Algo nuevo
John empujó el gran portón y las bisagras chirriaron levemente. Dentro le recibió una alfombra mullida y un calor proveniente de alguna chimenea encendida, porque el olor a leña quemada le era familiar. Y por fin, se sintió plenamente a salvo.
El castillo por dentro parecía cuidado, a diferencia de como estaba por fuera. Así que el miedo inicial desapareció por completo.
–¿Hola? –se animó a preguntar generando eco. Al ver que nadie le contestaba, se aventuró a entrar más en aquel inmenso lugar, llegando hasta las amplias escaleras. –¿Hay alguien? Le pido perdón, pero el temporal hizo que me perdiera...y... ¿Hola?
No muy lejos de John, dos de los habitantes del castillo se habían quedado estáticos por la sorpresa ante la visión de un visitante inesperado. Hacía muchos meses que no veían a nadie más que a ellos mismos, porque en su nueva apariencia a causa de la maldición no podían abandonar las cuatro paredes que les rodeaban. Así que el ahora reloj y antiguo mayordomo de nombre Mycroft, y el candelabro al que llamaban Lestrade; se habían quedado boquiabiertos al ver al muchacho rubio.
–Es un chico... –dijo decepcionado Lestrade en voz baja.
–Ya sé que es un chico, no estoy ciego—dijo Mycroft, mientras ambos seguían los pasos de John por un pasillo.
–Debería ser una chica. Una chica de la que el amo se pudiera enamorar. Para una persona que viene en todo este tiempo... Él no podrá romper el hechizo.
–O puede que sí—apreció el reloj. –Su alteza nunca se fijó en nadie. Ninguna doncella era buena para él y tal vez hubiera una razón para ello.
–Nadie era bueno para él. Por eso estamos como estamos.
–Ya... Pero quizás, ahora que romper el hechizo es un incentivo... El príncipe podría ver en ese jovencito algo que le haga cambiar y...ya sabes, enamorarse.
–¿Quién hay ahí?
Una voz grave resonó por todas las paredes, deteniendo los pasos de John. Que sin saber porqué, se quedó en silencio.
–¿Quién es?
Siguió la voz.
–Me llamo John Watson, señor—John no sabía con quién hablaba, porque parecía estar en otra habitación. –Me he perdido y he terminado aquí. Si no es molestia, me gustaría pasar la noche... Si no le importa. Le pagaré si lo desea. Iba de camino a una casa para ayudar a una anciana...
Se quedó callado en cuanto vio la silueta al fondo del corredor. Alta y delgada. Con cierto aire aterrador. Se trataba de alguien cuyo rostro no podía ver por culpa de una capucha oscura que le tapaba gran parte de la cabeza.
–Usted perdone. Sé que no debí entrar como lo hice, pero la tormenta... ¿Es usted el dueño de este lugar?
–Lo soy—dijo la silueta cada vez más cerca. Andaba con lentitud, aunque parecía más bien que se deslizaba hacia el. Con una gracia antinatural.
–¿Y le molestaría que me quedara a pasar la noche?
La pregunta le salió con voz temblorosa, porque la figura de aquel misterioso hombre le imponía, y ya lo tenía demasiado cerca. Aún así, por la túnica, continuaba sin poder ver bien ninguna parte de su anatomía. Salvo los pies en unos zapatos oscuros y en apariencia, de buena calidad.
La silueta se situó justo enfrente de él, a pocos pasos, y parecía estar analizándole. Fuera quien fuera, estaba convencido de que se trataba de un hombre, por la voz grave, y a la vista saltaba que era al menos una cabeza más alto que él.
–Puedes quedarte—dijo el hombre tras unos segundos de absoluto silencio. Y entonces comenzó a alejarse por la misma dirección por la que había venido.
–Muchas gracias. ¡Espera! ¿Cual es tu nombre?
–Sherlock—concluyó.
El candelabro, Lestrade, siguió al príncipe.
–¿Amo? –preguntó con miedo. Los prontos de su alteza no le eran desconocidos.
–¿Qué?
–Bueno... se me ha ocurrido que como el muchacho va a quedarse a pasar la noche, tal vez usted nos permitiría acomodarle en uno de los dormitorios.
–Nadie los usa. Que ocupe uno.
–¿Y dejará que le demos de cenar?
