¡Buenas tardes! ¿Cómo os va todo? Ya empezamos con las cosas serias. Muy serias. Bonitas pero serias.
Ivy J: Me gusta la gente puntual. Gracias por la opinión, cielo.
soniasc94: hombre, su chica no es del todo. Tienen ahí cosas pendientes que igual se solucionan o igual no. Y sí, menuda dormilona que es Fenzy, seguro que habría pasado algo. ¡Gracias de nuevo, corazón!
kiarika94: Zak aún no se ha dado cuenta de verdad de lo que pasa. Sí que sabe qué pasa, pero en este capítulo ya empezará a darse cuenta de qué pasa. Spoiler repetitivo. Aún así, gracias, cielo. ¿Sabes que me encantan tus revs?
mari: me arrodillo ante tus halagos, corazón. ¡Muchas gracias!
alodp: gracias corazón, ya lo puse arriba. Deberiais leer las notas primeras más a menudo.
Stefan: ¡Muchas gracias! Suerte en la escuela.
juniorjpro: Gracias, ¡saluda a tu primo de mi parte! Y quién sabe. Es tímido, pobrecillo, a mí a veces me da pena. Qué demonios, si soy yo quien escribe lo que pasa. No hagas caso, estoy loca *risa sin sentido* ¡Gracias de nuevo!
elena: aquí lo tienes. Disfrútalo.
Raúl: Aquí está, algo frío porque lo escribí hace ya días, pero ya está.
Vamos con lo nuestro. Seguiré odiando algunas partes de los capítulos hasta la saciedad.
Se sigue diciendo poco. Y ESTE MALDITO CAPÍTULO ME PODÍA HABER SALIDO MUCHO MEJOR. Necesito mejorar. Muchísimo.
IMPORTANTÍSIMO: no me queda Nocilla. Já, no. Algunas partes de este capítulo son muy, muy importantes y tienen mucho que ver con los problemas de Zak y Cloe. Yo si fuera vosotros prestaría atención. En caso de que haga secuela, esto también influenciará mucho en el argumento. ¡Ojo al parche! A quien lea esto le doy una galletita.
¡Disfrutadlo y comentad! - icechipsx
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Las tormentas de nieve en el Reino del Hielo eran la cosa más caótica, fría, pero a la vez bonita que podía verse a menudo. Era algo que aparecía sin previo aviso en cualquier estación.
Avanzar por la nieve era tan difícil y pesado que incluso al más aventurero le costaría un siglo y dos días atravesar tal cantidad de nieve. La explanada estaba completamente nevada, cubierta con una manta blanca que les llegaba hasta las rodillas. Cloe sabía que deberían estar subiendo una cuesta, y que ahora estaban yendo en dirección recta flotando sobre la nieve. Debía haber una cantidad descomunal de nieve si el terreno podía aguantar su peso sin hundirse.
Ambos recorrían el camino hacia el Templo Copo de Nieve con las capuchas puestas, tambaleándose para que ningun peñasco de nieve rebelde les tumbara de un golpe en la cara. La peliazulada aferraba sus propias manos a los lazos que ataban el abrigo, cubiertas con unos guantes finos blancos que se puso sin mirar; iban con demasiada prisa. La capucha le cubría media cara y le tapaba la mitad de su campo de visión, pero con poder ver un poco le bastaba.
En cuanto a Zak, el rubio vigilaba a su amiga algo más de lo habitual. Desde que vio la escarcha en sus manos temía por su estabilidad mental, ya que volver a dejarla congelarse por dentro sería lo peor que le podría pasar. Seguro que ni se habría dado cuenta de ello con las prisas que llevaba. Parecía que estaba huyendo a esa casita de soledad y nervios, y que ella y Zak estaban convirtiéndose poco a poco en los desconocidos que un día fueron. Ya echaba de menos el tacto de su piel contra la suya, respirando lentamente en el dulce placer que era el sueño, perdida en la tierra de los sueños donde nada salía mal y todas las tragedias se esfumaban entre pestañeos.
La nieve caía diagonalmente y teñía los abrigos de los guerreros, que aguantaban las telas de las capuchas por si el viento se las llevaba. El templo era blanco y sofisticado, erigido con pilares blancos que tapaban una pared de piedra blanca. El techo era blanco y plano, con simbologías escritas en las paredes laterales de la plataforma. La nieve parecía disminuir al pie de la escalinata de cuarzo, que se componía de un combo de diez escaleras. Encima de la entrada sin puerta había un copo de nieve grabado a golpe de martillo, cubierto de escarcha.
