Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Mike, Bryan y Night. No sacó beneficios de esta historia.
Notas: Este capítulo es un poco más corto que los otros, pero me gusta dónde terminó
Agradecimientos: ¡A todo el que ha hecho arte tan encantador! Drisela, H-Thar, y Coppelia D siguen asombrándome con sus fabulosas contribuciones. Muchísimas gracias.
Debo frente a la tormenta, pensar, vivir y morir como un rey. – Federico II
Se dijo a sí misma que no había motivo para estar nerviosa.
Vamos. ¿Cuántas veces peleaste con él y eliges esta noche para ponerte nerviosa? ¿Después de que ha sido nada más que agradable? Muy generoso, Katara. Que espíritu tan amable y compasivo tienes.
Por supuesto, tenía una razón muy lógica para sus nervios: podía lastimarlo. La sangre control era de miedo, humillante y peligrosa. Si perdía su concentración durante una sesión con el Maestro Pakku, todo lo que recibía era una dosis de sarcasmo y el apremio para hacerlo mejor la próxima vez. Pero si dejaba que una cosa se le zafara mientras controlaba la sangre de Zuko, su corazón podía dejar de latir. Podía morir.
Y, descubrió que, ella no quería para nada que Zuko muriera.
Eso tenía un sentido lógico también, por supuesto. Si algo le pasaba a Zuko, ella estaría sola con Azula y Ozai – bueno, no completamente sola, si se podía confiar en Wai Lee – y probablemente perdería su genio, y después haría su mejor esfuerzo para plantarles un carámbano de hielo en sus gargantas antes de de acabar delante de un pelotón de fusilamiento. Además, de acuerdo a la lógica de Azula, Ozai no necesitaba a Zuko para sacar a Aang de su escondite – Katara era una carnada lo suficientemente jugosa para hacerlo sola. Y ser rostizada lentamente en una fogata no era exactamente la idea de Katara de un buen tiempo. Hacía que casarse con Zuko pareciera un día en el spa.
Aunque no era su lado lógico el que temía. No era lógico que se pusiera lo suficientemente nerviosa como para entretenerse y mirar fijamente la oscuridad esperando el momento justo, preguntándose si él también estaba esperando. Además estaba este nuevo sentimiento, fresco y tierno, y crudo como la piel después de una ampolla, que no sabía como nombrar exactamente, pero parecía dolorosamente similar a la debilidad, vulnerabilidad y timidez. Y ella no había tenido un montón de tiempo desde que se había ido con Aang para sentir cualquiera de esas cosas. La última vez que había dejado lugar para soltarlo todo fue cuando se paró entre los brazos de su padre y trató con todas sus fuerzas de perdonarlo por algo que no era su culpa realmente pero que aún así ardía como una herida fresca. Nadie más había tenido el tiempo ni la habilidad para dejarla ser algo más que una maestra o una espía o un soldado.
Aunque no era lo mismo con Zuko. Él veía lo peor de ella una y otra vez, y seguía alrededor por más. Y eso era en cierta forma más aterrador que el Unagi, que el Almirante Zhao y ser enterrada viva, combinado.
Así fue que con pasos quedos, después de haberse puesto su uniforme—alguien lo había limpiado, lo que agradecía – se movió entre las sombras hacia el cuarto de Zuko. Instantáneamente, una diminuta bola de fuego apareció en su palma. Estaba sentado en la cama, con una rodilla contra el pecho.
-Te tardaste mucho –reprochó.
-Estaba casi como preocupada –confesó Katara, después de cerrar la puerta tras de sí-. Pudo lastimarte de veras.
Él pareció sonreír.
-Podemos ir despacio.
-Oh. De acuerdo. Eso está bien –tragó-. Me dirás si te hago daño, ¿cierto?
-Seguro. Solo no me hagas, ya sabes, gritar. Eso sería malo.
-Claro –ella asintió, balanceándose sobre sus talones-. Entonces, eh, quizás… ¡ey!
Él había apagado el fuego. Y ahora ella estaba parada en completa oscuridad, parpadeando y esperando oír sus pisadas pero en vez de eso escuchó el suave susurro de él acomodándose.
-Si queremos atacar a Ozai y a Azula, tendremos que hacerlo por la noche, en la oscuridad –defendió-. Mientras están dormidos.
-Oh. Claro. Por supuesto –se estiró los dedos-. Entonces, eh, ¿simplemente pretende que duermes?
-Seguro.
Lo escuchó meterse bajo las mantas. Una parte muy perversa de sí se preguntó que tan lejos estaba llevando Zuko la práctica: no había visto una camisa, y las preferencias de Ozai habían sido una desagradable sorpresa para ambos… sacudió la cabeza para aclararla y exhaló. Concentrándose, encontró las venas principales en el cuerpo de Zuko, y el pequeño cruce debajo de sus costillas que latía con vida como un próspero mercado en su interior. Súbitamente se alegraba de la oscuridad: escondía su sonrisa.
-Estás usando pantalones, ¿verdad?
Sólo con eso, el corazón que tenía agarrado saltó. Su sonrisa se ensanchó. Él se aclaró la garganta.
-Bueno –empezó-, a diferencia de Ozai, estoy realmente preparado para una asesina sangre-control que se escabulle dentro de mi habitación e intenta matarme.
-Preparado, ¿eh? –Extendió su conciencia a sus miembros-. Veamos eso.
Y luego tuvo control sobre sus brazos. se enfocó en las venas y asió las manos. Pero entonces él se levantó y se movió -- ¡había olvidado sus piernas! – y vio el fuego arqueándose donde uno de sus pies circulaba libre de la cama. Rápidamente expandió el control a todos sus miembros. Él cayó chato, con los brazos tiesos detrás de su espalda. Lo dejó allí por un segundo, con los músculos oscilando nerviosamente bajo su agarre, el corazón golpeteando con un ruido sordo dentro de él.
-¿Ves? –Exclamó en voz ahogada-. Pantalones.
-Es bueno cuando te vistes para trabajar –respondió ella-. Quizás debería hacerte usar un delantal.
-Quizás deberías soltarme para que podamos intentarlo de nuevo.
Poniendo los ojos en blanco, Katara lo soltó. Él se incorporó de un salto y se estiró antes de deslizarse bajo las mantas.
-¿Todo en su lugar? –averiguó ella.
-Sí. Ahora apunta al corazón esta vez.
-Ey, no recibo órdenes de ti –repuso ella. Le estiró los brazos y piernas de forma que adoptó la rústica forma de una estrella. Sus brazos y piernas temblaban contra su control, y el sudor estalló en el nacimiento de su cabello-. Ten cuidado, o esto se convertirá en una lección de baile.
Él suspiró fuego.
-Sí, Princesa Katara.
Ella sonrió de oreja a oreja.
-Eso está mejor –levantó sus brazos hacia arriba, lo hizo sacudirlos en el aire al revés de las figuras de agua control-. Pensé que dijiste que podía ir despacio –recordó, sujetó sus brazos mientras tiraba de una de sus piernas hacia el techo. Frunciendo el ceño, lo obligó a doblarse hacia su cabeza; llegó inquietantemente cerca antes de que gruñera y ella aflojara-. Guau, eres realmente flexible. ¡Probablemente puedas rascarte la oreja con tu pie!
-… ¿Te parezco un puma vagabundo? –Hizo que su pierna describiera un círculo en el aire-. Entonces, eh, mi sangre –continuó él-. ¿La, eh, ves, o…?
-No –cortó Katara. Dejó su pierna y alzó sus brazos-. Solo sé que está ahí. Como Toph sabe su camino bajo la tierra, cuando el resto de nosotros no. Sé dónde va toda tu sangre.
-Oh –contestó Zuko-. Eso es… grandioso –un pequeño temblor retumbó a través de su corazón. Habló en voz alta-: ¿Puedes sentirla todo el tiempo?
-Solo cuando estoy concentrada –corrigió Katara-. Y es verdaderamente difícil.
-¿Cuándo es realmente…?
