Maestros Tormenta

Fandomme

Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Mike, Bryan y Night. No sacó beneficios de esta historia.

Notas: Guau, ha habido una gran lluvia de apoyo para esta historia. De nuevo me preguntaron si escribo para el show, y me entristece decir que no es el caso. (Hola, chicos, si están leyendo esto. Siéntanse libres de confirmar que nunca trabajé para el show, que se está terminando y todo)

Agradecimientos: A todo el que ha hecho arte, íconos, contribuido con citas, promocionado esta historia en LJ y DA, y en general ha hecho que sea más divertido trabajar en esta historia. ¡Gracias Fishy701 y MillyMonka por el arte nuevo!


Una catedral, la onda de una tormenta, el salto de un bailarín, nunca resultan ser tan grandes como lo esperamos. –Marcel Proust


De acuerdo al mapa que Piandao les había dado, la escalera dentro del conducto principal se extendía hasta un subsuelo con acceso a los túneles que llevaban al bunker y las Catacumbas. Afortunadamente, Katara y Zuko no necesitaban ir tan lejos; se detuvieron en el piso etiquetado como "Salón del Trono", y saltaron a la rejilla de metal. Otro panel con mirillas les permitió verificar si había guardias en el interior, pero no vieron ninguno merodeando en las sombras.

Tampoco vieron un trono.

-¿El mapa está mal? –preguntó Katara.

-No –respondió Zuko-. Estamos en el piso correcto, solo que en la habitación equivocada –se arrodilló, apretó el panel, y la hizo pasar. Luego pasó él y deslizó el panel en su lugar. Iluminando con una pequeña llama en su palma, mostró gabinetes llenos de pergaminos apilados unos sobre otros, y largas mesas de trabajo de oscura madera lustrada. Un Señor del Fuego particularmente marchito y viejo vigilaba la habitación con la forma de una larga pared colgante. Sostenía rollos en ambos brazos.

-¿Es una biblioteca?

-Sí –afirmó Zuko-. Aquí es donde se espera antes de hablar con el Señor del Fuego. Ahora sé por qué –volvió su cabeza hacia el panel lleno de mirillas tras ellos. De este lado del panel, las mirillas estaban brillantemente disimuladas en un mural de pájaros en un árbol. Desde el otro lado de la habitación, el Señor del Fuego podía observar a todos sus visitantes y oír sus planes antes de que entraran a su estancia.

-Sabes, ustedes son verdaderamente paranoicos.

-Solo porque tenemos una buena razón –replicó Zuko, pasando juntos a unos sofás y hacia la puerta. Apoyó la oreja en ella y escuchó un momento antes de retroceder-. Esto no está bien –determinó-. No estamos ante la entrada al salón del trono directamente. Debe haber guardias esperándonos una vez que doblemos la esquina. Si nos ven, estamos muertos.

-¿No podemos simplemente dejarlos fuera de combate?

-Puede que aún así nos vean, y les digan a los demás cuando despierten. E incluso si no nos ven, tendrán que informar lo que sucedió. Azula sospechará de nosotros de inmediato.

Katara se mordió el labio.

-¿Así que lo que estás diciendo es que tenemos que noquearlos, hacerlo parecer totalmente natural, y ser invisibles al mismo tiempo?

Zuko asintió.

-Algo así.

Ella hizo una mueca.

-Supongo que no le van a abrir la puerta a la Dama Pintada, ¿no? –se sentó en el sofá y miró fijamente los pergaminos que los rodeaban. La llama de Zuko se sacudía más allá de su vista, iluminando los títulos: Fuego Control y Parto, Anatomía del Maestro Fuego Sano según el Maestro Gei Ren. Una sonrisa de oreja a oreja atravesó sus facciones. Chasqueó los dedos-. ¡Eso es!

-¿En serio? ¿Donde vas a conseguir pintura roja para la cara?

-Chispitas, por favor –Katara se puso de pie-. Sé que hacer. Vamos.

-¿Cuántos? –averiguó Katara.

Zuko se deslizó de vuelta alrededor de la esquina y abrazó la pared.

-Dos.

-¿Despiertos?

-Más o menos. Uno cabecea.

Katara apretó los dientes.

-Si esto no funciona, tenemos que regresar a los túneles y dirigirnos al río.

-No pienses en eso. Sólo haz lo que tienes que hacer –Zuko sonrió-. Sé que puedes hacerlo. Solo ve por ello.

Se sintió devolviéndole la sonrisa antes de que pudiera detenerse. Una cosa era cuando tu papá o tu hermano o tus amigos creían en ti. Era algo totalmente diferente cuando esa creencia venía de alguien que solía intentar azotarte con látigos de fuego. El suelo bajo sus pies de repente se sintió mucho más firme. Suspiró y se acercó a la pared hasta la línea de luz de las lámparas donde terminaban las sombras. Le dio un vistazo rápido a los guardias: dos, como Zuko había dicho, y el de la derecha estaba casi dormido. Retrocedió, levantó los brazos, y cerró los ojos.

La sangre en sus cuerpos le respondió inmediatamente. Se concentró en él más débil –su amigo no notaría que se caía arrugado al suelo – y se enfocó en su cuello. Akna le había enseñado las venas y arterias cruciales. Retorciendo los dedos, Katara le cortó su circulación en los dos pasajes apropiados. Sudor empapó el nacimiento de su cabello mientras retenía la sangre. Le dolían los dedos y pensó que podía sentir el fantasma de la lucha en su cuerpo, pero luego se quedó lentamente dormido. El otro guardia fue fácil después de eso, nada más un simple capirotazo de los dedos y sucumbió.

-Sorprendente –murmuró Zuko.

El dolor y las estrellas explotaron detrás de sus ojos, pero Zuko le tomó la mano y la guió a través de las cortinas y dentro de ese cuarto que era como un bosque, tan lleno como estaba de columnas en punta y candelabros de pared. Parpadeó y vio el contorno de un inmenso dragón dorado a la luz que arrojaba la temblorosa llama de Zuko. Él estaba sobre un estrado, tanteando dentro de un asiento cubierto.

-¿Esto es…?

Zuko se llevó un único dedo a los labios, retiró el almohadón, y envió una llamarada de fuego desde su mano. Algo hizo clic, y entonces él empujó todo el trono. Le hizo un ademán. Todavía mareada, Katara intentó subir gateando al estrado, pero Zuko simplemente le agarró la mano y tiró de ella. Tambaleándose, miró fijamente a lo que parecía ser un gran y oscuro hoyo.

-Tú primero –indicó él.

-¿Qué? Tú...

Afuera, alguien dijo:

-¿Te dormiste? –y eso fue todo el estímulo que necesitaba; saltó dentro del hueco…

… y rápidamente descubrió que era un tobogán. Se tapó la boca para no gritar. Detrás de ella, la trampilla del trono hizo un clic al cerrarse antes de que escuchara el susurro de las ropas de Zuko a lo largo de las paredes tras de si. En total oscuridad, solo podía sentir su cuerpo deslizándose vagamente hacia abajo antes de que el tobogán acabara abruptamente en otra trampilla y la escupiera. Aterrizó sobre sus rodillas. Zuko venía a pique detrás y ella cayó de cara al piso. Encima de ella, Zuko respiraba con dificultad.

-Así que –anunció-. Estamos aquí.

-No puedo respirar.

-¡Ah! Perdón –Zuko rodó fuera de ella y armó una pequeña bola de fuego. La danzarina luz mostró un tramo de escaleras que llevaba hacia arriba, y en la pared opuesta, una enorme puerta dorada tallada con un dragón cuyo cuerpo se ataba a sí mismo en un intrincado nudo. La boca del dragón se abrió con un bostezo, igual que el enorme dragón detrás del trono de Ozai.

-¿Todo aquí tiene que tener un dragón encima? –inquirió Katara.

Zuko estaba examinando la puerta. Se paró de puntitas y espió dentro de la boca del dragón.

-Tío dijo que teníamos que disparar el relámpago dentro de esta cosa.

-Esa es tu área –se desligó Katara.

Él sacudió la cabeza.

-Mi rayo aún no es tan preciso. Si fallo y quemo la puerta, Ozai sabrá que alguien estuvo aquí –echó un vistazo alrededor-. Tío dijo que usáramos tormenta control para abrir la puerta, pero no hay agua.

Katara hizo un ruido parecido a pss.

-Hay un montón de agua –rectificó, y juntó un poco de la frente de Zuko. El sudor creó un reluciente disco en su palma-. ¿Tienes más de dónde vino eso?

Zuko sonrió con suficiencia.

-Voy a hacer lo posible –rotó su cuello, y empezó a hacer sentadillas. Katara empezó a correr en el lugar. Solo esperaba que Ozai no notara el olor, la próxima vez que fuera.

-¿Dónde aprendiste este truco? –indagó Zuko, inhalando y exhalando fuego antes de cada sentadilla.

-En prisión –respondió Katara.

El fuego llameó desde su boca.

-¿Qué te robaste?

-¡Nada! ¡No estaba robando!

-… ¿Fue cuando intentaste timar a ese pueblo con la recompensa por Toph?

-No era timar. Bueno, si era timar, pero fue totalmente un fracaso, lo que prueba que no deberíamos haberlo hecho en primer lugar porque está mal.

-… Sabes que no puedes simplemente robar artefactos de la Nación del Fuego, ¿cierto?

