Sí, la castaña era más que una simple aventura para Draco… ¿Era amor?
Ese sentimiento le resultaba cursi y sin sentido, prefería llamarlo debilidad y no otra cosa; no estaba en sus planes perderse en él, pero el destino le tenía preparada una larga batalla. Con desgana se metió a la espaciosa cama que poseía y tratando de no seguir pensando cerró los ojos fuertemente, deseando que ella, Hermione lo dejara todo por él. Siempre dormía en la espera de esa premisa. Mientras Ronald salía de Sortilegios Weasley para cenar con su esposa en la casa y ya se le había hecho tarde por atender a un par de chiquillos inquietos que llegaron a última hora y no se decidían entre los "polvos de vómito" o los chocolates sabor a podrido que se acababan de lanzar a la venta. Todo iba viento en popa e el local de magia y eso le hacía pensar en tener pronto una familia feliz al lado de su castaña.
-Apuesto que Hermione me va a reñir por la demora -pensaba mientras caminaba rápidamente por la acera.
La modesta casa que compartían era pequeña, pero parecida a la madriguera, hacía poco habían logrado comprarla y le llenaba de orgullo poseer por fin algo suyo, hecho con su esfuerzo y el de su esposa, claro está. Al llegar a la puerta de madera, pronunció el hechizo y ésta se abrió dándole paso hacia una pequeña estancia decorada sin lujos, pero con el toque femenino del hogar.
-¿Hermione? -Llamó al entrar- ¡Estoy llegando!, ¿En dónde estás? -cuestionó al no verla sentada en el sofá de la sala leyendo un libro como siempre acostumbraba a hacer, ésta vez su esposa hacía algo diferente.
-Ya voy -respondió una voz femenina saliendo de la recámara y con los ojos enrojecidos por el reciente llanto, mismos que trató de limpiar lo más que pudo.
-Sí, se que llegué tarde amor, pero te tengo una noticia…ahhh ¿qué te pasa?, ¿Algo salió mal? -cuestionó con el ceño fruncido al notar que ella estaba luchando por ocultar sus lágrimas.
-No es nada, sabes que en ciertos días me pongo sensible, no me hagas caso. -respondió ella tratando de recomponerse. No era tiempo para preguntas incómodas.
-Me gustaría entenderte un poco más Hermione, vamos tranquila.
Mientras decía eso la tomó entre sus brazos para sentirse apoyada y ella explotó en llanto. Su corazón era un remolino al sentir que traicionaba la confianza de su marido, pero sobre todo, esas lágrimas amargas eran por el próximo matrimonio de Draco Malfoy.
El pelirrojo la mecía suavemente tratando de infundirle tranquilidad en ese abrazo y ella poco a poco dominó su estado de ánimo hasta que hubo estado calmada, fue entonces cuando se separó de su esposo y sin mirarlo apuntó.
-¿Cenamos Ron?
-¡Me muero de hambre, ya me conoces! -contestó mientras en su mirada se encendía un brillo de niño al ver el postre, una apetitosa tarta de manzana que reposaba sobre la mesa y que emanaba un aroma delicioso.
Al final de cuentas Ronald Weasley seguía siendo un niño en el cuerpo de un adulto, las constantes peleas entre el matrimonio Weasley eran sobre todo por la actitud inmadura de él ante la vida, cosa que desesperaba a la dedicada Hermione.
Mientras la castaña se había esforzado por terminar sus estudios y seguirse preparando, el pelirrojo se había contentado únicamente con atender Sortilegios Weasley, actitud que siempre había sido reprochada por ella, su falta de ambición ante la vida.
Polos muy opuestos sin duda, pero estaban casados y ahora tenían que afrontar las diferencias de carácter, abriendo abismos cada vez más grandes entre ellos, abismos que día a día parecían más que insuperables y desesperaban más a la de ojos miel, mientras que el hermano de Ginny tomaba todo a la ligera.
Granger movió la cabeza en señal de aprobación y se dispuso a poner la mesa con los mantelitos individuales; ella era muy metódica para eso y dentro de su casa procuraba no hacer demasiada magia, lo contrario a Ron, quien hasta para servirse una vaso con agua utilizaba la varita. Otra razón más para pelear.
La cena fue servida y el hijo de Molly devoró lo que estaba a su alcance mientras ella apenas probó bocado por lo sucedido con el rubio.
-¿Te vas a comer eso? -Preguntó él señalando el puré de patatas que ella no había tocado aún.
-No, hoy no tengo demasiada hambre, tómalo si gustas - contesto la ex Gryffindor acercándole el plato automáticamente.
Desde hace dos años ella actuaba así frente a él, tratando de ser lo más tolerante posible para compensar su error, su fallo como esposa. Lo sentía en el alma, pero amaba a Draco y este era su único dueño.
