Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.
Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.
"No es que no quiera, es que no quiero querer." Joaquín Sabina.
Capítulo XVI
Bella's POV
Al final del día todo se reduce a cuánto puedes soportar, cuánto puede durar. Estar juntos, no dañamos a nadie; estar separados, nos extinguimos. Quería ser fuerte, quería mostrarle a Edward que si él podía irse después de aquella primera noche, entonces yo también; que si él podía distraerse saliendo con una chica, yo podría hacer lo mismo con un chico. Me mente estaba puesta en la idea, pero el resto de mi cuerpo no obedecía. En lugar de seguir adelante con nuestro trato, mi cuerpo escogió derrumbarse peligrosamente por un tramo de escaleras.
Edward aun es Edward, excepto que no lo es. Cuando lo miro ahora me parece diferente. Mi mente continúa recordando aquella tarde en la cama: el sabor de su boca caliente, el roce de sus yemas contra mi piel... quiero estar con él todo el tiempo. Lo sigo de habitación en habitación, buscando cualquier excusa para estar cerca de él, para verlo, para tocarlo. Quiero abrazarlo, acariciarlo, besarlo, pero por supuesto, con todos alrededor, no puedo hacerlo. Amarlo de este modo se ha convertido en un profundo dolor psíquico. Me invade un caleidoscopio de emociones conflictivas: por un lado, burbujeo con tanta adrenalina y excitación que me es difícil comer, por el otro, me consume el terror de que Edward vaya a decirme de repente que no podemos hacer esto porque es un error, o que alguien pueda descubrirnos y forzarnos a que nos separemos.
No voy a escuchar el tic-tac de la bomba de tiempo dentro de mi cabeza, no voy a pensar en el futuro, aquel agujero negro en el que ninguno de nosotros puede existir, juntos o separados... me niego a permitir que mis temores por el futuro me arruinen el presente. Todo lo que importa en este momento es que Edward está aquí y nos amamos. Nunca me he sentido tan feliz en mi vida.
Edward también parece más vivo. La tensa mirada de agotamiento y falsa alegría se ha borrado de su rostro. Se ríe de las bromas de Emmett, le hace cosquillas a Alice y la hace girar, dándole vueltas y vueltas hasta que tengo que pedirle que se detenga. Le lleva la corriente a James y ha dejado de lado sus habituales comentarios incendiarios; incluso dejó de morderse los labios. Y cada vez que sus ojos encuentran los míos, su rostro se ilumina con una sonrisa.
El viernes por la mañana, dos semanas completas desde la última vez que estuvimos uno en brazos del otro en la cama, me acerco por detrás mientras él se encuentra solo ante el fregadero, de espaldas a la puerta, bebiendo su café matutino y mirando por la ventana. Su cabello castaño cobrizo aún está revuelto a causa de la siesta, las mangas de su camisa blanca enrolladas sobre los codos como de costumbre. La piel de sus brazos se ve tan suave que anhelo a acariciarla. Incapaz de contenerme, deslizo mi mano en la suya, relajada. Él se vuelve hacia mí con una sonrisa de sorpresa, pero puedo reconocer un toque de alarma en sus ojos, acompañado por otra emoción: un deseo atormentado, una dolorosa desesperación.
—Los demás bajarán en un minuto —me advierte Edward suavemente.
Echo un vistazo a la puerta de la cocina cerrada, deseando que tuviera una cerradura. Retornando a él, acaricio el interior de su palma con la punta de mis dedos.
—Te extraño —susurro.
Él sonríe ligeramente, pero sus ojos están tristes.
—Solo tenemos que... que esperar el momento adecuado, Bella.
—Nunca hay un momento adecuado —le respondo—. Entre los niños, el colegio y James llegando a medianoche, nunca estamos solos.
Él comienza a morderse el labio otra vez, volviéndose a mirar por la ventana. Apoyo mi cabeza contra la parte superior de su brazo.
— ¡No! —dice con voz ronca.
—Pero, yo solo...
— ¿No lo entiendes? Lo hace aun más difícil. Hace que sea aún peor. —Inspira de forma inestable—. No puedo... no puedo soportar cuando tú...
—Cuando yo... ¿qué? —Él no responde—. ¿Por qué me estás embrollando?
—No lo entiendes. —Se vuelve hacia mí casi con furia, su voz empieza a temblar—. Verte, estar contigo cada día pero no ser capaz de hacer algo... es como
el cáncer, ¡es como este cáncer creciendo dentro de mi cuerpo, dentro de mi mente!
—Está bien. Lo sé, lo siento. —Intento desasir mi mano, pero sus dedos se ciñen alrededor de los míos.
—No lo hagas.
Me inclino hacia él y lo aprieto con fuerza mientras él me envuelve con sus brazos. El calor de su cuerpo fluye hacia el mío como una corriente eléctrica. Sus mejillas calientes rozan mi rostro, sus labios tocan los míos antes de apartarse otra vez; su aliento es húmedo y apremiante contra mi cuello. Deseo tanto que me bese que duele.
La puerta cruje al abrirse como el sonido de un disparo. Nos separamos con premura. Emmett está allí, tirando de su corbata, su camisa sin fajar. Sus ojos están muy abiertos, oscilando entre mi rostro y el de Edward.
— ¡Wow, el primero en estar listo! —Mi voz sale estridente con una alegría falsa—. Ven aquí y te ataré la corbata. ¿Qué te gustaría para el desayuno?
Él aún no se mueve.
—¿Qué sucedió? —pregunta al fin con el rostro preocupado.
— ¡Nada! —Edward pasa de hacer el café y le brinda una sonrisa tranquilizadora—. Todo está bien. Ahora, ¿musli, tostadas o ambos?
Emmett ignora los intentos de Edward por distraerlo.
—¿Por qué estabas abrazando a Bella? —pregunta en cambio.
—Porque... porque... Bella está un poco molesta por ese examen que tiene que hacer hoy —responde Edward entrecortado—, se siente muy nerviosa.
Asiento como si estuviera de acuerdo, borrando rápidamente mi falsa sonrisa. Poco convencido, Emmett camina lentamente hacia su silla, olvidando sus quejas habituales mientras Edward le llena su tazón con musli.