Katara dejó de correr. Jadeando, dijo:

-Cállate y sácate la camisa –hubo una suave dejo de risa, y algo caliente y húmedo la golpeó en la cara. Ella lo dejó caer al suelo-. Necesito tu sudor, no tu ropa sudada.

El fuego floreció en su mano. Era suficiente para mostrar el sudor descendiendo como riachuelos desde sus sienes hasta su clavícula.

-¿Y bien? ¿Es suficiente?

Katara tragó saliva.

-Eso creo –alzando las manos, levantó el sudor como un velo. Con una mano, añadió su propio sudor, juntándola de su ropa y cabello. Unió ambos fluidos en una pequeña y apestosa bola de agua, y luego cuidadosamente agregó la humedad de la camiseta de Zuko. Solo agrandó ligeramente el tamaño de la pelota, pero cada poquito contaba. Levantó la mirada-. ¿Listo?

Él adoptó una postura de fuego control. El fuego se extinguió. Ella lo escuchó en la oscuridad.

-¿Ahora?

-Ahora.

Se movieron. En la oscuridad realmente solo podía escucharlo, pero eso era suficiente: ahí estaba su respiración y el movimiento de sus ropas y las botas clavándose en el suelo. Giró el agua, la serpenteó hacia adentro y hacia fuera. Sus manos se rozaron y se rieron y un momento después el relámpago cobró vida entre ellos, azul, cortante y brillante, e iluminó el rostro de él tan brillante como si fuera la luz del día. Aspiraron aire y él añadió el rayo al agua y ella lo disparó directamente al dragón. La luz se desvaneció dentro de la garganta de la bestia de oro. Hubo un clic y un profundo rugido, un crujido estremecedor. Estaban respirando rápido cuando Zuko encendió un fuego, y contuvieron el aliento. La puerta se había abierto suavemente. Y dentro estaba el tesoro del Señor del Fuego.

Katara se adelantó vacilante. Pasando la puerta había sacos de oro, pilas de rollos, urnas esmaltadas, armaduras antiguas, montones de esculturas de jade, y armas enjoyadas colgando de la pared. Entonces Zuko lanzó un fuego rápido a los candelabros de la bóveda y la chispa dejó extrañas manchas de la luz refractada en cada superficie.

-Guau.

Zuko se agachó y cogió su camisa. Hizo un ademán.

-Después de ti.

Katara entró en la bóveda y siguió mirando fijamente. A sus espaldas, escuchó a Zuko cerrar la puerta de un tirón y empezar a ponerse su camiseta. Su cerebro se sentía demasiado lleno como para seguir mirando la riqueza apilada ante ella: estaba sorprendentemente desordenado y sus ojos no podían decidirse en que dirección mirar. Entonces en el lugar más lejano un maniquí con una bata dorada llamó su atención. El maniquí usaba un tocado como el sombrero de la Dama Pintada, pero con cintas de diminutos rubíes colgando del ala. Un hilo escarlata interrumpía la seda dorada de la capa externa de la bata; alguien había bordado dragones y aves fénix.

-¿Qué esto?

-El traje de boda de mi madre –respondió Zuko. Katara retrocedió, temiendo de inmediato que pudiera dañar la ropa de algún modo. Chocó contra Zuko, pero el no se movió-. Solo he visto su retrato, antes –contó.

-Es hermoso…

-Puedes tocarlo, sabes.

Ella negó con la cabeza.

-No creo que sea una buena idea. Lo voy a estropear todo.

-Sólo se delicada.

Con cuidado, Katara estiró la mano y deslizó un dedo sobre un dragón la superficie de la bata. Se giró.

-No piensas que tu papá baja aquí y, como que, baila con este maniquí, ¿cierto?

Zuko hizo un mohín.

-Bueno, no pensaba eso hasta ahora…

-Lo siento –contempló la ropa de nuevo-. Es un atuendo verdaderamente especial –señaló, como en modo disculpa-. Digo, es triste que las cosas no funcionaran, pero sé que tu mamá debe haber estado increíble ese día. Apuesto que todos los otros tipos estaban de veras celosos de tu papá.

Él sonrió.

-Supongo.

-No, estoy segura que lo estaban. Las chicas saben de esto, Zuko.

-¿Te refieres a como un tiburón-leopardo sabe cuando otro está nadando en su territorio?

-Jaja. Muy gracioso, Zuko –puso los ojos en blanco y se apartó de la ropa. Señaló-. Tú encárgate de los pergaminos. Yo revisaré este mueble.

Su ceja sana se arqueó.

-... De acuerdo –se alejó en dirección a los rollos.

Katara se giró hacia el armario. Era estrecho y ornamentado; alguien había tallado su superficie con pájaros. Abrió las angostas puertas y vio joyas. Vio montones de joyas, para ser precisos. La mitad izquierda del mueble parecía dedicada a los collares y prendedores para el pelo únicamente, la otra a los aros y pulseras de oro y cobre. Cuando abrió los cajones, vio anillos y palillos para el cabello y raros huevitos de jade de variado tamaño.

-Verdaderamente no creo que sea ahí donde Ozai guarde los planos para su arma secreta –objetó Zuko.

Katara se sonrojó.

-¡Nunca se sabe! ¡Puede haber un cajón secreto!

-Hay un cajón secreto. Es el de los huevos. Presiona el fondo y saltará.

-Bueno, ¿y por qué no lo dijiste?

-Porque lo único que hay ahí abajo es…

-¿Un sello de oro y un pequeño dragón de juguete?

Zuko dejó caer su pergamino.

-Déjame ver esos –atravesó la habitación y miró atentamente la mano de Katara. El sello era oro puro, y caracterizaba a un oso con una zarpa levantada. Cuando Zuko lo volteó, Katara vio la huella en relieve de la zarpa de un oso ahí-. Este es su sello. Así es como firmaba sus cartas personales –cogió el pequeño dragón. Su pintura se había gastado, pero Katara descubrió motas de azul todavía pegadas al acero-. No tenía idea de que guardara esto.

-¿Era tuyo?

Él asintió con la cabeza.

-Antes de que Tío me diera mi daga, era mi favorito –suspiró-. Había dos. Azula rompió el rojo –se agachó. Katara lo imitó. Lo observó tomar con ternura la cola del dragón y darle cuerda lentamente. Luego lo dejó en el suelo. Salió disparado a toda velocidad y con mucho ruido hasta que dio con la pared más cercana. Katara rió. Luego miró la cara de Zuko, y la risa murió. El apretaba los labios y tragaba, mirando fijamente el pequeño juguete cuyas ruedas todavía giraban inútilmente contra la pared.

Había un montón de cosas para decir, como Yo también extraño a mi mamá o Todo va a estar bien o Tenemos trabajo que hacer. Pero también había un sentimiento en su pecho como si su corazón se estuviera expandiendo lentamente, y hacía difícil hablar. Así que dijo:

-¿Puedo probar?

Él se sobresaltó.

-Eh, seguro –se inclinó hacia delante y levantó el juguete-. Ten cuidado; la punta de la cola está afilada.

Katara asintió.

-Funciona así, ¿no?

-Correcto –la miró darle cuerda al juguete. Ella lo dejó suavemente en el piso; salió disparado de nuevo.

-Sokka nunca me dejó jugar con sus juguetes –empezó-. Decía que eran solo para chicos. Nuestro papá solía hacer nuestros juguetes, pero después se fue y ya no quedaban nuevos –sonrió-. Sokka tenía un muñeco, que tenía una lanza, y movía los brazos –se llevó una mano cerca de la boca, como si contara un secreto. Susurró-. Solía hacer que su muñeco y mi muñeca jugaran a la casita.

Zuko sonrió.

-No lo contaré –se estiró y agarró de nuevo el juguete. Se paró y dejó el sello y el juguete de vuelta en el cajón. Katara se paró, y empezaron a cerrar el armario de joyas. Luego un rayo azul le llamó la atención, y se detuvo.

-¿Qué es esto?

Zuko sacó el collar de su gancho con un dedo. Hamacó la piedra en su otra palma. Era una piedra azul grande con forma de pera, del tamaño de un lingote de oro del Reino Tierra. Colgaba de una sarta de perlas.

-Es un ópalo cielo –respondió-. Los Nómadas Aire solían comercializarlos. Es una antigüedad –ladeó la piedra en su mano-. Ves, es como el tuyo. Cuando lo mueves, cambia de color –lo ladeó de nuevo y Katara vio crecientes olas de naranja y violeta dentro de la piedra.

-¡Como un atardecer!

-Por eso el nombre.

-… El mío no hace eso.

-Lo hace un poquito. Lo ladeas de un lado y puedes ver todos los colores –Katara lo miró con el ceño fruncido y él se encogió de hombros-. Lo tuve por mucho tiempo.

-Este es mucho más bonito –rebatió Katara, mirando fijamente el collar.

-Puedes quedártelo.

Se le desencajó la mandíbula.

-¿Qué?

-Si llego a ser Señor del Fuego, te lo daré.

-¿Lo dices en serio?

-Lo digo en serio –se aclaró la garganta-. Es justo, ¿no? Tuve tu collar por un tiempo. Y deberías de recibir un regalo de agradecimiento. Por todo lo que has hecho.

-¿Eso significa que Sokka, Toph y Aang también recibirán regalos?

-Ah, eh… claro –señaló los rollos con el pulgar-. Simplemente le devolveré a Toph la tierra de su familia. Como que le quitamos un poco hace tiempo –empezó por apartar el collar-. Supongo que deberíamos seguir buscando pistas.

