Amaneció y él se apresuró a alistarse, la verdad había pasado muy mala noche, solo pensando en ella, en Hermione Granger y se dispuso a comer algo ligero antes de irse, aunque en realidad no quería ser el primero en llegar al Ministerio, sentía esa misma necesidad de los besos prohibidos que la castaña podría darle. Por otro lado Astoria no había bajado aún y la verdad él no notó la ausencia hasta que escuchó unos suaves pasos a sus espaldas. No eran los pasos de su madre, quien a esas horas seguramente ya se habría marchado de casa para atender su apretada agenda personal, agradeciendo personalmente las visitas de los asistentes a la boda recién celebrada.

Supuso entonces que era Greengrass y siguió tomando su desayuno con parsimonia, tendría que acostumbrarse a que tal vez su esposa lo acompañara en las mañanas. No era algo que el importara, mas bien le era indiferente y lo qué el aspiraba era que ella pasara desapercibida y que cumpliera las obligaciones que tenía. Solo eso esperaba.

-Buenos días -se escuchó la voz femenina, el saludo fue vacío y se escuchó totalmente falto de gracia. El aroma a colonia de Malfoy inundaba el suntuoso comedor cuando Astoria entró en él; ese olor que se quedó la noche anterior con ella, cuando él abandonó la recámara nupcial.

-Buenos días. Espero que hayas dormido bien. -respondió sin mirarla siquiera, estaba absorto en el diario que leía y en el humeante café que degustaba, demasiado ocupado como para verla.

-Sí, nos vemos más tarde -repuso ella y fue entonces cuando él fijó los ojos grises en ella. ¿Se atrevía a dejarlo antes que él lo hiciera?

-¿Qué crees que haces? ¿A dónde vas?

-Pensé que no necesitábamos fingir en casa.

-¡Esta es la casa de mis padres!, la nuestra estará lista pronto y nos iremos de aquí, ¡Pero mientras eso pasa te exijo que la respetes y no la abandones antes que yo lo haga, eso es lo correcto, Greengrass!

-Pensé que ahora mi apellido ahora era Malfoy -se burló ella sin intentar detenerse ante la amenaza; él se puso se pie con un movimiento brusco y se posicionó frente a ella.

-¡Serás una Malfoy hasta que te comportes como tal!, ¡El hecho de apellidarte así conlleva merecerlo Astoria y lo sabes!, ¡No voy a explicarte de nuevo tus obligaciones conmigo!

-¡No me importa, haz tu vida y yo la mía! -respondió ella enviándole una fría mirada de ese par de ojos verdes que refulgían indignados mientras ella desaparecía por la puerta, dejando al rubio desconcertado y frustrado, sin poder detenerla. Draco regresó a la mesa, pero no para comer, sino para deshacerse de un manotazo de lo que en ella estaba, el desayuno y la carísima vajilla de plata salió volando por los aires, mientras que el estruendo atraía a los elfos domésticos, quienes acudían presurosos a ordenar de nuevo el desastre ocasionado por la ira de Malfoy, quien bufando de rabia, arrebataba su túnica de manos de una elfina y tomaba la red flu para dirigirse a su trabajo.

Al llegar a la oficina Hermione granger ya lo esperaba. No fueron necesarias las palabras, ni nada más que sus cuerpos acercándose y él con la ira aún reciente, la despojó furiosamente de sus ropas, desnudándola en un instante y besando cada parte de su cuerpo como si fuera lo único que hiciera para seguir estando vivo. Hermione correspondía con el mismo ímpetu, deseando ser amada por él. Ambos cuerpos rodaban por el alfombrado suelo, buscando ser poseído por el otro, llenarse del otro, las caricias manaban como huracanes, volcándose uno en aras del otro. La pasión los conducía hasta el límite de lo imaginado, el sudor perlaba ambas frentes de los amantes que no deseaban apartarse, sino fundirse más, permanecer unidos pasara lo que pasara. Cuando estuvieron exhaustos, se vistieron y fue entonces cuando ella reparó en la sortija del rubio que indicaba que era ya un hombre casado.

-Lo hiciste -dijo con la voz entrecortada de coraje y celos.

-No tenía por qué no hacerlo, Mrs. Weasley.

-¡No me llames así! -gritó ella con desesperación al recordarle él que ella pertenecía a otro.

-¡Ese es tu apellido Granger!

-¡Y no sabes como me arrepiento de eso, cada día de mi existencia me reprocho el no poder estar contigo y acabas de matar cualquier esperanza para los dos!

-¿Teníamos alguna? Creía que no.

Draco hablaba arrastrando las palabras con rencor hacia quien acababa de amar, tratando de infringirle el mismo dolor y desencanto que él sentía desde siempre, desde que empezaron esa relación prohibida a los ojos de los demás sabiendo que el legítimo esposo de la Gryffindor era uno de sus más odiados enemigos del colegio.

