Disclaimer: ALLA es propiedad de VIACOM, Nickelodeon, Mike, Bryan y Night. No sacó beneficios de esta historia.
Notas: Me disculpo de que esto haya tomado tanto. No fue mi intención que fuera así, empero me seguí distrayendo con la vida real y con errores que cometí mientras escribía, y tuve que volver atrás y corregir…
Agradecimientos: a todos los que proveyeron con arte nuevo – Kungpow333, Supersonic-Gabi, Tempest-in-Blue, Drisela, Irrel, Heavenly Maron… simplemente soy muy afortunada de tener tanta gente siempre deseosa de participar en esto conmigo. Ustedes son los que han hecho que MT sea el éxito que es, y estoy muy agradecida."Me gusta un poco de rebelión de vez en cuando. Es como una tormenta en la atmósfera" –Thomas Jefferson.
Zuko mató al mecánico. Zuko mató al papá de Teo. Zuko mató a alguien.
Zuko sostuvo su mano mientras corrían por el pasillo. El sonido de unos pies azotándose contra el suelo los seguía. Escuchó gritos. Alarmas empezando a sonar – escuchó el chillón sonido metálico de las campanas. Zuko tiró de ella junto con él y envió una ráfaga de fuego hacia una puerta. Empezó a abrirse lentamente y él hizo que ambos se apretujaran para pasar. Ahora estaban sobre un paso elevado de acero. Zuko se detuvo a poco y ella chocó con él. Entre sus pies y a través de la reja, vio la fábrica: tazones de metal con cerámica hirviendo, prisioneros con ropas raídas, y hombres martillando caños de acero u oro. El calor iba más allá de lo intolerable, así como el ruido – la gente allí debían de estar mejor en la torre.
-¡Ey!
Ella miró hacia arriba. Dos guardias habían entrado en la senda por el otro lado. y ahora señalaban a Katara y a Zuko. Zuko se deslizó entre ellos y Katara, y sus rostros registraron la sorpresa. Explotó fuego en sus puños.
-¡Traidor! ¡Traidor! Alerten a los Dai...
Ambos hombres cayeron apilados. Sobresalían flechas en sus espaldas. Dos figuras cayeron desde las tuberías de arriba. Uno de ellas llevaba un arco rústicamente hecho. La otra puso su pie sobre el cuerpo de un guardia.
-¡Que sorpresa encontrarlos aquí! –exclamó Smellerbee.
-Oh, gracias al cielo –murmuró Zuko. Miró hacia la fábrica antes de cruzar a grandes zancadas por el causeway.
Katara lo siguió.
-¿Qué están haciendo aquí?
-Eh, como que medio ustedes nos metieron en la cárcel –recalcó Smellerbee-. ¿Jun? ¿La recompensa? ¿Recuerdan?
Katara hizo una mueca.
-Bueno, ¿están bien?
Smellerbee frunció el entrecejo.
-Estaría muchísimo mejor si alguien no hubiera decidido volar el laboratorio y enviar guardias por todos lados –sacudió la cabeza por encima de su hombro-. Vamos.
A sus espaldas, la puerta empezaba a abrirse lentamente de nuevo. Zuko cabeceó y los siguieron. Todos atravesaron corriendo el pasillo, luego giraron a la derecha. La senda inmediatamente empezó a inclinarse hacia arriba.
-¿A dónde vamos?
-Una ruta de escape –respondió Smellerbee.
-Pero no hay ninguna ruta de escape –refutó Zuko, mientras se acercaban a otra serie de puertas.
Smellerbee bufó.
-Eso muestra lo mucho que sabes –se detuvo junto a una roca, y empezó a aflojarla desde abajo. Longshot se arrodilló y la ayudó, y en un santiamén habían sacado la piedra de su lugar. Smellerbee señaló a la oscura grieta que había quedado-. Métanse.
Katara miró a Zuko. Él la estaba mirando. Ella se encogió de hombros, y el asintió. Se metieron. Dentro, encontraron una superficie muy angosta de piedra, y un rastro de luz nocturna arriba y un apagado brillo naranja debajo.
-Un respiradero –reconoció Zuko.
-Un tanto para Su Genio Real –ironizó Smellerbee-. Empiecen a subir, ya.
Ellos empezaron a trepar. La roca estaba caliente, pero Katara intentó no pensar en sus dedos quemándose. Luchó por encontrar agarres en la oscuridad. Le dolían los brazos y tenía que apretar los dientes para seguir moviéndolos. Tener a Smellerbee directamente debajo de ella gruñendo su frustración y molestia ayudaba. Finalmente salieron en la parte sombreada del volcán, con la ciudad detrás de sí y el puerto debajo. Zuko la ayudó a salir, luego extendió su mano a Smellerbee. La chica simplemente meneó la cabeza y se salió sola. Y entonces estuvieron los cuatro de pie, cubiertos con tierra, hollín y sudor. El arco de Longshot ahora parecía un poquito doblado, y no de buena manera.
-Entonces –comenzó Katara-. Es bueno saber que están vivos.
-Es bueno saber de que lado están –replicó Smellerbee.
-Ellos creerán que fueron ustedes –remarcó Zuko-. Pensarán que ustedes volaron el laboratorio, ahora que escaparon.
-Está bien –aseveró Smellerbee, rascándose la cabeza-. Hemos hecho una tonelada de cosas en ese lugar que ni siquiera saben.
-¿Cómo qué? –inquirió Katara.
-Oh, lo de siempre. Robar comida, atascar cerraduras, cambiar las medidas la mezcla de la aleación… -Incluso en la oscuridad, Katara podía ver los ojos de Smellerbee brillando-. Les tomo un rato darse cuenta de esa.
-¿Ustedes sabotearon las armas?
Smellerbee sonrió de oreja a oreja.
-Seguro que sí. Esas cosas se derretirán después de tres tiros –hizo un mohín-. Aunque solamente lo logramos en el cargamento más reciente. Reforzaron la seguridad para el tiempo que empezamos a trabajar en los destinados al Reino Tierra.
Katara parpadeó.
-¿Estás diciendo que los que se dirigen al Polo Sur son…?
-Basura –interrumpió Smellerbee. Rugió de sorpresa cuando Katara la rodeó con sus brazos, luego palmeó incómodamente el hombro de Katara-. Relájate, no fue gran cosa, solo nos aseguramos que agregaran demasiado cobre…
-Fue brillante –corrigió Zuko-. Arriesgaron un montón.
Smellerbee se apartó.
-Sí, bueno, estamos arriesgando un montón quedándonos aquí sin más. Y también ustedes. ¿a dónde ahora?
Katara y Zuko se miraron rápidamente.
-Tenemos que destruir el cargamento hacia el Reino Tierra –decidió Katara.
Smellerbee puso los ojos en blanco.
-Buena suerte. Esas cosas están bien encerradas.
-Conozco los buques de la Armada –aseguró Zuko.
-Yo también –repuso Katara-. Viví en uno por un tiempo –se giró hacia él-. Puedo hacer esto sola. Deberías regresar al palacio. En el instante en que Azula oiga que sucede algo, sospechará de nosotros. Puedes echarme toda la culpa.
Zuko parpadeó dos veces.
-Voy a olvidar que acabas de decir eso.
-No, en serio, digo que…
-Vamos al puerto –cortó Zuko-. ¿Qué hay de ustedes?
Smellerbee se rascó la ceja.
-Bueno, no habíamos planeado exactamente escapar justo ahora, pero supongo que ya que hemos llegado tan lejos…
A Zuko se le desencajó la mandíbula.
-¿Qué quieres decir con que no habían planeado escapar justo ahora? ¿Qué estaban haciendo andando a hurtadillas ahí abajo?
Smellerbee se encogió de hombro.
-Un cargamento de Mek-Ju llegó esta tarde para los guardias. Queríamos un trago.
La palma de Zuko hizo ruidoso contacto con su frente. Katara se adelantó un paso.
-Bueno, muchas gracias por su ayuda…
-¿Qué, no quieren que vayamos con ustedes? –le interrumpió Smellerbee.
Zuko se le unió a Katara.
-No. Si los encuentran con nosotros, se acabó. Ya han hecho suficiente. Vamos –bajó la voz-. Hay un hombre en la ciudad que deberían ver. Piandao. Puede ayudarlos.
Smellerbee arrugó el ceño.
-Como sea. Como si tuviéramos tiempo para visitas sociales.
