Este capítulo se lo debemos a la colaboración de Ahiru-san y Genee. ¡Los méritos a ellas! Aunque, decir que Asondomar es genial nunca sobra :D
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El castigo de los escépticos
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La casa del terror I
Los chicos se hallaban en el sitio que Ken había propuesto, aún decidiendo si abrir la puerta o no, admirando la majestuosidad de aquella casa en ruinas que parecía sacada de una película de terror estadounidense. De los postes del porche colgaban unas cuantas macetas con flores más que marchitas, y una escalerilla ascendía hacia un largo camino de piedras que conducía hasta la puerta principal.
Solo la amarillenta luna llena podía ser vislumbrada tras la sábana de nubes grises que ocultaban el cielo; su luz bañaba la antigua vivienda de madera, envolviéndola en un halo de misterio.
Se encontraban frente al mejor lugar en kilómetros a la redonda para celebrar aquella festividad como Dios manda. Sin embargo, a primera vista no resultaba tan terrorífico como para asustarlos, o quizá sus expectativas al respecto eran demasiado altas y se habían desilusionado al comprobar que, dentro de todo, dicha morada tenía un aspecto bastante corriente.
Muchos pensamientos pasaban por sus cabezas, aunque ninguno de estos era de pavor.
«Pero qué casa tan fea. Seguro que hay ratones y cucarachas, ¡qué asco!»
«¿Y con esto íbamos a asustarnos? Hm, más miedo me da la comida de mamá.»
«No luce muy aterradora…»
El silencio reinaba a su alrededor. El viento helado y el ulular de las lechuzas encrespaban la espalda de Tachikawa.
—No se veía tan fea en las fotos —musitó ella, tratando de disimular lo mucho que le repugnaba ese sitio. Tragaba con dificultad y se frotaba los nudillos, nerviosa.
—Princesa, no me digas que ya estás asustada— inquirió Taichi, con una mirada sugerente.
Mimi no contestó.
Captando los temores de su amiga, el travieso chico decidió aprovechar la oportunidad que se le estaba presentando. Caminó sigilosamente para colocarse atrás de ella, se agachó y le rasgó la pierna derecha mientras exclamaba:
—¡Buh!
—¡Ahhhhh!
Mimi despegó los pies del suelo y fue a parar a brazos de Yamato, quien se puso rojo como un tomate. Taichi se echó a reír con ganas, y Daisuke rio con él.
—¡Taichi, deja a Mimi tranquila! —lo regañó Sora, con el ceño fruncido y los brazos en jarras.
—Bah —masculló el moreno, colocándose las manos en la nuca—, solo era un juego.
—Sora tiene razón —dijo Koushiro—. No deberías divertirte con los miedos de los demás.
El aludido chasqueó la lengua. Todos lo miraban como si hubiese cometido el peor de los crímenes. No era más que un chiste, algo para aligerar el ambiente, pensó él.
«Pero qué aburridos.»
—¡Eh! ¡Ya paren!—exclamó Daisuke, quien no pudo quedarse callado al ver cómo su ídolo era atacado— ¡Solo fue una broma, no deberían tomárselo tan en serio!
—Tú no te metas, Daisuke —le espetó Miyako.
—¡Ay, sí! ¡Todo porque asustaron a Mimi! —soltó él, burlesco.
Y así, los chicos comenzaron a discutir. Hikari, por su parte, permanecía en silencio, observando con detenimiento aquella casa abandonada. Tenía un mal presentimiento al respecto. Takeru la tomó de la mano y le sonrió. Ella lo miró y le devolvió la sonrisa.
Entonces, una voz pastosa se hizo escuchar, llamando la atención de todos los presentes.
—Yo no entraría allí de ser ustedes.
El grupo de amigos guardó silencio unos instantes.
—¿Q-Quién es? —preguntó Miyako, con voz ronca.
