Disclaimer: Los personajes no son míos, le pertenecen a la bella Stephenie Meyer. La historia tampoco es mía, es una adaptación de la fabulosa obra de Tabitha Suzuma.

Advertencia: La historia trata con el incesto, así que si a usted no le simpatizan estos temas, absténgase de leer.


"El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma." Epicuro de Samos.

Capítulo XXI

Edward's POV

Mantenemos a Alice lejos de la escuela por el resto de la semana para evitar preguntas incómodas, y me reporto enfermo para quedarme en casa con ella. Pero para el lunes ella está aburrida, le han quitado el cabestrillo y está ansiosa por regresar con sus amigos. Mamá regresa de Devon, y cuando por fin la ubico en casa de Marco por dinero, tiene escaso interés en la lesión de Alice.

Estoy teniendo problemas para dormir de nuevo. Siempre que le pregunto a Alice por su hombro, me lanza esta mirada preocupada y me asegura que está "todo enmendado ya". Sé que lee la culpa en mi rostro, pero esto solo me hace sentir peor.

El resplandor verde de mi alarma digital dice 02:43 cuando me levanto y me arrastro fuera de mi habitación y hacia el pasillo. Liberado del calor del edredón, rápidamente empiezo a temblar en mi agujereada camiseta y bóxers. El crujir de la puerta del dormitorio hace que Bella se revuelva y yo me estremezco, preocupado por no despertarla. Cerrándola suavemente detrás de mí, palpo la pared opuesta a la de su cama y me deslizo contra ella, mis brazos desnudos se vuelven plateados a la luz de la luna. Ella continúa revolviéndose dormida, acariciando su cara contra la almohada, entonces bruscamente se levanta, apoyándose sobre un codo, empujando hacia atrás su larga cortina de cabello.

— ¿Edward, eres tu? —dice en un susurro sobresaltado y temeroso.

—Sí... shh, lo siento. ¡Vuelve a dormir!

Lucha por sentarse, restregando el sueño de sus ojos. Finalmente sus ojos se centran en mí y ella tiembla, envolviéndose en el edredón.

— ¿Intentas darme un ataque? ¿Qué demonios estás haciendo?

—Lo siento, realmente no quería despertarte...

— ¡Bueno, pero lo hiciste! —Me dedica una sonrisa somnolienta y levanta el borde del edredón.

Rápidamente niego con la cabeza.

—No... Yo solo... ¿Puedo verte dormir? Sé que suena raro pero... pero no puedo dormir en este momento y me está volviendo loco. —Lanzo una risa afilada, dolorosa—. Mirarte dormir me hace sentir —inhalo profundamente—, no lo sé, en paz. Recuerda, solía hacerlo cuando éramos pequeños.

Ella sonríe con los vagos recuerdos.

—Bueno, es poco probable que puedas dormir sentado allí en el suelo. —Levanta una porción de edredón de nuevo.

—No, no, está bien. Solo me quedaré aquí por un rato y luego regresaré a la cama.

Con un suspiro de fingida irritación, sale de la cama, toma mi muñeca y me tira para que me levante.

—Vamos, métete adentro. Dios, estás temblando.

— ¡Solo tengo frío! —le contesto, mi voz sale más fuerte de lo que pretendía.

—Bueno, ¡ven aquí entonces!

El calor de su edredón me envuelve. Ella se desliza a mi lado y el toque de su cálida piel, sus brazos y piernas estrechándose alrededor mío, me fuerzan a comenzar a relajarme. Abrazándome fuerte, entierra su cara en mi cuello.

—Mi Dios, eres un carámbano.

Dejo salir una risa ahogada.

—Lo siento.

Por unos momentos los dos estamos callados. Su húmeda respiración hace cosquillas en mi mejilla. Nos recostamos y siento que mi cuerpo se derrite suavemente contra el de ella mientras me acaricia la parte de atrás de la cabeza, recorriendo mi cuello con sus dedos. Dios, cómo desearía que nos pudiéramos quedar así para siempre. De repente, sin ninguna razón, me siento al borde de las lágrimas.

—Cuéntame.

Es como si pudiera sentir el dolor a través de mi piel.

—Nada. Solo, ya sabes, la mierda de siempre.

Puedo decir que ella no me cree.

