Esta historia está basada en la Novela de Romance/erótica "Un millón de secretos inconfesables" de C.L Parker. Yo sólo decidí adaptarla a un fanfic ,para que puedan disfrutar de un romance entre G-dragon oppa y una OC. Enjoy!
Todos los creditos reservados a sus respectivos dueños y creadores. Ninguno de los personajes me pertenece.
Skyler.
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—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —me preguntó mi mejor amiga, una cachonda mental, por la que a mí me pareció la millonésima
vez a partir de cuando entramos al club nocturno donde ella trabajaba —y jugueteaba— como putilla.
Dez era mi puntal. La que me mantenía a flote cuando la vida se ponía demasiado chunga y en esos momentos yo estaba pasando una temporada
malísima. Dez era el diminutivo de Desdémona, que más o menos venía a significar «la diabólica». Se cambió el nombre el día que cumplió los
dieciocho, solo porque sus padres se lo habían prohibido cuando aún era menor de edad. Le habían puesto «Princesa» al nacer, hablo en serio, pero
si alguna otra persona aparte de ellos intentaba llamarla así, montaba la de San Quintín.
Dez era despampanante, la típica chica con dos buenas tetazas que sale en las novelas románticas, con una cabellera larga y sedosa, una
figura de infarto, unas piernas larguísimas y una cara de diosa. El único problema era que le gustaba demasiado cabalgar. Y además sobre todo tipo
de sementales. Como ya he dicho, era una puerca. Pero yo la quería como si fuera de mi propia sangre. Y considerando lo que ya iba a hacer por una
persona de mi propia sangre, es mucho decir.
—No, no estoy segura Dez —le solté—, pero no me queda más remedio. Y si no dejas de preguntármelo, acabaré cambiando de opinión y saliendo
pitando de aquí. Sabes perfectamente lo miedica que soy.
Pero ella nunca se tomó mi drama demasiado en serio, porque se pasó tres pueblos conmigo. ¡Vaya si se los pasó! Sin sentir ni una pizca de
remordimiento.
—¿Y estás dispuesta a que te desvirgue un desconocido? ¿Sin amor de por medio? ¿Sin cenas románticas con champán ni noches fogosas con
sesenta y nueves?
Me agobió con tantas preguntas que estuve a punto de estallar, pero sé que lo hizo porque me quería, para asegurarse de que lo hubiera sopesado
todo. Habíamos mirado con lupa los pros y los contras y estaba segura de que no nos habíamos dejado nada por considerar. Pero lo que más me
preocupaba era no saber lo que me iba a pasar.
—¿A cambio de la vida de mi madre? ¡Claro que sí! —le respondí mientras la seguía por el oscuro pasillo que conducía a las entrañas del
Fireplay, el club donde ella trabajaba. El Fireplay: el lugar que me cambiaría, la vida. En cuanto firmara el contrato ya no podría dar marcha
atrás.
Mi madre, Ashley, tenía una enfermedad terminal. Siempre había estado delicada del corazón, pero con el paso de los años había ido empeorando.
Cuando me trajo al mundo estuvo a punto de morir, pero logró salir con vida de aquella situación y de otras muchas operaciones y procedimientos
médicos. Sin embargo, ahora la habían dado por un caso perdido. La vida se le estaba escapando a marchas forzadas. Estaba tan débil y frágil que permanecía postrada en cama. En el pasado la habían ingresado en hospitales tantas veces que mi padre, Matt, había perdido el trabajo. Se había negado a dejarla sola a cambio de ayudar a una maldita fábrica a ganar más dinero. Y a mí me parecía bien. Ella era su esposa y él se tomó su deber conyugal muy en serio. Se dedicaba a cuidarla en cuerpo y alma al igual que ella lo habría hecho con él si los papeles se hubieran invertido. Pero no tener trabajo significaba no tener seguro médico. Y también, vernos obligados a vivir con los exiguos ahorros que mi padre había logrado reunir durante su mejor época. En resumidas cuentas, tener un seguro médico era un lujo que mis padres no se podían permitir. Qué situación más fantástica, ¿verdad?
Y encima las cosas habían ido de mal en peor.
La enfermedad de mi madre había avanzado tanto que si no recibía pronto un trasplante de corazón se moriría. Esta noticia nos había afectado enormemente a los tres, sobre todo a Matt.
