Padres

-Querida tía, hemos venido –Deidara le sonrió a la nada, ligeramente más distante de la lápida que los otros dos.

-Kushina, feliz cumpleaños –Naruto se agachó luego de las palabras de su padre y dejó el hermoso ramo de girasoles sobre una tumba blanca. Sintió la gran y callosa mano de Minato en su hombro. Deidara decía que, si bien parecía que Minato lo apoyaba, el hombre realmente se sostenía de él, porque Naruto era su principal apoyo, su pilar.

En seguida, Deidara le pasó unas cosas a Naruto, que se apresuró en colocar como ofrendas. Había un platito con cerezas y cenizas de incienso. Seguramente, pensó Naruto encendiendo su propio incienso, las dejaron sus abuelos. También notó lo limpia que estaba la tumba de su madre y el olor añejo del saque con que fue rociada.

Estando viva, Kushina adoraba las cerezas, eran sus favoritas. Minato compraba montones para ella, las más jugosas y rojas que Naruto hubiera visto jamás. Luego de lavarlas, Kushina las colocaba todas en un plato, relucientes como una de las pelotitas con las que jugaba Naruto, y se sentaba en el pequeño engawa que daba al patio trasero. Sentaba a Naruto en sus piernas y comían juntos, aunque su hijo prefiriera, como su padre, las mandarinas.

Kushina le contaba historias muy bonitas y jugaba como una niña con las cerezas. Recordaba, avergonzado, que una vez su madre le dio a Minato una cereza de sus labios a los de él. El pequeño chilló que no debían hacer eso. Ahora sólo le gustaría verlo. Los ojos de sus padres brillaban como las cerezas esas mañanas de primavera, entrando al verano.

Naruto asociaba las cerezas y el rojo con Kushina, que era pelirroja. Quizá por eso su relación de amistad con Gaara, que era pelirrojo, era tan fuerte y conflictiva a la vez.

Se pusieron de rodillas y rezaron los tres en silencio. Una agradable brisa sopló, revolviendo las hebras rubias de los allí presentes, rodeados de tumbas grandes y antiguas, con inscripciones complicadas y tablillas sagradas. En el cementerio se respiraba una triste paz que amedrentaba a Naruto desde que éste podía recordar, no lo gustaba ir pero dejar solo a su padre era algo que le gustaba menos.

Deidara puso una botellita de sake junto al plato con cerezas, hecha de sus propias manos, antes de levantarse, inclinar la cabeza y alejarse de allí.

Era tiempo de concederles privacidad a su tío y Naruto, rezó lo suficiente por ese día, no le gustaba ese ambiente de todas formas. Él prefería el ruido, la exaltación, le entristecía y molestaba el silencio, la excesiva paz y la perenne tranquilidad de ese lugar.

-Tía, espero que no te aburras aquí y reencarnes pronto –dijo mirando el cielo con el rostro ciertamente falto de emoción-. Espero que puedas oír la voz de tu escandaloso hijo, estoy seguro que sus gritos llegan allá donde estés.

Siguió caminando y se alejó entre un montón de tumbas, con las manos en los bolsillos y la necesidad de caminar un poco. Fumar le vendría bien, pero lo había dejado cuando fue a vivir con Minato por su frágil salud. De todas formas, Hidan y su religión llena de tradiciones "pecaminosas" no era un buen ejemplo a seguir. Su "abuela" le había reñido mucho acerca de eso, de todas formas.

Naruto siguió observando fijamente la inscripción en la tumba extrañamente blanca frente a él. El color resaltaba entre las piedras negras pulidas y el grisáceo rocoso. Cuando su padre recitó las palabras que él no paraba de leer su corazón dio un vuelco en su pecho.

-Dices que si pudieras volar, nunca volverías atrás. Sólo tienes ojos para ese azul, azul cielo –aquello estaba justo debajo del epitafio que rezaba: "Uzumaki Kuchina, amada esposa, orgullosa madre. Su recuerdo vivirá eternamente en los corazones de quienes la amaron y quienes amó"-. Naruto...

Su hijo sabía de antemano la petición, no, el ruego implícito dentro de ese suspiro. Separó los labios, aspirando torpemente para llenar sus pulmones de aire. Era tan difícil como la primera vez y tan natural como respirar.

-Habataitara modorenai to itte... Mezashita no wa aoi aoi ano sora (Dices que si pudieras volar, nunca volverías atrás. Sólo tienes ojos para ese azul, cielo azul.) –su canto se elevó, rompiendo el silencio con notas altas, agudas, dulces y tristes a la vez. Mojó sus labios y continuó-: Kanashimi wa mada oboerarezu (Todavía tienes que aprender lo que es la tristeza) Setsunasa wa ima tsunami hajimeta (Sin estar ahora aferrándose al lo que es el dolor) Anata e to idatutono tanjou mo (Incluso los sentimientos que tengo por ti) Ima kotoba ni kawatteku (Deben ser expresados por palabras). Michi naru sekai no yume tara mezamete (Tal y como te despiertas de un suspiro en un mundo desconocido) Kono hane wo hiroge tobi datsu! (¡extiende tus alas y alza al vuelo!).

Tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo azul sin nubes. Sus orbes temblorosas no enfocaban nada, las manos inertes sobre sus piernas se apretaban a sí mismas, su boca se abría y los músculos de la garganta se contraían por la presión que debía ejercer para llegar a las notas más altas. No quería ver a su padre, justo a su lado, porque rompería en llanto y olvidaría la letra. Algo increíble pasaba las veces en las que cantaba frente a la tumba de su madre: podía recordar la letra exacta de la canción. Después, simplemente la olvidaba o sólo la recordaba a medias.

-Habataitara modorenai to itte... Mezashita no wa aoi aoi ano sora (Dices que si pudieras volar, nunca volverías atrás. Sólo tienes ojos para ese azul, cielo azul). Tsuki nuretara mitsutaru to shitte (Sabes que si puedes superarlo, encontrarás lo que buscas). Furikiru hodo (Así que sigue tratando de liberarte de ese cielo azul).

Sólo ocurría en ese lugar, porque observaba el cielo y se dejaba llevar, hipnotizado por la reconfortante presencia de su padre y el recuerdo de su madre. Porque...

-Aoi aoi ano sora, aoi aoi ano sora, aoi aoi ano sora...

Kushina cantaba con él.

Fue consciente de lo pequeña que parecía su mano dentro de la de Minato y sentirse tan pequeño lo asustó y regocijó al mismo tiempo. Era como ser un niño otra vez, pero recordaba la impotencia vivida en su infancia, cuando siendo sólo un niño pequeño tuvo que ver, sin poder hacer nada, cómo su madre se iba de su lado, dejándolos solos, vio a su padre cada día más triste, hasta enfermar y tener que irse para ponerse mejor. Ni los juguetes que hacía Minato, ni la cálida voz de Iruka-sensei, ni las cerezas que su abuelo compraba, pues también le gustaban, ni el cálido arrullo de su abuela por las noches significaron nada ya.

Entonces se prometió ser fuerte, tan fuerte como pudiera, para que su padre volviera a sonreír, para que sus abuelos no estuvieran tristes, para enorgullecer a Iruka-sensei, para que Kushina, su mamá, pudiera estar en paz, sabiendo que ellos lo estaban.

Minato lo atrajo hacia sí con la mano en su hombro y Naruto se encontró envuelto en los fuertes brazos que alguna vez hicieron a un lado el miedo y la soledad por las noches, cuando despertaba buscando a su mamá.

Era reconfortante estar así, con la espalda contra el pecho fuerte (su padre era un obstinado que jamás dejó de entrenar su cuerpo pasara lo que pasara) de Minato, su suave respiración agitándole el pelo, su olor único contra la nariz y su protectora presencia imponiéndose al dolor. Quiso cerrar los ojos y una caricia suave y fresca golpeó su rostro, el aire soplaba con fuerza, llevándose el olor del incienso y el sake, trayendo el olor a cerezas.

Creyó, por un momento, que sufría de alucinaciones. Detuvo su andar a unos metros de Naruto y Minato, con la boca ligeramente abierta de la impresión, parpadeando una y otra vez, tratando de componer su vista.

Sin embargo, Deidara sabía que sus ojos eran agudos como los de un águila y que su locura no iba más allá del arte y sus propios trastornos, que por muchas alucinaciones que pudiera sufrir (había aprendido a darles provecho, convirtiéndolas en su afamado arte), esta vez era real.

Iba a los templos con su familia en año nuevo y en las fechas concernientes, creía en la reencarnación y en el karma pero esto sobrepasaba por mucho sus creencias.

De todas formas sonrió. Esbozó una tranquila sonrisa, tal vez con cierto alivio, en vez de miedo, como una vocecita en su cabeza le decía. No había necesidad de asustarse, decían los ojos amorosos de Kushina y él se quedó donde estaba, viendo a la pelirroja acariciar con infinito amor los rostros de sus dos rubios, de su familia.

Besó ambas frentes antes de levantarse, Deidara se maravilló ante la visión de dos enormes alas azules como el cielo abriéndose en su espalda. Aquella imagen era perfecta, arte puro. Tan fugaz y maravillosa que dolía. Kushina le dirigió una sonrisa y tuvo la tentación de derramar algunas lágrimas. Si bien no eran familia, recordaba haberla conocido siendo niño. Le dijo a Minato, muy decidido, que se casaría con Kushina porque era muy bonita. Ambos adultos se rieron y cada vez que veía a Sasori, recordaba porque le gustaban los pelirrojos.