—Escucha —dice—, ¿recuerdas lo que Alice dijo el otro día? Somos los mayores. Siempre hemos compartido las responsabilidades. No tienes que tratar de construir una barrera entre la realidad y yo ahora.

Presiono mi boca contra su hombro y cierro mis ojos. Tengo miedo de preocuparla, asustado de decirle lo destrozado que me siento por dentro.

—Piensas que puedes preocuparte por lo dos —susurra—, pero no es así como funciona, Ed. No en una relación de iguales, y así es la nuestra. Eso es lo que siempre hemos tenido. Puede que nuestra relación esté cambiando en algunos aspectos, pero no hay manera de que perdamos lo que teníamos antes.

Exhalo lentamente. Todo lo que dice tiene sentido. En toda manera imaginable ella es mucho más sabia que yo.

Soplando en mi oreja, me hace cosquillas.

—Hey, ¿te dormiste?

Sonrío ligeramente.

—No, estoy pensando.

— ¿En qué, mi amor?

Un pequeño temblor me recorre. Mi amor, nunca me había llamado así antes. Sin embargo, en eso nos hemos convertido. En dos personas enamoradas.

—Lo que pasó con Alice... —comienzo vacilante—. Eso debió darte un buen susto.

—Creo que a los dos nos dio un buen susto.

Las palabras no dichas flotan en el aire entre nosotros.

—Bella, ya sabes, yo realmente tiré de su brazo con bastante fuerza. No es... no es nada raro que se haya caído —me las arreglo para decir en un apuro desesperado.

Ella levanta su cabeza de mi pecho y la apoya en una mano, su cara se vuelve blanca a la luz de la luna.

—Eddie, ¿quisiste tirarla de la encimera?

—No.

— ¿Quisiste lastimarla?

—Por supuesto que no.

— ¿Quisiste dislocarle el hombro?

— ¡No!

—Okay —dice despreocupadamente, acariciando mi cara—. Entonces esa línea de pensamiento no te llevará a ningún lado. Fue un completo accidente. ¡No dejes que esa estúpida mujer del hospital te haga dudar de eso ni por un diminuto segundo!

Las lágrimas de alivio amenazan con abrumarme. No creía que ella me culpara, pero no podía estar seguro. Tomo un profundo respiro.

—Pero ahora Servicios Sociales nos tiene en la mira, ¡Jesús!

—Entonces solo tenemos que mantener el perfil bajo, lo mismo que siempre. —Bella se alza sobre su codo, mirándome hacia abajo. Su cabello deja parte de su cara en la oscuridad y no puedo leer su expresión—. Eddie, tendrás dieciocho el mes que viene. Hemos llegado tan lejos. ¡Podemos seguir adelante! Podemos mantener a esta familia unida, tú y yo. Hacemos un buen equipo, somos un excelente equipo. ¡Juntos somos fuertes!

Asiento lentamente contra la almohada y me estiro para acariciar su mejilla.

Bella hace círculos en mi muñeca con su mano y suavemente besa cada dedo. Mi mano se desliza por su cuello, su pecho, viene a descansar contra su busto... De repente, puedo sentir mi corazón. Bella me mira intensamente, sus ojos muy brillantes en las sombras. Puedo escuchar mi respiración, caliente y pesada, de repente soy extremadamente consciente de que todo lo que separa nuestros cuerpos es un camisón de algodón, una delgada camiseta y ropa interior.

Paso mi mano por sus costillas, a lo largo de su estómago, hacia su muslo desnudo. Bella se inclina hacia delante. Tomando la parte de debajo de mi camiseta en sus manos, comienza a levantarla, lentamente tirando de ella hacia arriba por mi cabeza. Luego se saca su camisón. Emito un jadeo entrecortado. Su cuerpo es perfectamente blanco, en total contraste con su cabello, casi fogoso a la luz de la luna. Sus labios son rosa oscuro, sus mejillas están ligeramente ruborizadas, y sus ojos más cafés que el chocolate, vigilantes, inciertos. Los colores y contrastes me abruman. Mi mirada viaja sobre ella, asimilando la alta curva de sus pechos, la tensa piel de su estómago, las piernas largas y esbeltas.

Podría quedarme mirándola por siempre. Puedo distinguir el borde de su clavícula, la cumbre de sus caderas. Su piel luce tan suave que ansío besarla. Quiero sentir cada parte de ella pero mis manos se cierran contra las sábanas.

