Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Paramount, Mike, Bryan, y Night. No sacó ningún beneficio de esta historia.
Notas: ¡Gracias por todos esos reviews geniales, gente! No tenía idea de que el capítulo anterior iba a ser tan popular. De veras hacen que todo el esfuerzo valga la pena.
Gracias: a OrePookPook, que acuñó el término "buscar perlas" cuando le mencioné el Distrito de la Ostra. (Si les gusta esa broma, ¡agradézcanle a él!). ¡También le debo un agradecimiento a Drisela, quien nos brinda arte nuevo! ¡Y a OrePookPook y Miribai por promocionar la historia!
¡Por que ahora el viento sopla, el oleaje crece y el mar ruge!
La tormenta esta arriba, y todo está en peligro. --William Shakespeare
Más tarde esa mañana, Katara despertó con el sonido de insectos zumbando y un dolor fuerte en el pecho. Era como si Toph los hubiera rastreado de alguna forma y hubiera dejado caer una enorme piedra allí. Katara tosió. El aire se sentía demasiado espeso -- ¿no se suponía que la lluvia limpiara el aire? Se sentó derecha y tosió de nuevo. El dolor permanecía. El sudor le picaba debajo del cabello. Decidió que ya no le gustaba el verano -– prefería mucho más los fríos y vigorizantes vientos limpios y glaciales a la sopa caliente que era la atmósfera de la Nación del Fuego. ¿Cómo alguien podía vivir así?
Cansinamente, se sentó erguida y se estiró. Se ahogó y volvió a toser. Quizás pesqué algo. Meneó la cabeza. No podía enfermarse. Había gente que contaba con ella. Suspirando temblorosamente, se paró, apartó el mosquitero, y se movió con las figuras que Akna le había enseñado. Fue lentamente de postura a postura. Sus pies protestaron. El dolor se esparcía a partir de sus plantas hasta sus rodillas; sentía las ampollas que había estado demasiado cansada como para curar la noche anterior. Trabajar en la casa de té era duro -- requería mucho de estar de pie, y nada de sentarse. No se había percatado del lujo de sentarse hasta ese momento.
No ayudaba que su ciclo estuviera por venirle pronto. Podía sentir el esfuerzo que requería contenerlo. Akna le había enseñado sobre las arterias y venas mayores y cuando se concentraba podía sentirlas latiendo y corriendo con vida. Era como mirar atentamente a un vasto mapa de su propio cuerpo, solo que podía embalsar ciertos ríos con algo (en realidad con muchísimo) esfuerzo. Era lento y ella prefería más trabajar con agua que podía ver. Quería que el mes terminara. Quería que la misión terminara. Un pesado suspiro solamente le causó más tos, así que se paró y se dirigió a la puerta. Al menos podía ir al baño.
Zuko estaba acostado sobre su costado de derecho. A través de la angosta abertura de la puerta Katara pudo pasar, era difícil ver si estaba dormido o solo descansando; la cicatriz hacia que su ojo pareciera eternamente adormecido. Observó su respiración. Parecía profunda y regular; en algún momento durante el alba se había sacado esa extraña imitación de chaleco así que podía ver como subían y bajaban las costillas. Agarrando rápidamente su mochila, Katara atravesó corriendo de puntillas la habitación. Parecía como esas veces en que Sokka y ella habían tratado de escabullirse para jugar sin despertar a Gran-Gran. Zuko frunció el ceño en sueños. Ella instantáneamente ralentizó sus movimientos, y prosiguió con paso muy ligero y cuidado hacia la puerta. Haciendo una mueca y conteniendo el aliento, buscó la llave, abrió la puerta-
-y se acordó que Rari (el viejo pervertido que le había dado el estúpido uniforme que incluso Zuko desaprobaba) quizá estuviera ansioso de echarle una miradita mientras estuviera en ropa interior, si era que estaba levantado y dando vueltas. Pensando rápido, sacó la capa de Zuko del gancho y se envolvió con ella. No estoy robando, se recordó así misma. Voy a devolverla.
Y tenía la intención de devolverla -- después de su baño, y después de que revisara sus bolsillos. El último pensamiento no se le hubo ocurrido hasta después de dicho baño. Mejor dicho, terminó de atarse el cabello, verificó su sostén, limpió sus dientes, se ajustó su collar, se echó la capa encima, y embutió las manos en los bolsillos. Y de inmediato encontró una esquela. Decía: querida Katara. Deja de meterte en las cosas de otra gente. Con amor, Toph. PD.: Sokka escribió esto. Manda saludos. Sokka lo había terminado con una diminuta imitación de un cartel de se busca de La Fugitiva. Del otro lado, había dibujado algo que podía ser Aang derrotando al Señor del Fuego, o dos osos ratones polares peleando por un pedazo de comida.
Katara parpadeó con fuerza hasta que el ardor caliente detrás de sus ojos se fue. La dolorosa constricción de su pecho se constriñó aún más. Empujó la nota de nuevo en el bolsillo de Zuko. Manteniendo la capa cerrada con una mano, le quitó la llave al departamento y entró en él de nuevo. Zuko estaba completamente despierto, ahora, y la habitación que daba a su cuarto estaba abierta. Él estaba echando un vistazo discretamente cuando la puerta frontal se cerró con un chirrido y se giró:
-Oh.
-Hora del baño –explicó, y tosió. Esa educada tos se hizo una tos más grande, ruidosa, menos educada -- parecía casi no podía parar -- y el dolor en su pecho empeoró, se desparramó-. Creo que soy alérgica a la Nación del Fuego -bromeó con un ronquido-. De veras me duele el pecho.
-Es por el humo del carbón –repuso Zuko-. No estás acostumbrada.
-Extraño el aire limpio –admitió Katara.
-Yo también –se acomodó sobre sus pies, luego le dirigió una mirada extraña y desconfiada-. ¿Por qué estás usando mi ropa?
