Nuestra sexta publicación y ya queda muy poco para el final. Yo estoy temblando...
Este capítulo es fruto de la colaboración entre Gene y Ahiru-san.
+.+.+
El castigo de los escépticos
+.+.+
Los otros
Taichi hablaba en dirección al videograbador que Koushiro sostenía. El primero disfrazaba su voz, engrosándola e imprimiéndole un gran entusiasmo, como queriendo imitar al presentador de algún programa juvenil, mientras el segundo lo filmaba. Yamato, por su parte, descansaba en el sofá de la sala de estar, revisando el catálogo de instrumentos de una revista de música, a la vez que se preguntaba qué diablos hacía ese par, aunque sabía, por experiencia propia, que lo más conveniente era no indagar.
—Pero qué ruidoso —musitó el muchacho, de manera casi imperceptible.
—¿Alguna vez se han preguntado por qué justamente cuando estamos solos, los fantasmas y seres espirituales deciden visitarnos —ironizó el animado Taichi—, como si quisieran aprovecharse de nuestras vulnerables mentes y de lo fácil que nos asustamos cuando sentimos ruidos extraños en la noche? A continuación, mis colegas y yo les contaremos cómo protegerse en caso de un ataque paranormal —tomó una manta y se tapó con ella—. Este es el búnker anti-espíritus —explicó, enseñando a la cámara la pálida tela que lo cubría de pies a cabeza. Acto seguido, comenzó a utilizar un tono más lúgubre para hablar, intentando hacerse el misterioso—. Los expertos aseguran que si estás solo en casa y te visita alguna criatura del "otro plano", debes correr hasta tu cama y esconderte bajo este infalible búnker protector, ¡pero cuidado! Si, por casualidad, dejas una parte de tu cuerpo al descubierto, eres hombre muerto.
Koushiro no pudo seguir conteniéndose y rompió a reír. Taichi tenía mucha imaginación para aquellas cosas, y las ganas de divertirse y hacer el tonto le sobraban.
—Ya, déjense de pendejadas —les espetó el rubio desde su asiento.
La reacción inmediata de Koushiro fue colocarle pausa a la grabación.
—No seas aguafiestas, Yamato —se quejó el castaño, desprendiéndose de la manta con la que había estado jugando.
—Entonces busquen una manera más inteligente de matar el tiempo. ¿Cuántos años tienen? —inquirió el chico, a modo de reproche—. Y, ahora que lo pienso, ¿no tendrían que estar en sus casas, ustedes? Por si no lo habían notado, se está haciendo tarde.
Taichi arrugó su nariz y entrecejo. Koushiro admitió para sus adentros que Yamato tenía razón, en parte, pero…
—No —respondió el pelirrojo—. De hecho, mamá me obligó a "salir a divertirme" —contó, encogiéndose de hombros—. Según ella, paso demasiado tiempo frente a la computadora. Y tampoco tengo nada importante que hacer, en realidad.
—¿Y por eso tenían que venir a fastidiarme?
—¡Bah! —masculló Taichi, dirigiéndose al muchacho de ojos azules— Como sea. Tampoco tienes que ser tan… mmm —se detuvo un momento a pensar, pero no recordaba el término que quería emplear—… Koushiro, ayúdame: ¿qué palabra debería usar?
—Podría ayudarte —contestó él—, pero no sé qué es lo que quieres decir.
—Es esa palabra —dijo, con una expresión seria y pensativa— que describe a las personas que son canallas, así como Yamato —al ver que el pelirrojo iba a hablar, Taichi levantó un dedo para silenciarlo, puesto que aún rebuscaba dentro de su cabeza, ensimismado—… pero no logro recordar cuál es.
—¿Será canalla? —sugirió el sarcástico rubio, soltando una leve risa socarrona.
Taichi puso los ojos en blanco. Si Hikari no hubiera salido o Sora hubiese respondido al teléfono cuando la llamó, él se encontraría haciendo algo entretenido en casa, de seguro, pero las cosas no salieron como esperaba y, en lugar de divertirse, ahora tenía que aguantar las burlas y quejas del aburrido de Yamato. Cuando quería, ese chico podía ser un pesado.
