Disclaimer: ALLA es propiedad de Nickelodeon, VIACOM, Paramount, Mike, Bryan y Night. Ningún beneficio sale para mí de esta historia.
Notas: Olvide mencionar, en el comienzo del último capítulo, el traje de boda de Katara fue diseñado por nada más y nada menos que OrePookPook (no puedo tomar crédito por la belleza del diseño, solo por la idea base. Como Katara, quería algo inspirado en la Dama Pintada, pero él refinó mis ideas y creó un traje absolutamente hermoso)
Gracias: A USTEDES. Ustedes, mis compañeros, son los verdaderos héroes de esta historia. Sin ustedes no podría haber seguido. Sin ustedes no hubiera descubierto de lo que era capaz con esta historia. Me mostraron lo que podía ser cuando lo intentaba, y eso los hace a ustedes los verdaderos maestros tormenta.
No es luz lo que necesitamos, sino fuego; no es la suave llovizna, sino el trueno. Necesitamos la tormenta, el remolino, y el terremoto. – Frederick Douglass
El alba llegó demasiado pronto.
Katara despertó temprano. El nerviosismo era como una cosa viva dentro de su estómago y sus huesos – pensó que saldría gateando desde su piel. Pero en vez de eso, respiró hondo y se deslizó fuera de la cama. Luego practicó figuras de agua control. Se inclinó con las posturas, probando su equilibrio, estirando los músculos que sabía serían de más uso. Recordó aquel primer pergamino – gracioso, como funcionaban las cosas a veces – se acordó del Maestro Pakku y de Akna e incluso de sus enemigos, como habían sido sus instructores, como no hubiera sido la maestra que era sin esos desafios. La habían hecho más fuerte. Y ella necesitaba esa fuerza, hoy.
Los guardias la encontraron practicando. Se enderezó, avergonzada por primera vez de estar desvestida, y observó como Li y Lo se arrastraban dentro de la habitación.
-Es hora de tu ritual de limpieza, mi querida –anunció una.
-Tienes un gran día por delante –auguró la otra.
-Me lo dices a mí –replicó Katara.
Antes del ritual de limpieza, sin embargo, estaba el ritual del desayuno. La escoltaron hasta las entrañas del palacio, mucho más abajo del cuarto de peinado de Azula hasta un lugar de oscuras paredes de madera, un piso de empizarrado, y un único manantial. Había una mesa rústica de estilo familiar cerca del manantial, y varios platos servidos en ella.
-Come –indicó una de las ancianas.
-Necesitarás fuerza –insistió la otra.
Katara se sentó. Contempló la comida. Había sopa de tortuga asada con fideos largos, arroz púrpura de coco, bolas de guiso con la forma de de duraznos de luna, una jugosa fruta corazón de dragón cortada en cuatro, y huevos hervidos y marmolados en lo que parecía ser un té picante de hibisco. Se veía hermoso.
Y también estaba posiblemente envenenada.
Por supuesto que nos dejarían llegar tan lejos. Por supuesto, al final de nuestros planes, cuando hubieramos trabajado tan duro, esto pasaría. Ahora estoy sola en el fondo del palacio con dos viejos locos murciélagos que probablemente quieren enterrarme en los cimientos de la casa de Azula.
-Esto es demasiado –exclamó--. No puedo comer todo esto. No entraré en mi traje nuevo.
-Tonterías –replicó una-
-Quemarás todo lo comido –aseveró la otra. Y sus ojos brillaron.
Katara mantuvo las manos en su regazo.
-¿Por qué están siendo tan amables? –inquirió-. No he sido exactamente un modelo de prisionera.
-Eso es verdad –ambas mujeres se giraron y miraron al manantial caliente. El vapor se levantaba de él. Vagamente, Katara se preguntó si debería sin más levantar el agua a su alrededor y arrastrarlas dentro del manantial. Podía mantenerlas abajo. Podia ahogarlas. Y si generaban cualquier relámpago, solo se cocinarían vivas.
-¿Sabes que lugar es éste? –le preguntó una.
-Es un manantial termal –respondió Katara.
-Es el Manantial de la Vida –corrigió una de las ancianas pesadamente.
-Hace mucho tiempo, una mujer dio a luz al primer Señor del Fuego en este manantial. Había soñado que si el niño nacía aquí, crecería fuerte y uniría a nuestra gente –añadió su hermana, haciendo un ademán hacia el estanque-. Las aguas de este manantial vienen desde lo más profundo de la tierra de nuestra grandiosa isla. Tienen el poder de purificar todas las enfermedades y prepararlo a uno para lo que tiene por delante –se volvieron hacia ella-. Así como el Polo Norte tiene el Oasis de los Espíritus, la Nación del Fuego tiene este lugar.
Katara miró el manantial con renovado interés. Desde allí, parecía como la superficie plana de una obsidiana – no podía ver el fondo.
-¿Así que están diciendo que es un lugar sagrado?
-Oh, cielos, sí –las dos ancianas regresaron a la mesa.
-Y ésta es comida especial – señaló una. Apuntó un nudoso dedo a la sopa-. Los patos-tortuga están en pareja de por vida. Es por eso que los comemos en días de boda. Y los fideos significan larga vida.
Su hermana señaló el corazón de dragón.
-Y esa fruta, el corazón de dragón, es llamado corazón de soltera en otros paises porque se magulla muy fácilmente. A las solteras les gusta mucho.
-A mí me gusta un montón –asintió Katara-. Zuko me dio una, una vez.
-Seguro que sí –contestó Li o Lo. Señaló-: Esos huevos son para la fertilidad, y también los bollos de semillas de loto.
Su hermana sonrió.
-Tendrás suficientes para un buen juego de Escóndite y Explota.
Katara se ruborizó.
-¿Qué hay del arroz?
-Oh, eso –reparó una, sonriente-. Simplemente nos gustaba el color.
-Es rojo y azul mezclado –explicó su hermana.
A pesar de sí, Katara se iluminó.
-Supongo que eso encaja.
-Es seguro –instó una.
-Adelante –apremió la otra.
Katara apretó los labios. Solo quedaba una táctica.
-¿No lo compartirían conmigo?
Las ancianas sacaron palillos de sus mangas.
-¡Que no te moleste si lo hacemos!
Katara observó como las dos mujeres empezaban a escarbar la comida. Solo después de haberlas visto masticar algo de la comida sin ningún efecto posterior se permitió tomar un bocado. Y luego otro, y otro, porque la comida estaba buena – sabía como la comida del Distrito de la Ostra, caliente y picante y dulce y pegajosa. No tenía ni idea que podía extrañar eso. Cuando la comida hubo terminado, apartó su tazón y cuidadosamente dejó los palillos sobre él.
-Me están haciendo engordar –se quejó.
-Lo sudararás.
Una de las hermanas apremió con un ademán.
-Vamos. Lévantate.
Katara se puso de pie.
-Desvístete –ordenó la otra.
Una parte bastante desconfiada de Katara se preguntó si quizás éste no era un atentado contra su vida sino una travesura bastante desagradable – sería totalmente del estilo de Azula dejar a alguien andar desnudo por el palacio. Pero Li y Lo también se estaban desvistiendo, y le quitaron su ropa y la doblaron cuidadosamente.
-¿Qué pasa ahora?
-Tu cobertura –indicó una hermana. Se arrastraron hasta un grupo de jarras de loza al lado de una pared, sacaron algunos, y los descorcharon. Arrodillándose a los pies de Katara, ambas metieron sus dedos dentro de uno, y empezaron a untar algo en la parte baja de sus piernas.
-¿Qué es eso? –averiguó Katara.
-Carbón vegetal.
-Nosotros también hacemos tratamientos con carbón vegetal antes de la boda en el Polo Sur –contó Katara, contenta de repente-. Para ayudar a la piel.
-Ah, ¿pero también envuelven a la joven en algas marinas? –una de las ancianas se estiró a por una segunda jarra y sacó una larga hoja verde de kelp (1) húmeda. Con cuidado, la envolvió alrededor de la pierna de Katara. El proceso tomó mucho tiempo, pero cuando terminó habían cubierto y envuelto todo el cuerpo de Katara, y untado su rostro con carbón vegetal.
-Ahora te cocinas –señaló una, y con cuidado la llevó hasta el agua. Una hermana se sentó a su lado, un dedo en su muñeca. Pronto, Katara sintió su pulso empezar a martillear dentro de su cuerpo. El agua estaba tan caliente que podía sentir el sudor empezar a gotear al ritmo de un latido. Y luego la otra hermana comenzó a lavarle el cabello.
-Me voy a quedar dormida –anunció.
-Adelante. Cuando despiertes, estarás limpia.
Katara suspiró y dejó que sus ojos parpadearona hasta cerrarse. Cuando se abrieron de nuevo, una de las ancianas presionaba algo humedo en sus labio.
-Un poco de miel y jugo de yuzu –aseveró-. Bebe.
La bebida era amarga y dulce, pero mayormente estaba fría en comparación al caliente guiso sulforoso en el que se estaba cocinando, y Katara bebió hasta que se le escurrió por la barbilla.
-Gracias.
-¿Cómo te sientes?
Katara sonrió débilmente.
-Como uno de esos fideos.
La anciana sonrió.
-Bien. Ahora párate.
-No estoy segura de poder...
Una mirada severa atravesó ese antiguo rostro.
-¿Es esa la manera de hablar de una verdadera hija de la Nación del Fuego?
Katara se puso en pie solo para obtener una mejor vista a los ojos de la anciana.
-Aún soy cien por ciento Tribu Agua, muchas gracias.
-¿Entonces por qué tus ojos escupen fuego? –sonriendo astutamente, la anciana alzó una mano y se deshizó del carbón en el rostro de Katara-. Te has bañado en las aguas del Manantial de la Vida, y has lavado las cenizas del pasado –entonó con solemnidad. La anciana presionó un pulgar en su frente-. Ahora te daremos la vieja bendición.
Las hermanas corearon lentamente:
-Una chispa en la mente, una brasa en el corazón, fuego en el vientre, y el destino en tus manos.
-Ahora has renacido –exclamó una. Ambas sonrieron.
-Hoy el Cometa de Sozin regresa –retomó la otra-. Hoy beberás ryu-nyuu, la bebida real, y tomarás tu nuevo lugar en la historia.
Katara respiró hondo. Miró el agua glassy a su alrededor. Levantando los brazos, creó una brillante ola y se sumergió en ella hasta quedar limpia. Se sacudió el cabello mojado.
-Estoy lista.
Sus pisadas eran sorprendentemente firmes y seguras cuando entró en el cuarto de peinado de Azula. La costurera y sus asistentes estaban allí esperando. Rápidamente la desvistieron, luego la espolvorearon con un talco blanco de sabor dulce.
-Es harina de arroz y miel en talco –explicó una de las ayudantes de Azula-. Es para el sudor.
-¿Tengo que ponerme la ropa, ahora?
-Me temo que no –rebatió la costurera-. Primero necesitas que te peinen, y si pasas todo ese tiempo sentada, arruinarás la seda.
-Oh, mi cabello –reparó Katara-. Eh, Ty Lee me dio…
-Esos han sido tomados de tu habitación –o Li o Lo indicaron, y extrajeron un cuadradito de seda azul de una manga. Las perlas todavía estaban ahí. Katara tomó asiento, y espero a que la mujer le peinara el cabello y empezará a ensartarlo en las perlas. En el espejo, observó como trabajaban con sus pálidas y cuidadosas manos. Después de enhebrar el pelo que enmarcaba su cara, alguien pidió:
-Traigan los palillos.