-Él está de nuestro lado. Díganle que nos conocen.
-Sí, sí, te escuché la primera vez –Smellerbee señaló el puerto con la cabeza-. Será mejor que empiecen a irse.
Katara asintió.
-Gracias. Muchísimas.
-Es parte del trabajo –contestó Smellerbee. Comenzó a alejarse-. Vamos, Longshot. Déjemosle a los tórtolos su espacio.
Zuko echó a andar detrás de ella, pero Katara lo asió por la muñeca y lo hizo retroceder. Longshot permanecía en su lugar, mirándolos fijamente. Se lamió los labios, luego avanzó.
-Felicitaciones –exclamó en un tono apagado de voz. Sus ojos se deslizaron sobre Zuko-. Y bienvenido de nuevo a la lucha.
Después de su estadía en el palacio, correr por las calles nocturnas del puerto de la ciudad era como una vuelta a casa para Katara. Si su corazón ya no hubiera estado bombeando por la carrera cuesta abajo, hubiera empezado a hacerlo solo con oler el mar. Evitaron el Distrito de la Ostra, y en vez de eso, se viraron bruscamente por las fábricas abandonas. Corrieron ocultos por las sombras y bajo las tuberías hasta que salieron en el embarcadero. Estaba patrullado por guardias que parecían saber la importancia de su tarea – estaban despiertos y alertas, mirando atentamente al frente.
-¿Ideas? –murmuró Zuko.
-No puedo controlarlos a todos –farfulló Katara-. Son demasiados.
-Necesitamos una distracción.
Katara estudió el embarcadero. Todos los marineros y pescaderos que hubieran dado vida a ese lugar durante el día habían desaparecido en sus hogares o en el Distrito de la Ostra, haciendo del embarcadero un lugar solitario donde cualquier movimiento sería notado de inmediato. No podían desvanecerse en una multitud ni siquiera empezar una pelea entre transeúntes. Aparte de los guardias, las únicas personas en el embarcadero eran un borracho y algunos adormilados rinocerontes de komodo que aún estaban enganchados a sus carros.
-Lo tengo –exclamó. Apuntó-. Métete en ese carro de ahí.
Zuko hizo un ruido de desagrado en su garganta.
-Tengo un mal presentimiento sobre esto.
-Solo confía en mí.
-Sí, claro –murmuró Zuko, y se dirigió como un rayo hacia el carro. Se movió lentamente, abrazando las sombras. Katara lo seguía. Ella no eran tan ligera sobre sus pies como él, pero de todas formas no tenía que serlo – retorció el agua de una planta cercana y lo azotó como un aguijón contra las patas del rinoceronte dormido. El animal se despertó sobresaltado justo cuando llegaba al carro. Hizo sonar su látigo de agua en sus otros pies, y el rinoceronte embistió hacia delante, furioso y bufando. Zuko cayó dentro del carro y Katara hizo el intento de agarrarlo. Entonces el animal pareció realmente despertarse, y embistió. Agarrándose del carro con una mano, Katara se las arregló para manipular agua en la garra delantera y derecha del animal, enviándolo hacia la izquierda – derecho a los guardias parados con sus espaldas vueltas hacia el puerto.
Las manos de Zuko se cerraron con fuerza sobra las de ella y tiró de ella hacia arriba y dentro del carro justo cuando los primeros gritos y los estallidos de fuego comenzaron. La tapó con una manta y escuchó al rinoceronte rugiendo y al borracho gritando. Después el mundo dio un vuelco y Zuko la abrazó contra un lado del carro al tiempo que se encontraban con el agua de mar. Por un momento se hundió en la fresca y húmeda oscuridad, conmocionada por el frío. Nadó hacia arriba y dentro de la burbuja de aire dentro del carro volcado. Zuko estaba ahí, pisando agua.
-Que magnifica idea que tuviste –le reprochó, levantando su flequillo mojado con un suspiro.
-Al menos estamos en el agua, ahora –retrucó-. Vamos. Respira hondo. Tenemos que liberar al rinoceronte –empezó a inhalar y exhalar, tomando más y más grandes bocanadas de aire-. ¡Uno… dos… tres! –se zambulló y tanteó su camino debajo del carro, arrastrándose hacia arriba en dirección del animal de carga. El rinoceronte descargó una patada en su estómago, y todo el aire dentro de ella se escapó en un alboroto de burbujas. Luchó por abrirse paso hacia la superficie. Se esforzó por algo de aire. Su estómago se sentía como una bola guisada toda estrujada. Buscó a Zuko, pero no vio nada más que al animal gimoteando y gritando en el agua y los hombres encima de ella en el embarcadero. Miraban atentamente el agua, con las llamas en lo alto. Intentó sumergirse para evitar ser notada.
Algo tiró de su pierna, luego encontró su mano, y jaló de ella en dirección al muelle. Nadó junto con él débilmente. A su lado, el komodo se sacudía y empezaba a mover arriba y abajo sus piernas en dirección a un pobre silbido. El carro se hundió. Desde su nueva posición bajo el muelle, observó las burbujas levantándose donde solía estar. Zuko salió a la superficie a su lado.
-¿Estás bien?
Ella tosió. El dolor cantó con fuerza en su piel.
-El rinoceronte me pateó.
Los ojos de Zuko se abrieron como platos.
-¿Qué? ¿Dónde?
-En mi estómago. No creo que fuera con toda su fuerza, pero duele de veras.
Zuko perjuró. Luego le subió la túnica. Sintió sus dedos rozando su panza. Algo escoció y el empalideció. Levantó su mano e incluso en la oscuridad vio que sus dedos estaban manchados de sangre.
-Abre la boca –pidió.
-¿Eh?
-¡Solo hazlo!
Katara abrió la boca. Zuko se acercó y echó un vistazo dentro. Sostuvo su cara con una mano.
-Perdón –se disculpó, y salvó la distancia entre ellos con un beso. Su lengua lamió su camino hasta la de ella, examinando, probando. Ella se congeló. Este beso no se sentía como los otros. La estaba besando como si fuera una cuchara llena de sopa caliente, no una persona. Se apartó con un audible sonido de succión, y tragó.
-Bien –declaró-. No estás sangrando por dentro. Eso es bueno.
-¿Cómo sabes? –preguntó.
-Lo probé –respondió-. Saldría por tu garganta –deslizó un brazo bajo las piernas hombros de ella, la levantó en el agua como si la estuviera levantando por encima de algo-. Es lo que usualmente pasa cuando alguien es pateado por un rinoceronte. Se ahogan en su propia sangre.
Katara se estremeció. Se miró el vientre y levantó la túnica para examinar el daño. Dos cortes profundos, uno largo, uno corto, habían aparecido en su piel. La sangre se escapaba de ellos. Su estomago dio un vuelco.
-Puedes arreglarlo, ¿cierto? –indagó Zuko. Sus dedos se curvaron fuertemente alrededor de sus hombros y rodillas-. Digo, no será nada para ti, eres una maestra, arreglaste a Aang…
-Está bien –le cortó-. Está bien.
-Va a dejar cicatriz, Katara, por favor, arréglalo, cúralo ahora, estás sangrando…
-Lo sé –interrumpió, y juntó agua. Respiró hondo y trabajó con el agua sobre los cortes. Se imaginó la herida sellándose lentamente. Vio el agua empezando a brillar. Las heridas ardían, luego se pusieron heladas, y el agua se cayó y perdió el aliento. Zuko la agarró con más fuerza y ella suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás en el agua.
-Estás bien –indicó-. Como nueva –sus labios aterrizaron en su frente, en su nariz, en su boca. Eran cálidos y tiernos-. Gracias a los dioses.
Su agarre cambió y ella quedó de pie, con los dedos en el lodo, mientras una de las manos que goteaban de él le echaba el cabello hacia atrás y la abrazaba con el otro brazo. Ella lo abrazó alrededor de los hombros y se paró sobre sus dedos, se resbaló en el barro, pero él la sostuvo con tanta fuerza que no pasó nada.
-Subámonos a ese barco.
Katara suspiró. Pensar en la misión la recompuso un poquito.
-De acuerdo –tragó-. Sabes, de veras no tienes que hacer esto. Quise decir lo que dije, antes. Azula sospechará de nosotros en el momento en que escuche que pasó algo. Tú pyedes regresar ahora y salvarte. Puedo hacer esto sola.
El retrocedió un poquito.