Sherlock detuvo sus pasos antes de subir los escalones en forma de caracol que le llevarían a la cima de una de las torres, donde estaba su habitación.
–Decidle que cenará conmigo—anunció para después subir como una exhalación ondeando su túnica oscura tras el.
John se quedó parado en el mismo sitio donde el hombre que le había acogido en su casa le había dejado. Pensando en lo que acababa de ocurrir, y lo extraño que era el destino. Porque sin saber cómo, había llegado a un palacio en mitad de la nada y conseguido cobijo cuando más lo necesitaba.
Tenía la sensación, aún estando a solas, de que alguien le observaba. Y se apresuró en volver por donde había venido en busca de alguien menos parco en palabras. Sin embargo, las luces parecían confabuladas para guiarle, y un pasillo colindante se mostró ante él perfectamente iluminado y una puerta se abrió al pasar por su lado.
Cuando se atrevió a mirar lo que había en el interior, descubrió un inmenso dormitorio. Con una cama amplia con dosel y hermosas cortinas de seda color burdeos. Tan embobado estaba, que ni se dio cuenta de que la puerta se había cerrado detrás de él.
Por lo que se sobresaltó, cuando escuchó un par de golpes al otro lado de la puerta.
–¿Sherlock?
–No. Soy la señora Hudson, querido.
John abrió la puerta esperando recibir a una mujer, pero lo que entró por ella fue una tetera parlante seguida de una taza y una azucarera.
–He pensado que le apetecería un té caliente, después de lo que habrá pasado allí afuera.
John la miraba boquiabierto.
–¿Me quedé dormido en el bosque? ¿Esto es un sueño?
–No se ha dormido, joven. Simplemente, está en un lugar especial. Muy especial.
–Pero ¿cómo es posible?
Aturdido, John se dejó caer sentado sobre el colchón, mientras la tetera servía té en la inquieta tacita.
–No puedo contarle nada, aunque me gustaría. Pero sepa que es bien recibido en este lugar. Hace mucho tiempo que nadie cruzaba esas puertas.
John cogió la taza y bebió un poco de té a ver si eso hacía que se le calmaran los nervios.
–Tome un baño, cámbiese de ropa y baje a cenar con el señor cuando esté listo. Él le espera.
–¿Cenar con él?¿Enserio?
–Como le he dicho, hace tiempo que no teníamos invitados—dijo la risueña tetera. –Nuestro amo es un hombre algo tosco, pero no se lo tenga en cuenta, por favor. Siempre ha sido solitario, y no comprende muy bien lo que significa la compañía. Si le dice alguna grosería, sepa dispensarla.
Sherlock estaba nervioso. Inquieto, tamborileaba ruidosamente con los dedos sobre la mesa.
–¿Por qué tarda tanto? –preguntó sin quitar los ojos de la puerta abierta por la que debía aparecer el joven rubio.
–Tenga paciencia, señor—dijo Lestrade asustado.
–Amo, ¿ha pensado en la posibilidad de que ese muchacho pueda romper la maldición? –preguntó la señora Hudson. Lestrade la miró con pánico. En cierto modo, insinuaba que el príncipe se podía fijar en otro hombre, igual que había supuesto Mycroft. –¿Cree que usted podría...?
–Claro que lo he pensado—dijo como si tal cosa Sherlock.
Lestrade se quedó con la boca abierta ante la aceptación del príncipe.
–Entonces... –Lestrade carraspeó. –Usted se enamora de él... Él se enamora de usted... y ¡puf!, el hechizo se rompe y volveremos a ser humanos.
–No es tan fácil, Greg. Ese chico sólo va a pasar aquí una noche. Y enamorarse lleva un tiempo. Más en este caso... –musitó al final para que solo el candelabro la oyera.
–Pero la rosa ya ha empezado a marchitarse...
–Todo será inútil. Él es... Y yo... ¡Miradme! –dijo Sherlock, que molesto, dio un golpe sobre la mesa con el puño cerrado haciendo tambalear la vajilla.
–Alteza, si usted se porta bien con ese muchacho. Si deja que él vea más allá... de su apariencia. Quizás aunque mañana se marche, pronto vuelva. Muchos romances comienzan con una amistad, y eso puede ser una importante baza con la que usted puede jugar—intentó anima la señora Hudson.
–No sé como hacerlo. Me conocéis. Nunca he tenido amigos.
