Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.

Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.


"El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal." Aristóteles.

Capítulo XVII

Edward's POV

Algo dentro de mí se ha roto. Hay momentos durante el día en los que me detengo y, simplemente, no puedo encontrar la energía para dar otro aliento. Me quedo de pie allí, inmóvil, frente a la cocina o en la clase o escuchando leer a Alice y todo el aire sale de mis pulmones y no puedo reunir la fuerza que necesito para llenarlos de nuevo. Si continúo respirando, entonces tengo que seguir viviendo, y si continúo viviendo, entonces tengo que seguir herido y no puedo, no de esta forma.

Intento dividir el día en secciones, tomar una hora a la vez: pasar el primer periodo, luego el segundo, entonces el descanso, luego el tercero, luego el almuerzo. En casa, las horas se dividen en tareas del hogar, supervisar los deberes del colegio, cena, hora de acostar los niños, revisar todo, cama. Es la única vez que me siento agradecido por la implacable rutina. Me mantiene funcionando de una sección a la siguiente, y cuando empiezo a pensar demasiado y me siento derrumbarme, me las arreglo para animarme diciéndome a mí mismo: Es sólo una sección más y luego, solo una más tras esta. Consigue pasar el día, podrás venirte abajo mañana. Pasa mañana, podrás venirte abajo el día después...

Cuando Bella me dijo que ya no me amaba, no tuve más opción que retirarme, que retractarme. Al principio, me dije que lo había dicho por estar furiosa, una reacción a mis propias palabras estúpidas, mi tonta declaración de que todo había sido un error enfermizo, pero ahora sé que es diferente. Puedo reproducir una y otra vez esa frase en mi cabeza, preguntándome de dónde demonios vino cuando nunca creí eso, ni por un solo momento. Debió ser la ira del momento, mi bochorno y vergüenza; vergüenza por querer más de lo que podría tener, lo que me hizo dejar escapar la cosa más dañina, dolorosa que se me vino a la mente. En lugar de hacerle frente con mi propia miseria y frustración, los volví contra Bella, como si culpándola a ella pudiera absolverme a mí.

Pero ahora, a través de mi propia estupidez y egoísta crueldad, lo he perdido todo, he degradado todo, incluso nuestra amistad. A pesar de la tristeza en sus ojos, Bella ha sido muy buena en esto de regresar a la normalidad, fingir que todo está bien, ser amistosa mientras mantiene su distancia. Sin aturdimientos, que podrían alarmar a los demás; de hecho, ella está casi alegre. Tan animosa que, a veces, incluso me pregunto si no estará secretamente aliviada de que todo haya terminado, si realmente creerá que todo fue un error enfermizo, una aberración nacida de la necesidad física. Ella ha dejado de amarme, Bella ha dejado de amarme, y ese sólo pensamiento está carcomiendo mi mente lentamente.

Concentrarme mucho en la escuela se ha convertido en una cosa del pasado, ahora, para mi horror, los profesores se han percatado de mí y todo por las razones equivocadas. Apenas logro resolver media página de trigonometría antes de darme cuenta que he estado sentado inmóvil, mirando al vacío la mayor parte de la hora. Me preguntan si estoy bien, si necesito ir a la enfermería, qué es lo que no entiendo. Sacudo la cabeza y evito mirarlos a los ojos, pero sin el contrapeso de las mejores notas, mi reticencia ya no es aceptable y por eso me llaman al frente, exigiendo respuestas a las preguntas sobre el pizarrón, temerosos de que esté decayendo, de que vaya a decepcionarlos al no obtener una A en sus materias este verano.

Cuando me llaman a la pizarra frente a toda la clase, titubeo ante preguntas fáciles, cometo errores estúpidos y veo el desconcertado horror en los rostros de los profesores mientras regreso a mi pupitre en medio de risas y burlas, demasiado consciente de las risitas de satisfacción porque el Raro Masen finalmente ha perdido el rumbo.

