Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.
Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.
"Cuando alguien que de verdad necesita algo lo encuentra, no es la casualidad quien se lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad le conducen a ello." Hermann Hesse.
Capítulo IX
Edward's POV
El cuarto está sumergido en luz dorada. Bella todavía esta sonriéndome, su rostro se ilumina con la risa, mechones de cabello leonado cuelgan sobre sus ojos y caen por su espalda, cosquilleando en mis manos abrazadas a su cintura. Su rostro resplandece como un farol antiguo, encendido desde el interior, y todo lo demás en el cuarto desaparece en una niebla oscura. Aún estamos bailando, meciéndonos ligeramente con la dulce voz, y Bella se siente cálida y viva entre mis brazos. Simplemente estando aquí de pie, moviéndonos suavemente de lado a lado, comprendo que no quiero que este momento termine.
Me encuentro maravillado de cuán bonita es, de pie aquí, apoyándose contra mí con su blusa azul de mangas cortas, sus brazos desnudos y cálidos contra mi cuello. Los botones de arriba no están abotonados, revelando la curva de su clavícula, la extensión de su piel blanca y lisa. Su falda blanca de algodón se detiene bien sobre sus rodillas y soy consciente de sus piernas desnudas que rozan contra el tejido delgado y estropeado de mis vaqueros. El sol resalta su pelo castaño rojizo, alcanza sus ojos cafés. Absorbo cada detalle, desde su suave respiración hasta el toque de cada dedo en la parte de atrás de mi cuello. Y me encuentro lleno con una mezcla de excitación y euforia tan fuerte que quiero que este momento nunca acabe...Y entonces, salido de ninguna parte, soy consciente de otra sensación: una oleada de hormigueo por todo mi cuerpo, una familiar presión contra mi ingle. Abruptamente, me aparto de ella, alejándola de mí, y camino hacia la radio y paro la música.
Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas, me retiro al sofá, me enrosco buscando a tientas el libro de texto más cercano para ponerlo sobre mi regazo. Aún donde la dejé, Bella me mira con una expresión aturdida en el rostro.
—Ellos van a volver en cualquier momento —le digo a modo de explicación, mi voz apresurada y entrecortada—. Tengo... tengo que terminar esto.
Aparentemente impasible, ella suspira, aún sonriendo, y se deja caer en el sofá a mi lado. Su pierna toca mi muslo y retrocedo violentamente. Necesito una excusa para dejar la habitación pero parece que no puedo pensar nada bueno, mi mente es un revoltijo desastroso de pensamientos y emociones. Me siento sonrojado y jadeante, mi corazón martillea tan ruidosamente que tengo miedo de que ella lo oiga. Necesito alejarme de ella tanto como sea posible. Apretando el libro de texto contra mis muslos, le pregunto si podría hacerme un poco más de café y ella me complace. Recogiendo las dos tazas usadas se encamina hacia la cocina.
En el momento en que oigo el ruido metálico del fregadero, me precipito hacia las escaleras, tratando de hacer el menor ruido posible. Me encierro con llave en el baño y me apoyo contra la puerta como para reforzarla. Me saco la ropa, casi rompiéndola con mi prisa y, cuidadoso de no mirar hacia abajo, camino bajo una ducha helada, exhalando de conmoción. El agua está tan fría que hiere, pero no importa: es un alivio. Tengo que detener esta... esta... esta locura. Después de estar ahí por un momento, con mis ojos firmemente cerrados, me empiezo a entumecer y mis nervios terminan disminuyendo, borrando todas las señales de mi temprana excitación. Esto calma los rápidos pensamientos, alivia la presión de la locura que ha empezado a agobiar mi mente. Me apoyo contra la pared, permitiendo que el agua glacial azote mi cuerpo, hasta que todo lo que hago es temblar violentamente.
No quiero pensar. Mientras no piense o sienta, estaré bien, y todo volverá a la normalidad.