-Estos son regalos de la hija del gobernador de Omashu –explayó una de las mujeres. Levantó una caja de madera oscura, luego abrió la tapa. Dentro había cuatro palillos que se veían sospechosamente parecidos a las agujas de Mai. Tenían cuentas de nacar en las pesadas puntas, pero los extremos eran inconfundibles-. Dejo una nota.
-¿Oh, en serio? Déjame verla, por favor.
Katara examinó el diminuto rollo. La letra de Mai era elegante y enjunta, como la chica misma.
"En tu gran día, ten cuidado. Éstas pueden hacer sangrar."
La mujer recogió su cabello en un alto rodete, retorciendo pelo alrededor de un palillo, luego usó los otros para asegurarlo. Pequeños colgantes se balanceaban de las cuentas de nácar, y atrapaban la luz cuando Katara volvía la cabeza.
-Ahora es hora de la bata –anunció la costurera.
La costurera y sus chicas habían ajustado el vestido un poquito, ahora tenía un contorno más definido y parecía empujar a Katara un poquito más y ceñirse un poquito más a ella. Cuando se miró en el espejo, abrió los ojos como platos. Ya no se veía como sí misma – había alguien más allí, usando colores de la Nación del Fuego y un resplandeciente ópalo cielo. Tragó saliva.
-Guau.
-En verdad –asintió la costurera-. Ahora el velo.
-¿Hay un velo?
La costurera sonrió.
-¿No eres la Dama Pintada? ¿Acaso la Dama Pintada no lleva un velo?
Katara se sonrió de oreja a oreja en el espejo.
-Tienes razón.
Le sujetaron el velo colocandolo sobre sus palillos. Éstos hacían una pequeña carpa que desparramaba el velo, y pequeñas cuentas doradas y perlas colgaban de diminutos nudos rojos de la flor de loto en el dobladillo del velo.
-Me siento como una princesa –comentó Katara, mirándose atentamente a través del velo.
-Eres una –aseguró Li o Lo. Como una, las dos mujeres parecieron aguzar las orejas como si hubieran oído una señal que nadie más podía escuchar.
-El cometa se acerca –hizo saber una.
-Es la hora.
Llevaron a Katara a un patio formal a cielo abierto que mostraba una alta tarima rodeada por enormes columanas. Alguien había instalado allí una larga mesa. Una larga alfombra blanca iba desde la tarima hasta una puerta trasera, con largas mesas a cada lado, gente de la Nación del Fuego en ropa formal, y grandes cuerdas con linternas colgadas encimas de las mesas. Por ahora estaban apagadas, aunque Katara escuchó a alguien quejándose en voz baja del clima y lo oscuro que estaba.
Y el clima estaba horriblemente como una premonición – el aire era espeso, pero una tediosa brisa corría trayanedo algo de la frescura del océano. Las pesadas nubes estaban bajas en el cielo. Ursa había dicho que debían prepararse para una tormenta. La Naturaleza, parecía, tener ganas de cooperar.
Katara solo dio un pequeño vistazo al setup antes de que Li y Lo la llevaran hacia atrás.
-Debes hacer tu entrada después del Señor del Fuego –le señalaron.
-¿Dónde está Zuko? –averiguó ella.
-Está en camino.
Verdadero miedo se hizo presente. Quizás Azula había arreglado un último interrogatorio para Zuko antes de la llegada del Cometa. Quizás haía pasado algo – Mai los había delatado, Wai Lee se había descubierto, o ellos habían dejado algo incriminatorio detrás. Quizás todo estaba terminado. ¿Zuko, dónde estás?
-Aquí estamos –clamó Azula a sus espaldas. Estaba junto a su padre. Usaba una armadura que combinaría con la de Zuko. El Señor del Fuego usaba enormes hombreras doradas con la forma de aves fénix, pero que de otra forma se veían igual. Estaban flanqueados por sabios. Uno miró a Katara entornando los ojos y señaló.
-¿No te conozco?
El corazón de Katara se detuvo. Luchó por encontrar las palabras exactas. De toda la gente que había imaginado que podía voltear el plan, ni una vez se había preocupado por los sabios.
-Eh, probablemente solo recuerdes mi cartel de "se busca" –replicó.
Arrugando los ojos, el anciano asintió con la cabeza y regresó a la linea. Azula lo miró con el ceño fruncido por un momento antes de girarse hacia Katara.
-Parece como si vayamos a necesitar un poco de lluvia-control –se mofó.
-Haré lo mejor que pueda –prometió-. ¿Dónde está Zuko?
-Está en posición –remarcó Azula. Miró a su padre y a los sabios-. ¿Padre?
Ozai echó un vistazo a las nubes.
-Sí –contestó-. Terminemos esto antes de que el Cometa regrese –hizo una señal con la cabeza a los sabios-. Vamos.
Los sabios se fueron. Se reunieron en la tarima, de cara a la multitud y levantaron sus brazos. Katara los escuchó empezando a exhortar las virtudes del Señor del Fuego y la familia real. Se inclinó hacia delante para ver mejor pero unos fuertes dedos la tomaron de su hombro desnudo.
-Espera –indicó Ozai.
La carne de los brazos se le puso de gallina.
-… ¿Sí?
Ozai la giró para que lo enfrentara. Entornó sus ojos, y deslizó una mano bajo el velo. Ella retrocedió, pero su otra mano la agarró con fuerza. Contuvo el aliento. Él jugaba con su collar.
-Esto está dado vuelta –observó-. No servirá.
-Oh.
-¿Qué hay del otro lado?
-Un eclipse –contestó Katara con voz finita.
-Ah –repuso Ozai, riéndose un poco sarcásticamente desde el fondo de la garganta-. Porque lo eclipsaste, no hay duda.
Los sabios dijeron el nombre de Ozai y Katara observó al Señor del Fuego alejarse. Vio los ojos de Azula siguiéndolo, y por un momento sintió una punzada de lástima – por lo ciego que era en todo lo que se refería a lo que sus hijos podían ser, lo bueno y lo malo. Ozai ascendió la tarima, y sus ciudadanos se arrodillaron ante él hasta que tomó asiento detrás de la larga mesa.
-Ese es nuestro pie –exclamó Azula-. Ven conmigo, Ty Lee.
Las dos muchachas flanquearon a Katara con Li y Lo paradas detrás. Lentamente, marcharon hacia la tarima. La multitud, sentada en sus rodillas, se arrodilló nuevamente. Azula apuró a Katara en una pequeña mesa arreglada con hilo rojo, una delgada botella con la forma de un dragón, y una única taza de hueso.
-Arródillate –demandó muy bajito.
Katara se arrodilló. Hizo lo mejor que pudo para sentarse erguida, y miró fijamente las nubes. Eran gris oscuro – se acordó de repente de los ojos de Aang. Un tremendo golpe sonó en la puerta. La madera empujó en sus goznes.
-¿Quién golpea? –preguntó uno de los sabios con voz teatral.
-Es el Príncipe Zuko, hijo de Ozai y Ursa, que viene a reclamar su premio –respondió un guardia desde la puerta.
-¿Cuál es el deseo del Señor del Fuego? –indagó el sabio.
Silencio. Katara desvió su atenció a Ozai.
-El Príncipe Zuko puede entrar –concedió Ozai-, pero debe arrastrarse.
Un murmullo atravesó la muchedumbre. Katara miró fijamente la puerta, ahora. La abrió abrirse con un balanceo. Zuko estaba allí con su armadura negra, y le dedicó una larga mirada antes de que el guardia más cercano a él lo volteara sobre sus rodillas.
Se arrastró.
Algo caliente y doloroso llenó la garganta de Katara y trató de escapar por sus ojos. Repentinamente se sintió apenada de haberlo forzado alguna vez a estar de rodillas. Observó a los otros observándolo, mirándolo mientras colocaba lentamente una mano delante de la otra y llevaba sus rodillas hacia delante. La armadura se veía dos veces más pesada, ahora, y las rodilleras significaban que debían levantar cada pierna cuidadosamente para evitar rasgar el tapete. Katara miró fugazmente a Ozai y Azula. Ambos sonreían, aparentemente complacidos, y una ira tan pura hizo acelerar su corazón. Mezquino. Mezquino, ignorante y egoísta – justo como lo fue en nuestra primera noche en este lugar.
Zuko había logrado llegar hasta los escalones. Levantó su cabeza y miró a Katara, luego a su padre, cuando Ozai no dijo nada, siguió arrastrándose sobre sus rodillas hasta la mesita. Cuando llegó, estaba sudando. Pero luego se detuvo, y sus ojos buscaron su ropa, y se fijaron en su collar. Sonrió ampliamente, y aparentó acomodarse el puño, exhibiendo su viejo collar en su muñeca. Ella sonrió. Luego él acomodó el otro y le dio un diminuto destello de una empuñadura oculto bajo la tela – su daga. Él le guiñó el ojo. Ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimir las risitas.
-Cómencemos –dijo el sabio más viejo, y se movió hacia la mesita flanqueado por dos asistentes más jóvenes-. Niña, súbete el velo.
Katara levantó el velo y lo echó hacia atrás. La sonrisa de Zuko no hizo más que aumentar. Las orejas de ella ardían. El sabio se giró hacia Zuko y extendió un pergamino enorme y ornamentado con la misma sustancia parecida al cuero que Katara reconoció de los documentos legales. Éste parecía mucho más viejo, no obstante, y la varilla del pergamino estaba tallada en hueso
-Príncipe Zuko. Al leer estos votos, aceptas todas las obligaciones descriptas en él. ¿Estás preparado para aceptar esas obligaciones?
-Sí, lo estoy.
-Entonces por favor lee.
Zuko miró rápidamente el pergamino, agrandó los ojos, y miró de inmediato a Katara. Respirando hondo, se aclaró la garganta, y leyó:
-Mi vida doy a mi familia. Con mis manos protegeré a mi esposa y a nuestros hijos. Con mi mente, buscaré formas para mejorar su vida, y con mis pies volveré siempre hacia nuestro hogar.
El sabio se dirigió a Katara.
-Princesa Katara –llamó-. Al leer estos votos, aceptas todas las obligaciones descriptas en él. ¿Estás preparada para aceptar estás obligaciones?
Ella asintió con la cabeza.
-Lo estoy.
-Entonces por favor lee.
El sabio se inclinó un poquito y le mostró el pergamino. Abrió su boca para leer – e inmediatamente entendió la súbita alarma de Zuko. Los votos, como la mayoría de los documentos más antiguos de la Nación del Fuego, estaban en escritura clásica. Y esta vez – a diferencia del cuento de la Dama Pintada – no podía simplemente leer los dibujos. Sus ojos se dispararon hacia Zuko. La boca de él empezó a formar las palabras, y ella las siguió:
-Mi vida doy a mi familia. Con mis… manos… protegeré a mi… esposo… y a nuestros hijos. Con mi… mente… . Buscaré formas para… mejorar su vida, y con mis… pies…volveré siempre hacia… nuestro… hogar.
-Muy bien –el sabio arrastró las palabras al hablar-. Ahora el atado del nudo. Caballeros.
Los dos sabios más jóvenes se alejaron del anciano y se arrodillaron junto a Zuko y Katara. Cada uno levantó una punta del hilo rojo que yacía en la mesa.