Mi corazón golpetea como un martillo. Solo oímos la puerta hasta después que él la hubiera abierto por completo y ésta golpeara la esquina del aparador. ¿Emmett vio a Edward besando mi cuello? ¿Notó que mis labios rozaron los suyos?
Emmett empieza a comer su musli sin más comentarios y sé que no ha creído nuestra historia. Sé que siente que algo no está bien. Me siento casi aliviada cuando llegan James y Alice, ruidosos y demandantes, uno protestando por el menú del desayuno, la otra por haber perdido su álbum de estampas. Miro nerviosamente a Emmett, pero él permanece inusualmente silencioso.
Edward está claramente alterado. El color es fuerte en sus mejillas y se está mordiendo el labio. Golpea el jugo de Alice y esparce los cereales sobre la mesa. Sirve café tras café y trata de apurar a todo el mundo a que desayune, incluso cuando aun no son ni las ocho, y sus ojos continúan regresando al rostro de Emmett.
...
Después de dejar los niños en la escuela, me vuelvo hacia él y le digo:
—Emmett no pudo haber visto nada. No hubo tiempo.
—Él solo me vio dándote un abrazo y ahora está preocupado porque estés molesta por algo más serio que un examen. Nunca debí haber salido con esa patética excusa. Pero para esta tarde ya habrá olvidado todo esto o, si no lo hace, se dará cuenta de que estás bien. Todo está bien.
Aún puedo sentir el retorcijón del miedo en mi estómago. Pero sólo asiento con la cabeza y sonrío con tranquilidad.
...
En matemáticas, Jessica masca goma y apoya los pies sobre la silla vacía que tiene enfrente, pasándome notas sobre el modo en que Tyler Crowley me está mirando y especulando sobre lo que le gustaría hacer conmigo.
Pero todo lo que puedo pensar es en que algo tiene que cambiar. Edward y yo tenemos que encontrar una manera de estar juntos sin temor a ser interrumpidos por, al menos, un ratito todos los días. Sé que después de lo que sucedió esta mañana, él no va a volver a tocarme cuando los demás estén en la casa, lo que es, básicamente, cuando nosotros estamos. Y aun no entiendo por qué no puedo quedarme cerca de él, sujetar su mano, descansar mi cabeza contra su brazo mientras estemos en una habitación vacía. Él dice que lo empeora, ¿pero qué podría ser peor que no tocarlo en absoluto?
...
Hoy es mi turno de recoger a Emmett y Alice porque Edward tiene una clase en la tarde. De camino a casa, ellos cargan hacia delante como siempre, dándome un infarto cada vez que cruzan una carretera. Cuando llegamos, les doy unos aperitivos y me pongo a hurgar dentro de sus mochilas buscando notas de profesores y tareas mientras ellos luchan por el control remoto en la sala. Pongo a lavar la ropa, retiro las cosas del desayuno y subo las escaleras a ordenar su habitación.
Cuando regreso a la sala, ya se han aburrido de la televisión, la GameBoy no está funcionando correctamente y los amigos de Emmett del vecindario están todos fuera, en un club de fútbol. Empiezan a discutir, por lo que sugiero un juego de Cluedo (1). Agotados por la larga semana aceptan, así que dispongo el juego sobre la alfombra de la sala: Emmett se recuesta sobre el estómago, con la cabeza apoyada en una mano, su crespos castaños cubriéndole los ojos; Alice se sienta de piernas cruzadas a los pies del sofá, con un enorme agujero nuevo en sus medias rojas escolares que revelan parte de un esparadrapo aún mayor.
— ¿Qué te sucedió? —le pregunto señalándolo.
— ¡Me caí! —anuncia, sus ojos iluminados de anticipado deleite mientras empieza su relato del drama—. Fue muy, muy grave. Mi rodilla tenía un gran corte abierto y había sangre por toda mi pierna, ¡y la enfermera dijo que tendría que ir al hospital para recibir puntos de sutura! —Mira a Emmett para asegurarse que tiene un público cautivo—. De todos modos, yo no lloré mucho. Únicamente hasta el final del recreo. La enfermera dijo que yo era realmente valiente.
— ¡Te dieron puntos de sutura! —Me quedo mirándola, horrorizada.
—No, porque después de un rato dejó de salir la sangre, así que la enfermera dijo que ella pensaba que estaría bien. Siguió intentado llamar a mamá, pero le dije y le dije que era el número equivocado.
— ¿Qué quieres decir con que era el número equivocado?
—Yo le decía que ella tenía que llamarte a ti o a Ed en su lugar, pero ella no me escuchaba, incluso cuando le dije que me sabía los números de memoria. Solo dejó un montón de mensajes en el móvil de mamá y me preguntó si tenía una abuela o abuelo que pudiera ir y recogerme en su lugar.
—Oh, Dios, déjame ver. ¿Aun te duele?
—Solo un poco. No... ¡ay! ¡No quites el esparadrapo, Bella! ¡La enfermera dijo que tenía que dejármelo!
— ¡Okey, okey! —digo rápidamente—. Pero la próxima vez, le dices a la enfermera que tiene que llamarnos a mí o a Ed. Le dices que tiene que hacerlo, Alice, ¿entendido? ¡Tiene que hacerlo! —De repente, me descubro casi gritando.
Alice asiente distraídamente, con la atención puesta en las piezas del juego ahora que su drama ha terminado. Pero Emmett me está mirando solemnemente, sus ojos cafés entornados.
— ¿Por qué la escuela siempre tiene que llamarlos a ti o a Edward?— pregunta él en voz baja—. ¿Ustedes son, en secreto, nuestros verdaderos padres?
El sobresalto corre como agua helada a través de mis venas. Soy incapaz de respirar por un momento.
—No, por supuesto que no, Emmett. Simplemente, somos mucho mayores que tú, eso es todo. ¿Qué... qué rayos te hizo pensar tal cosa?
Emmett continúa concentrado en mí con su penetrante mirada y me encuentro literalmente conteniendo la respiración, esperando su comentario sobre lo que fue testigo esta mañana.
—Porque mamá ya no está aquí nunca más. Ni siquiera los fines de semana. Tiene una nueva familia ahora, en casa de Marco. Vive allí e incluso tiene nuevos hijos.
Lo miro, con la tristeza filtrándose a través de mí.