—Podemos tocarnos el uno al otro —susurra Bella—. Solo tocarnos el uno al otro. No hay una ley contra eso.

Estirándose, suavemente pasa su dedo por mi estómago, a lo largo de mi pecho y hacia la curva de mi cuello; tomando mi mejilla en su mano, se inclina hacia delante para besarme. Cierro mis ojos, y con manos temblorosas, acaricio su cuello, sus hombros, sus pechos. Rodeándola con mis brazos, la pongo suavemente contra las almohadas de nuevo y lentamente, como si temiera lastimarla, empiezo a trazar mis dedos a lo largo de su cuerpo.

...

Me despierto con la sorpresa de encontrarme solo en la cama de Bella, pero el resto de la casa está en silencio. Un trozo de papel con mi nombre está a mi lado en el suelo. Después de leerlo, caigo de nuevo en las almohadas, mirando fijamente el techo agrietado.

Anoche se siente como un sueño. No puedo creer que la pasáramos juntos, desnudos, nuestras manos acariciando el cuerpo del otro; no puedo creer que de hecho sentí su desnuda figura presionada contra mí. Al principio tenía miedo de que nos fuéramos a dejar llevar, de que pudiéramos cruzar esa última barrera prohibida, pero solo tocarnos el uno al otro fue tan increíble, tan poderoso, tan emocionante, que me dejó sin aliento. Quería más, por supuesto que quería más, pero sabía que, por ahora, esto tendría que ser suficiente.

El golpe de la puerta principal me saca de mis pensamientos, el sonido de una mochila de la escuela siendo tirada al piso, seguido del suave crujir de pasos en la escalera. La puerta del dormitorio se abre unos centímetros, me levanto contra el cabecero cuando la cara de Bella rompe en una sonrisa.

— ¡Estás despierto! —Se acerca a la ventana y abre de golpe las cortinas.

Me refriego los ojos en contra de la luz brillante de la mañana. Bostezo y me estiro, agitando la nota que me dejó.

—Bella, ¿qué estabas pensando? No podemos simplemente faltar a la escuela. —El reproche en mi voz desaparece cuando ella salta a la cama a mi lado y me da un beso helado—. ¡Hey! Estás congelada.

Ella colapsa a mi lado, su nuca golpeando la pared con un ruido sordo, estrujando mis piernas con las suyas.

—No tenías nada importante hoy, ¿no?

—Creo que no.

—Bien, yo tampoco.

Observo su cara sonrojada, los mechones de su cabello enmarcando su cara, su uniforme de la escuela.

— ¿Fingiste frente a los otros que ibas a la escuela y simplemente volviste a casa?

—Sí, tan pronto como vi a Kit cruzar los portones, ¡me devolví! No pensabas que iba a dejarte el día libre solo, ¿no? —Me dedica una mueca malvada—. Vamos, ¿ya te despertaste?

Sacudiendo mi cabeza, levanto mi mano hasta mi boca y bostezo de nuevo.

—No lo creo. ¿Cómo es que no escuché la alarma?

—La apagué.

— ¿Por qué?

—Estabas durmiendo tan profundamente, Ed. Te has estado viendo tan hecho polvo. Solo no pude soportar despertarte.

Empiezo a sonreír, pestañando hacia ella medio dormido.

—No me estoy quejando.

— ¿De verdad? —Miro como su cara se ilumina—. ¡Tenemos todo el día para nosotros! —Mira hacia le techo con deleite—. Me voy a cambiar, y luego pensé que podríamos hacer crepes y luego podríamos ir a caminar y luego...

—Espera, espera, espera. Ven aquí primero. —Alcanzo su brazo justo cuando ella va a salir rodando de la cama.

— ¿Qué?

— ¡Ven aquí! —Aun entrecerrando los ojos un poco por la luz, aprieto su muñeca—. Bésame.

Bella se ríe y me complace, deslizándose de nuevo a mi lado. Lentamente desabotono su camisa y ella se deshace de su falda. Metiéndome bajo el calor del edredón, comienzo a trazar una línea de besos por su cuerpo.

...

Ella está parada desnuda en frente de la puerta abierta de su ropero cuando vuelvo de la ducha y le toma un momento notarme inmóvil en la puerta, mirándola. Se da vuelta, encuentra mi mirada y se ruboriza. Alcanza la arrugada sábana al final de su cama y se envuelve en ella por debajo de sus brazos. El blanco material se arremolina a sus pies, haciéndome sonreír. Me pongo mi ropa interior y me uno a ella junto a la ventana, besando su mejilla.