-No, en serio, es realmente difícil cuando no hay luna llena –reafirmó Katara-. Me da dolor de cabeza. Tú sabes. Lo has visto –lo hizo sentarse, de repente, y deliberadamente encorvó su espalda-. No me digas que te olvidas. ¿Te has vuelto senil con tu edad tan avanzada?
Habló con su voz de Iroh:
-Cuida tus modales, señorita.
-Oblígame –replicó ella, y lo dobló de vuelta a las almohadas.
-Mi corazón –indicó Zuko, después de un momento-. Quiero que intentes pararlo.
-Pasaré un mal rato atrapándolo, si sigue corriendo tan rápido.
Él casi rió.
-Solo ven aquí, antes de que perdamos el coraje.
Sus pies estaban pesados, hasta que tomó ese primer paso. Entonces estuvo parada sobre él – no podía verlo, simplemente oía su respiración ligera y sentía su latido como un animal vivo dentro de su conciencia.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-De acuerdo. Aquí va –se estiró hacia delante y dejó que su control guiara su mano sobre sus costillas. Por un extraño momento, se encontró acordándose de Momo y lo extrañó poderosamente: su ronroneo y su calor y su parloteo. Y ese recuerdo le dio la paz que necesitaba para hacer lo que tenía que hacer: apretar.
Él soltó un sorprendido "Oh", y luego todas las venas y arterias en su corazón quedaron súbitamente quietas y en silencio. Era como ver un perfecto mapa de una zona por solo un segundo antes de que ardiera – se acordó de lo que Sokka había dicho sobre los juicios del Maestro Piandao. Y entonces separó los dedos y soltó el corazón y la sangre dentro del mismo, y el soltó un suspiro estremecedor y ella se sentó en la cama antes de que pudiera caer.
-Lo hiciste –comentó él.
-Sí –asintió ella-. Ey, dame algo de luz.
Una pequeña bola de fuego apareció en su palma, y él la envió al candelabro. Se veía mal pero bien dentro de todo lo que había pasado, aunque tal vez un poquito más pálido. (Empero, ¿Quién no lo estaría?) Incluso estaba sonriendo.
-¿No hay dolor de cabeza está vez?
-Solo un poquito mareada –admitió Katara-. Déjame echar otro vistazo a tu sangre. Solo quiero asegurarme que no hice ningún daño permanente.
-Es un poquito tarde ahora, ¿no? –retrucó él.
-Honestamente, Zuko, verdaderamente tenemos que trabajar en tu actitud… -sumió su concentración en su sangre. Nada de coágulos, o vasos rotos, nada de tensión, solo su corazón recuperando su velocidad mientras sus manos serpenteaban sobre él.
-Estoy bien –insistió él, e intentó alejarse poco a poco.
-Siéntate quieto –exigió ella, y dobló sus brazos hacía abajo. Notó el azul en su muñeca y se agachó para arreglar la tela que se deslizaba – su pendiente se había aflojado de su broche en su muñeca y no pudo contenerse a sí misma de ponerlo como se debía.
Cuando volvió su atención a él, fue conciente de dos cosas. La primera era que en su precipitación accidentalmente había doblado el brazo derecho de él en un ángulo extraño, de manera que su mano derecha se pegó al arco de sus costillas que su uniforme no cubría. La segunda era el calor de esa mano sobre su piel. Tragó saliva.
-Estás realmente cálido.
-Fiebre –excusó él.
Ella lo miró.
-Pareces de veras algo ruborizado –asintió, y respiró hondo. Y cuando lo hizo exhaló vapor helado sobre su piel. Se dijo a sí misma que era como soplar la sopa caliente. Pero entonces él apretó los dientes y contuvo algo y se arqueó un poquito y su sangre salió a bandazos, se volvió una oleada, como si se hubiera manipulado a sí misma. La mano en su piel la frotó sin que pudiera hacer nada. Y algo le dijo que el simple acto de crear vaho con su boca ya no sería nuevamente normal o familiar. Estaría siempre coloreado por este momento y ese sonido y esos dedos, y lo que fuera que pasara después.
-Necesitas soltar mis manos –dijo Zuko con la voz tensa-. Ahora mismo. Por favor.
Ella las liberó. Él no se movió, de inmediato. Ella vio como trabajaba su garganta cuando tragaba y levantaba su mano derecha, deslizándola hacia arriba por sus costillas, erizándola por todo el trayecto, hasta que estuvo en el costado izquierdo de su cara, con su pulgar sobre su boca y sus dedos en su cabello – como la noche en que Li y Lo, lo habían envenenado, como en Ba Sing Se. Sé lo que debería haber hecho entonces.
-No sé que hacer ahora –reconoció Katara, con voz apagada. Su pulgar sabía a sal.
-Es como el agua control –contestó Zuko-. Imaginas lo que quieres, y después tú solo… haces que suceda.
Ella sonrió.
-Solo eso, ¿eh?
Él asintió.
-Solo eso.
-Oh –empezó a moverse-. Bueno, aquí va, entonces –y luego sus labios aterrizaron en su frente. Atrapó dos texturas diferentes, áspera y lisa, donde el filón de su cicatriz se encontraba con su piel. Partió desde allí, sobre su ceja sana y descendió por su sien, atravesó su nariz y la punta de ella-. Así es cómo lo hiciste, ¿no? –le preguntó, contenta consigo misma-. Fuiste un perfecto caballero. Debería verdaderamente devolverte el favor.
-Katara, si no… ah.
Bajo sus labios la cicatriz era extrañamente suave. Había pensado que sería áspera y lo era, donde se había tensado, pero entre los filones estaba suave y fluida como ceniza derretida. No tenía pestañas, ahí, ni ceja, pero el ojo mismo osciló debajo de su boca antes de que se retirara.
Su ojo sano se veía brillante.
-No estás pretendiendo, ¿verdad? –Tragó saliva-. Porque yo no. Todo este tiempo, he sido yo…
Y entonces no pudo seguir hablando, porque ella estaba ocupada terminando lo que había empezado. Y el hizo mmm desde lo más profundo de su garganta y era mucho más suave y resbaladizo de lo que había esperado, delicado, dulce, inquieto, no sabía donde no estaban sus manos – la habían alzado y dejado sobre su regazo. Ella chilló un poquito con eso y entonces él fue más como el Zuko que ella conocía: aparecieron sus dientes, y atrapó su labio inferior entre los de él, y lo chupó.
Lo que le hacía temblar las rodillas lo suficiente como para terminar contra él con sus codos a cada lado – él prácticamente ronroneo, besándola a lo largo del nacimiento del pelo a medida que hablaba.
-Pensé que estaba perdiendo la cabeza –murmuró, con sus labios en su cabello y descendiendo hasta su oreja-. No sabes cuántas veces… No tienes ni idea…
Ella quería decir algo sobre eso – quería preguntarle a que se refería – pero entonces su boca encontró su cuello y eso hizo difícil formular una pregunta. Él se sentó y tiró de ella sobre su regazo de nuevo. Hizo su cabello a un lado con una mano y depositó besitos metódicos desde su oreja hasta su clavícula. Su aliento le hacía cosquillas, y entonces se rió, y después él rió también y la abrazó y escondió su cabeza entre la de ella y su cuello y se balancearon lentamente de un lado a otro. Se quedaron así como un minuto, las rodillas de ella retorciéndose ligeramente y sus manos trepando por el cabello de él y por sus hombros, hasta que él la apartó con una enorme sonrisa y reclinó su frente contra la de él.
-¿Estás bien? –le preguntó.
Se sorprendió a sí misma asintiendo.
-Eh, aunque un poquito más mareada que antes.
-Recostémonos entonces.
Ella se tensó.
-Mm… cómo, eh,… -sus pensamientos chocaron unos contra otros como las formaciones de roca de Toph-. Digo, eh, ¿debajo de las frazadas?
-Como tú quieras –respondió.
-Sobre ellas –señaló-. No debajo –de repente era muy importante para ella estar sobre la cama y no en ella, por alguna razón.