Deidara condujo de regreso a casa, platicando con Minato acerca de nada en especial. Sabía que su tío estaría ausente todo el día pero que sencillamente no sucumbiría a la pena y pronto volvería a ser él mismo.

Frente a la casa, recostado de una reluciente motocicleta negra y azul cromo, esperaba Sasuke. Saludó a Minato, quien le sonrió con apariencia cansada y apretó cariñosamente su hombro al pasar a su lado.

-Kakashi y Obito le envían esto –le dio un par de envoltorios, que Minato recibió con semblante orgulloso.

-Esos muchachos... Sasuke-kun, vallan con cuidado, sé que eres muy bueno en esa Honda, pero soy un padre preocupado.

-Wakatta (Entendido), Minato-san –Deidara hizo una seña con la cabeza a modo de saludo, que respondió asintiendo. Entró con Minato a la casa, ofreciendo preparar té. Naruto estaba a algunos pasos, con su ropa holgada y fresca y la chaqueta naranja atada a su cintura. Parpadeó un par de veces antes de acercarse y darle un casco (naranja), que el rubio aceptó con la mirada perdida-. Vamos.

El rubio lo siguió sin decir nada, todavía no era tiempo, pensó Sasuke subiendo a su Honda. Su pecho se hinchó cuando las manos de Naruto se entrelazaron sobre su abdomen, con los brazos lánguidos rodeando su cintura y la cabeza recostada contra su espalda. Sasuke arrancó con un rugido y la vista fija al frente.

En medio de ése silencio, reconocía lo fantástico que era escuchar a Naruto gritar e insultarlo, no porque le divirtiera enormemente que la llamara imbécil de la nada, sino porque eso significaba que Naruto estaba feliz o, al menos, de buen humor. Sakura le riñó (se lo había permitido únicamente porque sabía que obró mal) al enterarse que estaban peleados meses atrás, en Febrero, durante la estúpida fecha de San Valentín. La chica parecía especialmente enardecida esa vez, hablando de lo apagados que estaban los ojos de Naruto y lo distraído que se mostraba.

Aquél día, cada año, Naruto perdía los ánimos ante el recuerdo de su madre. Como un girasol que se encogiera, doblando su tallo dócilmente ante oscuras nubes en el cielo. Ni el ramen ni el baseball ni un concierto de alguna de las bandas favoritas del muchacho podría alegrarlo, no demasiado.

Detuvo la moto frente a una ladera, abajo, las aguas calmas de un pequeño lago brillaban al sol como plata, rizos de luz que se elevaban ante el soplar de la brisa revolviendo la apacible superficie. Dejó los cascos en el compartimiento del asiento y bajaron juntos, lo suficientemente cerca para tocarse pero sin hacerlo en ningún momento.

Se quitaron los zapatos y los dejaron a un lado del pequeño muelle que se alzaba desde la orilla hasta cinco metros más allá. Era lo suficientemente ancho para que ambos pudieran sentarse rozando sus hombros, pero con comodidad.

Doblando sus pantalones hasta debajo de las rodillas, tomaron asiento uno junto al otro. Sumergieron los pies descalzos en el agua helada, que aliviaba el calor del verano casi al instante. Se quedaron en silencio, observando las sombras de las escasas nubes pasar sobre ellos y el lago con parsimonia.

Sasuke sabía que tenían toda la tarde y lo que quedaba de la mañana (o hasta que a Naruto le diera hambre) para hablar pero no quería seguir así por más tiempo.

-Naruto...

-Shiteiru no ka, Sasuke? (¿Sabes, Sasuke?) –le interrumpió enseguida su mejor amigo. Sasuke esperó pacientemente a su lado, mirándolo de reojo. Los pies de Naruto se movieron en círculos dentro del agua cristalina, las ondas arrancaban destellos plateados que se reflejaban en sus cuerpos, de una forma más bien mágica-. Oka-san ha venido a cantar conmigo hoy.

-¿Qué tal ha sido? –preguntó sin vacilar. Naruto movió la cabeza, sin apartar la vista de su reflejo ondulante.

-Fue una gran interpretación.

-Estoy seguro.

-Mis abuelos han ido esta mañana. No quisieron esperar por nosotros. Ahora mi abuelo debe estar en algún templo y la abuela en el hospital. Limpiaron la tumba, derramaron sake sobre ella, encendieron incienso y dejaron cerezas.

-Eran sus favoritas.

-Sí... Le gustaban mucho –eso ya lo sabía, lo escuchaba muchas veces, durante esa época del año-. Me sentaba en su regazo y comíamos cerezas juntos. Otou-san traía nuevos juguetes y me los mostraba, sentado en el pasto, frente a nosotros. Yo era muy pequeño e inquieto. Una vez, me escapé de los brazos de oka-san y otou-san logró atraparme. Ella se asustó mucho y me abrazó.