Katara asintió.

-Correcto –se alejó del mueble hacia una cómoda que parecía llena de extraños pernos de seda y viejísimos instrumentos de arcanos de jade y caparazón de pato-tortuga – un vidrio magnifico, un astrolabio y un ábaco, y una especie de flauta. Sin embargo, hurgando entre ellos no dejaba recompensa. Probó el fondo del buró buscando algún compartimiento secreto, pero no encontró ninguno. Tirando de un tapiz cercano sí obtuvo los resultados que esperaba, no obstante: la alfombra a sus pies cedió para mostrar otra puerta circular, esta vez en el piso.

-Esa lleva a las Catacumbas –indicó Zuko.

Katara se arrodilló y puso la alfombra de nuevo en el lugar.

-¿Encontraste algo en esos pergaminos que se viera como un plan?

-No –respondió Zuko-. Son todos registros de matrimonio y títulos de propiedad. Y testamentos.

-¿Nada ni siquiera remotamente comprometedor?

Zuko desenrolló un pergamino.

-El Señor del Fuego Rizu le dejó una casa entera en la Isla Ember a su halcón mensajero.

-Eso es generoso.

Zuko volvió el rollo a su lugar.

-Quizás lo escondieron dentro de un pergamino que se ve realmente aburrido así nadie se sentaría tentado de ver.

Katara asintió. Empezó a tantear dentro de las armaduras. No había nada más que polvo. Arrugando la nariz, abrió las coloridas urnas y encontró cenizas negras y arenas esperándola.

-Eh, ¿tú crees…?

Zuko lució si pudiera enfermarse.

-Azula puede haber escondidos los planes allí…

Katara desvió la mirada.

-Tú deberías hacer estos. Solía ser uno de tus ancestros, no mío.

Zuko le dio una mirada que le recordó enormemente a un puma pigmeo mojado, luego se puso de pie.

-Bien, pero tú te encargas de los pergaminos.

-Con gusto –Katara se dirigió hacia los rollos, pero se encontró incapaz de revisarlos verdaderamente. Observar a Zuko lentamente subirse la manga de la camisa y, encogiéndose, insertar su mano dentro de la urna era mucho más interesante. Y desagradable. Se encontró incapaz de desviar la vista. Lo vio estremecerse cuando hundió su mano aún más.

Paró.

-El espíritu de mi ancestro me va a atormentar por esto. Simplemente lo sé.

Por dentro, Katara sospechaba que eso debía ser cierto. Uno no puede toquetear las cenizas de alguien como si nada y esperar que todo esté bien después. Zuko ni siquiera le había pedido disculpas a quien fuera – o lo que fuera – que pudiera estar escuchando antes de meter su mano dentro de la urna. Pero hacerlo sentir peor no ayudaría. Rodeó su boca con las manos.

-Zuuuuko, soy el fantasma de tu tataratataratíoabuelo Waaaang…

Zuko se ocupó en reprimir una carcajada.

-No me hagas reír; lo desparramaré por todos lados –se detuvo-. ¿Por qué está siquiera esto aquí? Normalmente no guardamos aquí nuestras cenizas.

-Quizás es el halcón mensajero del Señor del Fuego Rizu –sugirió Katara-. Como que es una urna pequeña.

-Genial. Voy a ser perseguido por un halcón mensajero fantasma. Fantástico.

-¿Y si le ofrecieras algunos ratones…?

Zuko puso los ojos en blanco e inquirió:

-¿No se supone que estás revisando los pergaminos?

-Lo siento –Katara volvió su atención a los rollos y empezó por sacar uno. Luego otro, y otro. Zuko tenía razón; eran árboles genealógicos y actas de nacimiento. Al menos, por lo que podía deducir: la mayoría de ellos usaban esa caligrafía clásica y arcaica de los documentos oficiales de la Nación del Fuego. Podía sacar los nombres, y los caracteres para los lazos familiares no habían cambiado, pero todo más allá de esa lectura era realmente como galimatías. Nada, sin embargo, parecía el diagrama o plan para hacer un arma. Vio diseños de casas, viejos barcos y un rollo muy grueso que contenía múltiples mapas de todo el palacio: habitaciones, pasadizos, cañerías, tubos neumáticos para trabar y destrabar puertas, todo. Pero no descubrió nada que pudiera relacionarse al arma.

-No creo que los planes estén aquí –expresó ella-. ¿Dónde más podría ponerlos tu papá?

-Quizás en su habitación –aventuró Zuko. Sacó su mano de la urna e intentó sacudirse las cenizas-. O en el de Azula. O quizás existe otro cuarto totalmente diferente del que ni siquiera sabemos.

-No lo creo –replicó Katara. Desenrolló el pergamino del palacio-. Estos planos muestran el palacio de arriba abajo. No hay otros cuartos secretos.

-Entonces si no están aquí, tienen que estar donde sea que tienen al Mecánico.

Katara asintió.

-Eso tendría sentido. Necesita acceso a sus planos para completarlos, ¿cierto? Solo creí que Ozai tendría una copia tirada por ahí –recordó el chisporroteo del papel de caramelo e hizo una mueca-. ¿O quizás le dio un buen vistazo y quemó la evidencia?

Zuko dijo que sí con la cabeza.

-Ambos odian dejar cabos sueltos. Yo casi fui uno de ellos.

Katara suspiró.

-¿Pero dónde crees que el Mecánico puede estar?

-En algún lugar dónde tiene un montón de espacio para trabajar, y montones de gente para ayudarlo –respondió Zuko-. Si esta arma es algo como el taladro o el globo de guerra, estamos hablando de algo en gran escala.

Katara sintió la piel de los brazos llena de carne de gallina. Se los abrazó. ¿Qué podía haber planeado Ozai para la Tribu Agua del Sur? ¿Un gancho rezón que partiera los glaciares? ¿Alguna especie de bomba severamente venenosa que acabaría con los animales y eliminaría las provisiones de comida?

-¿Qué tal si ya está en camino?

-¿Qué?

-Vimos que la flota se dirige al sur. ¿Qué tal si es demasiado tarde?

Zuko negó con la cabeza. se agachó sobre su cadera.

-No puedes pensar así. Incluso si el arma está en camino, todavía tenemos una posibilidad de hacerle llegar a tu gente la información que necesitan para protegerse de ella –frunció los labios-. Ahora mismo tenemos que pensar donde puede estar el Mecánico. Creo que lo más seguro es en la torre de la prisión.

Katara apretó los labios y asintió. Echó un vistazo a la bóveda.

-¿Crees que podamos ir a la torre esta noche?

Él se irguió.

-No. No podemos. Tenemos que hacerlo mañana a la noche –arrugó los ojos-. Y tenemos que hallar una manera de entrar ahí sin ser vistos.

Siguieron buscando pistas en la bóveda, pero no encontraron ninguna. Finalmente, Katara le preguntó cuánto tiempo creía que ya había pasado, Zuko arrojó un saco de oro con frustración y dijo:

-Demasiado –salió de la bóveda y ella lo siguió-. ¿Crees que puedes ponerlos a dormir de nuevo, cuando salgamos? –le preguntó.

-Claro –aseguró Katara. Miró la trampilla-. Pero, eh, ¿cómo llegamos ahí arriba?

Zuko estiró su cuello hacia atrás para mirar. Luego la miró a ella.

-Súbete en mis hombros.

Ella retrocedió un paso.

-¿Estás bromeando?

-No eres lo suficientemente alta para saltar –abrió sus palmas en un gesto conciliador-. Será como con Toph. Solo que contigo. Sobre mis hombros. Por un minuto. Y entonces podrás trepar –tosió-. A menos que tengas una mejor idea.

No obstante, ella no tenía una idea mejor, lo que hacía la situación dos veces más molesta. Katara se cruzó de brazos.

-Bueno, ahora mismo mi idea que tú deberías apagar esos candelabros y asegurarte que todo está como lo encontramos. De otra forma tu papá sospechará la próxima vez que venga a tomar té con su maniquí.

-Lo haré –Zuko acomodó las urnas, colocó un par de rollos de nuevo en el lugar, y extinguió los candelabros. En la súbita oscuridad, lo escuchó cerrar la inmensa puerta de la bóveda. Luego encendió una llama en una mano y se arrodilló bajo la trampilla-. Súbete.

-¿Estás seguro que no soy demasiado pesada?

-¿Te vas a subir o no?

-Bien –Katara se tendió con cuidado sobre los hombros de él. Era sorprendente lo caliente que podía ponerse él; sospechaba que a Toph le gustaba bastante tener su propia botella personal de agua caliente cuando Zuko la cargaba por el lugar-. ¿Así?

-No, mis hombros. Pon tus piernas alrededor de mi cabeza –tosió-. Digo, a ambos lados de mi cabeza.

-¡Pero me caeré cuando te pares!

-No te vas a caer. Lo prometo.

-Si me caigo, me vas a conseguir un prendedor para el cabello que combine con ese collar –vacilante colocó un pie a cada lado de la cabeza de Zuko. Después el se aferraba a las rodillas de ella con ambas manos y se ponía de pie, y entonces hubo un momento en el que estuvo absolutamente segura de que se caería hacia atrás, pero el se inclinó hacia delante para compensar y ella simplemente se balanceó y terminó tirando de su cabello con pánico.

-¡Au!