Él se estaba acostando. Katara miró de un lado a otro. ¿Dónde se suponía que pusiera su cabeza? ¿Tomaba una almohada para sí, o compartía la de él? ¿Cómo iba esto? Le echó un fugaz vistazo y él la miraba fijamente con una dicha descarada por toda la cara, lo que de alguna forma la hacía más tímida. Su cara ardía y se acurrucó en su lado, dándole la espalda, con su corazón azotándose. Acabas de besar a Zuko. Acabas de besar a Zuko. El tipo que te persiguió por todo el mundo y te lanzó fuego y se fue con Azula. El tipo con el que te vas a casar.
-Ey –llamó, y se dio la vuelta. Su brazo se deslizó sobre el de ella y le agarró la mano. La apretó dos veces-. Ey –apretó dos veces de nuevo. Su código – lo recordó, ahora – por si su avance era bienvenido. Ella le apretó una vez en respuesta, con fuerza, y él se relajó. El se amoldó alrededor de ella, suspirando. Él era como una pared de calor, como si hubiera presionada su espalda contra ladrillos calentados al sol. Él le besó su hombro desnudo y enlazó sus manos antes de acomodar su cabeza en la almohada detrás de la de ella. Pero entonces él exclamó-: Ey –y deslizó su brazo izquierdo debajo de su cuello entonces ella vio el largo de él, tan pálido que vio sus venas antes de que se desvanecieran debajo del broche del collar de su madre, junto con su campo de visión.
-Lo siento –se disculpó, antes de poder contenerse-. Como que me puse maricona ahí.
-No es una competencia –replicó él, y le gustó la vibración de su voz en sus hombros-. Haz lo que quieras –se detuvo, luego se apoyó sobre sí hacia arriba-. Tú sí querías…
-Oh. Sí. Quería –se cubrió la cara con una mano-. Acabo de decir eso en voz alta. Guau.
Él le retiró la mano de la cara y besó sus nudillos antes de bajarlos y colocar nuevamente su mano sobre sus costillas.
-Eso es bueno.
-Yo solo… no sabía que iba a querer… sabes.
-Me sorprendió a mí también.
Ella frunció el ceño.
-¿A qué te referías, antes?
-¿Cuándo?
-Cuando dijiste que estabas perdiendo la cabeza.
Él recorrió el largo de sus dedos con uno de los suyos.
-Soy como algo malo en ser bueno –respondió-. Me distraigo. A veces tú realmente me distraes.
Su ceño se agudizó.
-¿Soy una distracción?
-No, no, no es lo que quise decir. Digo… -su mano se cerró sobre la de ella-. Digo, a veces solo puedo pensar una cosa por vez. Y no puedo dejar de pensar en eso. Trato y trato pero no puedo. Y un montón de veces cuando eso pasa estoy pensando en ti –se aclaró la garganta-. Pero eso es bueno, porque si no estuviera pensando en ti, probablemente estaría pensando en el lío en que estamos metidos.
-Eres todo un engatusador, ¿sabías?
Él escondió su cabeza en su cabello.
-No hay manera de complacerte.
Ella soltó una risita.
-Soy una tirana.
Él rió un poquito.
-Realmente me gustó cuando hiciste nevar, hoy –confesó-. Fue muy bonito –se acercó un chiquito más-. Tú, eh, te veías muy bien.
-¿Cómo un trofeo de incomparable valor? –averiguó, incapaz de contener la amargura en su voz.
-Como que pertenecías allí –corrigió Zuko-. Pero tú siempre te ves de la realeza cuando haces agua control.
Katara giró sobre sí de modo que quedaran enfrentados.
-¿Sí?
-Ujum.
-Oh. Gracias.
-De nada.
Katara trató de pensar algo lindo que decir en respuesta.
-Me gustas sin tu armadura –se tapó la boca con una mano-. Digo, eh… -tragó-. La armadura es como puntiaguda y duele cuando la abrazo. ¡Digo cuando te abrazo! Me refiero a cuando a la usas…
-Pensé que dijiste que me veía más pequeño –replicó Zuko-. Dijiste que me veía más chico sin mi armadura.
-… ¿lo hice?
-Estabas un poquito borracha esa vez.
-Oh. Claro.
-Estabas muy bonita también. Y me tocabas todo el tiempo.
-Oh.
-Pero tienes razón, he perdido un montón de músculo. Solía ser más grande. Pero luego pasó lo del asedio, y estuvimos en una balsa, sin mucho para comer, y después éramos pobres en Ba Sing Se –recorrió su oreja con un dedo-. Aunque todavía soy fuerte.
-Lo sé.
-Todavía puedo ocuparme de algunas cosas. De ti. De nosotros.
Ella sonrió.
-Sé que puedes.
-Bien –respondió, y después la besó. Fue más profundo esta vez, y él sostenía su cabeza con una mano por lo que su palma cubría su oreja y ella escuchaba el sonido de su sangre marchando en sus venas. Usó la cadera de él para apalancarse y acercarse más; él rió contra su boca y la agarró por detrás de la rodilla, sujetándola entre sus piernas. Ella soltó un gritito y lo agarró para recuperar el equilibrio, pero él se echó hacia atrás y ella retiró sus manos.
-Lo siento…
-No, es solo que me hiciste cosquillas –le interrumpió, y la besó rápidamente antes de colocar la mano de ella sobre sus costillas-. Ahí. Puedes abrazarme todo lo que quieras.
-… ¿eres cosquilludo?
Su ojo sano se entrecerró.
-Ni se te ocurra.
Ella sonrió de oreja a oreja.
-¿A quién, a mí? –sus dedos subieron por su espalda, y él se movió de debajo de ella y la agarró torpemente de las manos. Él era más rápido que ella, y la tomó de ambas muñecas, torciéndolas y sujetándolas a ambos lados de su cabeza sobre la almohada. Respiró con dificultad y vio como su pulso saltaba justo encima de su clavícula.
-Esto es una mala señal –anunció.
-¿Cómo es eso?
-Estoy feliz –contestó Zuko, aflojando su agarre. Se mordió el labio-. Eso generalmente significa que algo terrible está a punto de pasar.
Ella intentó captar su mirada.
-¿Estás feliz?
Él sonrió ampliamente.
-Sí. Muy feliz –pasó un dedo por su collar-. No sucede muy a menudo.
-Entonces supongo que deberías aprovecharlo al máximo –tiró de sus hombros y él sonrió brillantemente, se recostó sobre ella y acomodó su peso. Era inesperadamente placentero; había esperado que la aplastara pero no lo había hecho. En vez de eso, se había colocado sobre los codos y la miró atentamente por un momento, sonriendo. Luego la besó desde el cuello hasta el pecho, hasta el lugar donde la tela se cruzaba. Le dio una mirada inescrutable antes de continuar por su vientre. Ella se arqueó entonces – era solo su panza; ¿cómo podía sentirse tan bien? – y le dedicó a su piel una hocicada al estilo Momo con el lado áspero de su rostro.
-Me encanta este uniforme –clamó.
La mano de Katara se enredaba en su cabello.
-No me digas.
Él apoyó su cabeza a lo largo de su estómago.
-¿De veras no sabías?
-¿No sabía qué?
-Todo –replicó Zuko-. Me delaté cientos de veces. Estoy seguro de eso.
-Pensé que solamente te gustaban chicas de la Nación del Fuego –se excusó Katara-. Además, hago realmente un buen trabajo fastidiándote.
-Y yo creía que la ciega era Toph –Retrucó Zuko-. Supongo que debí haberlo esperado después de lo de Aang.
Katara se envaró. Zuko hizo una mueca, como si hubiera probado algo nauseabundo. Se sentó derecho.
-Lo siento. No quise... ya sabes.
-Estaba tan enojado conmigo –porfió Katara-. Cree que lo traicionamos. Cree que yo lo traicioné. Y ahora…
-Lo sé –asintió Zuko pesadamente-. Él todavía te ama –tragó saliva-. ¿Qué le decimos?