La peliazulada avanzó unos pasos por delante y se detuvo ante las escaleras. Se giró para mirar al Príncipe del Sol, que también se había parado para ver que hacía, "Lo mejor es que ahora vaya yo sola."
Zak se rascó la cabeza, entendiendo la situación, "Claro, claro. Te espero aquí."
Cloe le dedicó una sonrisita y empezó a subir las escaleras, lentamente e intentando recordar lo que era poder andar, ya que nadie sabe que puede pasar ahí dentro.
Nada más traspasar la entrada sin tapar, una pared de cuarzo de gran solidez se desplomó, cayendo del techo, y tapió la puerta haciendo un ruido estrepitoso. Cloe se giró de golpe y dio golpes contra el cuarzo, arripintiéndose de haber entrado. Pero recapacitó muy rápido, y se giró sabiendo que había hecho un camino demasiado largo como para rendirse ahora.
Una estatua de mármol pulido coronaba el fondo de la estancia, bañada con la caída suave y lenta de la nieve desde un agujero en el techo. Era una especie de diosa, con el pelo corto y recto y un bastón de caoba en la mano. Su otra mano la tenía encima del corazón, como si quisiera sentir el ritmo de sus latidos. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa dibujada con precisión.
La Princesa de los Reinos Eternos se acercó, quitándose la capucha lentamente ante la grandeza de la estatua. Su mirada se cruzó con el bastón, que era lo único con color y que daba a entender el rango de la esculpida. No tenía la más mínima idea de quien era, pero sólo sabía que debía ser importante si estaba en una sala como aquella.
De repente, la vista de la guerrera se nubló, y parecía que el templo temblaba y se sacudía al ritmo de una de las mejores canciones que jamás se escribieron. Un ruidillo neutro e irritante, cómo el de un cuchillo afilándose pero mucho más duradero y con más eco inundó sus oídos e hizo que se tambaleara. Tenía la sensación de que le habían metido alguna especie de somníferos en la garganta, ya que empezaba a tener mucho sueño.
Pero ese efecto de confusión cesó, y el mareo y el sueño se desvanecieron antes de que la chica pudiera llegar a recordar en qué consistía. Miró hacia arriba algo asustada, y se dio cuenta de que los ojos de la estatua estaban abiertos al mundo, de color azul grisáceo y muy intensos. Un vientillo se coló por debajo del abrigo de la chica, que se giró al recordar que la puerta estaba cerrada a cal y canto.
Se encontró con un páramo helado y llano, con montañas frías y blancas como la luna al fondo. Una suave nieve acentuaba el invierno eterno que se cernía en la escena que tenía en frente. Cloe no daba crédito, y al volver a girarse se encontró con la misma escena.
De un chasquido, el templo de paz y tranquilidad se había transformado en un desierto helado.
La chica dio pasos hacia adelante, dudosa y aún aferrada al abrigo, que era la única prueba que la sujetaba a la realidad. Había un silencio tan sepulcral que Cloe pensó por un segundo que eso era el cielo, y que el mareo había acabado con ella. Pero no era así. El frío le demostraba que no estaba en el eterno descanso.
Unos pasos en la nieve avisaron a la peliazulada, y se volvió. Al no ver a nadie ni en el cielo ni en el frente, miró al suelo. Una pequeña criatura, muy parecida a un perrito pero congelado, meneaba la cola y la miraba con la intriga de un niño ante su primera golosina. Tenía la piel congelada, como si estuviera hecho de cristal, y los ojos azules como el zafiro. La criatura se movía graciosa en círculos, dejando estelas de luz azul celeste detrás, y esos movimientos le encantaron a Cloe.
Cuando quiso agacharse a acariciarlo, el perrito empezó a cavar en la nieve. Inconscientemente, la princesa no dudó en seguirle; le había caído tan bien que confiaba en él ciegamente. El agujero que el perrito cavó hizo que el animalillo desapareciera, y la chica de los ojos azules se preocupó. Era su única compañía después de todo.
La chica empezó a cavar, haciendo que sus manos cubiertas con los guantes se empezaran a enfriar y le gritaran que parara. Cloe no paró de todas maneras, y pronto se encontró con que no había tierra debajo. Debía haberlo supuesto, pero era todo tan raro que estaba empezando a actuar sin pensar.