-Por favor, extiendan sus manos –les pidió el sabio más anciano. Katara levantó ambas, pero Zuko solo levantó la derecha, y el sabio más joven solo tomó su izquierda. Empujó ligeramente su meñique apartándolo de los demás, y lo rodeó con el hilo rojo. Lo tensó, luego él y el otro sabio trabajaron hábilmente en un intrincado nudo de mandala con dos extremos.
-¿Está apretado? –inqurió Zuko.
-¿Qué? –replicó uno de los sabios bien bajito.
-Me gusta que mis estén nudos apretados.
El sabio le dirigió una mirada rara, pero Zuko siguió sonriendo tan calmadamente como nunca. Los sabios se retiraron y le dedicó a Katara una sonrisa cómplice. Se veía absurdamente feliz – uno nunca sabría que la daga en su manga probablemente estaba destinada para su hermana. Empero, quizás esto era parte de su buen humor.
-Al aceptar estas obligaciones, han accedido a estar atados por un lazo que solo la muerte debería poder separar en dos –continuó el sabio más anciano-. Mantener la fuerza de este lazo requiere coraje. Uno no puede evadirse de las promesas propias, sin importar la prueba –hizo un ademán-. Por favor alcen sus manos.
Zuko levantó la mano, y Katara hizo lo mismo. Ahora el nudito rojo estaba directamente delante del sabio. Observó al anciano retroceder, levantar sus manos en una pose clásica de fuego control. Ahora entendía lo que realmente quisó decir con lo de no evadirse: disparó fuego directamente hacia el nudo. El calor bombardeó su palma abierta. Frente a ella, Zuko permanecía perfectamente tieso. Cuando las llamas se disiparon, el nudo había desaparecido. Unos cuantos en la multitud aplaudieron. Detrás de ella, Katara creyó oír a Wai Lee hacer lo mismo.
-Y ahora el contrato –prosiguió el sabio. Los dos sabios más jóvenes desenrollaron un segundo pergamino con los símbolos de la Tribu Agua y la Nación del Fuego quemados en el cuero. Zuko produjo una diminuta llama en un dedo, y firmó con su nombre. Estiró el dedo.
-¿Pluma?
-Oh, no –murmuró uno de los sabios más jóvenes-. Olvidamos…
-Oh, no hay problema –aseveró Katara, y con algo de dificultad, removió uno de las agujas de Mai convertidas en palillos para el cabello. Le sonrió a Zuko-. ¿Podrías calentar esto por mí por favor?
-Será un placer –acercó la llama a la punta, y esperó hasta que brilló naranja. Katara lo alejó, se inclinó hacia delante, y firmó con su nombre.
-Los nombres de estos dos han sido escritos en el contrato y escritos en la historia de la Nación del Fuego –anunció el anciano fuertemente-. Ahora beberán ryu-nyuu, la bebida real, y sellarán su sociedad.
Zuko se estiró a por la botella con forma de dragón, sirvió una pequeña medida en la taza, y se la entregó a Katara. Frunciendo el ceño, olió la bebida. Era blanca y lechosa, pero olía a miel y pimienta. Encogiéndose de hombros, hizo fondo blanco – y casi chilló cuando el picante explotó en su boca. Tosió. Zuko se estiró y agarró la taza, luego deslizó un pulgar sobre los labios de ella y lo metió en su boca. Se sirvió a sí mismo un trago, lo levantó a su salud, y lo bebió hasta el fondo.
El cielo se destrozó.
Katara miró hacia arriba. Las nubes se habían oscurecido significativamente. Vio destellos de relámpagados anidados bien adentro. Y directamente sobre el patio había una vorágine que se arremolinaba. Se levantó viento. La multitud empezó a susurrar. A sus espaldas, Ozai y Azula se pusieron de pie. Ozai avanzó a grandes zancadas hasta la mesa y señaló la inmesa espiral que se retorcía en las nubes.
-¿Qué es eso?
Zuko se paró.
-Es tu destino.
Algo retumbó bajo sus pies. Katara miró hacia las piedras bajo sus pies y vio el pasillo que Zuko acababa de gatear romperse y partirse en dos – la alfombra cortándose en tiras, las piedras volando, la gente gritando. Su corazón empezó a saltar. Esto es. Realmente está pasando.
Las piedras debajo de ellos erupcionaron. Algo se levantó desde las profundidades, rugiendo – una enorme criatura con cuernos curvados y de mandíbula babeante y orejas caídas. Flopsy. La gigantesca mascota del Rey Bumi. Y montándolo había dos figuras, una verde, una rosa. Saltaron fuera de la silla de montar de Flopsy. Katara observó el arco de Ty Lee en el aire y escuchó el juramento de Azula. Y a su lado estaba Toph, con las manos extendidas, y blandía dos resplandecientes guantes dorados de Dai Li. Salieron disparados por el aire directamente a Ozai. El Señor del Fuego permanecía conmocionado y silencioso mientras los guantes dorados de Toph lo golpeaban en los hombros, las rodillas, el estómago. Uno se cerró sobre su garganta con fuerza. Ella y Ty Lee aterrizaron al mismo tiempo.
-¿Quién eres tú? –exclamó Azula, con las manos en llamas.
Ty Lee ladeó su cabeza tristemente.
-¿Quieres decir que ni siquiera te diste cuenta que no estaba? –después abofeteó el rostro de Azula con una mano enguantada. Ambos, el Señor del Fuego y su hija cayeron como sacos de arroz.
Azula gruñó.
-¿Por qué no puedo moverme?
-Porque Sokka tenía razón, como siempre –respondió Ty Lee. Hizo un mohín mirando su guante. La palma se veía un poquito pegajosa.
-Un poquito de veneno de xirxiu dura un montón.
Toph se sacudió las manos y se quitó algo de los hombros. Le arrojó a Zuko una funda.
-Buena arrastrada, Chispitas.
Zuko desenvainó sus espadas, girándolas en sus manos.
-Oh, las extrañé…
-Aquí tienes, Katara –dijo Ty Lee, y le dio a Katara una cantimplora doble de agua-. Wow, ¡Ese un collar de veras bonito!
-¡Dispárenles! –gritaba Azula desde su posición en el suelo-. ¡Dispárenles ahora!
Miraron hacia arriba. Sobre los parapetos, aparecieron arqueros Yu Yan y soldados de la Nación del Fuego. Y en las manos de los soldados había exhaladores con forma de dragón – las armas del Mecánico les apuntaban únicamente a ellos.
-Toph. Paredes –clamó Zuko.
-No te preocupes –repuso Toph.
Las armas se dispararon. Katara lo vio suceder lentamente: primero las cámaras encendiendo las armas, luego el fuego en la mano de cada soldado…
… y el dedo negro de una nube que tocó la tierra marcada debajo, enviando flechas y bolas de plomo volando junto con platos y mesas y lámparas, todos los restos de la boda girando en el despertar de un ciclón en cuyo centro estaba el Avatar.
Los hombros de Aang subieron. Porcelana, vidrio, seda y plomo cayeron a su alrededor – una lluvia de basura. Se veía más magro, más fuerte. Usaba un collar de cuentas de madera como el que había visto en el esqueleto del Monje Gyatso, y llevaba su bastón entre sus manos de nudillos blancos.
-Señor del Fuego Ozai –llamó-. Tu tiempo se acabó.
Un relámpago aplaudió sobre sus cabezas. Se oyó un trueno. Y con el repiqueteo de la lluia llegaron disparadas tres inconfundibles figuras desde las nubes. Una de ellas era Appa, con toda la armadura. Las otras dos eran azul y roja y largas y se movían como cintas, rápida y ágilmente como en un sueño, y cuando respiraron fuego la gente cayó de rodillas.
-Dragones –reconoció Ozai con la voz quebrada-. Pensé que se habían acabado todos.
-Pensaste lo mismo de mi gente –recalcó Aang, subiendo las escaleras. Le dio a Flopsy un amigable rascada en la barbilla. Miró a Zuko y a Katara-. Hola, chicos.
-¡Aang!
Katara corrió hacia él. Se tambaleó un poquito sobre la grieta en la tierra, pero se las arregló para agarrarlo sin más. Olía como a lluvia. Él se dejó abrazar por solo un momento antes de apartarse.
-Te ves… diferente –le comentó.
Ella sonrió.
-Tú también.
Aang se inclinó alrededor de ella.
-Hola, Zuko.
-Aang –saludó Zuko, cabeceando, mientras el emblema de la Nación del Fuego a sus espaldas empezaba a arder. Las linternas que quedaban prendieron fuego bajo las bocas de los dragones. La multitud se esparción con terror, corriendo hacia la puerta. No abría. Katara miró hacia arriba. Incluso los Yu Yan habían roto filas – los pocos que quedaban ahora disparaban sus flechas inofensivas hacia los dragones. Los sabios habían asumido posturas de profundo arrepentimiento: se arrodillaron sobre la tarima con sus frentes contra el piso. Incluso Li y Lo se limitaban a mirar fijamente las grandes bestias circulando el palacio.
-Entonces –empezó Toph-, éste es tu papá, ¿eh?
Zuko miró.
-Sí.
Toph hundió una mano en la tierra y regresó con un puño tres veces del tamaño normal. Marchó hasta el cuerpo boca abajo de Ozai.
-Ey –llamó, y lo golpeó con fuerza en la cara. El Señor del Fuego levantó su rostro una vez, gruñendo, antes de poner los ojos en blanco y caer.
Zuko se inclinó hacia delante.
-Eh, Campeona, no sé si es esto lo que ibas a hacer, pero como que le erraste de ojo.
Toph se sacó la piedra del puño.
-Soy ciega, Chispitas. Tiene suerte de que no le pegue más abajo.
-¡Oh, Toph mira tu mano! ¡Está toda sucia! –Ty Lee avanzó hasta la maestra tierra y empezó a sacudir la mano de Toph-. En serio tienes que fijarte en estas cosas; podrías romperte una uña…
El rostro de Toph se incendió.
-Elástico, vamos, déjame…
Katara se giró hacia Aang.
-Entonces…
-Se volvieron amistosas durante el interrogatorio –aclaró Aang-. Solo Toph podía decir si estaba mintiendo.
-Que dulce –acotó Azula desde el piso.
-Cierra el pico –le ordenó Toph, y cubrió la boca de la princesa con un guante de piedra. Pateó la tierra y se clavaron piedras en el estómago de Azula. La princesa tosió contra su mordaza. Toph apartó sus manos de Ty Lee bruscamente-. ¿Toleraste esta porquería, Elástico?
-Bueno, eso fue antes de conocerte a ti, Toph…
-Oh, por todos los cielos –interrumpió Zuko, apretándose el puente de la nariz.
Encima de ellos, las tejas cayeron desde el techo. El dragón rojo clavó sus garras en la estructura y exhaló fuego sobre el gentío. Flopsy de inmediato gimió y se agachó. Aang sopló las chispas que había en su piel. Una figura se deslizó de la columna del dragón y bajó por el techo. El General Iroh usaba una antigua armadura de la Nación del Fuego; se veía como la que Sokka le había dicho que el Padre de Yue quería que sus soldados usaran durante su misión "de encubierto". Se quitó el casco y avanzó a grandes zancadas hacia ellos.
-Niños –llamó, sonriendo.
-¡Tío! –Zuko tuvo al anciano en sus brazos-. ¡Estás aquí!
-Hoy es un día especial –replicó Iroh-. No me lo perdería.
Katara adelantó un paso.
-¿Qué hay de mi papá?
Las espesas cejas de Iroh se alzaron.
-Imagino que está con la encantadora Akna plantando explosivos submarinos en los navíos de la Armada de Fuego.
