Maestros Tormenta

Fandomme

Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Mike, Bryan y Paramount. No sacó beneficios de esta historia.

Notas: Wow, ¡hubo tantos reviews la última vez! ¡Gracias! Realmente tendré que aprender a escribir así todo el tiempo…

Agradecimientos: Drisela, que me dio arte fresco.


Las penas reúnen a grandes almas así como las tormentas se reúnen alrededor de las montañas; pero, como ellas, atraviesan la tormenta y purifican el aire de la llanura bajo ellas. -- Jean Paul Ritcher.


Lloró por largo rato.

Estos días, era tan fácil hacerla explotar. Al principio era solo la expresión en la cara de Aang y la forma que había hundido su cabeza en su cuello y la furia de Sokka y el silencio de Suki. Y luego fue el incómodo abrazo de Hakoda, que ya no la conocía, que debía haber sido su madre quien lo hiciera, solo que su madre no estaba ahí y ya no estaría nunca más. Y después era su dolor de cabeza y la forma en que todo el cuerpo le dolía y cómo no sabía si debía dejar de hacer sangre control o aferrarse a él porque la hacía más fuerte y más útil de lo que se sentía.

Katara estaba acostada en su cama escuchando el sonido de su respiración húmeda y lacrimosa y pensó en el cuerpo destrozado de Aang firmemente agarrado al de ella, la manera en que el agua había ayudado a planear alto y como se había sentido asustada pero segura, como si supiera lo que estaba haciendo. Pero no tenía ni idea ahora. Ahora pensaba en su cicatriz y en la manera en que lo había visto dormir, en que había visto crecer su cabello, como se desvanecía la grase de bebe y se recuperaba tan lentamente. Una voz dentro de su mente que sonaba demasiado como la de Hama dijo: Tu obra, tu obra, tu obra.

Cuando vino Aang, habló a través de la puerta.

-¿Katara?

-Por favor vete, Aang. No puedo verte ahora mismo.

-Katara, por favor…

-Aang, no estoy enojada contigo. Solo necesito estar sola por un momento.

-Katara, sé que debí habértelo contado antes…

-Vé a la cama, Aang.

Silencio. Después escuchó el sonido de sus pasos alejándose penosamente y el murmullo quedo de la voz de Toph. Se desvanecieron en dirección al establo. Se apretó las manos. Por favor cuídalo. No dejes que se vaya.

Cerró los ojos. El sueño vino afortunadamente rápido. En sus sueños, Yue estaba ahí y decía Tengo que hacer esto. Katara observaba a la princesa entrar tranquilamente en el agua del Oasis. Vio la majestuosa finura de Yue envolverla como pétalos de un loto, y escuchó el ruego de Sokka cuando las aguas del Oasis llamearon doradas, volviéndose fuego líquido. Cuando ella miró a los peces koi Tui y La, los dos eran dragones que bailaban rodeando el cuerpo de Yue brillante y que se desintegraba. Tengo que hacer esto, insistió Yue con calma desde el interior de las llamas y el humo. Tengo que hacer esto. Tengo que hacer esto.

Katara abrió los ojos y vio la luna menguante como una sonrisa en su ventana, y cuando dejó su habitación no estaba sorprendida para nada de ver dos figuras sentadas justo afuera del brillo de un fuego débil. Iroh se apoyaba contra una columna y Zuko le daba la cara a la oscuridad, la espalda vuelta al fuego, sus rodillas contra el pecho. Había un tablero de Pai Sho entre ellos, las fichas ignoradas.

-Hola, querida –saludó Iroh, y Zuko se estremeció-. ¿Te apetecería algo de té?

-Gracias, General.

-Ah, no, por favor, llámame Tío –Iroh chasqueó sus dedos y algo debajo de la tetera destelló. Katara se arrodilló. Se estiró el vestido. Iroh hizo hervir el té y lo sirvió, entregándole una taza. Hizo un ademán hacia el tablero portátil -- era un cuadrado grande de cuero con cuadrados pirograbados en su superficie. Las fichas parecían gastadas; brillaban donde eran frecuentemente agarradas por los dedos-. ¿Juegas al Pai Sho?

-No.

-Las habilidades de tu padre están mejorando. Pero insiste que el juego toma demasiado tiempo. Yo le sigo diciendo que el Pai Sho no se puede apurar. Requiere planeación y una concentración atenta.

-Papá es mejor saliendo y enfrentando a algo con cabeza –sonrió ella-. Realmente es un buen líder.

Iroh sorbió su té.

-No es el único –Katara se sonrojó-. Espero que me perdones por notarlo, pero el rosa es bastante favorecedor en ti –Iroh examinó una diminuta rajadura en su taza-. Puedo ver porque le gustas.

De ser posible, su sonrojo sólo se intensificó.

-Pensé que era algo pasajero.

-Ah, no –replicó Iroh, un poco con pesar-. Va mucho más lejos que eso.

Katara dejó caer su cabeza. Se acordó del Maestro Pakku y la manera en que su aliento creaba vapor contra la nieve, afirmando su resolución. No puedes voltearme. Aquellos eran buenos días.

-Creo que le estoy haciendo más daño que bien.

Zuko se volvió.

-Eso no es verdad. Lo trajiste de vuelta a la vida.

-El agua del Oasis de los Espíritus lo hizo…

-No. Tú lo hiciste. No desperdiciaste tu regalo en algo estúpido como… -se giró de modo que vio su ojo arruinado-. Algo estúpido –detrás de ella, Iroh se animó como un puma pigmeo intuyendo algo sabroso en el aire. Zuko se detuvo-. Sabía que él estaba vivo. Nunca lo dejarías morir.

Katara se abrazó los brazos.

-Bueno, ya no queda más. La próxima vez que Azul...

-No habrá una próxima vez –Zuko miró fijamente las estrellas. A los lados, sus manos se volvieron puños.

Katara asintió.

-Tienes razón –se giró a Iroh-. Quiero seguir con la misión.

-¿Qué? –Zuko viró-. No. Absolutamente no.

Le dirigió su mirada más fría.

-¿Te estaba hablando a ti? No.

-Ah, entonces quieres ir sola. Bueno, ¡Qué te diviertas! ¡Espero que la pases genial! –Arrojó los brazos en el aire-. Estás loca, esto es una locur...

-Cuéntame del arma –interrumpió Katara, echándole una mirada a Iroh.

-¡No le cuentes nada! ¡No vamos a ir!

-Si tú no quieres ir, Zuko, tú no...

-¿Si no quiero ir? –El fuego llameó más alto-. Nunca voy a regresar. Jamás. Me voy a quedar justo aquí dónde pertenezco.

-Bueno, bien por ti. Pero yo tengo un trabajo que hacer –se señaló a sí misma hacia Iroh-. Hay una luna llena antes de que el cometa venga. Ahí es cuando mi control es más poderoso. Debería ir...

-¿Te estás escuchando siquiera? ¡No puedes simplemente abandonar a Aang por como se siente contigo!

Se le desencajó la mandíbula. Su voz fue lenta y helada.

-¿Cómo te atreves?

Zuko señaló hacia el pasillo.

-Él te ama. Si te vas, lo destruirás.

-No sabes eso.

Unas finas líneas aparecieron en su ojo sano. Habló con la voz tomada.

-Sí. Lo sé. No tenemos que irnos. Podemos entrenarlo.

Se sintió casi marchita, luego reunió toda su fuerza.

-¿Qué es todo esta cosa de tenemos? Tú te quedas aquí mismo. Eso fue lo que dijiste –apretó los labios-. No te estoy pidiendo que hagas nada…

-¡Sí lo estás haciendo! ¡No puedes entrar sin mí!

-Mi sobrino tiene un buen punto –indicó Iroh-. Zuko es la única manera para que puedas entrar en el palacio. Si él no va contigo, lo mejor es que te quedes.

-Gracias, Tío.

-Pero si él no va contigo, entonces no podemos prepararnos para el arma.

Katara sonrió.

-Gracias, Tío.

Zuko puso los ojos en blanco.

-No te puedes preparar tan rápido. No tenemos tiempo suficiente…

-Hay tiempo suficiente para evacuar los pueblos que lo necesiten –cortó Iroh-. la guerra no terminará con la muerte de Ozai, sobrino. Hay ejércitos de la Nación del Fuego por todo el mundo, esperando el cometa. El tiempo está de su lado.

Los nudillos de Zuko se ciñeron.

-Pero sabemos donde está la Armada. ¡Estaba en esas reuniones! ¡Sé sus planes!

Una profunda línea apareció entre las cejas de Iroh.

-¿Crees que mi hermano no ha cambiado su plan de ataque, ahora que sabe que viajas con el Avatar?

Zuko se ruborizó. Miró nuevamente las piedras.

-No lo dejaré –sentenció quedamente-. Hice una promesa.

Iroh suspiró hondo.

-Tú deseo de quedarte con el Avatar no está mal, sobrino mío. Ya eres un hombre más fuerte y mejor de lo que Ozai puede esperar a ser –Iroh se estiró sobre la tabla de Pai Sho y acomodó una ficha-. Ahora es tiempo que uses esa fuerza para los demás.

-Pero la estoy usando –replicó Zuko. Dejó que su cabello cubriera sus ojos-. Le estoy enseñando a Aang. Al menos, creo que eso hago.

Iroh se removió incómodo.

-Los celos siempre nacen de la admiración, Príncipe Zuko.

