Al igual que "La casa del terror I", este capítulo es fruto de la colaboración entre Genee y Ahiru-san. Las quejas del título a Asondomar.

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El castigo de los escépticos

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La casa del terror II

Habían entrado todos juntos, uno detrás del otro, mientras el piso de madera rechinaba con cada paso que daban y sus voces hacían eco en las paredes. Cuando Mimi, que fue de las últimas en entrar, cerró la puerta principal, los chicos se quedaron completamente a oscuras.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sora.

—No veo nada —gruñó Yamato.

—¿En dónde está Jou-senpai? —quiso saber Ken—. Él tiene las linternas.

—Aquí estoy —anunció el antes mencionado a la vez que encendía una de ellas—, lo siento. Tengan —y entregó las demás a sus amigos, con las manos temblorosas. Todavía estaba algo asustado por la historia que le habían contado Mimi y Sora.

—¿Solo cuatro? —le preguntó Taichi.

—No tenía más —explicó Jou—. Ustedes tendrían que haber traído las suyas.

—Lo mejor será dividirnos para explorar —propuso Takeru en forma de opinión—. ¿Les parece si lo hacemos en grupos de a tres?

—Sí —asintió Daisuke—, sería aburrido estar todos juntos.

Y si le estaba dando la razón a su "enemigo" era solo porque con ello tendría la oportunidad de estar a solas con Hikari y lucirse ante ella, demostrándole que no temía a los fantasmas y que era un hombre valiente y confiable. Apartaría a su chica de Takeru e incluiría a Iori en su propio grupo, ya que el menor de sus amigos era calladito por naturaleza y no estorbaría en lo absoluto. Era un plan perfecto.

«Qué tonto —pensó el muchacho—, acaba de ofrecérmela en bandeja de plata.»

—¡Yo voy con Hikari! —se apresuró a decir.

Sin embargo, para cuando quiso darse cuenta, ya todos habían formado sus grupos. Vio perderse por las escaleras a Yamato, Taichi y Koushiro; hacia algo que parecía ser una cocina se dirigieron Sora, Iori y Miyako; mientras Mimi, Joe y Hikari bajaban por unas escaleras hacia el sótano. Se frustró muchísimo cuando captó que Takeru sería su compañero, y no solo eso, sino que era él quien llevaba la linterna, por lo tanto, lideraría su grupo.

Aquello puso a Daisuke de muy mal humor.

[*]

—Maldiciones, maldiciones —repitió Yamato en voz baja—, ¡sí, claro! Solo veo un montón de polvo y libros viejos —y pasó una mano por encima del mugriento escritorio en donde se encontraba Koushiro, que parecía entretenido revisando unos documentos que acababa de encontrar.

—¿Crees en maldiciones, Yamato? —le preguntó el muchacho de ojos negros.

—No —contestó el rubio, intentando limpiar su mano sucia.

—Yo tampoco. ¿Y tú, Taichi? —pero no obtuvo respuesta—… ¿Taichi?

Yamato alumbró cada rincón de la estancia con la linterna, pero su amigo no se encontraba por allí.

—Debió haber bajado las escaleras —pensó en voz alta.

—¡UAAARGH! —gritó entonces Taichi, apareciendo frente a sus amigos, quienes dieron un brinco de la impresión. El futbolista llevaba puesta una llamativa máscara de dragón, típica de un festival oriental.

—¡Estúpido! —le espetó Yamato.

Taichi rio.

—Me veía genial, debes admitirlo.

—¡Por supuesto! Es una máscara. Cualquier cosa que cubra tu horrenda cara se te vería genial —ironizó.

—No tienes por qué enojarte, Yamato.

—Chicos, cálmense, por favor —pidió el pelirrojo—. Vengan a ver esto —los invitó. Entre sus manos sostenía un libro grande y grueso con la cubierta forrada en cuero—. Yamato, ¿podrías pasarme la linterna?

—Sí, ten.

Las hojas del volumen presentaban una tonalidad amarilla, evidenciando lo viejo que este era; algunas incluso parecían estar roídas.