El suelo claramente inestable se rompió bajo Cloe, que estuvo dos segundos en el aire antes de caerse de espaldas en el suelo subterráneo, y el golpe hizo que se estremeciera. El boquete en el techo/suelo se tapó, y sumió la gruta en la más absoluta oscuridad. Pero las tinieblas no duraron mucho. Unos fuegos azules se encendieron desde el fondo de la gruta hasta llegar a Cloe, que pudo ver con claridad dónde estaba.
Se encontraba en un laberinto de cristal. Las paredes azuladas semitransparentes dejaban ver su reflejo, que se esfumaba al ver los fuegos detrás de la pared, visibles por la transparencias de la pared. Los cristales que creaban el laberinto hacían un camino que se confundía entre luces y fuegos. Cuando bajó la mirada, el perrito la esperaba, que al verla sana y salva, empezó a correr. Cloe no se movió al principio, intentó confiar, pero aunque antes lo hubiera hecho, ahora no podía.
La criaturilla la miraba con recelo, como si la esperara para avanzar. A la chica le seguía costando confiar, así que el animalillo empezó a acariciar el suelo, acción que la peliazulada no llegó a apreciar. Se derrumbó en el suelo al lado de una pared, sin ganas de moverse y cansada de repente.
Se miró en el reflejo de la pared de enfrente. Era todo tan transparente y bonito que el laberinto tenía complejo de espejo. Tenía la espalda contra la pared, las rodillas bajo la barbilla y las manos en el pecho. El abrigo se esparcía por el suelo como una medusa, abrigando a Cloe de la realidad. Se encontraba en una encrucijada emocional, entre la aceptación y la poca utilidad que tenía como guerrera. Nadie le ayudaba, nadie la rescataba ni la parecía necesitar: estaba sola.
Pero de repente, la imagen que veía se empezó a distorsionar por fases, hasta que una chica casi igual que ella formaba un reflejo desigual, de rodillas y con una sonrisa algo triste. Era como si una pared las separara de manera inexpunable. Esto despertó la curiosidad de Cloe, quien se acercó aún de rodillas.
El reflejo empañó un poco el cristal con hielo, y usó el dedo para comunicarse con su clon real, "Hola."
La chica hizo lo mismo que la otra, y empañó rápidamente el cristal con un pequeño conjuro que nunca usaba. No sabía qué tipo de fenómeno hacía que pudiera verse en un cristal de una manera diferente a lo que realmente era. Suponiendo que toda la situación fuera una ilusión, la chica dudaba mucho que alguien muy parecido a ella estuviera atrapado allí. No sabía algo mejor que escribir, "¿Quién..." aún estaba confusa con la sitiación, "...eres?"
La figura sacudió la cabeza, no queriendo darle importancia a la situación. Tenía el pelo algo más largo que Cloe y más claro, su piel tenía algo más de color y era un poco más alta. Seguía sonriendo, "Eso no importa ahora."
Estaba tan confundida con la situación que no llegaba a comprender para qué había ido aquella chica a ese sueño. Igual era el destino, o simple pérdida de cordura. Lo importante es que cuando el clon vio a Cloe perdida, decidió echarle una mano, escribiendo una simple palabra.
"Confía."
La Princesa de los Hielos Eternos no titubeó al relacionar la palabra con la criaturilla que quería que la siguiera. Pero era algo tan poco detallado y ambiguo que ni siquiera llegó a darle más tiempo a pensar en ello. Ladeó la cabeza, y la figura pareció entenderla. El hecho de que un espectro en un espejo la entendiera más que cualquiera de sus amigos era inquietante y muy raro. La figura le entendía tanto que escribía del revés a su vista para que Cloe pudiera entenderla.
"Ábrete a los demás. Déjate guiar."
El hecho de que un fantasma estuviera dándole consejos estaba asustándola mucho, y que tuviera razón era aún peor. Y es que estaba empezando a confiar en esa persona detrás del espejo: por su manera de confiar, por darle los consejos que de verdad ayudaban. Era poco, pero ya era algo.
"Otnorp somerev son." leyó Cloe en el cristal, y la figura desconocida desapareció con una sonrisa en el aire inexistente de la gruta. Algo le decía a Cloe que aquella chica sabía más que ella, que por poco que fuera ya más. No entendía el mensaje, era como una lengua muerta y perdida por los tejemanejes del tiempo, tan fugaz como una estrella. Aunque sintió que de dejaba algo detrás.