Katara sacudió la cabeza.
-No sé –por un momento todo lo que pudo ver fue la cara de Aang, acusadora y herida-. Ni siquiera quiero pensarlo, ahora mismo.
Zuko empezó a acariciar lentamente una figura por su panza con un dedo ligero. A su pesar, advirtió que se le ponía la carne de gallina en brazos y piernas, y algo caliente y tenso se enrollaba bajo ese toque – como si estuviera atando un nudo en su interior, y no simplemente firmando su nombre.
-Creo que podemos despejar tu cabeza –dijo Zuko-. ¿Suena bien?
Katara se las arregló para soltar un débil "ajá" antes de que él la besara de nuevo, y eso fue en todo lo que pensó por bastante tiempo.
Aunque, al final, tuvo que volver a su propia habitación cuando el sueño empezó a tomar lo mejor de ella. Quien no había creído que simplemente besar a alguien pudiera cansarla tanto, aunque estaba convencida de que el que su corazón corriera desbocado por períodos tan prolongados de tiempo probablemente tuviera algo que ver. Para alguien tan discreto, Zuko era terriblemente creativo – había un montón de partes que su uniforme dejaba al descubierto, y él parecía tener la intención de cubrir todas ellas con su boca al menos una vez. Elegía lugares extraños: el interior de sus muñecas, el dorso de sus rodillas, incluso su empeine. Y a veces le daba cosquillas y a veces era asombrosamente genial y a veces era incluso mejor que eso, especialmente cuando su lengua aparecía rápidamente o sus dientes le daban un pequeño pellizco. Él tuvo que pedirle que se quedara quieta una vez, pero sonreía con tal orgullo esa vez que no pudo evitar tirar de él para que la abrazara. Era bueno también abrazando, y casi se quedó dormida justo sobre su pecho hasta que se despertó sobresaltada con el pánico confundiendo su cabeza por babearlo entero.
-Eh, como que tu saliva ya ha estado en mi boca –le había dicho, y colocado su cabeza de vuelta bajo su mentón. Despertó de nuevo allí al sentirlo recorrer su oreja izquierda, y justo en ese momento le dijo que era hora de que fuera a su propia habitación, de otra forma se meterían en incluso más problemas.
-Sí, supongo que no sería demasiado bueno si Azula nos encontrara ahora –acordó Katara, bostezando.
-Azula –repitió Zuko, parpadeando-. Claro.
Katara arrugó los ojos.
-¿Estabas pensando en algo que pondría a mi papa realmente furioso, cierto?
-Probablemente –respondió Zuko-. ¿Cómo se siente tu papá respecto a los nietos?
Katara se incorporó y lo golpeó en el brazo, luego saltó fuera de la cama y se dirigió a la puerta. Se cruzó de brazos y zapateó con un pie.
-¿Y bien? ¿No vas a abrirla por mí?
Poniendo los ojos en blanco, Zuko deslizó la puerta hacia arriba y la mantuvo abierta. La siguió por el pasillo, y abrió su puerta por ella en el otro lado.
-Dame un beso de buenas noches –soltó Katara, por impulso.
Él sonrió y tomó su cara entre sus manos.
-Iba a hacerlo de todas formas –replicó, y lo hizo. Ella tuvo que ponerse de puntitas para poder apreciarlo completamente, y cuando se balanceó sobre sus pies él la estabilizó con unos cálidos dedos en su cadera. Haciendo un sonido de frustración, se apartó.
-Necesitamos estar en la cama, ahora –clamó.
Sus cejas se alzaron.
-¿Ah, sí?
-Quise decir separados –agregó, sonrojándose, y Katara lo recordó inclinándose sobre ella esa noche en la enfermería, y lo asustada que había estado. Era agradable, no estar más asustada. Era agradable saber que él era una de las pocas personas allí a las que no les tenía que temer.
-¿Por qué será que no te creo? –repuso Katara, sonriendo.
-Serás mi muerte –respondió él, y la besó en la frente-. Ve a la cama.
Y lo hizo. Pero no se durmió enseguida. En vez de hacer eso, se tapó la cabeza con la sábana y rió ahogadamente hasta que le dolió la panza.
Al día siguiente, una costurera llegó con una pila de viejas batas de vestir y dos asistentes.
-Podemos entallarte uno de estos para que te sirvan para la boda –le explicó, mientras las dos chicas más jóvenes le tomaban las medidas. No miraba a Katara directamente-. Solo elige la que te guste.
-Eh… ¿tienen algo que no tenga estos enormes y pesados cuellos?
La rala ceja de la costurera se movió nerviosamente, y también lo hizo el zarzo de gallina cerdo en su garganta.
-No –contestó con un tono ofendido-. Hago estos cuellos yo misma, y sucede que me gustan.
Katara hizo un mohín.
-Bueno, ¿tienen algo en azul?
Ahora la costurera lució completamente enfurecida.
-Ciertamente no –respondió-. Esta es la Nación del Fuego. No usamos azul.
-¿Qué hay de blanco? –insistió Katara.
Las dos asistentes contuvieron el aliento. La costurera palideció.
-El blanco es el color del luto, jovencita, y me ofende que lo hayas sugerido siquiera.
Katara tragó saliva.
-¡Lo siento! No sabía. Pensé que podían hacer algo más a medida. La mamá de Zuko se hizo hacer una bata dorada.
La costurera le dedicó una mirada cortante.
-¿Cómo sabías eso?
El pánico inundó las venas de Katara.
-Zuko me dijo –mintió con una voz que esperaba no fuera demasiado finita o incriminadota. ¡Por supuesto que no se supone que sepas eso! ¿Por qué no le dices simplemente que estuviste en la bóveda, Katara?-. Lo mencionó cuando se me declaró –añadió, pensando rápidamente-, porque creo que este collar solía ser de ella –señaló el pendiente ópalo cielo en su sarta de diminutas perlas.
La mirada de la costurera pasó de inmediato al pendiente.
-Sí –dijo abruptamente-. Es una antigüedad – una reliquia de los Nómadas Aire. Ha estado en la familia por generaciones. El General Iroh se la dio a la Princesa Ursa como regalo cuando ella anunció que estaba embarazada del Príncipe Zuko.
Katara parpadeó y bajó la mirada al pendiente. Examinando el destello tornasolado, intentó imaginar al General Iroh como un hombre más joven. ¿Cómo había presentado el collar? ¿Le habría dicho a la madre de Zuko que cerrara los ojos?
-¿Lo usaba a menudo?
La costurera sorbió por la nariz.
-No había sido ascendida aún entonces, y no trataba frecuentemente con la Princesa directamente –contestó-. Los ópalos cielo son invaluables y delicados. Dudo que lo hubiera usado con frecuencia.
Katara asintió con la cabeza.
-Ya veo –miró las túnicas yaciendo sobre su cama, y las otras en la bóveda con sus magníficos tocados. Recordó su excitación al obtener esa primera bata de seda – como le gustaba la combinación de la misma, la ligereza de ella en el calor del verano y la forma que los colores hacían que su piel pareciera como especias raras. Su disfraz de la Dama Pintada había sido tan pesado en comparación, tan voluminoso e incómodo – era un milagro que hubiera sido capaz de moverse con algo parecido a la gracia con él. Y aún así le encantaba -¿Qué sabes de la Dama Pintada? –inquirió.
-Sé que es una leyenda entre los campesinos –informó la costurera-. Y sé que insististe en disfrazarte de ella.
Los labios de Katara formaron una línea.
-La Dama Pintada es un héroe de la Nación del Fuego –corrigió-. Fue un honor tan solo pretender ser ella por un ratito. Y en el día de mi boda, quiero que la gente de este país sepa que planeo hacer todo lo que pueda para ser el héroe que necesitan –señaló las ropas tradicionales-. No quiero cuellos pesados, ni emblemas, ni la ropa de alguien más. No soy una princesa normal, y no quiero un vestido normal. Así que hazme algo diferente, si estás a la altura del desafío.