En inglés, estamos leyendo Hamlet. Lo he leído varias veces, así que ni siquiera necesito fingir estar prestando atención. Además, la señorita Platt y y yo tenemos un acuerdo tácito desde su desafortunada charla de ánimo: ella no se mete conmigo en clase, siempre y cuando yo responda una pregunta voluntariamente de vez en cuando, generalmente cuando nadie más puede dar ni siquiera la respuesta más estúpida. Pero hoy no estoy por la labor: la doble lección se encuentra en su segunda ahora y ya el familiar dolor en mi pecho se ha transformado en un dolor punzante. Dejo caer la pluma y miro por la ventana, observando un trozo de cable de televisión roto que gira y se retuerce en el viento.

—De acuerdo con Freud, la crisis personal que sufre Hamlet despierta en él deseos incestuosos reprimidos. —La señorita Platt ondea el libro en el aire y se pasea desde el frente al fondo de la clase, intentando mantener a todos despiertos. Siento que su mirada se detiene en la parte posterior de mi cabeza y aparto la mía de la ventana—. Lo que nos conduce al Complejo de Edipo, un término acuñado por el propio Freud a principios del siglo XX.

— ¿Quiere decir cuando un tipo quiere tener sexo con su madre? —pregunta alguien, la voz enferma de asco.

De repente, la señorita Platt tiene su atención. La clase es un hervidero.

— ¡Pero eso es demente! ¿Por qué un tipo se querría joder a su propia madre?

—Sí, has oído sobre ello en las noticias y esas cosas, supongo. Madres que joden con sus hijos, padres que joden con sus hijas e hijos. Hermanos y hermanas que joden entre ellos...

— ¡El lenguaje, por favor! —protesta la señorita Platt.

—Eso es pura mierda. ¿Quién querría joder, perdón, tener sexo, con sus propios padres?

—Se llama incesto, hombre.

—Eso es cuando un tío viola a su hermana, idiota.

—No, es...

— ¡Okey, okey, no nos salgamos de tema! Ahora recuerden, esto es solo una interpretación y ha sido refutada por muchos críticos. —Cuando se detiene para apoyarse sobre el borde de su escritorio, los ojos de la señorita Platt súbitamente encuentran los míos—. Edward, encantada de tenerte de nuevo con nosotros. ¿Qué opinas de la afirmación de Freud de que el Complejo de Edipo fue el motivo principal para que Hamlet asesinara a su tío?

La miro fijamente. De repente, estoy profundamente asustado. A través del instantáneo silencio, mi rostro es abrasado por una llama invisible. Preso del pánico, al borde de la histeria, me preocupa, con un repulsivo estremecimiento, que quizás no sea coincidencia que la señorita Platt me haya escogido para abrir esta discusión. ¿Cuándo fue la última vez que me escogió para responder cualquier cosa? ¿Cuándo surgió con anterioridad el tema del incesto? Sus ojos perforan los míos, abriendo hoyos directamente a mi cerebro.

Ella no sonríe.

No, esto es planeado, artificial, premeditado y deliberado. Está esperando mi reacción... De repente, recuerdo de qué forma la encontré frente a la oficina de la enfermera, después de la caída de Bella. Ella debió estar allí, ayudó a trasladarla, le hizo preguntas. Bella se golpeó la cabeza, posiblemente estaba sufriendo una conmoción cerebral. ¿Qué explicación habrá dado por su desmayo? ¿Cuánto tiempo transcurrió entre su caída y mi llegada? ¿En su estado de confusión, qué podría haber dicho Bella?

Los ojos de toda la clase están sobre mí. Cada uno se ha girado en su asiento para mirarme con la boca abierta. De algún modo, ellos también parecen estar en esto. Todo es una gigantesca puesta en escena.

— ¿Edward? —La señorita Platt se ha apartado de su escritorio, camina rápidamente hacia mí, pero por alguna razón extraordinaria, no me puedo mover.