-¡Perdón! –sus manos salieron de su cráneo y aterrizaron en su boca y nariz.

-¡Ahí tampoco!

-¡No sé dónde poner mis manos!

-¡Úsalas para encontrar la trampilla!

Katara jadeó y extendió sus manos hacia arriba. Zuko suspiró fuego, iluminando brevemente la habitación. Ella corrió sus manos sobre el cielo raso hasta que sintió una rendija que indicaba la trampilla. Zuko exhaló fuego de nuevo – ella estaba un poco nerviosa por lo cerca que esa llama estaba a sus rodillas- e intentó abrir las puertas metiendo los dedos. No cedía.

-¡No se abre!

-Intenta metiendo tu dedo.

Tanteó alrededor de la trampilla buscando una esquina y metió un dedo. La puerta se abrió de sopetón y con reticencia, golpeándola en la nariz.

-Au.

-¿Puedes trepar?

-No puedo ver.

Zuko sopló fuego en un chorro firme y moderado. Katara usó la luz para tratar de ver dentro del pasadizo.

-De acuerdo. Lo voy a intentar –estiró ambos brazos hacia arriba, se inclinó hacia delante, e intentó encontrar un agarre. Sus manos chirriaron a lo largo de la superficie lustrada del tobogán. Se sentía como acero, pero no podía encontrar una veta de donde agarrarse. Gruñendo, lo intentó de todas formas – quizás había uno más adelante que simplemente no podía ver. Sus uñas rasguñaron el metal-. ¡No puedo encontrar un punto de apoyo!

-Párate en mis manos –indicó Zuko-. Te empujaré.

-Lastimaré mis manos.

-No las lastimarás. Solo salta cuando empuje.

-… De acuerdo.

Zuko agarró su pie, sus palmas estaban calientes y ligeramente húmedas debajo de ellos. Temblaron bajo su peso.

-A la de tres –señaló-. ¡Uno, dos, tres! –empujó. Ella saltó. Por un momento, sus manos y pies se aferraron a los costados del pasadizo. Después ella intentó moverse hacia arriba, perdió el agarre, y se deslizó hacia abajo en un revoltijo de miembros que aterrizó sobre Zuko. Él tosió.

-Así que –empezó, mirando fijamente la oscuridad-. Quizás necesitemos otro plan.

Su voz estaba en su cabello.

-Sí –él no se movió. Por un segundo, sintió su respiración debajo de ella. Le hacía cosquillas en el cuello y sentía la presión de sus costillas en su espalda. Se preguntó si quizás lo estaba lastimando – había caído directamente sobre él, después de todo.

Gruñendo, Katara se levantó sola y se sentó sobre sus rodillas.

-¿Estás bien? ¿Te aplasté?

Él encendió fuego en una mano. La luz lo expuso tirado en el suelo; se empujó a sí mismo sobre sus codos y meneó la cabeza.

-No. Estoy bien.

Ella miró rápidamente hacia la izquierda.

-¿A dónde va esta escalera?

-… Al cuarto de Ozai.

Ella dejo caer la cabeza.

-Genial.

-Podemos intentar la trampilla de nuevo.

-No. Quizás tú puedas subirla, pero yo no puedo. Digo, eres bienvenido a intentarlo. Quizás tú puedas subir por ahí. Eres mucho más furtivo que yo.

Él sacudió la cabeza y se puso de pie.

-No. Yo voy contigo.

Le obsequió con una diminuta sonrisa.

-Como que estaba esperando que dijeras eso.

Zuko le devolvió la sonrisa y extendió su mano.

-Vamos.


Las escaleras que llevaban a la habitación de Ozai se ponían progresivamente más empinadas, y con cada paso, los pasos de Katara se ponían un poquito más pesados. Es una terrible idea. Nunca funcionará. Se va a despertar.

-¿Qué pasa si se despierta?

-Lo pones de vuelta a dormir –contestó Zuko-. Lo hiciste con los otros dos.

-¿Pero y si no puedo?

-Tienes que poder –Zuko se detuvo en breve. Estaba parado a dos escalones más arriba que ella, y esto lo hacía parecer mucho más alto-. De otra manera puede que él te ataque.

Katara se mordió el labio.

-Esto sería mucho más fácil si pudiera sacarle su fuego control, como Ty Lee.

-Puedes controlar la sangre de sus brazos –una sombra cruzó su rostro-. Incluso puedes hacer que se queme a sí mismo.

Katara no había considerado eso. Si su sangre control fuera lo suficientemente fuerte, no tendría que preocuparse por venas o de cortarle el aire a Ozai. Podría simplemente hacer que se lastimase. Se estremeció. Le hacía acordar mucho a Hama.

-Eso no suena justo.

-Él no te dará tiempo para ser justo –Zuko siguió subiendo las escaleras-. Y no pelea justo. Nunca lo ha hecho.

Katara quería preguntarle lo que quiso decir, pero la rigidez en su postura le dijo que no lo hiciera. Pronto estaban ante una puerta, otra circular, y Zuko presionaba su oído contra ella.

-No puedo oír nada –susurró.

-¿Sabe hacia que parte del cuarto se abre?

-No. No he estado en este cuarto hace años. Puede que lo haya cambiado –frunció el ceño-. Hay un gabinete de pergaminos. Quizás estamos detrás de eso.

-¿Ozai no pensará medio raro si ve abriéndose de la nada uno de sus muebles?

-Si lo ve –replicó Zuko. Se giró-. Si nos ve, se acabó. Tendremos que ponerle un fin a él justo en ese momento si eso pasa. De otra forma nunca saldremos de ésta vivos. E incluso entonces, es una pequeña posibilidad. Tendremos que escapar del palacio antes de que Azula nos encuentre.

-¿Ponerle un fin a él? –Katara retrocedió-. ¿Quieres decir lo que creo que quieres decir?

-Sí. A eso –Zuko puso su mano en la puerta-. Todavía podemos regresar. Podemos intentar ir por la otra forma, de nuevo.

Katara pensó de nuevo en el tubo resbaladizo que llevaba a la bóveda, y lo imposible que había sido escalarlo. Su estómago parecía lleno de serpenteantes algas. No tenía ni idea cómo era posible que Zuko estuviera tan calmado. ¿Quizás porque ya había enfrentado a su padre y vivido para contarlo? ¿Pero ella sería tan afortunada? ¿Qué tal si entraba en pánico? ¿Qué tal si era como esa vez en el río, y ella se volvía y él estaba ahí y ella simplemente se congelaba?

-Quizás esta no fue tan buena idea…

-Toda esta misión fue una mala idea –porfió Zuko-. Pero hemos llegado hasta aquí.

-¡Sí, porque evitamos ser atrapados!

-Nos atraparon en la casa de té. Nos atraparon cuando escapábamos debajo de la prisión. Y todavía estamos aquí.

Katara se cruzó de brazos.

-Sabes, tu optimismo como que me asusta. Estoy empezando a creer que tú no eres realmente Zuko.

-No soy optimista. Nunca soy optimista –Zuko se alejó un paso de la puerta. De repente parecía ocupar todo el túnel-. En el día del eclipse, le dije a Ozai que su destino terminaría con el Avatar. Pero si ataca a uno de nosotros, lo destruiré. Personalmente.

Katara deseó que su corazón dejara de correr. Por un momento él se había visto muchísimo como su viejo él, tanto que tuvo que recordarse que no necesitaba abrazarse los pies así, que él no iba a lastimarla.

-¿Así soné cuando te dije que haría cualquier cosa por proteger a Aang?

-Sí.

-Guau.

-Me lo dices a mí –Zuko suspiró vapor-. Solo quiero que sepas lo que puede pasar. Puede que esté dormido. Puede que nos ataque. Y si lo hace, yo estaré ahí –parpadeó-. ¿Sabes cómo salir? Vas a la oficina, debajo de la escalera, y corres a por el túnel más profundo que puedes encontrar…

-Zuko.

-¿Qué?

-Sólo abre la puerta.

-¿Estás segura?

-Sí. Hazlo ahora antes de que cambie de idea. Por favor.

-De acuerdo –respiró hondo, envió fuego con su mano, y suavemente abrió la puerta de un empujón. No hizo ni un chirrido, y se abrió hacia la oscuridad. Katara escuchó a ver si oía ronquidos, y no escuchó ninguno. Hubo un gruñido débil, y ruido a tela, y entonces Ozai caminaba hacia ellos…

…desnudo.

Entonces la mano de Zuko estuvo sobre sus ojos y no supo si reír o descomponerse o quizás empezar a llorar, y escuchó agua caer en la habitación contigua y entonces Zuko la sacaba de la habitación y la empujaba dentro de la oficina. Abrió el mueble-bar, tiró una botella, abrió la trampilla y la ayudó a pasar.

-¡Deslízate! –le indicó secamente, y ella agarró los lados de la escalera con sus pies antes de dejarse ir. Zuko la siguió. Ella aterrizó sobre la reja justo ante él, y él abrió el panel hasta su propia habitación antes de empujarla dentro y poner de nuevo el panel en su lugar. Se desplomaron juntos contra la pared.

-Entonces –dijo él-. Eso paso.

-Está bien. No fue tan grande. Malo. Digo. No fue tan malo –Katara enterró la cara en sus manos. La sangre latía con fuerza bajo su piel-. Acabo de decir eso. Guau. Por favor no me mires de nuevo nunca más.