-Quiero contarte que todo va bien por Sortilegios y he hecho cálculos y con lo que ganas tú en el Ministerio… ¡Claro que nos alcanza muy bien para ser padres pronto!
Al escuchar eso de los labios de su marido, la castaña sintió su pulso acelerarse, si bien, deseaba ser madre, jamás pensó que ahora significara un completo dilema. Quería complacer a Ron, pero un hijo une para siempre con un lazo indisoluble, sagrado. Con un hijo de por medio ella tendría que renunciar a Malfoy.
-¿Ya lo pensaste bien Ron? Un hijo no es para tratarse a la ligera, hay que planearlo todo, hacer espacio en la casa, ahorrar… ¿Por qué no nos esperamos hasta el próximo año?
-Porque me muero de ganas por ser padre Hermione, ¿Tú no? Ginny está esperando junto con Harry su primer hijo y no nos adelanta mucho tiempo en matrimonio y sería interesante ver a los niños, a los primitos jugar juntos -concluyó con una sonrisa traviesa en su rostro.
La chica no contestó, solo se limitó a decir un distraído "si" que animó al pelirrojo, quien ya volvía su atención a la comida otra vez.
Pero la idea de formar una familia en forma al lado de Ronald asustaba a Hermione porque cerraba la puerta definitivamente entre el dragón y ella; con un bebé en sus brazos, la castaña no podía seguir siendo infiel y entregarse como hasta ahora.
Estaba sumida en la más enorme desesperación u no encontraba el camino para la salida. ¿Confesarle todo a Weasley y seguir adelante con Malfoy? Totalmente descartado, aunque lo hiciera así, el matrimonio de Draco era inminente.
-¿Por qué todo tiene que ser así? -sollozaba en su trabajo del Ministerio- Draco y yo….
Como autómata hacía sus deberes y se dejaba arrastrar por las horas. Quizá podía postergar el deseo de Ron por un hijo, pero solo unos meses más; unos cuantos meses que le quedaban de vida a su paraíso prohibido al lado del príncipe de ojos mercurio que la hacía amar con tanto ímpetu.
-Hola Hermione -interrumpió una voz conocida.
-¡Harry! -contestó tratando de disimular su estado deshecho.
-¿Cómo estás?, Ron me ha dado la grata sorpresa de que pronto serán papás, como Ginny y yo.
-Bueno, tanto como pronto no, pero estamos haciendo planes.
-¡No sabes lo emocionado que está!, incluso quiere llevarme a ver cunas y esas cosas propias de bebés.
-Ya lo conoces como es de precipitado para todo, Harry -dijo ella frunciendo el ceño.
-A la que no veo muy contenta es a ti, Hermione, ¿pasa algo?, sabes que Ginny y yo estamos para ayudarlos en todo.
-Vamos, no es nada, solo que es una gran responsabilidad ser madre -mintió la castaña.
-En eso tienes razón y conociéndote seguro que analizas cada pro y contra de la maternidad, ¿O me equivoco? -ironizó amablemente el de gafas.
-Pues no…eso hago Harry y me asusta que Ronald lo tome tan a la ligera -apuntó en un tono molesto.
-Tranquila Hermione, la emoción no es mala y cuando el bebé llegue a sus vidas el pondrá los pies sobre la tierra, eso no lo dudes.
Dicho esto la abrazó como amigo tratando de tranquilizarla más, pero ni mil abrazos lograrían que Granger recuperara la calma perdida hace mucho y con un bebé planeándose, menos lo haría.
Harry Potter no dijo más, solo se limitó a estar en silencio con ella unos instantes más y después se despidió amablemente.
-Espero que estés bien, no dudes del amor que hay entre tu y Ron; eso será suficiente para que el bebé tanga todo lo que necesita y lo material viene después -concluyó el pelinegro guiñándole un ojo y salió después de darle un beso en la mejilla.
-Tengo que comer con Ginny y con el embarazo no me gusta perderla de vista -agregó mientras se perdía por los pasillos interminables del Ministerio.
-Salúdamela por favor -fue la escasa respuesta de la ojimiel y volvió a sentirse mal por traicionar a sus amigos también.
Pero el amor no se elige, solo se da y ella estaba enamorada de Draco, aunque eso significara ir en contra de todos, incluso de ella misma.
Draco Malfoy estaba encargado del Departamento de Cuidado de Criaturas Mágicas, especialmente le encantaban los dragones, así que trabajaba apasionadamente por estas criaturas e iba y venía por el mundo para legislar a su favor y protegerlas.
Le gustaba viajar y alejarse de las tensiones familiares y desde hace tiempo solo Hermione ocupaba su cabeza.