Tomó asiento junto a él y le clavó la mirada.
—¿Qué quieres? —preguntó Yamato, sin siquiera devolverle la mirada.
—Estoy aburrido —contestó.
—Vuelve a tu casa, entonces. Yo no los invité. Además, no soy tu payaso personal.
Koushiro observaba en silencio, manteniéndose al margen, ya que no consideraba conveniente inmiscuirse en discusiones ajenas. Tomó su cámara y revisó lo que llevaban grabado.
Los otros dos muchachos estuvieron discutiendo hasta que se cansaron de ello, y solo entonces se les ocurrió ver una película.
El resto de la tarde transcurrió en un abrir y cerrar de ojos y, para cuando el cielo se oscureció por completo, los tres amigos se encontraban en la mesa del comedor, jugando a las cartas como un grupo de ancianos jubilados, sin nada mejor que hacer un sábado por la noche.
—Apuesto todas mis fichas rojas —anunció el osado Taichi.
Yamato pasó, Koushiro igual, y todos admitieron para sus adentros que se estaban aburriendo bastante. El castaño se percató de esto y propuso:
—Hagamos otra cosa.
—¿Y qué quieres hacer? ¿Seguir con tu divertidísimo vídeo casero? —inquirió Yamato, sardónico.
«Tal vez», pensó Taichi. Era mejor que estar allí sentados, batiendo el récord mundial de aburrimiento que un trío de adolescentes podría llegar a sentir en sus cortas vidas. Con solo pensar en ello comenzaba a sentirse viejo, como si su esencia vital abandonara su cuerpo lentamente mientras perdía el tiempo de semejante forma.
—¿No te bastó con hacernos entrar a la casa abandonada ayer? —esta vez fue Koushiro quien preguntó.
—¡Yo no fui! —replicó—. Fue idea de Ken —frunció el rostro en un gesto de fastidio y se cruzó de brazos, algo ofendido. Luego, se incorporó y comenzó a caminar.
—¿Te vas? —quiso saber el pelirrojo.
—No, iré al baño —aclaró—. Hace un buen rato que me aguanto las ganas —hizo una pausa—. Esto, Yamato…
—Ya sabes dónde queda, pero, por favor, que quede como lo encontraste —pidió—. No vayas a dejar el mismo desastre de la última vez.
—¡No lo haré! —aseguró Taichi, alejándose a zancadas.
Koushiro observó a Yamato, inquisitivo. El rubio le devolvió la mirada.
—¡Oh, créeme! No querrías saber —le aseguró.
El chico de ojos negros frunció el entrecejo, disgustado, arrepintiéndose de haber sentido curiosidad al respecto. En ocasiones, la imaginación podía ser peor que la verdad misma.
[*]
Taichi bajó la palanca del escusado y se colocó frente al lavamanos. Sentía algo extraño revoleteando en su interior. Desasosiego. Como la vez que rompió el frasco del carísimo perfume de su madre y pasó todo el día con ese mismo vacío en el estómago, temiendo ser regañado y castigado.
«¡Pero si no tengo miedo! Qué tonto soy. ¿Por qué debería?»
—¿Qué te pasa? —le preguntó a su reflejo—. ¿A qué le temes? —contempló su propia imagen en el espejo por unos segundos—. Estamos bien feos —miró las opacas bolsas que se le habían formado bajo los ojos y se las tocó, estirando su piel—, ¡mira esas ojeras! —rio un poco. De pronto, se sintió extraño charlando consigo mismo— Soy un tipo raro, ¿no?
Abrió el grifo y se inclinó para humedecerse el rostro. Cerró la llave de paso para erguirse otra vez, apretando los ojos, y tomó la toalla más cercana para secarse con ella. Al abrir los párpados, se encontró consigo mismo sonriendo, mostrando dos hileras de dientes, saludando con una sacudida de su mano.
Pero el verdadero Taichi no estaba realizando ninguna de dichas acciones.