—Acepto.

Me mira interrogante y luego a la sábana antes de reírse como tonta.

— ¿En la salud y en la enfermedad? —pregunta—. ¿Hasta que la muerte nos separe?

Sacudo mi cabeza.

—Mucho más allá de eso —digo—. Para siempre.

Ella toma mis manos y se estira para un beso. Duele. De repente todo duele y no sé por qué.

—Mira el cielo —dice, descansando su cabeza en el hueco de mi cuello—. Es tan azul.

Y repentinamente sí sé por qué: es porque todo es tan hermoso, tan maravilloso, tan completamente glorioso... y aun así no puede durar, y quiero preservar este momento por el resto de mi vida.

Envuelvo mis brazos a su alrededor y presiono mi mejilla contra la parte de arriba de su cabeza, entonces noto el brazalete contra su pálida muñeca, el brillo plateado en el sol de la mañana. Me estiro y lo toco.

—Prométeme que siempre lo conservarás —digo, mi voz es inestable de repente.

—Por supuesto —me contesta inmediatamente—. ¿Por qué no lo haría? Lo amo. Es la cosa más hermosa que tengo.

—Prométemelo —digo de nuevo, recorriendo con mis dedos el suave metal—. Aunque... aunque las cosas no funcionen. No tienes que llevarlo puesto. Solo mantenlo escondido en algún lado.

—Hey. —Ladea su cabeza de manera que estoy forzado a mirarla a los ojos—. Lo prometo, pero las cosas van a funcionar. Míranos, ya han funcionado. Estás por cumplir dieciocho, y luego al mes siguiente tendré diecisiete. Casi somos adultos, Edward, y una vez que lo seamos, nadie podrá impedirnos hacer lo que queramos.

Levanto mi cabeza, asiento y fuerzo una pequeña sonrisa.

—Cierto.

Observo que su expresión cambia. Inclina su frente hasta mi mejilla y cierra sus ojos como si le doliera.

—Tienes que creerlo, Edward —susurra—. Los dos tenemos que creerlo con todo nuestro ser si queremos hacer que suceda.

Trago fuerte y aprieto sus antebrazos.

— ¡Lo creo!

Ella abre sus ojos y sonríe.

— ¡Yo también!

Esta es la definición de felicidad: todo un día tendidos, hermoso en su vacío y simplicidad. Nada de salones de clase abarrotados, nada de pasillos a tope, nada de recreos solitarios, nada de almuerzo en la cafetería, nada de maestros monótonos, nada de implacables tics-tacs de relojes, nada de contar los minutos para que se acabe otro aburrido más día... En vez de eso, lo pasamos en un tipo de delirio alegre, tratando de saborear cada momento, disfrutar al máximo nuestra burbuja de felicidad antes de que se pinche.

Hacemos panqueques y molestamos con todas las extrañas combinaciones de rellenos: Bella gana como La Más Asquerosa con su combinación de extracto de levadura, cereales y kétchup, lo que me tuvo haciendo arcadas sobre el basurero. Yo gano como El Más Artístico con guisantes congelados, uvas rojas y M&M's en un colchón de mayonesa.

Cerramos las cortinas de la habitación del frente y nos acurrucamos en el sofá.

En algún momento del comienzo de la tarde Bella se queda dormida en mis brazos. La observo atontado, trazando con mi dedo los contornos de su cara, bajando por su cuello, sobre el suave pálido hombro, por el largo de su brazo, a lo largo de cada dedo. El sol se cuela por las cortinas desteñidas precipitadamente, el reloj en la repisa de la chimenea hace tic-tac implacablemente en cuenta regresiva, la aguja delgada recorriendo su camino sin compasión vuelta y vuelta. Cierro mis ojos y entierro mi cara en el cabello de Bella, tratando de acallar el sonido, desesperado por evitar que el precioso tiempo que nos queda se cuele entre mis dedos como arena.

Cuando ella se despierta, acaban de ser las tres. En media hora deberá ir a buscar a Emmett y Alice, mientras yo limpio el desastre en la cocina y cuidadosamente recojo cualquier prenda de ropa que pueda haber quedado en el piso de su habitación. Tomo su sonrojada y soñolienta cara en mis manos y empiezo a besarla con un fervor que raya en la histeria. Me siento enojado y desesperado.

