Penúltimo capítulo. Mil años después, lo sabemos. Recuerden que lo bueno se hace esperar... y que Asondomar es una persona ocupada, ejem. Muchas gracias a Ahiru-san por aguantar y corregir las incoherencias. Y a los lectores, que hacéis la magia posible. Tranquilos, ya salgo del club Disney, pongo música siniestra y presento...

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El castigo de los escépticos

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El principio del fin

—Cric. Cric.

El sonido los perseguía. No tenían escapatoria. Habían intentado esconderse en un autobús, pero los pájaros picotearon los cristales hasta que consiguieron invadirlo. Los muchachos miraban hacia el cielo nocturno y solo veían aves volando en la misma dirección que ellos corrían. Si intentaban cambiar de rumbo, los mismos animales les cortaban el paso, obligándolos a seguir sus caprichos.

—Cric. Cric.

Tendrían pesadillas de por vida con esos desagradables gruñidos, aunque, si estabas cerca de Mimi, apenas podías oírlos debido a sus gritos desorbitados, los que solo detuvo para quejarse.

—¡No puedo más!

—Detente, entonces —sugirió Jou, secándose el sudor de la frente con una mano.

—¡Ni hablar! —replicó— Solo quieres que me detenga para que esos bichos me picoteen el cerebro. No te importa lo que me pase…

—Todo esto es culpa tuya —la acusó—. Yo soy un ser inocente y mis padres me matarán si muero sin haberme presentado a los exámenes de diciembre.

—Chicos, ya cálmense, solo saldremos de esta si estamos unidos —intervino Hikari, haciendo un esfuerzo sobrehumano por respirar. Tras esto, tosió. Sus piernas, doblegándose poco a poco, dejaron de responder. Colocó una mano sobre su pecho dolorido, intentando recuperar el aliento.

—Corre, Hikari, ¡te atraparán! —le advirtió Jou, sin detenerse. Ella, usando su mano libre, les pidió que la dejaran atrás.

Jou y Mimi olvidaron su discusión y volvieron sobre sus pasos a toda prisa para socorrer a la menor del grupo. Parte de la bandada la rodeaba, dibujando un círculo negro sobre su cabeza.

Antes de que pudieran alcanzarla, alguien agarró el hombro de Hikari, llevándosela a un callejón. Jou y Mimi intercambiaron una rápida mirada antes de lanzarse al hueco oscuro y casi imperceptible entre dos edificios por el cual había desaparecido su amiga.

A pesar de que ambos eran más delgados que la media a su edad, solo pudieron entrar de perfil y pegándose mucho a la pared, procurando que sus labios no tocasen el otro extremo. Aun encontrándose así, y junto al olor a orina, humedad y, en general, a huevos podridos —no pudieron detectar el origen—, seguía siendo mucho mejor que salir y enfrentarse a las bestias.

Poco a poco, el cric-cric se alejó.

—¿Taichi? —preguntó Mimi, en un susurro.

—No soy Taichi, soy su gemelo malvado.

—¿Qué? ¡Idiota! No está bien hacer bromas ahora. Para tu información, nos persiguen unos pájaros asesinos.

—¿Pájaros asesinos? Qué maldición tan original —comentó Koushiro. Yamato soltó un largo suspiro—. Seguro que a nadie se le había ocurrido antes una película con eso.

—No es momento de sarcasmos. Ni de chistes. Ni insultos —reprendió Jou.

Hikari ya respiraba con normalidad. Jou todavía no despegaba las manos de su cabeza, preocupado por los posibles picotazos. Taichi y Koushiro intercambiaban miradas, ambos con el mentón apoyado en una mano. Yamato, algo más alejado, se cruzaba de brazos. Mimi...

—¡Ahhh!

—¿Qué pasó? —quiso saber Hikari.

—Jou me acaba de pisar.

Los pies de Mimi recibieron la atención inmediata de todos los presentes.

—¿Por qué vas descalza? —le preguntó Taichi.

—No estoy así porque quiera —se defendió, intentando sacudir su melena, gesto que no pasó de un ligero movimiento de mentón debido a la estrechez del callejón.