Se levantó del suelo, y el animalillo de antes apareció y empezó a gimotear, intentando por última vez que le siguiera. Ésta vez Cloe si confió, y avanzó tras la criaturilla con paso ligero.
Era una sucesión de directrices que no llegó a recordar de lo rápido que iba. Izquierda, derecha, frente, derecha, frente, tercera a la izquierda, frente, izquierda. Llegó a un punto donde sólo había una salida, y creyó que ya había terminado el laberinto de la locura.
Justo al traspasar la última salida, una habitación totalmente blanca e iluminada perfectamente se alzaba y cerraba sus puertas inmediatamente después de que Cloe entrara, camuflando la puerta con la pared. Había una mesa de cuarzo en el centro de la habitación rectangular, y en el centro de la propia mesa eso que deseaba tener en sus manos desde hace ya días.
El arco de Saturno.
Se acercó a la mesa, y miró a la reluciente pieza de hielo, que descansaba quieto y limpísimo. La sala parecía sacada de una película de interrogatorios, y el arco el arma para matar a una víctima. Estaba todo tan silencioso que daba apuro tocar la pieza, como si fuera un violonchelo de coleccionista o la más valiosa gema de un museo. Pero la chica de los ojos como el zafiro no tenía las ideas tan claras, y después de tanta cháchara con perros y chicas encerradas en espejos, sólo quería salir de allí.
Pero cuando sus dedos iban a tocar el arco, su mano mordió aire.
La mesa empezó a desplazarse hacia adelante en una escena difuminada, llevándose el arco hasta donde dos persona estaban. Cloe corrió tras la mesa, que por muy raro que sonara, corría por su vida hasta el final de lo que ahora se asemejaba más al templo original. Pero cuando reconoció a las dos personas que luchaban, se quedó pegada al sitio.
Era Zak. Y Senza. Eran Zak y Senza. Le costó asimilarlo, pero era así.
El rubio estaba en una jaula de hielo cúbica, rodeada de grilletes y cadenas. Senza tenía una bola de energía oscura en la mano, vaporosa y siniestra. Cloe se preguntó si tendría el mismo efecto que un agujero negro, pero se dio cuenta de que por la cara que estaba poniendo, no tardaría en reducir a su amigo a cenizas. Pero por otro lado, el arco de Saturno estaba detrás del Príncipe de Drissa.
Debía decidir rápidamente: ¿la vida de Zak, o el poder que suponía el arco de Saturno?
En ese momento no pensó. Hizo lo que su corazón le mandó y corrió hacia aquello que pensó que era correcto. Su decisión hizo que moviera los pies y saltara, para poder alcanzar eso que llaman felicidad.
Eso hacia lo que corrió fue hacia la jaula de Zak. Eso que alcanzó fue el alivio de saber que la persona que ella quería estaba viva, que no sufriría por que se suponía que no correspondía sus sentimientos.
La energía oscura dio de lleno en el estómago de Cloe, y creyó morir en ese instante. Lo raro fue que más que dolor... sintió asfixia y la falta de aire. Pero el sufrimiento duró más, y antes de cerrar los ojos, sintió aquel mareo que sintió al empezar todo este lío de ilusiones.
Entre mareo y mareo, distinguió a alguien muy parecido a Zak a su lado, llorando a altos decibelios y abrazándola con todas sus fuerzas. Algo le decía que por mucho que el joven se pareciera a Zak, no era él. Estaba empezando a cansarse, y eso de ver a un Zak una vez y después a otro estaba cansándole la vista. Cerró los ojos y...
...despertó.
La chica estaba tirada en el suelo de lado, con el abrigo puesto. Tenía un brazo por debajo de la cabeza y el otro flexionado al lado del estómago. Sus piernas estaban algo flexionadas, frías en el gélido suelo. Abrió los ojos y pestañeó un par de veces, adaptándose a la luz.
Levantó la cabeza y se la frotó, buscando una explicación coherente para lo que acababa de pasar. No tenía heridas en el estómago después de haber recibido un golpe algo duro. ¿Acaso todo había sido todo un sueño? ¿Era todo una ilusión?
Fuera lo que fuera, necesitaba ver a Zak. Quizás su relación no fuera la mejor, pero estaba en aquellos momentos tan decisivos y ahora no tenía la certeza de que estuviera bien. Fuera todo real o no, las secuelas mentales estaban ahí, y necesitaba verle, saber que estaba bien.