-¿Esto es por lo que hice? –inquirió-. Si no me quieres…
-No, no es eso –apremió-. Es solo… que estoy asustada. Por los dos.
Zuko sonrió con una de sus comisuras.
-Lo sé. Yo también. Pero si vas a arder por esto, entonces arderé yo también –empezó a chapotear hacia el barco, luego se sumergió. Katara permaneció de pie. Después de un momento, él se giró en el agua y dijo-: ¿Y bien?
Ella se señaló a sí misma.
-¿Hola? ¿Maestra agua? –levantó los brazos, palmas hacia arriba, y rápidamente las bajó. El agua la alzó y se congeló a sus pies. Hizo una mueca, pero le sonrió ampliamente-. Súbete.
Zuko se iluminó. Un instante después, él estaba detrás de ella, agarrándose de sus caderas con ambas manos.
-Me encanta cómo piensas.
Katara levantó las manos. A su alrededor, un fino velo de bruma se alzó. Su túnica todavía estaba suelta y sintió sus húmedos dedos deslizándose sobre su vientre cuando la tela se levantó. Entrecerró los ojos mirando el barco.
-Hagamos explotar las cosas.
Sus brazos volaron en picada hacia abajo y embistieron a través del agua, levantando olas como una lengua a sus pies, llevándolos silenciosamente hacia las neblinosas sombras. Emergieron de debajo del muelle y Katara no escuchó ninguna protesta en su estela. Los dedos de Zuko se cerraron con fuerza alrededor de ella y lo sintió casi deslizarse, luego se irguió. El barco apareció de entre la oscuridad.
-Sujétate –murmuró, y dobló las muñecas en el aire. El agua en sus pies se volvió espiral, creando una catapulta. Por un momento se sintió ingrávida – luego aterrizaron en el barco. Hizo una mortal, de alguna forma arreglándose para mantener el agua por encima. A su lado, Zuko derrapó y aterrizó sobre su espalda. Katara giró el listón de agua sobre su cabeza de regresó al mar tan silenciosamente como pudo. Apenas hizo un chapaleo.
-Eso fue estupendo –felicitó Zuko, justo antes de que una gran linterna cobrara vida encima de ellos. Katara corrió fuera de la luz, y se le unió a Zuko cerca de una puerta. El reflector iluminó el muelle por un rato más.
-Pensé que había escuchado un chapoteo –explicó la voz de alguien en lo alto.
-Es el puerto. Escuchaste un pez.
Katara se apretó los labios para no reír. El reflector murió, y Zuko abrió la puerta a sus espaldas. Se abrió mostrando una serie de escaleras. De inmediato, reconoció el diseño.
-¿Dónde deberíamos ir?
-Al cuarto de calderas –marcó Zuko.
Bajaron sigilosamente las escaleras, luego fueron a la izquierda. El barco parecía casi desierto – Katara supuso que los hombres estaban fuera divirtiéndose en el Distrito de la Ostra. Tocó la puerta donde, en un barco diferente, el cuarto de ella y el de Toph solía estar. Zuko abrió de un giro la cerradura en otra puerta, luego echó un vistazo hacia abajo al hueco de la escalera.
-Está despejado –susurró.
Se empujaron hacia las entrañas del barco. Katara no había paleado mucho carbón en el otro (Toph lo hacía, especialmente antes de que Aang despertara) pero todavía se acordaba donde estaba la enorme caldera. Entraron y encontraron un cuarto completamente negro – Zuko tuvo que prender fuego en sus manos de modo que pudieran ver. La llama mostró las grandes fauces de hierro de la caldera, y un saco sobre otro de carbón. El cuarto apestaba a carbón.
-¿Deberíamos, eh, meterlo todo dentro? –sugirió Katara.
-No –dijo Zuko-. Mezclémoslo con el carbón. De esa forma no se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde.
-¿No lastimará a la persona que palea el carbón?
La llama de Zuko tembló.
-Sí –parpadeó-. Se que es duro, pero es la única manera. Si escondemos las bombas en el carbón, nadie sabrá que hay algo mal hasta que sea demasiado tarde y las armas se hundirán en el fondo del océano –suspiró-. Solo usé uno, antes, y fue una explosión gigantesca. Si ponemos algunos con el carbón, quizás el resto de la habitación volará cuando la explosión golpee las otras partes.
Katara trató de imaginarse la explosión, pero todo lo que podía pensar era en el sonido enorme del laboratorio personal del Mecánico y la celda de la prisión volando en pedazos. Y después todo lo que podía ver era la cara de Teo. Miró fijamente los sacos de carbón. Sabía que Zuko tenía razón; nunca tendrían tiempo para desmantelar cada arma. Necesitaban regresar al palacio. Estaban desperdiciando tiempo. Pero hasta ese momento nunca había contemplado verdaderamente lo que significaría destruir el cargamento. Y solo imaginar a soldados de la Nación del Fuego, quemados y adoloridos, mientras se hundían lentamente hacia la muerte le daba una sensación helada e incómoda en sus brazos. Empero pensó en el Teniente Jee, y en la forma en que su cara se había descompuesto del horror ante la pérdida de su habilidad, y se preguntó si alguien de la Armada de Fuego desearía sinceramente eso en alguien más.
Alzó la cabeza.
-Hágamoslo.
Asintiendo, Zuko metió la mano dentro de su túnica y sacó el paquete de explosivos. Goteaba agua, y su ojo sano se agrandó.
-Todo esto puede haber sido por nada. Los mojamos. No se si funcionaran todavía.
Katara tragó con dificultad. Levantó las manos y retiró el agua del paquete, la arrojó dentro de la caldera.
-Tenemos que intentarlo –extendió la mano-. Dame algunos.
Zuko arqueó una ceja, pero le entregó unos cuantos del "crujiente maní explosivo". Ella los olió – todavía olían un poquito ácido, no como dulces. Empezó a enterrar los explosivos en los sacos de carbón. Lo mejor sería cavar hondo, decidió, y colocarlos en lugares aleatorios. No tenía ni idea cual saco usarían primero, o que tan grande era la palada. Cuando levantó la mirada, Zuko estaba haciendo lo mismo. Le dio una extraña media sonrisa, y eso la golpeó de nuevo: Estamos por hacer volar un barco. No es una fábrica desierta o un depósito que la gente puede evacuar. Es un barco en el océano. No tienen ningún lugar a dónde ir.
Lo que Zuko le había hecho al Mecánico ya no parecía tan aterrador. Algunos de los hombres en ese barco probablemente también eran padres. Y ella los estaba enviando a las llamas.
El viaje de vuelta al palacio duró más de lo que había esperado. Primero tuvieron que surfear su camino de regreso a un silencio lugar en tierra, y luego correr por las Catacumbas de Hueso de Dragón, esperar por un vacío en la seguridad, y luego precipitarse en los túneles bajo las Catacumbas que llevaban al palacio. Para el momento en que subían la escalera de regreso a sus habitaciones, a Katara le dolían los miembros. Sus brazos no podían para de moverse nerviosamente. Pensó que podría dormir para siempre.
Y entonces abrieron la puerta del panel secreto hacia el cuarto de Zuko, y se le paró el corazón.
Sentada en su cama, estaba Mai. Y se veía incluso menos divertida de lo normal.
-Hola, Zuko –saludó, mirando detrás de Katara-. Tienes algunas explicaciones que dar.
Katara miró hacia la esquina opuesta de la habitación. Wai Lee colgaba allí, prendida a la pared con cuna serie de agujas. Zuko rodeó a Katara y se posicionó entre ellas.
-Mai, intenta entender.
-Estoy intentando entender, Zuko. Estoy intentando realmente entender porque no estabas en tu habitación cuando Azula me mandó a buscarte. Y estoy intentando mucho más descubrir porque me molesté en cubrirte, cuando ella me dijo que alguien había hecho explotar un laboratorio secreto dentro del bunker real –Mai se puso de pie-. Pero creo que ya lo he resuelto, ahora.
Mai levantó su brazo y como si nada, envió cuchillas silbando por el aire. Se clavaron en la pared cerca de la cara de Wai Lee.
-Vas a decirme donde está la verdadera Ty Lee –advirtió-, y vas a decírmelo ahora. Y si no lo haces, me aseguraré personalmente de que Azula los queme de la faz de la tierra.