Permanecieron en silencio, tratando de averiguar qué ocurría al otro lado.

—Chicos, ya no se oye ningún cric. Tal vez deberíamos salir —propuso Taichi.

—¡No! —exclamaron Jou y Mimi, al unísono.

—No pretenderán que nos quedemos aquí para siempre —razonó Koushiro.

—Nosotros íbamos a la casa embrujada. Algo va mal con nuestros reflejos en el espejo —explicó Taichi, extrañamente relajado.

—La supuesta casa embrujada —puntualizó Yamato.

Koushiro se encogió de hombros.

—Como sea.

—¿Por qué van para allá? —preguntó Mimi, apretujándose a Jou.

Todos miraron a Koushiro, o hicieron un esfuerzo por mirarlo. Parecía poco entusiasmado con dar explicaciones.

—¿Es que ustedes no ven películas de terror? Hay que volver al lugar donde empezó todo.

[*]

Los chicos habían metido a la muñeca fea —a falta de otro nombre— dentro de una bolsa de plástico, que a su vez metieron dentro de una mochila. Trataron de tirarla a un contenedor, pero la mochila volvió rodando y siguieron oyendo lloriqueos procedentes del interior. ¿Cómo estar seguros de que no los asesinaría mientras dormían? Le dieron patadas, la estamparon numerosas veces contra la pared, hasta probaron a calmarla con palabras bonitas y nanas. Nada servía. Estresados, en un estado en que lo último que se veían capaces de hacer era pensar, decidieron volver a la casa. No tenían dudas de que la muñeca pertenecía a ese sitio. Eso sí, decidieron que no se lo contarían a ninguno de los Elegidos mayores, pues ya eran lo bastante grandes como para solucionar sus propios problemas. Ya los entretendrían con su historia cuando todo estuviera resuelto, pensaron.

Daisuke sonreía. A pesar del estrés y la desesperación que le provocó todo aquel asunto en un comienzo, le gustaba estar metido en aventuras otra vez. Ahora pensaba en la cara que pondría Hikari al enterarse de que él había salvado de nuevo al mundo. Daisuke, ese héroe que luchó contra una muñeca. Y estaba el tercer motivo: nada podía molestarlo cuando se trataba de escuchar a Queen, sobre todo si lo hacía con sus auriculares aislantes de sonido.

—Noticiario especial —informó el locutor—: Interrumpimos esta canción para avisar a los oyentes que estamos teniendo unos cuantos problemas con la línea central debido a una bandada de pájaros de raza no identificada que se dedican a tomar el autobús y decir cric-cric. Seguiremos informando.

—Odio cuando cortan mi canción favorita —se quejó Daisuke, cruzando los brazos. Acabado el comunicado, volvió a practicar el air guitar.

—No sé cómo puede apetecerte escuchar música. Todavía no hemos solucionado el problema —le reprochó Ken.

—We will we will ROCK YOU!

—No puedo culparlo —declaró Takeru—. Si tuviera mis auriculares aquí, haría lo mismo.

Ambos se taparon las orejas con sus manos, tenían dos buenos motivos para hacerlo: la muñeca llevaba casi dos horas sin parar de llorar y ellos mismos ya habían llorado demasiado para la edad que tenían.

—We will we will ROCK YOU!

—No sé cuál es peor tortura —dijo Ken.

—¿Estás pensando lo mismo que yo?

Ken asintió. Takeru deslizó con sumo cuidado la mochila en la que habían metido a la muñeca hasta apoyarla en el suelo.

—¿Por qué se detienen? —preguntó Daisuke

Takeru se encogió de hombros. Ken se apresuró a decir:

—Miren, ¿es esa chica Hikari?

—¡Mi amor! —gritó Daisuke. Los otros dos echaron a correr—. Eh, esperen un momento, ¡esa no es Hikari! Ella no era rubia la última vez que la vi, y tampoco tenía tanta barriga…

[*]

—Okey, definitivamente elegí un mal día para hacerme la permanente.

Sora e Iori miraron perplejos a su compañera.

—¿Qué? Solo intentaba ser graciosa.