-Ey, ese truco es nuestro –se quejó Zuko.
-Sí, no es justo, nos copió –insistió Katara.
Se rieron. Después Iroh empezó a toser. Se agarró el corazón. Katara miró a Zuko – él estaba haciendo lo mismo. Lentamente, se deslizo sobre sus rodillas. Sus ojos estaban como platos y sudaba. Respiraba rápidamente. Aang cayó en un pequeño montón, se llevó las rodillas al pecho. Se movía nerviosamente.
-El Cometa –exclamó. Miró a Katara, y por un momento vio a un niño pequeño de nuevo-. Corre –roncó-. Huye. Ahora.
Ella sacudió la cabeza.
-No.
-¡MIREN HACIA EL CIELO! –Escuchó a Li y a Lo corear. Desde sus rodillas, las ancianas apuntaron sus escuálidos brazos hacia el oeste, donde las nubes no se habían juntado lo suficiente-. ¡EL COMETA DE SOZIN HA REGRESADO!
Atravesó disparado descendiendo por el azul cielo de la tarde, diminuto a la luz del día pero brillante como la estrella de la mañana y tan rápido como un pez corriendo. Desapareció, y Katara se volvió para mirar a la gente en el suelo. Lentamente, todo el grupo de la boda se estaba levantando. La aristocracia de la Nación del Fuego se puso de pie y rotó los hombros. Miraron sus fieras manos. Y sonrieron.
-Sabes, es gracioso –comenzó Azula, y la sangre de Katara se volvió hielo. Observó pararse a la otra muchacha y limpiarse la boca-. Nunca le pedí un deseo a una estrella fugaz –fuego azul llameó en sus manos-. Supongo que simplemente soy afortunada.
Arrojó bolas de fuego gemelas hacia Iroh. Zuko impulsó sus piernas como tijeras hacia ella desde el piso y ella cayó, rodó hacia atrás, y estuvo sobre sus pies enseguida. Sus manos estaban todavía en llamas. Zuko desenvainó sus espadas. Una pausa, luego él embistió primero.
-Debí haber sabido que harías esto –clamó Azula-. Sabes que aún soy la mejor maestra.
-Sé que eso no importa –replicó, y se lanzó hacia su cuello. Azula hizo una voltereta hacia atrás, danzando hacia arriba y atrás. Zuko estaba tan concentrado en ella que no vio a su padre liberándose de los guantes de los Dai Li y empezar a cortar el aire con sus manos, no vio las chispas, y no vio cuando Katara desencorchó sus cantimploras y le regresó el relámpago de Ozai con un estallido de su látigo de agua. El Señor del Fuego se tambaleó hacia atrás, con el cabello desordenado, la corona brillando. Le gruñó y levantó las manos, pero la explosión de una llama a su derecha lo volteó de sus pies.
-Hermano –exclamó Iroh con voz profunda-, ésta es nuestra pelea.
Ozai balanceó sus salvajes ojos sobre Iroh.
-Tienes razón –siseó.
Iroh miró rápidamente en dirección a Katara.
-Sabes a dónde ir.
Ella miró a Aang de un vistazo. Él asintió con la cabeza.
-Ve. Estaré bien.
Ella se disparó en dirección a Zuko con una serpiente de agua girando ya sobre su cabeza. Él y Azula estaban luchando sobre la larga mesa probablemente sobre la comida de la boda, rompiendo platos y mesas a medida que se movían. La laca y la porcelana se hacían añicos contra las piedras debajo. Azula blandió dagas de puras llamas blancas. Zuko quitó el fuego blanco de sus espadas. Se movieron el uno alrededor del otro; ella arqueó su pie por encima de la cabeza de él y él se impulsó hacia delante, intentando apuñalarla. Alzando las manos, Katara puso toda su concentración en la sangre en el cuerpo de Azula. La otra chica se congeló por tan solo un segundo antes de forcejear poderosamente. El Cometa le había dado una fuerza estupenda – peleaba con más vehemencia contra la sangre control que Hama.
-Hazlo ahora –instó Katara con los dientes apretados-. ¡Ahora, Zuko! –Azula se meneó y Katara apretó, intentando encontrar la sangre en su garganta-. ¡Se me resbala!
-¡Bruja! –Azula se retorció y escupió-. No sé lo que estás haciendo, pero eres una abominación…
Zuko cruzó las espadas sobre su cuello.
-Cuida tu boca cuando le hables a mi esposa.
Se disparó un tiro.
Ella se volvió. La sangre de Azula se zafó de su agarre. Ozai estaba parado sobre su hermano con un pequeño firebreather en ambas manos. El extremo se veía recortado. Echaba humo. Lentamente, Ozai lo bajó. Iroh estaba en el suelo. Su respiración era pesada. Se agarraba su hombro izquierdo. Había un charco de sangre alrededor de él. Un grito grave y angustiado llenó los oídos de Katara, y no era el suyo.
Ozai giró, las batas dieron vueltas, las manos ardían, pero Zuko las eludió por abajo, se agachó y clavó a su padre en el estómago con ambas manos. Ozai se estremeció. Su arma cayó. Tosió sangre.
-Zuko… -gruñó. Explotó una llama blanca en sus manos. Se estiró hacia atrás para lanzárselo a Zuko a la cara. Zuko bloqueó su puño con un brazo. Luego llegó el otro y tuvo que bloquear ese también. Ahora estaban con ambos brazos trabados y temblando. Ozai escupió sangre en la cara de su hijo. Sonrió de oreja a oreja.
-Oh, Zuko –se burló-. Verdaderamente, eres mi hijo fiel.
-No –negó Zuko, y rompió el agarre de su padre, giró sus manos en dos círculos. El relámpago crepitó en los puños de Zuko, y los precipitó en las espadas. La luz chisporroteó por el acero hasta el cuerpo de su padre. Ozai quedó rígido, con los labios hacia atrás, su cuerpo retorciéndose. Con una mueca, Zuko mantuvo sus manos en el acero. El cuerpo de su padre se sacudió. Katara olió a quemado. Finalmente, Ozai se arrastró fuera de las hojas. Cayó hacia atrás, con el cabello quemado, las uñas negras, con una mano levantada.
-Azula…
-¿Qué? –Azula saltó desde la mesa y agarró una columna. Se balanceó para subir al techo-. Terminé de ayudarte, Padre. El Avatar tiene razón. Se te acabó el tiempo –corrió hacia el dragón. Hizo un látigo de fuego y azotó al animal con él.
-¡Se está escapando! –Aang saltó en el aire y hacia el techo. Echó a correr tras ella. Katara empezó a correr, pero una cálida y pegajosa mano se aferró a su muñeca.
-Déjalo –pidió Zuko bruscamente-. Por favor.
Katara señaló. El dragón estaba despegando. En él estaban Aang y Azula. Vio llamas azules.
-Pero…
-Aang tiene un planeador. Azula no –su mirada cayó sobre el Señor del Fuego. Se veía sorprendido y dolido, un poquito como un chico perdido yaciendo sobre su propia sangre, y no sabía si estaba vivo o muerto. La mano de Zuko apretó la de ella-. Mi Tío está muriendo.
Katara se giró. Toph y Ty Lee se habían arrodillado junto a Iroh. Toph sostenía una mano sobre la herida. Katara observó como diminutos fragmentos de metal se escapaban de su carne hasta entrar en su puño. Los apartó y las brillantes lascas sangrientas se desparramaron sobre la piedra.
-Vas a estar bien, Viejo –decía Toph-. Vas a poder hacer fuego control de nuevo, te lo prometo.
-Por favor –susurró Zuko.
Katara se separó de él. Juntó un listón de agua y se arrodilló junto a Toph.
-Oh, Señorita Katara –reconoció Iroh, cerrando los ojos-. Eres una visión para estos viejos ojos…
-Oh, cállate –replicó Katara, y empezó a trabajar el agua sobre su herida-. Toph, ¿sacaste la mayoría?
-Eso creo –respondió Toph. Se sentó sobre sus rodillas-. Es bueno que hayan conseguido esos planos…
Zuko se hundió de rodillas a la coronilla de su Tío. Le quitó el casco.
-Vamos, quédate despierto –rogó-. Quédate conmigo.
Iroh sonrió.
-Estarás bien… siempres encuentras una manera…
-Pero te necesito –insistió Zuko. Alisó el cabello del hombre hacia atrás-. No se cómo ser Señor del Fuego. No sé nada sobre manejar un país –estaba llorando, ahora. Se agachó más y apoyó la cabeza sobre el hombro del anciano-. No puedo hacer esto solo –susurró-. Necesitó tu ayuda.
La vista de Katara se volvió difusa. Esperó a que el agua brillara. Estaba perdiendo sangre demasiado rápido. Levantó una mano y cerró los vasos. El sudor perló su frente.
-Si puedo curar un estúpido perezoso, entonces puedo curarte –murmuró. Sumió su concentración en su sangre. La dirigió a donde tenía que ir-. Zuko, manténlo junto.
Sintió más que ver a Zuko agarrar el hombro. Usando su agarre como un torniquete, rodeó la herida con agua. Iroh jadeó.
-Está bien, es solo curación –aseveró, al tiempo que el agua empezaba a brillar. Forzó toda su energía en eso, imaginando las venas reparándose y la piel tejiéndose. El dolor pinchaba su cabeza. Iroh gemía y se arqueaba en el piso. Terminó y se sentó, con las manos mojadas y hormigueándole. En el suelo, Iroh estaba blanco.
-Su corazón sigue latiendo –dijo Toph.
La mano sangrienta de Zuko cubrió la de Katara.
-Gracias.
-¿Qué pasó aquí?
Katara miró hacia arriba. Parados frente a ellos, con sus siluetas oscuras contras las nubes, estaban la Maestra Tormenta Xiao Zhi y Ursa. Los palidos ojos de Xiao Zhi se entornaron en sus profundas y arrugadas cuencas. Se veía incluso más demacrada que antes. Ursa, sin embargo, se había ubicado junto a su hijo.
-¿Zuko… qué…?
-Ozai le disparó –se giró hacia su madre-. Azula escapó. Está con Aang –sus ojos fueron hasta Katara. Todavía estaban húmedos-. Katara, lo siento, prometí que no dejaría que lo lastimara, le dije…
-Podemos encontrarlos –le interrumpió.
-Y pueden destruir ese grupo de acorazados por el camino –sugirió Xiao Zhi. Señaló a sus espaldas-. Están en el puerto. Llevan una carga de bombas, y se dirigen directamente a las colonias.
Zuko se puso de pie.
-Pero Aang…
-El Avatar no el chico que dejaron –le cortó Xiao Zhi. Miró a ambos-. Está en control de los elementos, y ustedes también. Los acorazados no pueden ser derribados solo con fuego – los cargamentos explotarían directamente sobre nuestras defensas en tierra. Necesitamos otra manera. Necesitamos tormenta-control.
-No podemos derribar los acorazados con un solo disparo –dijo Zuko-. ¿Y cómo siquiera llegaremos hasta allí?
Xiao Zhi señaló un techo cercano. El dragón azul lo circulaba.
-Veo un dragón en el cielo, y un océano con sus nombres en él –respondió-. Ustedes averíguenlo.
Zuko miró a Iroh, luego a Katara, luego al cielo. Se lamió los labios.
-Pero…
-Zuko, el primer deber del Señor del Fuego es proteger a la gente de su nación –le recordó Ursa en voz baja. Se paró. Katara la imitó-. Soy tu madre y te estoy pidiendo que vueles esas cosas hasta el mar –Ursa colocó las manos en sus hombros, les sacudió el polvo-. Y que luego vuelvas a mí, ¿entendido?