A su lado, Zuko temblaba en silencio. Por un momento, pensó que estaba llorando – su respiración era tan rápida que parecía ahogarse en ella. Luego se desplomó sobre el piso, con las rodillas al pecho, y Katara escuchó una carcajada. Su humillación solo se intensificó. No siendo bastante malo que las partes reales de Ozai estuvieran a la vista. Ahora Zuko tenía que reírse de ella por trastabillar con las palabras. Se puso de pie.

-Si te vas a reír de mí…

-No lo voy a hacer –repuso Zuko. Encendió fuego en su mano y luego la miró desde el piso, con los ojos húmedos y una enorme e imposible sonrisa atravesándole el rostro.

-Pensé que nos iba a matar. Y luego… -rió tontamente-. Y después tú dijiste…

Katara se tapó la cara.

-¡No fue mi intención! ¡No es como si supiera, de cualquier forma! –su rostro ardía-. Digo, a veces las mujeres se ponían hablar pero era inviernos y las noches son realmente largas…

-¿Solo las noches?

La mandíbula de Katara se desencajó. Hizo sangre control antes de que pudiera pensarlo, y el fuego de Zuko se extinguió cuando ella le cerró la boca con sus propias manos. El dolor floreció dentro de su cabeza pero no le importó.

-Calla. Te. Debería lavarte la boca.

-¿Mmm?

-Puedo hacerlo, también. Puedo hacer que el jabón descienda directamente por tu garganta.

-Mmm.

-No creas que no podría. Porque podré. Lo haré.

-¿Mmm mm?

-Sí. Lo haré.

-Mmm mmm…

Katara le soltó las manos.

-Aang es el que tenía sueños con tu papá sin pantalones, de todas formas.

Chisporroteó fuego en la mano de Zuko. Sus ojos se habían puesto terriblemente grandes.

-Estás bromeando.

-No. Él, eh, se puso un poquito loco antes de la invasión.

Zuko se pasó una mano por el cabello.

-Realmente necesito hablar con ese chico.

-Oh, deja –se estiró su propio cabello. Se concentró en eso, más que en la cara de él-. Bueno. Debería irme yendo.

Zuko estaba de vuelta de pie.

-Estás toda transpirada.

Ella frunció el ceño.

-¡Pero… gracias, Zuko!

-Quiero decir, eh, podrías lavarte. Ahí dentro –señaló a otra puerta dentro de su cuarto-. De otra forma ellos pueden preguntarse lo que pasó. Porque, eh, tu cabello está todo desordenado.

Se llevó las manos al cráneo.

-¿En serio?

-Bueno, es como que está por todos lados...

Katara pasó como una exhalación por su lado. Él dirigió fuego al candelabro justo antes de que ella cerrara la puerta. Dentro de la habitación, encontró un simple lavatorio, una tina y una letrina, y, para su gran delicia, un espejo. Zuko tenía razón. Su cabello estaba en todos lados. Rápidamente abrió las canillas, y tomó el agua de ellas, usándola para alisar su cabello. Sonriendo de oreja a oreja, se sacó la túnica y agarró una barra de jabón. Mejor bañarse si podía. Incluso pudo lavar su sostén. Estaba ocupada desatándoselo cuando Zuko rasguñó la puerta débilmente.

-¡No entres!

-¡De acuerdo, de acuerdo, no tan fuerte! –silencio, luego-: ¿Por qué te demoras tanto?

-Me estoy bañando.

-¿En la tina?

-No, con agua control –le sacó la lengua a la puerta-. Mi ropa también está toda sucia.

-…Ah. Bueno, yo, eh, estaré en la cama. Esperando. ¡Para meterme, digo! En la, eh, tú sabes. La habitación –murmuró algo más, después Katara escuchó el arrastre de unos pies y la pesada caída de un cuerpo sobre el colchón. Meneando la cabeza, se concentró en su trabajo – se sentía tan bien, después de tanto tiempo – y escurrió su ropa antes de sacarle el agua con agua control. Las olía – ya no dejaría un rastro de una milla, al menos. Suspirando, salió para encontrar a Zuko acostado sobre su costado, las mantas absurdamente altas. Había encendido un único candelabro en la esquina de la habitación más cercano a la cama.

-Bueno, gracias –exclamó Katara-, por dejarme usar tus instalaciones, digo. Y, por, tú sabes, todo lo demás –sonrió-. Como, eh, evitar que me mataran. Y por mi collar.

-No es tuyo aún –se sentó, levantando las rodillas-. Tenemos que salir de esto, primero.

-Oh, voy a conseguir ese collar. Tú solo espera –rotó sobre sus dedos-. Supongo que me iré yendo.

Zuko salió de bajo de las mantas.

-Te acompaño hasta la puerta.

-Son solo paneles…

Pero él ya lo había abierto, y estaba parado allí esperando. Poniendo los ojos en blanco, Katara pasó agachada. Él lo siguió, y abrió con un golpecito la puerta que llevaba a la habitación de ella. Katara pasó.

-Gracias.

-Claro –sus dedos rodaron a lo largo del panel-. Entonces. Mañana por la noche.

-Sí. Deberíamos, eh, intentar ir a otro lado.

-¿Prisión? –tragó-. Digo, si estás de acuerdo.

-No, es una buena idea. La torre de la prisión. Deberíamos buscar ahí –pasó su peso de un lado a otro-. Eh, ¿de nuevo, cómo entramos ahí?

-… No tengo idea.

-Bien. Entonces, deberíamos hacer un plan.

-Deberíamos consultarlo con la almohada quizás –sugirió Zuko.

-Sí. Buena idea. La almohada –por alguna razón, no estaba cansada. Quizás era porque se había lavado, o el apuro de derrotar a Ozai en cual fuera una manera pequeña y furtiva, o quizás simplemente no quería pensar lo que vería cuando se durmiera-. Fue divertido.

-¿Lo fue? –Zuko parpadeó-. Digo, lo fue. Me divertí –hizo una mueca-. No soy muy bueno divirtiéndome.

-Aunque eres bueno para moverte sigilosamente –ahora ella hizo una mueca-. Digo, eh, siendo sigiloso. No moverte sigilosamente.

-Claro.

-Hablaré, eh, contigo mañana, supongo.

-Cierto. Bueno. Mañana.

-Así que, buenas noches –se despidió Katara.

-Sí. Buenas noches –él frunció el ceño-. Buenos días, quizás.

-Extraño las ventanas.

-Yo también –sonrió-. Buenas noches.


Katara durmió hasta tarde el día siguiente. Despertó justo a tiempo para escuchar que golpeaban su puerta, y para ver a un guardia entrar en su habitación con una bandeja.

-¿Trasnochaste?

El corazón de Katara se detuvo.

-Bueno, es un poquito difícil dormir con Azula en la misma casa –replicó.

-¿Segura que no estás simplemente suspirando por tu novio?

Katara se tiró las cobijas de encima, marchó hacia el guardia, y cogió la bandeja.

-Para tu información, las mujeres de la Tribu Agua no suspiramos por alguien –levantó la nariz en el aire, e hizo un espectáculo pavoneándose hasta su cama.

-Parece que alguien quiere comer en la oscuridad –sentenció el guardia, y azotó la puerta.

Un momento después, se filtraba luz dorada a través de la diminuta rajadura entre la pared y el piso. Katara se acuclilló al lado de ella.

-Gracias –le dijo.

-Ni lo digas –contra la pared, lo escuchó acomodándose-. Entonces, creo que tengo un plan para esta noche.

-Eso es bueno –apremió Katara.

-No te va a gustar.

-Pruébame.

-No puedo creer que me convenciste de hacer esto –exclamó Katara.

Estaban parados en un pasillo de huesos. Inmensas calaveras dentadas, cuyos dientes estaban todavía afilados y brillaban con barniz, revestían el piso. Enormes cajas toráxicas formaban el cielo. Cuando lo llamaron Catacumbas del Hueso de Dragón, no estaban bromeando. ¿En serio Aang enfrentó una criatura así de grande?

-Es solo por esta noche –insistió Zuko-. Si encontramos al Mecánico, podremos ir a casa después.

Él tenía razón. Ya sabían algo sobre los planes del Señor del Fuego. Todo lo que realmente necesitaban era más información sobre el arma – bueno, eso, y encontrar a Longshot y Smellerbee. El plan era usar los atuendos de los sabios como disfraz para poder entrar en la prisión; Zuko aseveró que los sabios contaban con un montón de respeto y nadie se atrevería a mirarlos dos veces si pretendían estar visitando a los prisioneros. Pero una cosa por vez: primero, necesitaban un par de disfraces. Y mucha suerte.

Los trajes tenían sus bemoles. Tenían que seguir una tubería de agua y los sonidos de chapoteo y rezongos, hasta una entrada de la que salía vapor. Aparentemente, los sabios tenían su propia sauna ahí mismo.

-Ya regreso –indicó Zuko, y se metió precipitadamente en la habitación. Volvió un momento más tarde con tela roja y dos sombreros sobre el hombro. Huyeron hasta otro corredor, luego entraron en una habitación llena de huesos. Sin embargo, éstos estaban rotos; habían entrado en una especie de taller donde los antiguos fósiles debían de ser reparados-. Ponte esto –instó Zuko, y le arrojó el conjunto.

-¿Qué hay con la otra ropa? –preguntó Katara. Tiró del regalo de Piandao.

