Capítulo final. Los lectores merecen saber que se alinearon todos los planetas para que hoy se pudiera publicar esto. Y aquí está: algo más de un año después de comenzar a escribir esta historia. Lo cierto es que escribir un fic entre tantas personas no es nada fácil, pero sí muy divertido.
La autoría de este capítulo corresponde a Asondomar y a Ahiru-san, aunque realmente corresponde a todas, porque con cada capítulo el fic se definió y los elementos que cada una aportó se conjugan en este final.

Muchísimas gracias por esperar y leer:

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El castigo de los escépticos

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¡Es el fin!

La puerta de entrada se cerró con brusquedad por acción del viento. La onda expansiva del sonido perturbó a todo ser que se hallara cerca. Hasta los pájaros que habían permanecido inmóviles en su fachada echaron a volar.

—Empiezo a preguntarme si esto fue una buena idea —murmuró Ken, a pocos centímetros de la entrada.

—¿Qué cosa? —lo interrogó Takeru—. ¿Volver aquí? ¿Dejar a Daisuke con la muñeca? ¿Celebrar Halloween?

—¿Crees que habrá venido hasta aquí solo?

—Estoy seguro. Pásame la linterna un momento, recuerdo que aquí había algo...

[*]

Taichi y Mimi interrumpieron su debate infantil cuando Yamato se percató de algo.

—Chicos, ¿no venían Hikari y Jou con nosotros?

Guardaron silencio, esperando a que alguno de ellos dijese un tímido «estoy aquí».

Nada ocurrió.

—Tenemos que encontrar a mi hermana —declaró Taichi, poniéndose nervioso.

—Y a Jou —añadió Yamato.

—Sí, y a Jou. ¡HIKARI!—gritó.

—Ese es otro error común en las matanzas: los protagonistas comienzan a gritar y, para el asesino, es fácil localizarlos —explicó Koushiro a Mimi, quien comenzó a preguntarse si su amigo no sería un Dexter en potencia—. Mimi, mírate… estás temblando, seguro que es por el frío, no deberías andar descalza.

—¡HIKARI! —siguió gritando Taichi.

[*]

—¿Hikari? ¿Dónde? —preguntó Daisuke, un héroe particular. Acto seguido, apresuró el paso sin un rumbo fijo.

—Daisuke, ¡vuelve aquí! —lo llamó Sora, antes de que Miyako resbalara con un charco de agua.

—¿Estás bien? —le preguntó Iori—. No quería decir nada para no asustarlos, pero escuché cómo se abrían los grifos de la cocina.

—Pues la próxima vez que un viejo loco juegue a las maldiciones con nosotros y escuches cómo se abren los grifos de la cocina, ¡di algo! —lo reprendió Miyako, a pesar de que solía ser amable con Iori.

—¿Quién tiene a la muñeca? —quiso saber Sora, alargando las manos, tratando de buscar algún sitio donde apoyarse.

—Vámonos de aquí, volvamos mañana —susurró Miyako, levantándose.

Las luces se encendieron de golpe.

—¡Tú no eres Hikari! —pudieron escuchar desde otra habitación.

Y luego, un grito.

[*]

—Sabía que aquí estaba el interruptor general. En las casas antiguas suele estar cerca de la entrada. ¿Curioso, eh? —dijo Takeru, sacudiendo sus manos.

Tras esto, se giró hacia Ken con una sonrisa triunfante. Ken no parecía compartir el entusiasmo del electricista amateur.

—¿Qué pasa? ¿Tengo algo malo?

Ken tan solo abrió más los ojos.

—¿Debería girarme?

Detrás de Takeru, Jou yacía en el suelo, inconsciente.

[*]

—¡Ahhhhhhh! ¡Qué horror! —chilló Mimi tras chocar contra Daisuke y la muñeca—. Menudo espanto.

—Vamos, no es la muñeca más bonita del mundo, pero tampoco es para ponerse así —dijo Daisuke, poniéndose paternalista de pronto.

—¿La qué? —preguntó Mimi.

—¡HIKARI!

—¡Taichi, no te separes! —le advirtió Yamato.

La muñeca comenzó su llanto incontrolable.

[*]

En la entrada, los cuerpos de Ken, Takeru y Jou yacían en el suelo. Los tres tenían los ojos abiertos, pero no podían moverse, ni siquiera parpadear.

—¡HIKARI! —gritó Taichi, bajando por las escaleras. El resto de los chicos lo seguían.

Por su parte, Iori, Sora y Miyako también habían buscado la procedencia de sus gritos. Por suerte para ellos, no los acompañaba el asesino en serie del que Koushiro había advertido.