-Tal vez la tuvimos y ayer acabamos de sepultarla. Ya no queda nada más que seguir con esto de la misma forma en que lo hemos hecho -acotó la de ojos miel sin dejar de sostenerle la mirada- Pero ahora tenemos que regresar a nuestra realidad y trabajar, supongo.

-Bien Granger -completó el rubio tomándola de nuevo entre sus brazos y besándola rápidamente. Ella dejó escapar un gemido que alimentó el ego masculino, muy a pesar de ambos tuvieron que separarse y cada uno volvió a su monotonía. Astoria mientras tanto, llegaba al Ministerio para visitar a su hermana, no quería ir a la casa de sus padres a enfrentar las preguntas de su madre sobre su primer noche de casada y tampoco tenía demasiadas amigas, aunque las pocas que tenía seguramente tendrían las mismas preguntas incómodas de las que ella estaba huyendo. No deseaba explicarle a nadie la farsa de su matrimonio y menos aceptar que la noche anterior la había pasado sola. Tampoco quería permanecer en la mansión Malfoy, por lo que decidió visitar a su hermana y distraerse un rato.

-¡Astoria! -exclamó la chica cuando la vio entrar.

-Hola Daphne.

-Supongo que extrañas todo ¿verdad?

-Algo hay de eso, pero en realidad me aburría y decidí visitarte ¿Interrumpo algo?

-No, precisamente iba a comer algo ¿Vienes?

-Sí, vamos.

La rubia se puso de pie y tomó unos pergaminos de una pila que estaba a un lado.

-Primero entregaremos esto y después comemos ¿Si?

Las hermanas se encaminaron hacia el interior del Ministerio. Daphne no se atrevía a preguntar nada, pues sabía que eso era tema difícil para la menor de los Greengras, por lo que charlaban de detalles sin importancia, hasta que una mirada verde las detuvo al hablarles.

-¿Puede saberse a dónde van sin mi compañía?

-De hecho íbamos a buscarte Pansy, planeamos tomar un café.

-Me parece bien ¿Recuerdan a Bulstrode?-señaló la pelinegra de Slytherin dirigiéndose a su acompañante, una castaña rechoncha que miraba con cierta cordialidad a las hermanas.

-¡Millicent! -exclamó Daphne antes de ofrecerle la mano en señal de cortesía.

-¿Qué tal Daphne? -respondió la chica correspondiendo al saludo de la Greengrass.

-¿Recuerdas a mi hermana Astoria?

-Muy poco realmente, pero es un gusto verte también -puntualizó Bulstrode saludando a la aludida, quien sonreía discretamente.

-Creo que no vendría mal que las 4 tomáramos algo y recordáramos viejos tiempos -sugirió Pansy.

-¡Que buena idea! ¿Tienen tiempo ahora?

-Lamentablemente yo no -dijo Millicet- Necesito ponerme al corriente con estas nuevas responsabilidades, ustedes saben, les pido disculpas, pero en otra ocasión será, con permiso. La castaña salió diciendo esto y las tres mujeres se quedaron sorprendidas por un momento.

-No sabía que millie trabajara aquí.

-Llegó hoy y la verdad ya sabemos como es ella, ¿verdad Daphne?

-Pues sí, ha sido extraña desde siempre, pero recuerdo que era callada e introvertida y creo que no me equivoco al pensar que sigue igual. Aunque los años le han favorecido.

-Lo recuerdo perfectamente y me alegro por ella, pero sigue amargada y bueno…que se le hacer.

Las dos mayores rieron ante el comentario, pero Astoria no terminaba de sentirse cómoda con la conversación puesto que ella no había compartido año escolar con Parkinson y su hermana, así que no le dio mucha importancia al caso y con la mirada distraída recorría el Ministerio de Magia. Caminaban charlando de lo sucedido cuando se toparon de frente con una figura conocida por todo el mundo Mágico. Una melena castaña de rizos se distinguía acercándose a ellas y la primera en hablar fue Daphne.

-Granger espera.

-¿Qué deseas Greengrass?

-Entregarte esto -le extendió los pergaminos que llevaba en la mano- iba a tu oficina, pero ya que te encontré…

-Descuida, ¿Es todo?

-Sí, es todo. Por cierto, ¿Ya conoces a mi hermana Astoria?

El solo nombre de la chica resonó en la cabeza de la Gryffindor como el dolor más punzante, el más certero. Inmediatamente fijó la mirada en ella, en la señora Malfoy que aparecía de manera inesperada.

Había resistido la tentación de leer los diarios mágicos que no dejaban de hablar de la unión de las dos familias adineradas en días recientes y ahora, su mayor incertidumbre la buscaba de golpe. No había como escapar, así que la observó tratando de no parecer inquisidora.