-Sólo acomódala debajo de la túnica. Te verás gorda –instruyó Zuko. Se sacó la camisa y se la arrojó. Luego se giró, y Katara tuvo un segundo para cerrar los ojos antes de escuchar la tela deslizándose hacia abajo y ser pateada al otro lado de la habitación. Girándose, empezó a quitarse la ropa. Zuko ya estaba poniéndose su uniforme de sabio del fuego -- Katara había apenas empezado a meter la ropa negra dentro de la cinturilla cuando él dijo-: Odio estos sombreros.

Katara se giró a medias y vio a Zuko completamente vestido con el equipo de sabio del fuego. Tuvo que contener una carcajada. Había elegido un conjunto que era ciertamente demasiado grande para él; incluso el cónico y alto sombrero se combaba sobre su rostro.

-Aunque tapa un poquito tu cicatriz –señaló. Luchó con las hombreras; un instante después Zuko las colocaba correctamente-. ¡Están son tan pesadas!

-Olvidé los brazaletes –reparó Zuko.

-Creo que nuestra carencia de barbas son más problema –apuntó Katara-. Tú no traes una en el bolsillo, ¿no?

-No soy tu hermano –repuso Zuko. Entornó los ojos y oteó la habitación-. Tiene que haber algo…

-¡Lana! –Katara señaló la caja que desbordaba con esa cosa áspera y blanca – parecía que había venido directamente de las ovejas-koala cuya lana había servido de cama para Aang antes de la invasión. Actualmente, caía de un pájaro a medio rellenar: claramente quien fuera el que usara esa habitación se creía un taxidermista aficionado. Encogiéndose, agarró un poco y empezó a cortarlo en tiras con los dedos, dándole la forma de una barba.

-No es como Wang y Zafiro Fuego, pero puede que funcione.

Zuko acomodó algo de la lana debajo de su sombrero.

-¿Quiénes son Wang y Zafiro Fuego?

-Somos Sokka y yo –contestó-. Tuvimos que pretender que éramos los padres de Aang, una vez.

-¡Pero Aang y tú no se parecen en nada! ¡Yo al menos tengo el mismo color de cabello!

-¡Tú no estabas con nosotros!

-Bueno, ¡obviamente! –se lamió los dedos e intentó usar su saliva para pegar la lana a su barbilla. Falló miserablemente-. Necesitamos pegamento.

Katara levantó una mano, atrajo la condensación de los caños de arriba, y lo mezcló con la tierra de las piedras a sus pies.

-¿Qué tal barro?

-El barro está bien –asintió Zuko-. Tu primero.

Katara untó algo en su rostro y empezó a aplicarse la lana.

-¿No quieres un poco?

-Cúbrete las cejas –apuntó Zuko-. No te ves como un anciano.

Katara pegó más lana allí con sumo cuidado.

-¿Qué tal ahora?

-Bien –Zuko le robó algo de su lodo, y empezó a hacerse su propia barba. Katara se dirigió hacia la puerta-. Y deja de menear –añadió.

-No estoy meneando.

-Cuando caminas, meneas –replicó.

-¡No es cierto!

-¡Es cierto! ¡Necesitas caminar como un anciano! Ya sabes, dura –levantó un solo dedo y habló con la voz de su Tío-: La edad es un ladrón en la oscura y larga noche de la vida, Señorita Katara.

Katara reprimió unas risitas.

-Sólo ponte esa barba –cortó-. ¡Espera, no, hazte un bigote! Tapará más.

Zuko estornudó.

-Pica…

-¡No estornudes! ¡Vas a sacarte tu disfraz a estornudos!

Zuko finalmente pegó su bigote y cejas, ajustó su sombrero, y marchó hacia la puerta. en silencio, salieron de la habitación y probaron su andar de viejos. Katara intentó recordar la manera en que el Maestro Pakku se movía; por alguna razón nunca se le había ocurrido que era anciano.

-Condúcete con la panza –indicó Zuko, y sacó la barriga de la manera que el General Iroh solía hacerlo.

-Arruinaré mi espalda…

-Bien, bien, suenas vieja…

Ustedes dos!

Se congelaron.

-¿Sí? –inquirió Zuko imitando la voz de su Tío, sin volverse.

-¡Los han estado esperando afuera! ¡Es hora de irse! ¡Síganme! –el dueño de la voz pasó junto a ellos y descendió por el pasillo. Encogiéndose de hombros, Zuko y Katara fueron tras él, cojeando de vez en cuando, cada que se acordaban de hacerlo-. Honestamente, viejos –continuó el sabio más joven-. Los cuerpos de esos prisioneros no se van a cremar solos, saben.

Y antes de que Katara pudiera preguntar a que se refería – porque desesperadamente quería que se refiriera a otra cosa que lo que ella suponía – ya estaban afuera, y había un palanquín. Y Zuko la estaba dejando recostarse sobre él cuando tambaleó hacia su nuevo vehículo. Él se apalancó para subir a su lado.

-Hacia la torre –entonces el palanquín se levantó del piso, y estaban dejando la ciudad.


Katara había querido que la capital fuera fea. Cada vez que la imaginaba, se hacia la idea de casas de hierro, como barcos de la Nación del Fuego varados en tierra, todos púas y vetas y quizás las cabezas de los enemigos en la punta de las lanzas. Ahora, al viajar a través de sus calles dormidas, deseó que hubiera sol. Mostraría la piedra lechosa y los elaborados jardines perfumados, y derramaría luz sobre los numerosos estanques que vio una vez que la ruta subió un poquito en el camino hacia el cráter. La capital era una joya asentada dentro de un volcán muerto, lejos del humo del carbón y el hedor del pescado de los barrios industriales cerca del puerto. Pero también era calma: Katara se encontró extrañando el ruido constante del Distrito de la Ostra. Extrañaba el ajetreo y bullicio. Y su habitación, que tenía ventanas. Y la comida, que sabía mejor y llegaba a ella por un antiguo príncipe.

El palanquín subió ante las puertas de la torre de la prisión, y mientras descendía, un nudo se formó en la garganta de Katara y las mariposas nuevamente hicieron residencia en su panza. Zuko le ofreció el brazo, y ella estuvo agradecida de la oportunidad de encorvarse y apoyarse en él. Lentamente, pasaron las puertas arrastrando los pies. Bajo su mano, el brazo de Zuko había empezado a sudar. Lo apretó, y él aceleró el paso.

A la puerta, los guardias saludaron. Zuko y Katara hicieron lo mismo.

-Están en el lugar de siempre –dijo su escolta, y empezó a guiarlos dentro de la prisión.

A pesar de haber pasado tanto tiempo allí, Katara solo había visto una pequeña parte del interior de la prisión – su jaula, y la sala de interrogatorio de los Dai Li. Por dentro, era enorme: escaleras que se retorcían sobre sí misma como serpientes, pasadizos laberínticos que parecían diseñados para evitar cualquier posible escape. Su escolta los llevó a través de una puerta, descendiendo hacia un horno, o lo que fuera ese sistema que generaba el aire caliente que llenaba el cuarto donde la vieja jaula de Katara había colgado. Ahí abajo los gritos de la prisión menguaban, y entonces Katara juró que podía oír su propio corazón latiendo cuando su escolta se detuvo delante de una gruesa puerta de hierros.

-Estos no tienen esperando a nadie –dijo. Tosió-. Esperaré, eh, aquí afuera si es lo mismo.

-Gracias –asintió Zuko, e hizo pasar a Katara. Cerró con un ruido metálico detrás de ellos, y entonces estuvieron solos.

En un cuarto lleno de cadáveres.

El olor fue lo primero que golpeó a Katara. No era el olor de los muertos – Katara conocía ese olor de los animales que se varaban en el hielo o cuando sus viajes los acercaban a los cuerpos putrefactos. Era un olor a quemado, una especie de olor establecido, grasoso, como el de una cocina sin limpiar. Los hornos vacíos, las puertas de hierro se balanceaban abiertas, le dijeron todo lo que necesitaba saber. Estaban en el crematorio de la prisión.

Katara se arrastró detrás de Zuko. Algo en las figuras quietas y amortajadas en el piso le hacían necesitar la cercanía de un ser vivo. Sus dedos rozaron su hombro y él se sobresaltó.

-¡No hagas eso!

-¡Lo siento! ¡Solo tengo un poco de escalofríos!

Sus manos encontraron las de ellas y las agarraron con fuerza.

-Están muertos. No pueden lastimarnos.

-Aunque pueden atormentarnos. No somos sabios del fuego de verdad. No tenemos la autoridad para... hacer lo que se supone que tenemos que estar haciendo.

-Creo que se supone que los bendigamos –aventuró Zuko.

-Sí, bueno, no podemos –insistió Katara-. No somos los sujetos legítimos. Sus espíritus se enojarán. Esto está mal.

-Puede que seamos lo único que tienen –rebatió Zuko-. Deberíamos hacer algo antes de que los guardias se den cuenta quien somos en realidad –se apartó, y rápidamente envió una ráfaga de fuego dentro de los hornos. Se giró hacia ella, lamiéndose los labios-. Todo lo que tienes que hacer es ayudarme a levantarlos –aseguró.

Su estómago dio un vuelco.

-Me debes una grande –aseveró-. Cuando esto termine, tendrás que hacer algo realmente pero realmente lindo por mí.

-Le daré la Flota del Sur a tu tribu –respondió.

Katara parpadeó.

-¿En serio? Porque en realidad estaba esperando un día en el spa.

Él casi sonrió.

