Capitulo II
—¿Cómo se llama?
—Konohamaru —Respondió el viejo.
—¿En que es bueno; ha trabajado antes en baños?; yo necesito gente aguerrida que le guste el trabajo pesado.
—Él sabe trabajar.
—Bueno ya está hablado, que se quede. Las condiciones son beneficiosas, veinte ryō al mes y una comida los días de trabajo. Trabajará un día sí y otro no; además, no debe flojear.
—No lo hará, se lo aseguró… —dijo ya irritado el pobre anciano.
—Bueno, que comience hoy mismo —ordenó el amo. Un tipo obeso que cursaba ya la tercera edad de voz muy ronca, que le gustaba vestir un sucio frac como el que usaban de uniforme los mesoneros y botones; volviéndose a la dependiente que se encontraba a su lado tras el inmenso mostrador de roble, le dijo: —Cixci es la dependienta, ella acompañara al muchacho a los lavaderos, dile a Wu que le dé el trabajo de calderero —La dependienta dejó sobre el mostrador el lapicero con el que estaba anotando con raro entusiasmo las cuentas del día, y con un movimiento de cabeza le indicó a Konohamaru que la siguiera. Atravesaron la resección y el comedor en dirección a la puerta lateral que conducía a la lavandería y los baños termales del hostal. Konohamaru caminaba tras ella. Y detrás de él un débil anciano le acompañaba presuroso, tropezando como torpe con el manojo de tela que le colgaba de la cintura que usaba como ropa; mientras le murmuraba al pelinegro:
—Pórtate bien, no hagas estupideces como llamar la atención.
Parando su paso al terminar lo dicho; siguiendo al joven con la mirada, encaminándose al fin hacia la salida.
En el lavado se trabajaba de manera incesante; sobre los sacos de ropa sucia se erige una verdadera torre de telas y harapos mugrientos de los huéspedes de la posada. Que culminaba en una fila de varias mujeres encargadas de restregar con piedras de jabón la ropa. Y aun así, con toda la ropa que había en el lugar, lo que llena hasta el techo de la lavandería es el vapor que despedían cientos de lugares distintos, desde los secadores, tubos extravagantes y un sinfín de baldes rellenos con agua hirviente. Al principio, Konohamaru no pudo distinguir los rostros de las mujeres que allí trabajaban entre tanto humo blanco, a diferencia de su país natal, el color de piel predominante en esa área montañosa, era una piel oscura en muchos casos con tonalidades acarameladas, cosa que no le irritaba pero le hacía relucir como farol que alumbraba entre esa niebla; algo que no debía suceder tal y como lo dijo el anciano. Sin saber qué hacer ni en dónde meterse permaneció de pie en medio de aquel salón. La dependienta Cixci notando su incomodidad se acercó a una de las mujeres que fregaban los interiores de alguien y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:
—Aquí tienes, Wu. Explícale lo que hay que hacer —Dirigiéndose al pelinegro y señalando a la mujer a quien acababa de dar el nombre de Wu, agregó —. Ella es la jefa. Haz lo que te diga.
—Bueno— respondió en voz baja Konohamaru, mientras le lanzaba una mirada interrogativa a Wu. Ésta, enjuagándose en sudor de su frente, le miró de arriba a abajo, como apreciando sus cualidades y subiéndose la manga que se había resbalado más abajo del codo dijo con voz sonora y dulce.
—Tu trabajo, querido, no es nada difícil ni complicado; consiste en alimentar las calderas del sótano desde la mañana hasta la siguiente, y debes procurar que en ellas haya siempre agua hirviendo. Como es natural, tienes que buscar y partir la leña. Después y cuando sea necesario, lavaras con nosotras.
—¿Solo eso? —Dijo burlesco el genin —. No te creas indestructible, amor, hay trabajo de sobra —dijo la mujer de espalda ancha y cabellos rojinegros, recargando sobre los hombros del pelinegro el figurativo peso de quien se ofrece. Pero Konohamaru no le dio mucha importancia al asunto. En cambio se concentró en el rostro de la muchacha empapado de sudor por el ajetreó del oficio, no siendo ni mucho menos un retrato vulgar, su hermoso rostro de nariz perfilada casi greca junto a sus amplios atributos, hicieron que Konohamaru se sintiera en la "Flor de la juventud".