Yo veía a mi padre día tras día. Al estar él tan pendiente de mi madre, había descuidado su propia salud, con lo que había adelgazado. Y ahora
encima tenía unas ojeras de caballo por no dormir las horas suficientes. Pero aun así siempre intentaba hacerse el fuerte ante mi madre. Ella había
aceptado su inminente muerte, pero mi padre… seguía creyendo que saldrían de ese mal trago. El problema era que estaba perdiendo las esperanzas. Creo que a medida que mi madre languidecía mi padre también se iba apagando.
Una noche, cuando mi madre ya se había dormido, me lo encontré encorvado en su sillón abatible, con la cara sepultada entre las manos y los
hombros agitándose convulsivamente, llorando a lágrima viva. Creyó que a esas horas nadie lo vería. Pero yo le vi. Nunca lo había visto tan abatido. Tuve el desagradable presentimiento de que si mi madre se moría, mi padre no tardaría también en seguirla. Lloraría su muerte hasta irse al otro mundo. Yo no tenía la menor duda.
Debía hacer algo.
Quería desesperadamente mejorar las cosas. Y también que mis padres se sintieran más animados.
Dez era mi mejor amiga. La mejor de todas. Siempre se lo contaba todo, por lo que conocía mi situación. Las situaciones desesperadas exigen
medidas desesperadas y después de ver lo desesperada que estaba, me acabó contando los negocios más escandalosos que se llevaban a cabo en
las entrañas del Fireplay.
Scott Christopher, el propietario, era por decirlo de alguna manera un empresario agresivo. Básicamente, era un macarra, aunque no de baja
estofa. No. Se las había ingeniado para vaciarles los bolsillos a los que estaban forrados de pasta. Era una operación de primera, una subasta en la
que las mujeres se vendían al mejor postor. El Fireplay no constituía más que una tapadera, porque esta clase de subastas eran en realidad de lo que
Scott vivía. Y además el club era el lugar donde los universitarios iban a correrse sus juergas, ligando y empinando tanto el codo que apenas
recordaban cómo se llamaban, lo cual era la tapadera ideal para el lujoso local que había debajo. Por lo que yo tenía entendido, algunas de las
mujeres —incluida yo— participábamos voluntariamente, y en cambio otras lo hacían para saldar las deudas contraídas con Scott. Vender sus
cuerpos era el último recurso para pagarle lo que le debían, aunque significara perder su libertad.
Dez me contó que los clientes eran siempre hombres con unas cuentas bancarias exorbitantes. Incluso los magnates más ricos del mundo tenían unas fantasías de lo más viciosas que no querían que salieran a la luz. Y por una cantidad adecuada de dinero, podían encontrar a alguien dispuesto a ofrecerles su cuerpo sabiendo que no revelaría a nadie su secreto. Pero era cuestión de suerte, podía tocarme un tipo cortés y amable o un puro tirano que disfrutara sometiendo a su esclava sexual. Y a juzgar por mi pasado, seguro que me tocaría lo último. Como no había tenido demasiada suerte en la vida, no esperaba que el destino me sonriera esta vez.
La enfermedad de mi madre no solo le exigía un constante sacrificio a mi padre, sino también a mí. Yo no le guardaba rencor por ello, pero en
lugar de ir a la universidad me había quedado cuidando de ella para que mi padre no perdiera el trabajo. Pero ahora que él lo había dejado, no tenía
ningún sentido para ellos que yo me quedara también en casa. Aunque nunca lo había hecho por obligación. Era mi madre y la quería. Además,
aún no sabía lo que iba a hacer con mi vida. A lo mejor pensarás que una chica de veinticuatro años ya debería tener las cosas claras, pero en mi
caso no era así.
Tal vez no fue una buena idea infundirles esperanzas, pero como ya he dicho, mis padres estaban empezando a darse por vencidos, e ilusionarse
un poco no les haría ningún mal. De modo que me las ingenié para convencerles de que gracias a mis buenas notas me habían concedido una
beca fabulosa con todos los gastos pagados para estudiar en la Universidad de Nueva York. Sí, en aquel momento de mi vida era algo que por
desgracia no me iba a pasar, pero mis padres no lo sabían, y eso era a fin de cuentas lo que importaba. Estar tan lejos de casa significaba que no podría
visitarlos tan a menudo como antes, y por más que me doliera estar separada de mi madre moribunda durante tanto tiempo, era absolutamente
necesario para que mi plan funcionara. Si tenía suerte, nunca se llegarían a enterar. Pero ¡vete a saber! Como ya te he dicho, yo no había sido
demasiado afortunada en la vida.