-No te vamos a decir nada –intervino Katara, impulsándose hacia delante. Se movió a por Wai Lee, con la intención de ayudarla a bajar, pero Mai le agarró el brazo y lo sujetó detrás de la espalda. Katara forcejeó contra su agarre, pero algo filoso presionó su garganta y se quedó helada. Cuando levantó los ojos, vio como perdía el color la cara de Zuko.
-Mai, por favor no…
-Entonces no me obligues –repuso Mai calmadamente-. Dime donde está Ty Lee. La cambiaron después de esa pelea en el Distrito de la Ostra ¿Todo eso fue su plan? ¿Para qué la necesitan? ¿Está bien?
Katara parpadeó. No tenía ni idea que Ty Lee significará tanto para Mai. No sabía que alguien pudiera significar algo para Mai. Esa revelación no hizo nada para amainar el cuchillo en su garganta, pero tuvo un extraño momento de alegría por Ty Lee – era añorada.
-No sabemos dónde está –admitió.
-No te estaba hablando a ti –retrucó Mai.
-Katara tiene razón, Mai –insistió Zuko-. No sabemos dónde está Ty Lee. Nadie nos dijo nada sobre el cambio hasta que fue demasiado tarde.
El cuchillo ejerció más presión en el cuello de Katara.
-Intenta de nuevo –respondió Mai.
-¡Te están diciendo la verdad! –se metió Wai Lee-. ¡No saben! ¡Ni siquiera yo sé dónde está mi hermana!
Mai se viró. Katara trastabilló junto con ella.
-Ni siquiera me hables de tu hermana. ¿Cómo pudiste hacerle esto?
-¿Cómo pudiste dejar que Azula le hiciera esto a tu gente? –refutó Wai Lee-. La Nación del Fuego va en banca rota. Nuestros soldados no regresan a casa. ¡E incluso si la Nación del Fuego gana en el día del cometa, significará que ocupará cada rincón del mapa para siempre! ¡Tú has vivido en Omashu! Sabes lo difícil que es colonizar solamente una ciudad -- ¿Cómo se supone que colonicemos el mundo entero?
Katara sintió la carne de gallina en los brazos. Seguro, Wai Lee había sido descubierta, y era un poquito densa a veces, y probablemente no era tan buena actriz. Pero amaba a la Nación del Fuego tanto como Katara amaba al Polo Sur, y había arriesgado todo para salvarlo.
-Escúchala, Mai –intervino Zuko-. Tiene razón. Intenté decírtelo. La guerra no es la manera.
-Oh, y darle a Ty Lee al Avatar sí –escupió Mai-. No tienes idea lo que le van a hacer, y ni siquiera te importa.
-Creo que está a salvo –sentenció Zuko evenly-. Creo que está siendo tratada muchísimo mejor que lo que yo fui, cuando Azula me encerró.
Mai se tensó.
-Azula debió haberte dejado arder –aseveró.
-Tú no crees eso –replicó Zuko.
-No pongas palabras en mi boca, Zuko.
-¿Qué hay de todas las cosas que me dijiste antes? –Instó Zuko-. Éramos felices, Mai…
-Eso fue antes de que supiera quien eras –cortó Mai-. Traicionaste a todos los que conocías, Zuko.
-Estoy intentando cambiar eso –aseguró Zuko. Para horror de Katara, empezó a deslizarse de rodillas-. Tienes mi vida en tus manos, Mai. Depende de ti. Si alguna vez me quisiste, siquiera por solo un minuto, entonces por favor...
Algo en la postura de Mai se aflojó. Katara esperó que el cuchillo cayera. No lo hizo, pero el agarre en su brazo se aflojó. Ese era todo el espacio que necesitaba. Codeó bruscamente a Mai en el estómago, se agachó debajo de su brazo. Mai le lanzó el cuchillo, pero Katara lo repelió con el sudor de su frente. Levantó las manos y se concentró con fuerza en el brazo de Mai cuando buscaba más navajas. El rostro de Mai se contrajo de incredulidad al observar impotente como su brazo se estiraba adelante y atrás. Katara chasqueó los dedos, y el otro brazo se levantó. Manipuló la sangre en el cuerpo de Mai y ésta se enderezó, parándose de puntillas, con los ojos salvajes y la respiración agitada.
-¿Qué estás haciendo? –inquirió con la voz ahogada.
-Algo que debí haber hecho hace mucho tiempo –informó Katara, y empujó a la muchacha contra la pared. Concentró su conciencia en los dos pasadizos necesarios en la garganta de Mai. Empezó a apretar-. Zuko mató a alguien está noche –contó, y odió el agua por alzarse en sus ojos-. Lo hizo porque esa persona sabía demasiado. Y yo tengo todo el derecho de hacerte lo mismo.
-Katara, no…
-No quiero hacerlo –confesó Katara. Parpadeó y algo cálido rodó desde su ojo. Miró fijamente a Mai-. Quiero que haya otra manera. De veras. Porque no que creo que seas una mala persona, Mai. Simplemente creo que elegiste a la amiga equivocada –sorbió por la nariz-. Pero puedo dejarte que tú sonsaques eso. Esta guerra es más grande que tú, que yo o que Zuko. Y no sé como hacerte ver eso sin lastimarte seriamente.
Mai desvió mirada.
-¿Por qué no lo haces simplemente? –Preguntó con voz ronca-. Me tienes aquí. ¿Qué más quieres?
Katara cerró la garganta de Mai con un apretón. Los ojos de la otra chica se abrieron considerablemente.
-Quiero que tú y Wai Lee dejen esta habitación. Y después quiero que busques a tu mamá y le digas que se vuelven a Omashu.
La boca de Mai trabajo sin ruido. Katara dejó que su garganta se abriera un poquito.
-¿Qué?
-Esta ciudad arderá pronto –contestó Katara-. Y no quiero que Tom-Tom esté aquí cuando eso pase.
-No te perseguiremos –prometió Zuko-. Las dejaremos ir. Le diremos a mi Tío. Puedes tener… -suspiró, pareció buscar por la palabra correcta-. Inmunidad, supongo.
-No necesito nada de ti, Zuko –Sus ojos se entornaron-. Todavía quiero saber donde está Ty Lee.
Katara suspiró. Intentando fuertemente mantener el control de su sangre-control, usó una mano para sacar los planes del Mecánico de su túnica. Se los entregó a Wai Lee.
-Wai Lee puede presentarte a la persona con la que ha estado viéndose, pero solo después de que haya oído que convenciste a tu madre que no querías estar aquí para la boda de Zuko.
-Puedo inventar mis propias mentiras.
Katara hábilmente retorció la garganta de Mai cerrándola una vez más.
-Realmente me estoy cansando de tu actitud –acusó-. Te estamos dando un trato. Si no quieres aceptarlo, entonces eres más estúpida de lo que pensé –soltó la garganta de la otra chica y la oyó jadear.
-No hay nada aquí para ti, Mai –aseveró Zuko-. Azula nunca fue verdaderamente tu amiga. Ty Lee no está. Si te vas ahora, puedes salvarte.
-Oh, porque van a ser tan amables con nosotros en Omashu –refutó Mai.
-Lo serán –asintió Katara-. Aang es amigo del Rey Bumi. Podemos asegurarnos que las cosas sean fáciles para ti y tu familia.
Mai suspiró. Levantó la vista y miró a Zuko.
-¿De veras no hay nada para mí aquí?
Zuko apoyó una mano en el hombro de Katara.
-No. No hay nada.
Mai cabeceó. Miró a Katara.
-Bájame.
Katara suavemente aflojó el agarre. Mai se deslizó hasta apoyarse en sus propios pies. Se alisó las faldas con su mano. Levantó el mentón. Miró a Katara largamente.
-Es una técnica muy especial –Congratuló.
-Gracias –dijo Katara, y se sorprendió de lo orgullosa que se sentía-. Tú eres bastante intimidante, tú sola.
Mai bufó. Metió la mano en la manga y sacó una daga pequeña. Entornando los ojos, Katara la reconoció como la vieja de Zuko – con la que solía afeitarse, allá en el Templo Aire del Oeste.
-Azula me dejó quedarme con esto –explicó Mai-. Tiene un mal equilibrio para arrojarse. Es mucho mejor para apuñalar a alguien por la espalda.
-¿Es para eso que crees que la necesito? –replicó Zuko.
-No –negó Mai. Le entregó el cuchillo-. Solo no quiero nada que te pertenezca –se giró y empezó a recoger las navajas de la pared. Wai Lee se tambaleó en el suelo un instante después, y puso los planes del Mecánico en una de las piernas de su pantalón-. Vamos –instó Mai a la actriz-. Vamos a ver a mi mamá.
