Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.
Advertencia: En un futuro, la historia tratará con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.
"El dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade de que esta vida no es un juego, sino un deber." Cesare Cantú.
Capítulo VI
Bella's POV
Mientras caminamos por Chelsea Embankment, pongo mi blazer y mi corbata dentro de mi bolso, y la cálida brisa vespertina agita mi falda contra mis muslos desnudos. El sol apenas empieza a tornarse anaranjado, rociando gotas de oro sobre la superficie escamosa del agua, moteada como el dorso de una serpiente.
Este es mi momento favorito del día, la tarde apenas termina, el atardecer aún no ha comenzado, las horas de lánguido sol se extienden ante nosotros antes de desaparecer en el oscuro crepúsculo. Muy por encima de nosotros, los puentes están pesados con el tráfico congestionado: autobuses sobrecargados, coches impacientes, ciclistas imprudentes y mujeres sudando en sus trajes, todos desesperados por llegar a sus hogares, transbordadores y remolcadores que pasan por debajo del puente...
La grava cruje bajo nuestras pisadas mientras cruzamos los grandes espacios vacíos entre los edificios de cristal de las oficinas, pasando por los lujosos apartamentos que se apilan en su camino hacia lo alto del cielo. Está tan soleado, que el mundo se siente como una página en blanco, una blancura luminosa.
Le lanzo mi mochila a Edward, tomo carrera, corro y salto haciendo una voltereta, el camino de grava es rugoso contra las palmas de mis manos. El sol desaparece momentáneamente y nos sumergimos dentro de la fresca sombra azulada cuando pasamos bajo un puente, nuestros pasos súbitamente se amplifican, rebotando en el ligero arco de soporte y una paloma parte repentinamente hacia el cielo.
Unos pocos pasos a mi izquierda, manteniéndose a una distancia segura de mis travesuras, Edward camina a zancadas, las manos en sus bolsillos, las mangas de su camisa arremangadas hasta los codos. A la luz, trazos de sus venas son visibles en sus sienes y las sombras bajo sus ojos le dan un aspecto atormentado. Él me mira con sus brillantes ojos azules y me brinda una de sus características sonrisas torcidas. Yo sonrío, doy otra voltereta completa y Edward alarga su paso para que coincida con el mío. Parece ligeramente divertido. Pero, cuando aparta la mirada, su sonrisa se desvanece y empieza otra vez a mordisquearse los labios. A pesar de su constante presencia a mi lado, siento que hay un espacio entre los dos, una distancia indefinible. Aun cuando sus ojos están en mí, tengo la sensación de que no acaba de verme, que sus pensamientos están en algún otro lado, fuera de mi alcance.
Pierdo mi oportunidad de una victoria fácil y tropiezo contra él, casi aliviada de sentirlo sólido y vivo. Él ríe brevemente y me estabiliza, pero rápidamente vuelve a chuparse los labios, sus dientes raspando la rozadura. Cuando éramos niños, yo podía hacer alguna tontería y romper el hechizo, halarlo fuera de éste, pero ahora es más difícil. Sé que hay cosas que él no me dice, cosas que mantiene en su cabeza.
Cuando llegamos a la tienda, compramos pizza y Coca Cola de un negocio de comida rápida y nos encaminamos hacia Battersea Park. Dentro de las puertas, nos aventuramos hacia la mitad de la vasta extensión de verdor, lejos de los árboles, y nos alineamos con el sol, recostándonos hacia el oeste para perdernos en su brillo. Con las piernas cruzadas, me examino un morado en la espinilla mientras Edward, arrodillado sobre el césped, abre la caja de pizza y me ofrece una rebanada. La tomo y estiro mis piernas, alzando la barbilla para sentir el sol sobre mi rostro.
—Esto es un millón de veces más agradable que pasar el rato con esos tontos de la escuela —le informo—. Ese fue un buen movimiento, dejarlos cuando lo hiciste.
Masticando concienzudamente, él me lanza una mirada penetrante y puedo decir que está tratando de leer mi mente, buscando el motivo tras mis palabras. Me encuentro con su mirada de lleno, y la comisura de su boca se curva cuando se da cuenta de que estoy siendo completamente sincera.
Me siento satisfecha con la comida antes que él, y me reclino sobre mis codos, observándolo comer. Claramente, se está muriendo de hambre. Abro mi boca para decirle que tiene salsa de tomate en la barbilla, pero cambio de opinión. Mi sonrisa, sin embargo, no pasa desapercibida.