-No hay nada de que estar celoso –Zuko se volvió a Katara-. ¿En serio no dijiste nada cuando te besó?

Katara enrojeció.

-Él salió volando. Y después... –se encogió de hombros-. Y después todo pasó…

Su ojo sano se agrandó.

-¿Así que simplemente lo dejaste colgado?

-¡Pensé que estaba siendo dulce!

-¡Lo entrenas en ropa interior! ¿Qué se suponía que pensara?

-Niños –llamó Iroh, levantando las manos-. Lo que está hecho, hecho está. El corazón humano no cambia a los deseos de otro y tampoco el pasado –bebió su té-. Ambos deben decidir el plan de acción a seguir. No decidan demasiado rápido. Cualquiera sea el camino que elijan, deben seguirlo hasta el final.

Suspiraron. Zuko les dio la espalda antes de impulsarse sobre sus pies y caminar hasta el punto más lejano de la terraza. Se sentó y colgó sus piernas en el borde del abismo. El cielo brillaba suavemente; desde su posición de ventaja al oeste no verían el amanecer. La luna, o un débil brillo fantasmagórico de ella, todavía colgaba en el pálido cielo azul. Katara desvió su mirada de él hacia el general. Iroh observaba atentamente a su sobrino con algo más que un poquito de tristeza.

-Él tiene razón, sabes. No tienes que irte.

-Estoy conteniendo a Aang.

-Eso depende de la opinión. El Avatar es sabio para cultivar el amor en su corazón. Es lo que lo separa de hombres como mi hermano.

-Lo sé… -Katara levantó un hilo de su vestido-. El General Fong intento obligar el Estado Avatar, una vez. Nada funcionaba. Entonces me enterró viva. Aang casi destruye su fuerte –sus dedos se tensaron sobre su dobladillo-. Aang tiene que aprender a controlar su poder, o éste lo controlará –y con eso, se paró, se sacudió el polvo y fue a sentarse a una distancia prudente de Zuko. La sensación de sus piernas balanceándose en el vacío le daba una dosis fresca de piel de gallina-.Tenemos que resolver esto.

-No hay nada que resolver. Nos quedamos.

-No quiero pelear…

-No. No quieres –su voz había alcanzado una calma queda e indiferente. No la miraba sino a la niebla. Desde su lugar, ella veía solamente la piel sin marca, el perfil de un rostro que pudo ser.

-¿Me estás desafiando?

-¿Eso es lo que quieres?

Miró la última y casi traslucida astilla de luna en el cielo. De repente, la solución apareció con la primera luz de la mañana.

-Sí. Terminemos con esto –se giró hacia él-. Si yo gano, vamos.

-Y si tú pierdes, no saldrás con esto nunca más –se giró y ella vio también la cicatriz-. No me contendré esta vez.

Por alguna extraña razón, su corazón dio un pequeño vuelco.

-Yo tampoco.

Algo en el rostro de él se suavizó.

-No tienes que hacer esto. No quiero lastimarte.

-¿Quién dijo que ibas a hacerlo?

Por respuesta, se limitó a tomar sus espadas. Habían estado relegadas cerca de una columna, y se cargó al hombro la vaina.

-¿Qué estás haciendo, sobrino? –averiguó Iroh.

-Terminando algo –respondió Zuko.

Iroh se puso de pie.

-Ésta no es la manera…

-Tú nunca diste con ellas, ¿o si? –Zuko se movió y de repente tenía dos espadas en las manos; le recordaron de una manera extraña los ganchos gemelos de Jet. Parecían que las dos delgadas hojas absorbían la luz del fuego en alguna forma y le hacían reflejo; relucían.

-No –admitió, tragando saliva-. Nunca di con ellas.

-Liberé a Aang de sus cadenas con estas –las espadas giraron y él estuvo más cerca de ella, sus pies se movieron perezosamente mientras hablaba todavía-. Las corté justo debajo del puño –las espadas se movieron y el aire chisporroteó a su alrededor, parpadeó y dio marcha atrás-. Cambiemos el trato –repuso Zuko, y tenía su vieja voz de nuevo, su voz de ¿acaso ya no eres una niña grande?-. Todo lo que tienes que hacer es evitar que tome tu collar. Ya lo estás usando. No debería ser tan difícil.

-Mi... –sus dedos volaron al pendiente. Katara levantó el mentón-. Bien.

-Bueno. Prepárate –se giró hacia la fuente, y mientras su concentración se dirigía al agua entendió que era una trampa, entendió lo que se proponía, y congeló el agua sobre sus brazos justo a tiempo para sentir las dos cuchillas cortar las dos mangas de hielo. Sus brazos cruzados temblaron con el esfuerzo necesario para evitar que los prendiera al suelo.

-Pensé que habías cambiado –le retrucó con los dientes apretados.

-He cambiado –replicó él-. Pero Ozai no –Zuko se movió y las espadas cortaron el hielo, enviando los trozos destellantes al piso. La fuerza esa dejó sus adoloridos brazos colgando a cada lado. Katara tambaleó hacia atrás, reuniendo más agua. Se envolvió con ella. La fresca armadura cubrió sus brazos y piernas. Azotó látigos de agua sus pies y él saltó con destreza. Se movió como si el tener las espadas despertara algo nuevo en su interior. Sus pies apenas tocaban el piso. Las navajas eran una extensión de sus brazos; el fuego salía rasante de ellas y solo tenía el tiempo suficiente para tratar de golpearlo una vez más antes de que el metal chisporroteante se arqueara por encima de su cabeza y tuviera que inclinarse hacia atrás para esquivarlo.

Rugiendo, retiró el agua de su cuerpo y empujó una pelota de hielo contra el estómago de Zuko; voló hacia atrás contra una columna y lo congeló ahí. Jadeando, él escupió antes de mirarla fijamente.

-Esto no es nada –dijo.

-Inténtalo.

Inhalando, soltó un chorro fortísimo de fuego y se liberó del hielo. Girando, sus cuchillas hicieron una figura complicada que solo reconoció por la brillante bola de luz azul desarrollándose ahora entre sus espadas. Se movió más bajo y ella atrajo el agua y cuando el relámpago golpeó la ola, ésta brilló como una red llena de estrellas. El agua echó vapor y tembló bajo su agarre; sintió el relámpago descendiendo por ella y lo vio a través de la pared de luz y agua, lo vio empezar a correr. Ella canalizó el agua que hervía a fuego lento hacia la fuente. El templo brilló y el aire se llenó con el perfume de una tormenta. Él corrió derecho a una columna, subiendo y pateando con sus piernas emanando fuego a raudales. Aterrizó detrás de ella y ella giró un látigo de agua bajo sus piernas; él saltó pero ella lo agarró por el tobillo con el agua y lo arrastró hacia el canal de la fuente. Congelando el agua que trepaba por sus piernas, Katara esquivó sus bolas de fuego y lo cubrió de hielo. Con un golpe de muñeca, repentinamente él volaba hacia atrás.

-¡Zuko! ¡No! –Iroh fue a por él pero era demasiado tarde; la figura de Zuko se desvaneció más allá del borde; dentro de la niebla. Horrorizado, el general se volvió a ella-. ¿Qué has hecho?

Un cálido pulso de vida irradió en ella y dijo:

-No lo suficiente.

Zuko rugió regresando a la habitación desde el abismo, con fuego en sus pies y manos. Pasó casi rozando el hielo y el acero chirrió por su superficie relumbrante; se volvió, giró y balanceó las espadas para cortar limpiamente una bolea de bolas de hielo frescas. Ella levantó las manos justo cuando él la azotaba contra la pared y cruzaba las hojas sobre su cuello. Tan cerca, que podía sentir su aliento en su cara húmeda. Él sonrió con suficiencia.

-Todo lo que tengo que hacer es apretar.

-Conozco la sensación –el dolor zumbó en su cabeza al tomar control de las venas en el cuello de él y empezar lentamente a cortarlas. El temor remplazó al triunfo en su rostro. Ella podía oler su sudor.

-No –exclamó. Las cuchillas temblaron-. Perderé el control.

Invadió sus brazos, sintió el agua y la sangre dentro de ellos como hilos que seguían únicamente a sus dedos. El dolor titiló detrás de sus ojos.

-Esa es la idea.

-Se me resbala.

-Deja de pelear.

-No –mostrando los dientes, se inclinó más cerca. El acero crujió en sus manos; sintió que las espadas subían hasta debajo de sus orejas, dentro de su cabello-. Mírame.

-Deja...

-Mírame –estaba temblando, su mirada enfocando y desenfocándose, su aliento demasiado superficial. Se volvió de forma mínima, cada movimiento era forzado e incómodo, y así pudo ver su cicatriz-. ¿Esto es lo que quieres?

Aparecieron estrellas en su vista.

-No –tragó saliva contra el acero. Todavía estaba caliente-. Pero mi gente me necesita, Aang...

-Lo único malo que puedo haber hecho Aang fue amarte.

Algo dentro de ella se rajó.

-No…

Él embistió con los dientes desnudos. Era su última pulgada de fuerza y entendió sus intenciones tan claramente como si se las hubieras dicho: Me va a sacar el collar de una mordida. Así que lo soltó y sus brazos cayeron y se pateó a sí misma de la pared, haciendo su frente hacia delante. La cual hizo contacto. Una bruma de dolor explotó en su vista y ambos gritaron; estaban cayendo torpemente y la mano de Zuko se cerró sobre su cuello y la mano de ella se cerró sobre el de él. Después no hubo nada más.