-A..Astoria Greengrass -titubeó deseando que no se dieran cuenta del impacto que causaba el conocer frente a frente a la esposa, a la dueña del apellido Malfoy, a su desconocida rival que hoy tenía rostro y voz.

-Malfoy -corrigió Daphne con la simple intención de marcar la diferencia de clases.

-Un gusto-respondió la ojiverde sin darle demasiada importancia.

Siempre había preferido mantenerse al margen del Trío Dorado y no deseaba rendirle pleitesía a la legendaria leona que ayudó a la salvación del mundo mágico. La presentación fue seca y fría. Ni siquiera se extendieron la mano una a la otra porque cada una tenía sus motivos, la recién casada sentía desdén hacia la leona y la ojimiel estaba invadida de celos hacia la esposa de Draco.

-Igualmente -respondió recomponiéndose de la situación- ¿Me disculpan? Tengo que retirarme.

Hermione se alejó con paso rápido de ellas y Pansy intervino.

-Parece que hoy todo mundo tiene prisa por esquivarnos, pero bueno es Granger, que vive metida en el trabajo.

Daphne rió de buena gana ante el comentario de la pelinegra y continuaron su camino sin notar que a lo lejos, eran observadas por alguien que no perdió detalle de la escena que acababa de desarrollarse. Habría problemas muy cercanos, de eso no había ninguna duda.

Ni bien caminó hacia su lugar de trabajo, Hermione se desplomó anímicamente pensando en la mujer que acababa de conocer. Astoria Malfoy era un mito hasta ese momento en el que la vio a los ojos y supo que al igual que Daphne, poseía ese porte de aristocracia que combinaba perfectamente con el apellido que hoy ostentaba.

-Es guapa -susurró al recordar el rostro mezcla entre niña y mujer que la de ojos verdes poseía.

No era una maravilla de rostro, pero sin duda no pasaba desapercibido. La analizó tal cual era su costumbre, todo lo que su mente pensaba le lastimaba, la dañaba como mujer. Aunado a eso, se sentía mal por ser infiel no solo a Ronald, su propio esposo, sino que ahora había una víctima más de su desenfreno con Draco y esa era Astoria.

-¡Dios Mío! ¿Cómo llegamos a esto?, ¿Cómo me enamoré de Draco Malfoy? -se preguntaba una y otra vez sin dejar de pensar en ese par de ojos grises que le robaban el aliento al mirarla y en ese cuerpo varonil que la estremecía de solo pensarlo.

No podía escapar del influjo del rubio que encendía su sangre y sus sentidos, gracias a él había conocido los celos de mujer y no de niña como con el pelirrojo, esos celos crueles y letales, mismos que ahora mordían sin piedad su corazón, lo hacían jirones y la dejaban desnuda de alma ante todo lo demás, mismos sentimientos que le pedían desear que desapareciera de la faz de la tierra la tercera en discordia por estar al lado de él. Extrañamente era Draco Malfoy el que la había hecho aventurarse por los senderos dolorosos del amor, Draco Malfoy y no Ronald Weasley.

Pansy y Daphne seguían con su charla sin reparar en la ausencia verbal de Astoria, quien con la mirada vagabunda se paseaba entre los recovecos del Ministerio buscando distraerse por unos instantes; de repente, la mayor de las Greengrass pareció percatarse que su hermana no intervenía en la charla, así que preguntó.

-¿No deseas que pasemos a saludar a Draco?

La sola mención del nombre la hizo tener un sentimiento inexplicable como la noche anterior, pero no quería demostrar nada ante nadie porque ni ella misma se entendía, así que solo contestó encogiéndose de hombros.

-Le vi en la mañana, no creo que sea necesario ir a verlo, igual irá a casa en la noche.

-¿Segura? -inquirió la rubia sin dejar de verla fijamente, pero la otra desvió la mirada intencionalmente. Nada acerca de Draco le parecía claro y ella estaba dispuesta a llegar hasta el fondo de su incertidumbre lo más pronto posible, pero sola, no quería intromisiones de nadie o preguntas al respecto y eso incluía a su propia hermana.

-Sí.

-¿Pasa algo extraño? ¿Te sientes incómoda con él?

-No, nada Daphne, es solo que quiero despejarme un poco y ya lo veré en casa más tarde.

Pansy solo se limitó a observar calladamente la reacción de la esposa de Draco y las dos mayores aceptaron la excusa poco convincente de Astoria y se encaminaron de nuevo hacia la salida; de nuevo, la recién casada se notaba fuera del mundo, pensativa en otras cosas y la demás charla fue tan trivial como siempre, se despidieron poco tiempo después.

-Hasta pronto, espero verlas luego.

-Iré a visitarte, Astoria.