—No es su nueva familia. —Hago el último intento con desesperación—. Ellos se quedan sólo durante el fin de semana y son hijos de Marco, no de ella. Nosotros somos sus hijos. Ella sólo pasa mucho tiempo allí en estos momentos porque trabaja hasta muy tarde... es peligroso que vuelva a casa sola en medio de la noche.
Mi corazón está latiendo demasiado rápido. Desearía que Edward estuviera aquí para decir lo correcto, yo no sé cómo explicárselos. No sé cómo explicármelo.
— ¿Entonces, cómo es que ella nunca más está aquí, ni siquiera los fines de semana? —pregunta Emmett, su voz súbitamente tiene un filo de ira—. ¿Cómo es que nunca nos lleva a la escuela o nos recoge para traernos a casa como solía hacer en su día libre?
—Porque... —Mi voz flaquea. Sé que aquí voy a tener que mentir—. Porque ahora también está trabajando los fines de semana y no tomará más días libres durante la semana. Es solo para que pueda ganar más dinero, para comprar cosas bonitas para nosotros.
Emmett me da una larga y dura mirada y, con un sobresalto, veo el adolescente que será en unos pocos años.
—Estás mintiendo —dice en voz baja—, todos ustedes están mintiendo. —Se levanta y corre escaleras arriba.
Me siento allí, paralizada por el miedo, la culpa y el horror. Sé que debería ir tras él, ¿pero qué puedo decirle?
Alice está tirando de mi manga, exigiendo que juegue. Afortunadamente la conversación ha pasado desapercibida para ella, y por eso, recojo las piezas con una mano temblorosa y empiezo a jugar. Conforme el tiempo pasa, la tarde que me desmayé empieza a sentirse como un sueño que lentamente se evapora desde los espirales de mi mente.
...
No trato de tocar a Edward nuevamente. Sigo diciéndome que esto es sólo temporal, solo hasta que las cosas se calmen con Emmett y él empiece a enfocarse en otras cosas y regrese a su descarada personalidad habitual. Eso no le toma mucho tiempo, pero sé que el recuerdo aun está allí, junto con la duda, el dolor y la confusión. Y eso es suficiente para detenerme de acercarme a Edward.
La pesadilla de Navidad comienza: películas navideñas, disfraces que hacer de improviso, una discoteca para los alumnos de sexto año a la cual Edward es el único alumno que no asiste. Entonces, todo el mundo se dispersa y la Navidad está sobre nosotros, la casa decorada con guirnaldas y banderolas que Edward robó de la escuela.
Toma los esfuerzos combinados de los cinco cargar el árbol hogareño desde lo alto de la calle y Alice se mete una aguja de pino en un ojo, y por unos pocos momentos terribles pensamos que tendríamos que llevarla a urgencias, pero Edward, finalmente, consigue sacársela. Emmett y Alice adornan el árbol con decoraciones hechas en casa y en la escuela, e incluso cuando el resultado final fue un gran desastre desproporcionado y brillante, nos anima tremendamente a todos.
Incluso James se digna a unírsenos con los preparativos, aunque se pasa la mayor parte del tiempo tratando de probarle a Alice que Santa Claus no es real. Mamá nos da nuestro dinero de Navidad y voy a hacer compras para Alice, mientras Edward se ocupa de Emmett: un sistema que diseñamos un desafortunado año, cuando yo le compré a Emmett un par de guantes para fútbol con una franja rosada a los lados. James solo quiere dinero pero Edward y yo colaboramos para conseguirle el par de zapatillas de diseñador ridículamente caras que ha estado deseando por años.
En vísperas de Navidad, esperamos hasta oírlo roncar suavemente antes de colocar la caja envuelta a los pies de su escalera con las palabras "De parte de Santa Claus" escritas en buen tamaño.
Mamá hace una aparición tardía la mañana de Navidad, cuando el pavo ya está en el horno. Trae regalos también, principalmente cosas de segunda mano de las que los niños de Marco ya se han cansado: Lego y autos de juguete para Emmett, a pesar que dejó de jugar con ese tipo de cosas hace algún tiempo, y una segunda copia de Bambi para DVD y un Teletubbie andrajoso para Alice que ella mira con una mezcla de confusión y horror. James consigue algunos videojuegos viejos que no funcionan en su consola, pero él estima que puede vender en la escuela. Yo obtengo un vestido varias tallas más grandes que la mía, que luce como si una vez hubiera pertenecido a la ex esposa de Marco, y Edward es el orgulloso nuevo propietario de una enciclopedia, generosamente adornada con dibujos obscenos.
Todos hacemos las apropiadas exclamaciones de alegría y sorpresa, y mamá se siente en el sillón, se sirve un gran vaso de vino blanco, enciende un cigarrillo y jala a Alice y a Emmett a su lado, su rostro ya encendido por el alcohol.
De algún modo, sobrevivimos al día. Marco pasa la ocasión con su familia y mamá se desmaya en el sofá justo pasadas las seis. Emmett y Alice son engatusados para irse a la cama temprano, permitiéndoles llevarse sus regalos con ellos y James desaparece escaleras arriba con sus videojuegos para comenzar sus negociaciones.
Edward se ofrece a limpiar la cocina y, para mi vergüenza, lo dejo hacerlo y colapso en la cama, agradecida de que el día haya llegado a su fin.
...
Es casi un alivio cuando la escuela comienza de nuevo. Edward y yo tenemos remordimientos, y mantener entretenidos a Emmett y Alice cada día durante dos semanas ha cobrado su precio. Volvemos a la escuela agotados y admiramos los nuevos iPods, móviles, ropas de diseñador y laptops que nos rodean.
En el almuerzo, Edward pasa caminando junto a mi mesa.
—Encuéntrame en las escaleras —susurra.
Jessica deja escapar un fuerte aullido lobuno mientras él se aleja y yo me giro a tiempo para ver que su rostro se torna carmesí.
...
Aquí arriba, el viento es casi un vendaval, cortándote como si fueran astillas de hielo. No tengo idea de cómo Edward puede soportarlo día tras día. Él se abraza a sí mismo contra el frío, sus dientes castañetean, sus labios están teñidos de azul.
— ¿Dónde está tu abrigo? —le reprocho.