Con excesiva parsimonia salió de entre las sombras un anciano que llevaba puesta una jardinera azul y un sombrero de paja. Su cabello era tan canoso que no era posible encontrar en este una sola hebra pigmentada. Iba descalzo y lucía un solo diente, ubicado en su mandíbula inferior. Algunos observaban al sujeto con curiosidad, y otros, con rechazo. La tensión en el ambiente aumentó en el preciso instante en que se había mostrado ante ellos. Había algo en él que a más de uno le daba mala espina, y esto no solo se debía a su aspecto.
—¿Es usted el dueño? —preguntó Iori— Mil disculpas —hizo una reverencia—, pensamos que estaba abandonada.
El hombre observó a la pandilla con una sonrisa en el rostro, sin decir nada. Tachikawa lo miraba con asco, incapaz de quitar la vista de ese enorme diente, único vestigio que quedaba de una deteriorada dentadura.
—Solo queríamos entrar, dar una vuelta y salir —aclaró Yamato.
—Yo no entraría allí de ser ustedes —repitió el anciano.
—Entonces sí está abandonada —dedujo Koushiro—. Si él fuera el dueño, se expresaría de otra forma respecto a la casa —les explicó a los demás.
El aludido no dijo nada. Los muchachos se miraron entre ellos, extrañados. Entendían la preocupación de ese hombre, puesto que la construcción era muy vieja y parecía inestable, pero ellos ya habían hecho averiguaciones al respecto y sabían que su estructura era lo bastante sólida como para no derrumbarse si alguien llegaba a entrar. El anciano debía saber esto, pero, si nadie corría peligro y esa vivienda ni siquiera era suya, ¿por qué los estaba deteniendo?
Daisuke dio unos pasos hacia delante y lo apuntó con el dedo.
—¡Escúcheme, viejo!
—¡Daisuke! —lo llamó Hikari con tono de reproche.
Él la miró por encima del hombro. Tenía claro que no estaba haciendo nada malo. Tan solo le diría al viejo que se quitara de en medio y los dejara entrar; que no se irían de allí sin hacer algo divertido en noche de brujas. Su cuerpo quería sentir la adrenalina.
Esto mismo iba a explicarle a su amor platónico, pero cuando quiso hacerlo, notó que ella se había tomado de la mano con Takeru, quien era, aunque éste no lo supiera, el mayor rival de Daisuke.
—¡Hey, hey, hey! —gritó el trigueño, enfermo de celos— ¿Qué haces tomándole la mano a MI chica?
—¿TU chica? —pronunció Hikari, incrédula.
Takeru se echó a reír, causando que Daisuke se pusiera rojo de rabia.
«¡¿Qué se cree este tipo?!» pensó Motomiya.
—¡Yo le doy! ¡Yo sí que le doy! —exclamó, colocándose en posición de pelea, apretando y batiendo los puños.
—¡No empieces otra vez, Daisuke! —vocearon sus amigos.
Y así, los murmullos, quejas y discusiones llenaron el lugar por segunda vez.
Yamato suspiró, apesadumbrado. Estaba harto de los gritos y las peleas. «Siempre es igual» se decía en su fuero interno cada vez que se montaba una escena similar. Caminó en dirección a la casa abandonada, alejándose del grupo.
—Ya, vamos —masculló.
Pero el anciano lo agarró del brazo para detenerlo. Sostuvieron una larga mirada, ambos con el ceño fruncido.
—Si entran a aquella casa, cosas horribles pasarán —declaró el hombre en un susurro.
Yamato bajó la vista un momento para mirar la mano del hombre, la cual le aprisionaba el brazo.
—Con todo respeto, señor, no creo en maldiciones —respondió con total serenidad, alzando una ceja.
De repente, los ojos negros del misterioso anciano se abrieron con brusquedad, y sus iris se movieron en un gesto perturbador. Parecía seriamente trastornado. Acto seguido, acortó la distancia entre él y el muchacho mientras lo taladraba con la mirada.