El trato que había hecho con Scott era que iba a vivir con mi «propietario» durante dos años. Ni más ni menos. Después de ese tiempo,
sería libre de vivir mi propia vida. No sabía qué clase de vida llevaría después de aquella experiencia, pero tenía que seguir siendo positiva.
Además, dos años no eran nada comparados con los años de vida que le podría prolongar a mi madre y, de paso, a mi padre.
Las notas graves que llegaban de arriba del club retumbaban a través de las paredes y el corazón me empezó a latir a su cadencia, pero intenté
decirme desesperadamente que no estaba en ese lugar para dejarme envolver por la música y pasar un buen rato, como las otras personas que
no tenían idea de lo que se estaba tramando bajo sus pies. Las mujeres de ahí abajo estaban sumergidas en algo totalmente distinto.
Nos encontramos con el portero del club que sostenía una tablilla con una lista VIP en la mano. Como sabía quiénes éramos y por qué estábamos
allí, nos dejó pasar enseguida. Casi me echo atrás al pasar por delante del montón de chicas alineadas en el pasillo. Se trataba de un grupo muy
variado, algunas eran elegantes y otras con pinta de conocer el oficio, aunque quizá fuera la primera vez que participaban en una oferta tan
jugosa. Estaban plantadas ante un gran espejo que cubría la pared opuesta y llevaban un número pegado con cinta adhesiva sobre el vientre desnudo.
—Es un espejo de dos vistas para observarlas sin que se den cuenta — me explicó Dez—. Cada cliente dispone de un prospecto en el que aparece
la descripción de las chicas que se subastarán esta noche. Las meten en este pasillo para exhibirlas a los peces gordos como en una feria de ganado.
Este método les permite examinar la mercancía y decidir por qué chica desesperada van a pujar.
—¡Vaya, gracias por decírmelo, Dez! No sabes lo bien que me ha sentado —le solté.
—¡Oh, lo siento! No lo he hecho aposta —me respondió ella intentando hacer que me sintiera mejor—. Tú eres demasiado especial para esta clase
de chanchullos y lo sabes de sobra. No eres como ellas —añadió señalando con la cabeza a las otras chicas del pasillo—. Pero lo entiendo. Lo haces
por Ash y me parece el acto más altruista de todos los que he oído hablar nunca en mi vida.
Esas otras chicas podrían también tener su propia Ashley en casa, pensé desviando la mirada para no establecer contacto visual con ellas.
Llegamos a la puerta que había al final del pasillo y Dez dio unos golpecitos en ella. Una voz nos gritó que entrásemos, pero cuando Dez
haciéndose a un lado me indicó que pasara me asaltó el pánico. Estaba a punto de tener un ataque de ansiedad, lo sabía.
—¡Eh, mírame! —exclamó Dez obligándome a volverme hacia ella—. No tienes por qué entrar si no quieres. Todavía podemos dar media vuelta y
largamos de aquí.
—No, debo hacerlo —respondí temblando como un flan por más que intentase controlarme.
—Yo no puedo entrar contigo. A partir de ahora tendrás que apañártelas tú sola —me dijo sin poder ocultar del todo sus remordimientos y su
preocupación.
Asentí con la cabeza y clavé la vista en el suelo para que no viera que se me humedecían los ojos.
Dez me abrazó de pronto con tanta fuerza que casi me dejó sin aliento.
—¡Tú puedes hacerlo! Y de paso igual te lo pasas fenomenal en la cama. ¡Vete a saber! Un donjuán podría estar al otro lado del espejo deseando
estrecharte entre sus brazos loco por ti.
—¡Venga, y qué más! —le solté logrando sonreír un poco antes de separarme de su seguro abrazo—. Todo irá bien. Solo asegúrate de que el
gilipollas que acabe conmigo cumpla el trato a rajatabla. Si no lo hace, espero que mandes al FBI a este lugar disparando con sus metralletas a
todo trapo.
—¡Claro que lo haré! Ya sabes mi número de teléfono y como no me llames para ponerme al día, soy capaz de hacerte una visita. Ahora tengo
que volver al bar antes de que me despidan y de quedarme sin saber con quién te has ido. Pero recuerda que me caes bien, ¡mierda! —Dez no era
una sensiblera, pero sé que se trataba de su forma de decirme te quiero—. ¡Dales guerra, nena! —añadió besándome en la mejilla antes de darme un
azote en el trasero y alejarse por el pasillo.
No estaba bromeando. Vi cómo encorvaba la espalda y se secaba los ojos con la yema de los dedos cuando
creyó que no la veía.
—Tú también me caes bien —repetí en voz baja, porque ya no me podía oír.