Zuko sonrió.
-Mamá, se lo prometí a Aang –tomó sus manos entre las suyas-. Somos sus maestros. Tenemos que protegerlo. No vamos a regresar sin él –Miró a Katara-. ¿Cierto?
-Cierto –ella miró a Ursa y a Xiao Zhi-. Desarmaremos los acorazados. Pero luego buscaremos a Aang.
-Bueno apúrense, están desperdiciando tiempo –repuso Xiao Zhi.
Como había temido, la carrera por el patio fue obstaculizada por su voluminosa enagua, y al final Katara tuvo que detenerse solo para rasgarla. La apartó de una patada y siguió corriendo. La cosa era sorprendentemente pesada, y fue mucho más capaz de seguirle el ritmo en la carrera mortal de Zuko sin ella. Él no notó que faltaba hasta que tuvieron que subieron estrepitosamente las escaleras y llegaron al techo. Encima de ellos, el dragón se iba y venía en un lento círculo. Resoplaba fuego hacia el cielo – Katara se preguntó si estaba buscando a su compañero, de alguna forma.
-Puede que tenga que – guau –Señaló Zuko-. Mmm… ¿Cuándo…?
-Oh –Katara miró hacia abajo. Como había pedido, la costurera le había dado una nueva ropa interior, pero más como lo que le había sobrado de la tela que otra cosa. Ahora todo lo que cubrían sus piernas era eso y dos amplios panels de tela sujetados a su cinturón más bajo-. Bueno es difícil correr con las polleras…
Zuko tragó saliva.
-Claro –sacudió la cabeza y miró fijamente al dragón-. Mm… espero que me acuerde bien esto… -embistió hacia delnate. Una llama blanca apareció en su mano. El dragón se abalanzó hacia él. Zuko se veía tan pequeño delante de la enorme cabeza barbuda. El dragón respiró normalmente, las fosas nasales dilatas. Katara entendió ahora los tonos reverentes que los muchachos habían llevado al Templo Aire del Oeste. La bestia ante ella era hermosa y rara y poderosa. Y ahora la estaba mirando a ella por encima de su hombro, y captó una inconfundible inteligencia resplandeciendo en esos enormes ojos dorados.
-¿Tengo que bailar? –inquirió ella.
-No sé –retrocedió un poquito-. Mm… saca tu agua.
-Zuko, es un dragón, no quiere ver agua control…
-¡Solo confía en mí!
Gruñendo, soltó más agua y la levantó bien arriba.
-Muy bien, ¿ahora qué?
-Pon tus brazos alrededor de mí –indicó-. Controla el agua justo delante de mí.
Ella sonrió ampliamente.
-Oh. Ya entiendo –manipuló el agua frente a él. Lentamente, empezó a darle vueltas, y sintió que él hacía lo mismo en el aire. Zigzagueó uno alrededor del otro, empujando y jalando. Vio el destello brevísimo de chispas antes de que él gritara.
-Ahora –y disparó el relámpago infundido en agua a la distancia. El dragón echó la cabeza hacia atrás para observar la chisporroteante danza de la luz. Luego la balanceó de vuelta hacia delante para estudiarlos. Bajó la cabeza.
-Creo que podemos ir –aventuró Zuko. Se movió hacia el dragón. Vacilantemente, Katara lo siguió. Subió de puntillas por la cara del dragón y casi murió allí mismo cuando una lengua delicada y en forma de horca salió de la nada y tocó su pierna.
-Me está lamiendo…
-Eso significa que le gustas –explicó Zuko, y le dio la mano. La arrastró hasta arriba detrás de los cuernos del dragón y la sentó delante de él. La piel de la criatura era increíblemente suave sobre sus piernas desnudas. Cuando respiró pudo sentir el zumbido atravesando su piel-. Mm, nunca he hecho esto antes –se inclinó alrededor de ella-. Mmm… ¿a los acorazados, por favor?
Y despegaron.
El impacto de un vuelo repentino pateó su espalda contra Zuko. Él se apresuró en asirse de los cuernos, pero se acomodó por un grupo de escamas frente a ella. Salieron como cohetes al aire. Ella pegó un gritito, luego empezó a reír. Era como su primera vez en el planeador. Se mordió el labio y miró hacia abajo. Parecía que toda la capital estaba en llama.Tuve razón en pedirle a Mai que se fuera con Tom-Tom. Todo en el lugar era mucho más pequeño desde allí, pero todavía podía reconocer la figura de Appa planeando en el cielo, y ver la pequeña flecha dorada que era su armadura. Y si forzaba la vista, vería dos figuras, una azul y una verde en su silla de montar. Eso solo le daba la fuerza que necesitaba para esperar a los acorazados. Eran enormes, grandes cosas de acero con proas con forma de dragón que se cernían como buitres-avispa sobre la península.
-Voy a necesitar más agua –advirtió, y chilló cuando el dragón se zambulló hacia el puerto. Las manos de Zuko se cerraron con fuerza sobre sus caderas y evitaron que se fuera hacia arriba en el precipitado descenso. Su velo voló y le piedrita atada a su cinto rebotó. Se rió. El dragón rozó el mar y ella se inclinó hacia delante – Zuko la agarró por la cintura y ella pensó en esa otra boda, en el Distrito de la Ostra, y en como había evitado que se cayera – y juntó dos olas de agua a cada lado de la columna del dragón. Las olas crecieron y crecieron y crecieron hasta que fueron dos brillantes paredes a ambos lados, y después el dragón se levantó hacia el cielo y hacia la batalla encima de ellos. Reunió dos chorros de agua – tan grandes como los trenes de tránsito de Ba Sing Se -- en su estela. Observó las manos de Zuko descender delante de ella. Las sacudió en dos círculos opuestos. Ella miró hacia arriba. Los acorazados estaban tan cerca que podía ver a hombres de uniforme haciéndose señas unos a otros.
-Ahora –exclamó Zuko, y cuando azotó el primer acorazado con sus enormes látigos de agua nuevos chispeaban y olían a tormenta.
Fueron directamente hasta la nube de máquinas, dejando relámpagos, agua de mar y destrucción a su paso. Los costados de acero del navio empezaron a echar chispas. Se amontonaron y se alejaron. Vio a hombres desplomarse muertos sobre las barras del timón, fritos como el Señor del Fuego Ozai. El fuego de los buques explotó sobre ellos. El dragón respondió en especie. Se dispararon armas dentro del lugar de cargamento de cada navío – las explosiones casi la voltearon del dragón.
Y entonces llegaron los rezones.
Se elevaron por el cielo, puro cable y acero, y el dragón giró bruscamente para evitarlos, pero era demasiado grande y larga y eran demasiados. Los ganchos perforaron su carne y gritó fuego violeta. Pegó un coletazo y Katara casi se desliza de nuevo. Miró hacia atrás. El dragón estaba sangrando en varios lugares.
-Puedo intentar curarla…
-No –refutó Zuko. Apuntó-. Mira.
Los ganchos habían penetrado hondo. Pero también habían unido al dragón y los acorazados. Y ella era más fuerta. Y ella los estaba remolcando hacia el mar.
-Húndete –murmuró. Le gritó al dragón-: ¡Zambúllete! ¡Zambúllete! ¡ZAMBÚLLETE!
Ella se sumergió.
Hubo un horripilante chillido mientras esas bestias de acero caían hacia el mar, remaches saltando, el metal rasgándose. Entraron en el océano y Katara sintió el arrastre helado del océano en sus tobillos antes de que creara una bolsa de aire a su alrededor, y se sumergieran más y más y más hasta algún lugar oscuro y turbio. El dragón rasgó las profundidades. Rodó como un barril y algunos de los ganchos se soltaron; aceleró y se abrió paso para salir del agua, brillante y mojada.
Detrás de ella, Katara sintió a Zuko pararse. Lo oyó desenvainar sus espadas.
-Tengo que cortar los cables –expresó, y antes de que pudiera decir algo se había ido. Se volvió para mirarlo correr a lo largo de la columna del animal, asestando repetidos golpes y cortando los cables. Con cada corte, la criatura iba más rápida. Pronto estuvo forcejeando para liberarse y cuando cortó el último cable azotó el agua con su cola y se dirigieron directamente al cielo, chorreando sangre y agua. Pero Zuko no estaba ahí.
-¿Zuko? –Katara trató de verlo. Se palanqueó sobre sus rodillas y gateó hasta los cuernos. Agarrándose de uno, intentó obtener un vistazo del vientre del animal. Tampoco estaba ahí-. ¡Zuko! ¡Zuko!
El animal se corcoveó y ella vio aferrandose a la cola del dragón. Detrás de él estaban los restos de los acorazados. Se estaban hundiendo en el mar. Y se hacían cada vez más pequeños, a medida que el dragón volaba más alto. Katara tragó con dificultad. Apretó los dientes. Y creó dos botas de hielo para asegurarse al cuerpo todavía húmedo del dragón, y empezó a caminar.
El dragón se corcoveó de nuevo, chillando, y la volteó sobre sus manos y rodillas. Así que ahora estaba arrastrándose hasta él, de la misma manera que Ozai lo había hecho arrastrarse hasta ella, y el viento pasó silbando junto a ella y el aire se hacía más delgado y era más difícil respirar, pero levantó sus rodillas en carne viva y sangrando y lentamente se abrió camino por el cuerpo que se retorcía del animal.
-Sújetate –susurró-. Allá voy.
Pero entonces el dragón invertió el rumbo de nuevo, y ella cayó, y se deslizó sin poder hacer nada por su piel y aterrizó mucho más cerca de su cola. Algo frío y cegador la envolvió, y luego la brillante luz del sol caldeó su piel. Estaban por encima de las nubes. El dolor hacía temblar sus brazos, pero se arrastró hasta su estómago y se retorció el resto del camino. Se impulsó hacia la cola. Milagrosamente, Zuko aún esta ahí.
-Te tengo –se animó, y le agarró la mano. Se arrebató hacia atrás y él cayó sobre ella.
-Me salvaste –clamó en su cuello.
-Aunque no por mucho –retrucó. Se sentaron. Tenía que tragar el aire-. El aire se está volviendo realmente escaso.
-Creo que está presa del pánico –sugirió Zuko-. Todavía está sangrando.
Katara miró las heridas. Había demasiadas.
-No puedo curarlas todas.
Zuko frotó los brazos. Sus manos parecían violetas.
-¿Y congelarlas?
Katara hizo un mohín, luego asintió.
-Detendrá el sangrado –se acercó más-. Préndete a mí, ¿de acuerdo?
-Seguro –se agarró de su cintura y ella se inclinó sobre el costado del animal y rozó el aire con una mano. El agua se congeló a sus dedos. Se concentró, y esparció el agua congelada a lo largo del cuerpo de la criatura. Observó como se congelaban los sangrientos vacíos que había en esas escamas azules. Rápidamente, metió los dedos en el aire de nuevo y retorció más cristales de hielo, creando otra explosión. La cobertura de hielo era espesa, ahora.
-Del otro lado –indicó y se inclinó hacia delante para repetir el proceso. Pero cuando había cubierto las heridas con hielo, el dragón continuó ascendiendo. Zuko jadeaba ahora. Se veía mareado. Katara se sentía descompuesta. Miró hacia las nubes abajo. Arriba de ellos, el cielo se estaba oscureciendo. Pensó que veía estrellas, pero no estaba seguro si no era solo por la ausencia de aire.