—¿Te parece un buen momento este? —la amonestó Iori. Al ser el más bajo, el agua comenzaba a llegarle al cuello.

—No puedo evitarlo —se disculpó Miyako. Empezó a temblar, incapaz de controlar su risa—. ¡Vamos a morir!

Sora se tapó los oídos con las manos y cerró los ojos. La maldición del agua los había conducido hasta un pantano en el que quedaron atrapados entre las algas y el barro. Sobre ellos, una nube negra tronaba, y, a lo lejos, la supuesta casa embrujada lucía más tenebrosa que nunca.

—Sora… ¡Iori! —gritó Miyako. Su amiga abrió los ojos para ver como el más joven de los tres se hundía sin remedio. Miyako comenzó a agitarse, Sora la agarró de los hombros.

—¡Te hundirás más rápido!

—No me importa, no puedo verlo desaparecer así. ¡Ayuda! ¡Ayuda! —chilló, desesperada, ante la visión de los cabellos de su amigo flotando en el pantano.

[*]

—¡Esperen! —exclamó Mimi. Sus amigos no se detuvieron—. Alguien tiene que llevarme, recuerden que voy descalza. ¡Jou! ¡Koushiro! No sean malos amigos…

—Vamos, Mimi —dijo Hikari, cogiéndola del brazo—. No hay tiempo para eso.

Sobre sus cabezas, la bandada de pájaros negros formaba una flecha, dirigiéndose hacia la casa encantada.

[*]

—Asco de batería… Qué fastidio, ahora que estaba sonando mi segunda canción favorita… Debería aprender a tocar guitarra, seguro que a Hikari le gustan los guitarristas.

Daisuke trató de divisar a Takeru y Ken. Ni rastro. Sin embargo, no le preocupó estar solo con los llantos de la muñeca. Mucho mejor, pensó, así se las vería con el viejo él solo y el mérito sería aún mayor por haber salvado, sin ayuda de nadie, a toda la ciudad del ataque de la muñeca llorona. Lo único que empezó a preocuparle fue que la policía pudiera sospechar de él, alertados por los chillidos procedentes de su bolsa.

A pocos metros de la vieja casa abandonada, los gritos se hicieron más potentes.

—¡Esto es insoportable! —estalló, propinándole una patada. La mochila se perdió en el interior del bosque.

Daisuke palideció. Empezaba a oscurecer, y enfrentarse a la muñeca en el bosque, donde ésta podría ocultarse con facilidad entre los hierbajos, no parecía una buena idea, ni siquiera para él. Pero ¿qué hacer? ¿Marcharse y decir que todo estaba solucionado?

—No, eso no es lo que haría Taichi —reflexionó en voz alta, sacándose los auriculares de las orejas y dando un paso hacia delante.

El aullido de un animal acompañó su segundo paso. Y su media vuelta.

Pese a todo, los gritos de una muchacha le hicieron cambiar de idea.

—¡Ya voy, Hikari! ¡Yo te salvaré!

No había nada que pensar.

—Yo te salvaré —repitió, abriéndose camino entre las ramas y el terreno inestable.

Cuando estaba a punto de llegar, tropezó con una piedra, dándose contra el suelo y embarrándose la cara.

—EJEJEJE.

—Daisuke, ¿estás bien? —le preguntaron con dulzura.

—¡Te salvé! —exclamó el chico, todavía conmocionado por el golpe. Se limpió los labios con el costado de su brazo y los llevó a la cara de la chica.

—¡Asqueroso! —le espetó, empujándolo— ¿Qué haces?

Daisuke se frotó los ojos.

—¿Miyako? —la chica asintió— ¿Sora? Y esta es…

—Iori —se apresuró a corregir él mismo—. ¡No soy una chica! —protestó.

—¿Dónde está Hikari?

—Hikari, Hikari —repitió Miyako, fastidiada—… Estuvimos a punto de morir y solo te preocupa dónde está Hikari. ¡Y yo qué sé dónde está! Vamos, tenemos que buscar a ese viejo horrible antes de que nos salgan branquias.