Los tres muchachos se pararon frente al escritorio y miraron detenidamente los extraños símbolos que exhibían las páginas del libro.

—¿Qué dice? —preguntó Yagami— No entiendo nada.

—Creo que está en otro idioma —teorizó Koushiro—. Pareciera incluso que fue escrito en códigos.

De pronto, Ishida miró por encima de su hombro. Llevaba un buen rato sintiéndose observado. Entonces, descubrió que en aquel cuarto había un armario abierto, el cual tenía un espejo en la parte interior de una de las puertas. Su propia imagen reflejada en aquella superficie le pareció más sombría que de costumbre.

—Deberíamos salir de aquí —sugirió. Presentía que algo no andaba bien.

—¿Qué? ¿Tienes miedo, Yama-chan? —lo molestó Taichi. Le causaba gracia que su mejor amigo fuera tan miedoso. Solo era un libro. No obstante, su piel se erizó cuando sintió que alguien pasaba al lado de él— ¿Eh? —musitó. Cuando volteó para averiguar de qué se trataba, notó que Yamato tenía puesta la mirada en un punto en específico.

[*]

Mimi estornudó al tropezar con un mueble cubierto con sábanas amarillentas, ahogándose con el polvo que se había desprendido de este. No le agradaba en lo absoluto aquel lugar. Preferiría estar viendo una película de humor, preferiría mil veces asistir a un partido de fútbol en el estadio con Sora, ¡cualquier cosa! Excepto estar en esa desagradable casa. No dejaba de quejarse. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, una rata saldría de una esquina y se lanzaría sobre ella para atacarla. Para colmo, la habitación en la que se hallaba, tal y como el resto de la casa, estaba llena de polvo, telarañas, suciedad y cosas antiquísimas, y, de estas últimas, la mayoría eran muy feas.

«¡Qué mal gusto tenían las personas que vivieron acá!» se dijo en su fuero interno.

—Esto huele al cuarto de mi abuela —pensó Jou en voz alta.

—¿Tu abuela huele a humedad y a sucio? —preguntó Mimi sin más, de manera indiscreta.

Hikari rio.

—No —explicó Jou—, pero es vieja, y este lugar huele a viejo. A eso me refería.

—Como sea —dijo la castaña mayor—, yo me quiero ir de aquí, ¡ahora!

—Cálmate, Mimi —le pidió Hikari—. Míralo por el lado positivo.

—¿De qué lado positivo me hablas? ¡Esto es horrible!

La menor de los Yagami volvió a reír, divertida. La hija de los Tachikawa podía ser muy caprichosa cuando quería; además, no estaba entendiendo que aquello era parte de la aventura, como dictaba el dicho popular: «si quieres llegar a tu destino, debes disfrutar primero del camino.» Hikari lo comprendía, y por ello gozaba de la experiencia.

—Mira, qué lindo —señaló ella—, es un pajarito de porcelana.

—¡Es horrible! —soltó la otra chica— Hermana de Taichi tenías que ser —su interlocutora ladeó la cabeza y la miró, inquisitiva. Tachikawa puso los ojos en blanco—. Por el pésimo gusto, Hikari.

El muchacho que las acompañaba alumbró su reloj de pulsera con la linterna; aun así, no pudo ver con claridad la hora que este marcaba.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó él.

—Quince minutos —respondió Hikari.

—¡¿Quéee?! ¡¿Quince minutos?! —chilló Mimi— ¿Apenas?

Se quedaron en silencio. Hikari colocó una mano en el hombro de la otra chica a modo de consuelo.

—No te quejes tanto, Mimi —habló Jou—, solo faltan veinticinco minutos más para salir.

Y eso no la reconfortó en lo absoluto.

[*]

Mientras tanto, Sora, Miyako e Iori investigaban otras partes de la casa. Ahora se encontraban en el baño, puesto que en la cocina solo había cucarachas y tenía un olor de los mil demonios, así que Miyako había propuesto ir a otro lado.