-Tenemos que saltar –sentenció.
-Estás loca –apenas podía sentarse derecho.
Ella agarró su rostro entre sus manos.
-Zuko. Escúchame. Necesito que hagas una bengala. ¿De acuerdo?
Él miró las nubes.
-¿Quién va a vernos?
Ella se mordió el labio.
-No sé. Pero si no saltamos pronto, vamos a desmayarnos y caer, de todas formas.
Zuko respiraba como un niño luchando por no llorar. Apoyó su frente contra la de ella.
-No puedo –negó-. No puedo. Es demasiado.
Ella lo envolvió con sus brazos. Apoyó su mentón sobre su hombro.
-Te conozco –rebatió en su oído-. Sé que puedes hacer. Y sé que puedes hacer esto.
Él casi río. La rodeó con sus brazos, la sujetaron con fuerza.
-Ágarrate fuerte y no te sueltes –contestó. La besó.
Cayeron.
Cayeron a través del hielo y el fuego, hacia el mar, pasaron derecho junto a los ardientes globos de guerra. Cayeron y sintió el fuego de Zuko pasar como una centella a su alrededor, y se aferró su brazo para manterlo derecho y agarró la vaina. Él enroscó su otro brazo alrededor de ella y la besaba con los ojos abiertos como si no quisiera olvidar y el mar se levantaba para recibirlos y se preguntaba si la caída dolería o sí simplemente despertarían en el Mundo de los Espíritus…
… y algo la sacudió bruscamente por la espalda y voló hacia atrás, agarrada a las manos de Zuko, jaló de él delante de ella…
… y sobre la silla de montar de Appa.
Sokka se quitó su casco de lobo.
-Ey, hermanita –todavía estaba agarrando las cantimploras dobles en la espalda de Katara-. ¿Me extrañaste?
Ella se arrojó a sus brazos.
-¡Sokka!
Su hermano la abrazó con fuerza. Le frotó los brazos cuando se apartó.
-Esto es todo un traje –miró a Zuko-. Tienes unas cuantas explicaciones que dar, amiguito.
Zuko suspiró y dejó caer su cabeza.
-Créeme, lo sé.
-Mm, odio interrumpir pero hay un problema hacia el este –intervino Suki desde su lugar a las riendas de Appa. Señaló. El dragón rojo estaba batiéndose en el aire. Aang iba de un lado a otro rápidamente con su planeador, evitando las explosiones de fuego azul de Azula, quién se aferraba tercamente a uno de los cuernos de la criatura.
-Llévanos allí –demandó Zuko.
-¡Appa, yip-yip!
La bestia gruñó y se deslizo por el aire, batiendo las seis patas y la cola sacudiendo el viento. Katara se agarró del borde de la silla de montar. Sintió a Zuko adoptar una posición detrás de ella, puro calor y armadura. Su cabello se había soltado. También el de ella. Sus batas estaban empapdas y rotas. Tiritó y él la envolvió con sus brazos mientras Appa iba en picada hacia el dragón. Observaron como Aang envía una llamarada tras otra en dirección a Azula. Ella las bateaba. Cuando se acercaron, Aang creó una bola de aire, cerró su planeador con un golpe seco, y lo giró para crear una vorágine. Pegó hacia delante y su fuerza al girar volteó a Azula del dragón. Cayó a la tierra disparando fuego azul. El impacto la hundió en la ladera de una colina.
Se pararon para mirar. Azula estaba tan profundamente dentro de la tierra que ya no podían verla. Suki se inclinó hacia delante.
-¿Está…?
-No –aclaró Zuko-. Ella no se va tan fácilmente.
Escucharon un estruendo y un estallido bajo la tierra. Appa rodeó la colina. Algo naranja borbotó desde la tierra. Rodó por el pasto. Lava. Era un gran arroyo de lava que salía a chorros por la colina, y montándolo estaba Azula, con las manos llenas de fuego.
-Odio cuando tienes razón –se quejó Sokka-. ¿Cómo es que este lugar parece tan familiar?
-Es el bunker –respondió Zuko-. Llévanos ahí abajo.
Una explosión ladeo a Appa. Cayeron de sus pies. Él rugió y voló un poquito más alto, en espiral alrededor del penacho de humo ceniciento eructando del suelo.
-Eh, no puedo hacer nada –exclamó Suki. Señaló. Había tanques de la Nación del Fuego en el suelo, señalando a Appa con sus cañones-. ¡No hay donde aterrizar!
-Esto es malo –canturreó Sokka.
-Es una trampa –rebatió Zuko-. Sabía que podía alejarme. Y le dejé hacerlo –desenvainó las espadas-. Consígueme una cuerda.
-¡Estás loco! –Sokka señaló el fuego-. ¡No voy a dejar que te cuelgues ahí como carnada para esos tanques!
-¡Pero es mi hermana!
Sokka se inclinó tan cerca que su rostro estaba a solo pulgadas del de Zuko. Lo picó en el pecho con un dedo y habló apretando los dientes.
-Y mi hermana es tu esposa, y si la haces enviudar hoy, nunca te perdonaré –se apartó. Miró la lucha atentamente. Aang estaba lanzándole aire a Azula; y ella seguía evadiéndose y saltando y azotándolo con látigos hechos de lava-. Aang tiene que hacer esto solo.
Zuko dejo caer la cabeza. Katara se le acercó sigilosamente. Buscó su mano: sus dedos se enlazaron. Abajo, Azula salió disparada a por Aang. El soltó agua del aire y creó un tobogán de hielo. Azula corrió todo el largo, giró en el aire, y bajó con una pierna que trazaba fuego azul. Aang envió un fantasma de aire de sí mismo en su dirección; ella hizo una voltereta hacia atrás, y aterrizó deslizándose sobre sus pies, juntó lava directamente de la tierra y creó unas navajas giradoras que rodaron derecho a los pies del Avatar. Él levantó un muro de piedra y las aplastó. Chasqueó los dedos y las piedras debajo de Azula se levantaron, cerrándose con fuerza alrededor de ella. Se liberó con una explosión. Hizo una figura Yu Yan. Él agarre de Zuko se volvió férreo sobre la mano de Katara.
-No, por favor no…
Azula dirigió la lava directamente a Aang en una flecha centelleante de calor fundido. Él levantó una pared de roca pero no sirvió: las piedras se destrozaron a su alrededor, y el cayó.
-¡NO! –Zuko estaba gritando. Sonaba como si algo hubiera sido arrancado de él, un ruido como cadenas oxidadas arrastrando una carga pesada. Había caído de rodillas y estaba inclinado sobre la silla de montar. Parecía listo para trepar y saltar-. ¡AZULA!
Una columna de luz se elevó desde el volcán. Resplandecía a través del humo y la neblina. El dragón rojo rugió y Appa gimió. Algo pequeño y destellante flotaba a través de la luz. Era Aang.
Estaba brillando.
Katara se sentó sobre sus rodillas. Se veía tan hermoso, de repente, tan diferente al resto de ellos, sus flechas llameaban más brillantemente que cualquier cosa que cualquiera pudiera controlar. Movió sus manos y reconoció esos movimientos, los había visto antes, la confianza y eficiencia y la sabiduría de cien vidas condensadas en un envase demasiado pequeño. La lava formó un espiral debajo de él. la hizo zigzaguear en el aire, la separó, y formó un pulpo de fuego y chispas.
Cortó los tanques como un granjero trilla el trigo. Éstos explotaron. Hierro y acero rebotaron en al aire y cayeron con estrépito, derretidos. Intentó no escuchar los gritos. En vez de eso, miró a Aang crear un profundo río en la tierra, lo vio canalizar la lava en él de forma que corriera hasta el mar. Algo explotó cerca de él, y él miró hacia arriba. La mirada de todos siguió la de él. Un pequeño grupo de globos de guerra había convergido.
-Oh, no –murmuró Zuko.
-Estará bien –lo tranquilizó Sokka.
-Sé que lo estará –asintió Zuko, justo cuando Aang cortaba el aire casi perezosamente con una mano, y enviaba una descarga de relámpago blanco derecho al globo más cercano. Se prendió fuego. Los otros intentaron viras pero él era todavía el chico que había superado a todos en bolas de aire, y envió hacia ellos misiles de rayos y viento que centellearon un cielo que nevaba cenizas.
-Aang, detente –susurró Katara. Sabía que él no podía oírla desde allí, pero siguió-: Basta, por favor, detente…
Como si hubiera oído su deseo, Azula luchó desde el piso. Lentamente recortó el aire con ambas manos. Y justu cuando, al unísono, gritaban a Aang que tuviera cuidado, ella le enviaba el relámpago chisporroteando. Lo golpeó en toda su fuerza. Sus manos se retorcieron.
-Dentro, abajo, a través, afuera –indicó Zuko.
Aang devolvió el relámpago. Pero lo dirigió a lo largo de un chorro de agua seleccionado del vapor que se reflejaba bajo él, y el agua se enroscó alrededor del cuerpo quemado de Azula que no dejaba de estremecerse como un puño o un capullo. Ella saltó y sacudió su agarre. Y luego cayó. Y él también.
-¡Suki! ¡Ahora!
-¡Estoy en eso!
Appa no tuvo que ser comandado. Se precipitó a por la figura que caía. Se metió en las oscuras y acres nubes, y cuando se levantó dejando un rastro de cenizas y chispas, Aang estaba con ellos. Zuko lo sostenía acunado contra su pecho, sobre sus rodillas. Lo sostuve así, una vez, la otra vez que Azula le disparó el relámpago. Katara se agachó.
-Aang, despierta –apremió Zuko con voz firme. Tocó las mejillas de Aang. Se inclinó, escuchó su pecho. Levantó su rostro-. Su corazón no está latiendo.
El propio corazón de Katara pareció detenerse. Llevó una mano al de él. Sorbiendo por la nariz y tratando de concentrarse, buscó la sangre en su interior, tanteando los vasos correctos. Estaban estancados. Los removió, pero habían perdido el ritmo. Intentó de nuevo. Nada.
-¡No resucita!
-Intenta de nuevo.
-¡Ya lo hice!
-Espera, ¿puedes resucitar el corazón de alguien? –se metió Sokka.
-¡Resucitaste el mío! ¡Puedes resucitar el de él!
-¡Eso fue diferente! ¡Fui yo la que paré el tuyo! ¡El relámpago de Azula hizo esto!
-¡Basta! –miraron hacia arriba. Suki estaba parada dentro de la silla de montar. Por primera vez, Katara notaba que ella y Sokka estaban usando maquillaje. Cada centímetro de ella parecía la Guerrera Kyoshi que habían conocido esos meses atrás – el tipo de chica que podía liderar un batallón, el tipo de persona que nunca dejaría ganar a Azula, jamás-. Ustedes dos están casados. Tienen el resto de sus vidas para pelear. ahora mismo Aang los necesita –tragó-. El relámpago detuvo su corazón. Quizás pueda resucitarlo de nuevo.
Zuko quedó boquiabierto.
-Estamos intentando no matarlo…
-No, ella tiene razón –le interrumpió Sokka-. Piénsalo. Hoy es el día del Cometa de Sozin. Eres más fuerte de lo que has sido jamás. Puedes concentrarte lo suficiente para crear una mini explosión, ¿verdad?
Zuko se volvió hacia Katara.
-Tú lo encontraste. Tú lo trajiste de vuelta a la vida. Es tu decisión.