Hasta ese punto, Katara verdaderamente no había considerado que estaba usando la ropa de alguien más. Simplemente estaba tomándola prestada de la misma forma que tomaría una manta extra -- una comparación apta, por como le quedaba ciertamente la capa. Sus manos desaparecían dentro de las voluminosas mangas; debía parecer como si hubiera perdido su otro brazo.
-Oh, perdón. Es solo que no quería que Rari-
-Oh. Claro.
-Sí –se balanceó de talón a punta-. No te agradecí antes, por el delantal.
Zuko se encogió de hombros.
-Está bien –él no se movió. Ella sospechó que estaba molesto porque había tomado sus cosas -- seguía mirando ceñudo sus piernas desnudas que aparecían debajo de su capa. Un color furioso manchaba su pómulo sano y se extendía por su cuello hasta sus hombros desnudos. Tragó y ella vio sus tendones trabajando. En serio que parecía más pequeño, ahora. Se acordó de su cuello que parecía siempre tan grueso, antes. Quizás era solo una ilusión óptica -- su cabello se había vuelto absurdamente greñudo y eclipsaba las otras facciones. Pero ella podía haber jurado que sus brazos solían ser más grandes, más espeluznantes. Quizás siempre fue así, debajo de su uniforme.
Apretando los labios, Katara se movió hacia su cuarto.
-Bueno, mi ropa está ahí dentro, así que si no te importa.
-Tu ropa –parte del cerebro de Zuko parecía haberse apagado. No se movió, solo parpadeó un poquito-. Claro. Está ahí dentro.
-Es mi cuarto, Zuko. ¿Dónde más iban a estar? –se acercó un paso. Él no se apartó. Miraba fijamente la mano que sostenía la capa cerrada-. Sabes, más pronto me dejes pasar, más pronto tendrás tu estúpida capa de regreso –sacudió un brazo. Así de cerca, la tela suelta de la manga solo lo rozaba al subir y bajar-. ¿Cómo es posible que esta cosa te quede bien? ¡Es enorme!
-Eres más pequeña que yo.
-Prácticamente es una manta. ¡Apuesto que incluso puede cubrir el futón!
-Sí. Podría –arqueó su ceja cena-. No necesitas otra manta, ¿cierto?
-¿Qué te pasa, estás loco? ¡Ya hace demasiado calor! ¡Casi que tuve que congelar el agua para bañarme!
Esa sola ceja subió firmemente más arriba.
-¿Puedes hacer eso?
-¿Perdón? ¿Maestra de Agua Control? ¿No te acuerdas del Oasis de los Espíritus para nada? –Arrugó el entrecejo-. ¿Te sientes bien? Normalmente no eres tan estúpido por la mañana.
-Creo… creo que tengo fiebre.
-Será mejor que no –Katara se paró de puntillas y se estiró. Debajo de su palma abierta, la frente de Zuko ardía. Ella hizo un mohín-. Guau, puede que tengas razón –le dio un golpecito en la frente-. ¡No te enfermes! ¡Ahora tendré que hacerte a ti un baño helado!
-Eso quizá se una buena idea.
Zuko tomaba baños muy cortos. Katara se había vestido, hecho su cama e ido hasta la cocina para hacer una lista de cosas para un posible desayuno tardío -- ¿Cómo podían Rari y el resto del distrito dormir con ese calor infernal? -- cuando Zuko apareció en las escaleras con el cabello húmedo. Parecía más él mismo.
-¿Se fue la fiebre? –indagó Katara.
-Por ahora.
Ella se cruzó de brazos y se apartó de los botes de porotos rojos y azúcar.
-¿No deberías tener algunos beneficios por ser un príncipe? Para un tipo que te hace reverencias, Rari no te ha proveído de mucha comida exactamente.
-Está asumiendo un enorme riesgo solo con escondernos aquí.
Katara suspiró.
-Lo sé –se enderezó-. Supongo que esto significa que me voy de compras. Uno no puede comer afuera todos los días.
Zuko parpadeó.
-No… supongo que no… -se dirigió a la puerta-. Déjame buscar mi caperuza.
-Oh, no. De ninguna manera. No vas a ningún lado. Esos dos tipos te reconocieron, ayer. No necesitamos que nadie más se de cuenta de que el Príncipe Zuko está en la ciudad.
-Ellos no saben quien soy –replicó Zuko-. Nunca les dije mi nombre.
-Oh, por favor. Por supuesto que saben quien eres. Nadie es tan estúpido.
-Lo son –le dedicó una extraña sonrisa de satisfacción-. Chan se le tiró a Azula. Es un tarado –volvió a moverse hacia la puerta-. Deberíamos buscar dinero.
-Zuko. Te lo dije. Voy sola –se llevó las manos a las caderas-. Tuviste suerte, ayer. Estaba oscuro y llovía y tenías puesta una caperuza. Pero ahora es plena luz del día, y vas a verte muy sospechoso si vas afuera usando una pesada caperuza sin ninguna buena razón.
Zuko apuntó directamente a su collar
-¡Oh, y tú no te vas a ver sospechosa para nada!
-¡He pasado como de la Nación del Fuego antes!
-¡Te perderás!
-¡La verdulería está bajando la calle! ¿Cómo podría perderme?
Zuko abrió la boca, luego la cerró. Miró fijamente el suelo.
-No sé. Pero no me gusta.
-Estamos tratando de aparentar que no queremos ser atrapados, ¿recuerdas? No tiene sentido que tú te arriesgues a ser reconocido -- estás buscando a tu mamá, ¿no? No puedes exactamente encontrarla si estás arrestado.
-¡Todo el punto es que nos arresten!
-Entonces me aseguraré de decirles a los Dai Li exactamente donde estás si me cogen. Les ahorraré la molestia –puso los ojos en blanco y avanzó hacia la puerta, luego giró sobre sus talones-. Puedes considerar esto como una venganza por haberme dejado ayer.
-¡Estabas dormida!