—Lo olvidé en la carrera matutina de costumbre.
— ¡Edward, vas a coger una neumonía y morir! ¿No podrías, al menos, ir a leer a la biblioteca, por el amor de Dios?
—Estoy bien. —Está tan helado que apenas puede hablar, pero en un día como éste, la mitad de la escuela abarrota la biblioteca.
— ¿Qué pasa? —Pensé que no te gustaba que yo viniera aquí—. ¿Ha sucedido algo?
—No, no. —Él se muerde los labios intentando contener una sonrisa—. Tengo algo para ti.
Frunzo el ceño, confundida.
— ¿Qué?
Él busca dentro del bolsillo de su blazer y saca una pequeña caja plateada.
—Es un regalo de Navidad retrasado. No fui capaz de conseguirlo hasta ahora, y no quería dártelo en casa porque, tú sabes... —Su voz va menguando torpemente.
Lo tomo suavemente.
—Pero hicimos un pacto hace años —protesto—. La Navidad es para los niños. No íbamos a gastar más dinero del que debíamos, ¿recuerdas?
—Quise romper el pacto este año. —Se ve emocionado, con sus ojos sobre la caja, instándome a abrirla.
—Pero entonces tendrías que habérmelo dicho. ¡Yo no tengo nada para darte a ti!
—No quiero que me des nada. No te lo dije porque quería que fuera una sorpresa.
—Pero...
Él me toma por los hombros y me da una gentil sacudida, riendo.
— ¡Aargh! ¿Podrías simplemente abrirlo?
Yo sonrío.
— ¡Está bien, está bien! Pero aun objeto esta ruptura del pacto sin mi consentimiento. —Levanto la tapa—. Oh, Dios... Edward...
— ¿Te gusta? —Está prácticamente brincando sobre sus pies, sonriendo con alegría, un destello de triunfo brillando en sus ojos—. Es de plata maciza —me informa con orgullo—. Debería encajarte perfectamente, tomé la medida de la marca en la pulsera de tu reloj.
Continúo con la vista fija en la caja, consciente que no me he movido ni hablado por varios minutos. El brazalete de plata que yace allí contra el terciopelo negro, es la cosa más exquisita que nunca he visto. Compuesta de intrincados lazos y remolinos, brilla mientras captura la luz blanquecina del sol invernal.
— ¿Cómo has pagado esto? —Mi voz es un susurro conmocionado.
— ¿Eso importa?
— ¡Sí!
Él duda por un momento, el resplandor se desvanece y baja la mirada.
—He... he estado ahorrando. Tuve una especie de trabajo.
Levanto la mirada del bello brazalete, incrédula.
— ¿Un trabajo? ¿Qué? ¿Cuándo?
—Bueno, no fue un verdadero trabajo. —La luz se ha apagado de sus ojos y ahora suena avergonzado—. Me ofrecí a escribir algunos ensayos para unas pocas personas y se corrió la voz.
— ¿Has hecho las tareas de la gente por dinero?
—Sí, bueno, de las curriculares (2) principalmente. —Mira tímidamente hacia abajo.
— ¿Desde cuándo?
—A partir del último semestre.
— ¿Has estado ahorrando para esto por cuatro meses?
Sus zapatos trazan líneas en el suelo y sus ojos rehúsan encontrarse con los míos.
—Al principio, era solo dinero adicional para, tú sabes, cosas del hogar. Pero luego pensé en Navidad y en que tú no habías recibido un regalo desde... nunca.
Me resulta difícil recuperar el aliento. Es un esfuerzo retomar todo esto.
—Edward, tenemos que regresar esto inmediatamente y hacer que te devuelvan tu dinero.
—No podemos—. Su voz flaquea.
— ¿Qué quieres decir?
Él gira el brazalete. En el interior están las palabras:
Bella, te amaré por siempre.
Edward x.
Me quedo mirando el grabado, paralizada por el estupor, el silencio entre nosotros interrumpido solo por los gritos distantes en el patio de recreo.
Edward dice en voz baja:
—Pensé... no debería ser demasiado holgada, así nadie podría ver el grabado. Y si te preocupa, siempre podrás tenerla escondida en casa, c-como un amuleto de la buena suerte o algo... quiero decir, solo... solo si tú quieres, por supuesto. —Su voz se desvanece en el silencio otra vez.
No puedo moverme.
—Probablemente, esto fue una idea estúpida. —Está hablando demasiado rápido ahora, tropezando con sus propias palabras—. Es... es probable que no lo hubieras elegido para ti; los chicos tienen el peor gusto para ese tipo de cosas. Debí haber esperado y preguntarte. Debí haber dejado que tú eligieras o darte algo más útil como, um, como... como...
Levanto la mirada del brazalete de nuevo. A pesar del frío, las mejillas de Edward se ven calientes de vergüenza, sus ojos irradian decepción.
—Bella, mira, realmente no importa. No tienes que usarlo o algo así. Tú... simplemente puedes tenerlo escondido en casa... por el grabado. —Me da una sonrisa vacilante, desesperado por desentenderse de todo el asunto.
—No, Ed, no. Es... es la cosa más hermosa que tuve nunca. Es el regalo más increíble que nunca me han dado. Y el grabado... voy a usarlo toda mi vida. Simplemente, no puedo creer que hayas hecho esto solo por mí. Todo ese trabajo, noche tras noche. Pensé que te estabas volviendo loco por los exámenes o algo así. Pero todo era solo... solo para darme... —No puedo terminar la frase y, sujetando firmemente la caja, me inclino hacia él, mi rostro apretado contra su pecho.
Puedo oírlo soltar el aliento, aliviado.
—Hey, tú sabes, lo políticamente correcto es sonreír y decir gracias.
—Gracias —susurro contra él, pero las palabras no significan nada comparadas con lo que siento.
Él toma la caja y me levanta el brazo. Siento que me rodea y empuja hacia arriba la manga de mi abrigo. Después de unos pocos momentos de torpeza, siento la fría plata contra mi piel.
—Hey, ¿qué tal va? Échale un vistazo —dice con orgullo.
Tomo una profunda inspiración, parpadeando para contener las lágrimas. La intrincada plata que rodea mi muñeca emite destellos. Contra mi pulso, descansan las palabras Te amaré por siempre. Aunque ya sabía que lo haría.