La chica se levantó y esperó que la puerta se fuera a abrir. Pero antes de avanzar, un brillo asomó en una esquina de la vista de Cloe. Ella se giró, y en los pies de la diosa con el bastón estaba el arco de Saturno. Dudaba muchisimo sobre si cogerlo o no, pero pensó que no perdía nada intentándolo. No creía que fuera a huir de ella de nuevo.
Y no lo hizo. El arma enfrió el tacto de la guerrera, que lo empuñó como una sartén, con confianza y agredeciendo que supiera como usarlo. Era más ligero y bonito que el que usaba para entrenar, y lo agradecía. Para ella el peso de las armas y el estilo para luchar decían mucho de alguien, por muy pijo que sonase.
La puerta se abrió ante ella con el arco en mano, recibiendo la luz del sol y viendo a su personificación esperándola sentado en las escaleras. Debía de haber estado esperando mucho tiempo, quizás demasiado. No pudo evitar sentirse algo culpable, pero terminó olvidandose de ese sentimiento al bajar las escaleras. El guerrero la oyó, y se levantó nada más verla. Y por la cara que la chica traía, algo no había salido bien.
"¿Cloe...?"
No había tiempo para respuestas tontas, así que la Princesa de los Hielos Eternos se olvidó por completo de la promesa que se hizo, en la que se juraba apartarse de él para poder respirar. Se lanzó sobre el príncipe, que se sobresaltó por la acometida y no tuvo otro remedio que abrazarla. Odiaba verla llorar. No había nada que más odiase. Y saber que él era parte del motivo de esas lágrimas era lo peor de todo. Tenía sus motivos para alejarse pero... cada vez de cuestionaba aún más el valor de esa promesa.
La chica ahogó sus penas en el pecho de Zak, que se asustó un poco al verla tan agitada. ¿Correría la misma suerte él en el templo de su reino? Esperaba que no. Pero ni siquiera Cloe sabía que le pasaba, tampoco había sido para tanto... por alguna razón, no se podía controlar. Estaba tan asustada que parecía un conejito al que le quitaban su zanahoria y la miraba con ojillos llorosos.
"Era tan realista... no sé ni siquiera que ha pasado." aclaró la princesa ya calmada y a un metro del chico de ojos miel, con una mano en su brazo izquierdo por encima del abrigo, "Ni siquera sé si fue real después de todo."
Llevaba el arco con ella. Ahora habría que ver si él podría manejar la situación con la soltura que ella había mostrado dentro... o lo que quería pensar que había sido una muestra de valentía. Si tenía el arco consigo era porque lo que fuera que hubiera pasado dentro había agradado al que la ponía a prueba.
La tormenta había desaparecido y los guerreros se disponían a irse. Habría que seguir moviendose para ver qué pasaría de ahora en adelante.
•
Si el frío de Laynn era estresante, el calor de Akros aquel día específico se acercaba a un horno del infierno.
Aunque Zak le había insistido con gran pesadez que no era normal la temperatura del reino, Cloe no terminaba de creérselo. Todas las veces que iba hacía una temperatura suave y agradable, pero aquel día en concreto era abrasante. Igual justo esas visitas no eran abrasantes, o igual tanto calor estaba afectándola.
Akros era un reino de casas unifamiliares y jardines, repleto de piscinas y lugares de ocio. El palacio real estaba situado al pie de un volcán muerto, que no solía dar problemas. Aquel reino era la cara contraria de Laynn y Nollia, más afín al día y al calor del sol que a la luna y el frío. Eran luchadores de guerra y gente de ley y orden, divertidos y extrovertidos.
En Akros, Zak no era nada del otro mundo. Pero con sus amigos y Cloe, se sentía diferente y respetado. Era algo distinto y brillante del reino del Sol.
El Templo del Fuego estaba situado detrás del volcán, anexo a sus paredes y oscuro como la boca de un lobo. Lo llamaban el caldero de satán por el calor que hacía, pero nadie lo confirmó. Nadie se atrevía a entrar en aquella gruta, ya que según los rumores, los espejismos hacían que la cordura desapareciera y perdieras los papeles.
Eso fue lo que más asustaba a la Princesa de los Hielos Eternos, que avanzaba hacia el templo al lado de Zak sin el abrigo puesto. El templo estaba acoplado al volcán, justo detrás de él y muy cerca de unas vías de tren antiguas en desuso. Éstas y dos kilómetros de explanada hacían el límite entre Drissa y Akros, reinos rivales y contrarios desde hace tiempo.