-¡Podrías haberme dejado una nota diciéndome que te ibas!
Por alguna razón, la mirada de Zuko cayó de inmediato al piso.
-Lo siento –se disculpó-. Te escribiré una nota la próxima vez.
Katara trasladó el peso de un pie al otro.
-Bueno, gracias. Ahora si me disculpas.
-Aguarda, necesitas dinero-
-Tengo dinero. Está justo a-
-No, toma el mío.
Buscó dentro de su ropa y sacó un puñado de piezas de oro. Katara tuvo que evitar parecer excesivamente impresionada -- eso no serviría. En vez de eso retrocedió y protestó:
-No puedo tomar tu dinero.
-Es de Ozai –repuso-. Solo lo saqué de mi cuenta antes de irme.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué cuenta?
-Mi mensualidad –le ofreció una extraña sonrisa-. Ha acumulado tres años de interés.
-¿Por qué había gente interesada en tu mensualidad?
-No lo estaba. Significa… -sacudió su cabeza-. No importa lo que significa. Solo tómalo.
Ella meneó la cabeza.
-Gastaste dinero en mí ayer.
-Gasté dinero en nosotros ayer –le tomó la mano con brusquedad y depositó un montoncito de monedas en ella-. Ahí. Haz lo que quieras con él.
Poniendo los ojos en blanco, Katara echó a andar hacia la puerta. Pero Zuko mantuvo su agarre en su muñeca. Ella tiró pero él no la soltó.
-Oye…
-Y cuando alguien te pregunte para ir a buscar perlas, di que no.
-¿Por qué querría yo ir a buscar perlas? Simplemente puedo encontrar ostras con agua control. Ahora suelta-
-Y si no regresas pronto, iré a buscarte.
Se quedó boquiabierta.
-¿Quién eres, mi papá? Regresaré cuando regrese –sacudió su manos pero solo los atrajo más. Ella retrocedió contra la mesada. Zuko parecía mucho más alto, ahora. Así de cerca podía ver que no se había afeitado -- o si lo había hecho, se había salteado un lugarcito justo debajo de la mandíbula en su costado derecho. Levantó la otra mano para empujarlo pero él se la agarró. Ella le dedicó lo que esperaba fuera una mirada socarrona.
-Déjame adivinar. ¿Quieres salvarme de los piratas?
Él bajó la mirada hasta sus manos. Su ojo sano dio un brinco y la soltó pero no se alejó. En vez de eso tragó saliva y se inclinó hacia delante. Tratando de esquivarlo, se clavó la mesada en la espalda. Casi se resbaló y apenas se contuvo de cogerlo de la camisa antes de detenerse. Él estaba buscando algo encima de su cabeza. Su muñeca hizo un giro seco y bajó la mano, la dejó junto a la suya sobre la mesada.
-Te estaré tomando el tiempo –le advirtió-. Tienes hasta que se acabe el reloj de arena.
Saltó furia dentro de ella.
-Eres tan-
-Si no regresas para entonces, te voy a buscar –apretó la mandíbula-. Y sabes que puedo encontrarte.
Su mano buscó su collar.
-¿Qué vas a hacer, contratar un caza recompensas?
-Haré lo que sea necesario –levantó los ojos de su collar hasta el reloj de arena, y luego de vuelta-. Se te acaba el tiempo.
Katara se aseguró de azotar la puerta al salir. Marchó por la calle en dirección al carrito del verdulero. Un hombre caminando en la dirección opuesta, le sonrió, notando su rostro, se giró sin sutileza. Ella avanzaba azotando los pies. ¿Cómo se le ocurría tomarle el tiempo? Resolvió llegar tarde a propósito. Dejarlo que se cansara intentándolo. Ella estaría segura metida en algún lugar bonito, gastando todo su dinero en algo que no era posible que él disfrutara o de lo que se beneficiara -- una pedicura, tal vez. Con seguridad, la Nación del Fuego tenía spas que eran tan agradables como los de Ba Sing Se. Sonrió de oreja a oreja y se apuró a buscar el carrito-
-y no encontró ninguno. Katara frunció el ceño. Podía jurar que estaba en ese mismo lugar el otro día. Tal vez se acordaba mal. Quizás estaba más adelante. Suspirando, echó un vistazo por la intersección pero no vio ninguna verdulería. Ni siquiera un indicio de una. El día era caluroso y sin viento. Nada se movía. Solo tucanes flamencos volaban en círculo en el cielo. Estaba sola.
-Si estás buscando al hombre de los vegetales, no lo vas a encontrar –le dijo una voz desde arriba. Katara se sobresaltó y miró hacia arriba. Una mirada estaba aireando su futón en el balcón-. Le robaron –continuó la mujer. Golpeó el futón con una cuchara de madera-. Dijo que no iba a regresar. Tendrás que ir al mercado.
Katara casi preguntó: ¿Qué mercado? Pero eso la hubiera traicionado aún más como extranjera, así que solo dijo: ¡Gracias! Y prosiguió hacia las puertas del distrito. Mejor atravesar territorio que ya había visitado una vez. De esa forma sabría cuando regresar al distrito -- ese cartel de la ostra era imposible de pasar por alto. No me voy a perder. No me puedo perder. El puerto está al oeste y hay un gran cartel. ¿Cómo me puedo llegar a perder?
Estaba perdida.
Y ese no era su mayor problema.
Alguien la estaba siguiendo. Alguien cuya presencia tan solo momentos antes había perturbado a una bandada de flamencos tucanes en un techo cercano, obligándola a mirar y ver un borrón oscuro eludir su mirada justo antes de que se le congelara el corazón en la garganta. Alguien que la había estado siguiendo desde entonces.