–Para empezar, deshágase de esa túnica horrible. Muéstrese. De otro modo, desconfiará de usted. Y sonríale. No tenga miedo. Es una persona, no muerde. Sea amable y todo irá bien.
El sonido de unos pasos interrumpieron su conversación.
–Siento haber tardado tanto. Al salir de la ducha no encontraba mi ropa porque se la habían llevado, y un armario me ha dado un par de prendas que me quedaban algo grandes, así que un perchero me las ha arreglado—dijo John algo tímido desde el umbral, llevando una camisa celeste y unos pantalones oscuros.
Sherlock se levantó en el acto, a causa de sus modales, al llegar la persona que estaba esperando, su cuerpo actuaba por su cuenta.
–No tiene importancia—dijo temeroso mirando a la señora Hudson para confirmar que había dicho las palabras correctas y en el tono exacto.
John tomó asiento en la silla que estaba frente a el, y Sherlock volvió a sentarse.
–Gracias por invitarme a cenar. Aunque con darme asilo ya era suficiente. No creo merecer tantas atenciones.
–No tendría porqué no hacerlo—Sherlock dio un sorbo a su copa de vino, tembloroso. Jamás había tenido tanto miedo de algo, pero estaba aterrorizado por si metía la pata con aquel chico que había aparecido de la nada gracias a una bendita tormenta que amenazaba con durar toda la noche.
Les sirvieron el ragout de ternera y se dispusieron a cenar, pero Sherlock decidió hacerle caso a la señora Hudson. Tanto ella como Lestrade ya se habían marchado del lugar sin que se enterasen.
Como si no tuviera la más mínima importancia, se bajó la capucha y dejó caer la túnica al suelo, a un lado de su silla. Y al contrario de lo que esperaba, John no mostró cara alguna de espanto.
Su aspecto por culpa de la maldición, no era el de antaño. Su pelo había desaparecido de su cabeza, pero en su lugar habían aparecido extrañas marcas como si alguien hubiera tatuado en su piel las ramas de un extraño árbol que se extendían por el resto de su cuerpo. Además su rostro también estaba adornado por cicatrices aquí y allá, con lo cual, todo su atractivo físico había caído en el más absoluto de los olvidos. Sherlock ya no era tal. Lo único que le recordaba tiempos pasados eran sus ojos, tan azules como el mar cristalino de una isla paradisíaca.
Sin embargo, se percató de que el tenedor de John titubeó en el aire unos instantes, como si quisiera decir algo que no se atreviera. Pero entonces dio un bocado a la ternera como si nada.
–¿Quieres saber lo que me ocurrió? –preguntó Sherlock. No era muy inteligente en temas de relaciones, pero si pretendía que aquel muchacho fuera su amigo, sincerarse le parecía un buen punto por el que empezar. Si John quería saber, él le contaría la verdad. Al fin y al cabo, tras ver hablar a tantos objetos que debían de ser inanimados, se creería lo de la maldición a pies juntillas.
–No me hace falta. Es obvio que has tenido un accidente, y uno bastante grave. Es un milagro que sobrevivieras. ¿Me equivoco?
Sherlock no pudo evitar media sonrisa. Y creía haber olvidado cómo se sonreía.
–Soy médico—aclaró John al ver que le había caído en gracia su comentario.
–¿Y dirías que tengo cura? ¿Podrías quitarme tú todo esto? –cuestionó. Empezaba a divertirle la conversación. Esas preguntas iban con segundas, pero John no podía saberlo y era como un juego que le agradaba.
John se puso en pie y se le acercó. Con pasos seguros y firmes llegó a su altura y le acarició el rostro, examinándolo. Pero Sherlock notó que dejaba de respirar por unos segundos. Alguien le estaba tocando. Y la piel de John era suave, y su caricia delicada. Nunca había sentido algo como eso, y tuvo que desviar la vista de la del rubio.
El corazón le latía más deprisa que el péndulo de un reloj y sintió que la piel de los brazos se le erizaba. El cuerpo de John tenía un agradable aroma, producto de la ducha que había tomado minutos antes, pero le acompañaba el olor que desprendía su propio cuerpo. Las atrayentes feromonas que Sherlock no dudó en inhalar y memorizar.
Cuando estuviera solo de nuevo en aquel castillo, recordaría cómo olía John Watson, de eso no tenía dudas.