—¡Genial! —se expresó la chica de cabello lila, sarcástica— Dejamos la cocina para entrar en un baño igual de aburrido.

—Es verdad. Vayamos a otra parte —propuso Sora.

Iori asintió.

—¡Esperen! —la voz de Miyako detuvo el andar de los otros dos muchachos. La chica de anteojos tenía la mirada fija en la ventana. Algo se había movido afuera —¡Shu! —chitó.

—¿Qué pasa? —preguntó la mayor.

—Creo que vi algo allí.

—Deberíamos irnos. Esto ya empieza a asustarme.

—¿Sora, tú te asustas? —preguntó Hida. Sabía que era una pregunta tonta, sin embargo, prefería hacerla antes de quedarse callado y aguantar el insoportable silencio. Iori era un niño muy lógico, rara vez se le veía emocionado, mucho menos asustado, pero tenía un mal presentimiento.

La pelirroja hizo el ademán de responder aquella pregunta; no obstante, de su boca no salió una sola palabra. Justo en ese preciso instante, algo delante de ellos se movió. El trío de jóvenes se quedó de piedra.

[*]

—Es horrible —opinó Ken.

—Se parece a Takeru —comentó Daisuke.

—¿Tienes que ser tan antipático con él?

—¡Me quiere robar a mi chica!

—Ella no es tu chica, Daisuke.

—Sí, sí, sí; como sea. Quita esa cosa de mi vista, es muy fea.

Ken tenía en sus manos una deteriorada muñeca de plástico. Después de oír a su mejor amigo, decidió devolverla al sitio en donde la había encontrado, depositándola con cuidado. Podría ser fea, pero en algún momento había hecho feliz a una niña, por lo que merecía un mínimo de respeto.

—Mejor subamos. Ya es hora de salir —sugirió Takeru.

—¿Y a ti quién te nombró líder? —le espetó el trigueño— Yo no tengo por qué hacerte caso.

—Daisuke, por favor —pidió el rubio—, deja de ser tan infantil.

—¿Qué? ¿Infantil, yo? ¡Retráctate, rubiecito!

—¿Quieres pelear? —preguntó él, levantando las cejas.

Ken contemplaba la escena en silencio, pensando que esos dos necesitaban con suma urgencia unos cuantos coscorrones, además de terapia psicológica. Rio y llevó su vista hacia el sitio en donde, momentos atrás, había dejado la muñeca. Se sorprendió al notar que ésta ya no se encontraba allí. De hecho, no parecía estar por ninguna parte.

—Chicos… —musitó.

[*]

La alarma del reloj de Jou sonó, anunciando que ya era hora de reunirse con los otros grupos y partir. Suspiró, pensando que no tuvo oportunidad de utilizar sus sellos mágicos y artículos de primeros auxilios y que había ido a buscar todas esas cosas para nada.

—¡Chicas! ¿Qué hacen? —preguntó, alterado, al ver cómo Mimi y Hikari removían unas cajas y escrutaban dentro de un pequeño baúl de joyas.

—No seas aburrido, Jou —Mimi lo observó con el ceño fruncido, pero deshizo el gesto de inmediato y sonrió. Entre sus manos colgaban cadenas de oro—. Ven a ver, ¡soy rica! ¡Encontré joyas!

—No creo que sea correcto tomarlas —dijo la castaña menor.

Mimi frunció el ceño otra vez.

—Hazle caso a Hikari, ¿quieres? —la presionó el muchacho— Eso no te pertenece.

—Pero miren —insistió. Puso ojos de gatito abandonado, intentando recurrir a sus encantos de niña caprichosa—, ¡es un pajarito de oro!

Jou y Hikari intercambiaron una mirada y, al mismo tiempo, soltaron un suspiro que resonó por todo el sótano. Justo ahora, cuando podían marcharse al fin, a su amiga se le ocurría hacer una escena de malcriadez. Debían convencerla de que tomar ese dije no estaba bien, incluso si el dueño había muerto hace mucho.