Sora le tendió una mano y lo ayudó a ponerse en pie. Daisuke retrocedió, atemorizado, pues en la otra mano, Sora sostenía a la muñeca diabólica.

—Nos salvó —explicó—. No se hunde en el barro.

—Es indestructible —declaró Iori, balanceándose entre la maravilla y el horror.

[*]

—Mira el lado positivo: te ensuciaste tanto las piernas que nadie nota que no llevas zapatos.

—Muy gracioso, Taichi. Estoy hartisisísima del lado positivo.

Se detuvieron a diez metros de la puerta señorial. Algunas de las aves negras se habían posado sobre el tejado y los marcos de los ventanales. Parecía que en cualquier momento iban a convertirse en piedra. Las demás volaban formando un gran círculo alrededor del recinto.

La casa les parecía más terrorífica que la última vez, hasta daba la impresión de que las paredes habían crecido, pero ninguno quiso admitir que estaba asustado. Tragaron saliva al mismo tiempo.

—Ya llegamos —habló Mimi, incapaz de estar callada—. ¿Y ahora qué?

Todos miraron a Taichi.

—Sí, Koushiro, dinos, ¿ahora qué? —preguntó, desviando la atención.

—Habrá que entrar —respondió con sencillez.

—Está bien, entremos —pronunció Taichi, pero nadie se movió de su sitio.

Yamato puso los ojos en blanco y se acercó hasta la puerta.

—¡No, Yamato, no hace falta que te hagas el valiente! —le dijo Jou— Yo te acompañaré.

El resto del grupo comenzó a caminar tras Yamato. Jou seguía hablando desde el exterior, pero ya nadie lo estaba escuchando.

—Y recuerden —habló Koushiro—: lo más importante es que el grupo no se separe. Siempre que alguien se separa en las películas de terror, acaba muerto. Claro que esto no es una película…

—¡Esperen! —gritó Jou.

—Vamos, Jou —susurró Hikari, enigmática, volteando hacia él—. No pretenderás quedarte solo.

[*]

Sora estornudó por enésima vez. Tenían una nube ridículamente pequeña sobre sus cabezas que no dejaba de soltar gotas de agua helada.

—¿Y no se les ocurrió traer un paraguas? —quiso saber Daisuke, embarrado, aunque seco. La nube no le afectaba. Las chicas lo fulminaron con la mirada—. Oh, es verdad, olvidé que los paraguas en interiores dan mala suerte.

—¿De verdad crees en esas cosas? —le preguntó Iori.

—EJEJEJE.

—¿Hola? ¡Tenemos una maldita nube sobre nuestras cabezas y estamos dentro de una casa embrujada! —chilló Miyako, apoyada por los asentimientos de cabeza de Sora—. A partir de ahora, dejaré de creer en la ciencia.

Los chicos le dieron la razón. Sí, las venas del cuello de Miyako daban más miedo que esas paredes agrietadas y los crujidos de madera.

[*]

Koushiro se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Mimi, que llevaba un buen rato agarrada a su brazo.

—Tengo un mal presentimiento.

—¿Sobre qué? —quiso saber Taichi, agitado.

—Siento que alguien ha dejado de creer en la ciencia. Hum… es extraño.

Mimi y Taichi se miraron, alarmados por los locos comentarios de Koushiro. El grupo llegó a una habitación que se veía iluminada por la luz de la luna reflejada en un espejo. Taichi divisó su perfil en él y, con fuerza, lanzó la única linterna que tenían. Como resultado, ambos objetos quedaron inservibles.

—¿Se puede saber qué haces? —gritó Mimi.

Empezaron a interrumpirse, una discusión sobre quién se estaba comportando de un modo menos acorde a su edad. Su conversación no tenía sentido, pero al menos ayudaba a escapar de ese ambiente tan siniestro. Koushiro seguía en silencio, pero a nadie podría extrañarle ese detalle.

—No se preocupen —dijo de pronto, rescatando un tema de conversación que había quedado olvidado—. A decir verdad, siempre he pensado que llevar una linterna es poco inteligente. Es la mejor forma de que los asesinos sepan dónde encontrarte.