—Hikari, ¡buf! Menos mal que te encuentro. Vamos, baja de ahí, anda, que te puedes hacer daño.

—Taichi —se atrevió a decir Koushiro luego de un largo silencio colectivo—, no sé si es muy obvio esto, pero tu hermana está levitando.

—No es justo —se quejó Mimi—. Mis pies están asquerosos y ella puede volar como si nada.

—¡Silencio! —dijo de pronto la Hikari flotante, con una voz mucho más profunda de lo habitual.

—Será «silencio, por favor», ¿no? —corrigió Sora. Hikari ignoró su voz.

—Ya han visto cuál es mi poder. Miren a sus amigos en el suelo, ese es el poder que el gran amo me otorga. Puedo controlar las mentes… las personas, los animales, los objetos. Puedo controlar incluso los fenómenos atmosféricos. Os estaréis preguntando quién soy… yo sumo más años que todos ustedes juntos. Yo…

—¿Por qué nos hacen esto? —chilló Miyako, sin poder controlar los nervios.

—Porque la bestia está muy enfadada, quiere volver a su casa y… porque puedo —susurró la Hikari flotante. Dichas esas palabras, se desmayó y cayó al suelo. Daisuke y Taichi se acercaron para socorrerla.

Al poco tiempo, los chicos que estaban inconscientes recuperaron el color.

Cuando Hikari despertó, no recordaba nada.

—¿Qué habrá querido decir con la bestia? —se preguntó Koushiro. Le brillaban los ojos. Estaba fascinado con el rumbo que había tomado la situación. Los demás se apartaron ligeramente de su lado—. La bestia, la casa…

—¡Arg! Siempre me pasan cosas malas —se quejó Mimi. Acto seguido, sacó un pequeño objeto de su bolsillo y lo lanzó sin mirar adónde, con tan mala suerte que golpeó a Jou en la rodilla.

—¡Ay! ¿Qué haces? —le preguntó, agarrándose la pierna.

—Eh… chicos —comenzó a decir Iori—. Koushiro… —dijo, mirando al pelirrojo, quien seguía con la mano en la barbilla y la vista en el techo, murmurando la palabra "bestia"—. Daisuke… —. Iori siguió diciendo nombres sin obtener respuesta.

—Perdona, Jou, no fue mi intención. Solo quería deshacerme de ese estúpido pájaro que cogí… prestado. Solo me ha dado mala suerte. Es como si fuese una maldición.

—¡Es el dije que encontraste en el sótano! —exclamó Hikari, ya repuesta del episodio paranormal, reconociéndolo de inmediato.

—Mimi, eso es robar, y sabes que no es correcto —la regañó su amigo—. Al igual que arrojarle cosas a la gente.

—Oh, vamos. Seguro que a nadie le importa.

—Además, ¿no habías dicho que era horrible?

—Ese era el dije de porcelana que había encontrado Hikari —lo corrigió—. Este era mucho más bonito que el otro, además de que…

—¿Eh? ¿Y si esa era la causa de la maldición? —habló Yamato, quien ya había dejado de ser un escéptico.

—Chicos… —dijo Iori.

—Claro, tiene sentido —dijo Ken—. ¿Vosotras qué pensáis? —preguntó a Sora y Miyako, quienes tiritaban a causa de la humedad.

—¡Lo tengo! —exclamó Koushiro de pronto—. No me pregunten de dónde ha venido la idea, pero es posible que el objeto que Mimi robó…

—¡Cogí prestado! —corrigió.

—Sí, bien. Es posible que ese sea el causante de la maldición. Existen muchas leyendas acerca del poder de los objetos personales.

—Koushiro, ¡eres un genio! —exclamó Taichi.

—¡Pero si eso es lo que he estado diciendo yo! —alegó Yamato.

—Yamato, no seas envidioso —lo reprendió Sora—. Tú ya tienes el pelo bonito, no tienes que ser listo.

—Sabía que Koushiro, tarde o temprano, dejaría de creer en la ciencia —murmuró Miyako—, al igual que yo —concluyó en un susurro.

—¡YA ESTÁ BIEN!

Todos se giraron hacia donde Iori se encontraba, alarmados por la severidad de su voz.

—¡Estoy harto de que me ignoren! Lo que intento decirles es que…

En ese instante, una fuerte corriente de agua rompió la puerta y arrasó con la habitación.

[*]

«Por lo menos el agua me lavará los pies» pensó Mimi. Odiaba sentirse sucia.

«Es el momento de ser un héroe» pensó Daisuke.

«Definitivamente, no vuelvo a proponer nada» pensó Ken.