—Eddie, escúchame —trata de decir entre besos—. Escucha, mi amor, escucha. ¡Simplemente comenzaremos a saltarnos la escuela cada par de semanas!

—No puedo esperar toda una quincena.

— ¿Qué tal si no tenemos que? —dice de repente, con los ojos encendiéndose—. Podríamos pasar cada noche juntos, como ayer. Una vez que estemos seguros de que Em y Al están dormidos, puedes venir y meterte en mi cama...

— ¿Cada noche? ¿Qué pasa si uno de ellos entra? ¡No podemos hacer eso! —Pero ella ya tiene mi atención.

—Está ese oxidado cerrojo debajo de mi puerta, ¿te acuerdas? ¡Podemos cerrarlo simplemente! James siempre se queda dormido con sus auriculares puestos, y los otros dos casi nunca se despiertan en la noche.

Me muerdo la uña del pulgar, pensando duramente en los riesgos, desesperadamente rasgado. Miro los ojos brillantes de Bella y recuerdo la noche anterior, sintiendo su suave cuerpo desnudo debajo de mis manos por primera vez.

—Está bien —susurro con una sonrisa.

...

— ¿Eddie? ¿Estás mejor, Eddie? ¿Nos vas a llevar a la escuela mañana, Eddie? —Alice es toda preocupación, subiendo a mi regazo cuando me tumbo enfrente de la televisión.

La preocupación de Emmett es más superficial, pero presente de todas formas.

— ¿Tienes la gripe o qué? —me pregunta en su creciente acento occidental, soplando el largo cabello castaño lejos de sus ojos—. ¿Estás enfermo? No te ves enfermo. ¿Cuánto tiempo vas a estar enfermo, de todas formas?

Con un susto, me doy cuenta de que tomarme el día libre de escuela ha repercutido en ellos. Anteriormente he ido con gripe e incluso bronquitis, solo porque alguien tenía que llevar a los chicos, James tenía que ser vigilado, Servicios Sociales tenían que ser mantenidos lejos de nuestras espaldas, así que tomarse en día libre por lo general no era una opción. Me doy cuenta también de que ellos asocian cualquier tipo de enfermedad seria con mamá: mamá colapsando borracha en los escalones de la entrada, mamá dando arcadas sobre la taza de baño, mamá tirada desmayada en el piso de la cocina. No están preocupados por mi supuesto dolor de cabeza, están preocupados de que yo desaparezca.

—Nunca me he sentido mejor —les aseguro con honestidad—. Mi dolor de cabeza ya se fue. ¿Por qué no vamos todos a jugar afuera juntos por un rato?

Es increíble la diferencia que un día sin ir a la escuela puede hacer. Por lo general, para esta hora, estoy agotado por el cansancio, cortado y al límite, desesperado por meter a los niños en la cama para que pueda tener un momento a solas con Bella y un comienzo con la tarea antes de encontrarme dormido en mi escritorio. Hoy, mientras los cuatro nos alistamos para un juego de British Bulldog (1), me siento casi sin peso, como si la gravedad de la Tierra hubiera disminuido drásticamente. Así que, cuando el sol comienza a ponerse en el día de mitad de marzo, me encuentro parado en el medio de la calle vacía, con las manos en las rodillas, esperando a que los tres vengan a toda velocidad hacia mí, esperando pasar al otro lado sin ser capturados.

Emmett ya parece listo para despegar, un pie escondido presionado contra la pared, sus brazos curvados, manos cerradas en puños, una mirada de fiera determinación en sus ojos. Sé que en la primera ronda debo dejarlo pasar sin atraparlo en realidad. Alice está recibiendo instrucciones de último minuto de Bella quien, por como se ven las cosas, está planeando tácticas de distracción para hacer que pueda pasar derecho a lo largo de la calle sin ser atrapada.

— ¡Vamos! —grita Emmett impaciente.

Bella se endereza, Alice salta de arriba a abajo emocionada y yo hago la cuenta regresiva:

—Tres, dos, uno, ¡ya!

