Romanticide

By Padfoot & Prongs

Muchísimas gracias por los reviews ya arreglamos ese error de Roy xD y esperamos que le siga gustando. Este capítulo es algo más corto que los demás, pero lo dejamos así apropósito. Ya verán por qué -

Chapter V: Feel for you

Media hora ya había transcurrido desde que el rubio había salido del apartamento. ¿Dónde se había metido?...

Una hora. La cuestión ya era preocupante. Ya había leído como 5 veces el mismo periódico y no tenía nada más en qué entretener sus nervios, así que, intentando ocultar, al menos mentalmente, su frustración, salió en la búsqueda del mayor de los Elric.

El dueño de sus pensamientos se encontraba sentado en medio de un parque no muy lejos de allí y se entretenía mirando cómo un grupo de aficionados realizaba algunos intentos de alquimia sencillos. Les costaba demasiado trabajo, de sólo observar podía deducir que no llegarían demasiado lejos como alquimistas. Y pensar que aún así estaban presumiendo en público lo que sabían le daba gracia.

En realidad, todo lo que quería era no pensar. Se sentía demasiado ridículo si lo hacía.

Él, Edward Elric, sintiéndose atraído por otro hombre. Y no cualquiera precisamente.

- "Se me pasará" – pensó, intentando ser optimista, aunque en realidad no estaba nada seguro. Pero, si no hallaba una manera de calmarse, no podría ver de nuevo a los ojos a Roy.

Algo que bien podría ser descrito como una montaña de libros ambulante le distrajo. Cuando la extraña visión se acercó, se dio cuenta de que había un hombre detrás de ellos. Impulsivo como siempre, antes siquiera de poder reparar en el hecho, se encontró siguiéndole a través de un par de calles, hasta que llegaron a las puertas de un edificio donde la persona fue recibida inmediatamente.

- ¿Cuántos quedan? – preguntó el que había salido, liberándole de algo de peso.

- Tengo todo un cuarto lleno aún – respondió el hombre que había cargado los libros, secándose el sudor de la frente - ¿No hay manera de que puedan conseguirse un coche para traerlos?

- No creo, es sábado…

Momento.

¿¡Todo un cuarto lleno de libros?

Su sorpresa sólo se incrementó con la aparición del último hombre. Era…

- Fuhrer, señor – saludó el sujeto al que Ed había seguido, con una reverencia.

- Oh, ya los trajiste. Estupendo… Llévalos a mi oficina – le indicó el aludido al hombre que sostenía el pedido.

- Enseguida, señor – y desapareció dentro del cuartel.

- No son todos, señor…

- ¿No? ¿Y dónde está el resto?

Con sumo cuidado y agilidad, Ed se deslizó dentro del recinto, sin interés de oír más de aquella conversación. Ya sabía lo que necesitaba; había un montón de libros esperando por él en la oficina del Fuhrer.

Estaba conciente gracias a Hughes y al Lieutenant Colonel Armstrong que el jefe de la milicia no le guardaba demasiado aprecio, así que no se molestó en pedirle su autorización para revisar su colección personal. Echaría un vistazo rápido y se iría. Después de todo, era sábado; el lugar estaba prácticamente vacío.

El General, por su parte, así vestido de civil y todo como estaba, caminó por las calles de cuidad Central, en busca del rubio alquimista.

- "Pensemos" - se dijo así mismo – "Si fuera Edward Elric, ¿dónde podría estar?"

Obviamente, no se le pasó un solo lugar por la cabeza, pero intentó reducir las posibilidades a las más mínimas, entre las que quedaban: Bibliotecas, la casa de Schiezka, cuartel. En las bibliotecas ordinarias no había suficiente información sobre la alquimia o la piedra; después de todo, por algo acudió a él cuando quería buscar una bien completa.

Pasó entonces por lo de la ex-bibliotecaria, pero nadie le contestaba –seguramente estaba enterrada bajo una montaña de libros-. Entonces solo le quedaba un lugar para buscar. En efecto, se dirigió hacia allí, en donde, los oficiales de guardia que se encontraban en las puertas y las secretarias del lugar se sorprendían de verlo ahí tan temprano un sábado, vestido de civil y más encima preguntando por el Fullmetal.

Le informaron que en sí nadie lo había visto, pero una leve sospecha –más bien, un cargamento de libros que estaba llegando en manos del propio Fuhrer en la entrada del edificio -, lo hizo dirigirse hacia la oficina del antes mencionado.

Sabía que Ed estaba tan desesperado como para cometer la locura infame de colarse en el recinto simplemente a revisar unos libros más. Nadie podía hacer que tuviera miedo de algo así.

Y dicho y hecho; cuando doblaba la esquina de un pasillo sigilosamente, intentando que nadie lo vea - proceso en el cual lamentablemente tuvo que realizar la cruel y difícil tarea de seducir a varias secretarias para que cerraran la boca y no mencionaran nada acerca de su ubicación, OBVIAMENTE -, logró divisar el cabello rubio de Edward atravesando la puerta de la oficina del Fuhrer. Sin dudarlo ni un segundo más, ingresó él también, con el simple hecho de impedir que haga una locura.

