Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.
Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.
"Los celos son, de todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y ninguna de remedio." Michel Eyquem de Montaigne.
Capítulo XI
Edward's POV
Está bien. De hecho, ¡es genial! Bella finalmente ha encontrado a alguien que le gusta, y lo que es mejor, a él le gusta también, y justamente van a salir juntos este viernes. Las cosas se están arreglando para ella, por fin; es el principio de su vida como adulta, lejos de este manicomio, de su familia, de mí. Ella se ve feliz, se ve entusiasmada. Jacob podría no ser el tipo que yo hubiera elegido para ella, pero está bien. Ha tenido un par de novias adecuadas, no parece estar buscando sólo una cosa.
Es normal sentirse ansioso pero no voy a perder el sueño por esto. Bella está cerca de los diecisiete años después de todo, Jacob es sólo un año mayor. Bella estará bien. Ella es una persona muy sensible, responsable más allá de su edad; será curiosa, y tal vez funcionará. Él no la lastimará, no intencionalmente, por lo menos. No, estoy seguro de que no la lastimará, no lo haría. Ella es una persona tan adorable, tan preciosa... él verá eso; debe hacerlo. Sabrá que no puede romper su corazón, nunca lastimarla. No lo haría. No podría. Así que bien, voy a ser capaz de dormir después de todo. No necesito pensar sobre esto ahora. Lo que necesito desesperadamente es dormir. De otra manera me desmoronaré. Me voy a desmoronar. Me estoy desmoronando.
Los primeros rayos del amanecer empiezan a tocar el borde de los techos. Me siento en mi cama y veo la pálida luz diluir la negra oscuridad, un ligero lavado de color difundiendo ligeramente el cielo del este. El aire es frío cuando sopla a través de las grietas en el marco de la ventana, y esparce marcas de salpicaduras de lluvia en el panel mientras los pájaros empiezan a despertar. Un dorado parche de luz solar se inclina por la pared, agrandándose lentamente como una mancha. ¿Cuál es el punto de todo esto? Me pregunto, ¿en este ciclo sin fin?
No he dormido en toda la noche y me duelen los músculos por permanecer inmóvil tanto tiempo. Tengo frío pero no puedo encontrar la elegía para moverme o incluso para poner la manta a mi alrededor. De vez en cuando empieza a caer mi cabeza, como sucumbiendo a un narcótico, y mis ojos se cierran y después se reabren de un sobresalto. A medida que la luz se empieza a intensificar, también lo hace mi miseria, y me pregunto cómo es posible que duela tanto cuando no pasa nada malo.
Una inflamada desesperación presiona hacia afuera desde el centro de mi pecho, amenazando con romper mis costillas. Lleno mis pulmones con el aire frío y después lo dejo salir, pasando mis manos gentilmente adelante y atrás sobre las ásperas sabanas de algodón, como anclándome a esta cama, a esta casa, a esta vida, en un intento de olvidar mi soledad absoluta. La herida bajo mi labio está latiendo y es una lucha dejarla tranquila, no irritarla en un intento de aniquilar la agonía dentro de mi mente. Continúo acariciando las mantas, el movimiento rítmico me relaja, recordándome que, incluso si me estoy rompiendo por dentro, las cosas a mi alrededor permanecen iguales, sólidas y vivas, dándome la esperanza de que, quizás algún día, yo también me sienta vivo otra vez.
Un solo día abarca tanto. La frenética rutina matutina: tratar de asegurarme de que todos comas su desayuno, el alto tono de la voz de Emmett que irrita mis oídos, el continuo parloteo de Alice que deshilacha mis nervios, James reforzando sin descanso mi culpa con cada uno de sus gestos, y Bella... es mejor si no pienso en Bella.
Pero, perversamente, quiero hacerlo.
Debo irritar la herida, volver a rascar la costra, pinchar la piel dañada. No puedo dejar de pensar en ella. Como anoche en la cena, ella está aquí pero no aquí: su corazón y su mente han dejado esta casa sucia, los hermanos molestos, el hermano socialmente inepto, la madre alcohólica... sus pensamientos están con Jacob ahora, en su cita de esta noche. Por muy largo que pueda parecer el día, la noche llegará y Bella se irá. Y desde ese momento, parte de sí misma, se separará de mí para siempre.