-Bueno, hola, ¿miren quién despertó?

Katara abrió los ojos parpadeando. Toph y Sokka estaban en la puerta. Aang y su padre estaban notablemente ausentes. Katara trató de sentarse. El dolor y las nauseas tensaron su cuerpo.

-Ey, calma –indicó Toph-. Hiciste algo de control bastante difícil. Es mejor que descanses.

Katara tragó. Se llevó la mano al cuello. El collar todavía estaba ahí. Suspiró y se dejó caer sobre las almohadas.

-Gané.

-Oh, sí, ganaste, si –exclamó Sokka-. ¡Ganaste un viaje todo pago para dos personas al Palacio del Fuego! ¡Felicitaciones! –Arrojó las manos en el aire-. ¿Katara, qué estabas pensando?

-Sokka, acabo de pasar por esto con Zuko…

-Oh, grandioso. Puedes contarle al Maestro Idiota, pero no puedes contarme a mí. Increíble.

-Sokka…

-No –su hermano se impulsó desde la puerta-. Tenemos a Suki de regreso. Tenemos de nuevo a Papá. Todo el mundo está saludable, y tenemos provisiones suficientes. ¿Por qué quieres arruinarlo yéndote?

Ella suspiró.

-Tú fuiste el que dijo que Aang debería superarme.

-Oh, y que vayas en una misión suicida realmente va a ayudarlo, Katara.

-¿Tienes una mejor idea?

-¡Sí! ¡No! ¡No sé! ¡Le presentamos otras chicas! ¡Puedes dejar de bañarte!

A pesar de sí misma, se rió.

-No estoy segura que eso vaya a ayudar.

-Aunque cualquier cosa tiene que ser mejor que tú y Chispitas deshaciéndose de nosotros, ¿cierto? –preguntó Toph. Se atuvo al espacio entre dos piedras-. Quiero decir, vamos, lo superaremos como siempre.

Katara suspiró.

-No nos estamos deshaciéndose de ustedes, Toph. Vamos a regresar. Pero justo ahora tenemos una oportunidad de salvar a mucha gente –frunció los labios-. Tenemos que asegurarnos que lo que pasó en Ba Sing Se no ocurra de nuevo. Si conseguimos los planes de batalla de Ozai, realmente podemos hacer la diferencia.

-¿Pero por qué tienen que ser ustedes? –Inquirió Toph, cerrando los puño-. ¿No puede hacerlo alguien más?

Katara sacudió la cabeza antes de recordar que Toph no podía verla hacer eso.

-Zuko es el único que puede acercarse lo suficiente –ladeó su cabeza-. Y tú no querrías que él vaya solo, ¿no?

-No… -Toph frunció el ceño-. ¿Por qué no puedo ir yo? No necesito un pasadizo secreto para entrar en el palacio; simplemente haré un hueco que lo atraviese…

-No –le interrumpió Zuko. Entró rígidamente en la habitación, y Katara vio la sombra de un cardenal en su mentón. El labio parecía un poquito más hinchado de lo normal.

-¿Por qué no? –insistió Toph, volviéndose hacia él.

Él se agachó.

-Te necesito aquí –respondió-. Tienes que asegurarte que mi Tío no coma demasiado.

-Ja ja, muy gracioso, Chispitas. Lo digo en serio, ¿por…?

-¡Ey! –Zuko se llevó silenciosamente un dedo a los labios-. No te muevas.

Toph se tensó.

-¿Qué pasa?

-¿No lo sientes? –Zuko hizo caminar sus dedos como cangrejos por el hombro de Toph-. ¡Se dirige a tu cuello! –Su mano recorrió su cuello y empezó a hacerle cosquillas; Toph chilló y cayó sobre sus rodillas, infructuosamente intentando apartar sus manos-. ¡Te va a morder! –Sus manos fueron hasta debajo de sus brazos-. ¡Hay dos de ellas!

Toph rió a carcajadas.

-¡Te voy a matar! –ella buscó su rostro con sus uñas; él agarró ambos tobillos en una mano y tiró de ellos.

-¡Atrapé un mono cerdo! –exclamó Zuko poniéndose de pie con los tobillos de ella en sus manos. Su largo cabello caía fuera de su rodete-. Será mejor que vaya a despellejarlo…

-¡Chispitas, no! –Toph sacudió los brazos por encima del suelo.

Él se movió hacia la puerta.

-Quizás deba limpiarlo primero; creo que hay una fuente en algún lugar por aquí…

-¡No! ¡Bájame! –Toph le aporreaba ineficazmente las pantorrillas desde su posición cabeza abajo.

Zuko puso los ojos en blanco.

-Vamos, Campeona –soltó a Toph lo suficiente para que sus palmas tocaran el piso. Se volvió hacia Katara-. ¿Cómo estás?

Ella sonrió.

-Todavía tengo mi collar –meneó un dedo a él-. Trataste de morderme. Le voy a contar a tu Tío.

-¿Mordiste a mi hermana?

-¡Ella casi me saca los dientes! ¡Tengo uno flojo ahora!

-¿Le sacaste los dientes, Dulzura?

-Siempre podemos atarlo a un picaporte y tirar –sugirió Katara-. O quizás deba hacerte comida de bebé blanda para que no te duelan tus diminutos dientecitos…

-¡Yo no tengo dientes diminutos! ¡Tú tienes una frente enorme!

-¡No es cierto! –sintió el nacimiento del pelo. Todavía dolía en el lugar donde su cabeza había hecho contacto con su mentón-. ¿O sí?

-Es inmensa. Y muy dura. Todavía me duele la boca.

Sokka le dedicó a Zuko una mirada muy rara.

-¿Oh, en serio?

Zuko tomó eso como su pie de partida, por alguna razón.

-Vamos, carretilla. Te cargaremos con algo de almuerzo.

-No soy una carretilla, ¡soy una campeona! ¡Bájame!

Ellos se fueron, Zuko llevando a Toph de tal forma que su cuerpo iba paralelo al piso y sus palmas golpeaban el suelo. Katara los vio irse. Se encontró inclinándose sobre la cama para seguir sus movimientos. Sokka se entrometió en su campo de visión, con un marcado ceño en el rostro.

-¿Estás segura que tu cabeza está bien?

-Estoy bien –repitió Katara-. Es simplemente raro ver que bien se llevan esos dos.

Sokka asintió y miró por la puerta.

-Probablemente a Chispitas le guste tener una hermanita que no intente matarlo –se cruzó de brazos-. Entonces. El plan. Lo odio.

-Lo sé.

-No creo que lo sepas. ¿Quieres hablar con Suki? ¿Te ha dicho lo que Azula le hace a sus prisioneros favoritos?

-No…

-Porque Papá la está interrogando sobre eso, ahora mismo. Repentinamente está muy interesado.

A Katara se le cayó el alma a los pies.

-Oh, no…

-Y Aang decidió que el establo necesitaba otra entrada. Solo para que sepas.

Dejó caer la cabeza.

-¿Y qué hay de ti?

Sokka atravesó la habitación. Sus brazos se deslizaron alrededor de ella y apoyó la barbilla sobre su cabeza.

-Yo aún creo que eres la mejor hermana del mundo –se apartó-. Incluso si eres bastante imprudente e ingenua.

-Imprudente, tal vez, pero no soy ingenua.

-Hermanita. Le gustas a Aang desde que te puso los ojos encima. Eres ingenua.

Quedó boquiabierta.

-¿Sabías?

Sokka usó dos dedos para señalarse la cara.

-¿Ves éstos? Los llamamos ojos –le alborotó el cabello-. Realmente tienes que trabajar en todo eso de notar las cosas.

Ella le sacó la lengua.

-Me encargaré de ello inmediatamente, Señor Ataque Sigiloso.

-¡Resulta ser que me he vuelto muy furtivo!

-Dile eso a la Sociedad Cinco Siete Cinco, Sokka.

Esa noche en la cena, Iroh extendió un mapa del Palacio de Fuego.


-El palacio es como un pueblo pequeño –explicó-. Tiene muchas capas de seguridad. Primero, esta el muro principal, aquí. Esta patrullado por arqueros y maestros fuego. Después están los guardias en cada una de las entradas principales. Además de un río bajo el palacio que desemboca en la bahía.

-Guau, ¿así que realmente hay un río secreto? –preguntó Sokka.

-No es secreto si sabes de él –repuso Zuko.

-Ey, le enseñaron sobre él a Aang en la escuela –explayó Sokka. Se volvió-. ¿No es así, Aang? –Aang no dijo nada. Desvió la mirada. Sokka hizo un mohín y se giró-. Bueno, entonces. Continuando.

Iroh se aclaró la garganta.

-Hay una red de pasadizos secretos y túneles ocultos que se extienden desde dentro del palacio hacia el volcán atravesando las Catacumbas Huesos de Dragón. Pero después de la invasión, entrar al palacio sin ser notado será extremadamente difícil. Y si te atrapan, tu destino no será agradable –suspiró-. Es por esto que creo que es mejor que entren por las puertas principales, a plena luz del día –se volvió hacia Zuko-. Debes convencer a tu hermana que el Avatar te ha rechazado. Dile que el pasado era demasiado para perdonar.

-¿Así que simplemente voy ahí y ruego que me deje entrar nuevamente? ¿Estás loco?

Iroh levantó su taza de té.