Me volví hacia la puerta, mentalizándome para no perder la sangre fría y echarme atrás. Pero al pensar en mi madre vi que no tenía otra opción. Así
pues abrí la puerta y entré con paso firme en el despacho para ultimar los términos del contrato.
El despacho de Scott me pareció el de un puto mafioso forrado de pasta. El suelo estaba cubierto de lujosas alfombras, del centro del techo colgaba
una araña de luces preciosa, unas vitrinas iluminadas exhibían diversos objetos que debían valer una fortuna y las paredes estaban forradas de
exquisitas obras de arte. De unos altavoces invisibles salía música clásica para intentar darme una sensación de falsa seguridad. La música y la
elegante decoración creaba la ilusión de ser un lugar refinado para que los clientes se sintieran más a gusto en él, pero yo no era tonta. Por más que el
mono se vista de seda, mono se queda.
Scott estaba en el despacho con un cigarrillo en una mano y un vaso de whisky en la otra, recostado en un sillón abatible con los pies encima del
escritorio, dirigiendo con los dedos una orquesta invisible como si no tuviera otra cosa que hacer.
Se giró para mirarme y sonrió burlonamente antes de enderezarse y apagar el cigarrillo en un cenicero de mármol.
—¡Ah, señorita White! Me preguntaba si serías tan amable de honrarnos con tu presencia esta noche.
Irguiendo la espalda y metiendo la barbilla hacia dentro, le miré a los ojos. Era yo quien había decidido acudir y tenía la sartén por el mango
hasta que me entregara el dinero. Quería dejarle claro a Scott Christopher que para mí no era más que un intermediario.
—Dije que vendría y aquí estoy.
Se levantó y se dirigió hacia mí sin intentar disimular siquiera que me estaba examinando de arriba a abajo.
—No estás nada mal, nena. Si no hubieras venido habría mandado a un equipo de rescate para que te buscara y te encontrara. Esta noche me vas a
hacer ganar mucha pasta.
—¿Me puedes repetir los términos de mi contrato de nuevo para firmarlo de una vez? —le solté exasperada suspirando.
No confiaba en él por una buena razón.
Traficaba con seres humanos sin sentir el menor remordimiento. ¡Cómo iba a confiar en alguien que vivía de ese negocio! De haber tenido otra elección, no estaría ahora plantada aquí dejando que un tipo de su calaña me comiera con los ojos.
—De acuerdo —respondió volviendo al escritorio. Abrió una carpeta de papel manila con mi nombre escrito en negrita en la cubierta—. Te garantizo personalmente que la clientela de esta noche será de lo más discreta. En realidad es un requisito esencial para todos los que visitan mi local. Todos ellos son peces gordos, la crema de la crema de los caballeros… y tienen unas cantidades de dinero tan exorbitantes que no saben qué hacer con él. Solo ellos saben la razón por la que están interesados en la clase de mercancía con la que trato, y mientras me paguen, yo no me meto en sus asuntos.
Además de salvarle la vida a mi madre, al menos tenía el consuelo de saber que alguien con tanta pasta me permitiría pagar la intervención
quirúrgica que ella necesitaba haciendo gala de una gran discreción. Nadie con tanto dinero querría que la gente se enterase de que estaba metido en
esos chanchullos. Y yo tampoco quería que mis padres lo supieran. Si lo llegaran a descubrir se morirían del disgusto y no aceptarían nunca lo que
estaba intentando hacer por ellos.
La otra ventaja, o al menos eso era lo que yo esperaba, era que alguien que podía darse el lujo de realizar este tipo de transacciones iba a ser también lo bastante refinado como para no hacerme la vida imposible. Yo no era una ingenua, sabía que en este mundo había personas muy retorcidas llenas de sucias manías, pero esperaba que no me tocara una de ellas.
—Supongo que te parece bien el veinte por ciento acordado, ¿verdad? — me preguntó hojeando el contrato.
—¿Crees que soy imbécil? Quedamos en un diez por ciento —repliqué sin que su intento de sacarme más pasta de la estipulada me hiciera la
menor gracia.
—Es verdad, es verdad. El diez por ciento, eso era lo que quería decir — respondió haciéndome un guiño que me dio escalofríos. Empujó el contrato
hacia mí y me ofreció un bolígrafo—. Firma aquí… y aquí.
Garabateé mi descuidada firma sobre las líneas que él me indicó, sabiendo que estaba hipotecando los dos siguientes años de mi vida.
Aunque el sacrificio valía la pena.
