Cap. 19 Escudo de armas

Tarrant dijo a Alicia:

- Debes permanecer en esta horrenda habitación mientras tanto…yo vigilaré fuera…

Alicia hubiera querido pedirle que la sacara de aquel lugar tan oscuro y horrible, pero sabía que no podría hacerlo sin exponerlos a los dos.

- Eso me temo…pero trataré de estar tranquila…no voy a dejar que por culpa mía ese hombre te hago algo.

El Sombrerero se sorprendió de la valentía de Alicia.

- ¿Por qué siempre eres tan valiente…o tan necesitada de protección?

- Porque…trato de ser ambas cosas al mismo tiempo, cuando se necesite…

- Por eso te amo tanto…-suspiró el Sombrerero.- Debo irme…pero estaré pendiente de ti…descansa, tienes que estar tranquila, aún falta lo peor, linda…

Alicia le dio un beso en los labios y se acomodó entre sus brazos un segundo. Luego se apartó para dejar que él pudiera esconderse sin problemas.

Tarrant buscó cobijo en una de las habitaciones contiguas. Avanzó por pasillos muy oscuros…por tenebrosos y asquerosos pasadizos, cubiertos de legajos de polvo y telarañas. Nadie, en mucho tiempo, había visitado aquellos rincones, que más parecían mazmorras que habitaciones. En uno de los recovecos un viejo escudo de armas yacía en el suelo. Le dio algo de temor levantarlo. Pero lo que aquel escudo representaba era algo no muy lejano para él.

Encontró cerca de ahí un viejo camastro. Con cuidado dejó su sombrero en una repisa y se dispuso a encontrar el sueño. Sin embargo, aquel camastro era duro y rechinaba demasiado. Usó un poco de paja suelta para conformar una almohada que no tenía nada de cómoda o mullida.

Comenzó a encontrar el sueño para despejar su mente. Era difícil…había sido un día de grandes emociones…encontrar a Alicia…saber lo que aquel hombre estaba tramando…llegar hasta su castillo, saber que ahora ella estaba prácticamente presa en las garras del oscuro Caballero…demasiadas para un hombre con la sensibilidad y la inquietud a flor de piel como él. En otras circunstancias, tanta presión hubiera acabado inmediatamente con sus nervios. Pero ahora, curiosamente, se encontraba más sereno que de costumbre. Aún recordaba los cardenales que los esbirros de Iracebeth y el mismo Ilosovich Stayne habían infligido en sus carnes cuando lo torturaron para conocer el paradero de Alicia. Había sido una noche horrible entre los caballeros rojos…pero ahora, lo que se cernía parecia aún más negro.

Alicia seguía con la preocupación latente de que el Caballero Negro encontrase al Sombrerero por sorpresa antes de que pudieran quitarle las tijeras doradas de éste. Ella tenía que colaborar en ello, tratando de encontrarlas antes que ese hombre la pescara. ¿Pero…dónde podría tenerlas? Comenzó a revisar entre todo lo que había en aquella oscura y siniestra habitación.

La cama era mullida pèro el carácter tétrico le causaba verdadero insomnio y mucho temor. Debía permanecer despierta mucho tiempo para impedir que las pesadillas comenzaran a llegar a su mente. ¿Mente? ¡Qué palabra! Algo ya completamente ajeno para el Sombrerero y tan necesario aún…tener que usar la mente para evitar que aquel oscuro personaje acabara con ellos de forma irremediable. ¿Pero cómo usarla? Tal parecía que los únicos gramos de inteligencia o madurez que se necesitaban para dicha empresa, eran proporcionados solamente por ella. Pero las ganas de salir avante, el ferviente deseo de vencer al Caballero Negro y el amor eran cosas que El Sombrerero Loco tenía a manos llenas, tal vez más que ella y que estaba segura que en el momento oportuno saldrían a flote. Aún tenía algo que el Sombrerero llamó "muchez" o "muchosidad"…términos completamente fuera de contexto en su propio léxico pero en el de Underland parecía ser una palabra con una perfecta definición: valor…algo que ella, gracias al Sombrerero, precisamente, había aprendido a tener.

Comenzó a quedarse dormida. El tiempo era raro en los sueños…eso podría resultar en un día o en una semana completa, tal vez. Debía tener cuidado con dormir demasiado.

En tanto Tarrant despertó sobresaltado. No pudo conciliar el sueño, puesto que varias ratas recorrieron su lugar, paseándose nerviosas por una de las esquinas de la habitación. Tarrant puso un gesto de desagrado y otro de miedo. Al poco rato, después de temblar un poco ante la presencia de aquellos seres, trató de calmarse. Sin embargo, justo a tiempo, alguien le ayudó a vencer el temor.

- Pensé que me necesitarías…-susurró una voz varonil.

- Vaya…pero si eres tú, Chessur- dijo Tarrant.

- Aquí estoy de nuevo. Sabes que estoy viviendo en el castillo por ratos…tratando de conocer los planes inicuos de ese…oscuro individuo, antes de que los Growins comiencen a hacer de las suyas en Underland.- contestó orgulloso de su aparentemente noble misión.