–Son cicatrices antiguas. Es probable que no se borren jamás, pero quizás pueda hacer que se difuminen ligeramente. Si te parece bien, mañana antes de irme, te prepararé un ungüento natural.
–Me parece bien—dijo Sherlock tragando con dificultad.
Una parte de si mismo enfureció cuando John se apartó de él y volvió a tomar asiento.
–Es estupendo. Así me sentiré mejor, haciendo algo por ti—dijo John regalándole una radiante sonrisa de felicidad que hizo que Sherlock sintiera un escalofrío en la columna vertebral.
El resto de la cena transcurrió en silencio por parte de Sherlock, mientras John le contaba algunas cosas de si mismo. Como que vivía en un pueblo de pocos habitantes, donde todos se conocían a unos a otros. Que compartía casa con su padre, un reputado farmacéutico; y que la medicina había sido su pasión desde que tenía memoria.
Sherlock simplemente asentía, pero escuchaba con atención todas y cada una de las palabras que John pronunciaba. Los nombres de sus vecinos. La edad a la que tuvo la varicela. E incluso lo fresca que era su casa durante el verano.
Nunca había sentido curiosidad por todas esas cosas, pero sentía que si procedían de John Watson, debía beber sus apreciaciones como si se tratara de agua.
Cuando terminaron, ambos se pusieron en pie, y por cortesía, Sherlock acompañó a John hasta la puerta de su dormitorio.
John parecía nervioso mientras caminaban por un largo corredor, antes de llegar a las escaleras.
–Pregunta lo que quieras—dijo Sherlock para darle ánimos. Tal vez el chico pensara que si decía algo inapropiado, él le echaría del castillo a esas intempestivas horas.
Pero no necesitó más palabras.
–Bueno... La señora Hudson me dijo que siempre has vivido solo. Y me estaba preguntando porqué. ¿Es por tu accidente?
–No. Siempre he estado solo por voluntad propia. Y ahora... Sí. El accidente tuvo mucho que ver.
–¿Por voluntad propia?
John subía las escaleras deslizando la mano por la barandilla y sin apartar la vista de los escalones.
–Las personas siempre me han parecido insoportables. Inútiles. Ninguna de las que se han acercado a mi jamás ha merecido la pena. En cuanto han abierto la boca un segundo, enseguida he sentido la necesidad de salir corriendo para no tener que escuchar la sarta de tonterías que eran capaces de decir.
John se mantuvo callado el resto del camino, hasta que llegaron a la puerta del dormitorio donde pasaría la noche.
–Te pido perdón—dijo apenado.
–¿Por qué? –preguntó Sherlock aturdido.
–Debió haber sido terrible escucharme parlotear durante la cena. Pero realmente sentía como si debiera contarte todo aquello... No sé. Ya que me quedo aquí a dormir, me parecía necesario que conocieras algo de mi. Discúlpame—dijo y se volteó para abrir la puerta.
Sherlock detuvo la mano de John que sujetaba el picaporte con una de las suyas.
–John, no te disculpes. Te juro que nada de lo que me contaste me parecía absurdo. Eres la primera persona que me resulta agradable de escuchar—dijo sinceramente.
John sonrió de medio lado y giró el pomo de la puerta.
–Buenas noches, Sherlock.
–Buenas noches, John.
–Alteza...
Una voz familiar llegó a sus tímpanos haciendo que despertara. Estaba en una posición incómoda en el gran butacón de su dormitorio, con la luz de la lámpara todavía encendida, tal y como se había quedado antes de caer en un profundo y agradable sueño.
–¿Qué ocurre?
Se frotó los ojos para enfocarlos mejor en el pequeño reloj viviente.
–Mire por la ventana—señaló Mycroft. Y a través del gran ventanal se podía ver a la perfección que la nieve caía con fuerza fuera del castillo. –El chico no podrá marcharse todavía, alteza.
Sherlock se puso en pie con rapidez y se acercó al cristal por si sus ojos le estaban engañando, pero era cierto. John Watson seguiría bajo su techo unas horas más.
No lo encontró en el dormitorio, y el armario le informó de que John se había levantado temprano y había salido de la habitación sin decir a donde iba.
Sin embargo, las voces le indicaron que el rubio estaba en la cocina, con la señora Hudson y Lestrade. Entre risas y haciendo ve a saber qué.