-Las madres hacen eso. Se preocupan y lloran por ti, aunque no lo parezca –dijo Sasuke viendo un pasado que parecía lejano, donde su propia madre le mimaba, siempre sonriendo.

-¿La tuya hacía eso, Sasuke?

-Cuando enfermaba, oka-san no se separaba de mi lado, bajaba la fiebre y hacía comida saludable para que me pusiera mejor. Si me lastimaba, ella curaba mis heridas, si Itachi y yo discutíamos, nos apaciguaba, luego no estábamos molestos. Solía abrazarnos a los dos antes de ir a dormir, en invierno nos recordaba usar ropa cálida, nos preparaba el almuerzo y arropaba por las noches. Arrullaba a Ai con la misma nana que usaba con nosotros y nos enseñó a cargarla en brazos. Hablaba con otou-sama por nosotros y siempre sonreía.

-Otou-san... hace lo mismo –Naruto levantó la vista lentamente, sintiéndose impresionado, y con la misma parsimonia giró su cabeza hasta verlo. Un destello de nostalgia y tristeza bailaba en los ojos negros de Sasuke, que parecían rojos a la luz del sol. El cabello que caía sobre su rostro cubría levemente sus rasgos. Abrió y cerró varias veces la boca antes de poder hablar.

-Antes de que otou-sama muriera, nosotros discutimos. Él sólo veía a Itachi. Entonces dijo que yo era su orgullo, que no debía preocuparme. Resaltaba mi parecido con oka-san y con Itachi, diciendo que éramos sus tesoros más preciados. Esa vez... me pidió perdón –bajó todavía más la cabeza y el pelo cubrió sus ojos-. Me sentí avergonzado, porque se inclinó ante mí. Él no debía hacer eso. Entonces oka-san apareció y me habló con sus ojos. También me incliné frente a él, prometiendo que ayudaría a proteger sus tesoros.

-Yo prometí proteger a otou-san.

-Eso está bien –una mano blanca se posó sobre la piel morena de Naruto, una caricia tan leve que la sintió irreal-. Minato-san te ama, ¿sabes? Trata de ser fuerte por ti.

-Él... tardó en sonreír de nuevo. Se enfermó gravemente y baa-chan no me permitió acompañarlo. Iruka-sensei se ocupó de mí, junto a ero-sennin, mi abuelo, pero era muy distinto a cuando otou-san regresaba a casa. Me dejaba dormir en su futon y me traía muchas mandarinas, las comíamos juntos. También, hablaba de lo que haríamos cuando se curara.

-Él sufría mucho.

-Sufre mucho. Lamenta no haber podido estar conmigo, no lo odio.

-No deberías.

-¿Los padres son así siempre?

-Sí, no importa cuál sea tu verdadera relación con ellos. Itachi es un buen ejemplo –Naruto apartó inútilmente las hebras negras que caían por todo el rostro bellísimo de Sasuke, quien abrazó por los hombros al rubio, acercándolo a él tanto como podía-. Luego de que mis padres murieran –su mandíbula se apretó unos segundos- Itachi tomó la decisión de, aunque no fuera mayor de edad todavía, encargarse de sus hermanos. Kakashi y Obito se aparecieron. No eran muy queridos en la familia pero nos querían a nosotros. Ellos nos ayudaron, entonces Itachi pudo ayudarnos a Ai y a mí.

Las manos de Naruto se buscaron alrededor del cuerpo de Sasuke, por lo que quedaron muy cerca. Naruto no olía a flores ni a frutas, como una chica, tampoco usaba colonias caras, por mucho que sus familiares insistieran en la etiqueta y buena presentación. Predominaba un suave olor a ramen y algo parecido a un soplo de fresca brisa primaveral. Sasuke no sabía cómo describir ése extraño aroma, pero le gustaba más que cualquier otro que conociera.

-Itachi sentía rencor hacia mi padre por la rudeza con la que lo educó y la manera en que me sentí durante todo ése tiempo. Decidió, acunando a Ai, acercando mi cabeza a su hombro, que no cometería los mismos errores. Dijo que Ai merecía tener un buen hermano mayor, uno mejor de lo que fue él conmigo y me hizo prometer que lo sería.

-Eres un buen hermano, lo sé porque eres mi hermano –y Sasuke sonrió, recostando la mandíbula de la sien de Naruto, recordando que su relación iba más allá que la amistad, porque eran mejores amigos, hermanos y... bueno, a Sasuke no le gustaba la palabra "novio" en medio y Naruto lo secundaba fervientemente.