...
Uso el brazalete todo el tiempo. Solo me lo quito en la seguridad de mi propia habitación, lo hago descansar en la palma de mi mano y miro embelesada el grabado. Por la noche duermo con las cortinas parcialmente abiertas, de modo de que la luz de la luna sea capturada por el metal, haciéndolo resplandecer. En la oscuridad, siento sus relieves con los labios, como si besándolo me llevara más cerca de Edward.
En la tarde del sábado, mamá nos sorprende entrando de golpe en la casa, con el maquillaje corrido y el cabello húmedo por la lluvia.
—Oh, están todos aquí. —Suspira, sin hacer ningún intento por ocultar su decepción, de pie en el umbral de la puerta de la sala, con un anorak (3) de hombre demasiado grande, medias de red y tacones vacilantes. Emmett está practicando ponerse de cabeza en el sofá, Alice está tirada sobre la alfombra mirando desganada la televisión y yo estoy tratando de terminar mi tarea de historia sobre la mesa de café. James ya ha salido con sus compañeros y Edward está en el piso superior, repasando.
— ¡Mami! —Willa se levanta de un salto y corre hacia ella, tendiéndole los brazos para que la abrace.
Mamá le da unas palmaditas en la cabeza sin mirar hacia abajo y Alice se conforma con abrazar sus piernas, en lugar de ello.
— ¡Mamá, mamá, mira lo que puedo hacer! —grita Emmett triunfante, lanzándose en una voltereta aérea y tirando mi pila de libros al suelo.
— ¿Cómo es que no estás en casa de Marco? —le pregunto mordazmente.
—Tenía que irse y rescatar a su ex esposa —responde ella, curvando los labios con disgusto—. Aparentemente, ahora es agorafóbica (4) o algo así. Es más como una necesidad crónica de llamar la atención, si me lo preguntas.
—Mami, salgamos a algún lado, ¡por favor! —suplica Alice, colgándosele de una pierna.
—Ahora no, pastelito. Está lloviendo y mami está muy cansada.
—Podrías llevarlos al cine —sugiero rápidamente—. Superhéroes (5) empieza en quince minutos. Iba a llevarlos yo, pero como no te han visto por cerca de dos semanas…
— ¡Sí, mamá! Superhéroes parece muy buena, ¡te encantará! En mi clase, todos la han visto. —El rostro de Emmett se ilumina.
— ¡Y palomitas! —pide Alice, brincando de arriba abajo—. ¡Amo las palomitas! ¡Y Coca-Cola!
Mamá produce una sonrisa tensa.
—Niños, tengo un terrible dolor de cabeza y solo quiero quedarme aquí.
— ¡Pero has estado en casa de Marco por dos semanas completas! —grita Emmett de pronto, su rostro se pone morado.
Ella se estremece ligeramente.
—Okey, okey. Está bien. —Me lanza una mirada enfadada—. ¿Te das cuenta que he estado trabajando por las pasadas dos semanas, cierto?
La miro con frialdad.
—Nosotros también.
Ella se gira sobre sus talones y, tras una discusión sobre un paraguas, gritos furiosos sobre un abrigo desaparecido y lamentos de angustia sobre el pie que alguien pisó, la puerta de entrada se cierra. Dejo caer mi cabeza contra el sofá y cierro los ojos. Luego de un momento, los abro de nuevo y sonrío. Se han ido. Todos se han ido. Esto es demasiado bueno para ser verdad. Por fin tenemos la casa para nosotros solos.
Subo la escalera de puntillas, mi ritmo cardíaco acelerado. Voy a darle una sorpresa. Me acercaré sigilosa por detrás, me deslizaré en su regazo y anunciaré nuestra inesperada ventana de libertad con un largo y profundo beso. Me paro fuera de la puerta de su dormitorio, contengo la respiración y giro suavemente el picaporte.
Poco a poco, empujo la puerta semi abierta. Entonces me detengo. Él no está frente al escritorio con la cabeza inclinada sobre su libro como esperaba. En su lugar, está en la ventana: una mano toqueteando atentamente el móvil roto que aún piensa que puede salvar, la otra intentando quitarse un calcetín mientras se tambalea precariamente sobre un pie. Está medio girado, de espaldas a mí, así que aun no me ha notado tras la puerta y veo con diversión su lucha por quitarse el otro calcetín, los ojos aun fijos en la pantalla rota del teléfono. Entonces, con un suspiro de molestia, lo tira sobre la cama y tirando de su camiseta, se la pasa con rapidez por la cabeza, y su cabello emerge cómicamente despeinado.
Viendo la toalla colgada del respaldo de su silla, me doy cuenta que está a punto de tomar una ducha y empezar a dibujar otra vez, cuando algo me detiene. Me siento súbitamente afectada por lo mucho que ha cambiado su cuerpo. Siempre manteniendo su delgadez, ahora se ha vuelto más musculoso. Una ligera curva en el bíceps, su pecho liso y lampiño, sin los seis cuadraditos exactamente, pero aun así un toque de definición en su estómago.
Acechando por detrás de él, deslizo mis brazos alrededor de su cintura y lo siento tensarse.
—Ella se los ha llevado —susurro en su oído.
Él se gira en mis brazos y, de repente, nos estamos besando fuerte, frenéticamente; nadie nos detiene, no hay límites en nuestro tiempo. Pero en lugar de hacernos languidecer, esto añade un nuevo elemento de emoción y urgencia a la situación.
Las manos de Edward tiemblan mientras acuna mi rostro en ellas. Entre besos, él jadea audiblemente contra mis mejillas y el dolor de la añoranza pulsa a través de todo mi cuerpo. Él besa cada parte de mi rostro, mis orejas, mi cuello. Mis manos recorren hacia arriba y hacia abajo el calor de su pecho desnudo, sus brazos, sus hombros. Quiero sentir cada parte de su cuerpo. Quiero respirarlo. Lo deseo tanto que duele.
Él me está besando con tanta fuerza ahora, que no me da tiempo de tomar aliento. Sus manos están en mi cabello, contra mi nuca, bajo mi cuello. Su piel desnuda se eriza bajo mi tacto. Pero todavía hay demasiada ropa, demasiados obstáculos entre nuestros cuerpos. Deslizo mi mano por debajo de la parte superior de sus jeans.