Al principio, sospechó de Zuko. Acechar a alguien solo para probar un punto era totalmente su estilo. Pero ella conocía a Zuko -- él nunca se dejaría ver. Katara todavía tenía que capturar un verdadero vistazo de su perseguidor, pero ya había visto su sombra. Seguía siguiéndola por los techos de la fábrica, y cuando avanzó bajo las enormes cañerías de acero que goteaban vapor a la tierra seca -- y no en la sombra de esas fábricas -- no tenía otra opción más que exponer esa sombra. Así que mientras mantuviera la dirección hacia el oeste, seguiría viendo esa sombra a intervalos irregulares.
Se detuvo, se arrodilló, y pretendió sacar una piedrita de su zapato. ¿Era un Dai Li? ¿Acaso no viajaban en grupos? ¿Por qué no la habían arrestado todavía? ¿Qué querían? ¿No sabían donde estaba Zuko? Si mantenía su camino hacia el oeste, ¿no los estaba guiando directamente hacia él? Corría sudor por la parte baja de su espalda. Su corazón se azotaba en su pecho. Observó las sombras. Se movían-
-sonaron risas al doblar la esquina. Tres mujeres usando extraños pañuelos doblaron la esquina y pararon. Usaban ropa sorprendentemente similar a las de Katara.
-Oye, ¿estás bien?
Katara se paró.
-Oh, sí. Era solo algo que se metió en mi zapato.
-Bueno, será mejor que regreses a tu trabajo –clamó una-. Nuestro descanso casi termina.
Katara parpadeó.
-Oh, claro... trabajo...
La miraron ceñudas.
-¿Estás segura que estás bien? –Inquirió la del medio-. ¿Necesitas ver a la enfermera de la compañía?
Katara alzó las manos.
-Oh, no, está bien. Es solo... que soy nueva aquí. Me perdí un poco.
-Oh, no hay duda de porque no tenías tu máscara –exclamó otra de las mujeres. Hurgó en su bolsillo y sacó otro pañuelo-. Es por eso que siempre tengo de más. Si no usas uno de estos, te vas a enfermar. No quieres perder salario, ¿verdad?
Ella cogió el pañuelo.
-Supongo que no…
-Todo mundo se pierde en su primer día. Toda esta manzana es propiedad de Haganegikou. La próxima vez, solo sigue el sendero –señaló un grupo de hierros y maderas atadas en el lado este de la fábrica. Mientras Katara miraba, dos hombres sudorosos con un carro se abrieron paso con un chirrido bajando por el sendero. Su carro cargaba con gruesos montones de carbón. Desaparecieron dentro de las fauces abiertas de la fábrica-. Te guiarán de regreso.
Ella tragó.
-Genial…
Sonaron campanas en el edificio más cercano.
-¡Se acabó el tiempo! –tiraron de sus mascaras. Katara hizo lo mismo.
-No te preocupes –dijo la mujer que le había dado su máscara a Katara-. Si eres de medio tiempo como nosotras, el turno dura apenas un poco más. Trabajamos hasta la tarde, cuando los chicos salen de la escuela. Esta compañía es realmente buena con esa clase de cosas -- ¡tienes suerte de estar aquí!
-Suerte… -repitió Katara-. Claro…
Para su sorpresa, la mujer en el extremo más alejado del grupo enlazó su brazo con el de ella.
-Vamos –alentó. Katara se encontró mirando fijamente una sonrisa amistosa. La mujer hizo un gesto hacia una multitud que se reunía de mujeres enmascaradas de rojo. Empezaban a filtrarse dentro de la fábrica -- cada una menos distinguible de la otra, como esa vez que Aang les había dado a todos cintas en su baile. Y lentamente, Katara empezó a sonreír.
-Gracias –le respondió-. Estaría en problemas sino fuera por ustedes.
-Ese es el espíritu –rió la mujer cuyo fuerte brazo estaba ahora enganchado al de Katara-. Ahora si tan solo dejaran de mandar tantos obuses a nuestro sector…
-¿Obús?
-Ya sabes –insistió su nueva compañera-. ¿Para las bombas?
-Solo lo mejor para nuestros muchachos en el Reino Tierra –exclamó la del medio. Katara se quedó muy tiesa. Levantó los ojos y por primera vez leyó el letrero sobre la muerte. Decía MUNICIONES en grandes y anchas pinceladas. Y el letrero se acercaba a medida que las mujeres sonrientes la apuraban con ellas, mientras la campana sonaba de nuevo y oía el chirrido de metal contra metal. Y en la distancia, como a través de millas de agua, escuchó:
-¡Ese es un collar precioso! ¿No es de la Tribu Agua del Norte?
El estómago de Katara cayó en picada. Tragó con la garganta seca.
-Mmm…
-Guau, ¿tu novio sobrevivió al Asedio del Norte? –la que la tenía del brazo la codeó-. No seas tímida. Fue tu amorcito el que te dio ese collar, ¿cierto?
Katara asintió con la cabeza. Su voz parecía mucho más fina. Se alegraba de la mascara.
-Cierto…
La mujer a su derecha le ofreció una sonrisa soñadora.
-Eres tan afortunada. Desearía que alguien me trajera un trofeo a mí.
La fábrica era una pesadilla de calor y ruido. La acomodaron rápidamente en una línea de montaje. Esa línea estaba a un costado de una cinta transportadora. Rinocerontes de Komodo dentro de unas ruedas del tamaño de un hombre caminaban un círculo sin fin, y las correas atadas mantenían las ruedas girando. Sobre cinta había simples tubos de metal. Alguien le entregó a Katara un trapo. Observó a las otras mujeres coger los tubos y empezar a lustrarlos. Cuando terminaban, los dejaban y levantaban otro. Venían más por una rampa en la pared.
Katara miró la carcaza en sus manos.
-Es solo metal –comentó una de las mujeres-. No te morderá.
No. Solo haría volar la casa de alguien. Haría un hueco en la tierra donde antes no había uno. Sacaría a flote un sumergible. Explotaría y destruiría y aniquilaría. Estaba ayudando a hacerlo -- porque estaba escondida, porque había Dai Lis afuera, porque estaba sola, porque estaban en una misión más grande, por Aang, por ella…
-Aunque morderá a alguien más, ¿no? –preguntó. Le temblaban las manos.