-Granger -susurró mientras apartaba la vista de un pesado documento que no le importaba demasiado.
Recordaba los momentos que con ella había vivido, sus furtivos lances amorosos y la adrenalina que eso le agregaba a su vida. Le divertía ir a contracorriente, desafiando a sus padres y sabiendo que ella era una manzana prohibida para él y por eso era más que atrayente.
La "sangre sucia" había dejado de ser tal para convertirse en la pasión más escondida y latente del heredero Malfoy y no estaba dispuesto a renunciar a ella.
-Tendrá que darle un hijo a la comadreja -mascullaba irritado entre dientes, pues la descendencia era algo sagrado para él, pues marcaba la continuación de la estirpe.
Respetuoso como era de los hijos, no había objetado nada cuando sus padres le notificaron que la candidata ideal era Astoria Greengrass, la elegida entre todas las demás, la más adecuada para él y para el apellido Malfoy. Sí, ella era la mejor decisión sin duda y él acataba sin chistar.
El nombre ilustre de Lucius sería preservado en el vientre de la castaña ojiverde muy pronto.
Eso mismo le ponía un gran obstáculo: No soportaba la idea de ver a Hermione embarazada de otro, de saber que la uniría por siempre al pelirrojo, algo que ni la magia podría romper.
Cargado de frustración, golpeó la pared con un puñetazo seco que se ahogó en el impenetrable muro. El dolor no pareció afectarle porque era más la frustración y el coraje, la mano de Draco sangraba lentamente y él apretaba más el puño y la mandíbula.
-¡Maldito Weasley! -masculló entre dientes y cerró los ojos para no pensar.
Lejos de ahí, una novia con semblante indolente se dejaba arrastrar por su madre y Narcissa Malfoy hasta un elegante escaparate para bodas.
-¿No es una preciosidad? -preguntaba Marie Greengrass señalando un caro vestido blanco que relucía con innumerables cristales transparentes a su alrededor.
-¡Claro que lo es! -secundaba la señora Malfoy sonriendo ante el delicado traje.
-Astoria ¿Qué te parece?
La aludida estaba sumida en sus pensamientos y no hacía caso de lo que pasaba alrededor. ¿Amar a Draco?, no, no sería posible porque ella no lo conocía aun y el jamás le habia dejado penetrar esa máscara que anteponía siempre a todo, "
-"Pero quizá fuera interesante saber más de él…" -pensó.
-¿Astoria? -volvió a interrogar su madre.
-Perdón -se excusó la chica- pensaba en otras cosas.
-¿Qué puede ser más importante que tu boda? -inquirió Cissa con la ceja levantada, idéntica a Draco.
-Quizá Draco -contestó Marie rápidamente y ambas mujeres rieron al unísono discretamente, mientras la ojiverde las miraba desconcentrada.
-Vamos, pruébate ese -pidió la señora Greengrass.
-Como digas, madre.
La futura novia entró a un pequeño cubículo y comenzó a desvestirse para acomodarse el pesado vestido y cuando lo tuvo puesto se observó al espejo para ver el reflejo que este le devolvía.
-No me gusta -se dijo- quiero algo más sencillo, algo que sea más yo, es demasiado adulto para mí.
-¿No sales querida? -se escuchó la voz de Narcissa Malfoy apresurándola.
-Ya voy, señora Malfoy -apuntó la chica recogiendo la interminable cauda y suspirando para darse valor.
-Deja eso de Señora Malfoy Astoria, dime Cissy, serás casi mi hija dentro de poco.
-Está bien Cissy -dijo mientras cruzaba el pasillo estrecho y se dejaba ver tímidamente.
El exuberante vestido hacía que Astoria se viera más grande de edad, opacando su rostro de niña casi, era demasiado para una chica como ella. Si bien estaba acostumbrada a lo ostentoso, Astoria Greengrass no estaba ilusionada con esa boda y deseaba pasar lo más desapercibida posible ese día, aunque eso sonara irracional por ser ella quien dijera "Sí acepto" en el altar al lado de Draco.
-¡Que preciosidad! -se emocionó su mamá cuando la observó llegar.
-Una digna Malfoy sin duda, el porte, todo lo tienes querida, yo te enseñaré lo que te falta que es poco, claro está.
Astoria no contestó nada a lo que dijo la rubia, pero levantó su voz decidida a dar a conocer su opinión sobre el vestido.
-No me gusta, quiero otra cosa.
-¿Cómo dices?
-Que no me agrada, es demasiado pesado madre.
-¡Pero si es lo mejor que hay aquí!
-Lo siento mucho Cissy, pero no lo usaré, al menos no este.