Sin embargo, incluso mientras espero a que pase esto, hay mucho que hacer: convencer a James para que salga de su guarida, llevar a Emmett y a Alice a la escuela a tiempo, recordar tomarle las tablas a Emmett mientras trata de ir por delante del camino, conseguir pasar por la puerta de mi propia escuela, comprobar que James está en clases sin ser visto, sentarme durante una mañana completa en clases, buscar nuevas formas de desviar la atención si un maestro me presiona a participar, sobrevivir al almuerzo, asegurarme de evadir a Black, explicarle a la maestra por qué no puedo dar una presentación, llegar a ka última campana sin desmoronarme y, finalmente, recoger a Alice y a Emmett, mantenerlos entretenidos durante la noche, recordarle a James su toque de queda sin provocar un escándalo... y todo el tiempo, al mismo tiempo, tratar de purgar todo pensamiento de Bella en mi mente. Y las manecillas del reloj de la cocina continuarán moviéndose hacia delante, acercándose a la medianoche antes de empezar todo de nuevo, como si el día que acaba de terminar nunca hubiera empezado.
Una vez fui muy fuerte. Era capaz de superar todas las cosas pequeñas, todos los detalles, la rutina sobre la cinta de correr, día tras día. Pero nunca me había dado cuenta de que era Bella la que me daba esa fuerza. Era porque ella estaba ahí que yo podía arreglármelas, nosotros dos a la cabeza, apoyándonos el uno al otro cuando uno de nosotros estaba deprimido. Es posible que hayamos pasado la mayor parte del tiempo cuidando a los pequeños, pero bajo la superficie, en realidad, nos estábamos cuidando a nosotros mismos, y eso lo hizo soportable, más que sólo soportable. Eso nos unió en una existencia que sólo nosotros podíamos entender. Juntos estábamos a salvo del mundo exterior. Ahora todo lo que tengo es a mí mismo, mis responsabilidades, mi deber, mi interminable lista de cosas por hacer... y tengo mi soledad, siempre mi soledad, esa burbuja de desesperación sin aire que lentamente me está asfixiando.
Bella se va a la escuela por delante de mí, arrastrando a James con ella. Parece molesta conmigo por alguna razón. Alice pierde el tiempo, como siempre, recogiendo ramas y hojas quebradizas botadas por el camino. Emmett nos abandona cuando ve a Jazz al final de la carretera, y no tengo fuerza para hacerlo volver, a pesar del concurrido cruce en frente de la escuela. Es un esfuerzo monumental no gritarle a Alice, no decirle que se apure, el preguntarle por qué parece tan decidida a hacernos llegar tarde a los dos.
Tan pronto como alcanzamos las puertas de la escuela, ella ve a una amiga y echa a correr tropezando, su abrigo ondeando y volando detrás de ella. Por un momento sólo me paro y la veo irse, su pelo negro fluyendo detrás de ella en el viento. Su delantal gris está manchado con el almuerzo de ayer, al abrigo de la escuela le falta la capucha, su mochila se está cayendo en pedazos, sus medias rojas tienen un gran agujero detrás de la rodilla, pero ella nunca se queja. Incluso cuando está rodeada de mamás y papás despidiendo a sus hijos, incluso cuando no ha visto a su madre en dos semanas ya, incluso cuando no tiene memoria de haber tenido padre. Sólo tiene cinco años y sin embargo, ya ha aprendido que no tiene sentido pedirle a su madre un cuento para dormir, que invitar amigos a la casa es algo que solamente otros niños pueden hacer, que juguetes nuevos son un raro lujo, que en casa James y Emmett son los únicos que se salen con la suya.
A la edad de cinco años, ya ha aprendido una de las lecciones más duras de la vida: que el mundo no es justo.