— ¿Qué? —pregunta con una risita, tragando su último bocado y limpiándose las manos sobre la hierba.
—Nada —trato de desvanecer mi sonrisa, pero su barbilla veteada de rojo, el cabello revuelto, la camisa arremangada y los puños mugrientos batiéndose contra sus manos, se ve como una versión más alta y con cabello más claro de Emmett al final de un atareado día escolar.
— ¿Por qué me miras de ese modo? —insiste él, mirándome ahora con curiosidad y un toque de inhibición.
—Por nada, sólo estaba pensando en lo que dijo Jessica sobre ti.
Una pizca de cautela toca sus ojos.
—Oh, eso de nuevo, no...
—Aparentemente tus hoyuelos son muy tiernos —retengo de nuevo una sonrisa.
—Ja, ja —una pequeña sonrisa y él mira hacia abajo, tirando de la hierba mientras un rubor se extiende por su cuello.
—Y tienes ojos fascinantes...,lo que sea que eso signifique.
Hace una mueca de vergüenza.
—Vete a la mierda, Bella. Te lo estás inventando.
—No lo hago. Te lo dije, ella dice cosas como ésas. ¿Cómo era...? Oh, sí: tu boca, aparentemente, es muy besable.
Él se ahoga, bañándome con Coca-Cola.
— ¡Bella!
— ¡No estoy bromeando! ¡Ésas fueron sus palabras exactas!
Está completamente ruborizado ahora, observando intensamente la lata de Coca Cola.
— ¿Puedo terminar ésta, o aún tienes sed?
—Deja de intentar cambiar el tema —me río.
Él me lanza una mirada malévola y bebe hasta el fondo.
—Ella incluso me dijo que vio a través de la puerta abierta del vestuario de chicos y que luces realmente...
Él me golpea. Aunque es medio en broma, me duele. Me siento confusa. Debajo de su exterior bromista, parece molesto de repente. Me parece que, sin querer, he cruzado alguna línea invisible.
—Está bien —alzo las manos rindiéndome—. Pero has cogido la idea, ¿no?
—Sí, muchas gracias —me da otra sonrisa sardónica para demostrar que no está enojado y luego, gira el rostro hacia la brisa.
Se produce un largo silencio y cierro mis ojos, sintiendo los últimos rayos del sol veraniego sobre mi rostro. La tranquilidad es inquietante. Los gritos apagados que nos llegan desde los espacios de juego parecen estar a millones de kilómetros de distancia. En algún lugar entre los árboles, un perro deja escapar un par de ladridos cortos y agudos.
Ruedo sobre mi estómago y apoyo la barbilla sobre mis manos. Edward no se da cuenta de que lo estoy observando y toda señal de risa se ha borrado completamente de su rostro. Con los codos apoyados sobre sus rodillas alzadas, mira a través del parque y puedo sentir que su mente está trabajando. Escudriñando en su rostro en busca de algún signo persistente de molestia, no encuentro ninguno. Sólo hay tristeza.
— ¿Estás bien?
—Sí —no se da la vuelta.
— ¿De verdad?
Él está a punto de decir algo, pero luego se queda en silencio. En su lugar, empieza a frotarse la rozadura con un costado del pulgar.
Me siento. Estirándome, aparto su mano de su rostro. Sus ojos se mueven hasta encontrar los míos.
—Bella, no voy a salir con Jessica.
—Lo sé, eso está bien, no me importa —le digo rápidamente—. Ella lo superará.
— ¿Por qué estás tan interesada en emparejarnos?
Me siento súbitamente incómoda.
—No lo sé, supongo... supongo que pensé que, si salías con una amiga mía, al menos podría seguir viéndote. Tú no...parecería menos como si te hubieras ido.
Frunce el ceño, sin comprender.
—Es sólo que si conoces a alguien el próximo año en la universidad... —un pequeño dolor surge en el fondo de mi garganta. No puedo terminar la frase—. Quiero decir, por supuesto que yo quiero que lo hagas, pero yo no... tengo miedo que...
Él me da una prolongada mirada.
—Bella, seguramente sabes que yo nunca te abandonaría, a ti ni a los otros.
Fuerzo una sonrisa y miro hacia abajo, tirando de las briznas de hierba. Pero lo harás un día, no puedo evitar pensar. Un día, todos nos alejaremos los unos de los otros para formar nuestras propias familias, porque ésa es la forma en que funciona el mundo.