-Daphne, preferiría que lo hicieras cuando ya esté instalada en la casa que Draco y yo compartiremos, comprende que estando Lucius o Narcissa en la Mansión, me es imposible ser yo misma.

-Entiendo, entiendo, así lo haré.

-Pues creo que esa indirecta debo tomarla yo también -bromeó Pansy para aligerar la situación.

-Lo siento Pansy, no fue mi intención hacerlas….

-Lo sé Astoria, era solo una broma, pero al igual que tu hermana, planeo visitarte cuando ya te hayas adaptado a tu nueva vida de casada y dispongas de una enorme residencia colmada de elfos y elfinas que te llamarán: Ama.

La rubia y la pelinegra rieron a carcajadas con la ocurrencia, pero la castaña solo esbozó una sonrisa leve. Esa supuesta mansión colmada de sirvientes se sentirá igual de fría y vacía que la que ahora habitaba, realmente nada haría la diferencia entre Draco y ella. El mismo silencio reinaría y las escasas palabras que romperían en silencio estarían salpicadas de cordialidad o de respeto, como bien había dicho el rubio, pero nada más. Astoria Malfoy se sentía condenada a una vida en donde sería ignorada hasta el hastío por su propio marido.

-Nos vemos pronto entonces -se apresuró a decir para retirarse, las demás depositaron un beso en la mejilla de la que se marchaba y regresaron a sus ocupaciones habituales en el Ministerio.

Si bien Astoria había terminado su formación mágica en Howgarts y después de eso, había colaborado en las ocupaciones de su padre, al contraer matrimonio con un Malfoy, se sobreentendía que estaría dedicada por entero, en cuerpo y alma a su esposo y a la familia que con él criaría. No le parecía bien el hecho de permanecer en casa como muñeca de porcelana, pero ese era por ahora su irremediable presente, presente que estaba dispuesta a negociar con Draco costara lo que costara. Ella quería ser libre y hacer algo útil; confiaba en que Draco se portara de forma razonable y le dejaría explorar su lado profesional.

-Ojala me preste atención por las buenas, porque no me gustaría hacerlo de mala manera -pensaba arrugando la frente como solía hacerlo frecuentemente cuando algo le preocupaba.

Regresó a la casa con el mismo ánimo con el que la abandonó horas atrás, arrastró sus propios pasos hasta el jardín de Narcisa, todo lucía tan cuidado que parecía un cuadro viviente; el verdor era tan perfecto que lastimaba la vista al mirarlo, el césped estaba cortado a la misma altura y en él se respiraba orden y pulcritud, sin embargo las hermosas flores separadas por colores no tenían calidez ni ese aroma que emanan los jardines cuidados con amor. Le pareció que todo en esa casa era frío y sin vida, que todo se daba por mero compromiso y nada más.

-No se parece en nada al jardín de casa, podrán ser las mismas flores, pero no me siento igual que allí -cavilaba en silencio.

Tomó asiento en un ventanal cercano a las gardenias y se dispuso a leer un libro que había encontrado hacía unos instantes en la imponente biblioteca familiar. Poco a poco la lectura la fue absorbiendo y no se percató del correr del tiempo hasta que Draco hizo su aparición en la sala. No traía buen semblante y se dirigió inmediatamente a buscar a su esposa.

-¡Fuiste al Ministerio! ¿No es así? -irrumpió en la tranquilidad de la casa.

-Así es -le contestó ella sin apartar la vista del libro, pero sentía un nerviosismo que pretendía ocultar al escucharlo hablar de ese modo.

-¡Mírame cuando te hablo! -le arrebató de un manotazo el libro que sostenía entre sus manos y fue entonces cuando la castaña se incorporó para reclamarle con el mismo tono usado por el rubio.

-¡No me hables así, ni me vuelvas a hacer eso!

-¡Te hablo como se me da la gana!

-¡Pues deberías aprender a respetar a las personas!

Los ojos de ambos brillaban de coraje y de desafío al otro, las orbes grises parecían de hielo al mirarla con desaprobación y el verde de los ojos de ella se clavaban peligrosos para defenderse del trato poco delicado de su esposo. Draco notó el mismo ímpetu que le atraía de Hermione, ese carácter fuerte que lo llevó hasta ella, pero mientras la leona era toda una mujer, Astoria aun conservaba reflejos de niña en su mirada, parecía más una chiquilla oponiéndose a la voluntad del padre que una señora casada desafiando al esposo.

-¡Tienes que cumplir con el protocolo y saludarme cuando estés ahí!, ¡Soy tu esposo, que no se te olvide!

-¡No pensé que te importara si te hablaba o no! Iba de prisa y…

-¡No es que me importe!

-¿Entonces? ¿A qué viene tanto grito?

-¡Es que es tu obligación!