Sonó una grave risa ahogada desde la puerta. Azula estaba allí con un pergamino en sus manos. Se recostó contra el marco de la puerta.
-Oh, Katara –exclamó-. Puede que te hagamos de la realeza.
Katara apretó los dientes.
-¿Qué quieres?
-Solo verificar tu progreso –respondió Azula. Entornó los ojos-. Los guardias han estado muy informativos. Zuko y tú se están llevando de maravillas, dicen. Estoy empezando a preguntarme si necesitan esto –sacudió el rollo.
-¿Qué es eso?
-Oh, solo un regalito de parte del Maestro Piandao –contestó Azula-. Parece que escuchó de su compromiso. Y envió un repugnante obsequio como muestra de sus felicitaciones.
Azula arrojó el pergamino en la dirección de Katara. Katara lo agarró un poquito torpemente, pero finalmente se enderezó y leyó el título.
-¿La Esposa Consumada? –preguntó-. ¿Eh?
-Es una pieza bastante antigua de ripios –explicó Azula-. Lee la inscripción.
Frunciendo el ceño, Katara desenrolló el pergamino. Echó un vistazo a la esquela manuscrita.
-Por favor acepta este pergamino con las congratulaciones del Maestro Piando, con las esperanzas de que la nueva Princesa Katara sea una esposa más obediente de lo que fue prisionera.
-Parece que le caíste en gracia al viejo –acotó a Azula, con una curva en su labio-. Desenróllalo.
Katara lo hizo. Y de inmediato descubrió una ilustración de dos personas – un hombre y una mujer – rodando uno encima del otro. De inmediato, lo cerró. Su rostro palpitaba. Azula le sonreía con suficiencia.
-Entonces –comenzó la hermana de Zuko-, parece que eres más virtuosa de lo que pensamos.
Katara suspiró a través de los dientes.
-Éste es un regalo para mí, Azula –recalcó-. Si quieres aprender algunos trucos nuevos, te sugiero que te consigas un hombre para ti.
Katara se estiró y bloqueó el antebrazo de la otra chica antes de que pudiera abofetearla. Se sostuvieron la mirada por un momento.
-Sabes, no recuerdo a la Princesa Yue golpeando a la gente, especialmente en frente de sus sirvientes.
-Tú eres mi sirviente –siseó Azula-. No olvides tu lugar, Katara. El nombre de Zuko todavía está sucio por aquí, y ser su esposa significa que no eres nada mejor que los empleados de la casa.
Katara oyó un susurro apenas perceptible y alzó la mirada. En la puerta estaban Mai y Wai Lee. Bajó su brazo y se volvió hacia ellos.
-¿Escuchaste, Mai? ¡Si tú te hubieras casado con Zuko, tu podrías haber sido la sirviente de Azula, también! –sonrió-. Al menos, más de lo que ya eres.
Silencio. Incluso la costurera y sus asistentes se rehusaron a moverse. Finalmente, Wai Lee se adelantó. Llevaba una canasta en un brazo.
-No estás siendo muy agradable, Katara –reprochó. Todavía sonaba inquietantemente parecida a Ty Lee-. Somos amigas de Azula. Nos quiere.
A su lado, Mai bufó apenas. Wai Lee la miró nerviosa y rápidamente por el rabillo del ojo y avanzó un paso.
-Pero nos gustaría si fueras nuestra amiga, también. ¡Así que te compre estos caramelos! –Extendió la canasta-. Ese paquete en la parte de arriba es para Zuko y para ti.
Katara levantó el rosado paquetito.
-¿Qué es?
-Crujiente maní explosivo –exclamó Wai Lee-. Ten cuidado -- ¡realmente hace bum en tu boca!
-Estoy segura que Katara sabrá de eso, Ty Lee –intervino Azula-. Tú y el Maestro Piandao parecen compartir la misma idea.
-Quizás somos almas gemelas –repuso Wai Lee. Se llevó un dedo al mentón-. Sería una lástima, ya que él es tan viejo, pero es casi tierno…
-Por favor, cállate, Ty Lee –apremió Mai-. Honestamente, ¿Qué sucede contigo hoy? Primero la carne, ¿ahora almas gemelas?
-¿Carne? –repitió Azula-. ¿Comiste carne?
-Olía realmente bien –se excusó Wai Lee con la voz insegura.
-Pero tú no comes carne –persistió Azula-. Solo comes pescados.
-Eso es lo que dije yo –insistió Mai.
Wai Lee hizo su mejor esfuerzo por sonreír.
-Bueno, el Cometa de Sozin está viniendo –intentó-. ¡Tengo que ganar músculo para la batalla! –levantó un brazo y lo flexionó-. ¡La carne construye músculos!
Katara intentó recuperar su compostura. Claramente, Wai Lee había cometido un grave error sobre el carácter de su hermana, y ahora Mai y Azula habían reparado en él. Pero hasta ahora lo estaba cubriendo bastante bien.
-Estoy segura que ustedes tres pueden tener esta conversación en otro lugar –reclamó, esperando distraerlas-. Tengo una boda que planear.
Mai puso los ojos en blanco.
-Ven, Ty Lee. Vamonos.
-Una cosa más, Katara –llamó Azula-. ¿Has considerado mi oferta?
Le tomo un instante entender a lo que Azula se refería.
-Sí –asintió-. Zuko y yo lo discutimos anoche.
-Oh, ¿eso es lo que estaban haciendo? –se mofó Azula.
Katara sonrió.
-Entre otras cosas –confesó, y reconoció parte del brillo en su rostro como un perverso sentido de orgullo.
-Encantador –soltó Azula-. ¿Y llegaron a una decisión?
-Zuko quiere ir –contestó Katara. Mejor dejarle creer a Azula que estaban siguiéndole la corriente, decidió-. Y él puede ser bastante persuasivo.
Mai se giró, y tiró a Wai Lee tras ella por la muñeca mientras se marchaba. Wai Lee apenas se las arregló para hacer un medio saludo antes de desaparecer de la vista. Katara enfrentó la mirada de Azula.
-Sabes, para una chica sin instinto de conservación, has sobrevivido bastante bien –reconoció Azula-. Veremos como te sirve eso en el Polo Norte –y abandonó la habitación con paso majestuoso.
Katara suspiró y se volvió hacia la costurera y sus asistentas. La miraban completamente avergonzadas, pero extrañamente atemorizadas – especialmente las dos más jóvenes.
-O eres muy valiente o muy estúpida –reclamó la costurera calmadamente-. Tal vez un corte más moderno del vestido de la Dama Pintada es lo indicado para ti, después de todo –se aclaró la garganta-. Vamos, chicas. Tenemos trabajo que hacer –la mayor se paró y dirigió una inclinación baja en dirección a Katara-. Con su permiso, Princesa.
Katara sonrió.
-Adelante –asintió, inclinándose-. Gracias por todo su esfuerzo.
Los arrugados labios de la mujer se movieron nerviosamente en una sonrisa.
-No fue nada en absoluto.
Katara observó a la mujer salir por la puerta, y se sorprendió de encontrar a Zuko cuando la abrieron. Llevaba una bandeja con el almuerzo.
-Déjame pasar –pidió, sonriendo con suficiencia. Arqueó su ceja sana-. ¿No quieres probarlo mientras esté caliente?
El corazón de Katara dio un saltito. Asintió con la cabeza, y lo dejo pasar. Cerró la puerta detrás de él, y estuvo extrañamente agradecida de oír el pestillo cerrarse con un chasquido del otro lado. Se combó sobre la puerta y observó a Zuko colocar la bandeja en el suelo. Él notó el pergamino en la mano de Katara para leer el título. Su ceja sana subió incluso más en su cabeza.
-No es lo que crees –exclamó.
-¿Oh? –cubrió la distancia entre ellos-. Es una pena –y entonces la besó, y le quitó el pergamino de las manos-. No es como que necesites instrucciones –aseveró en su boca. Lo escuchó arrojar el pergamino en el piso antes de que enganchara sus manos bajos sus rodillas y la levantara contra la puerta.