Sentado en el escritorio de mi habitación con una camiseta limpia y pantalones deportivos, con el pelo mojado enviando arroyos fríos por la parte de atrás de mi cuello, estudio atentamente las ecuaciones cuadráticas, peleando para mantener las figuras en mi cabeza, luchando por encontrarle sentido a los números y símbolos. Repito la fórmula murmurando, cubriendo página tras página con cálculos, y cada vez que siento una grieta en mi armadura auto-impuesta, una grieta de luz entrando en mi cerebro, me obligo a trabajar más arduamente, más rápidamente, borrando los demás pensamientos.
Soy débilmente consciente de cuando vuelven los demás, de sus voces altas en el vestíbulo, del martilleo de platos abajo en la cocina. Me concentro en desconectarlo todo. Cuando Alice entra para decir que han pedido pizza, le digo que no tengo hambre; tengo que terminar este capítulo para esta noche, debo hacer cada ejercicio a velocidad máxima, no tengo tiempo para detenerme y pensar. Todo lo que puedo hacer es trabajar o me volveré loco.
Los sonidos de la casa me invaden como ruido blanco, la rutina de la noche por una vez se desarrolla sin mí. Una discusión, una puerta cerrándose de golpe, mamá gritando... no me importa. Ellos pueden arreglárselas, debo concentrarme en esto hasta que sea tan tarde que todo lo que pueda hacer es derrumbarme en la cama, y entonces será mañana y nada de esto habrá pasado. Todo regresará a la normalidad. Pero, ¿de qué estoy hablando? ¡Todo es normal! Sólo me olvidé, por un loco momento, que Bella es mi hermana.
Por el resto del fin de semana me mantengo encerrado en mi habitación, enterrado en tareas, y dejo a Bella a cargo. En clases el lunes, me esfuerzo por quedarme tranquilo, pues estoy nervioso e inquieto. Mi mente se ha vuelto difusa; estoy poseído por miles de sensaciones a la vez. Hay una luz centelleante en mi cerebro, como el faro de un tren en la oscuridad. Un tornillo está apretándose despacio alrededor de mi cabeza, agarrando mi sien.
Cuando Bella entró en mi cuarto ayer para decir buenas noches, informándome que había dejado mi cena en la nevera, ni siquiera pude voltear a mirarla. Esta mañana le grité a Alice durante el desayuno y la hice llorar, arrastré a Emmett por la puerta, al parecer causándole lesiones corporales graves, ignoré completamente a James y le contesté a Bella cuando me preguntó por tercera vez qué pasaba...Soy una persona deshaciéndose. Estoy tan asqueado conmigo mismo que quiero arrastrarme fuera de mi propia piel.
Mi mente sigue retrocediendo a ese baile: Bella, su cara, su toque, ese sentimiento. Sigo diciéndome que esas cosas pasan, estoy seguro de que no son tan raras; después de todo, soy un chico, tengo diecisiete años... cualquier cosa nos enciende, sólo porque esto pasó cuando estaba bailando con Bella no significa nada. Pero las palabras hacen poco para tranquilizarme. Estoy desesperado por escaparme, porque la verdad es que ese sentimiento sigue ahí, quizás siempre ha estado, y ahora que lo he reconocido, me aterra que sin importar cuánto pueda quererlo, nunca podré regresar las cosas a cómo eran.
No, eso es ridículo. Mi problema es que necesito alguien en quien enfocar mi atención, algún objeto de deseo, alguna choca con quien fantasear. Echo una mirada alrededor de la clase pero no hay nadie. Chicas atractivas, sí. Alguna chica que me importe, no. Ella no puede ser simplemente un rostro, un cuerpo; tiene que ser más que eso, tiene que haber algún tipo de conexión. Y no puedo conectar, no quiero conectar, con nadie.