-Como le he dicho frecuentemente al Jefe Hakoda durante nuestras lecciones de Pai Sho, a veces es mejor acercarse al oponente desde una posición de debilidad. La Señorita Katara y tú deben comportarse como dos desafortunados viajeros buscando trabajo. Los agentes Dai Li de Azula no tardaran en descubrirlos. ¡Tengo un amigo que les dará un trabajo al frente a su casa de baño favorito!

Zuko miró a su Tío con el ceño fruncido.

-¿A dónde vamos?

Iroh sonrió.

-Al Perico-gorrión Azul –contestó-. ¡La casa de té más fina de la capital!

-No otra casa de té –replicó Zuko. Se apretó el puente de la nariz.

-¿Qué quieres decir con otra? –inquirió Teo.

-Chispitas trabajó en una casa de té en Ba Sing Se –contó Toph-. Usaba un delantal.

Detrás de su mano, Teo soltó una risita. El bigote de Haru se torció. Zuko se cubrió la cara con las manos.

-Adelante. Ríanse.

-No hay nada gracioso en ganarse la vida honestamente –clamó Iroh justo cuando las risitas de Suki se apoderaban de ella.

-Maestro del té control –indicó Sokka. Suki y los demás se doblaron de risa. Katara reprimió una sonrisa al ver la oreja sana de Zuko ponerse lentamente rosa.

-Esta casa de té es incluso mejor que el Dragón de Jazmín –convino Iroh, y Haru erupcionó en una carcajada-. ¿Es un nombre gracioso? –preguntó el General. Frunció el ceño-. El Perico-gorrión Azul es un establecimiento fino en el corazón del Distrito de la Ostra.

-¿El Distrito de la Ostra? –Repitió Zuko-. No. Absolutamente no. No vamos a ir.

Sokka bufó.

-¿Asustado de algunas ostras, maestro té?

-No –respondió Zuko. Miró a su Tío con el ceño fruncido-. No puedo creer que nos enviaras… –se dio cuenta de la llegada de Hakoda, se tensó y continuó-. A un barrio tan rico.

-¿Es rico? –averiguó Katara.

-Bueno, un montón de dinero cambia de manos –admitió Iroh-. ¡Creo que serán un gran éxito!

Katara acercó las rodillas al pecho. Intentó imaginarse haciendo té junto a Zuko. Su té es terrible, ¿Por qué alguien se molestaría en pagarle por él? Por alguna razón, era mucho más fácil imaginarse mintiéndole a Azula y saliendo viva.

-¿Pero que se supone que le diga? –Preguntó Katara-. Digo, Zuko tiene una historia bastante buena. ¿Qué digo yo?

Las cejas de Iroh se arquearon.

-Siempre es mejor decir la verdad –replicó-. Dile a Azula que temes que los sentimientos del Avatar por ti son una distracción para su meta.

-Estoy sentado justo aquí, sabes –comentó Aang vacíamente, desde su lugar entre las sombras con Momo.

-Entonces tal vez deberías acompañarnos –sugirió Iroh. Sonrió un poco tristemente-. Para Azula, la oportunidad de traer a su hermano deshonrado a casa será irresistible –suspiró-. Ambos tienen información sobre el Avatar. Ella no puede permitirse dejarlos en la capital, donde pueden esparcir historias sobre su grandeza.

Desde las sombras, Aang bufó. Katara se volvió hacia él y se mordió el labio.

-Aang, eres grandioso…

-No lo suficientemente grandioso –retrucó Aang, y la amargura en su voz le cortó el corazón.

-Aang no le hables así –se entremetió Zuko-. Ella solamente…

-Solamente me está dejando para jugar al maestro té contigo –interrumpió Aang. La luz del fuego proyectó profundas y agudas sombras en su cara-. Lo entiendo.

Zuko cerró los ojos.

-No es así, te prometo…

-Deja de prometerme cosas, Zuko –Aang se puso de pie. Recogió sus cosas-. Haz lo que quieras. No me importa. Solo soy el Avatar –corrió a por el balcón, abrió de una su planeador y se introdujo en la noche.

Zuko resopló vapor.

-Te lo dije –exclamó, alzando la mirada-. Te lo dije cien veces.

Katara se enjugó los ojos.

-Lo estamos haciendo por él –sus ojos encontraron los de su padre-. Algún día lo entenderá.

-Estaremos aquí –aseveró Sokka. Apoyó un brazo sobre los hombros de ella-. Ayudaremos.

Iroh se aclaró la garganta.

-Temo decir que no podemos quedarnos mucho tiempo más. Una vez que mi sobrino y Katara empiecen su viaje, nos iremos.

Katara frunció el ceño.

-¿A dónde irán?

Iroh parpadeó.

-Me temo que no puedo decirte eso.

-¿Qué? ¿Por qué? Mi papá y mi hermano...

-Los Dai Li –cortó Suki-. Los Dai Li van a interrogarte, Katara. Van a preguntarte donde está Aang. Y será mucho más fácil para ti si simplemente no sabes.

-La Señorita Suki tiene razón –Iroh se retorció las manos-. En todo aspecto, deben comportarse como si realmente se hubieran desprendido del Avatar. Si él no confiaba en Zuko, ¿les diría su destino? ¿Sabrían sus planes?

-Pero… -Katara intercaló su mirada entre Iroh y su padre-. ¿Cómo los encontraremos? ¿Cómo les haremos llegar la información?

-Nosotros los encontraremos –prometió Hakoda-. El General Iroh está trabajando en colocar otro espía dentro del palacio. Pero justo ahora, ustedes son nuestra mejor oportunidad. Cualquier cosa, pueden intentar robar un halcón mensajero. Puedes incluso pretender que intentas hacerle llegar un mensaje a Sokka porque lo extrañas.

-¡Pero lo extrañaré!

-¿Y cómo haremos para esconder lo que sabemos de los Dai Li? –inquirió Zuko.

-Azula y sus espías no saben todo –objetó Iroh-. Quizás no sepan que tienen que preguntar sobre los Guerreros del Sol, o los dragones, o incluso sobre el Estado Avatar. Tu hermana y mi hermano, ambos, tienden a creer sus propias suposiciones, erradas y todo. Trata de dejar que se engañen solos. ¡De esa forma, tendrán menos que recordar!

Katara dejó caer su cabeza.

-Esto va a ser realmente duro, ¿no es así?

-No tenemos que ir –porfió Zuko-. Podemos quedarnos.

Ella miró el lugar vacío donde Aang había estado sentado.

-No –replicó-. No podemos.


Esa noche reunió toda su determinación y esperó por Aang en el establo, sola. Un hueco en la piedra dejaba pasar la luz en dos lugares – uno, el elegante arco para la salida del bisonte, otra la dentada herida en el muro. Creyó ver las marcas del fuego y se preguntó que había controlado Aang, la explosión o la pared misma. Se recostó contra Appa y esperó. Esperó tanto que la profunda respiración de Appa y su piel tibia la arrulló hasta dormirla y solo se dio cuenta de la llegada de Aang cuando él se agachó a su lado y le tocó la mano.

-¿Katara?

-Aang –parpadeó e intentó armar una sonrisa-. Regresaste.

-Sí. Regresé –su expresión se endureció-. ¿Zu-Zu y tú van a gritarme de nuevo?

Ella frunció el ceño.

-¿Zu-Zu? –por alguna razón dudó que Aang se refiriera a la flauta de la Tribu Agua del mismo nombre. Sonaba como una palabra que Toph hubiera inventado-. Eh, no. Estoy aquí por mí misma –se sentó-. Tenemos que hablar.

Aang gimió.

-Lo sé –se arrojó contra un costado de Appa-. Tu papá ya trató de contármelo todo.

Katara quedó boquiabierta.

-¿Mi papá?

-Dijo que cuando tú amas a alguien tienes que dejarlos, a veces. Iroh intentó decírmelo también. Empezó hablando de la mamá de Zuko, ¡pero no es lo mismo! ¡Tú no eres mi mamá! –Aang frunció el ceño profundamente y comenzó a limpiar el silbato del bisonte-. No tengo mamá.

-Todo el mundo tiene una madre, Aang. Tú no sabes -- ¡Puede que hasta se haya quedado en este templo alguna vez!

-Basta –las manos de Aang se quedaron quietas-. Estás cambiando de tema.

Katara suspiró.

-Lo sé –lo miró por el rabillo del ojo-. Aang tengo una oportunidad para hacer realmente la diferencia, aquí…

-¿Y no estás haciendo una diferencia conmigo?

Katara se mordió el labio. Se miró los pies sobre las piedras. De repente, parecían demasiado grandes. Pies grandes, feos y sucios. Nunca los había mirado realmente, cuando vivía en el Polo Sur. Solo se desvanecían dentro de sus mocasines. Nunca se había mirado realmente hasta este año.

-Lo estoy –admitió-. Amo estar aquí. Amo ayudarte. Amo nuestra familia.

-¿Pero no lo suficiente como para quedarte, verdad?

Ella retrocedió.

-No es eso. El General Iroh dice...

-¡No me importa lo que él dice! ¡Está equivocado! ¡Se equivoca al enviarte! ¡Y se equivoca tu papá al dejarlo! –Levantó las manos-. ¿Cómo puede decir que te ama cuando quiere que te vayas?

-Papá no quiere en serio que me vaya –replicó Katara. Respiró hondo-. Yo pedí ir.

Aang se estremeció. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se giró hacia ella.

-¿Hice algo malo? ¿Es porque te dije cómo me sentía? ¿Me odias, ahora?