El tiempo se ha detenido; el tiempo está corriendo.

Mi pupitre entrechoca contra mí, como si la tierra estuviera siendo sacudida por un terremoto. Mis oídos se llenan de agua y me centro en el zumbido de mi cabeza, el entramado eléctrico de mi mente se rompe y destella con luces. Un extraño sonido llena la habitación.

Todo el mundo está congelado, mirándome, esperando a ver qué sucede a continuación, qué terrible destino me espera. Quizás los de Servicios Sociales ya están en la escuela. El mundo exterior se expande y presiona contra las paredes, intentando capturarme, tratando de comerme vivo. No puedo creerlo. No puedo creer que algo como esto esté sucediendo...

—Tienes que venir conmigo, Edward, ¿está bien? —La voz de la señorita Platt es firme, pero no desagradable, tal vez, incluso siente cierto grado de compasión.

Después de todo, soy un enfermo. Tan enfermo como malvado. La misma Bella me dijo lo que era nuestro amor.

Las manos de la señorita Platt rodean mis muñecas.

— ¿Puedes ponerte de pie? ¿No? Okey, solo quédate sentado donde estás. ¿Riley, podrías correr, buscar a la señora Coppe y pedirle que venga de inmediato? El resto de ustedes a la biblioteca, ahora, en silencio, por favor.

El réquiem de sillas chirriando y pies traqueteando me ahoga. Destellos de colores y luces cegadores desdibujan el rostro de la señorita Platt y lo desvanecen ante mí. Está llamando a la enfermera, la otra persona involucrada cuando cuidaron a Bella tras su caída. Bajo mi brazo, mi pupitre sigue repicando. Miro a mi alrededor y todo parece estar sacudiéndose, las paredes de la clase vacía amenazan con desplomarse sobre nosotros como un castillo de naipes.

Mi corazón continúa deteniéndose y arrancando cada pocos segundos, golpeando salvajemente contra la jaula en mi pecho. Cada vez que se detiene, siento este terrible vacío antes que la contracción regrese con un aleteo, seguido de un sonido violento. El oxígeno está siendo drenado del salón: mis frenéticos esfuerzos por respirar y permanecer consciente son en vano, la oscuridad se cierra lentamente. Mi camisa húmeda se pega contra mi espalda, las gotas de sudor corren por mi cuerpo, mi cuello, mi rostro.

— ¡Cariño, está bien, todo está bien! Quédate quieto, no luches, que vas a estar bien. Intenta sentarte un poco más hacia delante. Eso es. Pon tus codos sobre las rodillas e inclínate hacia delante, eso ayudará a tu respiración. No, estás bien donde estás... no te muevas, no trates de levantarte. Espera, espera... todo lo que hago es quitarte la corbata y deshacerte el cuello. ¿Lauren, qué estás haciendo todavía aquí?

—Oh, señorita, ¿él se va a morir? —La voz es aguda por el pánico.

— ¡Por supuesto que no, no seas tonta! Solo estamos esperando que la señora Coppe venga y le eche un vistazo. Edward, ahora escúchame. ¿Eres asmático? ¿Alérgico a algo? Mírame... solo asiente o niega con la cabeza. Oh, Cristo. Lauren, rápido, mira en su mochila, ¿sí? Fíjate si puedes encontrar un inhalador o píldoras o algo. Comprueba su abrigo y los bolsillos de su blazer. Mira en su billetera, ve si puedes encontrar algún tipo de tarjeta médica...

Ella está actuando muy extraño, la señorita Platt, como si aun estuviera fingiendo... fingiendo que no lo sabe. Pero ya no tengo la fuerza como para preocuparme. Solo quiero que esto se detenga. Es demasiado doloroso, estas descargas eléctricas disparándose a través de mi pecho y contra mi corazón, todos los músculos de mi cuerpo convulsionándose fuera de control, balanceando mi silla y sacudiendo mi pupitre, mi cuerpo se está rindiendo a una fuerza superior.