-En cuanto a él... Naruto, Itachi es nuestro hermano mayor, pero decidió convertirse en un padre para Ai, aún a costa de la libertad de un chico de esa edad. Trabajó duro para darle una vida cómoda a ella y a mí (era muy orgulloso y tuvo muchas discusiones con Obito y Kakashi). Sacrificó horas en ella. Ai es mi hermana, así como también lo es Itachi, pero Ai lo llama "padre" y lo ama como tal. Sólo lamenta no poder llenar el vacío de una madre para nuestra hermana.

-¿Crees que seríamos buenos padres? –Sasuke conocía muy bien a Naruto, por lo que supo que el rubio no habló de ellos juntos. Se sintió estúpido por un segundo, después besó a Naruto y asintió.

-Tú serás de los mejores.

-Tú también... Sasuke, seamos buenos padres, juntos.

La mirada que compartieron fue más allá de cualquier relación amorosa, pues no sólo estaban juntos por lo atractivo que les parecía el otro ni por lo mucho que les gustaba besarse o tocarse. La necesidad de estar cerca, de enlazar sus manos con la espontaneidad característica de un parpadeo, de ponerse pruebas e intentar superarse el uno al otro, de escuchar la voz intuitiva y cálida del contrario estaba ligada al cariño fraternal de dos hermanos que sólo se tienen el uno al otro, de dos rivales que se admiran mutuamente, de dos personas que, sin importar nada, se aman.

Naruto amaba a Sasuke y su lado arisco, ése que lo hacía rabiar hasta hacerlo reír, su voz de terciopelo que decía su nombre con una nota de ternura y familiaridad, como si se conocieran de toda la vida, su mano grande que entre la suya le decía que lo quería cerca. También amaba sus ojos negros que parecían brillar al verlo y adquirían un tinte avergonzado al pedirle alguna clase de disculpa o consideración; o las sonrisas que nacían de la nada cuando estaba cerca; el particular uso que le daba a ciertos insultos (dobe, usuratonkachi); el obvio gusto de pronunciar su nombre completo de manera clara frecuentemente si estaban a solas; sus sabios comentario a la hora de dar consejos y calmar sus inquietudes; que cada regalo que recibía de parte de Sasuke estuviera envuelto en papel naranja.

Tras unos diez años de conocerse, con tan sólo diecisiete años, Sasuke amaba a Naruto y su voz cambiante, que podía ser estridente al enojarse o melodiosa y grave al cantar, amaba la sonrisa cariñosa, animada y viva, el aspecto zorruno al sonreír en medio de una travesura o con el simple afán de divertir; la casual apariencia desaliñada que le sentaba endemoniadamente bien. Sasuke aprendió a amar que Naruto recitara su nombre en sueños, intercalando algún insulto, que invadiera sin darse cuenta su espacio personal para preguntar la hora, robarle el celular porque el suyo no tenía batería o simplemente restregar su mejilla al abrazarlo si conseguía entradas a algún concierto de Lar en ciel, Inugami Circus Dan o cualquier otra banda que le gustara a Naruto.

Amaba que buscara refugio en él si se sentía débil y que lo recibiera con una sonrisa si era al revés. Su ímpetu al enfrentar cualquier situación y lo fácil que parecía entenderlo con sólo gestos y miradas.

-¿Eso quieres? De acuerdo, no tengo objeción –Sasuke se encogió de hombros y Naruto asintió con una sonrisa reluciente y amplia-. Nuestra hija se llamará Hikari si se parece a ti. Si es al revés, será Mikoto, que era el nombre de mi madre.

-Está bien. Son muy bonitos. En cuanto a un hijo... –Naruto hizo una muy graciosa cara de estar pensando en algo increíblemente profundo y trascendental, a lo que Sasuke dejó que sus manos sostuvieran su peso, ladeando la cabeza con una sonrisa tranquila-. ¡Espera! ¿Cómo podría parecerse a nosotros?

-Adoptaremos y podremos elegir, dobe. Pediremos permiso para cambiar sus nombres, será provisional esta decisión, de todas formas. Sin embargo, pienso que debe haber alguna rubia o, por el contrario, una niña muy explosiva, decidida y sonriente.

Naruto se sonrojó.

-Ah, bien... Entonces, si es un niño... ¡Me gusta el nombre Sora!

-Como tus ojos son iguales al cielo, entonces está bien –se encogió resueltamente de hombros Uchiha.

Naruto se sonrojó más.

-También está Tsubasa.

-¿Puede ser un nombre para un chico?

-¡A mí me suena bien! Significa que volará muy alto, como decía mi oka-san.

-Tsubasa entonces. Después de todo, considerando sus familias y que serán nuestros hijos, llegarán lejos. No por nada serán Uchiha.

-¡Shotto matte (Espera un momento), teme! –Naruto se alebrestó, sacó los pies del agua y cruzó los brazos con molestia-. ¿Uchiha? Olvídalo, será Namikaze.

-Para nada. ¿Namikaze Mikoto? Definitivamente Uchiha suena mejor.