-… Siempre he aprendido rápido –repuso ella, aunque era difícil respirar.
-Créeme, lo sé –afirmó, y luego la cargó hasta la habitación.
-Pensé que tenías hambre –dijo en su cuello.
-Tengo –confirmó él, y se sentó en la cama de modo que ella quedara en su regazo enfrentándole. Sospechaba que podía caerse, pero sus manos la sujetaron con fuerza en el lugar-. Desafortunadamente –continuó, sus labios rozando su oreja-, la cocina no tenía ostras.
Pensó en el viejo y chirriante cartel que colgaba sobre el Distrito de la Ostra – la concha abierta para exponer la resbaladiza carne interior, como una sonrisa, o quizás como algo completamente diferente. Se rió de repente, finalmente captando el juego de palabras (por supuesto que lo llamaban el Distrito de la Ostra; por supuesto que lo llamaban "buscar perlas") pero demasiado alborozada por la lengua y los dientes en su cuello para sentirse tonta por no haberlo entendido antes.
-Oh, guau –chilló, incapaz de controlar las risitas-. Es realmente un milagro que mi papá no te haya matado.
Zuko cayó hacia atrás de manera que ella se equilibrara sobre él.
-Intenta no mencionar a tu papá justo ahora –Katara agarró sus muñecas y las mantuvo sujetas a ambos lados de su cabeza. Él las miró y sonrió de oreja a oreja-. ¿Es una venganza por lo del árbol?
-El Maestro Piandao nos envió ese rollo –explicó ella.
-Viejo loco pervertido… -Zuko parpadeó-. Oh. ¡Probablemente es un mensaje!
-Bueno, ciertamente eso espero –convino Katara-. De otra forma, el Maestro Piandao está anotado para un agradable y largo baño en el fondo del puerto.
Zuko se sentó y se dirigió hacia el pergamino. Lo colocó sobre la bandeja del almuerzo y recogió ambos, después se acomodó contra los almohadones.
-Vamos. Lo leeremos mientras almorzamos.
-Si tu estómago puede manejarlo –rebatió Katara, retorciéndose a su lado. Destapó los platos mientras Zuko desenrollaba el pergamino. Vio como sus ojos se abrían como platos cuando la primera ilustración salió a la vista.
-¿Tu lo vis…?
-Claro que lo vi –replicó Katara, desviando la mirada-. Solo encuentra el mensaje, ¿por favor?
-Cierto –Zuko lo desplegó un poco más y encendió una llama en su palma. La apago, luego siguió desenrollando e iluminando cada sección. Se detuvo en una, bufó, y farfulló.
-¿Dónde está?
-¿Qué estás buscando? –averiguó Katara.
-La última vez que me envió un mensaje secreto, Tío Iroh usó una tinta especial que solo aparecía cuando el papel se acercaba a la llama –explicó Zuko-. Pero hasta ahora son solo manchas.
Katara se inclinó hacia delante.
-Déjame ver –arrugó la nariz ante el dibujo (¿de verdad los miembros humanos podían doblarse así?) antes de mirar fijamente hacia la luz que Zuko había producido. Ahí en la página, entre el capítulo titulado "La compañera comunicativa", estaban las palabras elástico y hablando embadurnadas con tinta roja. Sonrió ampliamente.
-Eso no es una mancha, es el mensaje –sentenció. Señaló-. ¿Ves? La oración entera dice Elastice las oportunidades para hablar: harán que su esposo se sienta importante y único. Pero tu Tío solo puso verdadero énfasis en esas dos palabras. ¡Quiere decir que Ty Lee está cooperando!
Zuko sonrió y le dio un beso en la mejilla.
-Busquemos más –pasó un brazo por encima de sus hombros y procedió a reírse de la creciente improbabilidad de cada dibujo consiguiente mientras buscaban pistas. Solo encontraron unas pocas, no obstante, cada palabra subrayada que podían ser toscamente adoquinadas en oraciones cortas: elástico hablando, absténganse de dulces, familia saludable, esperen y escuchen. Entonces, al final del pergamino, donde el autor felicitaba a la lectora por mejorar su matrimonio, alguien había subrayado los caracteres para felicitaciones con la tinta roja especial varias veces.
-¿Absténganse de dulces? –repitió Zuko.
Katara echó un vistazo al atado de caramelos que Wai Lee había traído.
-Wai Lee nos trajo crujiente maní explosivo hoy…
-¿Crujiente maní explosivo? –inquirió Zuko. Se deslizo fuera de la cama y levantó el paquete. Lo desató apresuradamente, y miró rápidamente los caramelos con formas de pepitas, cogiendo uno para inspeccionarlo. Lo olió, hizo una mueca y lo dejó. Se sentó de nuevo.
-No comas eso. Teo y El Duque han estado ocupados.
-¿Son pequeñas bombas?
-Bueno, huelen como gelatina explosiva –advirtió Zuko-. Deberíamos llevar un poco con nosotros, esta noche.
-¿Planeas hacer volar algo? –indagó Katara.
-Pensé que podías extrañarlo –repuso Zuko.
Katara lo consideró.
-Ha pasado bastante desde que hice explotar algo…
-No tanto –contradijo Zuko.
-¿Eh?
-Cuéntame sobre tus batas de boda. ¿Cómo son? –levantó una bola de arroz de coco y empezó a masticarla.
Katara sonrió.
-No estoy segura. Le dije a la costurera que quería algo como el traje de la Dama Pintada.
Sus ojos volaron de inmediato sus hombros.
-Eso es un horrible montón de ropa.
-Está haciendo algo un poquito diferente –replicó Katara-. Le dije que sabía sobre el vestido de tu madre.
Zuko parpadeó.
-¿Sí?
Katara hizo un mohín.
-Medio que se me escapó –tocó el pendiente en su garganta con los dedos-. ¿Sabías que tu Tío le dio esto a tu mamá cuando ella anunció que estaba embarazada de ti?
Zuko frunció el ceño.
-No. No tenía ni idea.
Katara apretó los labios.
-Mm… quizás no es asunto mío, pero alguna vez has pensado que quizás…
-Sí –interrumpió Zuko-. Solía esperar eso. Un montón.
-¿Y ahora?
-Ahora no importa –cortó Zuko-. Él ha sido más padre para mí que Ozai alguna vez –punteó el aire con los dedos-. Ven aquí.
Katara se inclinó hacia delante, y él acomodó su cabeza en su pecho. Instaló su mentón sobre su cabeza.
-Ozai vino a verme hoy.
Katara se congeló.
-¿Sí?
-Sí. Me dio su versión de la oferta del Polo Norte –lo escuchó tragar-. Tenemos que aceptarla.
-Lo sé –admitió-. Le dije a Azula que me habías convencido.
-Bueno, gracias a los dioses por eso –exclamó a Zuko-. Porque yo también le dije a Ozai que lo había hecho.
Ella rió.
-¿Qué más dijo?
-Nada que no hubiera dicho antes. Que soy un inútil y un débil y una decepción. Que debió haberme matado simplemente y al Señor del Fuego Azulon, y ahorrado el problema. Esa clase de cosas –sus dedos jugaban con su cabello-. Se supone que tengo que enviar a mis hijos de vuelta aquí antes de que tengan doce. Para entrenar. Solo nos dejará ir si accedemos a eso.
-¿Tus hijos? –repitió Katara.
-Ya sabes, cualquier, eh, chico que nazca de nuestra, eh… unión –Zuko se removió un poquito-. No que alguna vez vaya a hacer eso. Enviarlo, digo. No importa, de todas formas. Vamos a destruirlo. Y él no sabe lo joven que eres, ¿recuerdas? Y no es como que quiera hijos.
-… ¿no quieres? –Katara falló en ver que elección tenía él en el asunto – aunque con la sangre control…
-No estoy seguro de querer que la línea continue –excusó, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.
Katara le dio un pellizco.