— ¡Señorita, señorita, no puedo encontrar ningún inhalador o nada! Pero él tiene una hermana en Sexto Inferior. ¿Tal vez ella lo sepa?

Lauren está haciendo esos extraños sonidos gimientes, como un perro siendo apaleado. Sin embargo, cuando ella se aleja, los sonidos parecen acercarse. No puede ser la señorita Platt, así que debe haber algún animal acurrucado en el rincón.

—Edward, toma mi mano. Escúchame, amor, escucha. La enfermera estará aquí en cualquier segundo, ¿está bien? La ayuda está en camino.

Solo cuando los sonidos se intensifican, me doy cuenta de que, en realidad, provienen de mi propia boca. Soy repentinamente consciente del sonido de mi voz, rascando el aire como una sierra.

—Lauren, sí, su hermana, buena idea. Ve si puedes encontrarla, ¿quieres?

El tiempo del hipo, llega tarde o temprano, no puedo decir cuál. La enfermera ha llegado. No estoy seguro del porqué. Ahora estoy confundido por todo. Tal vez me equivoqué. Tal vez realmente están tratando de ayudarme. La señora Coppe tiene un estetoscopio en los oídos y está abriendo mi camisa. Forcejeo inmediatamente, pero la señorita Platt sujeta mis brazos y estoy demasiado débil incluso para apartarla.

—Todo está bien, Edward —dice ella, su voz baja y tranquilizadora—. La enfermera solo está tratando de ayudarte. No va a hacerte daño. ¿Está bien?

El ruido aserrado continúa. Echo hacia atrás mi cabeza, mis ojos se revuelven y me muerdo para detenerlo. El dolor en mi pecho es insoportable.

—Edward, ¿podemos sacarte de la silla? —pregunta la enfermera—. ¿Puedes recostarte en el piso, así puedo examinarte mejor?

Me aferro al pupitre. No. No van a mantenerme sujeto.

— ¿Debería llamar a una ambulancia? —está preguntando la señorita Platt.

—Es solo un mal ataque de pánico... los ha tenido antes. Está hiperventilando y su pulso está por encima de 200.

Ella me alcanza una bolsa de papel para que respire dentro. Me giro, me doy la vuelta y trato de apartarla, pero no tengo la fuerza. Me he rendido. Ni siquiera intento seguir forcejeando, pero aún así, la enfermera tiene que pedirle a la señorita Platt que sujete la bolsa sobre mi nariz y mi boca.

Veo cómo se infla y después se arruga frente a mí. Se infla y arruga, se infla y arruga, el sonido crujiente del papel llena el aire. Trato desesperadamente de apartarla, se siente como si estuviera sofocándome; no queda más oxígeno en la bolsa, pero tengo un vago recuerdo de haber respirado en una bolsa como ésta antes, y eso ayuda.

—Okey, Edward, ahora solo escúchame. Estás respirando demasiado rápido y tomando demasiado oxígeno, por lo que tu cuerpo reacciona de este modo. Sigue respirando en la bolsa. Eso es, ya lo estás haciendo mucho mejor. Trata de ir respirando más lento. Es solo un ataque de pánico, ¿de acuerdo? Nada más serio que eso. Vas a estar bien.

Respirar dentro de una bolsa dura para siempre, o toma menos de un minuto, un segundo, un milisegundo; toma tan poco tiempo que parece que no sucede en absoluto. Me estoy sujetando a un lado de mi escritorio, con la cabeza descansando sobre mi brazo extendido. Todo está sacudiéndose aún a mi alrededor, el pupitre vibra bajo mi mejilla, pero se está haciendo más fácil respirar, ahora me estoy concentrando en regularizar cuidadosamente mi respiración y la bolsa de papel yace descartada a mi lado. Las descargas eléctricas parecen ser menos frecuentes y estoy comenzando a ver, oír y sentir con más claridad las cosas que me rodean.