-Sabes, cuando esto termine, de veras tendrás que empezar a pensar en cosas más grandes –se movió hacia el cuerpo más cercano a la puerta, y se arrodilló-. Eh, di algo.

Katara también se arrodilló.

-Eh…quien sea que eres, espero que estés más feliz ahora, y que tu próxima vida termine en un lugar mejor que éste. Y por favor perdónanos por no ser sabios, pero es realmente por una buena causa –hizo una mueca-. ¿Eso esta bien?

Zuko asintió con la cabeza. Se veía un poquito verde.

-Está perfecto –cerró los ojos y murmuró algo, luego cabeceó hacia el cuerpo-. Movámoslo.

Katara intentó decirse que sería como cargar un gran fardo de ropa, o una persona durmiendo, pero eso no detuvo el temblor que la recorrió desde su columna en el momento en que tocó el cuerpo muerto. Lo llevaron hasta el horno, luego incómodamente lo cargaron dentro.

-No podemos arrojarlo como si fuera basura –observó Katara.

-No es basura –asintió Zuko-. Nos está ayudando. Sin él, no hubiéramos podido entrar en la prisión.

Empezó a meter el cuerpo dentro del horno. Agarró una palanca debajo de la puerta del horno, y el cuerpo cayó a las llamas. Suspiraron al unísono. En nudo en la garganta de Katara pareció ceñirse más. Le ardían los ojos. La mano de Zuko se apoyó incómodamente sobre su hombro.

-Está bien –dijo.

-Sé que probablemente era un tipo malo –explicó Katara-. sé que probablemente hizo algo malo, pero…

Su mano cayó hasta su espalda y dibujó un círculo flojo allí.

-Al menos es mejor que el pelotón de disparo –contrarrestó. Tragó-. Puedo hacerlo solo, si quieres.

Por un momento, lo considero de veras. Luego se imaginó sentada dándole la espalda a Zuko mientras él hacía todo el trabajo duro, y sacudió la cabeza-. No. Está bien. Estaré bien.

Después de eso, fue más fácil. Zuko siguió murmurando algo sobre los cuerpos, y Katara simplemente cerraba los ojos y expresaban sus esperanzas para el espíritu del prisionero. Después se dio cuenta que Zuko despegaba con cuidado la mortaja de cada rostro. Era nada más que un poquito cerca del ojo, pero suspiraba y parecía caminar más rápido después.

-¿Te estás… fijando? –Tragó saliva con ruido-. ¿si es alguien que conozcamos?

-¿Qué? Oh. No. ¿Por qué haría eso? Nuestros a… todos los que conocemos están afuera. Y los Luchadores por la Libertad… -parpadeó-. Son fuertes. No hay necesidad de preocuparse.

Katara tiró de la palanca.

-Está bien si dices "nuestros amigos". Toph es mi amiga y la tuya, también. Y lo mismo con Aang. Así que puedes decir "nuestros".

Zuko pareció de una más alto y joven, como esos árboles cuya vieja corteza muerta se ha partido durante otro año de crecimiento.

-Gracias –se dirigió hacia otro cuerpo.

-¿Cómo conociste a Jet? –preguntó Katara, ayudando a levantarlo.

-Robamos comida juntos mientras cruzábamos el Paso de la Serpiente –arqueó su ceja sana-. ¿Y tú?

-Quería que lo ayudara a inundar una colonia de la Nación del Fuego –le contó-. Me negué. Pero era demasiado tarde.

Cuando no parecía un poquito distraído, Zuko mantenía un constante ceño y ahora se había profundizado hasta una verdadera desaprobación. Para su disgusto, se encontró desviando la mirada.

-¿Qué pasó?

-Sokka le avisó a los aldeanos. Tuvieron apenas el tiempo suficiente para evacuar. Pero yo ayudé a Jet a destruir a ese lugar, porque fui muy estúpida como para ver lo que estaba haciendo –Katara miró sus zapatos de sabio demasiado grandes-. Todo lo que tuvo que hacer fue decir un puñado de cosas lindas y yo simplemente le creí y confié en él y todo el tiempo lo único que quería era usarme.

-Pero intentó compensarse –recordó Zuko.

-Constantemente decía lo mucho que podía hacer con mi agua control. Como si realmente pensara que era especial. Como si yo fuera especial. Y eso no era todo; yo ni siquiera le gustaba…

-Le gustabas –Zuko se limpió las manos sobre las rodillas y se alejó.

-No sabes eso por seguro –porfió Katara-. No estabas ahí.

-Conocí a Jet –replicó Zuko, como si eso explicara algo.

Ella frunció el ceño.

-¿Habló de mí, o algo?

-No.

-Entonces, ¿cómo sabes…?

-¡Solo lo sé! ¡Es una de esas cosas!

-¿Una de qué cosas?

-¡Cosas! ¡No lo sé! Ayúdame con este último.

Katara se cruzó de brazos.

-Te ayudaré cuando te expliques.

Zuko puso los ojos en blanco. Por un momento, se vio dolorido y como que lo estaban explotando, muy parecido a su Tío, y su bigote nuevo de lana solo realzaba el efecto-. Le gustabas. Le gustas a un montón de gente. Le gustas a Aang. Le gustas a uno de nuestros guardias. Les gustabas a esos dos idiotas de la casa de té. A Haru…

-A Haru no…

-Sí. Le gustas.

-¡Estás viendo cosas!

-¡Lo vi mirándote embobado!

-¡Haru no mira como bobo!

-¡Te mira como un pueblerino en su primer día de mercado!

-¿Pueblerino? –estaba viéndoselas difícil para reprimir una carcajada-. ¿Acabas de usar la palabra pueblerino en una oración?

-Oh, cállate y ayúdame a mover éste. Es enorme.

Suspirando, Katara se agachó y ayudó a Zuko a levantar al exprisionero. Tenía razón; el cuerpo era enorme. Le empezaron a temblar los codos.

-Eh, es un poquito pesado.

-Fuera de broma.

Los brazos de Katara cedieron y el cuerpo cayó. Algo salió rodando fuera del cuerpo; parecía otro modelo diminuto del erizo. Katara lo levantó y lo examinó. A diferencia del juguete de Ozai, este estaba hecho de hierro y no de oro. Aunque las púas se retraían cuando lo presionó.

-¿Por qué un prisionero tendría uno de los juguetitos de tu papá? –preguntó

-No tengo idea –respondió Zuko. Sonó un golpe y se pusieron de pie-. Ya casi terminamos –clamó Zuko.

-Hay más por hacer –replicó el guardia al otro lado de la puerta-. El turno diurno está a punto de salir; hora del funeral.

La sangre de Katara se volvió helada. ¿El turno diurno estaba por comenzar? ¿Cuánto les había tomado el viaje? ¿Hacia cuando tiempo los habían dejado? Zuko ya se estaba moviendo. Se agachó, se lanzó el cadáver por encima de un hombro, se levantó con fuerzo, y lo arrojó precipitadamente al horno. Saltó para ponerle una cuña al cuerpo dentro, luego cerró la puerta de un portazo. Levantó el pequeño erizo hacia Katara.

-Guarda esto.

-¿Dónde?

Él se limitó a mirarla parpadeando. Con la cara ardiendo, Katara lo dejó caer dentro del sostén. Luego, Zuko abrió la puerta, y la hizo pasar delante de él.

-Estamos listos –anunció Katara, en su mejor imitación del Maestro Pakku-. Por favor llévanos.

El guardia asintió, y los condujo a otro piso. Detrás de dos grandes puertas de hierro había una habitación circular con un hoyo amplio y plano para la fogata que no tenía llamas y se asentaba debajo de una inmensa chimenea colgante. Alrededor del mismo se ubicaban mujeres y niños y unas cuantas personas que podían bien ser hermanos o incluso esposos. Usaban ordinarias ropas de trabajo con brazaletes blancos nuevos sobre cada bíceps. Y encima del hoyo había más cuerpos.

-Si pudieran simplemente celebrar el servicio de siempre –indicó el guardia.

¿Celebrar el servicio de siempre? Katara no tenía ni idea de cómo era un funeral de la Nación del Fuego. Le echó un rápido vistazo a Zuko. Él se lamió los labios y se movió lentamente hasta el hoyo. Katara permaneció detrás de él. Zuko hizo el saludo tradicional, y Katara lo imitó rápidamente. La asamblea devolvió el saludo.

Él abrió la boca.

-Mi… mi compañero está demasiado enfermo para dar el servicio –excusó-. Tendrán que escucharme, pero estoy un poquito oxidado. Requiero de más entrenamiento.

Ni un asomo de risa. Zuko se enderezó, después extendió los brazos.

-La leyenda dice que los dragones nos otorgaron el fuego para calentarnos y sustentarnos –exclamó-. Ahora devolvemos a nuestros amados amigos y familia a su abrazo. Que los espíritus se levanten como chispas para unirse a los Grandes Dragones de los Cuatros Cielos –y, respirando hondo, arremetió hacia delante prendiendo fuego al hoyo. La multitud reunida se estremeció un poquito. Los niños volvieron la cabeza. Zuko elevó las llamas más alto y pronto todos los cuerpos se habían prendido. Katara retrocedió. Como uno, las familias se levantaron y empezaron a dispersarse con pesadez. Aunque una mujer muy delgada quedó atrás, llevaba un bebé. Tímidamente, se adelantó hacia Zuko, luego se inclinó gravemente.