A mitad de los escalones de la escuela, con la mejor amiga a cuestas, de repente recuerda que ha olvidado decir adiós y se gira, buscando mi cara en el patio casi vacío. Cuando me encuentra, su rostro rompe en una sonrisa radiante y cachetona, la punta de su lengua asomándose a través del espacio de sus dientes caídos. Saluda levantando una pequeña mano. Le devuelvo el saludo, con mis brazos abanicando el cielo.
Entrando al edificio de la escuela, me golpea una pared de calor artificial, los radiadores tienen la temperatura demasiado alta. Pero no es hasta que camino hacia el salón de inglés y me encuentro cara-a-cara con la señorita Platt que me acuerdo. Ella me sonríe, un intento apenas disimulado de ánimo.
— ¿Vas a necesitar el proyector?
Me congelo en su escritorio, con una sensación horrible de hundimiento que aprisiona mi pecho, y digo rápidamente:
—En realidad... en realidad, pensé que podría funcionar mejor con un trabajo escrito; hay demasiada información para resumir en sólo, sólo media hora...
Su sonrisa se desvanece.
—Pero no era un trabajo escrito, Edward. La presentación es parte de tu educación curricular. No te puedo calificar con esto. —Ella toma mi trabajo y lo lee rápidamente.— Bueno, ciertamente has conseguido un montón de material, así que supongo que podrías leerlo.
La miro, una fría mano de terror se cierra alrededor de mi garganta.
—Bueno, la cosa es...
Apenas puedo hablar. De repente, mi voz no es más que un susurro.
Ella me da un gesto perplejo.
— ¿La cosa es...?
—Es... es que no va a tener mucho sentido si simplemente lo leo...
— ¿Por qué no le das una oportunidad? —Su voz se suaviza repentinamente, demasiado.— La primera vez siempre es la más difícil.
Siento el calor en mi rostro.
—No va a funcionar. Yo... lo siento. —Tomo mi carpeta de su mano estirada.— Me aseguraré de compensar la nota con el resto de mi estudio curricular.
Girándome rápidamente, encuentro un asiento, con ondas carmesí a través de mí. Para mi alivio, ella no me llama de nuevo. Tampoco trae el tema a colación, en su lugar, cubre el espacio dejado por mi falta de contribución hablándonos sobre las vidas de Sylvia Plath (1) y Virginia Woolf (2), y se plantea un acalorado debate sobre la conexión entre la enfermedad mental y el temperamento artístico. Normalmente, este es un tema que encuentro fascinante, pero hoy las palabras simplemente pasan sobre mí. Afuera, el cielo vomita lluvia, que retumba contra las sucias ventanas, lavándolas con lágrimas. Miro el reloj y veo que sólo faltan cinco horas para la cita de Bella. Quizás Black se rompió la pierna jugando fútbol, quizás está en la enfermería en este momento con un envenenamiento por comida, quizás encontró a otra chica con la cual salir... cualquier otra chica menos mi hermana. Él tiene a la escuela entera para elegir, ¿por qué Bella? ¿Por qué la persona que más me importa en el mundo?
— ¿Edward Masen?
La alta voz me sacude cuando me dirijo hacia la puerta en medio del caos de los alumnos al salir. Volteo mi cabeza lo suficiente para ver a la señorita Platt haciéndome señas desde su escritorio y me doy cuenta de que no tengo otra opción que luchar a través del caos para hacer mi camino de vuelta.
—Edward, creo que necesitamos tener una pequeña charla.
Cristo, no. Esto no, hoy no.
—Um, lo siento. Yo... en realidad tengo matemáticas —digo apurado.
—Esto no tomará mucho tiempo, te daré una nota. —Indica la silla frente a su escritorio.— Toma asiento.
Levantando la correa de mi mochila sobre mi cabeza, tomo el asiento ofrecido, dándome cuenta de que no hay salida.
La señorita Platt camina hacia la puerta y la cierra con un duro golpe metálico que suena como la puerta de una prisión. Ella vuelve hacia mí y toma asiento a mi lado, girándose tranquilizadoramente.