La señorita Platt está sentada a mi lado, su mano frotando la espalda de mi camisa húmeda. La enfermera está arrodillada sobre el piso, sus dedos índice y pulgar apretando mi muñeca, el estetoscopio colgando de sus orejas. Me doy cuenta de que su teñido cabello castaño se está volviendo gris en las raíces. Puedo sentir una hoja garabateada por mí bajo mi mejilla. El ruido rasposo ha desaparecido, reemplazado por cortos y agudos sonidos, como hipidos, similares a los que hace Alice tras un largo periodo de llanto. El dolor en mi pecho está menguando. Mi corazón ahora está más estable, un sonido rítmico, doliente.

— ¿Qué sucedió?

La voz familiar me sorprende y forcejeo para sentarme, mi mano sujeta débilmente el borde de mi pupitre para evitarme caer hacia atrás. Las respiraciones irregulares se intensifican y empiezo a temblar de nuevo. Ella está de pie frente a mí, entre la enfermera y la profesora, sus manos ahuecadas sobre la nariz y la boca, sus ojos cafés aterrados. El alivio por verla me recorre e intento alcanzarla frenéticamente, con miedo a que se aleje de repente.

—Hey, Ed, está bien, está bien, todo está bien. —Ella toma mi mano entre las suyas, apretándola con fuerza—. ¿Qué demonios ha pasado? —le pregunta a la enfermera, el pánico colándose en su voz.

—Nada de lo que preocuparse, amor, solo un ataque de pánico. Puedes ayudar manteniéndote a ti misma agradable y tranquila. ¿Por qué no te sientas un rato con él? —La señora Coppe ajusta el cierre de su maletín y se aparta de la vista, seguida por la señorita Platt.

Enfermera y profesora se desdibujan al otro lado del salón, hablando suave y rápidamente entre ellas. Bella agarra una silla y se sienta frente a mí, con sus rodillas tocando las mías. Ella está pálida, conmocionada, sus ojos, agudos e interrogantes, están hundidos en los míos.

Con los codos sobre los muslos, la miro y esbozo una sonrisa vacilante. Quiero hacer algún tipo de broma, pero es demasiado esfuerzo respirar y hablar al mismo tiempo. Trato de dejar de temblar por el bien de Bella y presiono mi puño derecho contra mi boca para amortiguar los hipidos. Mi mano izquierda aprieta la suya con toda mi fuerza, temeroso de dejarla ir.

Acariciando mi mejilla húmeda y tomando mi mano derecha en la suya, ella la aparta suavemente de mi boca.

—Oye, tú... —dice ella con la voz llena de preocupación—, ¿qué te provocó todo esto?

Vuelvo a pensar en Hamlet y en mi completa teoría conspirativa y me doy cuenta, con un estremecimiento, cuán ridículo me estuve portando.

—N-nada. —Respiro—. Ser estúpido. —Tengo que concentrarme mucho para conseguir cada palabra entre jadeos, una sílaba a la vez. Siento mi garganta constreñida y sacudo mi cabeza con una sonrisa irónica—. Demasiado estúpido. Lo siento. —Me muerdo el labio con fuerza.

—Deja de disculparte, idiota. —Ella me da una sonrisa tranquilizadora y me frota el interior de la mano.

Me encuentro a mí mismo involuntariamente aferrado a su manga, temeroso de que ella sea un milagro y se evapore súbitamente ante mis ojos.

Suena la campana, sobresaltándonos a ambos.

Siento que mi pulso empieza a correr de nuevo.

— ¡Bella, n-no te vayas! ¡No te vayas todavía!

—Ed, no tengo intención de irme a ninguna parte.