—¿Y qué debo hacer ahora, one-san? —La explosión de risa de las mujeres que trabajaban en los lavados ahogó sus palabras.
—¡A Wu le ha salido hijo! ¿Qué vas a hacer, cambiarle los pañales? —Reía Wu más fuerte que las otras antes los comentarios indecorosos.
Ya completamente turbado, Konohamaru se volvió hacia la regordeta mujer que burlo sus palabras y preguntó —. ¿Qué debo hacer ahora? —Pero la señora tomo la dispuesta pregunta con una sofocada risa. —. Pregúntaselo a tu one-san, ella te cuidara— Y, dándole la espalda, corrió hacia la puerta que conducía al comedor dispuesto a irse.
—Ven aquí, ayuda a restregar la ropa— Oyó Konohamaru de una de las mujeres, ya entrada en años de ancianidad, que estaba fregando.
—¿Te gusta fregar, ha qué no?, Toma —Ordenó al joven mientras le pasaba un tosco jabón.
—Sujeta la manga con una mano y con la otra mano sostienes el lado contrario, de manera que quede bien tirante, y pasa la piedra por el borde procurando que no quede ni rastro de sucio. Aquí son muy rigurosos en esto. Los clientes examinan por obvias razones sus ropas y si los encuentran sucios, la dueña en un dos por tres, te tira a la calle.
—¿La dueña? —Dijo Konohamaru, sin comprender —. Fue el dueño quien me contrato— la madura señora rompió en risa ante el comentario inocente del adolescente.
—Aquí el dueño, no hace nada, es un viejo que está más interesado en escuchar la radio que en dirigir la gerencia. La dueña en cambio es la cabeza de todo el negocio; por suerte, hoy no está…— La puerta del lavado se abrió y entraron tres botones con montones de ropa sucia.
Uno de ellos llamado Shi Huang, ancho de espaldas pero de cara fina, de mirada recta, apresuró.
—¡El turno está terminando y ustedes están descansando!— Y mirando a Konohamaru pregunto —. ¿Quién es éste?
—Es el nuevo —respondió Wu.
—¡El nuevo!; pues mira— Su pesada mano cayó sobre el hombro de Konohamaru y le empujó hacia la entrada del sótano, abrió la puerta y juntos bajaron por las escaleras. Ante el inmenso calor, el jefe de botones abrió la pequeña ventanilla en el borde de la pared, al hacerlo el congelado viento combinado con escarchas de nieve invadieron la habitación.
—Siempre debes tenerlos listos, y como ves, uno se está apagado y el otro apenas tiene agua. Por hoy te lo dejo pasar, pero si se repite mañana, te doy una buena. ¿Comprendes?
Sin mediar las palabras, Konohamaru emprendió su misión con las calderas. Comenzando así su vida de trabajador, dándole muerte temprana a su antigua existencia como ninja. Konohamaru nunca se había esmerado tanto como en aquel, su primer día de trabajo. Comprendió que ese frió lugar no era su anhelado hogar. El botones le había dicho claro que si no obedecía, le rompería el hocico, cosa que dudaba que lograra pero que no lo salvaría del despido.
Duro todo el día buscando y cortando la leña, rellenando de agua los hervideros cuando esta se evaporaba, y haciendo cualquier diligencia que le mandaban. A las siete de la mañana, agotado por la noche de insomnio y el interminable ajetreo, Konohamaru entregó las calderas hirviendo al jovenzuelo de turno, un muchacho cachetón, de ojos empequeñecidos ante su carnosa cara.
—¡Vaya! un chico idiota; se sobre esfuerza como un loco. Se nota que lo han enviado a trabajar por necesidad.