- Y dime…¿cómo va todo para el resto en la reunión del té?

Chessur contestó:

- Te diré que bien. Rohan nos avisó a tiempo por qué lado venían los Growins y pudimos escondernos antes de que nos encontraran.

- Pero…si tú y Rohan no se pueden ver ni en pintura.

- Sabes que ese sabueso es un tanto irritable…

- Y tú eres un poco…intratable- murmuró El Sombrerero.

- Vuelves a decir algo así…y dejo de ayudarte en esto, Tarrant- dijo el gato cruzándose de brazos, volviendo la cara hacia otro lado.

- No lo tomes, así, Chessur- continuó El Sombrerero.- Sabes que eres muy importante en todo Underland, especialmente para Alicia y para mí.

- Por cierto…¿dónde está esa linda criatura?- preguntó el gato insistentemente.

- Está…en una habitación cercana…prácticamente presa del Caballero Negro.

- ¡No puede ser!- exclamó en voz baja el gato.- ¿Pero…cómo pudo pasar algo así?

- No te preocupes…ese hombre desconoce todavía la personalidad de Alicia, él cree que es alguien más…sabes que él nunca la ha visto.

- Es verdad…ni siquiera se ha tomado la molestia de ver bien el Oraculum…-continuó el gato de Cheshire.

- Oye…ahora que lo mencionas es cierto…yo lo he visto pero…lo que no entiendo…¿qué significa el escudo de armas que aparece al final?

- Yo tampoco lo sé…-añadió sereno el Gato.- Por cierto…¿esos pequeños…animalitos no te dejan dormir?-

Las ratas dijeron al Gato:

- Estamos aquí porque somos esclavas del Caballero…estamos condenadas a vivir aquí, de las sobras de la mesa del amo…

El Gato las miró con algo de ternura.

- Entonces…¿permitirán que las libre…de tan ingrata y dura…esclavitud?

Las ratas dijeron al unísono:

- Mejor será…por lo menos alguien lo disfrutará.

El Sombrerero observó:

- ¿Estarás cerca?

- En cuanto termine…de cenar…me esconderé…Fairfarren, Tarrant- contesto el gato mientras observaba de reojo a sus pequeñas presas.

Tarrant cerró los ojos. Deseaba entregarse ligeramente al sueño aunque fuera un rato.

La mañana siguiente, Alicia se despertó temprano. Una vez de haberlo hecho, encontró a una mucama lista para vestirla. Una mujer delgada de ojos profundos y andar cadencioso que se dispuso a arreglar sus ropas.

-Milord desea que baje a desayunar con él…así que…para eso he venido.

- Dígale a milord que me siento indispuesta.

La mujer sonrió de forma malévola.

- Creo que eso…no va a ser posible…milord tomaría como una…grave ofensa que milady se negara a tomar el desayuno con él…así que…me ha ordenado que la lleve ahora o..ahora…

Alicia pensó que estaba en graves problemas. Así que se decidió a tomar el desayuno con aquel oscuro hombre.

Cuando la mujer comenzaba a vestirla, la primera prenda que apareció ante sus ojos fue un corsé.

- Señorita…¿podría hacerme el favor de permitirme vestir sola?

La mujer indagó:

- ¿Por qué no desea que lo haga yo? Soy una perfecta dama de arreglo…

- Lo sé…no lo dudo- mintió- pero…me sentiré más cómoda si yo misma me arreglo para milord…

La mucama continuó.

- Está bien…pero si milord llega a preguntarle algo de su arreglo, le dirá la verdad…que fue usted misma quien se arregló…

- Claro…pierda cuidado…ahora…haga favor de retirarse.

La mujer extraña abandonó la habitación que ocupaba Alicia.

Mientras se cepillaba el cabello, un escudo de armas apareció ante sus ojos. Estaba empotrado en la pared y se veía claramente a través del espejo. Alicia avanzó un poco para tratar de tocarlo.

De pronto, un llamado a la puerta la asustó.

- ¿Quién?- preguntó sobresaltada.

- Soy yo, milady Ada…el Caballero del castillo…

Alicia, ahora llamada Ada, contestó:

- Estoy terminando de arreglarme…bajaré en un rato…

En breves minutos, Alicia bajó de la habitación, lista para tomar el desayuno con aquel hombre en una gran y larga mesa. Había de todo, pero el mejor manjar era nada mientras tuviera que tomarlo con aquel hombre tan mezquino y ruin. Tomó asiento lo más lejos que pudo, pero el Caballero tomó su mano, la besó y dijo:

- Ese lugar no, milady…tiene que ser aquí…junto a mí…

Alicia hizo una venia…tenía que aceptar muy a su pesar.

Probó con dificultad cada bocado, ya que el hombre la observaba cuidadosamente. Cuando ya iba algo avanzado el desayuno, dijo:

- Ven hermosa…te presentaré a un invitado especial…creo que ya lo conoces…pero te dará mucho gusto saber que precisamente hoy llego a mi palacio…

Alicia tembló…¿y si el hombre había encontrado al Sombrerero? Si eso había pasado…las cosas se complicarían…