Katara miró la cara pálida de Aang. Se acordó de algo, buscó en su cabello, y sacó la única aguja que quedaba. Mordiéndose el labio, pinchó cuatro de sus dedos y apretó el puño. La sangre salió. Apartó la ropa de Aang y levantó su mano chorreante sobre su piel.
-Hazlo.
-Wow –exclamó Sokka-. Tormenta-Sangre-Sanación-Control.
Zuko sacudió sus manos fuertemente. Hizo una diminuta figura blanca con ambas manos, del tamaño de un alto.
-¿Así está bien?
-Perfecto.
Lo lanzó a los trazos de sangre que llevaban al corazón de Aang. Se consumió a lo largo de su piel, y Aang se arqueó, recuperó el aliento. Abrió los ojos, los cerró, luego los abrió de nuevo. Tosió.
-¿Cómo lo hice? –averiguó, antes de voltear la cabeza a un lado.
-Lo hiciste genial –aseguró Zuko, y apoyó una mano sucia y sangrada sobre la cabeza tatuada de Aang-. Vamos a casa.
Zuko llevó a Aang a la enfermería él solo, y lo acostó en la cama junto a la de su Tío. Katara intentó ocuparse curando, también, hasta que alguien le recordó que sus rodillas eran un desastre y se sentó para curarse – y ya no se pudo parar de nuevo. Estaba mareada y descompuesta y adolorida. Zuko se sentó en su pequeña cama de enfermería y observó a su Tío y a Aang. Alguien apareció y lo llamó Señor del Fuego Zuko y le pidió órdenes:
-Mi Señor, las fuerzas del Rey Bumi han arrestado a los Dai Li. ¿Dónde le gustaría que los retuviéramos?
-Su Señor del Fuego están en esa cama por ahí –había respondido, señalando a Iroh-. Pregúntale a él.
Katara se había sentado en la cama.
-Usen una jaula de madera –tragó-. Luego empújenla en el océano.
-Sí, mi lady.
Zuko se había vuelto hacia ella, después, los ojos brillantes.
-No soy el Señor del Fuego –repitió-. No puedo ser el Señor del Fuego. Simplemente no puedo.
Ella se estiró y le agarró la mano.
-No te estás rindiendo, ¿verdad?
-… No sin pelear.
Despertó para oír a una mujer cantando:
-Pequeño soldado/regresa marchando a casa/valiente soldado/regresa marchando a casa…
Y su padre estaba allí cuando abrió los ojos, con el cabello revuelto y su casco de lobo sangrado, y le sonrió.
-Papá…
-¿Cómo está mi niñita? –Sorbió por la nariz-. Supongo que como eres una mujer casada, ahora, no puedo llamarte así…
Ella bostezó.
-Está bien. Tienen una cosa llamada divorcio aquí… es bastante ordenado.
-El General Iroh me lo contó todo, corazón –miró por encima del hombro de ella. Hizo un medio giro y vio a Zuko acostado a su lado, con la cabeza acomodada sobre un brazo, el otro brazo estaba drapeado sobre sus costillas-. Te deseo toda la suerte del mundo con toda esa cosa del divorcio. Parece que la necesitarás.
Ella se sonrojó profundamente.
-Nosotros no…-se escondió más en la almohada-. Digo, no pasó nada… no fue como tú dijiste… -sorbió por la nariz-. Digo, lo que dijiste ese día, cuando dijiste que no podía regresar a casa –estaba llorando, ahora.
-Oh, Katara… -le agarró la mano y se la llevó a la cara-. Oh, mi bebé –Tragó saliva-. Tu mamá y yo tuvimos una seria charla sobre esas palabras, y como te protegerían.
-¿Mamá…?
-Bueno, yo, tu mamá, y un gran tazón de jugo de cactus –sonrió-. Puedes venir a casa cuando quieres. Si quieres, claro –su sonrisa se amplió-. Parece que ser la Señora del Fuego será divertidísimo.
Katara frunció el ceño.
-Si alguien es la Señora del Fuego por aquí, es la mamá de Zuko.
-No según lo que dice –replicó él-. Ella vive diciendo que era "solo una princesa" cuando Ozai la desterró. Lo que sea que eso signifique.
Katara se encogió de hombros.
-Supongo que Zuko dijo que sería buena en eso…
Como si hubiera oído su nombre, Zuko se sentó.
-¿Eh? ¿Qué? –se detuvo-. Oh. Hakoda. Señor. Yo solo estaba...
-Creo que deberías llevar a mi hija a una habitación mejor, hijo –le interrumpió Hakoda-. Necesita descansar.
-Oh. Claro. Sí. Es una buena idea.
Hakoda le entregó a Katara una frazada doblada.
-Y envuélvete en esto. Los hombres de este país no sabes lo que significa que una mujer use un collar.
Riendo nerviosamente, Katara se puso de pies. Obedientemente, se ató la manta alrededor de su parte media. Tuvo que doblarla por la mitad en una mano mientras esperaba a Zuko. En la puerta, se giró y vio a su padre agarrarlo por el antebrazo y apretárselo. Ella observó a Zuko inclinarse profundamente y saludar. Y cuando se levantó, vio a su padre agarrarlo y abrazarlo con fuerza y vio sus labios formando un gracias.
Zuko la desvistió. Se sintió un poquito como una niña cuando él la hizo sacarse las babuchas, pero se estaba durmiendo parada y no podía quejarse. Aflojó las grandes mangas y sus braceletes añadidos, y lentamente recogió las perlas de su cabello. Luego vinieron los intrincados nudos sobre sus cinturones, y dijo algo de que sus uñas eran demasiado cortas pero ella miró y sus manos temblaban muchísimo como para desatar esos diminutos nuditos.
-Usa tu daga –recomendó. Así que al final simplemente lo cortó, y ella lo ayudó con los otros cintos, y salió de la última pieza de su falda. Se abrazó los brazos. Todas las partes necesarias estaban cubiertas todavía, pero no era difícil sentirse más que desnuda debajo de esos ojos.
-Jun tenía razón –exclamó Zuko-. Eres demasiado bonita para mí.
Katara se adelantó un paso y apoyó una mano sobre la cicatriz. Él se envaró y cerró los ojos. Presionó su palma contra la carne áspera.
-Eres la primer persona que dejo que la toque –confesó-. Lo que sea que pase, solo… solo recuerda eso.
Katara tiró de la armadura maltrecha.
-Sabes, antes te quites esto, antes podremos ir a la cama.
Sus labios se curvaron. Miró el piso. Su oreja sana se había sonrosado.
-Yo, mm… no estaba seguro si…
-Zuko, si me dejas en mi noche de bodas, mi papá te romperá en dos.
Él empalideció.
-Buen punto –se desvistió dándole la espalda, luego se movió alrededor de la cama antes de retirar las cortinas de gaza roja y deslizarse a su lado. La rodeó con un brazo-. ¿Así está bien?
-Sí… -sus ojos ya estaban cerrándose-. ¿Qué cuarto es éste?
-… El mío.
-Oh. Me gusta.
Le besó el borde de la oreja.
-Es tuyo ahora, también.
A la mañana siguiente lo atrapó apoyado sobre su codo, mirándola fijamente.
-¿Me estoy babeando?
Él sonrió.
-No.
Ella se dio la vuelta para verlo mejor.
-Entonces.
Él se hundió más en las almohadas.
-Entonces.
Ella se mordió el labio.
-No van a, como… revisar nuestras sábanas o algo así, ¿cierto?
Él enrojeció.
-No –abrió los ojos como platos-. ¿Es lo que hacen en el Polo Sur?
-No, ya no.
-Bueno, solíamos prender fuego a nuestras novias, así que…
-¿Qué?
-Era un ritual de purificación. El novio bañaba a la novia en vino kallu, le dirigía fuego…
-¡Eso es una locura!
-¡Eso era antes de que las islas se unificaran! ¡Es primitivo! ¡Ya no lo hacemos!
-Sí, ahora dos viejitas te llevan hasta un manantial termal y te cocinan viva –murmuró Zuko.
Él arrugó el entrecejo.
-¿Te mostraron el Manantial de la Vida?
-Bueno, sí…
-Es un lugar muy especial.
-¿Estás diciendo que no se me debería haber permitido entrar?
-No, no para nada –contestó, extendiendo las palmas-. Es como el ryu-nyuu. Normalmente está reservado para la realeza de la Nación del Fuego – sonrió-. Pero tú eres de la realeza de la Nación del Fuego, ahora, supongo.
Katara frunció los labios. Se miró las manos.
-Entonces, eh… -tragó con dificultad, y odió sus ojos por arderle-. Sobre esta cosa del divorcio…
-Tomará un tiempo –respondió Zuko-. Pero si es lo que tú quieres, entonces lo haremos.
¿Por qué estoy llorando, ahora?
-Yo solo… yo solo no se si estoy lista para crecer de una, aún –dijo-. Es demasiado grande. Y no es por ti, ¡lo juro! Si pudiera ser solo así todo el tiempo, solo tú y yo, entonces sería diferente, pero…
-Dulzura.
Ella parpadeó.
-¿Qué?
-Entiendo –cogió su mano y entrelazó sus dedos-. Ayer, cuando vi al Tío Iroh caer, tuve que enfrentar ser el Señor del Fuego. Y no estaba listo. Aún no lo estoy –se lamió los labios-. Y si así es como te sientes sobre esto, entonces...
Ella asintió.
-Sí. Así es. Es solo que es demasiado ahora mismo –se enjugó los ojos con el puño de una mano-. Siempre he sido algo para alguien más. Como la hija del jefe o la maestra de agua control del Avatar. Y no quiero que esto sea así. No quiero ser solo otra parte del plan de alguien más.
-Tú no eres solo algo más.
-Lo sé, pero… -sorbió por la nariz-. Cuando era la Dama Pintada, podía decidir por mí misma. Y cuando elija a alguien – a cualquiera – quiero sentir lo mismo.
-¿No me elegiste?
-No, lo hice, es solo que… -se acurrucó contra él. Era demasiado difícil decirle esto con él mirándola de esa forma-. Es solo que quiero elegirte por mí misma, no porque ayuda a Aang o lastima a Azula –sonrió súbitamente-. No quiero tener que compartir.
-Mi esposa, la tirana –él besó su cabello. Y lo peinó con sus dedos-. Necesitas lavarte el cabello.
-Eres todo un romántico, Zuko.
-… ¿Puedo lavarlo por favor?
Ella se apartó y parpadeó.
-Eh…
-Puedes dejarte la ropa puesta. Será como nadar.
Ella sonrió.
-De acuerdo –se pusieron de pie, y esta vez ella vio lo que no había visto la noche anterior: grandes franjas de cardenales morados cruzaban sus costillas. Señaló-. ¡Zuko!
-¿Qué? Oh. Eso –se encogió de hombros-. El dragón me dio una paliza.
-¡Probablemente te rompiste una costilla!
-¿Es por eso que duele cuando respiró?
Ella señaló.
-¡Métete en esa tina ahora mismo!
-Dicho como una verdadera Señora del Fuego. Cojeó hasta el baño. Un momento después escuchó el agua golpeteando en la bañera. Lo observó meterse fácilmente en el agua, haciendo una mueca, y se acordó de su primer noche en ese lugar, como Azula le había ordenado que lo "arreglara". Lo había dicho como si Zuko fuera solo un juguete roto, lo que para Azula probablemente era. Katara se sacó el collar, luego saltó al agua frente a él. Él ya tenía una barra de jabón.
-Ven aquí.
-Curamos primero, lavamos el pelo después.