Ed, ya adentro, se encontraba alargando la mano para coger el primer libro que se le había ocurrido cuando oyó la puerta abrirse de nuevo. Rápidamente, se refugió entre unos estantes y esperó.

Por primera vez, se le pasó por la cabeza qué pasaría si lograban atraparle allí.

Nada bueno, fue la inmediata respuesta.

Asomó apenas la cabeza para ver de quién se trataba o si era más de una persona el problema al que se enfrentaba. Aliviado al darse cuenta de que sólo era Roy, salió de su escondite.

- ¿Qué hace aquí? – preguntó en voz baja, extrañado. Tenía el día libre, ¿no? ¿Para qué había ido al cuartel? Mejor dicho, ¿qué hacía en la oficina del Fuhrer él también?

- ¿Que qué hago aquí, ¿¡qué haces TÚ aquí? ¿¡Quieres que te maten? - lo regañó enseguida, cogiéndolo de un brazo – ¡Sabes que no puedes estar aquí, mucho menos sin autorización, además, sabes que el Fuhrer te odia

- Ya sé, por eso entré sin decirle nada. Así le ahorro un disgusto – explicó Ed, encogiéndose de hombros. La verdad, sabía que Roy tenía razón, pero simplemente no había podido desaprovechar una oportunidad como ésa.

- OK, ya hiciste tu pequeña aventura. Ya vámonos - lo jaló del brazo y se dirigió hacia la puerta.

Claro que, justo cuando iban a salir, la perilla se giró. En un rápido movimiento, Roy empujó a Ed hacia el pequeño recoveco en el que minutos antes el Fullmetal estaba escondido, atrayendo consigo al rubio.

Y vaya que era pequeño; apenas si entraban los dos bien apretados. Intentaron acomodarse un poco, sin hacer demasiado ruido. Pues quien acababa de entrar a la oficina era nada más ni nada menos que su propietario.

El Fuhrer entró con parsimonia y, del mismo modo, tomó asiento tras su fino escritorio de madera de roble. Llevaba un libro bajo el brazo, el cual comenzó a hojear sin tener la más ligera sospecha de que tenía compañía.

Tal como había ocurrido esa mañana, el pulso de Edward se desbocó. Estaba tan cerca que podía sentir la respiración del Flame Alchemist sobre su rostro. Cálida, suave, de ninguna manera molesta.

- "Oh por Dios, no ahora" - ¡no podía pensar esas cosas cuando estaban a esa distancia el uno del otro!

Con algo de desesperación, intentó apartarse aunque fuese un poco, sólo consiguiendo empeorar la situación. El resultado le hizo estremecer.

Le había… le había rozado los labios.

Por su parte, Roy se quedó atónito unos segundos. ¿Realmente había sucedido eso?...

Observó el rostro de Ed para buscar una respuesta. Las facciones del rubio se encontraban igual que las de él, sólo que mucho más tensas.

Si, no había duda. No se lo había imaginado.

Y lo peor del caso… es que ya no se resistía. Su cerebro entonces se apagó totalmente, al tiempo que, por enésima vez, mandaba a volar su sentido común y cubría los labios del Fullmetal con los propios muy queda y suavemente.

- "¡¡A la mierda con todo, maldita sea!"

OK. Definitivamente eso no estaba pasando. Aun si estuviese seguro de que era lo que quería, aun si lo sintiese real en cada fibra de su cuerpo… simplemente Roy no podía estar besándolo.

Era un bonito sueño, sin embargo. Y, por supuesto, lo disfrutaría.

Comenzó a responder lentamente, relajando sus músculos y dejando de preocuparse por la distancia que casi no les separaba.

Sin poder creerlo aún, el General intensificó un poco más el beso al ver que era correspondido.

Sabía que sería correspondido, aunque dentro de todo cabía una posibilidad de que Edward le rechazara, diciendo que era un pervertido. Posibilidad mínima, sí, pero existente.

Justo en ese momento, sonó el teléfono, lo que hizo que Roy se separara de los labios del rubio del susto.

- Moshi moshi? – habló el Fuhrer y a los oídos de Ed sonó como un eco distante – No hagan nada, ya voy para allá

Y dicho y hecho, el cabecilla del ejército cerró el libro en el que se entretenía y se fue de su oficina apresuradamente.

Apenas se oyó el golpe de la puerta al cerrarse, Ed salió del recoveco algo tambaleante. Se llevó una mano a los labios, casi pudiendo sentir aún la suave caricia de otros sobre ellos.

Si se lo había imaginado todo, ¿por qué no despertaba aún?