La castaña lo miró con coraje al sentirse tratada como objeto de compraventa, últimamente la palabra "obligación" se había vuelto frecuente en su vocabulario y eso le molestaba porque ella era tan sangre pura y adinerada como el rubio, tan mimada como él, sobreprotegida por sus padres y no aceptaba del todo que de un momento a otro, Draco decidiera imponérsele con la bandera del esposo exigente de sus derechos. Observó el rostro de él, parecía desencajado del coraje y de la supuesta falta de respeto en la que ella había incurrido y pensando eso, rió para sus adentros, cuidándose de no demostrarlo.

-Esa maldita obligación que se me impuso...

-No solo esa, te recuerdo que debes darme un hijo a la brevedad posible.

La muchacha calló. Era cierto

-Lo sabes ¿verdad Astoria?, ¡También yo quiero quitarme de encima la presión de mis padres por un heredero Malfoy!

-¡Pero no querrán que eso pase a los dos días de casarnos!-le grito astoria

-Hay un juramento inquebrantable de por medio y no es un secreto para ti tampoco.

-¡Pues me niego a lo que ellos digan! ¡Lo que tenga que ser, sucederá, pero a MI modo, no al de nadie más!

-¡Eres una inmadura! ¡Una mimada que no está consciente de la responsabilidad enorme que tiene en las manos!

-¡No me llames así! ¡No te permito que…!

Draco perdió los estribos al escucharla y sentía la necesidad de imponerse, de dominarla para hacerla ver que era él quien disponía las cosas en ese matrimonio y no ella. No iba a permitir que Astoria se encaprichara con todo y decidió actuar.

-¡Lo vas a cumplir quieras o no!

Dicho esto, la tomó por los hombros y aprovechando su fuerza, la besó agresivamente, uniendo sus labios a los de ella de manera ruda y sus dedos se clavaban en la piel sensible de la muchacha, quien forcejeaba infructuosamente con un rubio que no cedía en fuerza ante la frágil esposa que tenía. El dolor del beso, de la presión del rubio la invadían; comprendió pronto las intenciones de Malfoy y a pesar de sus esfuerzos no logró nada. Draco malfoy estaba incontrolable y la llevó a la habitación nupcial tomándola severamente del brazo y literalmente arrastrando el pequeño cuerpo que se esforzaba en mostrar más resistencia. Una vez ahí la lanzó con furia hacia la cama, el de ojos grises hizo gala de su fuerza nuevamente y con movimientos grotescos la desnudó. Astoria entonces sintió deseos de rogarle, de implorarle que se detuviera, que no hiciera ninguna infamia, pero su orgullo estaba más allá de eso y calló. Las prendas arrancadas a la fuerza caían sobre la alfombra y el respirar agitado de Draco era lo único que se escuchaba, sus sentidos estaban embotados y no podía pensar en más que hacerle saber, hacerle sentir que era él quien mandaba y dominaba la situación. Que si quería tomarla en ese momento o en cualquier otro lo haría porque ella era su esposa y esa era una de sus tantas obligaciones convenidas. Estaba decidido a demostrarle que con un Malfoy no se juega pero a su manera, con violencia, con ira, con por su parte, cansada de forcejear, se limitó a cerrar los ojos y a intentar bloquear su mente y no pensar…y no sentir. No sentir cómo las manos de Draco la recorrían sin respeto de palmo a palmo, cómo su aliento la invadía y su cercanía la inundaba. No hubo más besos, ni tiernos ni forzados, ni una vez más los labios de él se unieron a los de ella, en cambio su cuerpo recibía los desenfrenados labios masculinos; no hubo ningún "te amo" y tampoco estaba presente esa cordialidad o ese respeto que él pregonaba que deseaba para ambos. Solo hubo una necesidad que debía ser saciada con el cuerpo del otro y así se hizo. Unas lágrimas amargas y solitarias surcaron la mejilla enrojecida de la chica, al tiempo que él la poseía sin miramientos. El dolor que sentía era inmenso, la presión del cuerpo de Draco era terrible, su cuerpo virginal se estremecía de dolor al ser tratada sin delicadeza, al sentir que dentro de sí tenía la virilidad de él que la poseía de manera cruel, pero prefirió morder sus labios hasta el punto de sangrarlos para que el rubio no se percatara de su sufrimiento, no quería ofrecerle su debilidad en esos momentos, sino su desprecio absoluto, su indiferencia, su callado reproche. Sintió romperse por dentro mientras él continuaba sin tener el mínimo reparo en ella. Contuvo las lágrimas sin dejar escapar ni una más y cual muñeca de trapo se dejo hacer y deshacer al entero gusto de su esposo, algún día tenía que ser. ¿Pero así? ¿De esa forma?.