A regañadientes, y luego de escuchar un discurso de sus amigos sobre lo que era correcto y lo que no, Mimi devolvió el objeto adonde lo encontró.

Los tres chicos salieron de allí. El sótano había quedado aparentemente vacío, y el silencio reinó por unos instantes. Luego, algunos pasos resonaron, dirigiéndose al lugar en donde reposaban las joyas. El colgante con el dije de pájaro se alzó entre los demás.

—¡Mimi! —la llamó la menor de los Yagami.

—¡Ya voy! —avisó— ¡Olvidé mi bolso! —y sonrió, victoriosa, mientras guardaba el colgante. Subió una vez más las escaleras y se reunió con su pequeño grupo.

Era la calma antes de la tormenta.

Un estruendo se escuchó, y el piso comenzó a temblar. Los gritos de los muchachos, que se encontraban en diferentes alas de la vivienda, adornaron el espectáculo que les brindaba aquella casa en ruinas. Mimi y Hikari chillaban de terror, mientras Jou les pedía que se resguardaran bajo una mesa y se mantuvieran lejos de las repisas y lámparas.

[*]

Aún en el baño, Iori, asustado por el repentino movimiento telúrico, resbaló y cayó en la tina sucia y llena de agua estancada. Sora y Miyako intentaban levantar al joven en medio del temblor. De un momento a otro, la regadera de la ducha se activó, mojando a las chicas y al muchacho.

[*]

En la habitación principal del piso de arriba, el grupo de Taichi permanecía en pie, inmóvil, mirando hacia el espejo con los ojos desorbitados. Este se quebró en tres partes. Los chicos dieron un respingo. El vidrio se había cuarteado justo donde se veían reflejadas sus caras, y la imagen mostraba el rostro desfigurado de cada uno de ellos.

[*]

Daisuke se había resguardado debajo de una mesa, al igual que Takeru y Ken, quienes consiguieron refugiarse bajo una más grande.

De pronto, el piso dejó de moverse, y se hizo el silencio. Ken miraba en todas direcciones, escudriñando el cuarto. Las rasgadas cortinas que tapaban la ventana habían dejado de izarse. Ni siquiera el candelabro del techo se movía. El muchacho comenzaba a sentir miedo.

—¡AHHHHH! —gritó Daisuke.

—¡AHHH! —chilló Ken, sorprendido por el grito de su amigo.

—¿Qué sucede? —preguntó Takaishi, alarmado.

—Sentí que algo me rozó el tobillo.

Takeru y Ken se sonrieron. Vaya grito para ser nada. Y ellos pensando que, como mínimo, se había fracturado un pie. Ambos soltaron una risita.

—Seguro fue una rata.

—¡Cállate, Takeru! Tú qué sabes.

Entonces, a Ken se le puso la piel de gallina y un escalofrío recorrió toda su espina dorsal. Se sacudió. Tenía la inexplicable sensación de que corrían peligro allí dentro.

—Salgamos de aquí, por favor —pidió.

Takeru asintió, y ambos comenzaron a caminar. Daisuke los siguió.

—Mamá.

—¿Qué fue eso? —soltó el trigueño, sobresaltado.

—Lo siento —se disculpó el rubio—, pisé sin querer esta muñeca.

Era la misma muñeca de antes. Ichijouji calculó la distancia desde el sitio en donde él la había colocado y el punto en donde se encontraba ahora. Más de cinco metros de diferencia. La sacudida había sido fuerte, sin duda.

—¿Verdad que está fea? —preguntó Daisuke.

—Es la cosa más horrorosa que he visto —aseguró Takeru.

—Daisuke, Takeru… vámonos de aquí —insistió Ken.

[*]

Fueron los últimos en salir. Cuando vieron a sus demás amigos, los notaron conmocionados. Hablaban entre ellos sobre el sismo que tuvo lugar pocos minutos atrás, y algunos paseaban la mirada de un lado a otro, como si buscaran algo.

—Takeru, ¿estás bien? —quiso saber Yamato.

—Sí, hermano.