—¡Por aquí! —exclamó Yamato.

—Chicos, salgan por esta ventana —dijo Takeru.

Salieron uno a uno, ayudándose entre ellos, por la ventana que Takeru había indicado, para disgusto de un Daisuke con las esperanzas agotadas de ser el héroe del día.

En el exterior, los pájaros piaban, inquietos. El grupo de amigos tenía la mirada fija en sus alas, las cuales batían, amenazadoras.

El suelo tembló. El agua comenzó a salir por las ventanas, las puertas, la chimenea. Los muros cayeron. Se formó una gran nube de polvo que hizo toser a los chicos. No veían nada. Se llamaban unos a otros para cerciorarse de que ninguno había resultado herido.

Sonaron unas campanadas. Daban las doce.

Cuando el humo se disolvió, la casa, el agua y los pájaros habían desaparecido.

[*]

Al día siguiente, decidieron volver. No habían dormido nada bien la noche anterior. Necesitaban una explicación. Las visiones del espejo, los problemas con el agua, las posesiones, no podían ser solo imaginaciones suyas. No podían.

—¡Ahí están! —gritó alguien. Todos miraron a su alrededor, buscando la procedencia de la voz.

—Pero si es el viejo —masculló Daisuke.

—¡Se los dije! ¡Se los advertí!—susurró él, con la respiración acelerada y los ojos desorbitados. Lucía igual que la última vez que lo habían visto: sucio, desgreñado y vistiendo harapos. Mimi volvió a reparar, asqueada, en ese único y enorme diente que se asomaba por su mandíbula inferior.

—¡Ya basta! ¿Qué es lo que quiere de nosotros? —casi gritó Sora, turbada.

—¡Quisieron jugar con fuego y acabaron quemados! ¡Niños tontos! ¡Todas esas desgracias las podrían haber evitado si solo me hubieran escuchado!

—Lo sentimos, tendríamos que haberle hecho caso —admitió Yamato, para sorpresa de todos, menos de Taichi y Koushiro. Después de la experiencia con los espejos, los tres se habían abierto de mente de forma involuntaria.

—¡Señor! —alzó la voz Iori— Ya que nadie ha querido escucharme a mí tampoco —declaró, resentido—, me encargaré de hacer lo que tenía planeado desde ayer.

Aquellas palabras parecieron intrigar a aquel hombre, quien se limitó a observarlo en silencio.

El más pequeño del grupo hizo una pronunciada reverencia y pidió:

—¡Por favor, quítenos la maldición!

Nadie dijo nada durante unos instantes, hasta que el sujeto soltó una macabra carcajada que causó que a todos los muchachos se les erizara la piel. Cuando recobró la calma, explicó:

—No soy yo quien se encarga de eliminar las maldiciones. Si pude maldecirlos hace dos noches fue porque ellos me dieron el poder.

—¿Quiénes son "ellos"? —inquirió Taichi, dirigiéndole una mirada suspicaz.

Entonces, todos escucharon algo todavía más perturbador que la siniestra risa del viejo:

—EJEJEJE.

Los ojos del anciano se abrieron como platos.

—¡No! —gritó, comenzando a retroceder— ¡NO!

La muñeca daba torpes pasitos con los brazos estirados hacia delante. Koushiro observó la escena con gesto serio y extremo interés. Taichi y Yamato se colocaron en posición protectora frente al resto del grupo, haciendo de barrera. Daisuke intentaba decirles que no debían temerle a la muñeca. Jou, por su parte, se preguntó dónde demonios había dejado sus sellos mágicos y a qué deidades protectoras no les había rezado aún.

—¡POR FAVOR, NO! —continuó suplicando el viejo, quien había tropezado en su torpe intento por huir marcha atrás. Ahora observaba, desde el suelo y con profundo terror, al juguete que se encontraba cada vez más cerca de él.

Un último grito rasgó el aire. El hombre que los había molestado con sus ominosas predicciones yacía inconsciente en el suelo junto a la inerte muñeca.

Todos permanecieron inmóviles, sintiendo que se les había helado la sangre. Nadie apartó la vista de ambos hasta que Hikari rompió el silencio:

—Este es el único cuerpo cercano que me resulta cómodo y a través del cual puedo hablar —explicó, impasible, mientras comenzaba a levitar otra vez —. Tiendo a olvidar que los objetos inanimados no tienen cuerdas vocales —los demás observaron, anonadados, a Hikari levitando mientras hablaba—. Ya que la bestia está en paz, todo ha vuelto a la normalidad.

—¡No tan rápido! —exclamó Taichi.

—¿Qué deseas, mortal?