—No hay necesidad de que estés preocupado. ¡Estoy segura de que a estas alturas ya sabes que mi ladrido es peor que mi mordida!
Me obligo a mirarla, esperando que recite la perorata sobre la importancia de la participación en clase, será más rápido si parezco cooperativo. Pero, en cambio, ella elige la ruta indirecta.
— ¿Qué le pasó a tu labio?
Consciente de que lo estoy mordiendo otra vez, me fuerzo a detenerme, mis dedos vuelan hacia él, estoy sorprendido.
—Nada... no, no es nada.
—Deberías ponerle algo de vaselina y mascar un lápiz en su lugar. —Se estira sobre su escritorio y coge un par de bolígrafos roídos.— Menos doloroso y hace el trabajo igual de bien.
Me da otra sonrisa.
Con toda la voluntad en el mundo, no puedo devolvérsela. La pequeña conversación amigable me está lanzando fuera de balance. Algo en sus ojos me dice que no está a punto de darme una lección sobre la importancia de la participación en clase, trabajo en equipo y toda la mierda de costumbre. Su mirada no es una amonestación, sino una genuina preocupación.
—Sabes por qué te he retenido, ¿no es así?
Contesto con un rápido asentimiento de cabeza, mis dientes automáticamente raspando mi labio. Mire, este no es un buen día, quiero decirle. Puedo apretar mis dientes y asentir para salir a través de una conversación corazón-a-corazón con una exagerada profesora en otro momento, pero hoy no. Hoy no.
— ¿Por qué hablar en frente de tus compañeros te asusta tanto, Edward?
Me ha tomado por sorpresa. No me gusta la forma en que usó la palabra asusta. No me gusta la forma en que parece saber tanto sobre mí.
—Yo no... no lo...
Mi voz es peligrosamente inestable. El aire circula lentamente en el salón. Estoy respirando demasiado rápido. Me ha acorralado. Soy consciente del sudor brotando de mi espalda, del calor irradiando de mi cara.
—Hey, está bien. —Se inclina hacia delante, su preocupación casi tangible.— No te voy a atacar, Edward, ¿está bien? Pero sé que eres lo suficientemente brillante para entender por qué necesitas ser capaz de hablar en público de vez en cuando; no sólo es por el bien de tu futuro académico, sino también por el del personal.
Sólo desearía poder levantarme e irme.
— ¿Es un problema en la escuela solamente o es todo el tiempo?
¿Por qué diablos está haciendo esto? Dirección, detención, expulsión; no me importa. Cualquier cosa menos esto. Quiero hacerla callar, pero no puedo. Es esta maldita preocupación que corta a través de mi conciencia como un cuchillo.
—Es todo el tiempo, ¿no es así?
Su voz es demasiado amable.
Siento el calor subiendo por mi cara. Tomando una respiración aterrada, dejo a mis ojos escudriñar el salón, como buscando un lugar para esconderme.
—No es nada de que avergonzarse, Edward. Es sólo que tal vez valga la pena abordar ahora.
Con la cara temblando, empiezo a masticar mi labio otra vez, el agudo dolor es un alivio bienvenido.
—Como la fobia, la ansiedad social es algo que se puede superar. Estaba pensando que tal vez podríamos idear un plan de acción juntos para prepararte para el próximo año en la universidad.
Puedo escuchar el sonido de mi respiración, fuerte y rápida. Contesto con un asentimiento apenas perceptible.
—Nos lo tomaríamos con calma, un pequeño paso a la vez. Tal vez podrías levantar la mano y responder una pregunta en clase, ese sería un buen comienzo, ¿no crees? Una vez que te sientas cómodo ofreciéndote a responder una pregunta, encontrarás mucho más fácil poder responder dos, y después tres... y, bueno, entiendes la idea. —Ella se ríe y siento que está tratando de aligerar la atmósfera.— Entonces, antes de que lo sepas, estarás contestando todas ñas preguntas y, ¡nadie más va a tener ni una mínima oportunidad!
Intento devolverle la sonrisa pero no funciona.