-Namikeza Sora o Namikaze Tsubasa suena bastante apropiado con el viento y todo eso.

-No me importa, usuratonkachi. Nuestros hijos tendrán mi apellido y... –Naruto lo interrumpió, con los ojos abiertos de par en par.

-Nuestros hijos. Hablas en plural.

Sasuke lo consideró un momento, con el ceño ligeramente fruncido.

-No me había percatado de eso...

-¡Ya sé! Por fin has servido de algo, baka –mirada asesina por parte de Sasuke-. Serán dos hijos, uno tendrá el apellido de su atractivo, invencible y encantador padre Naruto y el otro... el tuyo.

-¿Qué clase de forma de hablar sobre mí es esa, usuratonkachi? Soy más atractivo que tú.

-¡Sueña, Sasuke-teme!

La discusión se alargó aun después de que el estómago de Naruto gruñera de hambre. Gritaron desaforadamente en la motocicleta y tuvieron una lucha con sus palillos en el puesto de ramen, con un Sasuke bastante molesto por haber terminado allí, considerando que él odiaba el ramen.

Una vez en la casa de los Namikaze, el tema de conversación (discusión) giró de vuelta a los apellidos, habiendo dejado en claro que Naruto tenía una belleza exótica y Sasuke un semblante divino (sonrojos, gritos y uno que otro insulto fueron utilizados de manera exacerbada para llegar a esta concusión). Entraron como una tormenta a la tranquila morada, buscando hasta encontrar en el patio a Minato y Deidara, sentados en el engawa con pastelillos y té entre ellos.

-¿Y a estos qué les pasa? –tuvo tiempo de preguntar Deidara, con su característica mueca de desdén.

-¡Díganle a este teme que Namikaze será el primer apellido que usaremos! –parpadeos rápidos en las otras dos personas. Sasuke apartó de un manotazo el dedo acusador que lo señalaba y se adelantó, con un brillo decidido en sus ojos.

-Minato-san, yo le admiro mucho y no es por irrespetarlo pero, ¡es más adecuado que mi apellido sea el primero en ser usado!

-¡Adulador! Eso no te servirá de nada, Sasuke-teme.

-¡Guarda silencio, dobe!

-¡Tiempo, tiempo, tiempo! –Minato masajeó sus sienes, girando su cuerpo para quedar parcialmente frente a ellos. Kyuubi asomó la cabeza de su casita, reconociendo la voz de su amo-. Con calma. Primero: ¿de qué demonios hablan? Segundo: ¿por qué discuten? Tercero: ¡quítense los zapatos!

Se apresuraron a obedecer sólo porque Minato lucía realmente amenazador cuando lo dijo. Aventaron los zapatos al jardín, Minato asintió y con un gesto le pidió a Sasuke que procediera a hablar.

-Estamos discutiendo acerca del nombre que tendrán nuestros hijos –Deidara escupió cómicamente su té formando un arco iris-. El nombre en sí no es un problema. En cambio, el apellido...

-Es la manzana de la discordia –completó Minato, recibiendo un asentimiento. Miró a Naruto-. Sigue tú. Con calma.

Calmado estás tú, pensó Deidara, viendo a su tío como si le hubiera salido otra cabeza.

-Pensamos que con más de un niño se resolvería ese problema, pero ahora no sabemos quién pondrá su apellido primero. ¡Éste teme insiste en usar el suyo pero no lo permitiré!

-¡Usuratonkachi, eres un irracional! Soy mayor que tú, mi familia tiene un amplio patrimonio y tradiciones sin mencionar ¡que tienes cara de uke!

-¡¿Yo, uke?! –se alarmó Naruto, con un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, dándole la apariencia de un gato erizado.

-Es verdad –intervino Deidara, que dos segundos después tenía un pastelillo en la boca, asfixiándolo. Kyuubi se mostró contento.

-¡Tú cállate! Escucha, Sasuke, estás muy equivocado si eso es lo que piensas.

Minato y Deidara (que logró tragar el panecillo por mero instinto de conservación) estallaron en sonoras carcajadas, el menor con lágrimas en los ojos, tal vez producto de casi haber muerto ahogado. Los más jóvenes se sonrojaron en un principio pero luego recuperaron lo poco que les quedaba de dignidad y se volvieron a ellos con expresiones peligrosas y enojadas.

-¡¿Qué es tan gracioso?!

Minato secó una lagrimita que pendía de su pestaña, con Deidara riendo a mandíbula batiente tirado en el jardín, y palmeó el piso que todavía era de la cocina a su lado. Sasuke y Naruto, rojos de ira y vergüenza, se sentaron a regañadientes, tratando de que la fantástica expresión risueña del hombre no los deslumbrara más de lo necesario.

-Creo tener la solución. ¿Cuántos hijos quieren?