Le envío un mensaje de texto a Bella preguntándole si puede recoger a Emmett y Alice, entonces me salto el último período, voy a casa para cambiarme la ropa por mi equipo para correr y me arrastro por la periferia empapada del parque local. Después de un glorioso fin de semana, el día es gris, mojado y miserable: árboles desnudos, hojas agonizantes y barro resbaladizo bajo los pies. El aire tibio y húmedo, una fina capa de llovizna salpica mi cara. Corro tan lejos y rápido como puedo, hasta que la tierra parece brillar débilmente bajo mis pies, y el mundo a mí alrededor se extiende y se repliega; borrones de rojo sangre perforan el aire delante de mí. Eventualmente, el dolor se hace camino a través de mi cuerpo, forzándome a detenerme, y vuelvo a casa para darme otra ducha helada y trabajo hasta que los otros vuelven y empiezan los quehaceres de la noche.
Cuando ha pasado medio semestre, juego fútbol en la calle con Emmett, intento entablar una conversación con James y jugar a los interminables juegos de Escondite y ¿Adivina quién? con Alice. En la noche, después de que mi mente se cierra al exceso de información, reorganizo los cajones de la cocina y los armarios. Paso por la habitación de Emmett y Alice, recogiendo ropa y juguetes descartados, y los llevo a la tienda de caridad. O estoy entretenido o limpiando la cocina o cocinando o estudiando: registro minuciosamente las notas de revisión tarde en la noche, estudio detenidamente mis libros hasta ya entrada la madrugada, hasta que no hay nada más que hacer que colapsar en mi cama y caer en un sueño corto y profundo, sin sueños. Bella hace comentarios sobre mi ilimitada energía pero me siento adormecido, absolutamente drenado por tratar de mantenerme siempre ocupado.
De ahora en adelante sólo haré y no pensaré.
Volviendo a la escuela, Bella está ocupada con sus clases. Si nota la diferencia en mi comportamiento hacia ella, no lo menciona. Quizás también se siente incómoda desde esa tarde. Quizás también comprende que tiene que haber más distancia entre nosotros. Negociamos con la cautela como un pie desnudo que evita fragmentos de vidrio, confinando nuestros breves intercambios a los aspectos prácticos: el camino a la escuela, la compra semanal, las maneras de persuadir a James para que lave la ropa, la probabilidad de que mamá se quede sobria en la tarde de los padres, actividades de fin de semana para Emmett y Alice, citas dentales, resolver cómo hacer que la nevera deje de gotear. Nunca estamos solos.
Mamá está cada vez más ausente de la vida familiar, la presión de equilibrar los trabajos escolares y los quehaceres domésticos se intensifica y doy la bienvenida a las tareas interminables, pues me dejan, literalmente, sin tiempo para pensar. Las cosas están empezando a mejorar, estoy empezando a volver a un estado de normalidad, hasta que una noche alguien llama a la puerta de mi habitación. El sonido es como una bomba que explota en un campo abierto.
— ¿Qué?
Estoy terriblemente nervioso por una dosis excesiva de cafeína. Mi consumo diario de café ha alcanzado nuevas alturas, es la única manera de mantener mi energía nivelada a través de los días, tardes y noches en vela.
No hay ninguna respuesta pero oigo que la puerta se abre y se cierra detrás de mí. Me vuelvo de mi escritorio, el bolígrafo sigue presionando contra las hendiduras de mis dedos, la computadora portátil que me prestó la escuela anclada en medio de un océano de notas garabateadas. De nuevo está usando ese camisón, el blanco que hace mucho le ha quedado pequeño y que apenas alcanza sus muslos. Cómo deseo que ella no caminara con esa cosa; cómo deseo que su cabello castaño no fuera tan largo y brillante; cómo deseo que no tuviera ese ojos, que simplemente no hubiera entrado sin ser invitada. Cómo deseo que el verla no me llenara de tal incomodidad, torciendo mi interior, tensando cada músculo de mi cuerpo, poniendo mi pulso a tamborilear.
—Hola —dice.
El sonido de su voz me duele. Esa sola palabra destila ternura y preocupación. Con sólo una palabra transmite tanto... su voz me llama fuera de un pesadilla. Intento tragar, mi garganta está seca, hay un sabor amargo atrapado en mi boca.