Sorprendido y asustado, dio tal respingo que su cuerpo chocó contra la pared que tenía detrás y la toalla se le cayó de las manos. Su corazón latía desbocado. Quiso creer que aquello había sido obra de su imaginación, como cuando despertaba a mitad de noche y, somnoliento, llevaba la mirada hacia un lugar indeterminado; entonces, en la oscuridad, le parecía distinguir una extraña figura que se movía, lo cual le provocaba un mini-infarto, pero, al observar con mayor detenimiento, se daba cuenta de que solo se trataba de su ropa amontonada sobre una silla o de sus cosas apiladas sin ningún cuidado sobre el escritorio.
Por suerte, para cuando volvió a mirar el espejo, su reflejo había vuelto a imitar todos sus movimientos, como debía ser.
—Es oficial —se dijo—: estoy enloqueciendo.
Soltó un sonoro suspiro y frotó sus párpados con el dorso de ambas manos. Ya llevaba dos noches seguidas desvelándose y durmiendo poco. Sí, eso debía ser, solo estaba cansado.
Pretendía salir del cuarto y regresar adonde se encontraban sus amigos, pero su mirada se posó una vez más sobre el espejo, sin poder evitarlo. Escrutó la imagen de su rostro con cuidado, incapaz de apartar la vista, como si estuviese bajo un efecto hipnótico.
El Taichi del espejo dio un pequeño salto hacia delante y sus labios formaron un:
—¡Buh!
Taichi abrió los ojos al máximo, espantado.
Estaba claro que no eran imaginaciones suyas.
—¡AHHHHH!
[*]
Yamato y Koushiro aún jugaban a las cartas cuando escucharon chillar a su amigo. Se levantaron de sopetón, pensando que habría ocurrido algo malo. Vieron a Taichi correr hacia ellos, pasando a llevar todo lo que se le atravesaba en el camino. Quisieron preguntarle qué ocurría, pero, entonces, las luces de la habitación comenzaron a titilar.
—¿Qué sucede? —preguntó el pelirrojo, inquieto, mirando a su alrededor.
—Fa-fa-fa… F-F-Fa-fa —tartamudeó el aterrorizado muchacho, escondiéndose detrás de Yamato— ¡F-Fantasma!
—Esta es otra de tus bromas, ¿no? —el escéptico rubio paseaba su mirada de un lado a otro, aunque algo en su interior le decía que aquello no era ninguna jugarreta de mal gusto de Taichi.
La luz se apagó por completo.
—¡AHHH! —gritaron los tres al unísono.
—¡Tengo miedo, Yamato! ¡Abrázame! —pidió el castaño, quien estaba que se orinaba en los pantalones.
—¿Te volviste loco? —soltó— ¡No te me pegues tanto! ¡Das asco!—le espetó, alejándolo de sí.
Las luces se encendieron una vez más. Taichi, Yamato y Koushiro desviaron de forma inconsciente sus miradas hacia el espejo de la sala de estar, en donde sus reflejos reían, dirigiendo sus torvas miradas hacia ellos. Sin darse cuenta, los tres jóvenes habían terminado abrazados, temblando como un flan, y es que incluso Yamato había dejado de oponer resistencia.
—¿Estoy sonriendo? —quiso saber el rubio. Taichi y Koushiro negaron fervientemente con la cabeza.
Los chicos tanteaban sus labios con los dedos para estar cien por ciento seguros de que no estaban sonriendo, pese a que ya lo sabían, dado que la posición de sus cuerpos tampoco coincidía con las de sus reflejos. Y no solo eso…
—Muchachos —la voz de Koushiro se oía temblorosa—, ¿ustedes también ven a esa niña en el espejo?
Sus amigos asintieron con la cabeza. Voltearon a mirar a su izquierda. No había nadie. Miraron el reflejo una vez más.
Y la niña seguía allí.
Taichi deshizo el abrazo y gritó:
—¡YO ME LARGO DE AQUÍIIII!
Los otros dos chicos se miraron entre ellos por un instante justo antes de correr detrás de su amigo, hacia la salida del departamento, como si sus vidas dependieran de ello.