Taichi no dejaba de sorprenderse. No podía creer que luego de aquella gran sacudida de la tierra todo pareciera estar igual que siempre, como si nada hubiera sucedido. Nadie aparte de ellos parecía haberse percatado de que hubo un terremoto, ya que las pocas personas que vieron caminar por la calle —unos universitarios que iban de fiesta— se veían muy tranquilos, charlando y riendo con total naturalidad.

Todo seguía su curso natural, todo estaba igual que hace unas horas atrás.

—No entiendo —dijo Taichi de pronto—, ¿qué diablos está pasando?

—Chicos, vámonos —pidió Mimi con un hilo de voz—. Tengo miedo.

Contemplaron por unos instantes la casa de la cual acababan de salir, meditabundos, hasta que decidieron dar media vuelta y marcharse de allí… a excepción de Iori, que observaba la antigua morada en silencio. Se había dado cuenta de que, a pesar de lo ocurrido, su estructura permanecía intacta, y eso lo inquietaba.

Sintió que alguien reía. Al girar sobre sus talones se encontró con el anciano chiflado con el que habían tenido la desgracia de encontrarse un rato antes.

—¡Eh, muchachos! —Iori intentó llamar al resto, pero su voz sonó débil y temblorosa, por lo que nadie pudo oírlo— M-Muchachos… ¡Muchachos! —consiguió gritar, llamando la atención de los demás chicos.

—Se los advertí —susurró el hombre.

—¿Qué cosa? —preguntó el niño, nervioso.

El anciano lo examinó de pies a cabeza, inquisitivo. Hida tragó pesado. Comenzaba a tener miedo de aquel hombre. El agua se escurría por el pantalón del menor, y el extraño sujeto observaba cada gota que llegaba al suelo, humedeciendo el pasto.

—¡Iori! —gritó Miyako, alarmada, al ver al anciano una vez más. Corrió hasta colocarse frente a su amigo y estiró un brazo en un gesto protector— ¡Aléjese de nosotros! —vociferó, alterada.

—Sí, déjenos en paz —la secundó Sora.

—Estoy bien, no tienen por qué preocuparse —les dijo el menor a las dos chicas, tratando de tranquilizarlas.

—¿En serio? —preguntó el sujeto con tono burlesco, y las miradas de los tres amigos se posaron sobre él otra vez—. ¿De verdad no tienen por qué preocuparse? —inquirió, mordaz— Yo no estaría tan seguro de eso.

Los chicos que faltaban llegaron adonde estaban Iori, Sora y Miyako. Observaron con detenimiento la escena que protagonizaban sus tres amigos y el viejo chiflado. La tensión aumentaba en el ambiente y cada vez se les hacía más difícil mirarse a los ojos unos a otros.

—¿Quién es este señor? —susurró Jou.

—Un anciano que vino a molestarnos antes de que entráramos a esa casa —le explicó Koushiro por lo bajo—. Tú aún no regresabas con las linternas y el botiquín cuando él nos habló de una supuesta maldición.

Sora dio un paso al frente y se dirigió al anciano:

—¿Pero qué pasa con usted? ¿Qué tiene contra nosotros?

El aludido movió la cabeza de lado a lado, riendo por lo bajo.

—Agua —pronunció.

—¡¿En dónde?! —chilló Miyako, mirando hacia los costados, al suelo y al cielo, pero no había agua por ninguna parte, salvo en las ropas de ella, Sora e Iori.

—Es la maldición —dijo simplemente. Calló durante unos segundos mientras se paseaba con lentitud frente a los muchachos y los observaba con los ojos entrecerrados, sin dejar de enseñarles su torva sonrisa. Nadie se atrevía a romper el silencio. Taichi y Yamato no le quitaban la mirada de encima, ya que tenían claro que algo tramaba.

El anciano miró a Daisuke, Ken y Takeru, y rio una vez más.

—No deberían seguir jugando con muñecas —sugirió, misterioso. Los tres chicos lo miraron, confundidos—. Es peligroso.