-Es la línea de tu Tío también, sabes. Y solo eres la mitad de la ecuación. Quizás su mamá los puede compensar.
-Pero entonces ella tendría que ser mi opuesto en todo –repuso Zuko. Enrolló un trozo de su cabello alrededor de uno de sus dedos-. Ya sabes, como el invierno al verano. La lluvia y el sol. El calor y el frío. El fuego y el a...
-Oh, cállate –exclamó Katara, y le tapó la boca.
Esa noche, ella entró en su cuarto y lo encontró con la ropa oscura ya puesta. Le extendió un atado doblado a ella.
-Las escondí entre las paredes cuando te fuiste –indicó-. Deberías sacudirlas, por si acaso hay arañas.
Katara se estremeció y sacudió su ropa antes de meterse en el baño y cambiarse. Salió para encontrar a Zuko esperándola con una sonrisa en la cara.
-¿Lista?
Ella asintió. Zuko metió el paquetito de explosivos en su túnica. Se inclinó hacia delante y la besó, pero la apartó cuando ella se acercó.
-Cuidado –repuso-. No quieres hacerme explotar.
-¿Es un beso todo lo que requiere?
Él le dirigió una mirada media-escandalizada, media-complacida y abrió la puerta.
-Vamos. Más pronto nos vayamos, más pronto regresaremos.
No hablaron mucho en el camino de descenso o través de los túneles que llevaban al búnker. Esos túneles eran lugares tranquilos, y completamente oscuros – Katara accidentalmente había tropezado con los restos disecados del almuerzo de alguien, una pequeña gallina-cerdo cuyos huesos habían quedado secos y esquirlados. Zuko la tomó de la mano después de eso, pero siguió guiando la marcha hasta que llegaron a una puerta que se sentía caliente al tacto. Zuko se giró hacia ella e hizo crecer el fuego en su palma.
-Tienes que quedarte cerca de mí esta parte.
Ella le apretó la mano.
-Ya estoy cerca de ti.
-Me refiero a realmente cerca –enfatizó, y dirigió fuego al hueco en la puerta. Se abrió con un gemido y él los impulso a ambos dentro. El calor los golpeó como una pared. Katara vio estalactitas negras colgando con un ruido metálico y un túnel incluso más oscuro-. Ya casi –aseveró Zuko.
Atravesaron el túnel – que parecía antiguo; Katara vio diseños que parecían que los primero maestros fuegos habían cincelado en la piedra – hasta que llegaron a una superficie llana y ancha con brillantes piletas de lava. Zuko hizo un cauteloso paso sobre el llano, y la charca más cercana de lava se disparó y él rompió su contacto para desviar la lava en una ola.
-Ey –exclamó Katara-. Ese es mi movimiento.
-Lo aprendí de la mejor –cedió él-. Quédate conmigo.
Al lado de ella, la segunda charca de lava erupción. Katara liberó de vapor el aire, y lo congeló alrededor del calor fundido.
-¿Así?
Él sonrió de oreja a oreja.
-¿Te he dicho que eres sorprendente?
-No hoy –espetó Katara altaneramente, y se impulsó hacia delante.
Marcharon sobre el llano, desviando la lava, apartándola, o simplemente congelando en el lugar por un minuto antes de seguir. Katara hizo brincar el agua de un lugar a otro, mientras Zuko tenía que retener la lava o llevarla a otro lugar en una manera que redujera el chapoteo. Se agacharon y evadieron el calor, con los brazos en el aire. Katara había extrañado hacer control. Andar a hurtadillas era divertido (especialmente cuando incluía besos) pero ella era una maestra agua. Ese era su elemento. Finalmente, llegaron a una cuña de roca con la forma de una flecha sobre un siseante lago de lava.
-De acuerdo –exclamó Katara-. Esto es una exageración.
Zuko levantó los brazos.
-Quédate atrás –ella se apartó y el embistió hacia delante, alzando sus brazos incluso más. La lava se separó y rodó sobre sí misma, exponiendo un sendero de tierra chamuscada debajo. Por un momento, él lució casi como lo que había imaginado que un Señor del Fuego sería: poderoso, silencioso, infatigable-. Salta –ordenó-. No puedo seguir reteniéndolo.
El sudor corrió por el ojo de Katara. Asintió y saltó del pequeño acantilado hacia el suelo que había debajo. Zuko descendió de un salto junto a ella. Tomó posición frente a ella, lentamente desviando de sí la lava mientras avanzaban.
-Hice esto con agua, una vez –contó Katara-. Podíamos ver los peces dentro de las olas.
-Sigue hablando –indicó él, avanzando unas pulgadas. Olió el sudor que emanaba de él y lo vio perlando sus muñecas.
-¿Sobre qué?
-Cosas frías.
Katara retiró el sudor de la frente de él.
-Cuando mi papá estaba creciendo, su mejor amigo Bato se cayó del bote durante su prueba de esquivar el hielo. Mi papá tuvo que saltar y salvarlo.
-¿Esquivar el hielo?
-Como lo que hicimos con la lava ahora. Solo que con hielo. Y en un bote.
-Entonces, ¿nada que ver a la lava?
-No, no realmente. Es una prueba de hombría.
-… ¿Tu papá saltó al agua?
-Sí, y dijo que estaba tan helada que su abrigo se le congeló al cuerpo. Y luego él y Bato tuvieron que ir a un nido de foca polar y acostarse con las focas para calentarse.
-Seguí a las focas –confesó Zuko. Sus brazos estaban temblando-. Vi a donde iban, en el Polo Norte, y las seguí por el túnel hasta dentro de la ciudad.
-Eso fue realmente inteligente –reconoció Katara.
Finalmente, terminaron de cruzar el lago. Zuko se estiró hacia atrás y tiró de ella hacia delante, hacia una pedazo de piedra chata y cenicienta ante una enorme estructura de acero que parecía una colmena. Al final había una puerta, con profundos surcos en el interior. Tambalearon hacia delante y pusieron sus manos en la puerta.
-¿Qué pasó aquí? –preguntó Zuko.
-Toph –respondió Katara, pasando un dedo por las ranuras.
Zuko sonrió y se secó la transpiración.
-Vamos.
Una vez que hubieron atravesado las puertas, Zuko siguió guiando la marcha. Parecía conocer su camino, y Katara se preguntó cuánto tiempo había pasado en el bunker durante el lapso previo al eclipse. Se arrastraron por unos túneles bordeados por cañerías de acero, y pasaron más puertas de acero de aspecto sólido. La mayoría de las puertas requerían fuego control. En una curva, Zuko aspiró y la abrazó contra una pared, mientras dos hombres con uniformes de la Nación del Fuego pasaban.
-Escuché que perdió sus dedos en uno de sus inventos.
-Viejo loco.
Katara frunció los labios y miró el ceñudo rostro de Zuko.
-Están hablando del Mecánico –susurró ella-. Está perdiendo los dedos.
Zuko asintió. Se inclinó hacia atrás para mirar el corredor en ambos sentidos.
-Pensé que podía estar aquí abajo.
-¿Por qué?
-Aquí abajo es el único lugar donde todavía tienen habitaciones con grilletes.
Le agarró la mano y empezó a correr. Se precipitaron por el pasillo para escapar de la risa de los guardias que se acercaban. Katara vio a un hombre despertarse de un sobresalto cuando retumbaron por el pasillo y entonces levantó las manos y antes de que pudiera girarse ella ya había apretado la sangre de su interior; cayó al piso en un montón. Zuko saltó sobre él y disparó fuego a un pequeño tubo cerca de la puerta. Ésta se abrió y ellos tropezaron dentro.
El Mecánico estaba sentado ante un amplio escritorio rodeado por rollos de pergamino, tinteros, y diseños colgando a medio completar. Se giró lentamente en su banqueta para mirarlos, y sus pesadas cadenas de hierro rasparon la madera cuando lo hizo. Había perdido algo de peso, y su cabello se veía todavía más salvaje y de lana. Los miró fijamente con los ojos más hundidos de lo que recordaba, sin su típico brillo conspirador, y dijo después de un momento:
-Ah. Me preguntaba a quien podían enviar.