Nadie se mueve, galopo a los lados para estar directamente frente a Alice y ella se retuerce en deleitado horror, presionándose contra la pared como una estrella de mar, como si intentara pasar al otro lado. Entonces Emmett sale disparado como una bala, encaminándose lejos de mí en un afilado ángulo. Anticipando su movimiento, corro hacia él, bloqueando su trayectoria. Él vacila, atrapado entre la humillación de regresar a la seguridad de la pared y el riesgo de lanzarse a por ello. Audazmente se decide por la última. Le doy caza inmediatamente, pero él es sorprendentemente rápido para su tamaño. Llega al otro lado por un pelo, su cara brillando rosada por el esfuerzo, sus ojos triunfantes.

Bella ha usado esta distracción para mandar a Alice al otro lado, corriendo salvajemente hacia Emmett, y resuelta a alcanzar la seguridad casi se lanza derecho a mis brazos. Doy un paso atrás y gruño en un intento de mandarla en una dirección diferente. Ella se congela, un conejo atrapado en las luces del faro, sus ojos azules enormes con la emoción del miedo. Desde ambos lados de la calle, los otros dos gritan instrucciones.

— ¡Vuelve, vuelve! —chilla Emmett.

—Ve alrededor de él, ¡esquívalo! —grita Bella, confiada en el conocimiento de que olo fingiré intentar atraparla.

Alice hace un movimiento hacia mi derecha. Me lanzo a por ella, mis dedos rozan la capucha de su abrigo, y con un alarido ella se lanza hacia la pared, golpeando con la cabeza a Emmett en el estómago, que de inmediato se dobla sobre sí mismo con un dramático grito.

Ahora Bella es la única que queda, bailando en el otro lado de la calle, haciendo reír a Alice y a Emmett.

— ¡Corre, solo corre, Bella! —grita Emmett servicialmente.

— ¡Ven por este lado, no, por este lado! —chilla Alice, apuntando como loca en todas direcciones.

Le dirijo a Bellaa una sonrisa maliciosa mostrándole que tengo toda la intención de atraparla, y ella me devuelve la sonrisa, un indicio de diablura en sus ojos. Con las manos en los bolsillos, comienzo a pasearme muy tranquilamente en su dirección. Ella va por ello. Atrapándome con la guardia baja, sale en un ángulo agudo. La igualo paso por paso y empiezo a reírme por el triunfo anticipado mientras nos acercamos a la frontera. Entonces, de la nada, ella me hace un contrapié y va a toda velocidad hacia el otro lado, me lanzo tras ella pero no tiene sentido. Ella llega a la otra pared, gritando por el triunfo.

En la siguiente ronda atrapo a Emmett, cuya decepción se convierte en alegría cuando se encuentra en el rol de depredador. Despiadadamente, va derecho hacia Alice y la atrapa a los segundos de haber dejado la seguridad de la pared, mandándola volando. Valientemente ella se levanta, examina brevemente sus palmas raspadas, y entonces baila con la emoción en el medio de la calle, extendiendo sus brazos como esperando poder bloquear toda la calle. Mientras nos abalanzamos hacia ella, Bella y yo intentamos tanto permitirle que nos atrape que terminamos chocando y ella nos atrapa a los dos, provocando mucha histeria.

Bella acaba de empezar su turno cuando, en la distancia, diviso una solitaria figura recorriendo la calle hacia nosotros, y reconozco a James, arrastrándose a casa desanimado después de estar una hora en detención por insultar a una maestra.

—James, James, ¡estamos jugando British Bulldog! —grita Emmett emocionado—. ¡Ven con nosotros! ¡Por favor! Eddie y las chicas son basura. ¡Estoy arrasando con este juego!

James se detiene en el portón.

—Todos se ven como un montón de retardados —anuncia fríamente.

—Bueno, ven y aviva el juego —sugiero—. Tú sabes, me vendría bien un poco de competición. Este juego es demasiado fácil para un corredor como yo.

James baja su mochila y lo veo vacilar, indeciso entre expresar el usual desprecio por su familia y el deseo de solo ser un niño de nuevo.

—Al menos que estés preocupado de que te gane —digo, ofreciendo el reto.

—Sí, claro, en tus sueños. —James se ríe con sarcasmo. Se gira hacia la puerta delantera pero en el último minuto se da la vuelta. Abruptamente, se quita su blazer.

— ¡Sí! —grita Emmett.

— ¡Puedes estar en nuestro equipo! —grita Alice.

—No tenemos equipos, ¡tonta! —le contesta Emmett gritando.