-Aang, no... –Delicadamente, se estiró y cubrió su mano-. No te odio para nada. Te amo. Eres parte de mi familia.

Se escaparon lágrimas de sus ojos.

-¿Entonces por qué estás haciendo esto? –le preguntó-. ¿Por qué me lastimas así?

Un pequeño sollozo subió penosamente desde su garganta. Ella extendió los brazos y él se acurrucó contra ella, presionando su rostro en el hombro de ella. Ella lo sostuvo, lo hamacó.

-No quiero lastimarte –aseveró-. No quiero lastimar a nadie.

-Te quiero mucho –insistió Aang-. No sabía que era al principio que era pero ahora sí y no puedo pararlo… -su agarre sobre ella se hizo más fuerte. Hablaba con voz muy, muy bajita-. ¿Por qué te gusta mucho más él que yo?

Katara arrugó el entrecejo.

-¿Qué? ¿Quién?

Aang se apartó y se sentó.

-Zuko. Te vas con él. Te gusta.

Katara se recordó que reírse sería mucho más que maleducado, en ese momento.

-¿Has estado bebiendo jugo de cactus? No me gusta él.

-¡Pero te gustaba Jet y son casi lo mismo!

-¿Cómo? Solo porque ambos robaban cosas y le mentían a la gente y usaban esas dos cosas afiladas y se escondían en los árboles y… -se detuvo a sí misma-. De acuerdo, quizás tengas un buen punto. Pero no me gustaba Jet después de que me enteré lo que estaba haciendo.

-Pero lo perdonaste –recalcó Aang-. Querías ayudarlo en Ba Sing Se.

Katara se cruzó de brazos.

-Eso era totalmente diferente. Y no es cómo si me hubiera gustado a Jet porque era un ladrón.

-¿Entonces por qué te gustaba?

Su rostro se encendió.

-¡No lo sé! No es como si eligieras de quien gustar y de quien no. Simplemente te gustan –deseó que su sonrojo desapareciera-. La Nación del Fuego se llevó a mi madre, Aang. Y le conté eso a Zuko debajo de Ba Sing Se.

-Pero Zuko no hizo eso –repuso Aang-. ¿Y por qué estabas hablando con él debajo de Ba Sing Se? ¿De que hablaban?

Ella se abrazó las rodillas.

-De un montón de cosas. Yo estaba realmente furiosa. Y… fui realmente cruel.

-¿Es por eso por qué no vino con nosotros esa vez?

Su estómago pegó un brinco. Nunca había considerado que sus acciones bajo Ba Sing Se pudieran haber influenciado la decisión de Zuko; la elección de ir con el Avatar había parecido tan clara para ella que no podía imaginarse que fuese difícil para otro. Todo el mundo amaba a Aang. Todo el mundo sabía que ayudar al Avatar era lo correcto. No era como si una particularmente decidida muchacha de la Tribu Agua pudiera posiblemente influenciar en algo tan importante. Y (se consoló a sí misma) si Zuko no podía soportar su temperamento entonces no tenía porque quedarse con Aang -- enfrentaban peores amenazas que un maestro agua furioso todos los días. No mucho peor, por supuesto, pero peor.

-No lo sé –respondió-. Tendrías que preguntarle a Zuko. Pero apuesto que ni siquiera él sabe realmente. Estaba confundido.

-No parecía confundido.

De nuevo, Katara revivió ese momento en su cabeza. los ojos cerrados de Zuko. La manera en que su cuerpo se había quedado perfectamente quieto. Como la cicatriz estaba cálida y rugosa como la piel de un lagarto, como ni siquiera había ya pestañas.

-Le ofrecí curar su cicatriz –confesó-. Le ofrecí usar el agua del Oasis de los Espíritus.

Aang hizo un ruidito como si hubiera pisado el borde de un afilado cuchillo.

-¿Te refieres al agua que usaste para curarme?

-Así es. Estaba pensando en usarla, y entonces llegaste –sonrió-. ¿Es algo bueno, cierto? Porque si la hubiera usado con Zuko, ¿Quién sabe que hubiera pasado? –Se volvió hacia Aang-. Incluso Zuko concuerda conmigo. Dice que es feliz de que no haya intentado curarlo, porque significa que tú estás bien.

Aang se frotó la nuca.

-¿El dijo eso?

-Por supuesto. Quiere que seas fuerte –se acercó una pulgada-. Y Zuko tampoco quiere venir conmigo en esta misión. Quiere quedarse aquí contigo. Solo va porque perdió nuestra pelea.

-No –dijo Aang, sacudiendo la cabeza-. Él sabe lo que te pasará si él no va.

-Ey, ten un poco más de confianza, Aang. Soy bastante fuerte. Soy la maestra de agua control del Avatar.

-¡Deja de bromear, Katara! ¡Esto es realmente serio! –Cerró los puños-. Zuko se enfrentó al Señor del Fuego cuando yo solo estaba siguiendo a Azula. ¡Le disparó el relámpago! Y encaró a los dragones conmigo, y me rescató de Zhao sin hacer fuego control –sus ojos se habían agrandado, implorantes-. Si Zuko tiene una cicatriz, entonces las cosas son muy, muy malas.

Katara esperó que Aang no notase su piel de gallina. Tragó saliva.

-Enfrentó al Señor del Fuego solo –repitió-. ¡Imagina lo que podría hacer conmigo ahí!

-¡No lo entiendes! –Aang se puso de pie. Sus manos volaron en el aire; le recordó a ella su histeria insomne antes del eclipse-. ¡Van a arrojarte a prisión! ¡Vas a acabar como Hama, o peor!

Katara apretó los labios.

-No voy a terminar como Hama –determinó. Enderezó los hombros-. Y si me arrojan en prisión, haré exactamente lo que hice la última vez. Ayudaré a escapar a los prisioneros.

Aang la señaló.

-¡Eso era diferente! ¡Yo estaba ahí contigo! –Se lamió los labios-. ¿Esto es porque tu papá dijo que usarían el arma sobre la Tribu Agua? Porque…

-Cualquier arma es peligrosa en las manos de la Nación del Fuego, Aang, sin importar a quién esté dirigida. Tú lo sabes –suspiró-. Hemos llegado hasta aquí. No podemos renunciar, ahora. Hay gente que cuenta con nosotros –se encontró a sí misma jugando con su collar-. La guerra no va a terminar cuando derrotes al Señor del Fuego, Aang.

-Si lo derroto.

-Cuando lo derrotes –alzó la mirada hacia él-. Todavía tenemos que ocuparnos de Azula. ¡Y hay barcos de la Armada de la Nación del Fuego por todo el mundo! ¿Quién sabe que ordenes tendrán para el día que llegue el Cometa de Sozin? –Sus manos se cerraron en puños-. Tú sabes lo que la Nación del Fuego le hizo a los Nómades Aire. ¡Si no los detenemos ahora, los siguientes podrían ser la Tribu Agua o el Reino Tierra!

Aang palideció. Se sentó lentamente. Miró el piso. Hizo que su flecha pareciera demasiado pesada para su joven cabeza como para sostenerla.

-¿Por qué tienes que ser tú?

Ella frunció los labios.

-Sabes por qué. Alguien tiene que ayudar a Zuko con los Dai Li. Van a interrogarlo. Incluso pueden intentar borrar partes de su memoria, como hicieron con Jet.

-Dame la razón real. ¿Por qué vas con él?

-Aang…

-Dímela.

Katara suspiró.

-Tienes que controlar el Estado Avatar.

Aang cerró los ojos con fuerza.

-No quiero el Estado Avatar. Te quiero a ti.

-Lo sé. Pero el resto del mundo necesita que derrotes al Señor del Fuego –buscó a por su rostro-. El Señor del Fuego Ozai va a ser increíblemente poderoso el día del cometa, Aang. Si no puedes enfrentarlo antes de eso, entonces vas a necesitar toda la ayudar que puedas conseguir.

La mandíbula de Aang se tensó.

-Quieres que te deje ir.

-Quiero que me dejes ayudar a la gente –ladeó la cabeza-. Supongo que una parte de mí todavía es la Dama Pintada.

Aang suspiró. Se chupó el labio inferior.

-Estabas realmente hermosa aquella vez –reconoció. Sus mejillas se colorearon-. Quiero decir, eres hermosa todo el tiempo, pero…

Ella sonrió.

-Gracias, Aang. Estoy halagada…

-Es la verdad –Aang suspiró-. Supongo que es por eso que desconfiaba de Zuko, antes. Digo, sus dos ojos todavía funcionan, ¿no?

-Supongo. Pero ya te dije. No puedes evitar quien te gusta y quién no. Quizás a él simplemente no le van las chicas de la Tribu Agua –levantó su nariz en el aire-. No todos pueden tener buen gusto.

Aang rió.

-Buena esa –arqueó las cejas-. Supongo que no puedo prohibirte que vayas, ¿o sí?

-Los amigos no dan ordenes a sus amigos, Aang.

Los labios de él se movieron nerviosamente.

-Amigos. Claro –a ella se le cayó el alma a los pies al verlo levantarse lentamente-. Creo que me iré a la cama, ahora.

-... De acuerdo –asintió-. Buenas noches, Aang.

-Buenas noches, Katara.