Es lo más cerca que hemos estado en toda la semana, la primera vez que ella me ha tocado desde aquella terrible noche en el cementerio. Trago fuerte y empiezo a morderme el labio, consciente de las otras dos personas en el salón, aterrorizado de quebrarme.

Bella lo nota.

—Ed, todo está bien. Esto ya ha sucedido antes. Cuando empezaste en Belmont, justo después que papá se fuera, ¿recuerdas? Vas a estar bien.

Pero yo no quiero estar bien, no si eso significa que ella va a soltar mi mano; no si eso significa que nos vamos a convertir en corteses extraños.

Después de un rato, nos vamos a la enfermería. La señora Coppe comprueba mi pulso y presión sanguínea y me alarga un folleto sobre los ataques de pánico y problemas de salud mental. Una vez más, habla de consultar al consejero de la escuela, menciona la presión de los exámenes, el peligro del exceso de trabajo, la importancia de dormir lo suficiente... De alguna forma, me las arreglo para hacer todos los sonidos correctos, asiento y sonrío tan convincente como puedo, todo eso mientras me siento tenso como un resorte a punto de saltar.

Caminamos a casa en silencio. Bella me ofrece su mano pero me rehúso; mis piernas están más estables ahora. Ella me pregunta si hubo algún detonante, pero cuando sacudo la cabeza, ella lo comprende y no insiste.

...

En casa, me siento en el extremo del sofá. Justo en este momento, solos y sininterrupciones, sería el momento perfecto para esa conversación. Esa donde yo me disculpo con ella por lo que dije esa noche, le explico de nuevo la razón de mi loco arrebato, intento averiguar si aún está enfadada conmigo, mientras de algún modo, trato de aclararle que no se trata de coaccionarla para que retome algún tipo de relación anormal. Pero no puedo encontrar las palabras y no confío en mí mismo para decir una sola cosa. Las réplicas del ataque de pánico asociadas con la suave preocupación de Bella me han catapultado, y me siento como si estuviera haciendo equilibrios al borde de un precipicio.

El hecho de traerme un jugo y una manzana pelada y cortada en cuadros, como para Emmett o Alice, amenaza con desmoronarme. Bella me observa desde el umbral cuando enciendo la televisión y la dejo sin sonido, arremango los puños de mi camisa, tiro de un botón flojo. Puedo decir cuán ansiosa está por el modo en que juega con el lóbulo de la oreja, un signo característico que comparte con Alice.

— ¿Cómo te sientes?

Intento una sonrisa brillante, alegre y el dolor en mi garganta se intensifica.

— ¡Bien! Solo fue un estúpido ataque de pánico.

Quiero hacer algún tipo de broma, pero en cambio siento un repentino temblor en la barbilla. Hago una mueca para disimularlo.

Su sonrisa se desvanece.

—Quizás debería dejarte en paz por un tiempo...

— ¡No! —La palabra suena más alto de lo previsto. El calor me sube al rostro y fuerzo una sonrisa desesperada—. Quiero decir, ahora que tenemos algún tiempo libre, quizás deberíamos... tú sabes... pasar un rato juntos, c-como en los viejos tiempos. A menos, por supuesto, que tengas tareas que hacer o algo así.

Un toque de diversión roza sus labios.

—Sí, seguro. ¡No voy a desperdiciar una tarde libre de la escuela haciendo tareas, Edward Anthony Masen! —Cerrando la puerta tras ella, se acurruca en el sillón—. Así que, ¿qué vamos a ver?

Agarro el control remoto y toqueteo los botones.

—Eh... bien... seguro que hay otra cosa además de CBeebies (1). ¿Qué tal esto? —Detengo el zapping cuando encuentro un viejo episodio de Friends (2) y miro a Bella para ver si lo aprueba.

Ella me da otra de sus sonrisas tristes.

—Genial.

Las risas enlatadas llenan la habitación, pero ninguno de los dos parece capaz de unírseles. El episodio se prolonga. Soy dolorosamente consciente que los dos estamos solos, juntos y sin tener absolutamente nada que decirnos el uno al otro.