—Hola.
— ¿Te molesto?
Quiero decir que sí. Quiero pedirle que se vaya. Quiero que su presencia y su delicado olor floral se evaporen de mi cuarto. Pero cuando no contesto, ella se sienta en el borde de mi cama, a centímetros de mí, con un pie desnudo metido bajo ella, inclinándose hacia adelante.
— ¿Matemáticas? —pregunta, mirando mis fajos de papel.
—Sí...
Devuelvo mi mirada al libro de texto, con el lápiz en equilibro.
—Oye... —susurra.
Extiende la mano hacia mí, haciéndome retroceder. Su mano no alcanza a tocar la mía cuando me alejo, y la suya vuelve a descansar, suelta y vacía, contra la superficie del escritorio.
Bajo mis ojos a la pantalla de mi computadora, la sangre hiere mis mejillas, mi corazón duele en mi pecho. Aún soy consciente de su cabello, cayendo como una cortina alrededor de su rostro, y no hay nada entre nosotros excepto el tortuoso silencio.
—Dime —dice simplemente, sus palabras agujerean la frágil membrana que me rodea.
Siento mi respiración acelerarse. Ella no puede hacerme esto. Alzo mi mirada y miro fijamente fuera de la ventana, pero todo lo que veo es mi propio reflejo, esta pequeña habitación, la suave inocencia de Bella a mi lado.
—Ha pasado algo, ¿no?
Su voz continúa punzando el silencio como un sueño no deseado.
Empujo mi silla lejos de ella y froto mi cabeza.
—Simplemente estoy cansado.
Mi voz rechina contra la parte de atrás de mi garganta. Sueno extraño, incluso a mis propios oídos.
—Lo he notado —continúa Bella—. Y es por eso que he estado preguntándome por qué sigues tropezando con el suelo.
—Tengo mucho trabajo que hacer.
El silencio aprieta el aire. Me doy cuenta de que ella no se va a ir tan fácilmente.
— ¿Qué pasa, Ed? ¿Fue algo en la escuela? ¿La presentación?
No puedo decirle. No puedo decirte a ti, de entre todas las personas. A lo largo de mi vida, fuiste la única persona a la que podía dirigirme. La única persona con la que siempre podía contar para que me entendiera. Y ahora te he perdido, he perdido todo.
— ¿Sólo estás alicaído por las cosas en general?
Muerdo mi labio inferior gasta que reconozco el sabor metálico de la sangre.
Bella se da cuenta y sus preguntas se detienen, dejando en su lugar un silencio turbio.
—Edward, di algo. Me estás asustando. No puedo soportar verte así.
Se estira de nuevo para tomar mi mano y esta vez hace contacto.
— ¡Detente! ¡Simplemente vete a dormir y déjame malditamente solo!
Las palabras se disparan de mi boca como balas, rebotando contra las paredes antes de que pueda siquiera registrar lo que estoy diciendo. Veo cambiar la expresión de Bella, su rostro se congela en una mirada de incrédula sorpresa, sus ojos se amplían sin comprender. Tan pronto mis palabras se estrellan de golpe contra ella, se marcha, agachando la cabeza para esconder las lágrimas que se juntan en sus ojos.
La puerta hace clic al cerrarse tras ella.
Adelanto: Capítulo 10.
—Sí, de hecho, sí, ¿ok? —Dejo de fregar y me obligo a encontrar sus ojos.— Él es el chico más guapo de la escuela, me ha gustado por años. No puedo esperar para salir con él.
Bueno, aquí vengo con un capítulo más...
Lo subí rapidito antes de irme a la... 26° FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BOGOTÁ.
Todos los años la hacen y es la primera vez que tengo oportunidad de ir, así que ya imaginarán mi emoción mortal :)
Amo a todo el mundo, mua mua (K)
¡Hasta la próxima, personas!
Camila.