Las lágrimas no la alcanzaron hasta que estuvo a la mitad de las escaleras. Oscurecieron su vista y engancharon su respiración, pero siguió caminando. Se impulsó a sí misma por los fríos y oscuros pasillos con una mano contra la piedra. Detrás de esas pesadas puertas había todo un capítulo de su vida del que acababa de despedirse, enviado a la cama, y estaba hecho de días soleados y látigos de agua y besitos y pingüino-trineos. De todas las amenazas de las que había creído proteger a Aang, nunca había imaginado protegerlo de sí misma.

Una figura oscura apareció justo adelante: Zuko. Salió de la habitación de Toph y se detuvo a medio andar. Se miraron fijamente por un momento. Él parecía casi asustado, como si le hubieran atrapado haciendo algo malo y temiera el castigo. Pero entonces ella se dio cuenta que ella probablemente se viera terrible, y se fregó los ojos con su puño y se enderezó. Se adelantó.

-¿Toph está bien? –preguntó con una voz que sonaba demasiado espesa incluso para sus propios oídos.

Él parpadeó. Señaló el interior de la habitación con la cabeza.

-Se, eh, durmió por fin.

Katara asintió. Su cabeza se balanceó sobre su cuello como el de una muñeca. Se sentía pesada y llena. Toph yacía tumbada en el piso, con solo una manta separándola del suelo, con la otra manta descartada. Unos leves ronquidos escapaban de la boca abierta de Toph. Katara habló en un susurro.

-Eso es bueno. Eso es realmente bueno. Buen trabajo.

-…Gracias –se acomodó sobre sus pies-. He estado pensando –tragó saliva-, iré contigo. Pero tienes que prometer nunca mirar dentro de mi cabeza.

-No lo haré –se abrazó los brazos-. No es como disfrute hacerlo, de todos modos. No se siente bien.

Él asintió.

-Seguro –se movió un poquito a su alrededor; ella sintió su mirada como dos brasas calientes sobre su rostro-. ¿Te, eh…? ¿Te las…?

-No. No me lastimaste –se recostó contra la puerta y observó la respiración de Toph-. Lamento haberte arrojado por la borda. No por la borda, supongo, pero tú sabes –hizo un gesto con la muñeca para imitar la manera en que lo había enviado volando-. Sabía que regresarías. Siempre regresas.

Él se recostó contra el lado opuesto del marco de la puerta.

-Supongo que siempre lo hago.

-Justo cuando menos lo espero, me vuelvo y ahí estás –sonrió-. Es realmente algo molesto.

Toph se agitó en sueños. Ellos se tensaron. La maestra tierra se sentó. Se frotó los ojos y se rascó la cabeza. El cabello salía disparado en todas direcciones.

-Tuve un sueño raro.

Entraron en la habitación, desplazándose de la puerta como dos piedras que de repente son liberadas por un chorro de agua. Katara se arrodilló.

-¿Qué era, Toph?

-Era sobre un oso ornitorrinco púrpura de cuatrocientos pies de alto con cuernos rosados y alas de plata.

La ceja sana de Zuko se arqueó. Se agachó.

-Eso es... muy detallado.

-¿Qué están haciendo aquí?

Sus miradas se encontraron.

-Estábamos intentando hallar la manera para parar tus ronquidos –respondió Katara.

-Buen intento, Dulzura –Toph se acostó-. ¿Por qué estabas llorando? ¿Es culpa de Chispitas?

Katara se enjugó los ojos.

-No. Yo solo… -parpadeó con fuerza-. Acabo de hablar con Aang.

-Lo tomó bastante mal, ¿no? –los ojos de Toph se cerraron-. La parte de que no te gusta, digo –Katara se sonrojó y esquivó los ojos de Zuko. Toph bostezó-. No tienes que decírmelo. Puedo adivinarlo –se estiró y Zuko agarró la manta y se la puso encima-. Gracias, Chispitas –bostezó de nuevo, y cuando habló su voz era más lenta, y pausada-. Vas a estar bien, Katara. Chispitas te ve a cuidar mientras estén fuera.

-Así es –confirmó Zuko. Acomodó la manta debajo de la barbilla de ella-. No dejaré que nada pase.

-Será mejor que tengas cuidado… -Toph frunció el ceño. Su voz se había afinado incluso más, somnolienta-. Se meterá con tus cosas… te dirá que esta limpiando… madre total…

-Seré buena, Toph –Replicó Katara-. Lo intentaré mucho.

-Nada de jugar a los dados –murmuró Toph-. Todos son tramposos…

-Nada de apuestas –aseveró Zuko-. Lo prometo.

-Y Azula… -Toph arrugó el entrecejo en sueños-. Azula siempre miente…

-Lo sé, Campeona. Duérmete.

-No estoy cansada... –Toph se giró sobre su costado y atrajo sus rodillas contra su panza-. Descanso mis ojos.

Katara le palmeó la mano.

-Toph, eres ciega.

-… pensé que te tenía… esta vez… -Toph la sorprendió y enlazó sus dedos con los de ella-. Puede que quizás lo logren…

-Por supuesto que lo lograremos –reafirmó Zuko. Le dedicó su sonrisita rara-. Somos el Espíritu Azula y la Dama Pintada. Podemos con ellos.

La mención de la Dama Pintada hizo que Katara quisiese acostarse. Y lo hizo, estirando su cuerpo junto al de Toph y usando su propio brazo como almohada. Se acurrucó cerca de la otra chica y la abrazó.

-¿Así está bien, Toph?

-… Chispitas es más caliente.

Katara le dio un pellizco. Zuko miró al suelo. Se sentó contra la pared y apoyó los brazos sobre sus rodillas. Cuando Katara cerró los ojos él estaba mirando a las dos chicas todavía. Cuando los abrió al amanecer, alguien había metido una almohada debajo de su cuello y había puesto otra manta encima de ella. Y Zuko durmió hasta muy tarde.


Los tres días siguientes pasaron demasiado rápido. Después de que Iroh se los hubiera pedido amablemente, el grupo permitió que Akna y Xiao Zhi regresaran. Esta vez trajeron obsequios: comida de más, medicina, vendas, sopa fresca, hilos y agujas, y mantas sanas para reemplazar las rotas. También trajeron un entrenamiento mejor. Akna le enseñó a Katara una variedad de técnicas nuevas que le habían dejado la cabeza punzando de dolor pero que cumplía la función de incapacitar al enemigo mucho más rápido, como una especie de sangre control que ponía a dormir y una forma de congelar la circulación de los brazos de alguien para que no pudiera atacar. (La técnica funcionaba igual de bien con las piernas; Katara disfrutó de un placer bastante malintencionado haciendo caer a Akna). Siguió practicando consigo misma, también, usando la meditación que Akna le había enseñado. Xiao Zhi entrenaba a Zuko y a Katara sin misericordia; bajo su tutela Katara aprendió a hacer un relámpago aumentado con el pulpo de cinco tentáculos, después algo que Xiao Zhi llamaba la telaraña, luego una bola con la forma de un hilo que crepitaba con luz y calor. Zuko no podía manejar el relámpago más que unas pocas veces en una tarde sin lastimarse a sí mismo; se chupaba los dedos cuando pensaba que nadie lo estaba viendo.

-Sería inteligente esconder estas técnicas mientras estén en el palacio –advirtió Iroh-. Úsenlas solo cuando sea absolutamente necesario. Cuanto menos Azula y mi hermano sepan sobre sus habilidades, mejor.

Iroh los instruyó en la ubicación de los pasadizos secretos del palacio: uno entre las recámaras privadas del Señor y la Señora del Fuego; el pasaje desde la recámara del Señor del Fuego a la bóveda del palacio; la entrada secundaria desde el salón del trono; la ruta que atravesaba las Catacumbas Huesos de Dragón hacia el río secreto bajo el palacio.

-No importa dónde esté detenido el Mecánico, es típico que una copia de los planes de batalla, incluyendo los planes del arma, estén o en posesión de mi hermano o de la Princesa Azula –advirtió Iroh por encima de la cena-. Pero dónde los esconden es lo peliagudo. Mi hermano es esencialmente un hombre haragán; delega la autoridad en los demás porque eso lo hace sentir más poderoso. Eso explica porque le fue tan fácil a Azula engañarlo sobre el Avatar. Puede haber dejado los planes en su oficina y haberlos olvidado ¡O puede haberlos dejado en su habitación, debajo de la almohada!

Katara y Zuko se estremecieron. Iroh rió para sí mismo, luego su rostro adoptó una seriedad mortal.

-En verdad, mi hermano probablemente haya escondido los planes en la bóveda del palacio. Para poder entrar, tendrán que crear un relámpago con sumo cuidado. Sus habilidades de tormenta control serán útiles. De hecho, la entrada a la bóveda es una de las razones por las cuales los entrenamos en esta técnica.

Así que era por eso. Katara frunció el ceño.

-¿Solo para que podamos robar una bóveda?

-Y para que puedan destruir cualquier cosa en su camino –añadió Iroh-. Juntos, son mejor creando el relámpago que Azula –suspiró-. Esperemos que los planes estén en la bóveda, y no con ella.

-Ahora Ozai sabe que Azula le mintió –recalcó Zuko-. ¿Crees que todavía confía en ella?

-Azula puede ser muy persuasiva, sobrino mío –replicó Iroh, arqueando una ceja espesa-. Y mi hermano tiene menos experiencia con su traición que tú o yo.

-¿Dónde escondería Azula los planes? –preguntó Katara. se giró hacia Zuko-. Eres su hermano. ¿Dónde guarda sus cosas?

Zuko arrugó el entrecejo.

-No sé. Nunca me metí con sus cosas.