-Oh, puedes apostarlo. Pero no te preocupes -- solo tienes que bombardear un pueblo antes de que los demás caigan en línea –la mujer cerró un ojo y miró dentro de la carcaza-. Digo, no es como si alguien realmente quiere que esta guerra siga.
Katara se permitió sentir esperanza.
-¿De veras lo crees?
-Lo sé. La gente no es tan diferente. Todo lo que quiere es que sus muchachos vuelvan a casa. Es solo que la gente como el Rey Tierra son realmente tercos -- ¿sabías lo oprimida que estaba la gente de Ba Sing Se? Su rey les mintió sobre la guerra. La princesa Azula hizo lo correcto al instalar un nuevo gobierno. Ahora son gobernados por su propia gente, cooperan con nosotros, y nosotros conseguimos todo el carbón que pudimos necesitar alguna vez –la mujer dejó la carcaza y cogió otra-. Te lo digo. Antes regrese el Cometa de Sozin, mejor estará el mundo entero.
Katara oyó la tubería llena de vapor sobre su cabeza empezar a temblar y traquetear.
-¿Me disculparías un momento? –inquirió-. Tengo que usar el cuarto de baño.
-Fuera de esas grandes puertas y a tu izquierda –indicó la mujer.
Katara retrocedió de la línea y cruzó las grandes puertas. Siguió otra mujer a través de una puerta ribeteada de acero con una placa de un pequeño dragón azul. Dentro había una serie de asientos todos detrás de pequeños compartimientos separados, y el sonido del agua corriendo debajo. Había mujeres cuchicheando delante del lavadero cuando ella entró donde hacían jaleo con el agua y el jabón. Katara se deslizó dentro de un baño y cerró la puerta con violencia detrás de ella, usando un extraño cerrojito para mantenerla cerrada. Suspiró y se cubrió los ojos con la mano.
Despierta. Este no es el barco prisión -– no estás rodeada por el océano, y esta gente no quiere ser liberada. Son felices. Son estúpidos e ignorantes y están mal, pero son felices. Y no puedes hacer agua control frente a ellos.
Su respiración salió demasiado fuerte. Oyó a las otras dos mujeres en el lavabo abandonar la habitación, luego la tercera que había seguido. Ahora estaba sola. Katara se destapó los ojos y miró con atención el piso. Tenía una enorme rajadura irregular que lo atravesaba, como si un terremoto o una erupción hubiera sacudido el piso después de que las baldosas fueron puestas. Eso era algo que tenía la Nación del Fuego -- era una poderosa cosa asentada sobre una serie de fieros gigantes dormidos que podían hacer arder el centro de su pequeño y aspirante imperio de la faz de la tierra en minutos. Era la clase de fuerza que fluía debajo de la superficie de su tierra, como el agua corriendo a través de los canales de esa misma fábrica. Si tan solo hubiera una erupción…
Katara sintió la sonrisa desparramándose por su rostro antes de que la idea se haya formado verdaderamente en su cabeza. Miró fijamente el agua que corría debajo del asiento, luego las tuberías sobre cabeza. Estaba rodeada de agua. Podía parar la construcción de esas bombas. No para siempre, por un ratito -- y podía escapar con los demás trabajadores cuando evacuaran. Sonriendo de oreja a oreja, se paró en el retrete y empezó a revolver el agua en los caños. Se congelaron. Incluso sin usar el vestido o el velo, era todavía la Dama Pintada. Y había destruido cosas más grandes.
Saltó del retrete y abandonó el cuarto. En vez de volver a entrar en el piso de la fábrica, siguió caminando, pasó una puerta marcada con un dragón rojo y bajó por otro corredor. Doblando en una esquina se encontró con escaleras: sus pisadas sonaban huecas sobre el acero. Subió y de repente la fábrica se extendió debajo de ella: cañerías, fuegos de carbón, cinturones, ruedas, cadenas, ruido, fuego, trabajadores. Si seguía subiendo, acabaría en una terraza especial
Que parecía reservada para los capataces -- dos hombres que bebían té bajo una ventana abierta. Se agachó entre las sombras, respiró hondo, y levantó los brazos. Instantáneamente, sintió el vapor y el compuesto acuoso dentro de las tuberías le respondió. Sonriendo con satisfacción, atrajo sus manos sobre el pecho. Cubrió cada caño con escarcha. Se juntó sudor sobre su ceño, y en su cuello. Y el acero protestó gruñendo.
Exhalando con los dientes apretados, Katara empujó el hielo por los tubos haciéndolo bajar. Escuchó los crujidos y sintió el agua caliente y presionada en las cañerías luchar contra sus esfuerzos, lamiendo el hielo mientras ella lo tiraba más hacia abajo. Oyó los primeros gritos de confusión, sonrió, y dejó caer sus brazos. Apenas bajó las escaleras, y volvió a entrar en el pasillo –
-sintió una mano húmeda amordazándole la boca. Sabía a sal. Forcejeó bajo el agarre y codeó el cuerpo detrás de ella. Vio a sus talones desesperadamente tratar de encontrar tracción al tiempo que una pesada puerta se abría con un chirrido tras ella y entraban en otro baño -- el de hombres. Entonces de veras empezó a pelear, y él la azotó contra el compartimiento.
Zuko era la furia personificada. Le habló apretando los dientes.
-¿Qué crees que estás haciendo?
Ella se sacó la mano de encima y la arrojó hacia atrás.
-¿Me estabas siguiendo antes?
Él frunció el ceño.
-¿Qué? No.
-Lo digo en serio, Zuko. ¿Me seguiste cuando me fui?
-No. Esperé. Esperé y esperé… -su boca se endureció-. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no regresaste?
-Alguien me siguió –explicó-. Alguien me estaba persiguiendo.