—¡Suélteme! —ordenó Yamato, intentando desasirse. Su voz alertó al resto de los chicos, quienes dejaron lo que estaban haciendo para mirarlo.
Hubo un instante de silencio. Luego, el sujeto se separó del rubio y corrió hacia la calle, bajando primero por las escalerillas.
Mimi estaba tan asustada que se escondió detrás de Sora.
—¡TERRIBLES Y EXTRAÑOS SUCESOS OCURRIRÁN! —profirió el anciano, justo antes de que un rayo atravesara el tenebroso cielo nocturno—. La casa está maldita, y todo el que entre allí también lo estará —declaró, sombrío.
—¡Ay, sí! ¡Ay, sí! —se burló Daisuke— No me diga también que El Coco saldrá por debajo de la alfombra.
Algunos de sus amigos rieron de manera disimulada.
—¡SE LOS ADVERTÍ! —vociferó el anciano, con los ojos desorbitados.
—Mire, señor —dijo Miyako—, ninguno de nosotros cree en esas cosas, pero gracias por preocuparse.
—Las jovencitas como tú son las primeras en caer, Miyako.
—¿Ehhh? —musitó la chica, sorprendida— ¿Cómo sabe mi nombre?
—¡Se los dije! —el hombre dio grandes zancadas hasta colocarse frente a ella— ¡Tengo el don de ver las desgracias venideras! —aseguró.
—Usted no sabe nada —le espetó el pelirrojo, y giró la cabeza para mirar a su amiga de anteojos—. Tienes tu nombre escrito allí —hizo notar, apuntándole el pecho.
—¡Ups! Lo había olvidado —confesó ella, algo avergonzada.
Los demás no pudieron contener sus risas. El día anterior, Miyako se entusiasmó y quiso sumarse a la moción de Mimi, por lo que había terminado disfrazándose de cajera.
—Ya, déjenlo. Está loco —soltó Daisuke.
Todos voltearon entonces, dándole la espalda al viejo. Este los observó furibundo, pero se marchó sin decir nada más. Por la forma en la que sonrió de pronto y asintió con la cabeza, mirando hacia un costado, daba la impresión de estar escuchando a alguien —o algo— invisible. Hecho esto, se perdió en la oscuridad de la noche.
—Deberíamos entrar —sugirió Sora.
—Sí. Mientras más rápido acabe esto, mejor —concordó Koushiro.
En un comienzo había parecido un buen plan: citarse los doce amigos un jueves a las once de la noche en plenas festividades de Halloween, y realizar una prueba de valor que consistía en aguardar allí dentro hasta las doce —hora en la que se supone que aparecen fantasmas y demonios varios—, esperar que ocurriesen cosas sobrenaturales, asustarse y fin. Un acto masoquista por parte de ellos, pero era una especie de situación trillada y estereotipada que deseaban experimentar. Por desgracia, en vez de ponerle sazón a su aventura, el anciano les había hecho sentir que estaban haciendo una estupidez, una cosa tremendamente infantil.
El cielo retumbó mientras un nuevo rayo lo surcaba.
—Qué conveniente —comentó Takeru, sarcástico, haciendo alusión al fenómeno ambiental que acababan de percibir.
—¿Vamos a entrar o qué? —quiso saber Daisuke. Su paciencia comenzaba a agotarse.
Todos asintieron.
Estaban por entrar a la casa abandonada cuando Miyako formuló una pregunta al aire:
—¿En dónde está Jou-senpai?
Se miraron unos a otros, dubitativos, hasta que Iori respondió:
—Lo llamé hace unos minutos. Dijo que estaba saliendo de su casa.
—No pensarán que se habrá acobardado, ¿o sí? —volvió a preguntar la muchacha de cabello lila.
—Si Jou-senpai se salvara de entrar a esta casucha —habló Mimi, con evidente desagrado—, entonces yo también me voy —declaró.
«¿De quién fue esta idea tan absurda?» se preguntó.