Desde fuera, el Templo del Fuego parecía una mina de carbón, pero el símbolo del fuego en una roca cercana no dejaban lugar a dudas: Zak y Cloe estaban en frente del Caldero de Satán.
"Aquí nos toca separarnos." dijo el rubio seriamente. Estaba de espaldas y su tono de voz era tan seco que parecía otro, haciendo que Cloe se estremeciera. Ahora en serio, ¿qué le pasaba? ¿desde cuando era Zak así de serio?
"Claro." respondió ella, dando a entender por su voz lo afligida que estaba por su comportamiento tan anódino por su parte. Cuando le vio dar unos pasos al frente, no se dio por satisfecha con la despedida, "Zak."
Él se giró y la miró, esperando que la peliazulada hablara. Estaba callada, miedosa por su marcha y extremadamente asustada por su comportamiento. Cambiaba de ideas tan rápido que daba miedo. Las palabras estaban atascadas en sus cuerdas vocales, pero pudo amontonarlas y juntar las sílabas para decirle:
"Ten cuidado."
Zak asintió y se volvió, empezando a andar y dejando a una Cloe preocupada y confusa atrás.
•
Al chico no le costó más que a Cloe encontrar su camino a través de la cueva. Unos pasos más tarde y algunos giros después, una luz celestial brillaba desde el almacén de la cueva.
"¡Zak...!"
¿Esa era la voz de Cloe?
"¡Zaaaaaaaaaak...!"
En un principio creyó que esa era la voz de Cloe llamándola desde la entrada de la cueva, pero teniendo en cuenta que estaba demasiado lejos, no podía ser. Unas comprobaciones más tarde, no tardó en caer en que la voz de Cloe le llamaba desde la luz del fondo de la cueva.
Empezó a correr hacia la luz, pero Zak no se daba cuenta de que la luz se alejaba de él con cada paso que corría, que estaba corriendo en vano. No creía que todo fuera una ilusión, no creía que fueran delirios y mucho menos irreal. Unos mareos inexplicables empezaron a nublarle la vista y ahora sólo quería ir a la luz.
Pero de repente, un olorcillo despertó la curiosidad del guerrero, que hizo que recordara y se imaginara a esa persona que tenía tanto que ver con el olor.
El perfume de Cloe empapaba las paredes con imágenes suyas, feliz y riendo, que ahora deprimían al guerrero sólo con recordar como estaba ahora. Rota. Deprimida. Resignada. Congelándose. Regresiva. Eran adjetivos que la definían tan bien en ese momento que daba miedo. El perfume se llamaba... ¿Esencia de Amanecer? y se lo regaló Fenzy hace mucho tiempo.
El olor y los mareos empezaron a agobiarle, y entre tantas sacudidas visuales y mentales se cansaba. El chico tropezó, y se dejó llevar por la gravedad.
Zak se derrumbó diez minutos y tres segundos después de entrar en el templo, y se despertó misteriosamente en frente de la luz brillante y blanca. Nada más levantarse, confundido, cayó en la cuenta.
La luz correspondía al sol de un desierto de arena, que componía la salida de la cueva. Pero el chico se hacía una pregunta: ¿cómo había llegado allí? Buscaba una respuesta coherente para saber porqué había entrado en un volcán y había salido en un desierto. Intentaba apilar teorías, pero no llegaba a alcanzar una razón válida. Cuando quiso salir, vio que la cueva había desaparecido y detrás suyo había más de lo mismo: desierto y más desierto.
"¿¡Puede alguien decirme qué diantres está pasando!?" le gritó Zak a los calurosos aires. Estaba tan solo y todo era tan siniestro que habría preferido traer un águila consigo. Le daban ganas de hablar consigo mismo. Estaba en una especie de dimensión paralela de la que no podía escapar.
¿Qué ganaba con esa situación? Nada. Ahí fue cuando vio a alguien a bastantes metros de distancia, de espaldas. Aliviado por no estar sólo, corrió hacia ella, aún más aliviado cuando la imagen era sólida y no huía de él.
Pero la curiosidad le mató vivo cuando vio de quien se trataba. Era una chica de pelo hasta un poco más de los hombros y de color azul muy oscuro, con la piel algo pálida y un vestido vaporoso del color de su pelo ceñido a su delgada figura. Cuando se giró, confirmó sus sospechas. Sus facciones eran finas, sus ojos del color del zafiro y una sonrisa bonita y pequeña en la cara.