-¡Caprichosa que te estás portando Astoria!
-Como digas madre, pero dije que este no será.
Y dicho esto dio la vuelta para regresar al probador y quitarse enseguida el vestido, sonriente de haber hecho rabiar a las dos damas de afuera.
-¡Qué caras!, -decía divertida mientras se vestía de nuevo.
Salió otra vez y las adustas señoras la miraban con desaprobación palpable
-¿A dónde iremos por el vestido de tu gusto?.
-Mandémoslo a hacer -respondió la ojiverde levantando los hombres mientras las madres movían la cabeza en señal de reprobación. La caprichosa Astoria se imponía una vez más.
En el Ministerio las cosas ardían. Hermione Granger caminaba velozmente mientras el edificio de regulación mágica se vaciaba de empleados con una sola idea en su mente. Llegó hasta la puerta deseada y sin llamar se introdujo para sellarla con un "fermaportus" que la dejó aislada de los demás.
Draco levantó la mirada al oír que la puerta se abría y la vio entonces frente a él y sin pensarlo se levantó rápidamente para tomarla entre sus brazos y besarla una y otra vez, mandando lejos los prejuicios, las dudas y todo lo que hubiera entre ellos. La llama se encendía de nuevo en esa oficina que albergaría una vez más el secreto de su amor.
Rápidamente él la despojó de la vaporosa blusa que la vestía e hizo resbalar la falda entre sus dedos. Ella desabrochaba la camisa con frenesí mientras aprisionaba sus labios contra los de él, besando, mordiendo, acariciando, palpando cada detalle de su virilidad y él hacía lo mismo, perdiéndose entre ese cuerpo femenino, degustando el aroma a mujer que lo tenía trastornado.
Con gemidos ahogados demostraban el ímpetu que los embargaba, que los tenía absortos el uno en el otro y se dejaron arrastrar por esa dicha de estar juntos, aunque estuvieran dos personas más de por medio, personas que desconocían esos lances furtivos, el corazón es traicionero.
-Draco…-musitó ella recargando su cabeza castaña en ese pecho pálido que la recibía.
-Dime -contestó esa voz que ella encontraba cautivante.
-No te cases por favor.
-Hay motivos más poderosos Hermione, entiende.
-¿Un heredero para los Malfoy?, ¿Una sangre pura para madre de tus hijos?
-Nuanca he esperado que lo comprendas, es inútil tratar de explicarte, no comprenderías
-¿Tan idiota me crees? -dijo ella incorporándose de un tirón y reacomodándose las prendas de vestir.
-¡Basta, Hermione!, No tengo por qué explicarte nada, es un asunto de mi familia y eso es todo. ¿Terminarías tú con la comadreja?
-¡No me provoques Draco!
-¡No, no me provoques tu a mí que un día de éstos voy a decirle en su cara que eres mía y que piensas en mí cuando él te hace el amor!
Hermione intentó abofetearlo, pero los reflejos del Príncipe de las Serpientes fueron más rápidos y le atrapó la mano en el aire, dándole como toda respuesta un beso atrayéndola hacia sí mismo y dejándole saber así cuan suya era, sin que ella pudiera resistirse a esa boca que la estremecía al tocarla, al besarla así. Nunca era tierno, siempre dominante, siempre lleno de deseo, ese era Draco Malfoy.
-Te amo- le asestó ella mirándolo fijamente a los ojos y tratando de descubrir el secreto de esas pupilas de mercurio.
-Me agrada oírlo -replicó tomándola por la cintura ésta vez.
-Lo oirás siempre, pero necesito saber que sientes lo mismo, dilo.
El rubio esbozó una sonrisa ladeada y seguida de una ceja levantada como siempre lo hacía en situaciones como esa que ocurría ahora en donde le gustaba mantener el dominio total de las cosas.
-Me asombra que creas conocerme tanto Hermione. El amor no es algo que me permito y lo sabes, esto es más un capricho tuyo.
-Pues he visto mil veces esa llama en tus ojos que irradia calidez para mí Draco, ¿Por qué lo niegas?, ¡Y no es un capricho!, es una necesidad.
-No puedo negar algo que ni yo mismo reconozco en mí -apuntó categórico y colocándose también su elegante traje.
-¡Esa certeza de que me amas a mí nadie me la va a quitar de la cabeza!
-¿Tan segura estás amor? -retomó él acercándola nuevamente a escasos milímetros de su boca y la rozó con sus labios pero sin besarla totalmente. Caricia que arrancó en Hermione un escalofrío delicioso en su espalda.
-Yo siempre -replicó ella soltándose con fingido desdén y saliendo lentamente de la oficina mientras la mirada de metal de Draco se le clavaba en la espalda.