Se miraron, Naruto con los brazos cruzados sobre el pecho y los mofletes inflados, Sasuke con las cejas juntas por culpa de su hondo ceño fruncido. Con una mirada que sólo ellos podían entender llegaron a un mudo acuerdo.

-Dos estaría bien –contestó Naruto con voz ronca, todavía estaba enojado. Minato sonrió complacido, un gesto que Naruto recordaba haber visto en su padre cuando un plan salía especialmente bien.

-Dos sería más que perfecto, a decir verdad.

-¿Eh? –fue la inteligente respuesta de su hijo.

-¿Qué quiere decir, Minato-san? –Sasuke se mostró levemente interesado en el curioso gesto del hombre.

-Escuchen, es muy fácil. Deidara, toma –se interrumpió para darle la taza de té al rubio, que apenas dejaba de reír. Naruto lo fulminó con la mirada-. Bien, considerando que ustedes son dos y quieren dos hijos, lo que deben hacer es, con el obvio consentimiento del otro, elegir uno cada uno y, a base de esa elección, el niño heredará el apellido.

-Oh –sí, lucían muy impresionados. Sasuke se sintió estúpido por no pensar en eso antes-. Entonces, Minato-san, está diciendo que, en caso de que yo escoja a una niña, esta llevará mi apellido y...

-Si yo escojo a un niño, tendrá nuestro apellido. ¿Es eso, otou-san?

-Sí, lo han entendido. Claro, independientemente de si es un niño o una niña –la sonrisa calma de Minato se realzaba con el brillo en sus ojos azules, llenos de orgullo, cariño y felicidad. Naruto volvía a discutir con Sasuke, pero ambos de mejor talante, y Deidara, que no dejaba de molestarlos con un gesto sardónico y divertido. Se sobresaltó ligeramente ante un contacto suave en su mano. Le sonrió a Kyuubi y lo dejó acurrucarse en su regazo, escuchándolo ronronear suavemente mientras le acariciaba la cabeza-. Kushina, tu hijo es un gran chico.

Naruto detuvo sus ojos en los de Minato y le sonrió, una sonrisa igual a la de su madre que hizo que Minato extendiera la mano para revolver sus cabellos con ternura.

Más tarde, Umino Iruka, una especie de segundo padre para Naruto (Minato siempre le estaría agradecido), el resto de los Uchiha, Kakashi (que aunque no tuviera el apellido era tan Uchiha como los demás) y Rin fueron invitados a cenar con ellos. Obito, Rin y Kakashi estaban realmente asombrados, pues su preciado sensei y amigo solía tomarse ése día para recordar a Kushina en soledad. Más se sorprendieron de ver la sonrisa hermosa que no se iba de sus labios y lo alegre que se veía charlando, ayudando con la cena y haciendo trucos de magia que arrancaban sonrisitas de Ai.

Sacaron la mesa al patio, donde encendieron lámparas y las colgaron sobre sus cabezas, como en los festivales. Kakashi y Obito salieron a comprar carne y sake por órdenes de su sensei, gustosos de ver que no perdía los ánimos. Rin se encargó del decorado, mientras Naruto y Sasuke, asistidos por Iruka para evitar que se matasen en una riña, trataban de hacer funcionar el reproductor de música con el viejo enchufe del jardín y colocar la mesa en el jardín junto a los cubiertos; los demás se ocupaban de la comida adentro.

Frieron vegetales, asaron carne, sirvieron sushi y arroz, Ai sirvió té elegantemente con sus manitas delicadas para hacer un brindis a la caída del sol. Itachi tomó a su hija por los hombros, acercándola a él de manera cariñosa. Rin se dejó abrazar por Obito, que sujetaba firmemente la cintura estrecha, y abrazó a su vez a Kakashi, que los hacía reír y rabiar (a Rin, al menos) con comentarios fuera de lugar, sin soltar a Iruka. Deidara, sorpresivamente, dejó que Kyuubi se trepara a su hombro, deseoso de abrir las botellas de sake.

Al poco rato llegaron los abuelos de Naruto: Jiraya, un anciano de largo cabello cano, voz estridente y ojos juveniles y su esposa, Tsunade, que a sus cincuenta años aparentaba treinta. Golpeó con su inhumana fuerza a Naruto por llamarla vieja bruja (ella odiaba que le recordaran su edad), besó a su hijo en la frente, despeinó el cabello de Deidara cariñosamente ignorando la incomodidad de éste y saludó a los demás enérgica y formalmente, exceptuando a Ai, a quien acarició las mejillas haciéndola sonrojar como una cereza.

-¡Tsunade-baachan, ero-sennin, llegan tarde! –gritó Naruto. Sasuke rodó los ojos y se alejó de él un paso.

-¡NO ME DIGAS ASÍ, KUSO GAKI! –gritaron al unísono, posiblemente rompiendo los tímpanos del pobre muchacho.