-¿Dónde está el arma? –apremió Zuko.
El mecánico parpadeó. Su mirada adolorida se movió lentamente hasta Katara.
-Lo lamento tanto –dijo.
Las manos de ella se cerraron en puños.
-Sabemos que ya está dirigiéndose hacia el Polo Sur. Dinos a dónde más está yendo, y dinos como detenerla.
-Y como es que le quita el control a la persona –añadió Zuko.
Algo en el fondo de los ojos del Mecánico se encendió. Las cadenas traquetearon cuando se estiró sobre el escritorio y movió algunos papeles. De debajo de ellos, sacó un largo tubo de acero trabajado con la forma de un dragón, con una manija de madera. Katara lo reconoció de las memorias del Teniente Jee de la prueba de las armas. El tubo terminaba en la boca del dragón, y cerca de donde escondía sus púas había un "rollo" extra de "carne" a escala. Él empujó este rollo hacia atrás y luego hacia fuera, dejando a la vista una cámara oculta llena de bolillas de metal con la forma de erizos de mar diminutos. Sacó uno y se los mostró.
-Ozai tiene uno de estos –recordó Zuko-. Pero era de oro.
-Sí, ese era un modelo –admitió el Mecánico-. El Señor del Fuego quería algo… especial.
-¿Pero qué es lo que hace? –averiguó Katara.
El mecánico presionó la bola de forma que sus puntas se retractaron. Entonces la soltó de nuevo.
-Cuando esta bolilla entra en el cuerpo de una persona, explota –explicó-. Estas pequeñísimas púas se esparcen por el músculo y el hueso. Esos fragmentitos bloquean el flujo del Chi en el cuerpo de un maestro. Pero son un arma efectiva contra los que no son maestros también, por supuesto -- ¡este aliento de fuego puede detener a un hombre en marcha!
-Lo sé –asintió Katara-. Lo vi.
-¿Cómo les dispara? –inquirió Zuko-. Esas pelotas son de metal. No entran de la nada en el cuerpo de alguien por si solas.
-Polvo chispero –repuso el Mecánico, haciendo una seña a una urna que lucía sospechosamente similar a las que Katara y Zuko habían encontrado dentro de la bóveda del palacio. Le quitó la tapa y estuvo completamente segura, ahí estaban las "cenizas" curiosamente negras que Zuko había visto.
-Estábamos tan cerca –se lamentó Zuko, como si hubiera leído sus pensamientos-. Estaba justo delante de nosotros.
-El polvo chispero se carga dentro de este compartimiento –indicó el Mecánico, mostrando una cámara secundaria dentro del arma-, y todo lo que un maestro fuego tiene que hacer es iluminarlo con su propio control. Por supuesto que es muy explosivo y peligroso – es por eso que pedí que quienes no fueran maestros hicieran el trabajo. No quería que nadie saliera lastimado.
-¿No quería que nadie saliera lastimado? –la voz de Katara tembló. Señaló el arma-. ¿Tienes idea de lo que esa arma le hace a la gente? ¡Los destroza! ¡Les quita su habilidad!
-Hay un montón de gente en este mundo que se las ha arreglado perfectamente bien sin los elementos –replicó el Mecánico, con un toque helado en su voz-. Tu hermano es uno de ellos, y yo también.
-Hiciste bien en colaborar –intervino Zuko-. No hubieras sido nada sin el apoyo de la Nación del Fuego.
-¿Y qué hubieras sido tú, si no fueras el Príncipe de Fuego? –retrucó el Mecánico.
Zuko tensó la mandíbula.
-Habría sido libre.
-Bueno –repuso el Mecánico, mirando el piso-. Todos hacemos elecciones.
-Y tú escogiste liberar esta abominación en el mundo –exclamó Katara-. ¿Siquiera pensaste en la gente cuyas vidas destruiría?
-¿Tú pensaste en los hombres y mujeres en mis globos de guerra, cuando los volteaste del aire? –rebatió el mecánico-. ¿O simplemente estabas pensando en tu hermano y en tu padre y en el Avatar?
Algo comenzó a picarle en los ojos a Katara. Su piel se enfrió.
-¿Qué te ofrecieron? ¿Te dijeron que protegerían a Teo si lo encontraban?
-Me dijeron que yo podía vivir –contestó el mecánico. Examinó sus dedos de madera-. Dijeron que el dolor pararía –alzó la mirada-. Me estaban matando.
-Debiste haberlos dejado –protestó Zuko.
No había nada más que decir, después de eso. La boca de Katara intentó formar las palabras: Cálmate, se buena, intenta entender. Pero no le salían. Pensó en el arma y en el Teniente Jee, en esta misión y en su gente y en sus habilidades desapareciendo, y como todo podía haberse detenido si el hombre ante ellos hubiera sido tan solo un poquito más fuerte. Y pensó en Zuko y la paliza que había soportado para estar ante el hombre que le había dado el rostro que tenía ahora. Y pensó en su padre y en Suki y en Iroh y en Haru y la gente en el barco prisión y la forma en que se habían sublevado.
-¿Cómo podemos detener el arma? –preguntó ella.
-Pueden sabotear la fábrica abajo, o sabotear el cargamento que parte esta noche –sugirió el hombre-. O pueden decirle a sus compatriotas que usen armadura de metal.
-¿Qué hay de paredes de piedra o hielo? –indagó Zuko.
-Piedra, tal vez. Pero el hielo no los retendrá a menos que sea del grueso de un glaciar.
Katara se dio fuerzas para no llorar. Habría tiempo suficiente para eso más tarde, cuando realmente hubiera formulado un plan de algo que decirle a los otros.
-Perfecto –clamó. Se giró hacia Zuko-. Vamos.
-Danos una copia de los planos –demandó Zuko.
El Mecánico asintió con la cabeza, escogió algunos de los papeles, y los enrolló apretadamente. Se los entregó a Zuko, y después éste se los pasó a Katara. Por un momento, los tres se miraron fijamente.
-Buena suerte –dijo el Mecánico finalmente-. Digánle a Teo... –se encogió de hombros-. Díganle algo bueno.
Katara miró entre ellos. Zuko estaba tragando con dificultando y respirando vacilante.
-Te vas a quebrar si te preguntan quién estuvo saboteando los cargamentos, ¿no?
El Mecánico lamió sus labios agrietados.
-Sí. Probablemente, si pasan el tiempo suficiente interrogándome.
Zuko asintió.
-Lo siento –se disculpó.
-Todos hacemos elecciones –repitió el Mecánico-. Cuando seas Señor del Fuego eso no cambiará mucho.
-Lo sé –admitió Zuko. Tomó la mano de Katara-. Vamos.
-Adiós –se despidió Katara.
Cautelosamente, Zuko abrió la puerta. Les saludaron unos ronquidos; el guardia que había puesto a dormir se había dado la vuelta. Con cuidado, pasaron de puntillas sobre él.
-Date la vuelta –indicó Zuko.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué? ¿Por qué…?
-Por favor solo hazlo. Por mí. Por favor.
Ella se giró. Escuchó el susurro de la tela y algo ser abierto de un tirón, y un gruñido frustrado. Después Zuko tenía su mano de nuevo y estaban corriendo precipitadamente por el pasillo. Detrás de ella, escuchó al guardia darse la vuelta, toser, y respirar con un ruidoso bostezo.
Hubo entonces una explosión, y el sonido de los nuevos explosivos de Teo volando el laboratorio de su padre.
Un golpe más, una último gran logro...
Hey, chicos, perdón, en serio, no va a volver a pasar. No me nieguen qe no les gustó. Gracias por su paciencia y sus reviews. Perdón pero no puedo contestarselos. ^^ Gracias, gracias, nos vemos en el capítulo de al lado ;)
Editado 20/12/08: Gracias chicas por avisarmee!!