¿Nuestra amistad también se ha destrozado?

Quisiera preguntarle, rogarle que me diga qué está pasando por su cabeza. Quiero intentar explicarle qué estaba pasando por mi cabeza esa noche, por qué reaccioné como un bastardo. Pero ni siquiera puedo girarme a mirarla. Siento sus ojos, llenos de preocupación, sobre mi rostro. Y me estoy hundiendo en las arenas movedizas de la desesperación.

—¿Quieres hablar de ello? —Su voz, suave por la preocupación me hace sobresaltar.

De repente, soy consciente del dolor que siento por morderme el labio, del peso de las lágrimas que se han acumulado lentamente en mis ojos. Con un jadeo de pánico, sacudo rápidamente la cabeza, me paso una mano por el rostro.

Aprieto brevemente mis dedos contra mis ojos y sacudo la cabeza con despreocupación.

—Me he estado sintiendo un poco raro desde antes. —Me esfuerzo por mantener mi voz calmada. Todavía puedo oír su reborde rasposo. Girándome, me obligo a enfrentar su mirada angustiada con una sonrisa desesperada—. Pero estoy bien ahora. No es nada. En serio.

Después de dudar un momento, se levanta y viene a sentarse en el extremo opuesto del sofá, un pie metido bajo su cuerpo, mechones de cabello castaño enmarcando su pálido rostro.

—Vamos, tonto, no puede ser nada, si eso te hace llorar. —Las palabras flotan en el aire, su preocupación expandiéndose en el silencio.

— ¡No estoy... no es...! —respondo con vehemencia, las mejillas ardiendo—. Es solo... yo solo... —Tomo una inspiración profunda, desesperado por aliviar su preocupación, por reponerme.

Lo último que quiero es que ella sepa cuán devastado estoy por haberla perdido, que ella sienta cualquier presión por reasumir una relación que, en su mente, es fundamentalmente errónea.

Ella no se ha movido.

— ¿Tú solo qué? —pregunta con gentileza.

Aclaro mi garganta y elevo mis ojos hacia el cielorraso, forzando una risa corta, dolorosa. Paso rápidamente mi manga por sobre mis ojos mientras, para horror mío, una lágrima corre por mi mejilla.

—¿Quieres tratar de dormir un rato?

La preocupación en su voz me está matando.

—No. No sé. Creo... creo... ¡Oh, qué carajo...! —Otra lágrima cae por mi mejilla y la enjugo furioso—. ¡Mierda! ¿Qué es esto?

—Ed, cuéntamelo. ¿Qué pasó? ¿Qué sucedió en la escuela? —Sonando sobrecogida, se inclina hacia mí, estirando la mano para tocarme.

Inmediatamente, alzo mi brazo para evitarla.

— ¡Solo dame un minuto!

No puedo detenerlo, no hay nada que pueda hacer. Mi pecho se estremece con sollozos reprimidos. Cubro mi rostro con mis manos e intento controlar mi respiración.

— ¡Ed, todo va a estar bien. Por favor, no... —Su voz es suave, implorante.

El aire se desborda de mis pulmones.

—Maldita sea, lo intento, ¿de acuerdo? No puedo... simplemente no soy capaz de...

Ahora estoy fuera de control y eso me aterroriza. No quiero que Bella presencie esto. Pero tampoco quiero que se vaya. Necesito salir de este sofá, de esta casa, pero mis piernas no me obedecen. Estoy atrapado. Puedo sentir que el pánico ciego desciende de nuevo.

—Hey, hey, hey. —Bella sujeta firmemente mi mano con una de las suyas y acaricia mi mejilla con la otra—. Shhh. Está bien, está bien. Es solo una acumulación de estrés, Ed, eso es todo. Mírame. Mírame. ¿Fue la discusión? ¿Fue eso? ¿Podemos hablar un poquito de eso?