-Disculpe, ¿pero podría considerar bendecir a mi hijo?

Zuko se tensó, luego colocó su mano sobre la cabeza del infante. Su pulgar manchado de hollín dejó una marca en la piel. Katara se descubrió estirando la cabeza para mirar por encima de él.

-Una chispa en la mente, una brasa en el corazón, fuego en el vientre, y el destino en tus manos –recitó Zuko, tocando cada lugar por vez.

-Una cosa más –intervino Katara. su mano salió disparada e hizo la forma de una luna creciente con el hollín que había dejado Zuko en la frente del niño-. La Marca de los Valientes –aseveró.

-… Nunca había escuchado esa.

-Es extranjera –pretextó Katara, esperando que su voz sonara anciana y no demasiada orgullosa-. Pero cada poquito ayuda.

La mujer pasó su peso de un lado al otro.

-Lo siento, pero no tengo nada que dar a cambio.

-Dinos sobre la prisión –pidió Zuko-. ¿Seguro que has estado viniendo aquí por algún tiempo?

-¿La prisión?

-Queremos saber si los guardias siguen los viejos métodos o no –mintió Katara, esperando que su mentira sonara apropiadamente vieja y malhumorada.

La mujer frunció el ceño, pero asintió.

-La prisión está mejorando –contó-. Antes… bueno, mi esposo dijo que parecía menos abarrotada. Estaban trasladando a los extranjeros y a los que no eran maestros a otra prisión.

-¿Por qué? –Inquirió Katara.

La mujer se encogió de hombros. Re-acomodó al chico en su brazo.

-No estoy segura. Mi esposo puede hacer fuego control. Pero dijo que estaban llevando a todos los que podían llevarse –pareció rebuscar en su memoria-. Era una especie de nuevo proyecto en la capital. Probablemente querían maestros tierras para hacer todas las excavaciones.

-Eso suena… altamente poco ortodoxo –observó Zuko-. Gracias –y entonces estaba apremiando a Katara fuera de la habitación, a pesar de sus incoherentes toses de protestas, y le dijo al guardia-: Hemos terminado aquí –y cuando finalmente llegaron al palanquín, lo único que dijo fue-: Paso ligero.

-Ni siquiera buscamos al Mecánico –susurró Katara en su oído.

-No está aquí –respondió Zuko.

-¿Bueno, y dónde está?

Zuko miró fijamente el cielo suavemente pálido.

-No lo sé.

Su llegada a las Catacumbas fue una oleada de excusas y murmullos y la búsqueda de un cuarto para cambiarse. Una vez con sus ropas negras, fue una carrera por sus vidas a través de túneles hacia la escalera. Cada vez que Katara flaqueaba, Zuko volvía atrás y le agarraba de la mano tirándola un poquito más. Su corazón sentía como si iba salírsele de la garganta, en alguna forma. Luego la empujaba por las escaleras, y le hacía promesas de dejarla bañarse y dormir si simplemente se apuraba. Ella se arrastró por la escalera y dentro del cuarto de él y él empezó a abrir las canillas antes de que pudiera pedírselo. Luego él se sacaba la ropa y se lavaba, arrojándose agua sobre el cabello mientras ella lo miraba fijamente.

-Tenemos que lavar el sudor –explicó-. Lo olerán. Sabrán que estuvimos corriendo.

Arqueando una ceja, Katara le quitó el sudor con agua control.

-¿Y ahora?

-Eres un genio –de inmediato levantó sus manos-. No que esté diciéndolo solo para que me ayudes a voltear parte de la Nación del Fuego. Lo que ya estás haciendo. Pero no por nada que haya dicho. ¿De acuerdo?

-... ¿De qué estás hablando?

-No te engañé –comenzó Zuko-. Como hizo Jet. Con la inundación.

Katara estaba demasiado cansada como para reír.

-No. No me engañaste –bufó-. Y es una suerte para ti, de otra forma te hubiera congelado a un árbol, como lo hice con él.

-¿Lo congelaste a un árbol?

-Aprendí del mejor.

Él sonrió de oreja a oreja.

-Esa era mi mejor cuerda, sabes.

Ella puso los ojos en blanco.

-Au, pobre Zuko perdió su mejor soga…

-Los otros querían usar cordel de navegación contigo. Pero yo fui más civilizado.

-¿Cordel de navegación?

-Es para atar cajones –explicó Zuko-. Es muy áspera. La hubieras odiado.

-Oh, y la cuerda "buena" lo hizo todo mejor.

-Hace un nudo bastante liso –reconoció Zuko-. De hecho, le voy a conseguir a tu papá un poco. Podría usarla.

-¡Mi papá no me ata!

-Me refería a para pescar.

-Oh –parpadeó-. Creo que deberíamos estar en la cama, ahora.

-Estamos cansados –asintió Zuko-. Y el desayuno será en unos minutos.

Como si el Universo lo hubiera escuchado, un golpe sonó en la puerta de Zuko.

-Quédate aquí –le dijo. Saltó hacia la otra habitación y debajo de sus mantas. Katara escuchó un bostezo exagerado que rápidamente se convirtió en una única palabra-: Azula.

-Buenos días, Zuko. ¿Disfrutas tu confinamiento?

-No. ¿Qué quieres?

-¿Pero, Zuko no sabes contar? Hoy es el gran día. Pronto verás a tu preciado Tío Gordinflón de nuevo. Y a esa querida maestra tierra, la ciega, como es su nombre…

-Hoy no es el día –interrumpió Zuko-. Hace dos días, dijiste que teníamos tres días. Todavía hay un día más.

-¿Oh, eso es lo que te dije? Supongo que olvidé mencionar cuando envié el mensaje. Lo mandé hace tres días. Sabes, mientras estabas ocupado esperando tan impacientemente por Katara y Ty Lee terminaba su pequeña conversación –Azula se detuvo-. Escuché que impresionaste bastante a Li y a Lo, Zuko. Toda esa bravuconería, no puede ser buena para ti. Ty Lee dice que te saldrán canas.

-Vete.

Azula suspiró.

-Oh, Zuko. Es que tú nunca aprendes, ¿o sí? Tal vez la maestra agua me dará una mejor bienvenida.

-Déjala en paz.

-¿O qué? –se rió-. La única razón por la que Padre los mantiene vivos es porque le dije que tenía un uso para ustedes. No me hagas cambiar de idea haciendo algo estúpido.

-No me importa lo que cualquiera de ustedes me haga.

-¿Qué te hace pensar que comenzaríamos contigo, Zuko? –Su voz se dirigió a la puerta-. Lastimarte a ti es simplemente el postre.

La puerta se abrió con un chirrido, y se cerró con un ruido metálico. Katara salió tambaleando desde detrás de la puerta del baño y Zuko estaba abriendo el panel apremiándola:

-Apúrate. Quédate bajo las mantas. No dejes que vea esa ropa.

Pero Katara ya se las estaba sacando y dejándolas botadas en el piso de la habitación de él, quitándoselas de una patada al tiempo que se movía sobre la reja de acero y entraba en su propia habitación. Era más fácil que pensarla. Era más fácil que escuchar las palabras de Azula en su cabeza. era más fácil que darse cuenta que pronto estaría delante de su hermano y su padre y de Teo y el General Iroh y Aang con nada, ni una pizca de idea de donde estaban el Mecánico o a que se parecía su nueva o siquiera que había pasado con Longshot y Smellerbee. Habían fallado.

-No dejaré que te lastime –susurró Zuko, y cerró el panel. Entonces Katara quedó sola, y apenas se las había arreglado para deslizarse bajo las mantas cuando Azula abrió la puerta.

-A levantarse y espabilarse, Dulzura –exclamó la princesa-. Es hora de que te ganes tu sustento.

-¿Qué? –preguntó Katara.

-Vas a regresar a donde perteneces –contestó Azula-. Al Distrito de la Ostra.


¡Me disculpo por lo mucho que tomo esto! Tuve serios problemas en cómo meterlos en la prisión, y realmente me bloqueó por largo tiempo. ¡Espero que lo hayan disfrutado!

-.-.-.-.-.-.-.

N/T: Yo también, perdón sí, Pero ya estoy de vuelta, xP Y espero no demorarme con el próximo, estuvo genial, ¿no? ¿Solamente a mí o a alguien más le pareció que parecía que acordaban una cita cuando hablaban de entrar en la prisión, o que acababan de volver de una? (L) Ah, bueh, amé el cáp. xD

Gracias: kuchiki mabel, :), Mizuhi-Chan, Rashel Shiru, youweon, Lolipop91, Aislinn (jaja, me alegro mucho de haberte salvado el domingo!, espero qe ahora alegre tu sabado, :P, disculpa la demora, ¿si? Muchas gracias por leer y comentar!), mire-can (no fue mucho desastre, no?, jaja, en serio, ;) gracias por leer!) Murtilla, Sakura94 y neverdie.

Dedicado a: todos los que dejaron review en esta historia. Llegamos a los 102 reviews! ¡Felicitaciones! ¡gracias! Thank you! merci! ευχαριστώ! terima kasih! ευχαριστώ! grazie! bedankt! ありがとう! dzięki! takk! obrigado! спасибо! 谢谢! tack! شكرا! Danke! arigato gosaimasu! (muchas gracias)

(Gracias Rashel Shiru por tomarte el trabajo de buscar en el traductor ;-) ¡!)

(Gracias Lolipop91, ;) Qe genial!)