Pronto estamos enrollados en otra ronda. Estoy de nuevo en el medio y determinado a cazar a James, sin en realidad atraparlo, obviamente. Típicamente, él es el último en despegarse de la pared después de que todos los demás han llegado a salvo al otro lado. Espera por lo que parece una eternidad, claramente tratando de probar mi paciencia.

Comienzo a deambular, dándole la espalda, incluso agachándome para atar mis cordones, pero él conoce todos mis trucos. Solo cuando estoy un par de metros lejos, él finalmente se mueve, deliberadamente haciéndolo lo más difícil posible para él. Me hace un contrapié, da la vuelta bruscamente a la derecha, vacila cuando lo bloqueo, entonces comienza a retroceder. Me dedica su sonrisa de macho, burlona, pero puedo ver la dura determinación en sus ojos. Me lanzo hacia él. Me esquiva por milímetros y se tira a correr a ciegas. Me lanzo detrás de él, atento a recorrer la corta distancia que hay entre nosotros. Lo agarro del cuello de su camiseta justo cuando su mano toca la pared. Cuando se da la vuelta para mirarme, su cara brilla con un deleite que no había visto en años.

Seguimos jugando hasta bien estrada la noche. Alice eventualmente colapsa exhausta y va a sentarse a la calidez del pasillo, mirándonos y gritando instrucciones a través de la puerta abierta. Bella es la siguiente en unírsele. Me quedo con Emmett y James, y de repente estamos jugando en serio. Las habilidades futbolísticas de Emmett se vuelven útiles, haciéndolo imposiblemente escurridizo para atrapar. James usa todo truco en el libro para distraerme, y pronto los dos con cómplices contra mi, usándose el unos al otro como tapaderas, encerrándome en el rol de perseguidor.

Finalmente, agotados, voy por James como un toro demente. Lo atrapo a centímetros de la seguridad pero se niega a rendirse, estirándose desesperadamente hacia la pared y medio arrastrándome a mí consigo. Caemos al suelo y estoy rasgando su camisa para evitar que escape de mi agarre mientras Emmett está tratando de usarse a sí mismo como cadena humana entre James y la pared.

— ¡Gané, gané! —grita James.

— ¡De ninguna manera! Tienes que tocar la pared, ¡tramposo!

— ¡La toqué!

— ¡No es cierto!

— ¡Toqué la mano de Em y él está tocando la pared!

— ¡Eso no cuenta!

Tengo a James contra el suelo y él le grita a Emmett por ayuda. Emmett valientemente deja la seguridad de la pared pero inmediatamente lo tiro arriba de nosotros.

— ¡Los tengo a los dos! —grito.

— ¡Tramposo, tramposo! —Me ensordecen con sus gritos.

Pronto no podemos movernos por la risa y el cansancio, Emmett a horcajadas sobre mi espalda y James sacudiéndose de la alegría, estirándose por una ramita y usándola para tocar la pared. Finalmente nos despegamos de la calle, mugrientos y maltrechos. La cara de James está sucia con polvo y el cuello de la camisa de Emmett está rasgada cuando rengueamos hacia dentro, mucho después de la hora de la comida, mucho después de la hora de las tareas.

Una vez que persuadimos a los muchachos de que laven sus manos, colapsamos alrededor de la mesa de la cocina con Bella y Alice, dándose un festín con pasabocas y Nutella directo del tarro.

James trata de hacerme tropezar cuando voy a poner el agua a hervir.

—Deberíamos tener la revancha —me informa.

—Necesitas la práctica.

Y entonces, él sonríe.


Adelanto: Capítulo 22.

Medio apoyado contra el cabecero, Edward me mira fijo. Si no fuera por la expresión afligida en sus ojos, se vería bastante cómico, su cabello todo despeinado. Su cara irradia una mezcla de miedo y desesperación.

—Bella...

—Eddie, ¿qué? ¿Cuál es el problema?

Él respira.

—Si nos encontraran, seriamos enviados a prisión.

(1) Un juego similar a "Las cogidas", "Atrapadas", "La traes", "La mancha" o como le digan en su país. El juego va de que una persona es el bulldog, el cual se para en el medio del campo de juego, mientras los demás están en una pared o zona segura, y deben pasar al otro lado del campo sin que el bulldog los toque. Si te toca, entonces te conviertes en el bulldog.

Hola, mis amores.

Les dejo otro capítulo de esta historia.

Hasta luego :)

Camila.