Al terminar Draco Malfoy se incorporó y tomó sus prendas de vestir, su obnubilada mente le había impedido pensar hasta ese momento y acababa de darse cuenta de lo que acababa de ocurrir entre él y Astoria. Levantó la vista y se encontró con los ojos enrojecidos de su esposa y los labios lastimados a fuerza de morderlos conteniendo el dolor y la humillación. No pudo articular palabra coherente y consternado por su acción, salió en silencio de la habitación que testificó una entrega violentada que acalló por un instante los instintos viriles del rubio. Al salir él, la chica solamente acertó a cubrir su desnudez con las mantas que estaban a su alcance y ocultó su rostro entre las mullidos almohadas para gritar de desesperación e impotencia ante lo pasado; lágrimas amargas de frustración, coraje y tristeza manaban de sus ojos sin control y las pequeñas manos arrugaban, apretaban con ira y desprecio las blancas sábanas mancilladas por quien compartiría su vida. El cuerpo le dolía y no quería ni mirarse así, vulnerable y desprotegida.

-¡Cuánto te desprecio Draco! ¡Te odio, te odio!, ¿Cómo pude casarme contigo? ¿Cómo fuiste capaz de hacer semejante bajeza? -gritaba golpeando la cama una y otra vez con el puño cerrado y clavándose ella misma las uñas al hacerlo. El dolor que podría sentir no era nada comparado con lo que su alma rota sufrí las horas y la noche hacía su aparición cobijando los sentimientos de la chica, que vencida de tanto llorar, fue dominada por el sueño que se apoderó de ella para sumirla en una aparente tranquilidad.

Realmente en la Mansión Malfoy nadie descansaba: Draco se revolvía inquieto en la biblioteca, no quería pensar en lo que había hecho, pero su conciencia actuaba como su más cruel verdugo al recordarle nítidamente las acciones cometidas, la forma en que se impuso por la fuerza, las huellas marcadas en ese cuerpo frágil; los recuerdos le hacían verse a si mismo como el más infame. La había violentado en un momento de rabia y coraje, cegándose a razonar y dejándose llevar por sus impulsos, mismos que lo asustaban al saberse capaz de algo así en cuestión de instantes.

-¿Acaso soy un animal, una bestia? ¡Maldita sea!, Astoria no merecía ser tratada así..-se decía a si mismo revolviéndose el cabello con nerviosismo y resistiéndose a pensar que todo había sido cierto. Hubiera dado todo porque fuese una pesadilla que recién terminaba pero no, era la dura realidad que había que enfrentar, porque los hechos no mentían y Astoria era el recuerdo viviente de su descontrol esa noche.

Recordó esa anatomía tan distinta a la de Hermione, que había sido tantas veces recorrida por la ansiedad de sus manos, el cuerpo de astoria era completamente diferente, ese cuerpo no había sido tocado por nadie que no fuera él y el haberlo comprobado de esa forma le asestaba una puñalada punzante dentro de su vida. Despreciaba a los que no podían tener autocontrol y lo que él demostraba horas atrás no era precisamente el mejor manejo personal que poseía.

Busco entre los cajones un pergamino, tinta...realmente no sabía lo que necesitaba en esos momentos, sólo esa apremiante necesidad de desahogarse.

Astoria :

Lo siento mucho.

Draco Malfoy.

La leyó y releyó... seguía sin creerlo. No había hallado nada mejor qué hacer. Al instante mismo de haber mandado la misiva ya se estaba arrepintiendo. Sabía que no era suficiente, pero ¿qué más podía escribirle?

No esperaba ser perdonado, se sentía cobarde por escapar sin poderle hablar de frente. No entendía como es que su cerebro no había respondido en esos instantes.

No se atrevía a poner "disculpa", porque estaba seguro que ella no lo redimiría. Sin embargo no podría huir por mucho tiempo. Tendría que afrontarla algún día. Sería imposible continuar simulando un matrimonio de ahora en adelante.

Draco se preguntaba qué haría Astoria cuando volvieran a verse. Todo le parecía sensato, desde un golpe de la chica, hasta un avada kedavra...¿Y si decidiera decirlo todo y marcharse? ¿Cómo quedaría el? Sabía que se merecía el desprecio de la castaña y el suyo propio. desde antes.

Sacudió la rubia cabeza y se sirvió una, dos, tres copas del mejor whisky de fuego que tenían en la Mansión, pero ni el más caro brebaje lo tranquilizaría en esos momentos, la culpabilidad le golpeaba el rostro y no podría apartarse del hecho de haber violentado la voluntad de su esposa.

-¡Es mi esposa! -Se recriminaba, doliéndose de su comportamiento- ¿Cómo pude…?

No se atrevió a regresar a la alcoba, a toparse con un par de ojos llenos de llanto, se sintió cobarde por no ir a enfrentar de inmediato la situación, pero no podía, sencillamente no se sentía capaz de hacerlo, de pedir disculpas.

-¡Cindy! -Llamó a la elfina.