—Es un chico diligente —dijo Wu —. No hay que arrearle como otros para que trabaje.
—Pronto se cansará —respondió gordo—. Al principio todos se esmeran...
Después de asegurarse de que todo estaba en orden y de que las maquinas hervían, el gordito hundió las manos en los bolsillos, y con aires de superflua superioridad; Y dirigiendo su maliciosa miranda al Sarutobi, dijo en tono que no admitía objeciones.
—¡Eh, tú, idiota! mañana ven a relevarme a las seis.
—¿Por qué a las seis? — Preguntó Konohamaru. — El relevo es a las siete.
—¡Valiente pordiosero, acaba de entrar a trabajar, y ya hasta está dirigiéndome la palabra!—
La voz insolente y la conducta provocadora del muchacho enfurecieron al genin. Dio un paso hacia su compañero de faena, disponiéndose a deformarle el rostro, pero el miedo a ser despedido, ya en el primer día, le contuvo.
—Ni te atrevas conmigo, pues podrás terminar escavando tu propia tumba.
Su adversario dio un paso atrás, retrocediendo hacia la caldera y mirando con asombro al enfurecido Konohamaru. No esperaba una réplica tan amenazadora, que debido a algo incomprensible, le aterro.
—Bueno, eso lo veremos— Masculló.
Ese primer día había terminado sin novedad extra, y Konohamaru se dirigió su casa con el sentimiento del hombre que se ha ganado honradamente su descanso. Pero su casa no era más que una caja de latón y maderas viejas; a pesar de poder elaborar algo mejor el anciano, su serio guardián, le prohibió llamar la atención de forma alguna. Y que debía comportarse como un simple joven del sur.
Konohamaru se pasó dos meses embarrado en aquel trabajo. Los baños, el fregadero y las calderas fue su cárcel en esos sesenta y un días. En el sótano bullía un trabajo intenso. Se esforzaba más allí que cualquiera. Sin lograr aumento en su salario alguno por haberle echado barro en el frac del todopoderoso jefe de botones y camareros, a quien no le agradaba ni un ápice aquel muchacho intratable, del que en cualquier momento se podía esperar una reacción peligrosa si se le alzaba un poco la voz de mala manera.
En las horas de gran movimiento en la posada los botones corrían como unos desquiciados con las maletas, saltando cada obstáculo por pequeño que fuese, un acto que se ganaba las risas canallas de las mujeres que allí trabajaban. Pero por las noches, cuando terminaba el trabajo, los camareros y botones se reunían en el comedor, juntando algunas mesas. Comenzaba un juego inacabable de mahjong.
En más de una ocasión, el ya subnutrido Konohamaru vio el gran cumulo de billetes sobre las mesas. Aquella cantidad de dinero no le asombraba, pues sabía que cada uno de los camareros y botones, en sus horas de servicio, recibía de treinta a cuarenta ryō de propinas. De tres en tres, ryō a ryō. Acumulaban esa cantidad. Y después se emborrachaban y se jugaban el dinero. El hambriento Sarutobi, no escondía su rabia ante eso, mientras a él le pagaban un mísero sueldo solo comparable con la pésima comida a base depapa y arroz. No se podía dar ningún tipo de lujos en sus inaguantables condiciones de precariedad.
—¡Malditos!— Pensaba —. Yo me rompo el lomo por veinte míseros ryō mientras que éstos apuestan lo que no quieren pagarme. Solo porque cargan lo que la gente no quiere llevar. Para que al final terminen bebiéndose y apostando lo que ganan— Konohamaru les trataba con la misma frialdad que a los dueños del negocio, como a seres extraños y hostiles —. Aquí, los muy malnacidos, trabajan de lamedores de culos y quizás por eso hasta tengan más dinero que aquellos señores a quienes sirven.