—Espera... —Suspiro.
Su respiración se estremece contra mi oído e intenta besar mi cuello, pero lo empujo suavemente.
—Espera —le digo—. Detente por un segundo, tengo que concentrarme.
Mientras bajo mi cabeza, siento que su cuerpo se tensa de frustración y sorpresa.
Me obligo a centrarme en lo que estoy haciendo, procurando no apresurarme. No quiero hacerlo mal, cometer un error, hacerme parecer una tonta, lastimarlo... Soltar el botón es fácil. Bajar la cremallera no tanto: al primer intento se traba y tengo que volver a subirlo hasta poder deslizarlo completamente hasta abajo. Pero, de repente, Edward me sujeta por las muñecas, retorciendo hacia atrás mis manos.
— ¿Qué estás haciendo? —Suena incrédulo, casi enojado.
—Shhh. —Regreso a sus pantalones abiertos.
— ¡Bella, no! —Está jadeando con fuerza, un dejo frenético en su voz.
Sus manos están entre las mías ahora, tratando de subir nuevamente la cremallera, pero sus dedos son torpes, temblando en estado de shock.
Tirando de la cinturilla de sus bóxers, deslizo mis dedos en su interior y siento una oleada de euforia cuando hago contacto. Se siente sorprendentemente caliente y duro. Con un pequeño jadeo, Edward se curva hacia atrás, conteniendo el aliento, tensándose y mirándome con una expresión de completo asombro como si hubiera olvidado quién soy, el color inundando sus mejillas, su respiración rápida y superficial. Luego, con un pequeño quejido, me toma por los hombros y me empuja hacia atrás.
— ¿Qué demonios estás haciendo?
Retrocedo enmudecida mientras él lidia con sus ropas. Está gritando al máximo de su voz, literalmente temblando de rabia.
—¿Qué mierda está mal contigo? ¿Qué demonios estabas tratando de hacer? Sabes que no podemos nunca...
—Lo siento —susurro—. Yo... yo solo... yo solo quería tocar...
— ¡Todo esto se nos está yendo de las manos! —Me está gritando, los tendones sobresalen en su cuello—. No eres más que una enferma, ¿lo sabías? ¡Todo esto es simplemente enfermizo! —Me empuja al pasar a mi lado, con el rostro encarnado y se encierra de un portazo en el cuarto de baño.
Momentos después, oigo correr la ducha.
...
Escaleras abajo, en la sala, me paseo por el piso, respirando fuerte, la ira y la culpabilidad están atravesándome por cantidades iguales. Ira por el modo en que él solo me gritó. Culpa por no haberme detenido la primera vez que me lo pidió.
Aun así, no lo entiendo, simplemente no lo entiendo. Pensé que habíamos decidido no molestarnos por lo que podían pensar los demás. No había intentado embaucarlo en nada. Sólo sentí, de repente, la imperiosa necesidad de tocarlo por todas partes, incluso allí... especialmente allí. Pero ahora el miedo jala de mi garganta, mis hombros, mi pecho. Miedo de haber arruinado lo que pensé que teníamos.
El sonido de sus pasos golpeando en la escalera, me hace retroceder hasta el rincón más alejado de la habitación. Pero, desde el pasillo, sólo escucho el tintineo de las llaves, el rechinar de los zapatos, el cierre de una chaqueta. Y luego, la puerta principal se cierra.
Me quedo allí aturdida, horrorizada. Estaba esperando una confrontación de algún tipo, la oportunidad de ofrecerle una explicación al menos. El lugar de eso, él simplemente se fue y me dejó. No voy a aceptar esto, no lo haré. No es como si hubiera hecho algo tan terrible.
Me calzo los zapatos y agarro mi abrigo de la escuela. Ni siquiera me molesto en detenerme a por mis llaves y corro fuera de la casa. Apenas alcanzo a ver su figura, desapareciendo en la húmeda oscuridad al final de la casa. Echo a correr. Cuando el sonido de mis pisadas llega hasta él, se desvía a través del camino, acelerando aun más su paso. Incluso así lo alcanzo, esforzándome por recuperar el aliento, él alza su brazo y aleja de un golpe mi mano extendida.
— ¿Podrías simplemente dejarlo? ¡Solo regresa y déjame en paz!
— ¡¿Por qué?! —grito, jadeando en el aire helado mientras la lluvia lancea mi cabello y mi rostro con afiladas agujas húmedas—. ¿Qué demonios he hecho que sea tan horrible? Fui sigilosa para sorprenderte. Quería decirte que mamá había regresado y la acorralé para que llevara a los niños al cine. Cuando empezamos a besarnos, yo solo quería tocar...
— ¿Te das cuenta qué tan jodidamente estúpido fue eso? ¿Qué tan peligroso? ¡Simplemente no puedes hacer cosas como esas!
—Ed, lo siento. Pensé que, por lo menos, podríamos tocarnos. No significa que quería que fuéramos más lejos.
— ¿Ah, sí? ¡Bueno, puedes olvidar tu maldito cuento de hadas! ¡Bienvenida al mundo real! —Él se gira brevemente, lo suficiente para que yo vea su rostro teñido por la furia—. Si no lo hubiera detenido, ¿te das cuenta de lo que pudo haber pasado? No solamente es desagradable, Bella, ¡es jodidamente ilegal!
— ¡Ed, es una locura! Solo porque no podemos tener sexo, no significa que no podamos tocarnos y... —Me acerco a él, pero aparta mi brazo de nuevo.
Abruptamente, gira por el callejón hacia el cementerio, solo para encontrar una reja cerrada con candado al final. Sin tener un lugar a dónde ir, todavía se niega a girarse hacia mí. De pie, en mitad del camino mojado por la lluvia, mi cabello azotando mi rostro, lo veo aferrar la reja de alambre, sacudirla demencialmente, golpearla con ambas manos, patearla salvajemente.
— ¡Estás loco, ¿lo sabías?! —Le grito, mi miedo de repente ha sido reemplazado por ira—. ¿Por qué esto tiene que ser la gran cosa? ¿Cómo podría ser diferente a lo que sucedió esa vez en la cama?