–Buenos días—dijo llamando la atención de los presentes.
–Buenos días–respondieron todos casi al unísono.
John estaba a los fogones, removiendo algo en un pequeño cazo.
–Pensé que te habrías marchado. Agradezco que no fuera así—apreció Sherlock.
–No me iría sin despedirme. De todos modos, el tiempo no está de mi parte. Tras la lluvia de anoche, granizó. Y ahora lo que cae es nieve. Mi padre debe estar preocupado, pero hasta que no se calme...
–Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, John—dijo Sherlock, y tanto Lestrade, como la señora Hudson asintieron.
–Muchas gracias.
Sherlock se acercó a él para mirar por encima de su hombro qué estaba removiendo.
–¿Qué es eso? –preguntó al ver una cosa extraña en el caldero.
–El ungüento natural que te dije. Es una mezcla de miel, limón, té... Cosas que tenías por la cocina. El remedio casero para las cicatrices.
John metió la punta del dedo meñique en el cazo, lo sacó untado con un poco de la mezcla y lo probó.
–Ya está lista. Voy a dejar que se enfríe y te la pondré—dijo llevando el calderito hacia la ventana.
–¿Me la pondrás tú? –Sherlock no pudo evitar ruborizarse de solo pensar en tal posibilidad.
–Te dije que soy médico. ¿Te supone algún problema que lo haga?
–En absoluto—admitió.
Impaciente, esperó sentado en el cómodo sillón que estaba frente a la chimenea encendida. Por fortuna, el tiempo era frío y el ungüento no tardó en enfriarse, así que John apareció con un pequeño cuenco que desprendía un olor agradable y se colocó a su lado.
–¿Listo?
Sherlock asintió quedamente y vio como John se sentaba en el apoyabrazos del sillón para ponerle el ungüento con comodidad, pasándole el cuenco para que lo sujetara por él mientras le untaba aquello por todas y cada una de las cicatrices del rostro. John era meticuloso, y lo hacía con suavidad, como si temiera romperle la piel cual cristal.
–Tuviste que pasarlo tremendamente mal—dijo John haciendo que su cálido aliento diera de lleno contra la mejilla de Sherlock.
–¿Por qué? –su mente estaba bloqueada en esos instantes.
–Por el accidente. ¿Puedo saber cómo fue?
–No tuve ninguno. Esto no es lo que parece.
John le miró a los ojos. Ambos estaban demasiado cerca el uno del otro, y en las pupilas del rubio, Sherlock vio nítida la incertidumbre que le había creado.
–Hace tiempo una hechicera me maldijo con este aspecto.
–¿Cómo? –John abrió exageradamente los ojos. Sus manos seguían en el rostro de Sherlock, y parecía sostenerlo por la mandíbula. –¿Por qué lo hizo?
–Tal y como te conté, no soy una persona sociable. La hechicera se presentó en mi puerta tiempo atrás con otro aspecto, y rechacé darle asilo en una noche de tormenta. Al haberla despreciado aún sin conocerla, me castigó. A mi y a todos los del castillo.
–¿Entonces la señora Hudson... Lestrade?
–Antes eran personas, sí.
–¿Pero porqué los castigó también? Ellos no tenían culpa de que tú no invitaras a entrar a la hechicera.
Sherlock le miró con sorpresa.
–Nunca... Nunca lo había pensado—admitió. –Estaba tan abstraído conmigo mismo y con mi monstruoso aspecto que ni me detuve a pensar... Soy un egoísta.
Avergonzado, apartó las manos de John de su piel y se levantó. Anduvo hacia la chimenea y se quedó absorto mirando el fuego chisporrotear.
–¿Egoísta? No, Sherlock. De no ser por ti, quién sabe que habría sido de mi ahí fuera con la tormenta—dijo John con un nudo en el estómago. Era evidente que aquel hombre llevaba una pesada carga sobre los hombros. No podía imaginar cómo era antes del maleficio, pero podía asegurar que había pagado con creces el haber despreciado a la hechicera, pues sus ojos reflejaban una pena infinita detrás de aquellos hermosos iris. –¿No se puede romper?
Sherlock le miró de nuevo. Pero no dijo nada, ni se movió un ápice de donde estaba.
–¿No se puede romper el maleficio?
Continuará...
