Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.

Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.


"No quiero pensar porque no quiero que el dolor del corazón se una al dolor del pensamiento." Emilio Castelar.

Capítulo XIII

Edward's POV

Le digo a Bella que necesita dormir porque sé que yo no puedo; estoy demasiado asustado de subir las escaleras, sentarme en mi cama y volverme loco en ese pequeño cuarto, sólo con mis pensamientos aterradores. Ella dice que quiere estar conmigo, tiene miedo de que si se aleja, desapareceré. Ella no necesita explicarlo, también lo siento, el miedo de que si nos separamos ahora, esta increíble noche sólo desaparecerá, se evaporará como un sueño y nos despertaremos en la mañana de regreso a nuestros cuerpos separados, de regreso a nuestras vidas comunes.

Todavía aquí en el sofá, con mis brazos alrededor de ella mientras está acurrucada contra mí con la cabeza apoyada en mi pecho, me siento asustado, más asustado de lo que he estado jamás. Lo que acaba de pasar fue increíble, pero de algún modo completamente natural, como si en el fondo siempre hubiera sabido que este momento llegaría, aunque nunca me permití pensar conscientemente en ello, ni imaginarlo de ninguna manera. Ahora que esto ha llegado, sólo puedo pensar en Bella, sentada aquí contra mí, su cálido aliento en mi brazo desnudo.

Es como si existiera un gran muro que me impide cruzar al otro lado, lanzando mi mente hacia el mundo exterior, el mundo más allá de nosotros dos. La válvula de seguridad de la naturaleza está trabajando, impidiéndome incluso contemplar las implicaciones de lo que acaba de pasar, manteniéndome, por el momento, a salvo del horror de lo que he hecho. Es como si mi mente supiera que no puede ir ahí todavía, que ahora no soy lo suficientemente fuerte para tratar con los resultados de estos sentimientos abrumadores, estas acciones trascendentales.

Pero el miedo permanece, el miedo a que en la luz fría del día seremos forzados a llegar al final de lo que fue, simplemente, un terrible error; el miedo a que no tendremos más remedio que renunciar a esta noche como si nunca hubiera pasado, en secreto vergonzoso para ser guardado por el resto de nuestras vidas hasta que, frágil por la edad, se desmorone hecho polvo; un débil y distante recuerdo, como el polvo de las alas de una polilla en un cristal, el fantasma de algo que quizás nunca ocurrió, existiendo solamente en nuestra imaginación.

No puedo soportar la idea de que esto sólo sea un momento en el tiempo, que haya terminado antes de haber empezado, retirándose ya en el pasado. Debo aferrarme a esto con todas mis fuerzas. No puedo permitir que Bella se escape lejos porque, por primera vez en mi vida, mi amor por ella se siente completo, y todo lo que ha llevado hasta este punto de repente tiene sentido, como si todo esto estuviera destinado a ser. Pero mientras miro hacia su cara somnolienta, los pómulos pecosos, la piel blanca, las curvas oscuras de sus pestañas, siento un dolor enorme, como una nostalgia aguda; un anhelo por algo que nunca podré tener. Sintiendo mis ojos sobre ella, me mira y sonríe, pero es una sonrisa triste, como si también supiera qué tan efímero es nuestro nuevo amor, qué tan peligrosamente amenazado está por el mundo exterior.

El dolor en mi interior se profundiza y todo en lo que puedo pensar es en cómo se sintió besarla, cuán breve fue ese momento y qué tan desesperadamente quiero vivirlo de nuevo. Ella sigue mirándome con esas pequeñas sonrisas nostálgicas, como si esperara, como si supiera. Y la sangre se siente caliente en mi cara, mi corazón se acelera, mi respiración se acelera, y ella se da cuenta de eso también. Levanta su cabeza de mi pecho y me pregunta:

— ¿Quieres besarme otra vez?

Asiento, enmudecido, el corazón golpeando de nuevo.

Me mira expectante, esperanzada.

—Entonces, hazlo.

Cierro mis ojos, mi respiración es entrecortada, mi pecho está lleno con una creciente sensación de desesperación.

—Yo no-no creo que pueda.

— ¿Por qué no?

—Porque estoy preocupado... Bella, ¿qué pasa si no podemos parar?

—No tenemos que hacerlo...

Respiro profundamente y volteo, el aire a mi alrededor está zumbando con el calor.

— ¡Ni siquiera pienses así!

Su expresión se pone seria, frota sus dedos de arriba a abajo por el interior de mi brazo; sus ojos están llenos de tristeza. Sin embargo, su contacto me llena con nostalgia. Nunca pensé que el simple toque de una mano pudiera estimularme tanto.

—Está bien, Ed, pararemos.

—Tienes que parar, prométemelo.