Aunque lo que ocurría por las noches en el comedor no le generaba más que grotesca furia, sabía de corrido que durante esas mismas madrugadas no debía acercarse a los baños, porque todas las mujeres trabajaban allí poco tiempo, a menos que se vendieran por unos ryō a quienes tenían poder y fuerza en el establecimiento que no eran más que quienes se llevaban bien con los dueños. Los camareros y botones. El pelinegro pudo ver lo más profundo de la vida, su fondo y final; percibió el hedor de la miserable alma humana.
Una noche durante las horas de calma, mientras echaba leña a la caldera. Los ojos entornados miraba el fuego. Su pensamiento retornó de pronto a la querida imagen Wu su enamoramiento de estudiante maestra era inexcusable ante la hermosa mujer. Konohamaru escapo de su pensamiento, subió a la lavandería. Alentado por la curiosidad se escurrió a la enorme habitación donde se encuentran los baños asomándose en el cuarto de bañeras, donde, habitualmente se escuchan diversos ruidos. Mientras que oía los que venían del comedor, el juego estaba en todo su pleno. Volvió la cabeza y vio entrar por la puerta falsa contraria a él, a dos sombras de las cuales pudo reconocer por el olor a Wu. Konohamaru se escondió en el gran baúl, junto a los paños, para esperar a que aquellas personas salieran de la habitación. Entre los paños todo estaba sumido en oscuridad, impidiendo que Wu le viese. La joven mujer torció hacia el final del cuarto y el pelinegro vio su espalda ancha y su melena rojinegra que solo estaba controlada por un débil amarre. Y junto a ella alguien más se acercaba con paso apresurado y ligero.
—Huang, espera— Wu se detuvo y, volviendo la cabeza, le miró.
—¿Qué quieres? — Gruñó el acompañante.
Los pasos resonaban en todo el cuarto de baño, y Konohamaru reconoció por completo a Wu y al jefe debotones Shi Huang.
La muchacha cogió de la manga al botones y, con voz quebrada y contenida, le dijo
—Huang, ¿dónde está el dinero que te dio el soldado? —Huang retiró el brazo con brusquedad.
—¿Qué; el dinero?, ya te pague —replicó con voz irritada y áspera.
—Pero él te dio trescientos ryō —En la voz de Wu se percibían sollozos ahogados.
—¿Trescientos ryō, dices? —Profirió con sarcasmo Shi —. ¿Y qué; quieres recibirlos, no serás demasiado cara señorita?, solo eres una fregona; Me parece que con los cincuenta que te he dado, ya está bien. ¡Ni que fueras una shikomi del sur! Incluso damas más finas, no cobran tanto. Da las gracias que has dormido con un hombre una noche y te has embolsado cincuenta ryō. ¿O acaso me crees idiota?; Te daré aún diez o veinte ryō y basta; y si no eres tonta, aún ganarás más: yo te recomendaré a otro —Pronunciando las últimas palabras, Huang volvió la espalda y se enrumbó al comedor
—¡Hijo de puta!— Le gritó Wu al ver que se marchaba y apoyándose contra la pared, comenzó a gemir ahogadamente.
Los sentimientos que embargaron a Konohamaru cuando en la oscuridad, de entre los harapos de baño, oyó esta conversación y con cuidado vio a Wu, temblorosa, dándose de cabezazos contra las paredes de papel, decidida por huir de aquel hostal inmundo, se esfumo en la noche helada. Konohamaru no delató su presencia; agarrado convulsivamente a los soportes de hierro del armario donde se escondía, callaba.
—Wu... — Susurro.
Y decidido a vengar lo sucedido, aprovecho la salida de Wu por la puerta trasera; saco de entre sus ropas una entrañable kunai. Luego a paso sigiloso se encauzo por las paredes del comedor.