Las dudas comenzaron a aflorar dentro de la pandilla. Querían mantenerse firmes respecto a la idea inicial, pero las palabras del anciano seguían dando vueltas en sus cabezas.
—Esta fue una mala idea. Deberíamos irnos —sugirió Ken.
—Estoy de acuerdo contigo, Ken —dijo Hikari.
—Si Hikari está de acuerdo, entonces yo también —se sumó Daisuke.
—¡Lo sabía! —exclamó Taichi— ¡Sabía que no podrían ponerse de acuerdo en nada! Son unos cobardes.
—Cálmate, Taichi —le pidió Sora—, por favor.
—No, Sora —el muchacho negó con la cabeza, hastiado—. Sabes que digo la verdad. Es que ¿qué tiene de malo entrar en una casa vieja y apestosa?
Alguien detrás de ellos rio.
—Mucho —dijo una voz masculina, y todos voltearon en la dirección de la cual ésta provenía— ¿Sabías que puede haber ratas enormes en esa casa? Son las principales causantes de centenares de enfermedades. Además del polvo, los ácaros y los millones de insectos y arañas que deben estar escondidos en cada esquina.
—Sí, sí, como digas —respondió Daisuke, impaciente. Solo quería entrar, y no podía importarle menos que la casa tuviera bichos—. Por un momento pensamos que no llegarías.
—Daisuke tiene razón, ¿en dónde estabas? —le preguntó Hikari.
—Fui por unas linternas, talismanes, crucifijos, sellos mágicos y un botiquín de primeros auxilios, por si algo no nos sale bien, con gasas, alcohol, ibuprofeno…
—¡¿Y qué rayos vamos a hacer con ibuprofeno, Jou?! —explotó Taichi. También quiso preguntarle por qué había traído algo tan absurdo e innecesario como sellos o crucifijos, puesto que no iban a hacer un exorcismo, sino entrar a una simple casa… pero prefirió guardárselo para no seguir extendiendo el asunto.
Jou levantó una mano para explicarse, pero fue interrumpido por la voz de Takeru.
—¡Hermano! —gritó el rubio menor mientras corría hacia la entrada de la casa, siguiendo a Yamato.
Nadie reaccionó, solo vieron cómo el dúo Ishida finalizaba de una buena vez con el interminable proceso de entrar a aquella morada.
Pronto olvidaron el asunto del extraño anciano.
—Deberíamos seguirlos —sugirió Iori—. Creo que lloverá.
Los demás asintieron y comenzaron a andar, con excepción de Sora, Mimi y Jou. El mayor observaba en silencio la fachada de la vieja y lúgubre vivienda.
—No me digas que tienes miedo —le susurró Mimi al oído. Jou dio un respingo.
—¿Sabías que se cuentan muchas historias de fantasmas sobre esta casa? —le murmuró Sora desde el otro lado.
Desde que se conocían, las muchachas solían hacerle ese tipo de bromas a Jou. Era fácil ponerlo histérico: solo debían inventar una historia absurda y ¡listo! La imaginación del chico hacía el resto. Ambas sabían que debían dejar de hacerlo, pero les era difícil terminar con aquel hábito.
—Pero —prosiguió Mimi— la más conocida de todas es la de una mujer que se quitó la vida por un desamor.
Jou se encrespaba, tiritando. Se le había erizado todo el vello del cuerpo.
—Dicen que encontró a su prometido besando a otra mujer.
—Envuelta en ira, mató a la amante; luego, a su prometido.
—Al final se quitó la vida, quedando maldita por la eternidad…
El anteojudo tragó pesado.
—… Y, desde entonces, ella aparece cada noche de brujas en busca de un hombre que la ame —concluyó la castaña.
Jou pegó un grito al cielo y trató de correr hacia la salida del terreno abandonado. Las chicas lo detuvieron, risueñas. Mimi lo tomó por un brazo y lo arrastró con ella hasta la casa. Él continuó gritando en su mente, aterrorizado.