—Para ser honesto, dudo que algún día vaya a salir con alguien —dice Edward en voz baja.
Levanto la mirada, sorprendida. Él me mira y luego desvía la mirada, otra vez, a la distancia, un incómodo silencio se extiende entre nosotros. No puedo evitar reír.
—Eso es una tontería, Ed. Tú eres el chico más guapo de Belmont, todas las chicas de mi clase están locas por ti.
Silencio.
— ¿Me estás diciendo que eres gay?
Las comisuras de su boca se contraen de diversión.
— ¡Si hay algo que sí sé, es que no lo soy!
Suspiro.
—Es una lástima. Siempre pensé que sería genial tener un hermano gay.
Edward ríe.
—No pierdas las esperanzas, aún. Todavía quedan James y Emmett.
— ¿James? ¡Sí, seguro! Corre el rumor de que ya tiene novia. Jessica jura que lo vio besuqueándose con una niña del año anterior en un salón de clases vacío.
—Esperemos que no la haya dejado embarazada —dice Edward mordazmente.
Me estremezco y trato de desterrar el pensamiento de mi mente. Ni siquiera quiero pensar en James con una chica. Sólo tiene trece años, por Dios. Suspiro.
—Nunca he besado a nadie...a diferencia de la mayoría de las chicas de mi clase —confieso en voz baja, pasando mis dedos sobre la hierba crecida.
Él se gira hacia mí.
— ¿Y qué? —dice con suavidad— Sólo tienes dieciséis años.
Recojo los tallos y hago un puchero.
—Dulces dieciséis y nunca ha sido besada...(1) ¿Qué hay contigo..., alguna vez has...? —me callo bruscamente, súbitamente consciente de lo absurdo de mi pregunta. Trato de retractarme, pero es muy tarde.
Edward escarba el suelo con las uñas, sus mejilas están fuertemente coloreadas.
— ¡Sí, claro! —da un bufido burlón, evitando mi mirada, tiene la atención puesta en el pequeño agujero que está cavando en la tierra— ¡Como...como si eso alguna vez fuera a suceder! —con una corta risa, él me mira implorando que me una y, a través de la vergüenza, ve el dolor en sus ojos.
Instintivamente, me acerco más, refrenándome de alcanzarlo y apretar su mano, odiándome por mi momento de irreflexión.
—Ed, no siempre va a ser así —le digo suavemente—, algún dúa...
—Sí, algún día -él sonríe con forzada indiferencia y se encoge de hombros—. Lo sé.
Un largo silencio cuelga entre nosotros. Levanto la vista hacia él, en la difusa luz del atardecer, ahora cercano a su fin.
— ¿Alguna vez piensas en eso?
Él duda, la sangre aún calienta sus mejillas y, por un momento, pienso que no va a responder. Aún continúa escarbando la tierra, aún evita mi mirada.
—Por supuesto —es tan silencioso que creo que podría haberlo imaginado.
Lo miro fijamente.
— ¿Con quién?
—Nunca ha habido alguien, en realidad... —aún rehúsa levantar la vista, pero a pesar de sentirse cada vez más incómodo, no ha tratado de salirse de la conversación—. Sólo pienso que, en algún lugar, debe haber... —sacude la cabeza, como si de pronto fuera consciente de haber hablado demasiado.
— ¡Hey, también yo lo hago! —exclamo— En algún lugar de mi cabeza, tengo la idea del hombre perfecto, pero creo que ni siquiera existe.
—A veces... —comienza Edward, entonces se calla.
Espero que continúe.
— ¿A veces...? —insisto suavemente.
—Desearía que las cosas fueran diferentes —toma una inspiración profunda—. Desearía que todo no fuera tan condenadamente difícil.
—Lo sé —digo en voz baja—, yo también.
(1) Parte de una popular copla irlandesa. "Sweet Sixteen and never been kissed..."
Adelanto: Capítulo 7.
Ella me habla en voz baja, casi susurrando, un brazo envuelto fuertemente a mi alrededor, el otro acariciando mi nuca, meciéndome con suavidad hacia delante y hacia atrás.
Había una vez una Camila que vio Games of Thrones y quedó flechada por el poder de esta maravillosa serie, por el poder de Drogo... y fin.
Ya casi, ya casi...
Bueno, ¡hasta la próxima, personas!
Camila.