Dar un paso a la vez...Solía tener a alguien ayudándome a hacer eso precisamente. Alguien que me presentó a su amiga, me alentó a leer mi ensayo en clase; alguien que estaba sutilmente tratando de ayudarme con mi problema, sin embargo, nunca me di cuenta. Y ahora la he perdido, la he perdido por Jacob Black. Una noche con él, y Bella se dará cuenta del perdedor en el que me he convertido, se empezará a sentir conmigo de la misma forma en que se sienten James y mi madre.
—He notado que pareces un poco estresado últimamente —remarca de repente la señorita Platt—. Cosa que es perfectamente entendible; es un año duro. Pero tus notas están tan bien como siempre y te destacas en los exámenes escritos. Por lo que pasarás a través de tus A. Allí no hay nada de que preocuparse.
Doy un tenso asentimiento de cabeza.
— ¿Están difíciles las cosas en casa?
Entonces la miro, incapaz de ocultar mi sorpresa.
—Tengo dos hijos que cuidar —dice con una pequeña sonrisa—. Tengo entendido que tú tienes cuatro.
Mi corazón tartamudea y casi se detiene. La miro fijamente. ¿Con quién diablos ha estado hablando?
— ¡N-no! Tengo diecisiete. Sí, tengo dos hermanos y-y dos hermanas, pero vivimos con nuestra madre, y ella...
—Sé eso, Edward. No pasa nada.
No es hasta que ella se interrumpe que me doy cuenta de que no estoy hablando en un tono particularmente medido. ¡Por el amor de Dios, intenta tranquilizarte! Me suplico. ¡No reacciones como si tuvieras algo que esconder!
—Lo que quise decir era que tienes hermanos más jóvenes a los que tienes que ayudar a cuidar —continúa la señorita Platt—. Eso no puede ser fácil, por encima de todo tu trabajo escolar.
—Pero yo no... yo no los cuido. Ellos so-son sólo un montón de mocosos molestos. Sin duda vuelven loca a mi madre.
Mi risa suena dolorosamente artificial.
Otro tenso silencio se extiende entre nosotros. Le echo un desesperado vistazo a la puerta. ¿Por qué me está hablando sobre esto? ¿Con quién ha estado hablando? ¿Qué otra información tienen en ese maldito expediente? ¿Han pensado en contactar a los Servicios Sociales? ¿St. Luke se contactó con Belmont cuando los niños desaparecieron?
—No estoy tratando de entrometerme, Edward —dice ella de repente—. Sólo quiero asegurarme de que sepas que no tienes que llevar esta carga solo. Tu ansiedad social, las responsabilidades en casa... es mucho con lo que lidiar a tu edad.
De la nada, un dolor asciende por mi pecho hasta mi garganta. Me encuentro mordiendo mi labio para que deje de temblar. Veo que su cara cambia y se inclina hacia mí.
—Hey, hey, escúchame. Hay montones de ayuda disponible. Está el consejero escolar o cualquiera de tus profesores con los que puedes hablar, o ayuda de afuera que puedo recomendarte si no quieres involucrar a la escuela. No tienes que cargar con todo esto por tu cuenta...
El dolor de mi garganta se intensifica. Lo voy a perder.
—Yo... en serio tengo que irme. Lo siento.
—Bien, no pasa nada. Pero, Edward, estoy siempre aquí por si quieres hablar, ¿está bien? Puedes hacer una cita con el consejero de la escuela en cualquier momento. Y si hay alguna manera de que pueda hacerte las cosas más fáciles en clase...Nos olvidaremos de las presentaciones por el momento. Sólo mas calificaré como trabajos escritos como sugeriste. Y dejare de hacerte preguntas y presionarte para que participes. Sé que no es mucho pero, ¿ayudarás en algo?
No lo entiendo. ¿Por qué no puede ser simplemente como los demás profesores? ¿Por qué tiene que importarle? Asiento sin palabras.
—Oh, amor, ¡lo último que quería era hacerte sentir peor! Es sólo que pienso muy bien de ti y estoy preocupada. Quería que supieras que hay ayuda disponible.