Su ojo sano se agrandó.
-¿Los Dai Li?
-¡No lo sé! Pero no quería llevarlos hasta allá, así que tuve que pretender que trabajaba aquí –levantó las manos. Estaban cubiertas de mugre, se habían formado pequeñas medialunas negras debajo de sus uñas por el hollín y la suciedad dentro de cada obús-. ¿Ves?
Él miró fijamente sus dedos con algo que competía entre el horror y la incredulidad. Y justo entonces la puerta se abrió. Zuko se quedó helado. Se llevó un solo dedo a sus labios y bajó la mirada a sus pies juntos en el piso, claramente visibles debajo de la puerta del compartimiento. Cerró los ojos con fuerza y se las arregló para aclararse la garganta ruidosamente. El hombre que había entrado dejó de moverse -- su sombra se detuvo.
-Oh, perdón –se disculpó en cierta forma avergonzado, y pronto la puerta se cerró.
Katara no podía contener las risitas por más tiempos.
-Estás violeta –comentó, señalándolo-. Toda tu cara está -Sobre ellos, un caño escupió un tornillo y salió siseando vapor-. Oh, cielos –exclamó-. Parece que me dejé llevar un poco… -una campana empezó a sonar. Escuchó gritos en el pasillo-. Eh, quizás deberíamos irnos, antes de que explotemos…
-¿Explotemos? –Zuko sacó la puerta de sus goznes de una patada. Se giró y levantó un dedo-. Nunca vas a volver a dejar la casa de nuevo.
Katara echó a andar hacia la puerta.
-¡Pelea luego! ¡Escape ahora! –patinó hasta el pasillo y se dirigió a la derecha. Pero un tirón de su vestido la hizo moverse hacia la izquierda y subir por las escaleras de nuevo-. Oye, a dónde-
-Más rápido –contestó Zuko, y la empujó para que subiera las escaleras.
-¡Pero podemos escapar con la multitud! ¡Ese era mi plan!
-Cambio de planes –corrieron hacia la terraza del capataz. Zuko se arrodilló bajo la ventana-. Vamos.
Frunciendo el ceño, Katara puso un pie sobre su rodilla. Luego él la levantó y ella se retorció para subir por la ventana; cayó en un pequeño remiendo de techo que se conectaba al piso mediante caños. Zuko salió un momento después. Ella se volvió a él.
-¿Cómo se supone que esto nos ayude a escapar exactamente?
Él señaló hacia abajo. Allí, en el piso, alejado de donde los otros trabajadores habían evacuado había un segundo juego de vías -- y un carro de carbón vacío. Katara se iluminó.
-Muy bien, me gusta el nuevo plan.
Dentro de su fábrica, escucharon el estruendo de las tuberías haciendo combustión. Zuko arqueó su ceja sana.
-Vamos.
No necesito que se lo dijera dos veces. Agarró el caño, respiró hondo, y se tiró. Zuko la siguió un segundo después. Él tomó un lado del carrito de carbón.
-¡Empuja! –ella agarró el otro y empezó a correr junto a él. Pasaron las fábricas y la multitud de gente y oficiales que se acercaban. El carrito empezó a traquetear y deslizarse del agarre de sus dedos-. ¡Salta!
Katara saltó. Luego entró en el carrito y Zuko le dio un último empellón y estaban moviéndose cuesta abajo y él también saltó, y los cubrió a ambos con su capa. Así de cerca podía ver su pulso martillando bajo su mandíbula. Sus rodillas estaban en algún lugar cerca de las cuencas de sus ojos.
-Estás loca –se quejó Zuko, desde su mala posición-. Arriesgaste todo y pusiste toda la misión en peligro.
Katara hizo una mueca. El carro traqueteó.
-Sokka dijo lo mismo después de que hice volar esa otra fábrica.
Zuko quedó con la boca abierta.
-¿Hubo otra?
Su mueca se profundizó.
-Bueno, estaba contaminando el río, y toda la aldea estaba sufriendo, y cuando ayudé a Aang a volar el taladro de Azula.
-Devuélveme mi dinero.
-¡Ey! ¡Dijiste que era nuestro dinero!
-¡Te mandé a buscar comestibles y saboteaste todo un depósito de municiones! –Zuko se recostó violentamente contra la izquierda y tiró el carrito. Rodó libre y se sacudió el polvo-. Y si realmente quieres sobrecargar una caldera, necesitas un maestro fuego contigo.
Katara miró su vestido lleno de hollín.
-Mantendré eso en mente.
Como cena comieron patas de cangrejo araña de lodo en vuelto en hojas verdes y escabeche salpicado con cebolletas, repollos y semillas de sésamo.
-Solo no pruebes la salsa –le sugirió Zuko-. Es demasiado picante para ti.
-Gracias –respondió, y chupó más carne de su pata de cangrejo. Afuera, una húmeda neblina se había asentado sobre el distrito, y oscurecía las pocas linternas encendidas bajo una envolvente niebla sedosa. Su mente se sentía un poco así. Hoy había trabajado en una fábrica de municiones de la Nación del Fuego. Ayer había servido té a ciudadanos de la Nación del Fuego. Y en medio, había empezado a compartir ese espacio con la persona que una vez la había atado a un árbol, la persona que le había robado su collar, que le había robado a Aang, que se había unido a Azula. Y que le había comprado la cena. Dos veces.
-¿Te gusta tu cangrejo?
Ella dijo que si con la cabeza.
-No sabe como si hubiera salido del barro para nada.
-¿Dormiste bien?
De nuevo asintió.
-Creo que quizá le esté agarrando la mano a dormir durante el día. Pero tomar dos baños todavía se siente como un desperdicio, incluso si estaba cubierta en hollín –contempló la gran pierna rosada de cangrejo en su mano-. ¿Saliste mientras dormí?
Zuko sacudió la cabeza.
-Le pedí a Rari que fuera. No quise irme –tragó-. Ya sabes, en caso de que alguien apareciera.