Sokka se enderezó. Hizo un ademán con su boomerang.

-¿Qué clase de hermano eres? ¡Debes haber hecho un poco de fisgoneo, alguna vez!

Zuko meneó la cabeza.

-Azula mantiene sus cosas ordenadas. Se hubiera dado cuenta si tocaba algo alguna vez –suspiró-. Si entramos en su cuarto, tendremos que dejar todo justo como estaba.

Toph bufó.

-Buena suerte. No lleves a Katara contigo.

-¡Toph!

-¡Es verdad! ¡Eres tan sigilosa como el tren de Ba Sing Se!

-¡Puedo ser sigilosa! ¡Era sigilosa cuando me convertí en la Dama Pintada! ¡Y fui sigilosa cuando tomé el pergamino de agua control!

-Oh sí, eso fue hábil –admitió Iroh-. Debes de tener dedos muy ligeros.

-¿Qué pergamino de agua control? –inquirió Toph.

-Sí, Katara, ¿Qué pergamino de agua control? –quiso saber su padre.

-El que robó de unos piratas –respondió Zuko. Cuando ella le disparó dagas de hielo con la mirada, cambió de tono rápidamente-. Quiero decir, realmente lo necesitaba. Apenas podía hacer el látigo de agua.

-¡Zuko!

-¡Es verdad! ¡Yo te vi!

Su mandíbula se desencajó. Repentinamente, tuvo ganas de golpearlo; no con agua sino con su mano desnuda.

-¿Me estabas mirando?

-Sí, eso no es espeluznante –sostuvo Sokka, examinándose las uñas-. Para nada espeluznante…

-¿Cómo crees que te encontré? ¿Con mi nariz?

-No, ese hubiera sido el shirshiu –reconoció Katara.

Iroh ronroneó.

-Ah. Jun. Que tiempos aquellos.

Toph se giró a Aang.

-Ustedes eran un completo desastre antes de que yo apareciera, ¿no es así?


Finalmente, la noche llegó cuando era tiempo de partir. Todas las preparaciones pasado ese punto se volvieron repetición. Iroh tocó el cuerno sungi y Katara preparó los platos preferidos de todos (Aang incluso ligó su propia tarta especial de crema de huevo). Verificó y re-verificó su mochila. Iroh dijo que no necesitarían mucho, solo lo esencial, pero se encontró obsesionándose con cuanta sopa necesitarían, cuanto dinero, cuantas raciones. Dobló y re-dobló su vestido azul hasta que las arrugas se hicieron derechas y permanentes. Las ropas de la Nación del Fuego eran las mejores para esta situación, pero mantuvo su collar. Se acomodó el cabello. Apagó la lámpara. Salió de la habitación.

En la cocina, El Duque, Teo y Haru le obsequiaron un diminuto pergamino.

-¿Salsa de cacahuate?

-Salsa de cacahuate explosiva –corrigió Teo.

-Queríamos que pudieras hacer una bomba con las cosas que quizás encuentres en el palacio –contó Haru. Se encogió de hombros-. Nunca se sabe.

-Fue mi idea –aseguró El Duque, sorbiendo la nariz-. Jet dice… Jet decía que tienes que trabajar con lo que tienes.

Ella sonrió.

-Es una idea genial –admitió-. Muchas gracias. A todos –los abrazó a todos por vez.

El siguiente fue el turno de Akna. Abrazó a Katara y anunció:

-Tu padre y yo apostamos que habrán terminado todo en menos de una semana. Así que después del tercer día, cuando tengan los planes, tómense un agradable descanso. Quiero ganar el total.

A pesar de sí misma, Katara se rió. Tres días. Sí, claro. Ignoró el helado bulto de pavor que se endurecía lentamente en su estómago.

-Daré lo mejor de mí –asintió. Sonrió con tensión-. Cuida a mi papá.

-Sabes que lo haré.

Xiao Zhi vino después.

-Eres una verdadera hija de la Tribu Agua –exclamó, inhalando su pipa-. El agua es el elemento del cambio. Cuando encuentres un obstáculo, fluye a su alrededor. Y recuerda que a veces un hilillo de agua es tan efectivo como un maremoto –le dio un golpecito en el pecho con su pipa-. No temas la tormenta en tu interior –prosiguió Xiao Zhi, entornando sus pálidos ojos-. Tu ira es un don. Aférrate a ella. Puede que te la fuerza necesaria para hacer lo que sea necesario cuando llegue el momento.

Katara tragó saliva.

-Eh, gracias.

Xiao Zhi sonrió.

-No hay nadie mejor que ustedes dos para esta misión. Recuerda eso.

-Lo haremos –intervino Zuko.

-Y tú –continuó Xiao Zhi, dirigiéndose a él-. Mantén ese relámpago lejos de tu corazón.

-Sí, señora.

-Nada de señora conmigo. Andando –Xiao Zhi se giró y comenzó a alejarse-. Y no metan la pata. Odiaría tener que enviar al agrio de mi hermano tras de ustedes dos.

Zuko frunció el ceño, luego se volvió hacia los demás.

-Supongo que esta es…

-¿Necesitan un aventón? –Las figuras de Aang y Appa emborronaron el cielo nocturno. El bisonte estaba sin su armadura – Aang quería que fuesen todos juntos, por eso la había quitado. Apretó los labios-. Más pronto estén allí, más pronto regresaran.

-Tiene razón –afirmó Hakoda-. Vamos –y le extendió la mano a su hija para ayudarla a subir a la silla.

Aang subió atravesando las nubes y durante el viaje Katara se concentró en el anonimato de aquellas figuras de blanco fantasmal. Ahí arriba ellos podían ser nubes sobre cualquier país, no sobre la Nación del Fuego o el Polo Sur sino cualquier lado, porque las nubes siempre se estaban moviendo y podían acabar en una tormenta o en una lluvia con sol para cualquiera. Era por eso que los Nómades Aire tenían sus casas en cada rincón del mundo, supuso. Eran como las nubes. Volaban con el viento. Pertenecían a todos lados, y a ninguno. Y ahora se habían ido.

No esta vez. Nunca más de nuevo. Observó a Aang retorciendo las nubes a su alrededor mientras Appa se agachaba y planeaba. El viento levantó su cabello. Allí arriba, el aire ya no olía a verano. ¿Es la última vez que me voy a sentar en esta silla? ¿Es la última vez que veré las estrellas tan de cerca?

-Ya nos alejamos lo suficiente –anunció Iroh quedamente.

-¿Estás seguro? –Inquirió Sokka-. Porque podemos acercarnos más…

-Cualquier acercamiento más y podrían descubrirnos –convino Iroh-. Tu hermana y mi sobrino tienen que hacer el resto del camino solos.

Hakoda respiró hondo. Buscó la mano de Katara.

-Se cuidadosa –dijo. Sus ojos brillaron con las lágrimas sin derramar y sus manos parecían secas y demasiado viejas donde aferraban a las de ella-. No dejes que tu temperamento te controle. Se agradable, pero no temas sacar la basura si tienes que hacerlo.

Katara se mordió el labio.

-Papá…

Él la abrazó.

-Eres lo mejor de mí –aseveró contra su cabello-. Todo lo que he hecho alguna vez palidece en comparación a haberte ayudado a llegar a este mundo.

Ella se secó los ojos.

-Yo… yo soy muy afortunada de que seas mi papá.

Él le besó la frente.

-Gracias por decir eso –Hakoda miró a Zuko-. Te llevas la mitad de mi corazón, hijo –le advirtió-. No lo rompas.

Zuko inclinó la cabeza.

-Sí, señor.

-Y… mantén tus muñecas flojas cuando trabajes con esas espadas. No trabes los codos.

Zuko cabeceó.

-Claro. Gracias.

Iroh le tocó el hombro a ella. Sus ojos se deslizaron sobre Zuko y bajó la voz.

-Zuko necesita tiempo –avisó el viejo general-. Mi sobrino es como una fina botella de ryu-nyuu. Necesita el tiempo exacto de fermentación. Entonces cuando lo abras, ¡es exactamente lo que pediste! –Iroh acomodó un rizo de su cabello y lo acomodó contra su cabeza-. Es diferente ahora, y tú también. No es el chico que conocías, y tú no eres la bonita chiquita parada sobre un glaciar –arqueó las cejas-. ¡En cualquier caso, estás incluso más bonita!

Las orejas de Katara ardieron. A sus espaldas, Zuko dijo:

-Tío, la estás avergonzando.

-Sí, Viejo, la estás poniendo en un pequeño aprieto –observó Toph. Se frotó los ojos-. Deja algo para el resto de nosotros, ¿sabes?

Iroh sonrió.

-Tienes razón como siempre, Señorita Toph –miró a Zuko-. Intenta no quemar el té. Y recuerda descansar bastante. Un hombre necesita descanso.

Zuko puso los ojos en blanco.

-Tío… -rodeó al hombre con sus brazos-. Regresaré –prometió.

De repente, Iroh devolvió el abrazo. Katara vio los músculos sobresalir en sus brazos

-Ten cuidado, hijo mío –pidió-. Se bueno. Y recuerda quién eres.