-Ordene mi amo Draco -dijo tímidamente la criaturita que apareció a la velocidad del suspiro, dispuesta a servirle.

-Prepara mi habitación, que estaré ahí en unos minutos.

-Siempre está lista mi Señor

-Retírate entonces -El "ploff" que siguió, anunció que la elfina había desaparecido dejándolo solo de nuevo con sus pensamientos.

Se dirigió a su habitación como autómata, al estar frente a la puerta de madera tallada que resguardaba su habitación, no pudo evitar girar la vista hacia el otro extremo del pasillo, donde una puerta blanca escondía las lágrimas de Astoria. Apretó los labios y giró la manilla para entrar, para olvidarse de todo e intentar dormir, cosa que nunca sucedió, pues el insomnio fue su cruel compañero esa larga noche.

La oscuridad hacía juego con sus reproches y así pasó la velada, en silencio y con la voz de su interior gritándole su error, el mismo sentimiento de Howgarts lo invadía, esa presión de hacer las cosas equivocadas llegaba de nuevo a él y comparó cómo se sentía en ese entonces, cuando fue destinado a terminar con la vida de Dumbledore, el mismo vacío, la misma incertidumbre estaban presentes, solo que en aquella ocasión él actuaba obligado por una amenaza, esta vez fue su albedrío el que lo traicionó.

Ni bien se asomó el sol, tomó un baño para despejarse y salió inmediatamente hacia el Ministerio, pues no quería verla de frente. Sabía que aunque Astoria callara, el silencio le seguiría vociferando que hizo mal cas cosas y prefirió huir una vez más, huir hasta que estuviera preparado para algo más.

Astoria por su parte, despertaba sola ; giró la mirada hacia el lugar que Draco debía ocupar y suspiró aliviada al verlo intacto. Definitivamente su situación no era mejor o peor, simplemente era diferente. ¿Qué haría de ahora en adelante?

Se redescubrió asombrándose a si misma por su fortaleza. Nunca se hubiera imaginado que podía actuar tan fríamente frente a una humillación de esa índole y sabía que Draco Malfoy se merecía su odio, aborrecimiento, repugnancia, desprecio, rencor... asco. Por lo pronto evitaría todo contacto innecesario con él. Unos toques suaves en la puerta la sacaron de su ensimismamiento.

-Mi señora, tiene visita -se escuchó a Cindy del otro lado de la puerta, con la amabilidad que le caracterizaba a la pequeña elfina.

-¿Quién es? -exclamó reincorporándose a medias, deseando que no fuera nadie de su familia que se empeñase en verla en esos momentos tan difíciles para ella.

-El Señor Blaise Zabini.

Al escuchar el nombre, sonrió tristemente y a la vez aliviada de contar con el hombro de él para llorar, para desahogarse. ¿Pero lo haría?

-Dile que enseguida bajo, que ya termino de alistarme.

En eso estaba cuando el águila tocaba el cristal de la ventana. Sintió un sobresalto, pues la reconoció enseguida.

-¿Mi ama va a recibir la misiva del amo Draco?

Dudó en dejarla pasar

-tómala-respondió la castaña

La elfina desató cuidadosamente el pergamino y despidió al ave. Su código de obediencia era escuchar, ver y callar, solamente si era requerida o si habia peligro para la familia a la que servían, podían intervenir y esta vez, Cindy no era requerida en el asunto.

Extendió la manita con la carta hacia la esposa de Draco y la miró a los ojos. Se disponía a retirarse, pero Astoria no se sentía preparada para leer sola el contenido del escrito, por lo que con un ademán, hizo que la criaturita permaneciera con ella.

-Cretino- susurró antes de arrugar el papel con coraje.

La elfina escuchó y miró atentamente a su nueva ama, pero no se atrevió a preguntar. Su instinto le indicaba que ese corazón estaba sufriendo bastante en esos momentos.

-Anda con Blaise, que ya bajo a hacerle compañía

Cindy hizo lo que le mandaba la chica, mientras la castaña se sumergía en una ducha que pretendía limpiar las huellas de Draco de su cuerpo; tallaba con aspereza cada parte de si misma, deseando borrar cada recuerdo de la noche anterior. Una vez convencida que el agua no podría eliminar lo que sentía, se dio por vencida y decidió que no le mostraría a nadie su sufrimiento, su coraje, lo que fuera. Ella había sido educada para eso, para ser fuerte y no para llorar por los rincones; si ni al mismo Draco le había hecho saber nada la noche anterior, entonces ahora no debía ser diferente, las cosas debían ser tal y como estaban. Se mantendría de piedra ante el rubio, no le demostraría dolor ni miedo, sino que buscaría la manera de retribuirle sus acciones en breve. Se arregló como todos los días, vaporizó un poco de su perfume favorito sobre el cuello y las muñecas, disponiéndose a salir al encuentro de su amigo de la infancia; descendió lentamente por la escalinata de la Mansión y haria como si no hubiera pasado nada.