-Claro –cogió algunos fideos-. Supongo que deberíamos tratar de descubrir quien era ese tipo que me estaba siguiendo, ¿eh?
-¿Estás segura que era un hombro?
Alzó las cejas.
-Eso creo. Aunque no lo vi bien –puso su mano sobre su taza de té de hibisco y observó como se formaba un terrón de hielo en el medio. Levantó la taza transpirada y la sostuvo contra su cara, luego contra su cuello-. Creo que me contagié de tu fiebre.
Zuko casi sonrió, aunque ella no tenía ni idea de por qué.
-Lloverá pronto –anunció-. Luego te sentirás mejor – y con eso se estiró y tomó la pata de cangrejo de ella. Enrollándola firmemente con su envoltura de hojas, usó las verduras como un almohadón para ayudarse a azotar la pierna en varios lugares. Sus muñecas se flexionaban y ella escuchaba el crujido del hueso apagado por las hojas. Cuando desenrolló las hojas, la pata se deshizo en segmentos que exponían carne de cangrejo brillante y desconchada.
-Guau, realmente estabas enojado con ese cangrejo –pero sus ojos no estaban en el cangrejo, estaban en su taza de té enfriada-. ¿Quieres que le haga lo mismo a la tuya?
-Mmm, solo tengo curiosidad…
Ella sonrió y se estiró para coger la taza y enfriarla.
-Ahí tienes.
-Gracias –levantó su té helado-. Mmm… he estado pensando… sobre hoy… -se frotó la nuca-. Tu papá y tu hermano van a enfadarse conmigo por perderte…
Katara bufó.
-No si no saben –levantó la mitad de un yuzu y lo apretó sobre el cangrejo. Quedó cubierto de jugo ácido. Mantuvo la fruta aplastada en un puño-. Te propongo un trato. No les diré como me trajiste al peor vecindario de la ciudad, si tú no les dices del uniforme que estoy usando. ¿Trato?
Él asintió.
-Seguro –probó su té-. Está bueno. Es muy, eh, refrescante.
-Hace demasiado calor para bebidas calientes –Katara se dejó caer al suelo. Las esteras tenían un olor a pasto nuevo que le gustaba. Desde ese ángulo, podía ver las nubes que se amontonaban a través de la ventana-. ¿Crees que nos encuentren pronto?
-… Probablemente.
Ella asintió.
-Al menos eres bueno para salir a escondidas de los lugares
-Y tú eres buena para meterte a escondidas dentro de los lugares. Y para destruirlos. Y para robar cosas.
Katara le dedicó su mirada más irritada.
-Bien, no habrá carámbano de té para ti –sacudió dos dedos sobre su té, levantándolo en el aire en una fina cinta roja. Luego congeló el té a sus dedos y empezó a chuparlos. El hielo no sabía mucho, pero se sentía bien. Y Zuko la estaba mirando fijamente con lo que seguro era pura envidia. Se sacó el hielo de la boca-. ¿No desearías haber sido más amable?
-Sí –contestó-. Desearía haber sido más amable –rodó sobre su estómago. Levantó su té con ambas manos-. Buscar perlas significa que alguien quiere salir contigo –explicó de repente-. Es jerga. Significa que alguien quiere pagarte para que salgas con él y… seas su novia por un rato –escuchó el hielo tintineando en su taza-. Entonces… solo creí que deberías saber. Por si alguien te pregunta de nuevo, digo.
Katara arrugó el ceño. Chupó su carámbano.
-Pero la gente que me lo preguntó ya tenían novias. Vinieron con sus citas.
-Esas no eran novias reales. Eran novias pagadas.
-¿Por qué le pagarías a alguien para que sea tu novia?
-¡No lo sé! ¡Nunca lo he hecho! –Zuko dejó caer su cabeza-. Solo diles que no. Sin importar cuanto te ofrezcan.
Ella arqueó una ceja.
-¿De veras ellos querían ser mis novios? ¿Todos ellos?
-… Por un ratito.
-¿Cuánto es un ratito?
Zuko se coloreó.
-Depende del hombre –se aclaró la garganta-. De cualquier forma, es algo que solo hombres realmente desesperado hacen y ya tenemos suficientes problemas.
Eso era verdad. Ella había ido a ahí a hacer un trabajo, no a soportar tipos tan solitarios que les pagaban a las mujeres solo para sentarse y tomar té con ellas, o sea lo que sea que la gente de la Nación del Fuego hacía en sus citas. (Sospechaba que tenía algo que ver con reírse propagandas de espectáculos de títeres y construir casas de verano en propiedad de refugiados.) Cerró los ojos.
-Oye –llamó. Las palabras eran más fáciles con los ojos cerrados-. ¿Cómo supiste dónde encontrarme?
-Eso es fácil –replicó Zuko-. Miré por todos lados, y no me detuve –hizo una pausa-. Así es como siempre te encuentro.
La lluvia llego y con ella, los clientes. Se filtraban dentro del Perico Gorrión Azul, hacían sus pedidos, le preguntaban a Katara si era nueva. Ella sonreía y hacia su mejor esfuerzo y con un poquito de agua control -- nada que alguien pudiera notar -- evitó derramar té sobre hombres con brazos del tamaño de troncos. Se sentía bien. Se sentía bien hacerlo bien en un trabajo que no tenía que ver con salvar el mundo o re-inventar su control o ocuparse de gente que la necesitaba desde el momento en que la conocían.
Las cosas estaban yendo bien.
Y entonces una flecha llameante se clavó con un golpe sordo en la pared encima de su cabeza mientras llevaba tazas vacías a la cocina, su cola vibraba en el aire y su llama quemaba la madera. Y el diminuto saco atado a la brillante punta de flecha se inflamó. La pared de la cocina explotó en una lluvia de vidrio, arena, y té -- los relojes de arena hecho pedazos ahora, estaban desparramados por todo el piso así como los canastos caídos de azúcar esparcían sus contenidos en la mesada. Y Zuko estaba encima de ella y su mano mantenía su cara contra el azúcar y se quejaba con voz tensa:
-Casas de té. ¿Por qué siempre casas de té?