-Lo haré –se apartó-. Eso me recuerda –metió la mano en su faja y sacó algo que brilló dorado a la luz de las estrellas. Tomó la mano de Toph y lo puso ahí. Katara vio lo que parecía una corona bastante antigua de la Nación del Fuego. Zuko cerró los deditos de Toph sobre ella y se arrodilló frente a ella. se balanceó con los movimientos de Appa-. Es una reliquia de la Nación del Fuego –instruyó-. El Señor del Fuego Sozin usó esta corona, y se la dio al Avatar Roku antes de que comenzara su entrenamiento. Quiero que tú te la q… quiero que tú la tengas. Hasta que regrese.

Rodaron lágrimas por las pálidas mejillas de Toph.

-Chispitas… no puedo…

-Me la quitarán en el palacio –rebatió Zuko-. De esta forma sabré dónde está. Y puedes devolvérmela después.

Ella sacudió la cabeza frenéticamente.

-No. No quiero. No quiero tenerla. No quiero que tú...

Zuko parpadeó con fuerza y se mordió el labio. Cuando habló su voz salió ronca.

-Ey. Vamos. ¿Quién es la Campeona del Torneo de Tierra Control?

-… Yo.

-¿Quién es la Bandida Ciega?

-… Mí.

-¿Quién va a ocuparse de la única familia que tengo? –Toph se sorbió la nariz y cabeceó. Zuko apoyó una mano en su cabeza-. Ahora no le causes problemas al Tío Iroh –le pidió-. Y lávate los pies. Y no comas nada raro –se acercó una pulgada, le apretaba la mano con fuerza-. Y si sientes a Azula cerca, corres hacia el otro lado. ¿Me oyes? –su voz tembló y sus dedos se pusieron blancos sobre el pelo de ella-. Corres hacia el otro lado.

-Chispitas… -Toph como que se dejó caer contra él y él la abrazó.

-Como un topo-tejón –insistió-. Solo ve bajo tierra donde no puedan atraparte.

-Todavía estoy enojada por lo de mis pies –porfió Toph entre lágrimas-. Todavía estoy enojada y voy a hacer que me lo pagues…

-Lo sé. Lo sé. Regresaré y te cargaré por todos lados todo el tiempo.

Sokka se acercó gateando hasta ellos y lentamente sacó a Toph de entre los brazos de Zuko. Zuko le alisaba el cabello mientras se alejaba; Sokka la dejó sobre su regazo. Inspiró hondo.

-Entonces. Esto es incómodo.

Zuko casi rió.

-Cuidaré de ella.

-Ni un rasguño. Lo digo en serio, Zuko. Ni un rasguño.

-Ni un rasguño.

-Porque voy a trabajar en mi esgrima y si me entero de lo contrario…

-Lo sé.

Sokka asintió. Se volvió hacia Katara.

-Y tú. Te quiero, pero deja de ser tan peste. Solo enfurecerá más a Azula y a Ozai, y entonces tendrás verdaderos problemas.

Katara cabeceó.

-Tú tambien. No arruines las cosas con Suki.

-Oh, no lo hará –aseveró Suki-. Me aseguraré de ello –la guerrera Kyoshi se giró a Zuko-. Y ey, tú. Si ves a Azula, dile que le mando saludos.

Zuko dijo que sí con la cabeza.

-Nunca me disculpe por lo de tu aldea…

-Oh, Chispitas. Como si tú y tu colita de caballo pudieran contener a Kyoshi –le hizo un ademán desdeñoso-. Tú simplemente ve ahí y dale a esa mocosa petulante lo que se merece. Entonces estaremos a mano.

-Seguro –Zuko se echó las espadas y su mochila al hombro. Se colocó la caperuza. Juntos, fueron hasta Aang. Después de un momento, dejo de retorcer las nubes y los miró fijamente. Zuko se arrodilló ante él, con las palmas contra la silla de montar.

-Por favor no hagas esto –le rogó en voz baja-. Por favor no… Por favor, no me envíes lejos.

Los ojos de Aang se llenaron de lágrimas.

-No te estoy desterrando, Zuko.

-Finalmente te encontré…

-Y me encontrarás de nuevo –Aang sonrió-. Sin importar a donde vaya, sin importar que tan lejos o el tiempo que tome, siempre me encontrarás.

Zuko levantó el rostro. Katara vio lágrimas escapar de su ojo sano.

-Tienes razón –admitió con la voz quebrada-. Sin importar cuanto tiempo o que tan lejos.

-Zuko nunca se rinde –concedió Aang.

-No sin dar pelea –añadió Zuko. Y luego su ojo sano se agrandó cuando Aang chocó con el; envolviéndolo con sus magros bracitos y apretándolo. Y él devolvió el abrazo.

-Necesito al Espíritu Azul –persistió Aang con fiereza-. Me rescataste de Zhao y atravesaste una ventisca cargándome y me ayudaste a atravesar todas esas trampas y necesito que lo hagas de nuevo por Katara.

-Lo haré –prometió Zuko-. No te fallaré.

Por encima del hombro de Zuko, Aang se volvió a Katara. Él parecía muy joven de repente, como cuando habían perdido a Appa, justo antes de que las lágrimas fluyeran con ganas.

-No puedo perder a nadie más…

Katara los envolvió a ambos con sus brazos.

-No lo harás –afirmó-. Ninguno de nosotros lo hará. Va… -apenas podía respirar-. Va a estar bien… es solo por un ratito… -un sollozo salió por su garganta y sintió los brazos de Sokka alrededor de ella y Aang, luego los de Toph alrededor de ella y Zuko. Formaban un pequeño montón de gente llorando.

-Quiero agradecerte –empezó Zuko-. Dejaste que me quedara y…

-Oh, solo cállate y dame la mano, Zuko –interrumpió Sokka.

-Somos tan maricones –indicó Toph. Se secó los ojos con la manga-. No podemos salvar el mundo si seguimos portándonos como bebes llorones.

-Los quiero –dijo Katara-. Los quiero a todos, y…

-Oh, hermanita, por favor no empieces –cortó Sokka, tragando-. No puedo manejarlo si empiezas…

-Estaremos todos juntos de nuevo –aseguró Aang-. Lo presiento.

-Yo también.

-Conmigo somos tres –señaló Toph.

-Tienes razón –accedió Katara-. Vamos a lograrlo –y en el momento en que se puso de pie se sintió fuerte, pero cuando se giró a ver las dos sogas colgando desde la silla de Appa y hacia lo desconocido que estaba al atravesar las nubes, algo en su interior tembló y verdaderas lágrimas salieron y exclamó-: No puedo –el temor helado que había estado reteniendo hasta ahora tomó control sobre sus venas y sus miembros se volvieron de gelatina y su piel se le volvió de gallina. Se imaginó celdas secas y guantes de Dai Li y la sonrisa de Azula. La amenaza se volvía real por primera vez-. No puedo hacerlo. Era una idea estúpida. No puedo dejarte. Esto está mal.

-No, no lo está –contradijo Zuko, detrás de ella. Se paró-. Esto es lo correcto. Y ambos sabemos que tuve problemas haciendo lo correcto, antes –se acercó-. Necesito tu ayuda.

Su vista se volvió borrosa.

-No puedo…

-Esa es una mentira –miraron fijamente las sogas. El viento enjugó sus lágrimas-. Te conozco. Y sé lo que puedes hacer –y él levantó una soga-. Puedes hacer esto –se balanceó fuera de la silla de montar de Appa, parándose cuidadosamente sobre los dedos del pie-. Vamos.

Katara negó con la cabeza. Su propia soga parecía tan lejana ahora. Su mano no la alcanzaría. Solamente podía quedarse en su lugar. Pero entonces Zuko extendió su mano y le advirtió:

-Agárrate fuerte.

Y esto fue más fácil, aunque no sabía por qué. Él agarre de él parecía seguro y de repente pararse no era tan difícil. Lo rodeó por los hombros con los brazos y él le rodeó los de ella. Debajo de su oreja, el corazón de él saltaba como un conejo-canguro. Él estaba asustado. Pero lo estaba haciendo de todas formas. Y eso era suficiente.

-Deséennos suerte –rogó Zuko, y se dejó ir.

El descenso fue muy rápido, y solo tambalearon un poquito cuando golpearon el suelo. Sintió a Zuko darle un tirón a la cuerda dos veces. Algo entre las sombras se movió y de repente la nube del tamaño de Appa desapareció, solo un gemido en el viento. Estaban solos con su tarea. Y por un largo tiempo permanecieron allí parados, recordando como respirar, enjugándose las lágrimas en la camisa o el pelo del otro, aferrándose al último pedazo de casa y de todo lo que importaba.

-.-.-.-.-.-.-.

N/T: Un poco lacrimógeno el cáp, no? Pero, en fin, sé que se pone mejor, lástima que va a haber que esperar. Porque me voy a encagar de BelO ya que se acaba, así que cuando llegue al cáp 7 de dicho fic, nos veremos por aqui ;) Fueron 28 páginas malditas... así que más vale que les haya gustado! mentira, xP Jaja, vieron que en la partecita Kataang ella está pensando en Zuko :3!

Gracias: Rashel Shiru, kuchiki mabel, Donthurt, azrasel (Gracias por leer! bueno, un cap por vez, pero ya ves, ahora van a ser dos seguidos de BelO y después puro MT. Un besote! Gracias de nuevo!), Murtilla(Yo también creo que Aang es para Toph, es una lástima que Bryan y Mike no hayan pensado igual :( La dejaron solita, jajaj. Beso! Gracias por leer y comentar!), Mizuhi-Chan, vane.zutara, Kasumi Shinomori y :) GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!

Y Como ven! Ganó Chispitas! XP JAJA, GRACIAS ! :)