Nueva entrega de esta historia, la escritora de este capítulo es ChemicalFairy y, como siempre, la corrección es de Ahiru-san. Del título y las notas pesadas os podéis quejar a asondomar, pero no os paséis mucho xD ¡Esperamos que os guste!
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El castigo de los escépticos
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Juego de niñas
Takeru había puesto su habitación de cabeza tratando de encontrar su libreta de notas. Estaba a punto de perder el juicio, puesto que allí tenía borradores, ideas y pensamientos varios anotados, y la sola idea de haberla extraviado le parecía terrible. Intentaba recordar, desesperado, en dónde la había dejado. «¡Piensa, Takeru!» se dijo a sí mismo, dándose palmadas en la frente, como si eso fuese a servir para refrescarle la memoria.
Y funcionó. Recordó que esa misma mañana había metido la dichosa libreta en la mochila que usaba para ir a la escuela. Rio con nerviosismo por haber hecho un escándalo cuando el objeto que andaba buscando se hallaba en el lugar más obvio de todos. Se dirigió a la sala de estar, y allí encontró su mochila tirada en el suelo. Al recogerla, notó que el cierre estaba abierto, y varios de sus útiles escolares yacían desparramados por el piso, formando una hilera hacia la parte trasera del sofá. Takeru siguió el camino hasta el final y, acto seguido, empujó el mueble para moverlo unos cuantos centímetros de su sitio.
—¿Eh? —se preguntó, extrañado— ¿Qué hace esto aquí?
En el piso estaba su libreta abierta por la mitad, y al lado de ésta había una sucia muñeca de plástico que llevaba puesto un mameluco amarillo pastel. Takeru pensó que se parecía a esos bebés con los que muchas niñas jugaban a ser mamás. Entonces, recordó que no era la primera vez que la veía: aquella muñeca estaba en la casa que fueron a explorar la noche anterior. Cuando la vio por primera vez le pareció bastante fea, tétrica incluso, y seguía opinando igual.
… ¿Pero cómo había llegado a su casa?
Un escalofrío recorrió su espina dorsal.
[*]
—Ya te dije que no me enojaré si admites que fuiste tú, así que no sigas negándolo. A todo esto, linda broma, conseguiste asustarme.
Takeru hablaba con Daisuke por teléfono, reclamándole sobre haber puesto en su mochila la muñeca que hallaron en la casa abandonada. El trigueño le había dicho hasta el cansancio que no había sido él, pero el rubio no quería creerle. Ken llevaba varios minutos escuchando la discusión que sus amigos mantenían por teléfono, ya que había recibido una invitación de parte de Daisuke para que fuera a comer pizza aquella noche con su familia.
—¡Ken también estuvo allí! —dijo el muchacho de cabello granate— Pudo haber sido él, ¿no? Piensa en eso, Takeru.
—¡Yo no fui! —habló Ken desde el sofá, con una nota de nerviosismo en su voz. Tenía una vaga idea sobre lo que podría haber ocurrido, aunque parecía tan… absurda, incluso podría decir fantasiosa. Pero la cosa se ponía seria entre esos dos chicos, así que se vio obligado a intervenir. Dejó a un lado la revista que había estado leyendo, caminó hacia el teléfono y presionó el botón del altavoz.
—¡¿Entonces cómo diantres llegó esa cosa a mi casa?! —gritó Takeru. Por el tono de su voz se podía adivinar que no solo estaba molesto, sino también asustado.
—¡Y yo qué sé! —le espetó Daisuke.
—¿Y… si te siguió? —sugirió Ken.
Los otros dos chicos guardaron silencio un momento. Daisuke rodó los ojos, sin poder creer que su amigo hubiese dicho tal cosa.
—¿Cómo que si lo siguió? Es solo una muñeca vieja y fea. ¿Estás alucinando? —le preguntó, como si quisiera bajarle el perfil al asunto, aunque su tono de voz se oía ahogado. Algo le decía que era una opción que no podía descartar.