Las dos chicas dejaron la habitación. Detrás de ella, Katara escuchó a Zuko hundirse en el sillón. Se giró. Él estaba en la cama, mirando atentamente a su cuchillo. Lo sacó de la funda, y examinó el grabado.
-¿Sabes lo que dice? –averiguó.
-No me acuerdo.
-Dice "nunca te rindas sin luchar"
Él miró hacia arriba, y una única lágrima escapó de su ojo sanó. Katara cruzó la distancia entre ellos. Sus brazos la rodearon, la acercaron, y presionó su rostro contra su vientre. Hubo un calor mojado a través de su ropa un momento más tarde. Respiraba irregularmente.
-No quise hacerlo –confesó-. Me dije que era para protegerte. Y eso lo hizo más fácil. Aún así, cuando dijiste lo que dijiste… -se retiró y la miró fijamente-. ¿Cómo puedes siquiera soporta tocarme, ahora mismo?
Katara tragó.
-No sé –admitió. Él se encogió. Ella frunció los labios-. Yo te ayudé –porfió ella-. Puse esas bombas en el barco. Sé lo que va a pasarle a esa gente. Y lo odio. Pero... –sus labios se pusieron calientes y un nudo se formó en su garganta-. Pero vi lo que le hicieron al Teniente Jee, y si le hacen eso a Aang o a Toph o a ti…
Zuko encontró su muñeca derecha y besó el dorso de ella. Presionó su mano contra su cicatriz, cerró los ojos. Quedaron así por un momento largo. Vacilantemente, se agachó y acomodó un mechón de su cabello detrás de su oreja sana. Un suspiro lo estremeció y dijo muy despacio:
-Te amo.
Su corazón dio un vuelco.
-¿Qué?
Él abrió los ojos.
-No le mentía a tu papá, antes. Te amo. Te amo cada día más –parpadeó-. Mai podría estar traicionándonos ahora mismo. Azula puede venir en cualquier segundo. Y pase lo que pase esta noche, necesito que sepas como me siento.
Katara abrió la boca, luego la cerró, después la abrió de nuevo.
-No sé que decir…
-Solo di que te quedarás –rogó-. Solo quédate conmigo, esta noche.
Ella retrocedió.
-Eh…
-No así –aseveró-. Solo… solo hasta que me duerma –parpadeó y levantó sus manos, buscándola-. Por favor no te asustes de mí. No otra vez. Ya no más.
Ella respiró hondo y quitó las lágrimas de sus ojos.
-No te tengo miedo –replicó. Armó una sonrisa-. Vamos, me conoces mejor que eso.
-Quiero hacerlo –retrucó Zuko. Sacudió el aire con los dedos-. Ven aquí.
Lentamente, ella se acercó. Zuko le tomó la mano y la jaló para que se sentara a su lado. Se puso de pie, le agarró los pies, y la acostó. Luego gateó a su lado en la cama. Se detuvo, estudiándola por un momento, entonces empezó a levantarle la túnica. Sus manos se dispararon para detenerlo.
-Solo quiero ver la piel nueva –aclaró-. Solo quiero ver lo que hiciste.
Katara levantó la túnica ella misma. Zuko dejó que su dedo izquierdo trazaron los lugares reparados donde el rinoceronte de komodo había dejado su marca. A pesar de si, sintió que retenía el aliento. Le seguía el calor a su roce. Se agachó y besó su vientre, y un pequeño rayo chisporroteó en su interior. Después, recostó su cara sobre su piel desnuda, del lado de la cicatriz de modo que pudo ver su ojo sano cerrándose lentamente.
-Siempre sabes como arreglar las cosas –le reconoció.
Katara jugueteó con su cabello.
-Si Wai Lee le da los planes a tu Tío, ¿eso significa que nuestra misión habrá acabado?
Zuko permaneció en silencio por un rato.
-¿Quieres que acabe?
Ella arrugó el entrecejo.
-Bueno, ¿tú no? Podríamos salir de aquí, y podríamos…
-No quieres casarte, ¿no? –inquirió-. Desearías poder evitarlo.
Katara se apoyó sobre sí para incorporarse.
-Por supuesto que si. Quiero casarme cuando yo quiera hacerlo, no cuando es conveniente para los planes de alguien más.
-Entonces no es a mí a quien te opones –continuó Zuko pesadamente.
Su rostro se encendió.
-No me opongo a ti, es solo… -intentó pensar-. Es solo que soy muy joven, y es un montón sobre que pensar, y no estoy segura de estar lista.
-No estás lista para mí, quieres decir –corrigió Zuko.
-No –rebatió, frunciendo el ceño y apretando los labios-. No dije eso para nada –cruzó los brazos-. Tengo catorce años, Zuko. Perdóname si no quiere empezar a tener bebés justo ahora.
-¿Bebés? –se sentó-. ¿Quién dijo algo sobre eso?
-Bueno, como que tienden a aparecer una vez que dos personas se casan, sabes –levantó la nariz en el aire-. No sé que tanto te habrá dicho tu Tío sobre como funcionan las cosas, pero…
-Recibí el discurso. No me lo recuerdes.
-Bueno entonces, deberías saber que…
-Sé, ¿de acuerdo? Sé las cosas. Y no, yo tampoco quiero empezar ahora mismo, pero...
Su cabeza dio un respingo para mirarlo.
-¿Pensaste sobre esto?
Su expresión se suavizó.
-Por supuesto que sí. Ni siquiera hubiera pensado en seguir con este plan si no hubiera pensado tan en el futuro –ladeó la cabeza-. Mi Tío siempre dice que yo nunca medito las cosas. Pero nunca hubiera dejado que le dijeras a Azula que estábamos juntos si no me gustaba la idea. Y no te hubiera pedido hacer esto si no estuviera listo para pasar por esto.
Katara parpadeó.
-Pero dijiste que podíamos divorciarnos.
-Y todavía podemos. Pero aún planeo darte todo por lo que tienes derecho, si eso sucede. No voy a engañarte de lo que te toca.
-¿De lo que me toca?
Él casi rió, luego la miró con pesar.
-Katara, habrá una gigantesca batalla el día del Cometa. Puede que muera. Puede que mi Tío muera. Y si tenemos suerte, Ozai y Azula morirán –le dedicó una sonrisa diminuta y triste-. Eso te convertiría en la Señora del Fuego.
Por costumbre, Katara buscó su collar. Tenía que escarbar dentro de su túnica para encontrarlo, y cuando lo hizo sus dedos tocaron perlas, no cuero.
-¡Pero ni siquiera soy una maestra fuego!
-Lo sé. Y los sabios probablemente no lo permitan. La gente probablemente no lo permita. Pero tú tendrás el control del cual fuera el ejército que puedas reunir, así como del dinero. No que tendremos mucho después de que detengamos la colonización, pero… -se pasó una mano por el cabello-. Pero el punto es, no te hubiera pedido hacer esto si no hubiera pensado que ponerte a cargo fuera una buena idea.
Katara sonrió con suficiencia.
-Supongo que soy bastante buena estando a cargo.
-Eso es cierto –admitió él.
Katara suspiró y cruzó las manos detrás de la cabeza. Miró fijamente el techo mientras se hundía en las almohadas.
-Guau. Señora del Fuego Katara.
Zuko se arrimó junto a ella y la rodeó con un brazo, acomodando su cabeza entre la de ella y su hombro.
-Te acostumbrarás.
Se despertó cuando Wai Lee le apretó la mano.
-Ey.
Katara parpadeó para despertarse. Wai Lee tenía una linterna. Katara intentó sentarse, pero un peso cálido la mantenía abajo. El brazo de Zuko. Se había puesto bien contra ella, encerrándola como una concha. Sonrió a pesar de si. Wai Lee sonrió ampliamente.
-Todo está bien –afirmó la actriz-. Pasé los planos. Mai convenció a su madre. Ahora apúrate – ¡te van a despertar para tu primer prueba de vestuario!
Katara salió como un rayo de la cama. Zuko gimió por respuesta, y se estiró ciegamente en su dirección.
-¡Te veo después! –prometió Katara por encima de su hombro, mientras se sacaba la túnica y los pantalones. Casi tropezó con su ropa justo cuando saltaba a su habitación y hacia la cama. Un momento después un guardia abría la puerta.
-Vístete –le ordenó-. Es hora de un baño. La costurera quiere verte.