Él gira sobre sí mismo, chocando su espalda con violencia contra la verja.
— ¡Bueno, tal vez eso fue un maldito error también! ¡Pero, al menos... al menos, aquella vez uno de nosotros no estaba medio desnudo! Y yo nunca... nunca tendría que haberlo dejado ir más lejos.
— ¡Yo no lo estaba planeando en este momento! —exclamo, aturdida.
De repente, él hunde la espalda contra la malla, la furia disipándose en la noche, como el blanquecino aliento de nuestras bocas.
— ¡Ya no puedo hacer esto! —dice, su voz ronca y quebrada y, abruptamente, mi rabia es barrida por un frío torrente de miedo—. Es demasiado doloroso, demasiado peligroso. Estoy aterrorizado, estoy simplemente aterrorizado de lo que podríamos terminar haciendo.
Su desesperación es casi tangible, drenando del aire helado que nos rodea hasta la última pizca de esperanza. Me rodeo a mí misma con mis brazos y empiezo a temblar.
—Entonces, ¿qué estás diciendo? —Mi voz comienza a elevarse—. Si no podemos tener sexo, ¿prefieres no tener nada en absoluto?
—Eso creo. —Me observa, sus ojos verdes súbitamente endurecidos a la luz artificial—. Enfrentémoslo, todo esto es muy enfermizo. Quizás el resto del mundo tiene razón. Quizás sólo somos una pareja de jodidos adolescentes emocionalmente perturbados que solo...
Se interrumpe, alejándose con un impulso de la verja mientras yo, lentamente, me alejo de él, con el dolor y el temor corriendo a través de mí como hielo líquido.
—Maya, espera. No quise decir eso. —Su expresión cambia abruptamente y se aproxima a mí cautelosamente, con sus brazos extendidos como si yo fuera un animal salvaje dispuesto a huir—. Yo... yo no quise decirlo. Yo... no estoy pensando con claridad. Me dejé llevar. Necesito calmarme. Vayamos a algún lado y hablemos, por favor.
Sacudo la cabeza y me muevo en un amplio arco alrededor de él, de repente me escabullo y me arrojo a través de un hueco en el borde de la cerca. Una vez dentro, giro dentro del viento helado, encaminándome por el camino oscuro y resquebrajado, colmado de las habituales botellas de cerveza, colillas de cigarrillos y jeringas. El resplandor de las farolas me llega desde una gran distancia, el sonido del tráfico se desvanece en un murmullo lejano, el contorno de las lápidas rotas y abandonadas no son más que formas amorfas en la oscuridad.
No puedo creer que esto esté sucediendo. Trato de darle un sentido a lo que acaba de suceder, a procesar las palabras de Edward sin caerme completamente a pedazos. A aceptar, de algún modo, que la magia de esa noche cuando nos besamos y esa tarde en mi habitación son, para él, simplemente un horrible y perverso error que debe ser archivado en el fondo de nuestras mentes hasta que, eventualmente, nos convenzamos de que nunca sucedió.
Necesito absorber los verdaderos sentimientos de Edward hacia esta situación, los sentimientos que ha estado ocultándome desde el comienzo. Y necesito evaluar cómo sobrevivir a esta súbita revelación. ¿Pero, cómo puede algo lastimar tanto? ¿Cómo puede ser que solo unas pocas palabras me den ganas de acurrucarme y morir?
—Vamos, Bella. —Oigo sus pasos resonando en el camino tras de mí, y un grito se empieza a formar en mi garganta.
Tengo que estar sola en este momento, o perderé la razón, lo haré.
— ¡Sabes que no quise decir nada de eso! Sólo estaba avergonzado por lo que yo... yo estuve a punto de... tú sabes. ¡Solo estaba asustado de mis propios sentimientos, de lo que podríamos haber hecho! —Él luce frenético y salvaje—. Por favor, solo regresemos a casa. Los demás estarán de vuelta en un minuto y se van a preocupar.
El hecho que él piense que puede apelar a mi sentido del deber, muestra cuán poco entiende el efecto de sus palabras anteriores, la violencia de las emociones que corren a través de mí.
Intenta sujetar mi brazo.
— ¡Suéltame! —grito, mi voz magnificada por el silencio del cementerio.
Retrocede como si le hubieran disparado, protegiéndose el rostro de la histeria en mi voz.
—Bella, solo trata de calmarte —me pide con voz temblorosa—. Si alguien nos escucha, ellos...
— ¡¿Ellos qué?! —le interrumpo agresiva, girándome para enfrentarlo.
—Ellos van a pensar...
— ¡¿Qué pensarán?!
—Quizás piensen que te estoy atacando.
— ¡Oh, todo es acerca de ti! —le grito, los sollozos amenazan con explotar en mi garganta—. ¡Todo esto siempre ha sido acerca de ti! ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo me veré? ¿Cómo podrían juzgarme? Cualquiera fuera el sentimiento que una vez existió entre nosotros, es claro que no significa nada para ti, comparado con tu patético miedo a la mente estrecha de otras personas, a los intolerantes prejuicios parroquiales que una vez despreciaste, ¡pero ahora has adoptado como propios!
— ¡No! —aúlla él, desesperado, lanzándose en pos de mí cuando empiezo a alejarme de nuevo—. No es así... ¡no tiene nada que ver con eso! Bella, por favor, escúchame. ¡No lo entiendes! Solo dije esas cosas porque siento como si estuviera volviéndome loco: verte cada día, pero no ser capaz de... poseerte, tocarte cuando nadie está cerca. Solo quiero tomar tus manos, besarte, abrazarte sin tener que ocultarlo todo el tiempo. ¡Todas esas pequeñas cosas que cualquier otra pareja simplemente da por sentado! Quiero ser libre para hacerlo sin estar aterrado de que alguien nos descubra, nos obligue a separarnos, llame a la policía, se lleve a los niños, destruya todo. No puedo soportarlo, ¿no lo entiendes? Quiero que seas mi novia, quiero que seamos libres...
— ¡Muy bien! —grito con lágrimas brotando de mis ojos—. Si todo es tan enfermo y retorcido, si te está causando tanto sufrimiento, entonces tienes razón, ¡debemos acabar con esto, aquí y ahora! ¡De ese modo, al menos no tendrías andar por allí con una conciencia tan terriblemente culpable, pensando qué desagradables somos por tener estos sentimientos el uno por el otro! —Desesperada ahora por alejarme, echo a correr a tropezones.