-¡Astoria! -exclamó el moreno al verla.

-¡Buenos días Blaise querido!

-Perdona por venir sin anunciarme antes, pero es que estaba por marcharme hacia Irlanda y decidí pasar a despedirme.

-Nunca necesitarás anunciarte en mi casa, ¿Partes ya tan pronto?

-Me temo que no tengo nada más que hacer aquí. He presenciado tu boda y veo que estas adaptándote a tu vida de recién casada-advirtió el Slytherin al verla serena como siempre, ¿Cómo adivinar lo que se escondía en ella? Imposible.

El de cabello negro la observaba y veía lo que ella deseaba mostrar, una calma aparente que estaba lejos de sentir, pero que era necesaria en esos momentos y tal vez así sería siempre. Blaise sentía que su corazón se iba tras ella cada vez que la veía, no podría dejar de pensar en esos ojos que lo cautivaban desde hace tiempo, en la suavidad de esas manos que solo le podrían dar amistad y en las risas que Astoria había compartido con él y que cada que las escuchaba, lo hacían desear llenarla de besos, de ternura, de amor. La amaba, pero necesitaba saberla feliz, conforme con su nueva vida para renunciar definitivamente a ella. No podría intervenir en un matrimonio y lo que veía en ese momento parecía hacerle saber que en efecto, la castaña estaba tranquila y conociendo poco a poco a su esposo, sin embargo, advirtió entre esos ojos verdes, un dejo de tristeza que no pudo ocultar.

-¿Te pasa algo? ¿Puedo ayudarte? Sabes que cuentas conmigo para cualquier cosa, Astoria -repuso inquieto al considerar que algo podría rescatarse de toda esa situación por la que atravesaba.

-No, nada, una mala noche. No me acostumbro a dormir en otra parte que no sea mi casa, quiero decir, la casa de mis padres -mintió ella con una sonrisa que intentaba tranquilizar ese par de ojos negros que la miraban interrogantes.

-Me imagino que tienes razón -aceptó él ensombreciendo el semblante de nuevo, imaginando que todo lo que él anhelaba lo poseía ahora Draco.

-Vamos, te mostraré la Mansión -lo tomaba de la mano con la familiaridad de siempre, solo que Blaise sentía las mismas descargas eléctricas cada que ella lo hacía, el contacto con Astoria le era irresistible y dominaba sus emociones para no mostrar asomo de ellas. ¿Para qué? El caso estaba perdido mucho antes de luchar. La chica estaba comprometida desde el momento en que él posó sus ojos en ella.

La señora Malfoy le mostró el jardín con los pavos reales. Ciertamente Zabini conocía a la perfección la residencia de los Malfoy, pues en su juventud solía visitar a quien fuera su amigo de manera no frecuente, pero si algunas veces, por lo que recordaba los detalles de la imponente construcción que ahora albergaba al nuevo matrimonio..

Narcissa sabía por labios de Marie Greengrass, que Astoria gustaba de las fuentes y del sonido diáfano del agua al caer una y otra vez, por lo que consideró que debía consentir a su nuera con una de ellas en algún sitio del jardín, cosa que agradó a la castaña.

-Mira -señaló- esa fuente la acaban de poner.

-Es cierto, no recuerdo que estuviese ahí.

-Porque no estaba, Narcissa la colocó para que yo me sintiera más cómoda.

-¿Cissa? Pensé que habría sido Draco.

La mirada de Astoria de nuevo se ensombreció al escuchar el solo nombre de aquel a quien pretendía olvidar.

-No, por supuesto que no. Draco ni siquiera sabe lo que me agrada a mí…-calló al sentir que estaba revelando demasiada información, pero esas breves frases habían hecho que Blaise exclamara.

-Me niego a pensar eso, ¡Es tu esposo!, ¡Eres su esposa!-

-No tiene importancia, yo tampoco le conozco lo suficiente, supongo que con el tiempo -se esforzaba ella en recomponer la situación, fingiendo no darle importancia.

-¡Claro que importa! ¡A mí me importa! -se exaltaba el moreno de ojos oscuros al considerar que lo que él apreciaba más, Draco lo desperdiciaba.

-Te mostraré otra ala de la casa -zanjó la ojiverde la conversación, tomando otro rumbo y obligándolo a dar por terminada esa parte de la conversación.

Recorrían la residencia y Zabini la observaba discretamente, no advertía emoción en las palabras de la recién casada, la escuchaba por el simple hecho de que amaba su voz, pero se intuía un grito a voces dentro del silencio de ella.

-No es feliz -pensaba con más firmeza el y entonces la esperanza se abría nuevamente. Sonrió. Quizá no todo estaba perdido.