-Claro –accedió Katara, tratando de no sonar demasiado jadeante.
La puerta se cerró, y un instante luego sonaba un golpe en la pared. Katara siguió los golpes hasta el hueco en la pared.
-¿Todo está bien? –indagó Zuko.
-Todo está bien –confirmó Katara-. Wai Lee me despertó. Me contó todo. Pasó los planos, y Mai habló con su mamá –se encontró sonriendo-. Me voy probar las batas de la boda, hoy.
-Estarás hermosa –aseguró Zuko-. Siempre estás hermosa.
-Gracias –respondió ella.
-Dime como es, cuando regreses.
Katara sonrió.
-No, quiero que sea una sorpresa –buscó su ropa-. Tendrás que limitarte a imaginarlo.
-Puedo imaginar un montón –repuso Zuko.
Azotó con un ruido sordo una palma contra la pared.
-No imagines tanto.
-… Demasiado tarde.
Después de que su baño hubo terminado, dos guardias escoltaron a Katara de vuelta a su habitación, donde la costurera y sus dos ayudantes estaban esperando. En el centro de la habitación había un maniquí. Katara se detuvo de improviso y señaló.
-¿Eso es… mío?
-Sí –afirmó la costurera-. Trabajamos doble turno. ¿Cierto, chicas?
Las dos chicas asintieron cansinamente.
-Una vez que empezamos, simplemente no podíamos parar.
-Es mucho más divertido esas viejas batas tradicionales y anticuadas –admitió la otra asistente. Se llevó una mano a la boca-. Digo, no que no nos encante nuestro trabajo…
-Está bien –aseguró Katara-. Lo entiendo –miró el vestido-. ¿Puedo probármelo por favor? Es solo que es tan hermoso que no puedo esperar.
-Esas son las palabras que vivimos para escuchar –replicó la costurera-. Chicas, por favor, ayuden a la Princesa Katara a desvestirse.
El vestido venía en casi cinco piezas: una voluminosa enagua roja, dos paneles de tela oscura que terminaba en puntas bordeadas con seda bordada, tres cinturonesobi separados, una blusa de noche sin mangas con más bordes bordados – que le dejaba el espacio suficiente para que mostrara su nuevo collar – y mangas aparte infladas que se mantenían en sus brazos con nuevos brazaletes de oro. La costurera examinó todo el conjunto por un momento antes de arrodillarse ante Katara y atar una serie de nudos intricados alrededor de la cintura de Katara. Hizo un nudo mandala en la panza de Katara, luego un nudo flor de loto entre sus piernas. El tejido dorado terminaba en una piedra con forma de huevo.
-Bien –exclamó la costurera-. Levanta los brazos.
Katara lo hizo. Los brazaletes eran sorprendentemente buenos manteniendo las enormes mangas arriba.
-¿Están bien los hombros al aire?
-Fue mi impresión que querías algo diferente –repuso la costurera.
-Oh, quería. Digo, quiero. Y de veras me encanta esto –se miró los brazos-. Es como la Dama Pintada, ¿no?
-En cierto modo –asintió la costurera-. Espero que obvies el maquillaje.
Katara rió.
-De acuerdo. Solo esta vez –sonrió de oreja a oreja-. De veras me gusta. Es tan único. Hicieron un gran trabajo.
-Vivimos para servir –la costurera inclinó su cabeza hacia el vestido-. ¿Necesita algo más?
-¿Algo más?
-Algún detalle que falte, tal vez –insistió la costurera-. Notarás que la enagua se separa bastante fácilmente del resto del vestido, pero por supuesto que puede ser simplemente levantado si uno es de mente…
-¡Está bien! –Katara levantó las manos-. En serio. Capté la idea. Y creo que estaré bien –bajó las manos y frunció el ceño. La costurera involuntariamente tenía un punto muy importante – asumiendo que estarían peleando por su vida en el día del Cometa (y llegaría tan pronto, ahora, quedaban solo días, ¿Cómo podían faltar solo días?) ella necesitaría moverse rápidamente. Y eso significaba mucho menos falda, y mucho más visibilidad-. Hay una cosa –empezó, comenzando a girar con lo que esperaba fuera una elegante mentira-. Es, eh, tradición en la Tribu Agua tener una prenda diferente debajo del vestido. Para reemplazar el sostén.
-¿Para hacerselo más fácil a él? –inquirió una de las asistentas. La costurera de inmediato la tocó.
-Es solo algo que me gustaría –respondió Katara-. No tiene que ser nada grande, solo quizás algo muy corto, pantalones cortos, si saben a lo que me refiero…
-Creo que puede arreglarse –accedió la costurera-. Pero deberíamos tomar las medidas de nuevo. ¿Chicas?
Una vez desvestida, Katara se paró quieta mientras le tomaban de nuevo las medidas. Luego le dijeron que ya podía ponerse su ropa de nuevo, y lo hizo. Se estaba atando su top cuando la costurera acotó:
-No falta mucho, ahora.
-No –admitió Katara.
-¿Estás emocionada? –indagó una de las ayudantes.
¿Por qué? ¿Por mirar como Aang destruye al Señor del Fuego? ¿Por convertirme quizás en la Señora del Fuego? ¿Por correr por mi vida? ¿Por esperar que ese cargamento explote?
-Sí –contestó-. Todo va a cambiar.
-Escuché que el Polo Norte es muy bonito –continuó la asistente-. Todo el mundo sabe que vas a ir a ahí.
La otra asistente suspiró profundamente.
-Oí que están preparando una barcaza especial solo para ustedes dos. Solo piénsalo, semanas en un camarote lujoso con el príncipe solos en el mar…
La costurera se aclaró la garganta bastante estruendosamente, y su asistente de inmediato prestó atención.
-Estoy segura que la Princesa tiene sus propios planes hechos en ese asunto, y no necesita tu ayuda –regañó. Se inclinó-. Por favor, discúlpanos.
Katara la imitó.
-Gracias por todo su trabajo.
Ellas se fueron. Y así como lo hicieron, Katara escuchó la puerta de Zuko abrirse de un portazo. Y luego la voz de Azula:
-Dime que está pasando antes de que fría tu miserable cadáver en el lugar.
Su corazón entró en su garganta. Corrió hasta el hueco en la pared para poder escuchar mejor.
-No sé de lo que estás hablando –contestó Zuko.
-Sabes, sospeché algo desde el momento en que regresaste aquí – sabía que eras demasiado débil para robar lo que era legítimamente del Avatar, y regresar para buscar a nuestra madre fue más allá de una estupidez, incluso para ti…
-Los Dai Li nos interrogaron –interrumpió Zuko-. Tú nos interrogaste. ¡Y viste lo que Aang hizo en el Distrito de la Ostra! ¡Nos odia! ¿Qué más quieres?
-¡Quiero que dejes de mentir!
-¡Nunca lo he hecho! ¡Quiero encontrar a mamá! ¡Quiero que conozca a Katara!
-Porque la amas.
-¡Sí!
-¿Y qué es eso de que Mai se va?
-Yo… -Zuko pareció contenerse justo a tiempo-. Espera. ¿Mai se va?
-Dice que no puede soportar casarte con otra chica –Katara oyó el bufido de Azula-. Esperaría esa clase de incoherencia sentimental de Ty Lee, ¿pero Mai? No está bien.
-Quizás solo teme lo que va a pasar cuando el Avatar aparezca –sugirió Zuko-. Conoce tu plan. Sabes que somos la carnada. Quizá no quería estar aquí para cuando pase. Quizás está asustada.
-Mai no se asusta de nada.
-Debería estarlo.
Hubo un largo silencio. Katara contuvo la respiración.
-Aún crees en el Avatar, ¿no? –averiguó Azula.
-… Sí –Katara escuchó como se acomodaba el peso sobre las tablas del piso-. Creo que él tiene el poder para destruir a nuestro papá.
-Y tú estarías muy feliz de que eso pasará, ¿o no?
-También tú, Azula.
Hubo otro silencio antes de que Azula riera como si nada.
-Oh, Zuzu. Me conoces demasiado bien –Katara escuchó el sonido de las botas sobre la madera-. Si el Avatar llega, ¿lo ayudarás?
-La última vez que vi a Aang, me atacó y lastimó a Katara –rebatió Zuko-. No recibirá ninguna ayuda de mi parte.
Katara se esforzó para escuchar. Azula hablaba suavemente, ahora.