—¿Qué diablos está dicie…? —Daisuke quiso hablar, sin embargo, justo antes de poder articular una palabra más, el viejo chiflado se dirigió al grupo que denante habían conformado Taichi, Yamato y Koushiro.

—Y ustedes tres… tengan cuidado con lo que ven, desconfíen hasta de su propio reflejo. Nada es lo que parece.

—Señor, debería irse a dormir —le espetó el pelirrojo—. Con todo respeto, es notorio que le hace falta descansar un poco —hizo una corta pausa—. Mucho —se rectificó.

—¡Yo se los dije! ¡Se los advertí!—gritó en susurros, con los ojos desorbitados— ¡No me hicieron caso y ahora están malditos!

—¡Quiero irme a casa! —chilló Jou, sin poder contenerse un segundo más. Tanto él como Mimi se habían colocado detrás de sus amigos, aterrorizados, escondiéndose lo mejor que podían de las perturbadoras miradas del anciano. La muchacha soltó un grito, angustiada. Jou, por su parte, invocó a cada santo y deidad protectora que conocía mientras sostenía con ambas manos los sellos mágicos que había traído consigo. Él sí que creía en demonios y maldiciones.

El plan de colarse en una casa embrujada había dejado de ser divertido desde el momento en que apareció ese condenado viejo para molestarlos.

El hombre miró a los dos chicos. Mimi enmudeció al sentir que aquellos lunáticos ojos estaban puestos sobre ella. Se colocó detrás de Jou, temblorosa, esperando que sus desesperados rezos le ayudaran a ella también.

—Cuidado con la bestia. La bestia quiere volver a casa, pero —esta vez miró a Hikari—… ustedes no la dejan volver.

—¡No diga estupideces! —le espetó Sora—. No le tenemos miedo.

Eso fue lo que dijo; sin embargo, tenía la piel de gallina. Acababa de caer en la cuenta de que una casa abandonada no debería tener activo el suministro de agua. Aun así, Iori, Miyako y ella se habían empapado minutos atrás con el agua de la regadera, y no tenían claro si la habían abierto ellos mismos por accidente o si se había abierto sola. Atando cabos sueltos comenzaba a pensar que todo resultaba demasiado extraño, no solo el incidente en el baño, sino también el temblor que nadie más que ellos parecía haber sentido, que hubiesen tantas nubes grises, rayos y truenos en el cielo y aun así no se desatara una tormenta… pero lo más raro de todo era ese sujeto tan desagradable que disfrutaba sembrando el pánico.

—A mí no —le respondió a Sora en susurros—, pero sí a la bestia… y a las distintas formas en las que es capaz de mostrarse —rio a la vez que un rayo atravesaba el cielo nocturno—. Me ha contado los planes que tiene reservados para ustedes, así que deberían temer, si es que son lo bastante listos. Un, dos —canturreó—… la bestia despertó; tres, cuatro —comenzó a caminar de espaldas, con parsimonia, sumergiéndose en la oscuridad—… no me hago cargo; cinco, seis… les sugiero correr.

Finalmente, el anciano desapareció de la vista de los muchachos, como si nunca hubiese estado allí, predicando y hablando de infortunios y maldiciones hasta ponerles los pelos de punta.

Se hizo el silencio. Todos mantenían fijas sus miradas en el rincón oscuro en donde habían visto a aquel hombre por última vez. Estaban tensos, perturbados, asustados. Daisuke se había sorprendido tanto que tenía la boca abierta y los ojos desorbitados. Intentando aparentar serenidad, se llevó las manos a la nuca y dijo:

—¡Bah! Su canción era tan tonta que hasta las rimas sonaban mal.

—Además, no fue para nada original —criticó Koushiro—. ¿Esa no era la melodía de la película "Pesadillas en la calle Elm"?

Pero nadie respondió.

—Vámonos de una vez —sugirió Ken, impaciente—. Ya es tarde, nuestros padres deben estar preocupados.

Todos asintieron, y abandonaron aquel terreno en donde reposaban los vestigios de lo que alguna vez fue el hogar de una familia.