Sólo cuando escucho la derrota en su voz, cuando veo la mirada de sorpresa en su rostro, es que me doy cuenta que mis ojos se han llenado de lágrimas.
—Gracias. ¿P-puedo irme ahora?
—Claro que puedes, Edward. Pero, ¿podría pensar sobre eso, sobre hablar con alguien?
Asiento, incapaz de pronunciar otra palabra, agarro mi mochila y huyo de salón.
...
—No, estúpida. Sólo debes colocar cuatro platos —dice Emmett, y saca un de los platos de la mesa y lo regresa a la alacena con un estrépito.
— ¿Por qué? ¿James va a ir a Burger King de nuevo? —pregunta Alice mientras mordisquea la punta de su pulgar nerviosamente, sus ojos grandes lanzándose alrededor de la cocina como si estuviera buscando señales de problemas.
—Bella tiene su cita esta noche, ¡estúpida!
Le doy la espalda a la estufa.
—Deja de llamarla estúpida. Ella es más chica que tú, eso es todo. Y, ¿cómo es que ella ha terminado su trabajo y tú ni siquiera has empezado el tuyo?
—No quiero que Bella salga a una cita —protesta Alice—. Si Bella sale y James sale y mamá sale, ¡eso significa que sólo quedamos tres en la familia!
—En realidad, eso significa que quedan dos, porque voy a dormir en la casa de Jazz —le informa Emmett.
—No, no lo harás —intervengo rápidamente—. Eso no se discutió, la madre de Jazz nunca llamó, y ya te he dicho que dejes de auto-invitarte a las casas de otras personas: es muy descortés.
— ¡Muy bien, entonces! —grita Emmett—. ¡Le diré que te llame! ¡Ella fue la que me invitó, así que verás!
Sale de la cocina justo cuando empiezo a servir.
— ¡Em, vuelve aquí o estarás sin GameBoy por una semana!
Jacob llega diez minutos después de las siete.
Bella ha estado en el borde desde que llegó. En la última hora ha estado arriba, compitiendo con mamá por el baño, incluso las escuché riendo juntas.
James salta, golpeando su rodilla con la pata de la mesa en su prisa por ser el primero en conocerlo. Lo dejo ir y cierro rápidamente la puerta de la cocina detrás de él. No quiero ver al tipo. Afortunadamente, Bella no lo invita a entrar. Escucho sus pies golpeando las escaleras, voces alzándose en señas de saludo, seguido de:
—Estaré contigo en un minuto.
James regresa, luciendo impresionado y exclamando ruidosamente.
—Whoa, ese tipo está cargado. ¿Has visto su ropa de diseñador?
Bella entra apresuradamente.
—Gracias por hacer esto. —Ella viene hacia mí y aprieta mi mano de esa manera molesta que tiene.— Los sacaré fuera todo el día de mañana, lo prometo.
Me alejo.
—No seas tonta, sólo pásala bien.
Ella está usando algo que nunca he visto en mi vida. De hecho, se ve totalmente diferente: lápiz labial color vino tinto, su largo cabello castaño levantado, algunos mechones perdidos enmarcar delicadamente su rostro. Pequeños pendientes plateados cuelgan de sus orejas. Su vestido es corto, negro y entallado a su figura, sexy de una forma sofisticada. Huele a algo floral.
— ¡Beso! —llora Alice, levantando los brazos.
La veo abrazar a Alice, besar la cima de la cabeza de Emmett, darle a James un golpe en el hombro y sonreírme de nuevo.
— ¡Deséenme suerte!
Me las arreglo para devolverle la sonrisa y un pequeño asentimiento.
— ¡Buena suerte! —dicen Emmett y Alice a los gritos.
Bella se encoge y se ríe mientras corre hacia el corredor.
Se escuchan puertas azotándose y después el sonido de un motor arrancando. Me giro hacia James.
— ¿Vino en auto? —pregunto.
—Sí, te lo dije, ¡está cargado! No era exactamente un Lamborghini, ¡pero cielos! ¿Tiene sus propias ruedas a los diecisiete?
—Dieciocho —lo corrijo—. Espero que no intente beber.