-Sabes, Zuko, pienso que entendería si simplemente salieras del camino del Avatar, cuando intente voltear a nuestro padre. Creo que asumiré que estás asustado, y que posiblemente no se puede esperar que encares a tu antiguo estudiante. Y creo que los consejeros de nuestro padre pueden convencerse de lo mismo.
Los cabellos en el cuello de Katara se erizaron. Escuchó a Zuko retrocediendo.
-Es por esto que accediste al plan –exclamó Zuko-. No solo estás atrayendo a Aang -- ¡quieres que mate a nuestro padre!
-Oh, no te sorprendas tanto –le cortó Azula-. La era de nuestro padre ha acabado. Cuando el Avatar caiga, la Nación del Fuego entrará en una nueva era. Y el hecho de que nuestro padre no haya visto esta trampa cerrándose sobre él prueba que ya no es lo suficientemente fuerte para gobernar.
-Quieres ser la Señora del Fuego –sentenció Zuko.
-Y tú quieres sobrevivir al Cometa –retrucó Azula-. No hagas nada valiente, Zuko. Serás un hombre de familia, pronto. Solo agacha la cabeza y protege a tu pequeña esposa, y todo estará bien.
-… ¿Todavía nos mandarás al Norte?
-Hasta que pueda limpiar la casa –asintió Azula-. Y hasta que tú puedas asegurar las líneas de carga. Aún necesito un representante en el Polo Norte. Pero cuánto más me ayudes, más privilegios podrás tener –Katara oyó el sonido de una mano palmeando otra-. Deja de fruncir el entrecejo, Zuko. Nunca fuiste exactamente material de lider. Solo déjame el trabajo duro, y puedo hacer las cosas muy fáciles para ti.
-Quieres que sea tu próxima Mai.
-Oh, cielos, ciertamente espero que no –contradijo Azula-. Recuerda lo que he dicho, Zuko. En el día del Cometa, no hagas nada que yo no haría.
Katara escuchó marcharse a la otra muchacha. Un momento después, la luz que entraba por el hoyo en la pared desapareció cuando Zuko se acomodó en el suelo.
-¿Oíste todo eso? –inquirió él.
-Sí.
-Me preguntaba porque estaba siendo tan fácil –acotó.
-¿Fácil? ¿Llamas a esto fácil?
-Azula nunca hace nada a menos que sea bueno para ella –prosiguió Zuko-. Este plan era mejor para nosotros que para ella – incluso enviarnos al Polo Norte era un beneficio menor. Pero prepararle una carnada al Avatar para que derroque a Ozai – es definitivamente su estilo.
-¿Crees que simplemente va a abandonar a tu papá y a dejar a Aang hacer el resto?
-Estoy seguro de eso.
-¿Y se supone que nos limitemos a dejar que pase?
-¿No íbamos a hacer eso de todas formas?
Katara parpadeó.
-Bueno, yo no quiero que Azula sea Señora del Fuego, ¿y tú?
-No. Pero el destino de Ozai termina con el Avatar. Y Azula será fácil de alcanzar sin Mai y Ty Lee para ayudarla.
Katara respiró entre dientes.
-Oh sí. Es juego limpio.
-Me alegra que podamos acordar –escuchó como se acomodaba en el suelo-. Entonces. ¿Te gustó tu vestido de boda?
Sus orejas ardieron.
-Sí –afirmó. No pudo contenerse-. ¡Me encanta! ¡Es hermoso!
Él se rió.
-Eso es bueno. Me alegro.
-¿Qué vas a usar tú?
-Una armadura.
-Oh. Aguarda, ¿cuál?
-La negra.
-¿Por?
-Es lo opuesto al blanco –explicó-. Blanco es el color de luto.
Los días pasaron. No oyeron noticias del cargamento de armas explotando. En una forma extraña, era el peor momento – peor que la prisión, peor que todas esas busquedas nocturnas y peor que todas las elecciones que había hecho, porque los largos días estaban llenos de espera y nada más, y tenía el tiempo suficiente para preguntarse que iba a pasar a continuación y para darse cuenta que el Cometa no traería necesariamente un final para las cosas. Si Aang fallaba, o si simplemente no aparecía, ella y Zuko tendrían que seguir con su acuerdo de intentar de despachar a Ozai y a Azula. Esos pensamientos llenaban sus días. Las noches no eran mucho mejores. Zuko puso una moratoria a sus encuentros, diciendo que ahora que habían terminado todo lo que podían hacer por la misión debían dejar de arriesgarse a exponerse.
-Además –había argumentado-, soy anticuado.
-Sí, me aseguraré de hacerle saber eso a mi papá –había contestado ella-. Se sentirá muchísimo mejor.
-No está perdiendo una hija, está ganando un príncipe.
Había firmado una serie de documentos un día, ayudada por Zuko y un grupo de sabios en la biblioteca, y se había maravillado con la brillante punta naranja de la aguja usada para diseñar su nombre en el pergamino similar al cuero.
-Eso es todo –anunció cuando hubieron terminado. Había sonreído casi alegremente-. Eres la única beneficiaria ahora.
-Tú y sus hijos –había corregido uno de los sabios.
Ella casi había replicado No, no habrá ninguno, no se preocupe, pero se contuvo a tiempo y simplemente sonrió tan educadamente como pudo. Zuko agarró su mano y besó sus nudillos.
-No te veas tan preocupada –le había pedido-. Estoy seguro que hallaremos la manera de jugar al escondite y explota en todo ese hielo.
Escondite y explota le hizo pensar en Aang, y el hielo le hizo pensar en casa, y en pingüino-deslizamiento, y en la manera en que solían ser las cosas, la risa y la emoción y la diversión, antes de que supieran del Cometa, antes de que hubiera sangre en sus manos. Lágrimas llenaron sus ojos.
-Ey, ahora –reprochó quedamente. Miró a los sabios-. Solo nervios –explicó, y los ancianos asintieron en silencio. Zuko levantó su barbilla con la punta de los dedos-. No llores –murmuró-. No voy a ningún lado. Son solo pergaminos, no huesos de la Tía Wu.
Las lágrimas brotaron con más fuerza con eso. ¿Qué había dicho Tía Wu? Un poderoso maestro. Su lista de deseos había sido tan superficial. Espero que sea alto. Ahora estaba de cara a la guerra y a una boda, y no estaba segura a que le temía más. Morirás durmiendo, rodeada por tus nietos.
-Solo estoy un poquito nerviosa –excusó, enjugándose los ojos.
-Lo sé –repuso-. Yo también –sonrió-. Pero tengo una cura para el nerviosismo.
-¿Incluye té?
-No –prometió Zuko. Se inclinó más cerca, murmuró en su oído-: Imagino llevando a nuestro hijo a esquivar el hielo.
Y algo en su interior se derritió y tomó su rostro entre sus manos y lo besó solo con sus labios, una única e insistente presión, y cuando lo soltó le dijo:
-Te amo.
Y después, al fin, era la noche anterior.
Katara había pretendido pasar la noche intentando descansar un poco. Si hubiera estado en el Polo Sur, habría habido comida y una carpa llena de mujeres y carcajadas, chistes sucios y viejas historias. Y si su madre hubiera estado viva, habría toda clase de momentos especiales (estaba segura de eso; se suponía que momentos como eso pasarían, ¿no?) entre las dos. Compartirían secretos y ella le contaría a su mamá todo sobre Zuko y Jet y Aang y la guerra y el eclipse y el Distrito de la Ostra. Y su madre le reprocharía suavemente por no haberlo visto venir hacia una milla. Comerían pescado salado y harían una pasta de carbón vegetal para embellecer su piel. Y al día siguiente marcharía hacia la luz del sol tan brillante y pura que convertiría la nieve en un campo de estrellas, y… y…
Y entonces sonó un golpe en su puerta, y un guardia le arrojó un vestido.
-Función familiar –anunció-. Vístete.
La "función familiar" no era otra cosa que una actuación especial de algún tipo. Katara se sentó junto a Zuko en el comedor formal, con Wai Lee a su derecha y Li y Lo más allá. A la izquierda de Zuko se ubicaba Azula, seguidamente Ozai.
-Vi a esta tropa en el mercado, hoy –aseveró Wai Lee-. ¡Les mencioné que conocía a la feliz pareja, e insistieron en venir a presentarse para ustedes!
