Honestamente dudo mucho que alguien se acuerde de esta historia. Sin embargo, ante mi negativa de querer abandonar historias (y menos esta que, con el cierre de Nishiki no mai, se volvió mi favorita), vengo a dejar capítulo.

Y iniciaré universidad en menos de 4 meses, así que mejor me voy poniendo al corriente, o a advertirles que si siguen mis historias, deberán ser pacientes conmigo. (Como si le importara a alguien realmente TwT)


15. La dama de las tormentas.

El cielo gritaba en tempestad, lo que al inicio había empezado como un prometedor viaje amigable con las corrientes del mar, terminó por derrumbarse en un huracán como nunca antes se había visto en las costas del reino de Marlon. En el interior de la carabela yacía inmutable la mismísima Reina, Prim Marlon, quién leía un libro de negra cubierta a pesar del terror y pánico en el medio externo. Uno de los marinos abrió presuroso el camarote de la doncella.

-¡Majestad, debe abordar el bote salvavidas! ¡El barco se hunde! –Gritó asustado, mirando con desconcierto la paz de la Reina. -¿Majestad? –Preguntó el marino cuando la mujer frente a sus ojos empezaba a levantarse con tanta elegancia que hacía parecer que afuera el mar estuviera tan tranquilo como en verano; Prim Marlon caminó a un lado del marino y se perdió en los pasillos de la embarcación rumbo a las escaleras que conectaban el interior con el exterior de la nave.

Justo en el momento que los descalzos pies de la dama dejaron el último escalón que comunicaba con la cubierta, se oyó un estallido en la parte mas baja de la galera. La embarcación era ciertamente enorme, con tres pisos debajo, el London era el barco más esplendoroso de toda la flota naval de Marlon. Aunque estaba por terminar su último viaje.

Contrario a las órdenes, peticiones y súplicas que el capitán y los tripulantes lloraban a la Reina en afán por hacer que ésta abordara el último bote salvavidas disponible, Prim caminaba grácilmente sobre la proa hasta el máximo borde frontal de la embarcación. El capitán trató de hacerla desistir de lo que sea que estuviera pensando la máxima autoridad del reino, mas aquella parecía no hacer caso a los llamados de su gente.

Las gotas de lluvia no alcanzaban siquiera a mojarla, había una constante ráfaga de suave viento que soplaba de ella hacia afuera y que hacía imposible que el agua llegase a tocar siquiera la suave seda de color azul de la cual estaban hechos sus ropajes.

Un rayo golpeó el mástil más grande y lo hizo estrellarse a escasos centímetros de la Reina. Los gritos de horror y pánico no se hicieron esperar. El fuego comenzó a expandirse por el lugar de forma inexplicable. Algunos hombres saltaron a la mar en busca de una muerte más digna como hombres del agua… sin embargo, la soberana del reino de Marlon se mantuvo calmada en todo momento. Ni el fuego pudo acercarse a ella. El barco estaba hundiéndose cada vez más rápido, de tal forma que la parte donde la Reina se hallaba parada quedó completamente alzada sobre la feroz marea.

Los marineros que habían alcanzado la seguridad de los botes salvavidas miraban incrédulos como el barco terminaba de ser tragado por el océano y como Prim Marlon desaparecía en un destello de luz. Inmediatamente después, la marea cesó y todo volvió a estar en calma.

-Es por eso que no debemos llevar mujeres a bordo. –Dijo despectivamente un joven grumete, mas fue callado por otro a base de un zape.

Sin siquiera saberlo, a millares de leguas desde su posición, una pequeña escolta conformada por varios soldados de azulada armadura y un séquito de tres doncellas esperaban la llegada de una persona, sin duda, importante.

-Lo siento, ¿los hice esperar? –La dulce voz se escuchó a espaldas de todos.

Los guardias giraron sobre sus talones apuntando sus armas en contra de la misteriosa aparición; supuestamente nadie sabía que ellos estarían ahí. Pero rápidamente dieron cuenta de su error y se arrodillaron ante la eminencia frente a ellos.

-¡Reina Marlon! –Dijeron todos al unísono, expresando sus condolencias ante el fallo que habían tenido. La Reina no era conocida necesariamente por su bondad…

-Descuiden, los necesito todavía. –Expresó Prim dejando que sus sirvientas le lavaran los pies y le colocaran las zapatillas que había pedido con anterioridad.

-Fue una verdadera entrada, Su Majestad. –Halagó una.

-En realidad yo esperaba aparecer frente a ustedes, creo que necesito practicar. –Replicó la monarca.

-De ninguna manera, todo fue perfecto. –Apuntó otra, ayudando a colocar los pliegues del fino vestido de su ama en su lugar.

-Abiss debe ayudarme a practicar. –Dijo para sí.

-Le enviaremos un mensaje inmediatamente, usted sabe, para que venga a practicar con usted.

-¿Eres estúpida? Cuando el mensaje llegue nosotros estaremos ya de camino al reino. –Inquirió Prim visiblemente molesta.

-Lo siento, soy estúpida.

La conversación terminó ahí, apenas su atuendo y peinado estuvieron listos de nuevo el gentío empezó a movilizarse por el sendero de la ensenada al interior del bosque, y de ahí al lago que yacía en su interior. Lo que hallaron en el centro del mismo, siendo conectado a tierra únicamente por un puente de madera a medio terminar, los dejó sorprendidos.

-¿Vienen de visita? –Los guardias retrocedieron junto con las sirvientas al momento de escuchar la espectral voz.

-¡¿Esa cosa se movió?!

-Vengo a ver al encargado de la torre. –Respondió la Reina tranquilamente ante el juglar de piedra que adornaba un extremo del puente. –Soy amiga suya.

-Adelante. –Una sirvienta casi se desmaya ante la otra estatua que empezó a moverse.

-Quédense aquí, no tardaré. –Ordenó a sus subordinados y después empezó a caminar tranquilamente sobre la madera podrida que conformaba los escalones del estrecho puente.

Aquella construcción era conocida popularmente como La Torre de la Tortura.


Pues este es el segundo Cuento de vela, el siguiente será el tercero y último antes de empezar formalmente con la Saga del mal.

Gracias a todos por seguirme todavía, espero les siga gustando la historia, y no olviden colocar sus cartas de odio y resentimiento en los comentarios.

Se me cuidan, bye.