De pronto notó que, al otro lado de la línea, Takeru no había vuelto a hablar.
—… ¿Takeru?
Pensó que, probablemente, se habría impresionado con la extraña pregunta de Ken, hasta que notó que en el altavoz se percibía una respiración que iba haciéndose más y más fuerte. Una risa de bebé se escuchó justo antes de que la llamada finalizara.
[*]
—¡El viejo loco tenía razón! ¡Vamos a morir! —gritó Daisuke al aire, en medio de la calle, mientras corría junto a Ken hacia la casa de Takeru. El cielo sobre ellos mostraba un tono anaranjado que se difuminaba con un azul profundo.
Cuando llegaron al edificio donde vivía su amigo, llamaron al ascensor. Colocaron las manos sobre sus rodillas, con la espalda encorvada, tratando de recuperar el aliento.
—Él no dijo que fuéramos a morir, solo que una maldición caería sobre nosotros —objetó Ken mientras esperaban, respirando con cierta dificultad.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, vieron a Takeru tan pálido como un fantasma.
—¡Takeru! —gritaron al unísono.
El muchacho rubio dio unos pasos hacia delante, pero no dijo nada, solo llevó la mirada hacia el techo.
—Maldita sea, Takeru, ¡habla! —le ordenó Daisuke, zarandeándolo para hacerlo reaccionar.
Ken miraba a sus amigos con desconcierto. De pronto, oyó un chasquido a su derecha. El sonido provenía de las escaleras. Al mirar en aquella dirección, toda la sangre abandonó su rostro.
La muñeca estaba allí, arrastrándose por los peldaños para llegar abajo, mirándolos a los tres con esos enormes ojos de largas pestañas plásticas.
—Eh… chicos… —musitó Ken.
Daisuke y Takeru voltearon solo para ver cómo la muñeca se paraba en sus dos piernitas regordetas y caminaba a pasos torpes hacia ellos. Daisuke, Takeru y Ken retrocedieron… hasta que se toparon con la pared.
—Ejejeje —rio el juguete, acercándose a los tres chicos a paso lento. Su risa era infantil y siniestra— EJEJEJEJE.
—¡¿Qué quieres de nosotros?! —le preguntó Takeru, horrorizado.
En su fuero interno, Daisuke dio gracias al cielo de que su amigo no se hubiera quedado mudo y hubiera conseguido decir por fin algo.
—EJEJEJEJEJE.
Y mientras más se acercaba a los tres muchachos, quienes estaban paralizados por el miedo, una idea apareció en la mente de Daisuke. Era algo demasiado obvio. Dio un paso al frente, levantó su pierna hacia atrás y, como buen futbolista que era, le propinó a la muñeca una patada que la dejó estampada en la pared.
—¡Toma eso! —exclamó, victorioso.
Ken y Takeru observaron a su amigo con los ojos abiertos como platos.
—Eso fue… sencillo —opinó Ken.
Takeru volvió a quedarse mudo. Contempló el cuerpo inerte de la muñeca a la distancia hasta que reunió el valor suficiente como para recogerla del piso, espeluznando con ello a sus dos amigos. La observó con detenimiento, hasta que los párpados de ésta se abrieron de súbito. Takeru se asustó y la dejó caer.
Entonces, la muñeca frunció los labios y rompió a llorar.
[*]
—¡NO LO SOPORTO MÁAAS! —estalló Daisuke.
Había pasado al menos una hora y media y el llanto de la muñeca no cesaba. Se encontraban en casa de Takeru, la cual tenía el aspecto de un campo de batalla —solo Dios sabía lo que allí sucedió—, mientras trataban de calmar al extraño bebé… sin éxito.
—Esta es la verdadera maldición —declaró Ken—. Ahora lo entiendo.
Los otros dos chicos no dijeron nada, pero estaban de acuerdo con él.
De pronto, la muñeca dejó de llorar. Los tres amigos se acercaron a ella con curiosidad y…
—EJEJEJE.