El corazón de Katara subió hasta su garganta, y casi se echó a llorar cuando vio los músicos entrar a grandes zancadas en la habitación, con los instrumentos a la rastra. Parecía haber más de ellos, ahora – más tamborileros, y un citarista con un enorme tocado que le ocultaba el rostro quien tuvo que ser guiado hasta el lugar antes de sentarse. Chong se sentó con su pipa y les sonrió. Usaba ropas más lindas, ahora, pero su manera de dirigirse no había cambiado.
-Bueno, hola por allá, Señor Señor del Fuego. Princesa del Fuego. Bueno, princesas, ahora, supongo –guiñó el ojo.
Ozai se removió en su almohadón.
-Ty Lee –llamó-. ¿De dónde dijiste que eran esta gente?
-Oh, somos nómades –respondió Chong-. Yo y mi esposa. Lily. Saluda, cariño –Lily saludó con la mano-. Y por allá está el resto de la familia, tenemos a Lee y a Kuma y a…
-Está bien, gracias –cortó Ozai-. Por favor solo… canten. Si deben hacerlo.
-Oh, debemos cantar. Estamos obligados a cantar. Es, como, un llamado.
-Entonces por favor, atiéndanlo, o responderán un llamado a la torre de la prisión solo por perder el tiempo –intervino Azula.
Chong parpadeó.
-Guau. Eso es denso. Ser una princesa debe ser re difícil. Sabes, mi compadre hace este té que es…
-Por todos los dioses, ¿podrían cantar ya?
-¡Ah! Por supus –Chong sonrió de oreja a oreja-. Bueno, nos gustaría comenzar con una vieja tonada –anunció-. Lo llamamos "El Túnel Secreto".
Estaba enredándose con su vestido cuando apareció Zuko.
-Lo siento –se disculpó-. Se lo que dije, pero…
-¿Tú tampoco puedes dormir?
Su oreja sana se sonrosó.
-Supongo que no –hizo un mohín-. No puedo sacarme esa estúpida canción de mi cabeza.
-Te refieres a la que dice…
-No. Por favor. No. Ya no más. Gracias.
-Oh, vamos. No fueron tan malos. Y además, esa gente es amiga mía.
Él arrugó el ceño.
-¿En serio?
-Bueno, no podía decírtelo precisamente de todo el mundo, pero esos nómades eran de los que te hablé, antes –lo miró entornando los ojos-. ¿Te acuerdas? ¿La noche de los bichitos de fuego? ¿Te dije sobre la Cueva de los Dos Enamorados?
-Los bichitos de fuego –repitió Zuko. Sonrió-. Sí. Me acuerdo.
-Bueno, esa gente es de la que te hablé. Los que seguimos. Aunque no tengo ni idea porque están aquí justo ahora –sonrió de oreja a oreja-. Eso fue tierno, lo que hiciste con los bichitos de fuego, esa noche.
Su oreja sana se coloreó.
-No se suponía que fuera tierno. Se suponía que hiciera que me odiaras menos.
Ella suspiró y deslizó los brazos alrededor de él.
-No te odio.
Besó su cabello, sostuvo su rostro.
-Yo tampoco te odio –después la besó, y ella había extrañado eso, más de lo que sabía que podía hacerlo, y él la acercaba fuertemente con un brazo y enredaba su mano en su cabello.
Alguien se aclaró la garganta a sus espaldas. Se congelaron, y lentamente despegaron sus labios al tiempo que volvían hacia la figura en el puerta secreta. El citarista ciego estaba ante ellos. Levantó su tocado.
-Bueno, Zuko –se quejó-, ¿no vas a presentarme?
-Mamá –exclamó, y cruzó el espacio entre ellos antes de que Katara lo viera realmente hacer el primer paso. Envolvió a su madre con sus brazos y enterró la cara en su cabello-. Mamá –su respiración fue brusca-. Mamá.
Katara observó como unos largos dedos llenos de cicatrices se abrían paso por el cráneo de Zuko.
-Hola, mi querido –se apartó, y Katara vio rastros húmedos en el rostro de la mujer-. Lamento llegar tan tarde.
Zuko se secó algo de su ojo sano.
-No llegaste tarde –replicó, marcadamente-. Estás justo a tiempo.
Ursa se iluminó.
-Bueno, no podía perderme todo esto –se inclinó a un lado de su hijo y miró a Katara-. Es un placer conocerte.
Katara agachó su cabeza.
-Es un placer conocerte, también, eh… lo siento, pero no sé como llamarte.
-Mamá está bien –accedió Ursa. Levantó un dedo-. Ah, eso me recuerdo. Tengo poco tiempo, pero... –buscó dentro de una manga y sacó un cuadradito de seda azul-. Estás son para ti, para mañana –extendió la seda.
Katara tomó el paquetito, y lo desdobló. En el centro había un grupo de perlas sueltas, cada una de las cuales había sido un abalorio. A pesar de la penumbra, parecían brillar.
-Son hermosas…
-Pensé que harían juego con tu collar –explayó Ursa-. Son para tu cabello. Tu hermano dijo que te gustaban las… ¿trencitas?
Katara no pudo evitar reírse.
-Sí. Me gustan. Muchas gracias.
-Bueno, diles a todos que Wai Lee te las encontró para ti –instruyó Ursa. Se volvió hacia Zuko-. Perdón, no tengo nada para darte…
-Me has dado todo –interrumpió Zuko.
Ursa sonrió un poco deshecha.
-Zuko... sé que no tengo a derecho a pedirte que me perdones, pero tienes que saber que hice lo que hice porque...
-Lo sé –volvió a cortarle-. Y está bien. Entiendo –Ursa suspiró, y Zuko puso una mano en su hombro-. ¿Qué pasa?
-Oh, solo que le debo a tu amiga la maestra tierra algo de dinero. Ella y yo teníamos una apuesta sobre ti.
-¿Aceptaste una de las apuestas de Toph? –Inquirió Katara-. Ese fue tu primer error. Te robará ciegamente.
-Sin intención de juego de palabras –añadió Zuko, sonriendo de oreja a oreja.
Ursa levantó una mano hacia el rostro de Zuko. Cubrió la cicatriz y él se congeló en el lugar.
-Sabes, solía tener miedo de no reconocerte –confesó Ursa suavemente-. Pero cuando sonreíste, supe exactamente quién eras.
-Eso es porque sé exactamente quién soy –tragó-. Mamá, he hecho un montón de cosas malas, pero quiero que sepas que soy diferente, ahora…
-Somos todos diferentes ahora –cortó Ursa-. Pero aún eres mi chico.
Zuko alzó la mirada.
-¿Qué hay de Azula? –preguntó.
Ursa miró al suelo antes de armarse de valor.
-Solo una chica me llama Mamá, ahora –dijo-. Y su nombre es Katara.
Katara se sonrojó, antes de que otro pensamiento se le ocurriera.
-¿Estás aquí para matar al Señor del Fuego?
-No –negó Ursa-. No puedo ponerlos en peligro de ese modo. Al menos, no más de lo que ya lo he hecho. Iroh quería que esperara para mostrarme, pero… bueno, soy mucho menos paciente de lo que solía ser –cruzó las manos-. Y Iroh solamente está celoso de no poder estar aquí el mismo, para darles un buen sermón.
-¿Sobre qué? –instó Katara.
-Oh, ya sabes. Cosas de grandes.
-¿Nada de planes de batalla? –persistió Zuko.
-Tu Tío solo tiene un consejo para ustedes en ese asunto –aseveró Ursa-. Me dijo que les dijera que se preparen para controlar una tormenta, mañana.
-¿Eso es todo? –inquirió Zuko-. ¿Controlar una tormenta? ¿Eso es todo?
-Creo que va a ser una tormenta épica –replicó Ursa-. Así que estén listos –se inclinó hacia delante y besó sus mejillas, primero la sana, y después de un momento de vacilación, la cicatriz. Luego, besó también a Katara-. ¿Me escucharon? Se viene una tormenta. Prepárense.
perdón, perdón. Gracias a todos por sus reviews y paciencia. Dos caps el mismo dia, a qe no se lo esperaban, quedan dos para el final. Un besote
Editado 20/12/08: Gracias chicas por avisarme! Busquen Mandala en el google, es hermoso el dibujo. ¿Quién apuesta a que Lee y Kuma eran Ursa y Iroh?
Y vean los dibujos de los trajes de boda, en el perfil de Fandomme. Katara and Zuko 's weeding outfits y Katara's Wedding dress by OrePookPook. =)