Estoy demasiado cansado para seguir luchando. Siento que mi pecho se encoje, me inclino lentamente hacia ella hasta que un lado de mi rostro descansa contra el de ella, mi mano cubriendo mi rostro. Ella me acaricia el cabello y, alcanzando mi otra mano, empieza a besarme los dedos.

—En... en el cementerio. —Me ahogo, cerrando mis ojos—. Por favor, solo dime la verdad. Lo que dijiste, era... ¿era cierto? —Respiro profundamente, las lágrimas calientes se escapan por debajo de mis pestañas.

—Dios, Ed, no —jadea ella—. ¡Por supuesto que no! ¡Solo estaba enojada y molesta!

Oleadas de alivio corren a través de mí, tan fuerte que casi lastima.

—Bella, Jesús, pensé que todo había terminado. Pensé que había arruinado todo. —Me enderezo, respirando con dificultad, frotándome el rostro con fuerza—. ¡Lo siento mucho! Todas esas horribles cosas que dije. Estaba completamente asustado. Pensé que querías... pensé que querías irte.

—Yo solo quería tocarte —dice ella en voz baja—. Sé que no podemos seguir el camino completo. Sé que es ilegal. Sé que se llevarían a los niños, si alguien se entera. Pero pensé que aún podríamos tocarnos, aún podíamos amarnos en otras formas.

Tomo una inspiración frenética.

—Lo sé. Yo también. ¡Yo también! Pero tenemos que ser cuidadosos. No nos podemos dejar llevar. No podemos... no podemos arriesgarnos... los niños...

Veo la tristeza en sus ojos. Me hace tener ganas de gritar. Es tan injusto, tan terriblemente injusto.

—Tal vez algún día, ¿eh? —dice Bella en voz baja, con una sonrisa—. Un día, cuando hayamos crecido, podemos huir. Empezar de nuevo. Como una pareja de verdad. No más hermano y hermana. Libres de estos feísimos lazos.

Asiento, tratando desesperadamente de compartir en algo sus esperanzas para el futuro.

—Quizás. Sí.

Ella me da una sonrisa cansada y envuelve sus brazos alrededor de mi cuello, descansando su mejilla contra mis hombros.

—Y, hasta entonces, aún podemos estar juntos. Podemos abrazarnos y tocarnos y besarnos y estar juntos de cualquier otro modo.

Asiento y sonrío a través de las lágrimas, repentinamente consciente de lo mucho que tenemos.

—Lo bueno es que tenemos la cosa más importante de todas —susurro.

Una esquina de su boca se curva.

— ¿Qué es, entonces?

Sin dejar de sonreír, parpadeo con rapidez.

—Podemos amarnos. —Trago fuerte para calmar la constricción de mi garganta—. No hay leyes ni límites en los sentimientos, Bella. Podemos amarnos tan profundamente como queramos. Nadie, Bella, nadie podrá quitarnos eso, nunca.


Adelanto: Capítulo 18.

—Lo haré todo —susurra en mi cabello—. Te doy mi palabra. Haré todo lo que pueda, Bella. Encontraremos la forma de estar juntos. Lo voy a averiguar, lo haré. ¿De acuerdo?

(1) Programa infantil de la cadena BBC.

(2) Serie de televisión estadounidense, creada por la cadena NBC (1994-2004). Trata sobre la vida de un grupo de amigos que residen en Manhattan, Nueva York.

Hola, hola.

Les dije que iba a regresar y así lo hice, estoy actualizando más seguido de nuevo.

Espero que este capítulo les guste.

Gracias por sus reviews, buenos deseos, expresiones de odio hacia la horrible mamá de estos chicos, etc :)

NO abandonaré esta historia hasta que la acabe, NUNCA. Además, sinceramente, sería mucha irresponsabilidad y una absoluta y asquerosa pereza de mi parte si no la terminara.

¡Hasta luego!

Camila.