No había duda, era Cloe. Algo diferente, pero tenía que ser Cloe.
"¡Cloe!" exclamó él, "Tú no deberías estar aquí, tú-"
Pero cuando quiso acercarse más, se dio de bruces con una barrera transparente que les separaba. Levantandose del suelo, descubrió cristales que lucían demasiado a la luz del sol, y supo que fuera lo que fuera, cualquier cosa que pasara de entonces en adelante no sería bueno. Nada bueno.
"¡Cloe! Se te está-" la chica se dio cuenta de que un cristal estaba ardiendo, y una de las esquinas de su vestido estaba quemándose. Zak quería gritarle que se lo soplara para que no se quemara viva, pero no le oiría.
Extrañamente, Cloe rio y sonrió, como si fuera la primera vez que veía el fuego. De repente, todos los cristales empezaron a arder, y los bordes del vestido con ellos.
"No va a servir de nada decirle nada. Tengo que enseñárselo." se dijo Zak, quién sacudió las manos hacia Cloe para decirla que lo parara. Pero ella, lejos de hacerle caso, hizo algo peor.
Empezó a dar vueltas. Los fuegos llegaron a distintas partes del vestido, y las llamas se propagaron por la tela. El chico gritó de miedo cuando vio los pies descalzos de su adorada en llamas. Pero la piel no se resentía, si no que se transformaba en ceniza siguiendo patrones extraños.
"¡Para! ¡Estás quemándote viva!" gritó el rubio con agonía en los ojos. Intentaba romper la barrera, pero sólo lograba hacerse aún más daño en los puños.
Cloe llegó a un punto en el que empezó a girar con más ritmo, bailando y sonriendo cada vez que Zak intentaba romper el cristal. ¿Acaso creía que quería verla más de cerca para aplaudirla? ¡Por supuesto que no! Saltaba a veces, mientras el fuego consumía la ropa y la piel de la guerrera, que a pesar de no tener pies, seguía a la misma altura que antes. Era como si levitara.
Cuando el fuego llegó a la cintura del vestido y de la propia Cloe, empezó a quemar más rápido, pero ésta seguía bailando con los brazos hacia los lados. Era una tortura verla muriendo pasto de el elemento de Zak.
Era como si... quisiera morir.
¿Acaso era una metáfora? ¿Y si quería decir que si seguía siendo un imbécil con ella, ésta acabaría mal? ¿Era ese el mensaje? Todas las teorías atropellaron a Zak de golpe, que veía a su amada desvanecerse. Justo cuando se dio cuenta de lo que significaba, el semblante de Cloe cambió, y se tornó serio y enfadado, con la mirada afilada y la boca dibujada en una fina línea. Con ese momento de seriedad, la chica se desvaneció y se convirtió en ceniza.
Zak no daba crédito cuando la barrera desapareció, permitiéndole al chico acercarse a las cenizas. Se arrodilló ante ellas, y se dio cuenta de que habían seguido un patrón que creaban unas palabras:
"Decide. ¿Herir o matar?"
La frase iba obviamente dirigida a la situación entre él y la princesa. Tampoco iba a matarla exactamente si dejaba atrás aquella promesa, pero, ¿merecía la pena herirla tanto? No se había decidido aún y el tiempo apremiaba.
Entonces, un soplo de aire fresco voló las cenizas a la cara del chico de ojos miel, quién se los cubrió con las manos para que ningún resto le contaminara la vista. Cuando la brisa había pasado, se destapó los ojos. El ecosistema había cambiado tanto que era irreal.
Zak seguía arrodillado en la arena, pero esa arena ahora sólo era una pequeña parte del suelo. Estaba encerrado en una especie de infierno de color granate, rocoso y con llamas de fuego aquí y allá. Había cascadas de lava y lagunas de magma a unos metros de él, con sábanas de plasma blanco volando lejos de él. Arriba había lámparas de roca luminosa amontonadas, que iluminaban el lugar y le quitaban tetricidad.
Pero aquella sensación de pánico ante un lugar tan satánico le inundaba, y eso sí que parecía ser el interior de un volcán y no el desierto de antes. ¿Y ahora qué?