Katara tosió.
-¿Los Dai Li están usando flechas en llamas, ahora?
-Quizá son los Yu Yan –Zuko hizo un mohín. Miró al jardín trasero. Caía vidrio de su cabello-. No tengo mis espadas.
Katara lo miró arqueando una ceja.
-¿Cuándo eso te ha detenido?
Él sonrió con suficiencia. Se salió de encima de ella y ambos saltaron hacia atrás. Ella se quitó el delantal y sacó el agua hirviendo directamente de las teteras y él creó una daga de fuego en cada mano. Desde la puerta de entrada, otra flecha vino en su dirección; Katara la bateó en el aire. Se partió inofensivamente en dos. Y los clientes que no habían gritado o huido empezaron a hacer ambas. Alguien saltó a través de la ventana – una pequeña figura con el cabello alborotado que blandía dos manos llenas de navajas.
-¡Esto es por Jet!
Smellerbee salto en el aire. El acero brilló en sus manos; usaba guantes negros con garras filosas. Zuko pateó una silla hacia arriba, la agarró y la sostuvo sobre su cabeza. Las navajas de la chica cortaron la madera al tiempo que otras tres flechas ardientes atravesaron disparadas la casa de té. Katara levantó un escudo de hielo. Las flechas se apagaron al tocarlo, y ella transformó el hielo que quedaba en una bolea de agujas congeladas. Silbaron al cruzar la ventana. Smellerbee gruñó y embistió contra Zuko; él armó un látigo de fuego y lo abalanzó sobre sus pies. Ella saltó.
-¡No quiero lastimarte! –clamó Zuko. Sacudió el látigo de nuevo y blandió los restos astillados de la silla al tiempo que retrocedía.
-¡Entregaste a Jet a los Dai Li! –Smellerbee balanceó sus navajas en dirección a Zuko.
Katara disparó hielo hacia las muñecas de la chica; se congelaron juntas. Las hojas estaban cubiertas de hielo.
-¿Entregaste a Jet a los Dai Li?
El ojo sano de Zuko se abrió como un plato.
-¡Fue un accidente! ¡No era mi intención!
-Ellos le lavaron el cerebro-
-¡Él me atacó! ¡En una casa de té! ¡Así como esto! –Zuko se agachó cuando Smellerbee corrió hacia él; agarró sus muñecas unidas por el hielo y las usó como palancas para obligarla a caer al suelo. Smellerbee se retorció y le escupió en la cara. Se volvió hacia Katara.
-Y tú te has unido a él –le reclamó con un tono como roca-. Creíamos que estabas de nuestro lado.
-Estoy de su lado… -Katara se lamió los labios-. Estamos juntos porque… Porque…
-Estamos buscando a mi madre –intervino Zuko-. Me uní al Avatar-
-¡Sí, claro! –Smellerbee abrió bien grande la boca-. ¡Longshot! ¡Sácalos de la madriguera!
Algo cayó desde la ventana – un olor a pimienta llenó el aire. Katara vislumbró un manojo de pequeños sacos los cuales emitían los humos nocivos. Se le aguaron los ojos y tosió. Le ardía la garganta. Se tapó la boca. Zuko estaba tosiendo; la agarró del codo y la condujo fuera del salón, a través de la cocina, y hasta la veranda. Ahí en la lluvia estaba una enorme y familiar figura. Algo los atacó de repente y el cuerpo de Katara quedó flojo. Se desplomó en el barro. A su lado, Zuko cayó.
Alguien saltó para unírseles. Salpicó barro en la cara de Katara, en su cabello. Su nuevo uniforme estaba empapado, ahora. Lo sentía desparramándose fríamente a lo largo de su estómago desnudo. Entraron botas en su campo de visión. La lluvia empezó a repiquetear.
-Saben, yo predije esto hace un tiempo ya –recordó la voz de una mujer. Se inclinó hacia abajo y Katara vio el cabello negro y los labios oscuros-. Y de veras me encanta tener razón.
-Jun –el viejo gruñido de Zuko había regresado.
La caza recompensas sonrió.
-Ella sigue siendo demasiado bonita para ti, cara de ostra –su mirada fue sobre Katara-. ¿Qué estás haciendo con este perdedor? ¿Cómo te convenció para que te deshicieras de tu hermano y el niño?
-¡Él no me convenció de nada! ¡Déjanos ir! –Katara trató de forcejear pero no funcionó; solo su cuello quería moverse.
Jun hizo un puchero.
-¿Y perderme todo ese dinero de recompensa? No lo creo.
-Lo que sea que mi hermana te esté pagando, puedo doblarlo –aseveró Zuko.
Jun arqueó su ceja perfectamente depilada. Groomed.
-¿Tu hermana? Oh, no. Tu familia no se interesa lo suficiente por ti como para ponerle un monto a tu cabeza –se arrodilló y sonrió de oreja a oreja-. ¿Pero por el Espíritu Azul? ¿Y la Dama Pintada? Esa es otra historia.
¡Fiu! Este capítulo de veras tiene un montón de re-escritos, así que ahora me siento doblemente culpable por todos los errores que usualmente descubro después de postear. Solo quiero agradecer a todos por su apoyo y reviews y dibujos. Esta historia esta volviéndose algo especial, ¡y eso es gracias a ustedes!
N/T: Perdón sinceramente por ese traspapeleo de capítulos que se me armó, muchas gracias a los que leyeron el capítulo anterior, a los que leen ahora, :P y no dejan review, a los que dejan review y a los que siguen agregando la historia a favoritos. Exactamente como Fandomme dijo, ustedes hacen que todo el esfuerzo valga la pena. Un beso gigante y muchas gracias Marazula por marcarme el error! :)