—Te lo prometo.

Toma mi mejilla, girándome de nuevo hacia ella.

Tomo su cara en mis manos y comienzo a besarla, suavemente al principio, y mientras lo hago, todo el dolor, la preocupación, la soledad y el miedo comienzan a evaporarse hasta que todo en lo que puedo pensar es en el sabor de sus labios, el calor de su lengua, el olor de su piel, su tacto, sus caricias. Después, lucho por mantener la calma y sus manos están presionando contra ambos lados de mi cara, u aliento caliente y rápido contra mis mejillas, su boca cálida y húmeda. Mis manos quieres recorrerla toda, pero no puedo, no puedo. Nos besamos con tanta fuerza que duele; duele que no pueda hacer más, duele que por mucho que la bese no puedo... no puedo...

—Ed...

No me importa la promesa. Ni siquiera recuerdo por qué la sugerí. No me importa nada, nada excepto...

—Tranquilo, Ed...

Presiono mis labios de nuevo contra su boca, sosteniéndola con fuerza para que deje de alejarse.

—Ed, detente.

Esta vez ella se aparta y me empuja hacia atrás, sosteniéndome con los brazos extendidos, sus dedos agarrando mis hombros. Sus labios están rojos, se ve sonrojada, salvaje y exquisita.

Respiro rápido, demasiado rápido.

—Me hiciste prometerlo —dice acongojada.

— ¡Lo sé, está bien!

Brinco lejos y empiezo a pasear por la habitación, deseando que hubiera una piscina de agua helada para zambullirme.

— ¿Estás bien?

No, no lo estoy. Nunca me he sentido así antes y me da miedo. Mi cuerpo parece haberse hecho cargo. Estoy tan excitado que apenas puedo pensar. Tengo que calmarme, tengo que mantener el control. No puedo dejar que esto pase. Paso mis manos por mi pelo repentinamente y el aire escapa de mis pulmones rápidamente.

—Lo siento. Debería haberlo dicho antes.

— ¡No! —Giro en redondo—. No es tu culpa, ¡por el amor de Dios!

— ¡Está bien, está bien! ¿Por qué estás tan enojado?

— ¡No lo estoy! Yo sólo... —Me detengo y apoyo mi frente contra la pared, luchando con la urgencia de golpearme—. Oh, Jesús, ¿qué vamos a hacer?

—Nadie podrá saberlo —dice en voz baja, mordiendo la punta de su pulgar.

— ¡No! —Grito.

Irrumpiendo en la cocina, revuelvo con furia el congelador para buscar cubitos de hielo para una bebida fría. El ácido caliente se dispara por mis venas y mi corazón está golpeteando tan fuerte que lo puedo oír. No sólo es frustración física, es la imposibilidad de la situación, el horror en el que nos hemos metido, la desesperación de saber que nunca seré capaz de amar a Bella en la forma en que quiero.

—Edward, por el amor de Dios, cálmate.

Su mano toca mi brazo mientras lucho con el congelador.

Empujo su mano.

— ¡No lo hagas!

Retrocede su mano.

— ¿Sabes lo que estamos haciendo aquí? ¿Tienes alguna idea? ¿Sabes cómo le llaman a esto?

Cierro de golpe el congelador y me muevo hacia el otro lado de la mesa.

— ¿Qué te pasa? —Ella exhala—. ¿Por qué de repente te volviste contra mí?

Me tengo abrupamente y la miro fijamente.

— ¡No podemos hacer esto! —exclamo, horrorizado en la súbita comprensión—. No podemos. Si comenzamos, ¿cómo nos detendremos? ¿Cómo diablos vamos a ser capaces de mantener esto en secreto a todo el mundo por el resto de nuestras vidas? No tendremos vida, estaremos atrapados, viviendo en secreto, siempre teniendo que fingir...

Ella mira de nuevo hacia mí, sus ojos cafés amplios por el shock.

—Los niños... —dice suavemente, de repente una nueva comprensión aparece—. Los niños... incluso si una persona se entera, ¡podrían llevárselos!

—Sí.

— ¿Así que no podemos hacer esto? ¿Realmente no podemos? —Formula como una pregunta, pero puedo ver por la mirada afligida en su cara que ya conoce la respuesta.

Sacudiendo la cabeza lentamente, trago saliva y giro para mirar por la ventana de la cocina para ocultar las lágrimas de mis ojos. El cielo está en llamas y la noche ha terminado.


Adelanto: Capítulo 14.

Busco otra escalera, los peldaños se fusionan. La suela de mi zapato se despega de lo más alto y doy un paso a la nada.

Buenos días, personas.

Aquí les dejo un nuevo capítulo.

Se vienen cosas difíciles...

Abrazos y hasta el miércoles.

Camila.