—Deberías haberlo visto —dice James—, ese tipo tiene clase.
— ¡Bella se veía como una princesa! —exclama Alice, sus ojos azules bien abiertos—. Se veía como una adulta también.
—Ok, ¿quién quiere más patatas? —pregunto.
—Tal vez se case con él y entonces será rica —se mete Emmett—. ¿Si Bella es rica y yo soy su hermano, eso significa que yo seré rico también?
—No. Significa que se deshará de ti como hermano porque eres una vergüenza... ni siquiera te sabes las tablas de multiplicar —responde James.
La boca de Emmett se abre y sus ojos se llenan de lágrimas. Me giro hacia James.
—Ni siquiera eres gracioso, ¿te das cuenta de eso?
—Nunca he afirmado ser comediante, sólo realista —replica James.
Emmett sobre por la nariz y se pasa el dorso de la mano por sus ojos.
—No importa lo que digas, Bella nunca haría eso y, de todos modos, soy su hermano hasta que me muera.
—En ese momento te irás al infierno y nunca verás a nadie más —dispara James de nuevo.
—Si hay un infierno, James, créeme, tú estarás en él. —Puedo sentir como pierdo mi tranquilidad.—Ahora, ¿podrías simplemente callarte y terminar tu cena sin atormentar a nadie más?
James tira su cuchillo y su tenedor en el plato medio terminado con un estrépito.
—Al diablo con esto. Voy a salir.
— ¡Diez en punto y no más tarde! —grito detrás de él.
—En tus sueños, compañero —responde a mitad de camino de las escaleras.
Nuestra madre es la siguiente en entrar, oliendo a perfume barato y luchando por encender un cigarrillo sin arruinar sus uñas recién pintadas. La antítesis de Bella: ella es todo brillo y labios color carmesí, su mal ajustado vestido rojo dejando poco a la imaginación. Pronto desaparece otra vez, ya inestable con sus tacones altos, gritándole a James por haberle robado su último paquete de cigarrillos.
...
Paso el resto de la noche mirando TV con Emmett y Alice, simplemente demasiado exhausto y harto como para intentar algo más productivo. Cuando empiezan a discutir, los preparo para la cama. Alice llora porque le entra shampoo en los ojos, y Emmett olvida colgar la cortina de baño dentro de la bañera e inunda el suelo. El cepillado de dientes parece tomar horas: el tubo de pasta para niños está casi vacío así que, en su lugar, uso el mío, lo que hace aguar los ojos de Emmett y que Alice escupa en la pileta. Después, Alice se toma quince minutos para elegir una historia, Emmett se mueve furtivamente escaleras abajo para jugar GameBoy y, cuando me opongo, se pone irracionalmente molesto y reclama que Bella siempre lo deja jugar mientras le lee a Alice. Una vez que están en la cama, Alice está inmediatamente hambrienta, Emmett está sediento por asociación, y para el momento en que el clamor finalmente se detiene son las nueve y media y yo estoy destrozado.
Pero una vez que están dormidos, la casa se siente extrañamente vacía.
Sé que debería ir a la cama y tratar de dormir temprano, pero me siento cada vez más agitado y en el borde. Me digo a mí mismo que me tengo que quedar levantado para comprobar que James llegue a casa en algún momento, pero muy en el fondo sé que es sólo una excusa. Estoy mirando una estúpida película de acción pero no tengo ni idea de qué se trata o de quién debería perseguir a quién. Ni siquiera me puedo concentrar en los efectos especiales. Todo en lo que puedo pensar es en Black.
...
Son más de las diez ahora. Ellos deben haber terminado de comer, deben haber dejado el restaurante.
Su padre a menudo está fuera por negocios, o eso afirma Jacob, y no tengo ninguna razón para no creerle. Lo que significa que tiene su mansión para él solo. ¿La habrá llevado allí? ¿O están en un estacionamiento de poco fiar, sus manos y sus labios encima de ella? Me empiezo a sentir enfermo. Tal vez es porque no he comido en toda la noche.