— ¡Por el amor de Dios! —grita tras de mí—. ¿No escuchaste lo que dije? ¡Eso es lo último que quiero!
Intenta sujetarme de nuevo, tratando de obligarme a reducir la velocidad, pero no puedo... voy a desmoronarme, romper en lágrimas y me rehúso a tenerle, a él o a cualquier otra persona, como testigo.
Girándome, estrello las manos contra su pecho y lo empujo lo más fuerte que puedo.
— ¡Solo aléjate de mí! —grito—. ¿Por qué no puedes solo dejarme sola por cinco minutos? ¡Por favor, vete a casa! ¡Tienes razón, nunca debimos empezar esto!¡Así que aléjate de mí! ¡Solo dame algo de tiempo y espacio para pensar!
Sus ojos están desesperados, su expresión demudada.
—¡Pero yo estaba equivocado! ¿Por qué no me escuchas? Todo lo que dije fue una mierda, solo me estaba dejando llevar por la frustración, ¡eso no es lo que quiero!
— ¡Bueno, pero es lo que yo quiero! —chillo—. ¡Dios no quiera que tengas que quedarte conmigo por lástima! Todo lo que has dicho es cierto: somos enfermos, somos retorcidos, estamos trastornados, ¡y tenemos que terminar con esto ahora! ¿Entonces qué demonios estás haciendo aquí? ¡Vete a casa, a tu normal ysocialmente aceptable vida y fingiremos que nunca sucedió nada!
Me he perdido completamente. Siento un martilleo contra mi cráneo y luces rojas zigzaguean en la oscuridad. Pero temo que si no continúo gritándole con furia ciega, voy a colapsar en lágrimas, y no quiero que vea eso: lo último que quiero para él es que sienta lástima por mí, sentir que fingió estar enamorado de mí, darme cuenta que no puedo vivir sin él.
Con un gemido desesperado, él se mueve hacia mí, alcanzándome otra vez. Doy un paso atrás.
— ¡Lo digo en serio, Edward! ¡Vete a casa! ¡No me toques o gritaré por ayuda!
Él deja caer sus brazos extendidos y da un paso atrás, derrotado. Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Bella, ¿qué demonios quieres que haga?
Tomo una respiración irregular.
—Solo vete —digo en voz baja.
— ¿Pero no me entiendes? —dice él, con una tranquila desesperación—. Quiero estar contigo, no importa qué. Te amo...
—Pero no lo suficiente.
Nos miramos el uno al otro. Su cabello se ondula por el viento, sus ojos azules son luminosos en la oscuridad, la cremallera de su chaqueta negra está rota, revelando debajo su camiseta gris. Sacude su cabeza, sus ojos están escrutando el oscuro cementerio que nos rodea como si estuviera buscando ayuda. Regresa su mirada hacia mí y se le escapa un áspero sollozo.
— ¡Bella, esto no es cierto!
—Acabas de decir que nuestro amor es enfermizo y desagradable, Edward —le recuerdo suavemente.
Se clava las uñas en los costados de su rostro.
— ¡Pero eso no es lo que quería decir! —Su mentón empieza a temblar.
Un agudo dolor crece dentro de mí, llenando mis pulmones, mi garganta, mi cabeza, tan agudo que creo que voy a colapsar.
— ¿Entonces por qué lo has dicho? Eso es lo que querías decir, y ahora yo también quiero decirlo. Tienes razón, Ed. Tú me has hecho ver este sórdido embrollo como lo que es. Solo un terrible error. Los dos simplemente estábamos aburridos, perturbados, solitarios, frustrados, lo que sea. Nunca estuvimos enamorados...
— ¡Pero sí lo estábamos! —Su voz se quiebra.
Aprieta con fuerza los ojos y presiona el puño contra su boca para amortiguar un sollozo.
— ¡Nos amábamos!
Lo miro, insensible.
—Entonces, ¿cómo es que ya no?
Él se queda mirándome horrorizado, las lágrimas humedeciendo sus mejillas.
— ¿D-de qué estás hablando?
Tomo una respiración tranquilizadora, abrazándome a mí misma para contener un ataque de llanto.
—Quiero decir, Edward, ¿cómo es que ya no te amo más?
Adelanto: Capítulo 17.
—Podemos amarnos. —Trago fuerte para calmar la constricción de mi garganta—. No hay leyes ni límites en los sentimientos, Bella. Podemos amarnos tan profundamente como queramos. Nadie, Bella, nadie podrá quitarnos eso, nunca.
(1) Cluedo (Clue en Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica), es un juego de mesa de misterio y asesinato originalmente publicado por Waddington Games (UK) en 1948. El objetivo es descubrir quién asesinó al Dr. Black, con qué arma y en dónde.
(2) Materias optativas que todo estudiante debe seguir para completar la matrícula, pero no se promocionan con un examen final, sino a través de disertaciones, ensayos o monografías.
(3) Es un tipo de chaqueta pesada con capucha, recubierto a menudo de piel natural o de imitación, para una completa protección de bajas temperaturas y del viento.
(4) Trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a los lugares donde no se puede recibir ayuda, por temor a sufrir una crisis de pánico.
(5) Es una comedia parodia de la película Spiderman de los creadores de la trilogía Naked Gun, Scary Movie 3 y Scary Movie 4.
Perdón por no haber actualizado hace una eternidad. He estado muy ocupada o muy perezosa. Pero tranquilos, ya voy a regresar con firmeza, entré a estudiar ya, pero ya tengo todo organizado y actualizaré lo más rápido posible.
No me odien por no haber actualizado en mil años, trataré de compensarlo.
Gracias por soportarme y continuar aquí.
RIP Cory Monteith, las Gleeks, Lea Michele, sus amigo, su familia y el mundo entero te vamos a extrañar, mi amor. Dios, por esta razón es que decidí gastarme todo el día para poder publicar esto hoy, necesitaba distracción porque su muerte de verdad me duele hasta el alma. Mi vida, mi Finn Hudson, sé que seguirás cantando en el cielo.
Camila.