Por su parte, el Flame Alchemist salió también del lugar, acomodándose un poco el cabello alborotado y la ropa, sin entender demasiado lo que acababa de ocurrir. No miró a su acompañante, sino que observó para todos lados, a ver si había alguien más en la oficina. Seguramente su poderosa imaginación había inventado todo, aunque la calidez sobre su boca le indicaba lo contrario.

- G-General… - comenzó Ed, al verle, sintiendo sus mejillas arder - ¿Hace un momento…?

- No hay tiempo para eso ahora – le interrumpió sin siquiera mirarle – Tenemos que salir de aquí - y tomándolo nuevamente del brazo, abrió la puerta de la oficina con sigilo y, luego de verificar que no hubiera moros en la costa, salieron corriendo en dirección opuesta a la tomada por el Fuhrer.

No estaba evadiendo el tema. O, bueno, tal vez lo estaba haciendo, pero era cierto. No podían detenerse a hablar en ese lugar, o su oportunidad de escape se vería frustrada y adiós al empleo de cada uno.

El rubio se dejó llevar, en silencio, tragándose las preguntas para luego.

Por fortuna, consiguieron huir de los cuarteles sin que nadie sospechara adónde habían ido. Roy le soltó apenas y se alejaron lo suficiente de la oficina para no levantar sospechas. Caminaba con normalidad, saludando y coqueteándole a funcionaria que veía. Como siempre.

Mientras le seguía, en su mente una horrible posibilidad surgió. Por lo que recordaba, Roy había sido el que le había besado… pero, ¿qué tal si había sido él mismo quien empezó todo y Roy solamente no le hubiese apartado para no delatarlos ante el Fuhrer? ¡No! No podía ser tan estúpido. Prefería mil veces haberlo fantaseado todo.

Para terminar de convencerse de que no lo había soñado, se pellizcó. Duro.

Estaba perdido.

Salieron del edificio al fin y empezaron a caminar lentamente y aún sin decir nada por las calles de Central City, dirigiéndose hacia el apartamento del General.

¿Y es que qué iba a decirle Roy?... ¿"lo siento, fue un lapsus", ¿"lo hice para que cerraras la boca y ni siquiera respires para que no nos oigan", o acaso, ¿"lo hice porque me gustas"? Por supuesto que no. No, a menos que le preguntase.

Llegaron al fin al edificio y subieron el ascensor en silencio. Apenas ingresaron al departamento, Roy se dejó caer en el sofá de cuero y encendió un cigarrillo. No fumaba, odiaba que Havoc le echase el humo encima todo el tiempo; sin embargo, cuando estaba nervioso lo hacía. Y lo peor del caso es que no entendía por qué estaba nervioso ahora.

Edward le observó unos segundos. Sin duda le estaba ignorando. Pero, si ese era el caso, no iba a ponerle la tarea fácil al General.

- No sabía que fumara – comentó, sentándose junto a él en el sofá, aunque a una distancia prudente. Ya que todo había pasado en realidad, no le quedaba otro remedio más que admitirlo e intentar explicarlo de alguna manera para no perder la confianza que tenía con el militar.

¿Es que no podría transmutar sus condenadas hormonas en alguna otra cosa menos problemática? Porque todo era culpa de ellas… ¿o no?

- No, de hecho no lo hago. Eres el único además de Hughes que me ha visto hacerlo - explicó vagamente, intentando pensar en una explicación razonable para su acto que no sea "lo hice porque quería hacerlo".

Claro, como si hubiese una.

- Sou ka… - ¿debía tomárselo entonces como un cumplido? – Uh?… - de repente su vista recayó en un punto determinado de la alfombra. Se agachó para ver mejor y comprobó lo que ya había notado; una parte de ella estaba lo que se dice carbonizada – ¿General? – sonrió - ¿Estuvo practicando aquí de casualidad?

- ¿¿¿Qué? - miró con atención adonde Ed señalaba.

"¡Con un demonio!", había olvidado recuperar esa parte de la alfombra.

- N-no, sólo me enfadé con Hughes por… algo que se le ocurrió decir esta mañana - dijo, al tiempo que se acercaba a la alfombra – Luego la repararé - suspiró.

- Vaya – golpeó sus palmas y recompuso la tela rápidamente. Se imaginó a Hughes corriendo por todo el apartamento siendo perseguido por un iracundo Roy Mustang. A él mismo le había tocado huir en una oportunidad de esas poderosas llamas. Rió sin poder evitarlo, y consiguió relajarse un poco - ¿Qué iba a hacer? ¿Matarlo?

- Erh... algo así - respondió dudoso, sentándose nuevamente en el sofá. OK, tal vez no le preguntaría nada después de todo y no tendría necesidad de pensar en una excusa.

- Me hubiera gustado verlo – dijo, apoyándose en el respaldo del sofá y mirando hacia el techo. Sólo debía hacer una pregunta. Una miserable pregunta – General, ¿por qué…? ¿Por qué me besó? – bien, quizá había sido demasiado directo… esperaba que no tener que correr por su vida también.

Tendría que haber pensado un "cancelo", nada más.

Continúa…