Capítulo escrito por HikariCaelum y corregido por Ahiru-san. No os entretengo más. Disfruten.
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El castigo de los escépticos
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La primera maldición
Miyako se estiró cuan larga era al levantarse del sofá, dejó sobre la mesita de centro la revista que había estado leyendo y fue a la cocina para picar algo. Su madre apareció por el pasillo para reclamarle que no comiera entre horas y avisarle que se marchaba a la tienda. En cuanto la mujer salió de la casa, la más joven de los Inoue miró a su alrededor, con nerviosismo. Una gota traviesa se deslizó por el grifo mal cerrado del lavaplatos para estrellarse contra la superficie cercana al desagüe, produciendo un sonido metálico. Miyako dio un respingo; tragó saliva, turbada, y echó una nueva mirada a la sala de estar. No entendía cómo ni cuándo su casa se había vuelto tan tétrica. Lo único que tenía claro era que no le gustaba estar allí sola.
Cogió sus llaves y salió a toda prisa al exterior. Así de rápido llegó a la casa de los Hida, y fue por ello que casi chocó con Iori, quien acababa de cerrar la puerta principal cuando se encontraron.
—Buenas tardes, Miya —la saludó el muchacho—. ¿Por qué vas tan deprisa?
—Eh —musitó, dubitativa. No quería que su amigo pensara que estaba loca, no más de lo normal—… venía a hacerte una visita.
Su mentira habría sonado poco convincente para cualquier otra persona, pero Iori se limitó a encogerse de hombros y caminar hacia las escaleras.
—Voy a hacer un recado. Ven conmigo si quieres —la invitó, y ella se apresuró a seguirlo.
Caminaron juntos, sintiendo el fresco viento que hacía aquella tarde. Iori levantó la cabeza para mirar a Miyako. Ella iba a su lado en silencio, algo bastante inusual en ella.
—¿Pasa algo? —preguntó el chico.
—Nunca me ha gustado demasiado el agua, ¿sabes? —comentó ella, sin responder a la pregunta de forma directa— En especial la del mar, porque mis padres siempre me contaban que era peligroso. Incluso hubo un tiempo en que tenía miedo de ahogarme en la bañera.
—¿Dices esto por lo de ayer?
Miyako asintió, sin apartar la vista del suelo. Pasó un mechón de pelo detrás de su oreja y suspiró.
—No deberías preocuparte —opinó Iori—. Son solo tonterías en las que no tienes por qué creer. Además, no estamos cerca de un río ni nada por el estilo.
—Hoy no me duché para no acercarme al agua.
El más joven no pudo evitar reír ante aquella confesión.
Cuando llegaron a la floristería, los recibió una voz conocida que procedía de algún rincón entre las plantas que atiborraban el local.
—¡Hola! Vengan por aquí. Te daré lo que me habías pedido, Iori.
—Muchas gracias, Sora —dijo él, acercándose a la pelirroja—. Siento causarte tantas molestias.
—Para nada —repuso la mayor, sonriendo—. Es bueno para el negocio de mi madre, y estoy segura de que el regalo le gustará mucho a la tuya.
Miyako se acercó al mostrador para ver de cerca el trabajo de su amiga. El arreglo floral había quedado muy bello. Se sintió más relajada al no estar sola, así que volvió a parlotear con normalidad. Enumeró todo lo que había hecho durante el día, y Sora escuchó pacientemente el monólogo de su amiga mientras envolvía el regalo con cuidado.
Mientras tanto, Iori examinaba algunas plantas que no conocía. Fue entonces cuando escuchó algo que llamó su atención.
Un goteo. Muy suave, tanto, que pensó que se lo había imaginado.
Se habría convencido de ello de no ser porque el sonido se repitió, consiguiendo que se inquietara. Sacudió la cabeza, diciéndose a sí mismo que se estaba sugestionando, contagiado por los temores de Miyako, y volvió con las chicas.
—… Pues yo me duché esta mañana sin ningún problema —contó Sora, riendo.
—Ya, ya —asintió la menor—. Sé que son bobadas, pero siempre he sido asustadiza.
La pelirroja volvió a reír ante las palabras de Miyako. Se agachó tras el mostrador para coger un poco de cinta aislante. Entonces, se sorprendió al ver un pequeño charco junto a su pie, el cual examinó con curiosidad. Parecía agua, aunque no podía estar segura. Lo más probable era que se le hubiese caído cuando regó las flores unos minutos atrás, pensó.
Cambió de idea cuando notó una gota estrellándose contra su mejilla. Frunció el ceño y se llevó la mano a la cara mientras se incorporaba.
—¿Qué te pasa? —preguntó la otra chica al notar su expresión.
—Nada, es que… —pero las palabras de Sora se perdieron en su garganta cuando escuchó un sonido inconfundible.
Un chapoteo. Al principio no era más que un murmullo de fondo, pero poco a poco fue aumentando en intensidad.
Iori miró a la mayor con incredulidad al darse cuenta de que no estaba imaginando cosas. Miyako abrió los ojos, asombrada, cuando vio varias gotas caer junto a su amiga en el mostrador. Los tres escudriñaron el techo, sin llegar a ver nada sospechoso en él, mientras los charcos comenzaban a cubrir el suelo y acariciar sus tobillos.
—¡¿Pero qué…?! —exclamó el chico a la vez que levantaba un pie.
Los segundos que tardaron en reaccionar le concedieron al agua el tiempo necesario para llenar todo el suelo y comenzar a subir por sus piernas. Corrieron hacia la salida, haciendo enormes esfuerzos por avanzar, aunque fuera a trompicones y calándose enteros. Sora tuvo que levantar a su amiga cuando ésta tropezó y se sumergió por completo. Inmediatamente después alcanzaron a Iori, quien intentaba, sin éxito, abrir la puerta. La mayor empujó al chico y lo imitó, sin resultados. Los chillidos de Miyako no tardaron en hacerse oír, mientras la pelirroja sacaba con nerviosismo un manojo de llaves y buscaba la que les abriría la puerta.
—¡Date prisa! —pidió Miyako, histérica.
—¡Eso intento! —contestó la otra chica, nerviosa.
El agua les llegaba hasta la cintura y multitud de objetos flotaban en ella, mientras el torrente no se detenía. Una maceta golpeó a Sora en el brazo, provocando que el llavero resbalara de sus manos. Los tres se sumergieron con cierta torpeza para buscarlo en medio del desastre, pero no era sencillo encontrarlo entre la corriente continua de aquel líquido que parecía dispuesto a cubrirlo todo.
El más joven se acercó como pudo a un rincón y cogió una silla. La alzó con dificultad, tambaleándose un poco, y la estampó contra el cristal del escaparate. En cuanto el vidrio se quebró, el agua fluyó a toda velocidad, escapando hacia el exterior, y los tres amigos fueron arrastrados por ella.
Intentaron respirar hondo unos instantes, arrodillados en el piso, antes de darse cuenta de que algo no cuadraba. En el cielo no había una sola nube; el sol brillaba, como burlándose de ellos, y los transeúntes los miraban con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
—¡¿Qué fue eso?! —chilló Miyako, con la voz rota.
—Pensé que habría llovido mucho, pero no fue así. Debió ser una fuga de alguna cañería —teorizó Iori mientras se ponía en pie. A diferencia de su amiga, él permanecía con la cabeza fría.
Sora se incorporó y pudo ver tras un edificio, asomándose a lo lejos, unas abultadas y oscuras nubes. Se acercaban con una tenebrosa lentitud. Un escalofrío la recorrió entera. Algo le decía que sus problemas con el agua aún no habían terminado.