—Exijo saber la verdad detrás de todo esto. No sé quién seas, pero nos llevamos un buen susto por la maldición que nos lanzaron, así que merecemos que nos aclaren la situación, aunque sea un poco. Y deja de usar a mi hermana, ¿quieres?

La Hikari poseída sonrió por primera vez.

—Luego de que nuestro hogar fuera profanado y nuestro guardián provisorio nos fallara, caímos en la cuenta de que no nos conviene seguir aquí. No teman, puesto que hemos comprobado que ustedes son seres de buen corazón a pesar de sus errores y, por tanto, hemos decidido remover la maldición. Ahora debemos buscar un lugar nuevo y a otro guardián, ya que este último demostró ser un incompetente.

Los muchachos voltearon para mirar al anciano, quien seguía desmayado, comprendiendo de pronto cuál había sido su función en todo el asunto de las maldiciones.

—¿Y quiénes son ustedes? —se atrevió a preguntar Koushiro, cuya curiosidad era insaciable, y más aún después de todo lo que había vivido en las últimas horas.

—Lo único que de verdad nos interesa es encontrar el sitio ideal para erigir allí nuestro hogar perfecto.

—¿Eso significa que ustedes crearon esa casa? —captó Miyako— ¿Por eso fue tan sencillo que la hicieran desaparecer?

—Deberían construir casas que resulten menos sospechosas —sugirió Takeru, a modo de reproche—, así a nadie se le ocurriría entrar.

Ken se dio por aludido y agachó la cabeza al escuchar aquel comentario, pese a que su amigo no lo había dicho con mala intención.

—Más encima, nos dieron un susto de muerte —masculló Daisuke—. Aunque la muñeca no resultara ser tan mala como creíamos, no fue para nada gracioso.

—Somos capaces de todo con tal de encontrar lo que nos pertenece —habló el espíritu a través de su amiga.

—¡Y todo esto fue culpa de Mimi! —acusó. Ella no fue capaz de decir nada para defenderse.

—Fuera como fuese, ¿no podían, sencillamente, decirnos que solo querían que Mimi devolviera el estúpido dije? —se quejó Yamato.

—Nunca subestimen los poderes del gran amo.

Y eso fue lo último que pronunció el espíritu a través de Hikari.

[*]

Cuando el anciano recuperó el sentido, los chicos seguían allí.

—Su hogar perfecto…, las maldiciones…, los poderes del gran amo —repasaba Koushiro en voz alta, fascinado—,… esa tendencia a evitar darnos respuestas demasiado directas…

—Koushiro, das miedo —le espetó Miyako—, deberías parar ya.

Jou todavía no lograba reponerse del impacto de haber visto a la muñeca reír y caminar por su cuenta. Sora y Mimi trataban de calmarlo e infundirle ánimos, pero su amigo parecía tener la cabeza en otro lado.

—¡Sabía que el ibuprofeno era necesario! —estalló Jou, de un momento a otro— ¡¿Por qué demonios tuve que olvidarlo justo ahora?!

—Jou, deberías descansar —le aconsejó Sora—, estás hablando incoherencias.

Taichi se había encargado de asistir a su hermana menor, quien nuevamente no recordaba nada de lo que había sucedido mientras la poseyeron, pero se encontraba bien.

De pronto, dos hombres uniformados aparecieron y se acercaron a los chicos.

—Estamos buscando a este sujeto. ¿Lo han visto? Es un hombre de tercera edad con aspecto insalubre que ha estado molestando a los vecinos durante los últimos días. Hemos recibido bastantes quejas y…

La foto que les colocaron en frente mostraba la cara del viejo, quien comprendió de inmediato lo que estaba sucediendo, a pesar de no haber visto la imagen. Reaccionó de manera brusca, levantándose de golpe y haciendo ruido con ello. Los policías captaron su presencia y corrieron hacia él, gritándole cosas como "¡alto allí!" y "¡no huyas!".

—¡Nunca me atraparán! —declaró el anciano.

El grupo de amigos observó a los tres hombres hasta que estos mismos doblaron una esquina y los perdieron de vista.

Después de aquella escena, algunos echaron a reír, sin embargo, otros no eran capaces de hacerlo.

—Eh, chicos —habló Taichi—, ¿qué les parece si vamos a mi casa?

Casi todos apoyaron la moción, excepto Jou, que no dijo nada puesto que todavía no conseguía reponerse, e Iori, que se sentía inquieto sin saber por qué.

El sitio quedó abandonado una vez más. El terreno baldío lucía como si la casa embrujada nunca hubiera estado en aquel lugar.

—EJEJEJEJE