De repente, una sacudida hizo temblar el lugar, que empezó a derrumbarse. Eso sí que le dio miedo al guerrero, que no le hacía mucha gracia estar a grandes alturas y menos caer de ellas. Pero la roca cedió debajo suyo, y cayó a un compartimiento iluminado por dentro de la roca.
Dentro, un chico de gran parecido a Zak le esperaba, viendo al Príncipe del Sol caer al suelo de cara. El rubio se levantó y se asustó al ver a alguien tan parecido a él por esos lares, que lo único que no compartían era la madurez de su cara. Al clon se le notaba que había pasado muchas guerras.
"¿Quién eres?" preguntó Zak acercándose al otro lentamente.
"Alguien que se avergüenza de tí."
Pero bueno, ¿quién se creía ese fantasma para hablarle de tal forma? "¿Disculpa?"
El otro chico le miró sardónico, esperando que con sus palabras pudiera hacer algo, "Soy el guardián de este lugar. Si me hubiera convencido tu situación habrías tenido que ir sólo a por la espada. Pero me he obligado a traerte aquí, por que creo que no aprecias lo que tienes."
"Dime primero quién eres."
"Quimera." respondió el otro rubio con un tono sólido y serio, "Y me gustaría saber por qué desprecias a tu amiga del pelo azul."
"Tú... tú eres-" tartamudeó Zak.
"El mismo." respondió Quimera, interrumpiéndole, "Pero eso no importa. Responde a mi pregunta."
"No tengo que darte explicaciones. Serás un héroe, pero no entenderías nada." le explicó Zak con la misma repugnancia que el fantasma, "No estoy despreciándola. Si de veras hubieras estado atento a mi situación sabrías que a mí también me duele estar así."
El otro chico rio, "Dos no se hieren si uno no quiere." le narró sonriendo con misterio, "Sé que te pasa. Pero yo si fuera tú vigilaría más a tu amiga."
"¿Por qué?"
"Porque pronto se va a ir como no la pares tú. Si no quieres perderla, intenta hacer algo." le aconsejó Quimera con un tinte extraño en la mirada.
Estando aún en shock por la aparición del espectro, Zak decidió saber de una vez por todas a qué venía la charla, "¿Por qué me dices esto?"
"Porque yo perdí a alguien también por no apreciarla tanto como debía." dijo el fantasma, con las lágrimas a flor de piel por los dolorosos recuerdos, "Y temo por que te pase lo mismo. Escúchame, coje la espada y huye. Tú decides qué hacer con el tiempo que te queda. No haré que pierdas más el tiempo y menos por mi culpa. Suerte, la vas a necesitar."
Y sin ninguna palabra más, Quimera se esfumó del lugar entre vapores calientes, dejando detrás una espada y un silencio aterrador. Pero no era una espada cualquiera.
Era la espada de Yunn.
Zak la empuñó con gran fuerza, sintiendo la energía vital del arma inundando su ser y dándole fuerzas para seguir adelante. Hubiera sido una ilusión o no, había sido la mejor visita de todas. Quimera no tenía el cien por cien de las ideas de Zak, pero parecía haberle hecho abrir un poco los ojos. No le quedaba tiempo y si el otro decía la verdad, debían darse prisa y encontrar a Senza.
Cuanto antes termine esta travesía, antes podrá contarle la verdad a Cloe.
La espada naranja empezó a brillar, cegando a Zak durante unos minutos hasta que se encontró en la gruta de nuevo. El chico se alivió cuando vio el paisaje de Akros delante, y corrió hacia la salida para encontrarse con la Cloe.
En efecto, la peliazulada tenía el corazón en un puño. En ese tiempo de soledad, había estado pensando en su relación con el Príncipe del Sol. A pesar de sentir cosas muy fuertes hacia él, su experiencia en el laberinto del templo le había hecho cambiar un poco de idea, y algo había hecho click en su mente. Zak le había dado la espalda, le había dejado atrás y estaba cambiando demasiado. Quizás tuviera una razón, pero no llegaba a formular ninguna con seriedad. Debía empezar a ser realista y madurar. Si eso suponía dejar de lado su amor por el rubio, no tendría más remedio.
Sentada en una roca cercana, la chica se levantó y sonrió al ver a su amigo sano y salvo, con la espada en la mano y un peso quitado de encima. Pero, por mucho que Cloe sonriera, sus pensamientos le decían algo diferente.
"Encuéntrate, y después, encuéntrale."
•fin del capítulo cinco.•