Alzó el agua en dos cintas que se enroscaron suavemente alrededor de él. Cerró los ojos y encontró una costilla fracturada. Con una rápida sacudida de energía, impulsó ka sangre de vuelta al lugar correcto – él gimió – y alivió la herida con agua. Mareada, retrocedió un poquito hacia atrás y vio el brillo desvaneciéndose del agua. Su moretón había mejorado.
-¿Ves? Todo mejor.
-No bastante –retrucó, y se estiró a por su pantorrilla. La apretó, luego usó el efecto palanca para jalarla sobre su regazo-. Necesito esto, también –sus manos mojadas se levantaron del agua y la acercaron para un beso. El beso se profundizó y probó los agrios restos del picante en su lengua, pero no le importó. Sus manos estaban por todos lados, en su cabello, descendiendo por su espalda, acercándola contra él hasta que su cuerpo se movía hacia delante para encontrar el de ella y ella chillaba de sorpresa dentro de su boca-. Solo dime cuando detenerme y lo haré –prometió-. Pero tú me haces sentir mejor, y de veras, pero de veras quiero devolverte el favor.
-Sí, eres todo un dador –respondió, mientras sus dientes recorrían su cuello.
-Dulzura –llamó él-, no tienes ni idea.
Llegaron tarde al desayuno.
Zuko había pasado el siguiente ratito probando su punto. Y luego lo probaron de nuevo, solo porque él estaba orgulloso de sí mismo. Y luego una tercera vez, porque estaba honestamente sorprendida y dijo un poquito sin aliento:
-Sabes, esto es mucho mejor que cuando yo lo hago – (por alguna razón eso lo hizo parecer lo bastante feliz como para llorar, antes de volver al tema en cuestión)
Él todavía estaba flexionando los dedos cuando entraron en el comedor. El cual era un desastre. Sin mencionar al oso.
-¿Bosco?
-Oh, hola, ¡Señora del Fuego Katara! –el Rey Kuei se puso de pie y saludó-. No se preocupen por Bosco; realmente estamos trabajando en sus modales, pero la batalla fue algo estresante…
-Hay un oso en mi mesa –observó Zuko.
Katara se giró.
-No eres demasiado rápido, ¿o sí?
-¡Bueno ahí están! –Sokka sacudió un palillo en su dirección-. ¡Les guardé algo de carne!
Se adelantaron.
-¿Y Aang? –indagó Katara.
-Justo aquí –exclamó, moviéndose de debajo de las vigas con Momo en su hombro.
-Lo siento. Momo atracó su cola ahí arriba.
El lémur saltó hacia sus hombros y empezó a olerla con ganas.
-¿Te sientes mejor?
-Sí –aseguró Aang. Sonrió-. Con ésta van tres veces que salvas mi vida, ahora.
Katara palmeó el brazo de Zuko.
-Bueno, la tercera fue más bien un trabajo de equipo.
Aang hizo el saludo de la Nación del Fuego.
-Gracias a ambos.
Zuko hizo lo mismo. Y luego sorprendió a Aang de la manera en que Hakoda lo había sorprendido a él – con un abrazo fuerte y violento. Aang miró a Katara por encima del hombro de Zuko, pero ella se limitó a rodearlos a ambos con los brazos.
-Te dije que te encontraría –le recordó Zuko.
-Me acuerdo –aseveró Aang-. Sin importar cuanto tiempo ni cuán lejos, ¿cierto?
-Siempre –asintió Zuko.
Se apartaron. Aang se limpió los ojos con el dorso de uno de sus dedos.
-Bueno, cómamos.
-Ahí tienes una magnífica idea –clamó una voz muy cansada a sus espaldas. Se giraron. Iroh estaba en una silla de ruedas, empujada por Ursa. Se veía exhausto y agotado, pero sus ojos todavía brillaban. Juntos detrás de él llegaron Teo y El Duque en un comodo avioncito para dos empujado por Haru. Junto a ella, Zuko se congeló. El corazón de Katara se saltó un latido. Sus manos se encontraron por un momento antes de que Zuko se impulsara hacia delante y se arrodillara ante la silla de Teo.
-Tu padre…
-Está bien –replicó Teo-. Tu amigo -- ¿el de las flechas? Dijo que Papá murió sirviendo a la causa.
Zuko parpadeó.
-Sí. Es verdad. Lo hizo –tragó-. La Nación del Fuego tiene un montón por reconstruir. Y necesitamos ingenieros. Y si tú quieres…
Teo sonrió de oreja a oreja.
-Suena genial. ¿Cuál es mi salario?
-Redacta el contrato tú mismo –repuso Zuko.
Las cejas de Teo subieron más arriba de sus antiparras.
-Bueno, mm, de acuerdo… yo, eh, me pondré a eso… -se alejó.
Katara le sonrió
-Eso que hiciste fue algo bueno.
-Es más como lo menos que podía hacer.
-¿Se pueden sentar ya ustedes dos? –Zuko estaba de pie con una taza de té en una mano-. Todo el mundo está aquí.
Y todo el mundo estaba allí. Con un mohín, Katara se apuró hacia la mesa. Zuko se sentó a su lado. Sokka, sin embargo, permaneció de pie. Le dio a Katara una de sus miradas del tipo No vas a creer esto, pero… y ella entornó los ojos. Esto posiblemente no podía ser bueno.
-Entonces, nos, eh, nos gustaría invitarlos a todos a Kyoshi esta primavera –anunció Sokka, con las orejas encendidas-. Si pueden ir, por supuesto. Pero sería muy genial si pudieran. Porque nos gustaría que estén allí. Incluso tú, Zuko.
-Me fijaré en mi almanaque –replicó Zuko de plano.
-Y tú también, Ursa, y Wai Lee, bueno las dos Lee quiero decir, General Iroh, también…
-¿A dónde estás yendo, Cabeza Hueca?
-Nos vamos a casar –respondió Suki. Miró a Katara-. Perdón, pero verdaderamente me diste un caso grave de envidia nupcial.
-Con un poco de suerte la de ustedes no terminará en explosiones –comentó Zuko.
Iroh aplaudió secamente.
-¡Bueno, éstas son noticias fantásticas!
El Duque levantó lo que parecía ser todo un tarro de té.
-¡Salud!
-¡Secundo! –brindó Toph, y levantó su taza.
-¡Terceo! –exclamó Ty Lee-. Oh, tendremos que buscarte algo lindo para usar, Toph…
-Voy a llevar mi cinturón de campeón, o nada en absoluto.
-Eso es, campeona –aprobó Zuko.
-Hablando de la Señorita Toph –cortó Iroh-. Tengo un anuncio propio.
-Oh, por todos los cielos –murmuró Zuko-. Sabes, siempre me pregunté…
-La Señorita Toph es ahora la representante de los Bei Fong para la Nación del Fuego –explayó Iroh-. Estará viviendo aquí de ahora en más –miró a Zuko-. Si está todo bien contigo, Señor del Fuego Zuko.
A Zuko se le desencajó la mandíbula.
-¿Yo? Pero tú eras el primero en línea.
-Abdiqué –rechazó-. Mientras dormías –parpadeó-. Espero que los dos hayan dormido bien –sonrió ligeramente-. Y en lo que respecta a su divorcio… parece que los sabios quieren esperar al menos un mes para ver si hay alguna causa de preocupación…
-¿Por qué un mes? –inquirió Aang.
-Para ver si la Princesita tiene algo en el horno –contestó Toph.
Como si fueran uno, las palmas de Katara y Zuko chocaron sus rostros.
Al final del mes, después de las cremaciones de Azula y Ozai y tras las coronaciones – Katara tuvo una también, a pesar de todo el papelerío que habían archivado – y después de la limpieza, después de los juicios y las reuniones nocturnas con el Loto Blanco y después que Iroh envió "algunos de sus compinches de Pai Sho" a los Bei Fong para "hacer las cosas más claras que el agua" en lo que concernía a la nueva residencia de Toph, después de oír de parte de los Guerreros del Sol que ambos dragones estaban cómodamente en sus nidos de nuevo, después de que los primeros tratados fueran borroneados y después de que el Rey Bumi enviara los regalos de boda más absurdos de todos, después de que los músicos finalmente se fueran con una nueva cosecha de canciones que compàrtir con los actores de la Isla Ember, después de que Zuko le diera a Hakoda la Flota del Sur y un saco de "dinero que se veía gracioso" que Katara reconoció de la noche lluviosa en el Distrito de la Ostra, Katara y Zuko se sentaron juntos mirando los patos-tortuga.
-Entonces –empezó él-. Mañana.
-Mañana.
-¿Empacaste todo?
-Sí.
-¿Te llevas esos tés…?
-Sí. Tu Tío me los mostró.
-Y la lana del cordero-koala…
-Sí. Me lo has preguntado dos veces, hoy –se abrazó las rodillas-. Voy a extrañarte.
Él sonrió.
-Yo voy a extrañarte también.
-Es mucho tiempo, sabes. Casi un año.
-Tendrás quince. Casi dieciséis.
Ella frunció el ceño.
-Supongo –su ceño se pronunció-. ¿No deberías estar haciendo algún enorme discurso romántico sobre como no quieres que me vaya? –señaló-. ¡Hay luna llena! ¡Y bichitos de luz!
-Bichitos de fuego.
-¡Lo que sea! ¡Esta es la parte donde me dices que me amas y que no quieres hacer esto sin mí!
Él se recostó en el pasto.
-Sí te amo. Y no quiero hacer esto sin ti –se volvió para mirarla-. Pero quiero que tú también me quieras –miró la luna-. He sido forzado en tantas decisiones –explicó-. He tenido que ir a donde otra gente me ha dicho que vaya. Y eso no es lo que quiero para ti.
Ella miró los patos-tortuga. Iroh les había dado dos color jade. Les dijo que eran un regalo tradicional, porque los animales se elegían de por vida. (Su propio padre le había dado a Zuko una lanza; ahora colgaba sobre su cama, encima de las espadas gemelas.) Zuko tenía razón. Y a ella le gustaba que él pensara en esa clase de cosas. Si tenía que ser honesta, era una de las cosas que amaba en él – la manera en que se había acostumbrado a su libertad y quería lo mismo para todos los que quería. Era algo que tenían en común.
-Bueno –dijo, parpadeando las lágrimas-, te estás tomando esto mucho mejor que yo.
Él se sentó y la encaró.
-Eso es porque sé algo que tu no –retrucó.
Ella sorbió por la nariz.
-¿Sí? ¿Cómo qué?
-Tengo una cita contigo en primavera –la besó-. Y jamás, jamás me rindo sin pelear.
NOS VEMOS EN KYOSHI PARA EL EPÍLOGO
¡Hola gente divina! Muchísimas gracias por sus reviews! Perdón por no contestarlos, pero les aseguro que los leí a todos :)
Gracias, gracias, y para que sepan, voy a pedirle a Fandomme que me deje traducir la Venganza de Ozai :)
BlueEyesPrincess, Lady Down, Pinky-chan2, neverdie, Mizuhi-Chan, mire-can, Lolipop91, Rena Spicer, Rashel Shiru, patousky, IRIS, dai, :), paolyta, Murtilla, Aislin y youweon.
Son lo más. Capítulos 15 y 16 corregidos y editados ;) y bueno, ya saben si ven algo en éste no duden en avisar =)
Ahora, pasemos a algo no tan agradable. No sé cuanto voy a tardar con el epílogo. No tengo el mismo tiempo que tenía antes. Lo siento. :(
Reviews?
(1) kelp: un alga marrón