—Ya vengo, voy a cagar— Dijo uno de los mesoneros mientras tomaba su dinero que estaba en la mesa de apuestas. Acto consecutivo se retira y sube las escaleras circundantes que conducían hacia una oficina y un baño. Apresura el paso a los pocos metros terminando su caminata en el inodoro. Mientras celebraba lapuja, el mesonero vio con asombro como la puerta se abría mostrándole la presencia de Konohamaru, quien le apuñaleo el cuello sin que dejara expresar suplica alguna. Mientras que a sus pies, en el comedor, Una veintena de sombras degollaban de forma parecida a los mesoneros. Solo salvándose Shi Huang, a quien nadie ataco. Una vez terminada la masacre una descarga de humo invadió el comedor, al disiparse Huang noto que de entre la niebla se encontraba Konohamaru, armado con el kunai. Huang, aterrorizado por lo que observaba, trato de huir por la entrada principal, pero un golpe filoso le tumbo a pocos metros de la entrada. Konohamaru a paso lento se acercaba al jefe de camareros. Este a su vez con dificultad se paró, y dispuesto a no tener un mismo final como el de sus compañeros, saca del bolsillo secreto del frac una pistola Nambu Tipo 14, y al paso siguiente una explosión invadió la habitación.
—¡Mierda! —Exclamo el shinobi.
Entre la confusión se podía observar el cuerpo del mesonero parcialmente mutilado, faltante de la mano izquierda, sangrando a ríos, por sus hendiduras se alzaba la desgarradora esfera de luz y aire que se desvaneció a la misma velocidad con que apareció. Dando a mostrar el retorcido cráter creado por el paso del rasengan.
—¡Naruto! —Grito entre lágrimas Konohamaru.
Una vez limpiado el edificio de cadáveres, Naruto abrazo con cariño al Sarutobi, quien dolido por lo que en tan poco tiempo había sucedido, le narro los acontecimientos anteriores a su huida de Konoha.
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Entre el calor del estruendoso tiroteo emergió intacta la godaime, quien con tan solo un golpe abrió un cráter que inutilizo la mayoría de los camiones, dejando atrapado al sequito de seguridad del coronel Isamu que yacía tumbado a unos metros de su posición original, empujado por el enorme impulso de aire que genero el ataque inicial de la Hokague. Los dos camiones laterales, aun intactos seguían disparando con dirección a la líder de los ninja, pero el ataque del elemento fuego carbonizo el cobre de las metrallas, fundiéndolo con retazos de los elementos más blandos que se encontraban en los alrededores de las armas.
—Pagaras caro tu soberbia— Dijo con gran dolor el coronel, quien se encontraba con varias vertebras arrasadas. Sin mediar palabra, Tsunade se acercó al magullado soldado, agarrándolo a duras penas por su cara, lo alzo hasta ponerlo al nivel de ella. Terminando la acción en el crujido del cráneo y la desfiguración de la masa gris que adornaba las hendiduras rojizas.
—Preparen la evacuación— Ordeno en un tono serio que holgaba a tristeza.
El ejército entero de ninjas se destinó a evacuar la ciudad; principalmente a aldeas aledañas fueron a parar los civiles que tenían como guardianes unos pocos shinobis. Mientras que los ninjas de bajo nivel y los más jóvenes fueron guiados hasta lo profundo de las cuevas interiores del monumento a los Hokagues junto a centenares de miles de civiles más.
Entre la inmensa movilización Tsunade dejo la defensa de la ciudad a manos de Shikamaru, mientras ella se encargaba de la movilización de los recursos de importancia.
Konohamaru se encontraba inquieto junto a su equipo, dentro de un bunker superior al monumento de los Hokagues; abandonados por Ebisu que se encontraba en una misión incierta para el genin.
—¡Esto es una mierda!— Dijo enfurecido el pelinegro —. Deberíamos estar ayudando en la defensa.
—Pero esta misión también es importan…— El chillido de queja del Sarutobi acallo a la joven Moegui.
—Quédense aquí, voy a ver cómo van las cosas—
—Konohamaru, pero lo mejor es que no quedemos aquí, si los documentos se pierden…— Otro chillido del pelinegro acallo al mocoso compañero.
—Vendré en unos minutos, no se preocupen— Exclamo vehemente Konohamaru mientras saltaba el barranco rumbo a la ciudad, gesto que solo ocasionó que sus compañeros de equipo se vieran las caras en señal de preocupación.