Quiero levantar levantado y ver por mí mismo en qué estado está cuando llegue a casa. Si decide venir a casa.
De repente, se me ocurre que la mayoría de los chicos de dieciséis años tienen algún tipo de toque de queda. Pero sólo soy trece meses mayor que ella, así que difícilmente estoy en una posición para imponer uno. Me sigo diciendo que Bella siempre ha sido tan sensible, tan responsable, tan madura, pero ahora recuerdo la sonrojada expresión de su rostro cuando entró en la cocina para decir adiós, el brillo de su sonrisa, la efervescencia de la emoción de sus ojos. Ella sigue siendo una adolescente, me doy cuenta; todavía no es una adulta, sin importar lo mucho que haya sido forzada a actuar como una. Tiene una madre que no piensa en nada más que en sexo en el suelo de la sala mientras sus hijos duermen en el piso de arriba, que se jacta con ellos acerca de sus conquistas de adolescente, que sale a beber cada semana y llega tambaleándose a las seis de la mañana con el maquillaje corrido y la ropa al revés. ¿Qué clase de modelo a seguir a tenido Bella alguna vez? Por primera vez en su vida es libre. ¿Estoy tan seguro de que no se verá tentada a sacar el máximo provecho de ello?
Es estúpido pensar así. Bella es lo suficientemente mayor para tomar sus propias decisiones. Muchas chicas a su edad duermen con sus novios. Si ella no lo hace esta vez, lo hará la siguiente, o la que sigue, o la que le sigue a esta...De una forma u otra va a pasar. De una forma u otra voy a tener que lidiar con ello, excepto que no puedo. No puedo lidiar con eso en lo absoluto. La misma idea me hace querer golpear mi cabeza contra la pared y estrellar cosas. La idea de Black, o de cualquiera, sosteniéndola, tocándola, besándola...
Hay una explosión ensordecedora, una grieta cegadora, y un dolor lacerante que sube por mi brazo antes de que me dé cuenta de que he golpeado la pared con todas mis fuerzas: pedazos de pintura y de yeso caen desde la impresión de mis nudillos sobre el sofá. Doblándome, agarro fuertemente mi mano derecha con la izquierda, apretando los dientes para evitar hacer ruido. Por un momento todo se oscurece y creo que me voy a desmayar, pero entonces el dolor me golpea repentinamente en ondas sorprendentes y aterradoras.
En realidad, no sé qué duele más, mi mano o mi cabeza.
Lo que he temido y negado durante las pasadas semanas, la total perdida de control sobre mi mente, se ha asentado, y ya no tengo forma de luchar. Cierro mis ojos y siento el espiral de locura subir por mi columna hacia mi cerebro. Lo veo explotar como al sol. Así que esto es todo, esto es lo que se siente después de una largar y dura lucha... perder la batalla y finalmente volverse loco.
(1) Escritora estadounidense especialmente conocida como poetisa, aunque también es autora de obras en prosa, como una novela semi-autobiográfica, La campana de cristal (bajo el pseudónimo de Victoria Lucas), relatos y ensayos.
(2) Novelista, ensayista, escritora de cartas, editora, feminista y escritora de cuentos británica, considerada como una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX.
Adelanto: Capítulo 12 (personalmente, mi capítulo favorito, es genial).
—Así que te acostaste con él —afirma rotundamente—. De tal palo, tal astilla.
Sus palabras cortan el aire entre nosotros. Mi mano se congela alrededor de la perilla de metal frío. Giro poco a poco, y dolorosamente.
— ¿Qué?
La palabra se me escapa en una pequeña bocanada de aire, apenas más que un susurro.
Bueno, tuve el capítulo más rápido de lo que creí. Yo juraba que lo iba a tener listo hasta el miércoles, pero no. Aunque empeñé el tiempo que se suponía era para estudiar para el parcial en esto. No me arrepiento, ya estudiaré justo en este momento.
¿Qué les parece? ¿El Edward confundido, celoso y, definitivamente, con una mente triste y perturbada?
¡Amo al mundo!
¡Hasta el miércoles, personas!
Camila.