Al cabo de poco me condujeron a otra habitación donde me dijeron que me desnudara y me pusiera el biquini más diminuto que había visto en mi
vida. Dejaba al descubierto todas las redondeces de mi cuerpo y supuse que estaba concebido precisamente para eso. Los hombres querían ver la
mercancía antes de pagar una fortuna. Yo lo entendía, pero no por ello dejaba de sentirme menos expuesta y vulnerable. Una estilista me peinó y
maquilló dándome sorprendentemente un aspecto elegante en lugar de hacerme parecer una puta barata.
Después Scott adhirió el número sesenta y nueve a mi vientre desnudo.
Mantuve la cabeza erguida mientras me unía a las otras chicas alineadas delante del espejo de dos vistas.
La peor parte era que vete a saber quiénes me estaban mirando o qué había al otro lado del espejo. Pero lo que sí veía
era mi propio cuerpo y aunque no fuera una creída, debo admitir que me veía estupenda comparada con las otras candidatas.
Nunca me había considerado una chica despampanante, pero era guapa. Tenía una abundante cabellera rubia y unos apagados ojos azules que pese
a no ser especiales, habían estado llenos de vida en el pasado. Eso fue cuando la enfermedad de mi madre aún no había empeorado tanto. Yo no
tenía un cuerpo perfecto, aunque no era ni demasiado grueso ni demasiado delgado y tenía curvas en los lugares donde siempre había creído que eran
los correctos. En resumidas cuentas, no estaba nada mal, al menos eso esperaba.
Las mujeres fueron saliendo una por una de la habitación. Al principio creí que significaba que las preferían a ellas antes que a mí, y me sentí
como la niña rellenita en clase de gimnasia a la que siempre elegían como última opción. Pero entonces dijeron mi nombre y me dirigí a la misma
puerta negra por la que había visto desaparecer a las otras chicas.
En cuanto entré, Scott me condujo al centro de la habitación. Estaba rodeada de camarines de paredes acristaladas. En cada uno había una mesita sobre la que descansaba una pequeña lámpara que despedía una luz mortecina, un teléfono y una cómoda poltrona roja de terciopelo. Era evidente que lo único que los ocupantes de los camarines tenían en común era el dinero, todos estaban forrados.
El primer camarín lo ocupaba un jeque que llevaba unas gafas oscuras, un largo turbante blanco y un traje. Estaba flanqueado por dos mujeres que habían estado en el pasillo conmigo unos instantes antes, cubriéndole de besos mientras le acariciaban la entrepierna y el pecho. Al apartar la vista avergonzada, vi al hombre del otro camarín.
Este tipo era enorme, una auténtica mole. Se parecía a Jabba el cavernícola. Me vino a la cabeza la imagen de la princesa Leia encadenada a su lado y sentí un estremecimiento a lo largo del espinazo. De pequeña nunca me había imaginado como la princesa Leia y sin duda no iba a hacerlo a estas alturas.
En el siguiente camarín había un tipo canijo con dos guardaespaldas gigantescos plantados a su lado con las manos cruzadas delante del cuerpo, y supuse que probablemente era la actitud más relajada que sabían adoptar.
El tipo menudo, sentado con las piernas cruzadas con aire delicado, estaba tomando a sorbos un cóctel de frutas adornado con una sombrillita. Llevaba la chaqueta blanca echada sobre los hombros como si él fuera demasiado chic para ponérsela. Supuse que eran los hombres lo que en realidad le iban. No me pareció un tipo intimidante. Seguramente estaba en este lugar para fingir que se acostaba con un bomboncito mientras recibía en secreto otra clase de visitas, tú ya me entiendes.
Miré el último camarín y suspiré decepcionada para mis adentros al ver que la luz estaba apagada. Por lo visto quienquiera que lo ocupara había elegido a su chica y se había largado. Vaya, los especímenes que quedaban no eran para tirar cohetes que digamos. Pero de pronto una lucecita anaranjada parpadeó en medio de la oscuridad como las brasas en la punta de un pitillo al dar alguien una calada.
Holooo! Kyaaaa! créanme que les va a gustar mucho la historia, su trama es muy interesante y creo que el protagonista masculino, de esta novela en particular, no es el típico controlador, duro y grandisimo. Este en particular ,me gusta mucho porque... ya lo leeran después por su propia cuenta-guiño, guiño, codo,codo- Por eso me pareció perfecto para adaptarlo a nuestro sexy G-dragon ;). Kisus! espero que lo disfruten mucho!