Dentro de los túneles del monumento, en las áreas al nivel de las oficinas del Hokague una veintena de los ANBU transportaban cañones anti-aéreos tipo M1939 en compactos camiones. Que con una celeridad propia de ellos fueron entregados a una veintena más de puestos antiaéreos que se encontraban esparcidos desde las azoteas de los edificios, los bosques aledaños y los lugares propicios para la defensa de ataques desde el cielo. Mientras que en los torreones del muro circundante a la ciudad se emplazaban fieros cañones automáticos Tipo 96.
Tomando rumbo al apartamento del rubio Uzumaki; Konohamaru pudo observar las calles, que en un complicado tornasol se turnaban entre el abandono total y el sobresalto militar. Rompiendo así la cúspide de tensión del aire con el aviso de la presencia lejana de la aviación, mostrándose como buitres lúgubres que se acercaban a Konoha, cargando sobre si el nuevo amanecer de fuego y dolor.
Los pequeños nakajima fueron ignorados debido a su velocidad inigualable; quedándose revoloteando por encima de la ciudad, quedando de momento impunes del fuero. En cuestión de otros tantos minutos se pudo apreciar con detenimiento la composición del enemigo, que en una estela arrojaba su lluvia de muerte sobre la ciudad. Batalla que para quien la apreciara notara la ironía del humo negro, pues este hacia una danza grotesca en un intercambio ferviente que iba del cielo al infierno y de la naturaleza verde a la nada. Los pomposos bombarderos G4M fueron destrozados aun en el aire, causando la mórbida imagen que se asemejaba a la explosión de viseras del coronel Isamu; solo que esta arrojaba fuego y un torrente de gasolina aun en llamas por sobre los desprotegidos bosques. Y así la deteriorada armada llego a su objetivo primario, desencadenando su furia implacable por sobre las cabezas de los edificios, que cedían en columnas de a pares.
Ante esa terrorífica sensación Konohamaru Sarutobi, quedo inerte ante el sonido, acompañado luego del quebranto de los huesecillos de su oído izquierdo. Guiado por la imagen del inexplotable G3M que planeaba con dificultad sobre las cienes de los terrestres; abrigado solo por fuego y despellejándose departes metálicas rojas como la sal, Sin ceder un poco de su estructura que se dirigía de lleno a la cúspide tallada.
El genin pelinegro, sintiendo el color blanco de la nada, rememorando a una velocidad espasmódica, el dolor de la perdida de sus seres queridos, y evocando lo que para el significaba ser un shinobi: "ayudar a nuestros camaradas"; corrió a velocidad de dinamo con la mente aun en blanco, solo guiándolo el instinto que en muy contados momentos de la historia, hace que ocurran eventos en que este mismo transforme el miedo de los soldados cobardes, haciendo que estos pasen a ver ese mismo temor como si se tratase de una criatura hostil ajena a uno mismo; que no puede ni siquiera entorpecer la velocidad imparable de las piernas.
Saltando de forma apática mientras sostenía el orbe azulado, alcanzo al ángel de llamas que disiparía las almas de sus fieles amigos. La explosión de una bomba que baño de lleno la cima de la meseta y su cuerpo, inutilizando sus esfuerzos; empujándolo hacia una inherente caída, su cuerpo chocó contra el uniforme de Ebisu quien le rescato del seco golpe.
Konoha antes destruida por el poder del chakra, ahora se volvía a derrumbar ante la fuerza maligna de la mente humana; de entre la bella aldea, las columnas multicolores se alzaban hasta la altura de los aviones y estos a su vez quedaban desechos en un aro no menos caótico. Mientras que los bosques que rodeabanla metrópoli terminaban carcomidos junto al tuétano de los animales a causa del napalm; cayendo muertos a las orillas del evaporado riachuelo.
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Volviendo en sí, el rostro quemado del joven Sarutobi, inútil el lado izquierdo del mismo, no representaba más que la mueca inútil de la guerra.
—Naruto… sálvanos…—
Y la nieve caía.