Minato rió divertido, dejando con la boca abierta a los dos ancianos. Tsunade se cruzó de brazos, cosa que hizo realzar sus enormes pechos, y Jiraya posó afectuosamente una arrugada mano en el hombro de su hijo, ambos sonrientes.

-Es bueno verte sonreír –dijo Jiraya con su voz carrasposa. Tsunade asintió, los rojizos labios sonriendo en una cara ovalada y lozana que Deidara no había visto cambiar por más años que pasaran.

Tsunade lucía tan joven como cuando él era un adolescente y vivía con ella en Tokio. Pensó que esa sonrisa se asemejaba a la que portaba al enterarse de que había sido aceptado en la universidad, el día en que se graduó y la vez que supo de su transferencia al hospital de Nagasaki, donde irían juntos ya que Deidara abriría un Conservatorio de Arte con sus amigos, y podría ver a su familia.

-Gracias, chichiue, hahaue –dijo Minato, sonriéndoles a ambos. Alzó su taza para que todos lo imitaran. Jiraya agradeció a Sasuke por el té pero Tsunade se mostró visiblemente descontenta de que no fuera sake-. Hahaue, olvídalo, el sake será para después.

-Vieja borracha, ¿acaso no puedes dejar de pensar en el licor y las apuestas aunque sea por un momento? –Deidara esquivó hábilmente un puñetazo de la mujer.

-¡¿A quién le dices borracha, mocoso amante del sake?!

-¡Eso es culpa tuya, eras un mal ejemplo!

-Basta ya –suspiró Minato. Como si hubiera obrado la magia, se callaron y esperaron a que él hablara, recuperando al instante su sonrisa. Itachi tomó eso como señal para quitar sus manos de los oídos de Ai, que parpadeaba confundida-. Bien, ahora brindemos –elevó más alto su bebida y los miró a todos con los ojos brillantes-. Brindo por los buenos momentos, como éste, que hemos compartido y que, espero, compartamos en el futuro. Brindo por ustedes, mis amigos y familia, también por Kushina. Por que cada uno de sus sueños se cumpla y puedan ser tan felices como me han hecho a mí.

Rin secó una solitaria lágrima de su bonito rostro y elevó la taza, alzando su dulce voz al mismo tiempo.

-Yo brindo por usted, sensei, que nos ha reunido aquí. Y claro, por Kushina-sama.

-KAMPAI! –exclamaron el resto al unísono, chocando las copas. Empezaron la celebración, comiendo y hablando.

Obito cargó a Ai, que enredó sus delgados brazos y piernas en el torso del hombre, y fue de vuelta con sus dos mejores amigos, quienes no tardaron mucho en mimar a la niña, después de todo, a Kakashi le recordaba enormemente a Sasuke e Itachi de niños y Rin le tenía un inmenso aprecio: ella era su doctora.

Tsunade y Deidara se apresuraron a servir el sake, que tomaron como si fuera agua, y Jiraya tuyo que ir a salvar algunas reservas para él y los demás. Minato habló, palmeando el hombro de Itachi, acerca de lo bien que lo estaba haciendo como padre, Iruka secundándolo a cada palabra. Uchiha sólo atinaba a asentir y agradecer, visiblemente complacido y perturbado.

-Dobe –Naruto se giró y le sonrió a Sasuke, avergonzado por las lágrimas que se agolpaban sin caer en sus ojos. Aceptó la copita de sake que le tendía y se demoró rozando sus dedos con los del otro-. Kampai.

-Kampai, Sasuke-teme –golpearon sus copas y bebieron de un trago (demasiadas malas influencias). Caminaron hasta un árbol en un rincón del patio y se sentaron sobre la tierra, observándolos a todos conversar, reír y discutir cómicamente, brindando, comiendo e ignorando en su mayoría la música elegida por ellos dos (Larc en ciel no era tan malo como para los adultos y podían con ello)-. Lo que hablamos en el lago...

Sasuke notó su duda, sirvió un poco más de sake en las copas antes de que los dedos inquietos de Naruto la soltaran para romperla contra el piso, bebió un poco y entrelazó sus manos.

-Hablaba en serio, usuratonkachi –Naruto asintió tranquilamente pero apretó con gran fuerza la mano del otro.

-Me alegro. Por cierto... Gracias por alegrar a otou-san y oka-san –Sasuke alzó una ceja.

-Valla que eres tonto. El que los ha alegrado has sido tú.

Naruto sonrió un poco más, levantó la copa a la nada y bebió de un trago tras decir:

-Feliz cumpleaños, oka-chan. Prometo que seremos buenos padres.

-Kampai –soltó Sasuke, bebiendo él también. Lo besó rápidamente y se quedaron allí, uno junto a otro, sonriendo a lo grande.